Bogotá, Febrero -
Septiembre de 2001 -Nº 3 ISSN 01246704
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EL PLAN COLOMBIA
VISIONES
CRÍTICAS DESDE EL CONGRESO,
LA ACADEMÍA
Y LAS REGIONES
Redacción de
Nueva Gaceta
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Conscientes de la necesidad de
analizar y discutir un tema tan trascendental para el presente
y futuro del país y la región, el Centro de Estudios Nueva Gaceta y la
Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Javeriana
realizaron un foro en abril pasado. El evento
fue instalado por el Padre Javier Sanín, decano de la Facultad de
Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia
Universidad Javeriana y contó con la participación
de los gobernadores de Tolima, Guillermo Alfonso Jaramillo,
y Nariño, Parmenio Cuéllar,
el senador Amylkar Acosta, el ex senador Marcelo Torres
y el ex
sacerdote Carlos Palacios, dirigente cívicodel Putumayo. El ex senador,
ex ministro de Estado y ex gobernador de
Sucre, Apolinar Díaz Callejas igualmente envió su ponencia. A continuación, presentamos una síntesis
de las intervenciones.
Desde finales de la década del
ochenta la guerra en contra del narcotráfico se convirtió en la
estrategia fundamental de la política exterior de Estados Unidos, desde
ese entonces la única superpotencia mundial. Dicha estrategia se ha
materializado durante los últimos dos años en el llamado Plan Colombia,
aprobado por el Congreso norteamericano a mediados del 2000. A partir de
ese momento, el gobierno de Pastrana lo adoptó como su carta de
navegación, dejando de lado incluso su Plan de Desarrollo. Así, dentro
del Plan Colombia, diseñado y confeccionado a la medida de los intereses
del país del norte, se envolvieron las que han sido políticas
prioritarias del actual gobierno: la lucha antinarcóticos, el proceso de
paz y la profundización del modelo neoliberal. No obstante, las
implicaciones de este Plan trascienden el ámbito de las relaciones entre
Estados Unidos y Colombia y afectan de manera sustancial a los países de
la región andina y la cuenca amazónica.
Parmenio Cuéllar
«El Plan Colombia sí es una
política de Estado, pero no del Estado colombiano sino del de Estados
Unidos. (...) Estados Unidos quiere volver a consolidar su hegemonía en
nuestro país y el Plan Colombia es uno de sus instrumentos».
Se trata de un plan impuesto al
país por parte de un gobierno y de unos organismos internacionales con
los cuales el Estado colombiano tiene unas relaciones que no puede
modificar de manera unilateral. Es una política que defiende al sistema
capitalista en un contexto mundial y por eso sí es una política de
Estado. Es una respuesta neoliberal a la problemática social. Es una
respuesta represiva a la problemática de la nación colombiana. Así, el
Plan Colombia aparece en una situación coyuntural que obliga al actual
gobierno a comprometer los intereses nacionales, aunque, desde luego,
esta situación venía gestándose en gobiernos anteriores. No se ve en el
futuro próximo un gobierno con el propósito de acabar con el Plan
Colombia, sino más bien una continuidad de dicha política.
El origen del Plan Colombia
tiene que ubicarse en el contexto de la globalización económica. Así
como se somete al país en los términos económicos y sociales, con la
política de apertura, privatizaciones y restricción del gasto social,
también se requiere de una política claramente represiva, lo cual
constituye un atentado contra el orden democrático tradicional del país.
Como consecuencia, se produce la concentración acelerada de la riqueza
en las multinacionales y en los grandes grupos económicos internos, lo
que genera una mayor polarización social. Se profundiza la dependencia
nacional y se aumenta la brecha entre los países pobres y los países
ricos. Es en este contexto de globalización de la economía, de
debilitamiento del Estado, donde se produce también un debilitamiento de
la democracia y un endurecimiento del régimen político.
Por ello, en la medida en que se
agudizan los problemas sociales del país, el narcotráfico gana terreno.
Por lo tanto, sólo a través de una política que tienda a garantizar el
bienestar social de la población será eficaz la política contra el
narcotráfico. De lo contrario seguirá ocurriendo lo que vemos hoy, en el
sentido de que se erradica el narcotráfico en una región pero se
fortalece en otra.
