Bogotá, Febrero - Mayo de 2002 -Nº 4   ISSN 01246704


 

JORGE  AMADO

«el alma del brasil»

 

 

“HAY UNA ÚNICA UNIDAD EN MIS LIBROS,

LA FIDELIDAD AL PUEBLO”

Darío Henao Restrepo

El pasado 6 de agosto murió en Salvador, Bahía, Jorge Amado, el novelista brasileño más leído y traducido en el mundo. Capitán de mares y tierras sin fin, la obra de Amado poetizó una tierra cruel pero encantadora, vigorosa y sensual, trayendo para el centro de la literatura toda una galería de personajes que durante siglos sólo aparecía en la periferia: el pueblo brasilero. En 1986, durante el Coloquio Brasilero de Novela que presidió en Salvador, Amado concedió esta entrevista que hoy se vuelve a publicar como homenaje al gran escritor bahiano.

Con casi 76 años, cabeza blanca, en la plenitud de su lucidez, Amado nos recibe como un bahiano de pura cepa: rostro amable, maneras simples y un “jeito” encantador. Para ir hasta su casa, subo por una calle empinada en el tradicional barrio de Salvador, Rio Vermelho, en la Rua Alagoinha 33, cercana a una de las más bellas playas de la ciudad. En su viejo caserón, rodeado de un enorme jardín en el que se destaca un frondoso palo de mango, Amado me recibe en compañía de su mujer, la novelista Zélia Gattai. Está en bermudas, chanclas y una camisa colorida de camaján caribeño. Como sabe que soy colombiano, me dice que recuerda con mucho cariño lo que conoce de Colombia. Estuvo hace 40 años en Barranquilla, de paso, y más recientemente, en 1979, pasó una semana en Cartagena convidado por García Márquez. Dice que con Salvador esta ciudad tiene muchas similitudes, la gente le pareció que tenía el “jeito” de los bahianos en muchas cosas: la música, los bailes, la forma de vestir y en las comidas, en todo esto palpó ese “aire de familia” del que hablaba Alejo Carpentier.

Por estos día se encuentra un poco “atrapalhado” por causa de los preparativos para la inauguración de la Fundación Jorge Amado, que funcionará en el Largo do Pelourinho como un centro permanente de actividades culturales, museo e investigaciones en el enorme acervo donado por el autor. Con su voz suave y tranquila, su espontánea familiaridad, el diálogo fluye fácil y ameno, mezclando muchas veces el español y el portugués. Zélia nos muestra un libro de fotografías de toda su vida que sirve para ambientar el inicio de la entrevista.

Por estos días está muy atareado con la Fundación, cuéntenos un poco sobre esto.

Yo no soy nada, a no ser el personaje. El proyecto nació con la donación de todo mi acervo recogido durante más de 50 años. Había muchos pedidos de la Universidad de Sao Paulo, incluso de una universidad americana. Zélia, mi mujer, fue una de las que siempre pensaron que este acervo no debería salir de Bahía y trabajó mucho por la creación de la Fundación, que estará al servicio de todo el pueblo.

Viendo el estante de sus libros traducidos a otros idiomas se percibe que han llegado a todas las latitudes. ¿Lleva las cuentas de tantas publicaciones?

No creo que de todas, pero me asombra y me enorgullece saber que he sido traducido a 45 lenguas en 58 países. En América Latina tengo ediciones en casi todos los países. En Francia tengo 23 títulos míos publicados en muchas ediciones. Esto ha servido para ganar espacio para nuestra literatura, para otros autores que empiezan a ser traducidos y difundidos por todo el mundo.

Ya que menciona otros autores brasileños, ¿cuáles cree Ud. que merecen difusión en el exterior?

Es difícil decirle cuáles, así de repente, sin que de pronto vaya a cometer omisiones. Hay muy buenos novelistas, entre los que más me gustan destacaría a Joao Ubaldo Ribeiro, bahiano, sus dos últimos libros –Sargento Getulio y Viva o povo brasileiro– son excelentes. En Río Grande del Sur hay un novelista y cuentista muy bueno, Moacir Scyliar. En Río de Janeiro tenemos a Rubem Fonseca, autor de varios libros de cuentos y novelas como A grande Arte; también está Antonio Callado, que escribiera una gran novela en la época de la dictadura, Quarup, y más recientemente, Concierto carioca; la obra de Nélida Piñón también es de alta calidad, en la que destaca su novela A república dos sonhos. En Sao Paulo tenemos a Ligya Fagundes Telles. Otro novelista que me gusta mucho es José Candido de Carvalho, autor de O coronel e o lobisomen. De mi generación recomendaría a Adonías Filho, fuimos compañeros de colegio, un excelente novelista. Estoy hablando de los que están vivos, seguramente estoy dejando por fuera otros más jóvenes, esto siempre sucede.

