Bogotá, Febrero - Septiembre de  2001 -Nº 3   ISSN 01246704


 

De USA-FMI para COLOMBIA

Los cuatro pasos del
Fondo Monetario Internacional
hacia la condenación

 

Gregory Palast

Traducción de Marcela Velasco

DOSSIER

 

 

 

Fue como una escena tomada de un libro de Le Carré: el brillante agente sale del frío y después de horas de interrogatorio, vacía de su memoria los horrores cometidos en nombre de una ideología podrida.

Pero esta fue una presa mayor que cualquier espía gastado de la guerra fría. El antiguo apparatchik era Joseph Stiglitz, ex economista principal del Banco Mundial. El nuevo orden económico mundial era su teoría puesta en marcha.

Se encontraba en Washington para asistir a la gran confabulación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Pero en vez de presidir reuniones de ministros y jefes de bancos centrales, estaba detrás de los cordones de la policía. El Banco Mundial despidió a Stiglitz hace dos años y no le permitió una jubilación tranquila: lo excomulgaron simplemente por expresar un leve disenso contra la globalización al estilo Banco Mundial.

Aquí en Washington llevamos a cabo entrevistas exclusivas con Stiglitz, para The Observer y Newsnight, sobre el funcionamiento interno del FMI, el Banco Mundial, y el dueño del 51% del banco, el Tesoro de Estados Unidos.

Y obtuvimos de fuentes que no podemos nombrar (no Stiglitz), una cantidad de documentos marcados con «confidencial» y «restringido».

Stiglitz ayudó a traducir uno: la «estrategia de asistencia al país». Existe una estrategia de asistencia para todos los países más pobres, diseñada, dice el Banco Mundial, después de una minuciosa investigación hecha en el país.

Pero, de acuerdo con Stiglitz, la «investigación» del Banco no va más allá de una inspección cercana a los hoteles de cinco estrellas. Esta investigación culmina en una reunión con un mendigante ministro de Finanzas, a quien se le entrega un «acuerdo de reestructuración» escrito previamente para que lo firme de manera «voluntaria».

La economía de cada nación es analizada, dice Stiglitz, luego el Banco le pasa a cada ministro el mismo programa de cuatro pasos.

El primer paso es la privatización. Stiglitz dijo que en vez de rechazar la venta a menor precio de las industrias del Estado, algunos políticos
–utilizando las exigencias del Banco como excusa para silenciar a los críticos locales– felizmente feriaban las empresas de electricidad y de agua. «Podía uno ver como sus ojos se abrían» frente a la posibilidad de recibir comisiones por rebanarle algunos billones al precio de venta.

Y el gobierno de Estados Unidos lo sabía, acusa Stiglitz, por lo menos en el caso del mayor proceso de privatización, las subastas de 1995 en Rusia. «El punto de vista del Tesoro de Estados Unidos fue: ‘Esto fue grandioso, ya que queríamos que Yeltsin fuera reelegido. No nos importa si fue una elección corrupta’».

Stiglitz sencillamente no puede ser desechado como un conspirador. El hombre estuvo dentro del juego, fue miembro del gabinete de Bill Clinton, presidente del Consejo de Asesores Económicos.

Lo que más enferma a Stiglitz es que los oligarcas apoyados por Estados Unidos desmantelaron las posesiones industriales rusas, lo que tuvo el efecto de cortar la producción nacional casi por la mitad.

Después de la privatización, el segundo paso es la liberalización del mercado de capitales. En teoría esto ayuda a que el flujo de capital de inversión entre y salga del país. Infortunadamente, como ocurrió en Indonesia y Brasil, el dinero sencillamente se va.

Stiglitz llama esto el ciclo de «dinero caliente». El dinero entra para especular en bienes raíces y en moneda corriente, y luego huye al percibir el primer olor a problema. Las reservas de una nación pueden ser drenadas en días.

Y cuando eso ocurre, a fin de seducir a los especuladores para que regresen los propios fondos capitales de la nación, el FMI exige que estas naciones incrementen las tasas de interés a 30%, 50% y 80%.