La producción de coca se
convirtió en la única alternativa para los campesinos frente a la crisis
de la agricultura, dado que este sector ha sido la principal víctima del
proceso de globalización. La producción de coca pasó de 41 mil hectáreas
en el 92 a 122 mil en el 99 y a 150 mil en el 2000, vinculando a 335.640
personas en 107 municipios, de acuerdo con datos suministrados por el
Plante. Además de la política represiva, el Plan Colombia ha generado un
problema gravísimo de desplazamiento y está destruyendo nuestro
ecosistema, de tal manera que el país está en una situación sin salida.
El Plan Colombia no se le
consultó ni al país ni a las comunidades afectadas. De ahí que los
gobernadores de los departamentos de Nariño, Cauca, Tolima, Huila,
Putumayo y Caquetá propusieron el llamado Plan Alternativo del Sur, que
contiene diez estrategias. Como primera, se plantea una propuesta de
concertación con las comunidades campesinas y el Estado colombiano. Una
segunda estrategia consiste en la erradicación manual de los cultivos de
coca, pero de manera voluntaria.
El Plan Surcolombiano, como
también se le conoce, es un proceso de reconstrucción social, económica,
ambiental e institucional para orientar acciones oficiales y privadas en
las zonas afectadas por los cultivos de uso ilícito, dentro de un
contexto de desarrollo regional, que de manera integral aborde todos los
componentes de la vida social y el mejoramiento de la calidad de vida de
las comunidades. Una tercera estrategia es una reforma agraria, que debe
comenzar con el traspaso de las propiedades hoy sembradas con coca a los
campesinos. Esta reforma agraria debe ser integral, esto es, que además
de entregarles la tierra a los campesinos, se les asesorare en sus
cultivos, y se les garantice créditos y la comercialización de sus
productos.
Guillermo Alfonso Jaramillo
«El escalamiento de la guerra
que ocasionará la puesta en marcha del Plan Colombia polarizará aún más
la sociedad colombiana».
Es claro que los intereses
estratégicos sobre el territorio colombiano se involucran cada vez más
en la dialéctica del conflicto. Las transnacionales y el capital
financiero agregan otro ingrediente a la guerra civil en la medida en
que buscan generar mecanismos de seguridad a sus negocios, financiando a
los grupos armados y traficando con armamento, a la vez que garantizan
sus beneficios extraordinarios aquí en Colombia.
La paz hace parte de la economía
política de la guerra. El discurso de la paz sirve también para la
consecución de recursos financieros externos, obtener preferencias en
los mercados internacionales, ganar solidaridad política y fortalecerse
estratégicamente en el conflicto. Además, la intensificación de la
guerra en Colombia se encuentra imbricada con la profundización del
modelo neoliberal que se viene imponiendo en nuestro país durante la
última década.
En cuanto al Tolima, el balance
después de una década de neoliberalismo es hoy demasiado pobre. Ibagué,
la capital, es la ciudad con la mayor tasa de desempleo en nuestro país
y la crisis económica se expresa en una caída sin precedentes en la
construcción, la agricultura comercial, el café y el sector
manufacturero, aunada a los bajos niveles de inversión del sector
privado y al alto déficit de las finanzas públicas, regionales y
locales.
Sin desconocer el peso que tiene
la violencia social, es inevitable expresar la gravedad de las
repercusiones que tiene el conflicto armado en el Tolima. El
departamento está sitiado por la insurgencia y las autodefensas. La
situación estratégica del Tolima en términos de la salida a la capital
de la República y a la Cuenca del Pacífico ha llevado a una feroz
disputa territorial entre los actores del conflicto armado. Esta
situación ha implicado la concentración de fuerzas con sus obvias
consecuencias en términos de intimidación, terror y desplazamiento
forzado.
Considerando estos elementos en
el ámbito nacional y reconociendo que la situación en sus propias
regiones es igualmente crítica, los gobernadores de los departamentos
del sur del país propusimos el Plan Surcolombiano. En 1998, el gobierno
nacional presentó al gobierno estadounidense un plan de erradicación de
los cultivos de uso ilícito, coca, amapola y marihuana, de lucha contra
el narcotráfico y de control del mercado de las drogas producidas en
Colombia. Este plan se denominó Plan Colombia y en su primera versión
produjo la fumigación de las zonas sembradas de dichos cultivos y el
fortalecimiento militar para un supuesto control del auge del
narcotráfico. Una de las zonas de aplicación del Plan es el Macizo
Colombiano, situación esta que indujo a la reacción en su contra de
campesinos e indígenas, que son los más directamente afectados, y que
compromete además al conjunto de la población de la región por las
precarias condiciones económicas en que se encuentra y por la
interdependencia que existe entre las comunidades.