De los clásicos de la literatura brasileña, ¿cuáles son las novelas que Ud. relee, que más van con su gusto?

Me gusta mucho José de Alencar, nuestro gran novelista del romanticismo. Siempre he dicho que me considero su heredero y continuador. Releo siempre a Machado de Assis, especialmente, Memorias póstumas de Bras Cuba, Quincas Borbas, Helena y sus cuentos, que son extraordinarios. Hay una novela que siempre me ha gustado, Memorias de un sargento de milicias, de Manuel Antonio de Almeida, uno de nuestros románticos. Vuelvo siempre que puedo a la obra de Lima Barreto, Aluisio Azevedo y Euclides da Cunha. Hay una novela que marca un hito en la literatura, A bagaceira (1928), de José Américo de Almeida, de él venimos todos los escritores de mi generación: Graciliano Ramos, Zé Lins do Rego y Erico Veríssimo. Por último, quiero destacar a un hombre, que sin ser novelista jugó un gran papel en la literatura y la cultura brasileña, me refiero al pernambucano Gilberto Freyre. Su libro Casa Grande e Senzala marca todo un derrotero para nuestra creación por la valoración de lo regional y nuestras tradiciones.

¿Y João Guimaraes Rosa?

Él es de una generación posterior a la mía, la del 45, en la que se destacaron Clarice Lispector y el poeta Joao Cabral de Melo Neto. Rosa es el hombre que revolucionó la escritura. Si bien pienso que eso fue muy importante, creo que lo fue más su gran capacidad para crear, para recrear la vida. Porque la escritura, cuando los libros son traducidos, se pierde en los otros idiomas, por ejemplo en chino, sueco o inglés. Talvez en el español, por ser una lengua tan próxima con el portugués, se mantengan algunos de esos valores de la escritura, de la profunda renovación estilística que provocó su obra en nuestra literatura. Lo que permanece son los valores de la vida.

Usted no manifiesta mucho agrado con la denominación de “realismo mágico” para su obra. ¿Por qué esa aversión?

No, al contrario, pienso que el “realismo mágico” es algo que existe. Lo que pasa es que estoy contra las rotulaciones, pues se habla de “realismo mágico” como si fuese algo aparecido con la joven generación, de la cual hacen parte García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, etc. Pero si Ud. lee a Alencar, por ejemplo, ya encuentra muchos de sus elementos, una realidad más allá de la realidad que hace parte de nuestro imaginario cotidiano. José Cándido de Carvalho, el autor que le mencioné, hizo todo eso en la década del 40. Yo estoy es contra las rotulaciones.

Durante su militancia en el Partido Comunista Brasileño, su obra estuvo marcada por el llamado realismo socialista. ¿El rompimiento con el PCB le dio más autonomía en su quehacer literario?

El escritor está marcado por lo que es. Cuando yo era militante partidario, era un estalinista. Esa cuestión de “realismo socialista” es un rótulo más, que no dice nada de la literatura. Yo escribía en ese entonces de acuerdo con mis convicciones, con una posición generosa, honrada, de la cual no me arrepiento, así ahora tenga otra mirada. De ese periodo son obras como Subterráneos de la libertad, San Jorge, Tierras del sin fin, Capitanes de la arena y El caballero de la esperanza (la biografía del líder comunista Luis Carlos Prestes), libros todos marcados por el maniqueísmo buenos y malos, ricos y pobres, bello y feo. La literatura es más compleja y las personas no pueden ser divididas en buenos y malos, en ricos y pobres. Esto no quiere decir, claro, que yo no esté a favor de los pobres y de la justicia, contra la miseria, contra los prejuicios.

Su retiro del PCB implicó una ruptura en su obra, que muchos críticos señalan a partir de Gabriela, clavo y canela (1958). ¿Qué nos puede decir al respecto?