«El resultado era predecible», dijo Stiglitz. Las altas tasas de interés derrumban los valores de las propiedades, arremeten contra la producción industrial y drenan los tesoros nacionales.

En esta etapa, de acuerdo con Stiglitz, el FMI arrastra la sofocada nación al tercer paso: la fijación de precios basados en el mercado, un término elegante para subir los precios de los alimentos, el agua y el gas para cocinar. De manera predecible, esto lleva al paso tres y medio: lo que Stiglitz llama «el motín FMI».

El motín FMI es dolorosamente predecible. Cuando una nación «está en decadencia, [el FMI] le exprime la última gota de sangre. Le sube el calor hasta que finalmente la caldera entera explota», como cuando el FMI eliminó los subsidios de alimentación y combustible para los pobres en Indonesia en 1998. Indonesia explotó en motines.

Existen otros ejemplos como los motines en Bolivia contra los precios del agua el año pasado y, en febrero de este año, los motines en Ecuador por el incremento de los precios del gas de cocina impuesto por el Banco Mundial. Uno podría pensar que el motín era esperado.

Y lo es. Lo que Stiglitz no sabía es que Newsnight obtuvo varios documentos internos del Banco Mundial. Uno de ellos, la Estrategia de asistencia provisional para Ecuador del año pasado, sugiere varias veces
–con fría precisión– que se podría esperar que los planes generen ‘descontento social’.

Esto no es sorprendente. El informe secreto señala que el plan para dolarizar la moneda corriente del Ecuador ha empujado al 51% de la población a niveles por debajo de la línea de pobreza.

Los motines FMI (y con motines me refiero a demostraciones pacíficas dispersadas con balas, tanques y gases lacrimógenos) causan nuevas fugas de capital y bancarrotas gubernamentales. Este incendio económico premeditado tiene su lado positivo para los extranjeros, que pueden recoger los activos que sobran a precios de quema.

Surge un patrón. Hay muchos perdedores pero los claros ganadores parecen ser los bancos occidentales y el Tesoro de Estados Unidos.

Ahora llegamos al cuarto paso: el libre mercado. Este es un libre mercado de acuerdo con las reglas de la Organización Mundial del Comercio y del Banco Mundial, que Stiglitz compara con las Guerras del Opio. «Eso también tuvo que ver con la ‘apertura de mercados’», dijo. Como en el siglo diecinueve, los europeos y norteamericanos hoy están derrumbando las barreras de las ventas en Asia, América Latina y África, mientras que ponen barricadas en nuestros propios mercados contra la agricultura del Tercer Mundo.

En las Guerras del Opio, el Oeste usó barricadas militares. Hoy, el Banco Mundial puede ordenar barricadas financieras, que son igual de efectivas y hasta más mortales.

Stiglitz tiene dos preocupaciones sobre los planes FMI-Banco Mundial. Primero, dice, ya que los planes se diseñan en secreto y son dirigidos por una ideología absolutista, que nunca se abre a la discusión o al disenso, «socavan la democracia». Segundo, no funcionan. Con la «asistencia» estructural del FMI, el ingreso de África cayó en 23%.

¿Ha podido alguna nación evitar este destino? Sí, dijo Stiglitz, Botswana. ¿Cuál fue el truco? «Le dijeron al FMI que empacara». Stiglitz propone una reforma agraria radical: un ataque del 50% sobre las rentas de los cultivos que obtienen las oligarquías terratenientes a escala mundial.

¿Por qué no siguieron su consejo el Banco Mundial y el FMI? «Si usted cuestiona [la tenencia de la tierra], eso sería un cambio en el poder de las elites. Eso no es un tema prioritario en la agenda».

Finalmente, lo que lo llevó a que arriesgara su puesto fue el fracaso de los bancos y del Tesoro de Estados Unidos para cambiar de curso cuando estaban enfrentados a las crisis, fracasos y sufrimientos perpetrados por el mambo monetarista de cuatro pasos.

«Es un poco como lo que ocurría en la Edad Media», dice el economista. «Cuando el paciente se moría, ellos decían, bueno, dejamos de desangrarlo demasiado pronto, todavía tenía un poquito de sangre en su cuerpo».

Tal vez sea hora de destituir a estos chupadores de sangre.