Las organizaciones sociales han
desarrollado un proceso de movilización y negociación con el Estado
sobre las necesidades más sentidas por sus comunidades. Los
departamentos que constituyen la región surcolombiana manifiestan la
imperativa necesidad de profundizar la inversión social en las entidades
territoriales y de realizar la erradicación manual de cultivos de uso
ilícito acompañada de programas integrales, de mejoramiento de la
calidad de vida y de proyectos de sustitución de cultivos, descartando
totalmente la opción de fumigación. La región presenta altos índices de
pobreza, baja cobertura escolar, analfabetismo, significativas tasas de
mortalidad infantil y una participación en el PIB de la nación de tan
solo el 8.76 por ciento.
El sur de Colombia se ha
convertido en una zona estratégica y fundamental para la definición de
la guerra en Colombia. También lo es para el narcotráfico, por la
presencia de los cultivos de uso ilícito y la posibilidad de ampliarlos
a la zona amazónica y a la cuenca del Pacífico. Pero es también
estratégica en cuanto a su oferta de recursos ambientales y petróleo. En
todo caso, son actores externos quienes se disputan esta amplia región,
correspondiente al 20 por ciento del territorio nacional, sin
importarles que para ello tengan que expulsar a la población que hoy lo
habita, como lo vienen haciendo.
Amylkar Acosta
«La versión que finalmente
terminó por conocerse del Plan Colombia se fraguó a hurtadillas, a
espaldas de la opinión nacional y del mismo Congreso de la República»
La conducta del gobierno de
Pastrana frente al Plan Colombia ha estado llena de incoherencias. El
primer bandazo se presenta cuando vino al país el general Mc Caffrey, y
planteó que el plan, tal como había sido aprobado en su primera versión,
no era convincente para los Estados Unidos y que por tanto no existían
fondos para su ejecución. Ante ello, el director de Planeación Nacional
y el ministro de Hacienda se trasladaron a Washington, donde empezaron a
trabajar sobre los borradores de lo que sería la versión USA del Plan
Colombia, el cual recibió aprobación de la administración Clinton, quien
lo calificó co-mo una de las más importantes iniciativas antinarcóticos
que jamás había sido propuesta por gobierno colombiano alguno y que
respondía al interés de salvaguardar la seguridad nacional
estadounidense.
Es claro que, una vez superada
la Guerra Fría, el enemigo principal para Estados Unidos son los
narcóticos, su interés principal es luchar contra el narcotráfico, y en
ese propósito no tiene inconveniente en aliarse con fuerzas tan
disímiles como la guerrilla o los paramilitares, confirmando su
pragmatismo que se expresa en el hecho histórico de que ese país no
tiene amigos sino intereses, como lo señalara Churchill hace muchos
años. Quiero resaltar la doble moral de Estados Unidos, que se manifestó
en el «jubileo clintoniano», con los perdones e indultos que dio el ex
mandatario a los narcolavadores, socios de los Rodríguez Orejuela.
Mientras por un lado se dice combatir el narcotráfico, por el otro hay
connivencia con el consumo y la producción de la marihuana en ese país.
El representante de las Naciones Unidas para el Programa de Control y
Fiscalización de Drogas afirmó que Estados Unidos es el más grande
productor de marihuana del mundo.
De otro lado, hay evidencias de
que la estrategia que se ha seguido para combatir el narcotráfico y la
producción de la droga ha sido equivocada y fracasada, no ha tenido en
cuenta que el problema fundamental es el del consumo al interior de los
Estados Unidos. En los últimos ocho años Estados Unidos ha invertido en
Colombia 700 millones de dólares, en combate contra el narcotráfico,
especialmente en fumigaciones y en interdicción, y el único resultado
conseguido es el incremento en un 260 por ciento del área sembrada de
cultivos ilícitos, que pasó de 122.500 hectáreas de coca en el año de
1999 a 136.200 en el 2000. Sin embargo condecoraron al general Rosso
José Serrano como el mejor policía del mundo por su éxito contra el
narcotráfico
Lo que realmente se está
fumigando es el pulmón del hemisferio. En el sur del país se está
repitiendo lo ocurrido en décadas pasadas en la Sierra Nevada de Santa
Marta, en donde también se fumigó con glifosato y las consecuencias de
dicha acción están a la vista: proceso de deshielo, avance del desierto
hacia las cumbres de la Sierra Nevada, desaparición de diez ríos que
nacían en la región, así como casos de males congénitos entre la
población indígena de los kogis, arhuacos y demás grupos asentados en la
región, por efecto de estas fumigaciones. El actual ministro del Medio
Ambiente se opuso en aquel entonces a esa práctica por inconveniente,
pero ahora dice que no se requiere de licencia ambiental para esas
fumigaciones, dado que se trata de una actividad que se viene
desarrollando desde 1992, cuando el antigua Inderena otorgó el permiso.
