UNA BREVE MIRADA A JORGE AMADO
Carlos L.
Torres-Gutiérrez*
A los ochenta y nueve años de edad,
Jorge Amado se queda para siempre entre los hombres. Él constituye la
imagen auténtica de su país, sus novelas conforman una especie de
iconografía brasileña donde la alegría por la vida supera la dificultad
de lo cotidiano. Es imposible no conocer a Jorge Amado, las novelas que
lo hicieron un personaje popular en el mundo (pues ha sido siempre el
personaje más querido de Bahía), fueron Gabriela clavo y canela y Doña
Flor y sus dos maridos, pero fue un escritor muy prolífero, cerca de
32 libros con traducción a más de cuarenta idiomas y ventas que se
cuentan por millones de ejemplares.Al preguntar por Jorge Amado a
algunos de mis amigos lectores de literatura, uno de ellos simplemente
me dijo que Amado era el hombre que mejor le había hecho sonreír. Lo leí
en mi juventud literaria, me dijo, y con él reconocí el jugueteo del
color amarillo de Bahía, la fortaleza en las resoluciones de sus mujeres
(Tieta, Teresa, Gabriela), la persistencia de la esperanza a pesar de la
dureza de la vida y la posibilidad de la felicidad después de la muerte,
con el esposo difunto de Doña Flor, y ambos soltamos una carcajada al
nombrar esta encantadora novela que ha producido versiones libres de una
historia que se reinventa en cine y en teatro, por no hablar de algunas
versiones televisadas que dejan otros sabores.
Jorge Amado nació en 1912 en Fazenda Auricidia, una región dedicada a la
recolección de cacao, en Ferradas, Itabuna, Bahía, Brasil. Cuando tenía
19 años publica Cacao, donde aparece su preocupación por denunciar la
explotación sufrida por las clases trabajadoras. El escenario son las
haciendas del sur de Bahía donde se presentan los conflictos sociales
entre el hombre rural y el exportador de cacao (San Jorge de Ilhéus y
Tierras del sin-fin, son otras novelas sobre el tema). Fue un perfecto
militante del compromiso con lo social: escritor profesional, diputado
federal por el estado de Sao Paulo, miembro del Partido Comunista de
Brasil, encarcelado, exiliado, pero sobre todo, un hombre auténtico de
Bahía. A pesar de las dolencias de la etapa final de su vida, su
cabellera blanca e hirsuta hacía juego con su buen humor y sus camisas
de colorines de trópico. Él, como sus contemporáneos, Pablo Neruda y
Miguel Ángel Asturias, era animado por un compromiso moral, o mejor,
revolucionario y estético, pero a Amado lo hizo ser diferente un
elemento intuitivo, instintivo y vital que vencía el cataclismo, lo
irrecuperable, el dolor más abyecto, que le permitió destruir los
esquemas racionales de la literatura socialista. Sus novelas adquirieron
el humor, el placer del cuerpo y los jugueteos intelectuales. Jorge
Amado desidiologizó su literatura al sumergirla en la cotidianidad de
Bahía y de un pueblo mestizo, sin edad y con futuro, con dolor pero con
ironía.“Al principio mis libros trataban asuntos muy graves, muy serios.
No sé bien pero tenía que hacerlos. Es cierto que a partir de
determinado momento mi obra ganó humor, porque eso es algo que no se
siente tanto en la juventud, al menos en lo que se refiere a la
literatura. El humor es algo que llega con la edad madura. Tener el
punto de vista de la sonrisa y no el de la rabia es algo que se
conquista con los años. Pero yo utilicé el humor para denunciar hechos
muy graves y para defender los intereses del pueblo. Pero también está
el hecho de que no soy la misma persona de hace cincuenta años, y lo que
escribí antes no puede ser igual a lo que escribo ahora. Yo prefiero las
cosas que escribo ahora” (Entrevista para El Clarín, Argentina, 14 de
junio de 1998). Amado fue el cronista no oficial de Bahía. Describió el
crecimiento de la ciudad, sus transformaciones culturales a través de
los croquis urbanos. No dibujaba una línea continua, realizaba los
croquis imaginarios de la vida de sus habitantes, sus sueños y anhelos.
La ciudad punteada por Amado se realiza a partir de sus mujeres, la
feminidad de la ciudad está en la coquetería, en el amor, en los
deliciosos amores clandestinos, en el disfrute del cuerpo, de la música
y el color de la piel. La ciudad de sus novelas es una mezcla delicada
de dureza y alegría, de imaginarios y cotidianidad, de belleza y
crueldad, de amor y de riesgo, de vida y de muerte.“La ciudad es como
todas esas mujeres: bella, sensual, ardiente. Bahía es como una mujer
que se quiere y se desea tener. ¿Cuál de ellas representará mejor a
Bahía? No lo sé. Tiene algo de Tieta, de Teresa, de Flor. La reunión de
todas ellas es la que da una visión de Bahía, no es una particular. Si
yo digo Doña Flor, no digo Bahía. Si yo digo las tres, ahí usted tiene a
Bahía” (Entrevista para El Clarín, Argentina, 14 de junio de 1998). Pero
Amado no fue un escritor localista. La sonrisa y la fiesta, el amor y la
muerte, el dolor, la explotación y el campesino que se precipita a las
ciudades conforman un eslabón más de la historia de América. José Luis
Romero, en su clásico libro Latinoamérica: Las ciudades y las ideas,
retoma la obra de Jorge Amado y a la ciudad de Illhéus para describir un
ejemplo del paso de una pequeña población a lo urbano en América Latina.
Amado es muestra de verdadera literatura, de compromiso social, de
deleite por la estética, de amor por la vida y de un gran deseo de
trascendencia, más allá de lo personal. Hoy, después de recordar a este
gran escritor brasilero, no queda más que sonreír al saber que América
cuenta con un gran hombre que se lo jugó todo por la novela.