Yo pienso que no hay una ruptura en mi obra. Lo que hay es una evolución, pues uno va evolucionando, va ganando experiencia, experiencia literaria, experiencia humana.

Pero en toda esa evolución tuvo que haber cambios sustantivos, su obra gana otras dimensiones. ¿Cuáles cree Ud. que fueron?

Hay un cambio serio. Antes yo buscaba el líder, el héroe, el dirigente político. Cada vez yo creo menos en esa gente, cada vez estoy más cerca del pueblo, del pueblo más pobre, del pueblo miserable, explotado y oprimido. Por eso procuro el anti-héroe... los vagabundos, las prostitutas, los bohemios. Yo soy, en el fondo, un novelista de vagabundos, putas y trabajadores. Lo que pasa es que cuando yo escribí mis primeros libros, en el Brasil no había proletariado, no había clase obrera propiamente dicha. La clase obrera aparece en Sao Paulo, con el surgimiento de la gran industria. Hoy los novelistas paulistas son los que tienen que escribir novelas sobre la clase obrera que nació y está luchando bravamente. Aquí en Bahía, sólo hace muy poco comenzó a formarse un proletariado con el polo petroquímico y la industrialización. Con el tiempo irá cobrando su identidad. Antes de todo ese proceso, aquí sólo había trabajadores, prostitutas, vagabundos, clases medias, comerciantes, terratenientes y campesinos, que son los personajes que recreo en mis libros.

¿Y del humor en su últimos libros?

Hablando de cambios, pienso que ese fue uno de los elementos nuevos que gané: un arma poderosa. A veces no es fácil dejar el panfleto, dejar aquello que los críticos llaman discurso panfletario, maniqueísta, blanco y negro, todo dividido. Yo gané con el humor y esto es mucho más destructivo, mucho más influyente que cualquier panfleto político.

Eso es lo que se percibe en La muerte y la muerte de Quincas Berro d’Agua, Doña Flor y sus dos maridos, Tienda de los milagros y Los viejos marineros. Sin embargo, muchos de sus antiguos correligionarios le piden más compromiso, ¿qué opina de esto?

Quieren es colocarme dentro de limites ideológicos y sectarios. No hablo de calidad literaria y sí de contenido: no creo que haya sido escrito en el Brasil, en los últimos tiempos, un libro de contenido más revolucionario como Tienda de los milagros, en el que se destaca la lucha del pueblo brasileño contra el racismo.

¿Qué opinión le merece la literatura latinoamericana y qué le parecen las semejanzas que algunos críticos apuntan entre sus novelas y las de García Márquez?

Aprecio a muchos escritores latinoamericanos y amo la poesía y la ficción de algunos de ellos, poetas como Pablo Neruda y Nicolás Guillén, novelistas como Miguel Ángel Asturias, Rómulo Gallegos, Jorge Icaza, Alejo Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa y Jaques Romain. A propósito de este último, ¿por qué novelistas como los haitianos, magníficos, son siempre olvidados cuando se habla de literatura latinoamericana?

No creo que existan semejanzas fundamentales entre la literatura brasilera y la llamada literatura latinoamericana. El simple hecho de definirla con latino o hispanoamericana ya constituye una limitación, una generalización bastante deficiente. Existen, a mi modo de ver, varias literaturas: argentina, chilena, guatemalteca, mexicana, colombiana, ecuatoriana (que, bueno es decirlo, cuenta con una excelente presencia en la poesía y la novela contemporánea), etc. Al agruparlas bajo el mismo rótulo se las disminuye, se les desconocen las características fundamentales de cada una de ellas, su carácter nacional. Lo que nos hace semejantes es la miseria, la opresión política, la falta de libertad, el hambre, el subdesarrollo. En lo demás somos diferentes. Sobre todo nosotros los brasileños, que, para comenzar somos honrados mestizos resultantes de la miseria de latinos, africanos, indígenas, eslavos, alemanes, húngaros y japoneses. Por todo esto, personalmente, pienso que la literatura brasilera, a excepción de la temática, tiene muy poco o casi nada que ver con las literaturas de los diversos países de América Latina.

En cuanto a García Márquez, de quien soy amigo y admiro muchísimo, es un gran novelista contemporáneo y me siento muy próximo a él en la devoción al pueblo, en esa intimidad con la vida popular de nuestros respectivos países que él posee y yo creo también poseer. La única línea de unidad en mis libros es mi fidelidad al pueblo.