Tampoco existe un plan de manejo ambiental.
El Plan Colombia queda reducido
a un plan antinarcóticos. Pese a que en Estados Unidos se reciclan la
mayor parte de los dineros del narcotráfico, allá no existe una ley que
penalice el lavado de activos, de extinción de dominio, ni de
enriquecimiento activo como delito autónomo. El caso de la esposa del
coronel agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Colombia,
quien fue sorprendida traficando cocaína en la valija diplomática, es
muy diciente. A ella se le condenó en los Estados Unidos a tres años de
cárcel, a su esposo a cinco meses y a una caución de 40 millones de
pesos, con lo que obtuvo su libertad. Ahora están pidiendo la
extradición del chofer colombiano de la esposa del coronel, a quien ya
condenaron en las cortes norteamericanas a cinco años de cárcel. ¿Esa es
la reciprocidad, la corresponsabilidad de Estados Unidos en la lucha
contra el narcotráfico?
Marcelo Torres
«Para entender el origen de la
política de paz y del Plan Colombia hay que considerar una determinante
clave: Pastrana llegó a ser presidente de la República luego de un
vigoroso apoyo de los círculos de negocios de Estados Unidos y del
Departamento de Estado norteamericano»
En octubre de 1999 fue
presentado al Congreso de Estados Unidos, envuelto en el texto de una
ley de ayuda al extranjero, el Plan Colombia. La razón por la cual no se
presentó nunca este texto al Congreso colombiano ni se puso en
consideración ante ninguna instancia democrática y representativa del
país es asunto cuya explicación aún le debe el gobierno de Pastrana a la
nación. Lo curioso es que padezcamos los efectos de un Plan,
esencialmente bélico, que altera sustancialmente la vida del país,
simplemente como efecto de una ley norteamericana. El Plan contempla una
ayuda de 1.200 millones de dólares para Colombia, el 73 por ciento de
los cuales, 760 millones, tiene una finalidad estrictamente militar. Las
diez estrategias del Plan se concentran en un proyecto de erradicación
del 50 por ciento de los cultivos ilícitos en un plazo de seis años,
amén de un programa de transformación regresiva y represiva de la
legalidad, de la administración de justicia y de las normas de carácter
penal, de persecución al narcotráfico, así como de una «estrategia
económica» que resume –anticipadamente– los compromisos del gobierno con
el FMI de finales de 1999.
¿Cuál es el origen de la
política de paz de Pastrana? ¿A qué intereses corresponde? Para
responderlo, hay que considerar una determinante clave: Pastrana llegó a
ser presidente de la República luego de un vigoroso apoyo de los
círculos de negocios de Estados Unidos y del Departamento de Estado
norteamericano. Dicho respaldo estuvo fuertemente relacionado con el
tema de la paz durante las elecciones de 1998, de excepcional
importancia para el rumbo reciente del país. La cotización de Pastrana
venía en alza frente a Estados Unidos desde que fue alcalde de Bogotá e
inició la racha de privatizaciones de la década neoliberal. Fue él
quien, como candidato presidencial derrotado en 1994, se prestó de
estafeta de la DEA para presentar el narcocasete que desató la crisis
política nacional en el gobierno de Samper. A partir de entonces, se
unió al coro pro norteamericano para estigmatizar y aislar a Colombia y
presentarla como país convicto, de maleantes, digno de una sanción y
coerción por parte de Estados Unidos y de la llamada comunidad
internacional. Fue Pastrana la carta fuerte para las elecciones
presidenciales de 1998. Fue él quien, una vez electo, declaró «país
pacificador» a Estados Unidos, y en su discurso de posesión lo llamó
«invitado de honor» al proceso de paz.
