Bogotá, Febrero -
Mayo de 2002 -Nº 4 ISSN 01246704
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Poesía y
desgarro
Lygia
Fagundes Telles
Copyright Le Monde y
Clarín, 2001
Traducción de Cecilia Beltramo
El que haya visto una cascada de
agua en Brasil seguramente estará de acuerdo conmigo: la obra de Jorge
Amado tiene esa misma fuerza brutal del agua llena de espuma que se
precipita con una fuerza incontenible. E inevitable. Sin embargo,
atención: la belleza poética de esa imagen no impide sentir que la
intención del escritor es política o ideológica. Un escritor que es un
testigo valiente y participa de una época y una sociedad. Un escritor
que, con un estilo muy a menudo poético, impregnado de lirismo, nombra y
denuncia los males de esa sociedad y esa época.
En una declaración sobre su obra,
Jorge Amado afirma: «Mis personajes derivan de la suma de las personas
que forman parte de mi vida». Así, de la realidad a la ficción, vemos
deambular por sus novelas y cuentos a la gente real de Brasil:
trabajadores y desocupados; niños con toda la gracia triste de un pueblo
que en ocasiones es tan alegre; ¡ah! el carnaval... De un pueblo que
podrá ser alegre (como escribió un joven músico), pero no es feliz.
¡Los fabulosos personajes de Jorge
Amado! En ese desfile vemos pasar a los poderosos dirigentes políticos
locales y también a las prostitutas. Vemos a las damas puritanas y a los
libertinos. Vemos a los soñadores apasionados y a los canallas. En
resumen, esta muestra de la especie humana es de una riqueza
extraordinaria.
El escritor construye con seriedad
una obra comprometida. Al ritmo del mar, que a veces es implacable y, en
ocasiones, dulce como una balada, en medio del exuberante escenario
brasileño de una naturaleza pródiga y generosa, Jorge Amado teje los
hilos de su denuncia. Seduce para denunciar, ríe para revelar su
inconformismo respecto de nuestro sistema político, terriblemente
injusto. ¡Un país de contrastes!, dicen los turistas, esos seres
volubles que, según el poeta Drummond de Andrade, descansan en la playa,
se untan el cuerpo con aceites perfumados y olvidan. El escritor, sin
embargo, es consciente de que, en esos famosos contrastes (opulencia y
miseria), late el corazón indignado de la nación.
Podríamos dividir la obra de Jorge
Amado en dos etapas: en la primera, yo ubicaría sus primeras novelas,
esas que me apasionaron cuando era una joven estudiante: Jubiabá, Mar
muerto y Tierras del sin fin. Son las llamadas novelas de Bahía. En un
reciente trabajo sobre nuestra literatura, el profesor y crítico
Alderado Castello habla mucho de esos textos inspirados en corrientes
políticas y sociales que empezaban a aparecer entonces: «Así, de
narración en narración, se van acentuando la ternura y el sentimiento
lírico que traducen el amor del autor a su país, sin que por ello se
vean afectados el contenido crítico y la intención de denunciar, de
combatir y de cambiar». Son esos libros en que «la tierra se nutre de
sangre», testimonio de los campesinos que la doblegaron.
En la segunda etapa, quiero
destacar dos hermosos libros, Gabriela, clavo y canela y La muerte y
la muerte de Quincas Berro Dagua, ambos admirables. Con
extraordinaria espontaneidad y mucha inteligencia, el escritor acentúa
el erotismo y desafía al puritanismo. Es un universo divertido y, al
mismo tiempo, desgarrador. Doloroso. Un universo que nos hace llorar y
reír y que, finalmente, nos ofrece como compensación el consuelo del
arte.
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