El primer funcionario de alto
rango que visitó oficialmente Colombia, a menos de una semana de haberse
iniciado el nuevo gobierno, fue el entonces director de la DEA, Thomas
Constantine. Desde entonces hasta hoy, registramos una romería sin fin
de altos funcionarios de Estados Unidos que realizan visitas de
inspección a Colombia: el jefe del Comando Sur –el anterior y el
actual–, el zar antidrogas, la secretaria de Estado y los subsecretarios
de antinarcóticos del anterior y el actual gobierno norteamericano, los
jefes de la DEA, mandamases de la CIA y el FBI, y una pléyade de agentes
encubiertos de dichas agencias. Mil tropas norteamericanas, incluyendo
contratistas privados, manejan los asuntos de las fuerzas armadas en el
país y entrenan sus efectivos. En octubre de 1998, Pastrana firmó en
Washington la Alianza contra las Drogas Ilícitas con el presidente
norteamericano. Allí afirmó «que ninguna paz sería buscada por su
gobierno si no tuviera como fin la destrucción de los cultivos ilícitos
en Colombia». A mediados de 1999, luego de un estancamiento de las
conversaciones de paz, apareció publicado un artículo de la secretaria
de Estado norteamericana de entonces, la señora Albrigth, en The New
York Times, donde reprendió al presidente Pastrana y le exigió endurecer
la política de paz: más «garrote» en lugar de tanta «zanahoria».
Enseguida, voceros de la administración Clinton desempolvaron la tesis
de la «narcoguerrilla» y anunciaron sustanciales incrementos de la ayuda
militar al gobierno de Colombia. En agosto del mismo año llegaron a
Colombia cuatro subsecretarios, los de Estado, Justicia, Tesoro y
Defensa de Estados Unidos, y reescribieron la que aparentemente era la
política oficial en materia de paz, la que abarcaba una extensa parte
del Plan de Desarrollo de la administración Pastrana. La misión demoró
un mes en el país y ya en octubre de ese año, en lugar de la política
anterior, que fue archivada, se presentó en el Congreso de Estados
Unidos el nuevo plan, el denominado Plan Colombia. Una injerencia
semejante, para enmendar la política sobre el asunto más trascendente
del país, no tiene precedentes sino en el cuatrienio anterior, el del
gobierno Samper.
¿Por qué interviene Estados
Unidos en este proceso de paz? Hay fundamentalmente dos razones: la
primera reside en que, terminada la Guerra Fría, la lucha contra el
narcotráfico se convirtió en la prioridad hemisférica de Estados Unidos.
En septiembre de 1989 el presidente Bush, padre, lanzó la llamada
Estrategia Andina, el primer plan antinarcóticos para la subregión:
Perú, Bolivia y Colombia. A comienzos de 1990 se realiza la primera
reunión continental de presidentes de estos países, en Cartagena. En
octubre de 1995, desde la tribuna de las Naciones Unidas, Clinton
declara que Colombia es «una amenaza inusual y extraordinaria» para la
seguridad nacional de Estados Unidos, por haberse convertido en el
epicentro mundial del narcotráfico, y recibe poderes especiales,
mediante una ley de emergencia, que le fueron prorrogados durante su
segundo período. Posteriormente, se efectúan las reuniones de los
ministros de Defensa del continente realizadas en Williamsburg (1995),
Bariloche (1996) y Cartagena (1998), en las cuales se establece y
reafirma la lucha contra el narcotráfico como el objetivo prioritario de
la actividad de los ejércitos y de las fuerzas de seguridad de América
Latina. En mayo de 1998, Clinton reafirmó esta posición en su Estrategia
contra el Crimen Trasnacional.
Tanto las declaraciones como las
acciones del actual gobierno de Bush corroboran que esa sigue siendo la
prioridad en materia de seguridad nacional de su país. Empero, hay
hechos reveladores que no se compaginan con esta proclamada persecución
al narcotráfico. Estados Unidos trafica con drogas y encubre el tráfico
de drogas, como lo demuestra, entre otros hechos, las denuncias
aparecidas en el San Jose Mercury News, de California, en 1996, sobre la
financiación del gobierno estadounidense durante los ochentas de la
contra de Nicaragua con el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos, una
operación de la CIA en la cual estuvieron involucrados los carteles
colombianos. Está claro que hubo donaciones por parte de
narcotraficantes, cubano-norteamericanos y rusos, a la segunda campaña
presidencial de Clinton; lo curioso fue que la fiscal Janet Reno se negó
a designar a un fiscal independiente para investigar el asunto. Según
declaraciones de testigos ante una corte de Houston, durante toda la
primera mitad de los noventas el cartel del Golfo, de Juan García Abrego,
mexicano, introdujo cocaína a Estados Unidos desde el sur de Texas con
la complicidad de autoridades estadounidenses en camiones de la Guardia
Nacional y del Servicio de Inmigración.
¿Cuál es el interés de Estados
Unidos en la guerra contra el narcotráfico? En primer lugar, es un
magnífico pretexto para intervenir en nuestros países. Pero no se reduce
a un pretexto. Existen razones de fondo que tienen que ver con el lavado
de dólares en la economía norteamericana, una vieja práctica de las
multinacionales, muy aprovechada por el tráfico ilegal de drogas. De
acuerdo con un extenso informe de Time de hace una década, las
quinientas empresas más importantes de ese país lo practican de manera
normal. En una conferencia de ministros de Economía de América sobre
lavado de dineros, realizada en Buenos Aires en noviembre 1995, el
subsecretario de Tesoro de Estados Unidos reveló que anualmente se lavan
entre 300 mil y 600 mil millones de dólares en todo el mundo,
provenientes del narcotráfico, cifra que equivale a más de dos tercios
de las reservas de todos los bancos centrales del mundo, al doble de los
ingresos anuales de la OPEP y a más de diez veces el total de la venta
mundial de armamentos en un año.
A mediados de los noventas, en
Estados Unidos se lavaban anualmente cien mil millones de dólares, que
se elevan a trescientos mil millones si se incluyen la actividades
conexas relacionadas con el narcotráfico. Según la DEA, el 75 por ciento
del dinero del tráfico proveniente de Colombia se lava en Nueva York.
Entre 1980 y 1989 floreció en Estados Unidos el comercio de
estupefacientes y fue entonces cuando Florida triplicó sus depósitos
bancarios y cuando Miami se convirtió en el segundo centro bancario
internacional de Estados Unidos.
A fines de 1989 la deuda externa
del país del Norte era de 600.000 millones de dólares y en 1996 llegaba
a 900.000 millones. Los extranjeros representaban el 31 por ciento de
los acreedores de esa deuda y poseían bonos del tesoro, que no tienen
ningún control. Una buena parte de los dineros del narcotráfico se ha
invertido en dichos bonos. Según The Wall Street Journal, la ley
bancaria de Estados Unidos en materia de lavado es anacrónica,
circunscrita al dinero en efectivo, deja por fuera las transferencias
electrónicas de dinero, actualmente la parte más importante del
movimiento bancario. Estados Unidos se queda con más del 85 por ciento
de las ganancias provenientes de este tráfico, que se lava en el mismo
país a través de los casinos, joyerías, supermercados y, sobre todo, de
los bancos. Hay una pequeña porción que sale, alrededor del 15 por
ciento, parte de la cual va a los países productores y exportadores de
estupefacientes. A mediados de los noventa, Colombia, que ya era el
principal exportador de cocaína del mundo, pasó del segundo al primer
lugar –por encima del Perú– como productor mundial de hoja de coca; hoy
suministra el 80% de la cocaína y el 60% de la heroína que consumen los
norteamericanos. Durante una visita a Bogotá, el director de la DEA,
Constantine, recién iniciado el gobierno de Pastrana, se lamentaba
alarmado de que los jefes de los carteles de Colombia estaban enviando
emisarios para apoderarse del mercado de las drogas ilegales en las
calles de las ciudades estadounidenses. Alarma comprensible: la parte
del león de las ganancias del tráfico de estupefacientes no proviene de
la venta al por mayor –tradicionalmente controlada por los carteles
latinoamericanos– sino de la venta al detal, hasta hace poco coto de
caza reservado a los capos anglosajones. Ergo, resulta un innegable
interés estadounidense, primero, tanto impedir que se siga fugando parte
de las ganancias del tráfico ilícito como recuperarlas, y segundo, y
esto es lo más importante, cerrar toda posibilidad de que en un futuro
predecible los carteles de narcotraficantes extranjeros –de América
Latina– pudiesen llegar a controlar el narcotráfico en el interior de
Estados Unidos, con lo cual el drenaje de utilidades hacia el traspatio
latinoamericano podría crecer a volúmenes sin precedentes.
Sin duda, se trata del negocio
más voluminoso y rentable del planeta. Bien vale una o más guerras. Es
archisabido que el tráfico y la producción permanecen estables e incluso
aumentan en vez de disminuir. ¿Por qué la primera potencia del mundo no
es capaz, con todo su poderío, de impedir la entrada (la producción, en
el caso de la marihuana) y la venta en su territorio de las drogas
ilegales año tras año? Es evidente que Estados Unidos no tiene el
propósito real de acabar el tráfico, sino de controlarlo, por cuanto
significa un aumento adicional de los recursos públicos y privados en
ese país. Ello lo reafirma la laxitud de su legislación penal bancaria y
el hecho de que sigue siendo el primer centro de lavado de dólares del
mundo. Si Gran Bretaña hizo la guerra a China para obligar a que su
gobierno que permitiera el consumo de opio a su población, razonarán los
estrategas del imperio, ¿por qué Estados Unidos no puede hacer la guerra
a un país de su patio trasero para controlar la producción de coca y
amapola?
Pero existe una segunda razón,
de claro orden estratégico, para la «guerra contra las drogas» de
Estados Unidos y para inmiscuirse en el proceso de paz de Colombia.
Entre abril y mayo de 1998, informes y estudios oficiales del gobierno
norteamericano sobre la situación de Colombia suministran una
explicación de fondo para la intervención (el informe de la Agencia de
Inteligencia de Defensa, que incluía al Departamento de Estado, la CIA,
la Agencia Nacional de Seguridad, el Comando Sur, presentado en mayo de
1998 al Comité de las Fuerzas Militares del Senado; el estudio del a
Universidad Nacional de la Defensa de Estados Unidos, de mayo de 1998; y
el estudio de la misma época del analista de la Oficina Naval de
Inteligencia, James Zackrison). Se perfilaron entonces varios puntos
críticos para los intereses norteamericanos:
1. La evolución del equilibrio
militar en Colombia era desfavorable al ejército colombiano en los tres
años anteriores al gobierno de Pastrana. Se pronosticaba que de
continuar así se perdería la guerra en cinco años.
2. De colapsar el Estado
colombiano, emergería un narcoestado.
3. Se establecería así en
Colombia un nuevo foco de amenaza a la estabilidad hemisférica
norteamericana, que ya no sería Cuba sino Colombia.
La política de Estados Unidos
frente a esta situación descrita se condensa en dos opciones. La primera
es el llamado Plan A, consistente en la búsqueda de un acuerdo negociado
con la guerrilla mediante un incremento de la presión militar sobre el
terreno. Esta política prevalece actualmente. La segunda opción es el
Plan B, prevista para el caso en que no sea practicable una solución por
acuerdo, que plantea una intervención militar masiva con ropaje
multinacional. Estados Unidos propuso hace tres años en la OEA la
constitución de una fuerza armada multinacional para «defender la
democracia», es decir, una acción colectiva de carácter militar contra
un determinado país, en caso de que las circunstancias lo requiriesen.
Por fortuna, esto no fue aprobado, pero Washington ha venido adelantando
una activa gestión diplomática y de presiones sobre los países vecinos
de Colombia en busca de establecer un cerco militar a partir del cual
podría lanzarse, de considerarse necesaria, una invasión en regla. Se
trataría de una intervención «de carácter humanitario» para defender los
derechos humanos de nuestra población. Los invasores vendrían a
salvarnos de la barbarie y el caos.
Algunos sectores de la opinión
nacional, desesperados ante la oleada creciente de secuestros,
extorsiones y terrorismo, han empezado a ver con buenos ojos una
intervención militar de Estados Unidos, con la ilusión de que esta
traerá la anhelada paz. No perciben los peligros de una pax americana:
amenaza a la unidad territorial misma de la nación, ingentes
padecimientos de la población de las zonas de cultivos ilícitos y
posible ocupación militar extranjera indefinida sobre parte o la
totalidad del mapa colombiano, con el mantenimiento y profundización del
modelo neoliberal en el país.
Podemos concluir:
Primero, el país debe ser
consciente de que el Plan Colombia es un plan imperialista, impuesto por
los Estados Unidos a nuestra nación, con la connivencia del gobierno de
Pastrana.
Segundo, el Plan representa una
indebida intervención de carácter militar de Estados Unidos en un
conflicto de carácter interno, que debería resolver Colombia sin intro-misiones
foráneas ni presencia de tropas extranjeras. La primera fase del Plan ha
agredido en escala masiva a la población campesina del sur del país,
intensificando el conflicto, provocando más desangre y desplazamientos
internos, especialmente por las fumigaciones aéreas.
Tercero, se ha reemplazado lo
que debería ser el objetivo del proceso de paz: la obtención del cese de
la violencia, la civilización de la contienda política en Colombia, por
un plan de erradicación de cultivos ilícitos enmarcado en la política
antinarcóticos de Estados Unidos.
Cuarto, al sobreestimar el peso
del narcotráfico como fuente de todas las desgracias nacionales y de la
violencia en particular, se falsea la realidad nacional. Colombia debe
enfrentar el flagelo del narcotráfico de acuerdo con el interés
nacional, sin permitir la represión brutal, las fumigaciones aéreas y el
desarraigo masivo del campesinado.
Quinto, el Plan Colombia
pretende seguir acentuando los rasgos fascistoides de la administración
de justicia en materia penal, de persecución al narcotráfico, por
imposición de Estados Unidos.
Sexto, el Plan reafirma el
modelo económico neoliberal al recoger los compromisos del gobierno de
Pastrana con el FMI; y
Séptimo, el Plan Colombia abre
la puerta de una invasión extranjera al pretender que el principio de la
no intervención no resultaría violado si, previamente a la presencia de
tropas extranjeras en el país, se realizan «consultas» con el gobierno
colombiano.
Es imperativo mantener una
activa resistencia contra este Plan. Debemos emprender una campaña
nacional que tenga como escenario los centros de trabajo, las
organizaciones sindicales y cívicas, las universidades, las
corporaciones públicas, para impulsar la más masiva movilización de los
colombianos contra la injerencia yanqui. En este auditorio
universitario, recordemos que Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam
cuando se levantaron las universidades, cuando se rompió lo que ellos
mismos llamaron su frente interno y perdieron políticamente el
conflicto.
Carlos Palacio
«El Plan Colombia sí es
apocalíptico»
Quiero contarles simplemente la
visión que tienen los campesinos del Plan Colombia, el sentimiento que
tienen los que fueron fumigados en el valle de Guamués, el municipio
donde trabajo como secretario de Desarrollo, después de que fueron
destruidas sus tierras y sus aguas, acribillados sus animales, y sus
niños fueron afectados por la fumigación.
La fumigación ha sido la
estrategia más corrupta, más mentirosa de toda la historia de nuestro
país y de los Estados Unidos. En 1994, en el Putumayo había 4.100
hectáreas sembradas de coca y hoy tenemos más de 56.000, ¿por qué se
continúa con la fumigación? ¿Qué hay detrás de la fumigación? ¿Qué
intereses económicos hay en el petróleo que hay en nuestra tierra?
¿Detrás de los megaproyectos? ¿Qué hay de la salida de Brasil hacia el
Pacífico? Tales son las preguntas que nos hacemos en el Putumayo.
Esta crisis que se presenta el
Putumayo, una región con 84 por ciento de necesidades básicas
insatisfechas, nos debe servir para que los colombianos emprendamos
acciones decisivas en contra del Plan Colombia.
Apolinar Díaz Callejas
«El Plan Colombia es un plan
conducido por objetivos globales y estratégicos, previsto desde hace
varios años, para el interés nacional de Estados Unidos»
Es un plan de intervención
militar de Estados Unidos en nuestro país, con el pretexto de la lucha
contra el narcotráfico, que tiene como objetivo montar bases
norteamericanas en la región, así como involucrar en un conflicto
regional la zona andina y la Amazonia, y colocar a tiro de fusil y
misiles norteamericanos al Brasil.
Esto ha quedado plenamente
confirmado con el lanzamiento de la llamada Iniciativa Estratégica
Andina, cuyo objetivo sería «prevenir el aumento y la difusión de la
violencia y el narcotráfico en toda la región». Es un proyecto militar,
preparado desde antes de Bush, que comprenderá a Colombia, Perú,
Bolivia, Brasil, Ecuador, Panamá y Venezuela.
Mi opinión es clara: el Plan
Clinton o Plan Colombia que le entregaron a Pastrana es el primer paso
para la presencia militar norteamericana en la región andina y el
Amazonas, cuya cuenca es vital por su riqueza biogenética para la
política norteamericana sobre calentamiento de la tierra, que pretende
desarrollar al margen del Protocolo de Kyoto, que el gobierno de Bush
acaba de rechazar.
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