En diciembre de 1999, el
entonces ministro de Hacienda y Crédito Público, Juan Camilo Restrepo, y
el gerente general del Banco de la República, Miguel Urrutia, a nombre
del presidente Pastrana presentaron al director gerente del FMI el
documento que se conocería como Acuerdo de Facilidades Extendidas de
Colombia con el FMI.
A partir de ese momento, el
gobierno de Andrés Pastrana puso en movimiento todo el poder del Estado
para cumplir con el Acuerdo, en especial para refrenar las grandes
movilizaciones populares de rechazo que han suscitado las medidas.
El texto del Acuerdo es
explícito en el objetivo: reducir el déficit del sector público no
financiero a través del recorte de todos los rubros del gasto
«excluyendo pagos de intereses», insiste en dos oportunidades el párrafo
correspondiente. No cabe duda de que el recorte tiene como finalidad
garantizar el cumplido servicio de la deuda pública.
El plan fiscal del Acuerdo prevé
una fuerte reducción del déficit al 3.6% del PIB en el año 2000, 2.5% en
el año 2001, y al 1.5% en el año 2002, señalando el documento que «el
notable ajuste fiscal programado para el año 2000 se obtendrá
principalmente mediante una fuerte reducción del gasto del gobierno
central excluyendo el pago de intereses, una política de contención,
reformas pensionales, y el fortalecido programa de recaudación de
impuestos». De lo trascrito se derivan las tareas a cumplir, las cuales
de manera explícita se reca-pitulan en el «cronograma de reformas
estructurales».
A cambio de ello, luego de
muchas vueltas en Washington, el Estado colombiano recibió un préstamo
de contingencia de unos 2.700 millones de dólares. Tales préstamos
(stand by) son aquellos que solo pueden utilizarse como garantía –es
decir, en estricto sentido no pueden usarse– y hasta el momento el
gobierno no los ha utilizado ni siquiera como aval a la hora de
contratar los créditos. Si se emplearan cuando menos como respaldo,
bajarían las altas tasas que paga Colombia por la colocación de bonos
nacionales en el mercado financiero mundial, como ha llamado la atención
al respecto el senador Luis Guillermo Vélez Trujillo.1
A la fecha algunas de las tareas
ya fueron cumplidas por el gobierno, pero aún falta su desarrollo legal,
como en el caso de la ley sobre transferencia de recursos y
competencias, que remplazará a la Ley 60 de 1993, y en otros casos aún
se desconoce el texto final que dará paso a otras, como la reforma
pensional.
A continuación se analizará el
significado de la principal medida ya adoptada, el Acto Legislativo,
para finalizar con el de la Reforma Pensional.
La verdad sobre
las transferencias territoriales
El intenso debate que se observó
durante el primer semestre del 2001 permitió que la población conociera
a profundidad los principales puntos en discusión y la posición de los
actores en torno a ellos. Ante todo, los defensores de la reforma
plantearon que los constituyentes de 1991, con cierto populismo, habían
creado un sistema de transferencias de recursos del presupuesto nacional
hacia los departamentos y municipios que se habría convertido en la
causa principal del creciente déficit fiscal. Con una especie de mirada
comprensiva, se menciona que el propósito implícito, dar vida a los
entes subnacionales, es loable, pero que fue hecho por fuera de todo
cálculo.
Al respecto, vale la pena traer
a colación datos de una discusión similar de mediados de 1997 sobre el
peso de las transferencias en la Constitución de 1886 –introducidas en
la Reforma de 1968, reglamentadas por la Ley 12 de 1986 y vigentes hasta
1991– frente a la fórmula de la Constitución de 1991.
Mientras el equipo económico del
gobierno de Samper planteaba que el ritmo de crecimiento era mayor que
el previsto en la Reforma del 68, funcionarios de la administración
Gaviria
–quienes manejaron la correspondiente propuesta en la Constituyente de
1991– afirmaban que, de acuerdo con la ejecución de los años corridos a
partir de entonces, las transferencias fueron menores de lo que habrían
sido de haberse continuado con el esquema del 68.2
Véanse los datos presentados por el ex viceministro Santiago Herrera
(véase cuadro 1).
Dado que los montos transferidos
son menores a lo que hubiera ocurrido bajo el imperio de la Ley 12 –los
datos así lo demuestran–, ello plantea un gran interrogante en torno a
las promesas hechas de que con la Constitución del 91 el país entraba en
una nueva era en el manejo de sus regiones. Lo que queda claro de ese
debate es que en la nueva Carta se afinaron los mecanismos para
trasladar competencias a los gobiernos subnacionales e introducir
políticas de desregulación, pero sin que los desembolsos nacionales
corriesen al mismo ritmo. Al margen de estas cifras está, además, la
innegable realidad del empeoramiento de las condiciones de vida de la
población, que cada día cuenta con menos servicios públicos y al carecer
de ingresos sencillamente aumentan las eufemísticamente llamadas
«necesidades básicas insatisfechas».
Además, según el contralor
Carlos Ossa, entre 1990 y 2000 los gastos efectivos del gobierno se
incrementaron 9.6% del PIB y, dentro de ellos, las transferencias
territoriales se incrementaron solamente en 1.5% del PIB.3
Por otra parte, debe tenerse en
cuenta la composición de las transferencias, pues hay una parte dirigida
a los territorios y otra a entidades descentralizadas, de manera que
departamentos y municipios no reciben todo el dinero que figura como
transferencias, hecho que no se destaca por los contradictores al
momento de hacer el balance. Las transferencias territoriales durante el
período 1991-1995 disminuyeron su participación en el total de las
transferencias, pasando del 76.4% al 49.4%. Las que más contribuyen al
aumento total son las obligaciones derivadas de la privatización de la
seguridad social (Ley 100 de 1993) y de la asunción por parte del
gobierno de pasivos de entidades como Ferrocarriles Nacionales y
Colpuertos.
Sobre el impacto de la Reforma
Constitucional del 2001, aunque el ministro Santos aseguró por todos los
medios que no afectará a las regiones, los estudios de manera
incontestable demuestran que sí habrá una gran reducción de recursos.
Para quien defiende el déficit cero no tendría sentido plantear una
reforma que aumentara las transferencias. La Contraloría General de la
República, por ejemplo, plantea que los menores recursos «alcanzarían
entre 2.7% y 5.8% del PIB, para el período comprendido entre los años
2002 y 2010, dependiendo de la tasa de crecimiento de la economía».4
Pero en la discusión muy poco se
habló de las reales causas del déficit fiscal. Una lista incompleta pasa
por recordar la casi total prohibición constitucional de que el Banco de
la República preste recursos al gobierno nacional lo cual le obliga a
endeudarse en el mercado de capitales, induciéndose así déficit fiscal.
De paso, valga mencionar que el argumento empleado para tomar esa medida
fue el de aminorar la inflación. Pero, como lo demuestra fehacientemente
César Giraldo, «simplemente se privatizó la emisión monetaria», pues el
sector financiero hace emisión secundaria cada vez que adquiere TES,
bien por manejo de sus propios recursos o por monetización de la
inversión financiera extranjera.5
Además, el endeudamiento ocurre a tasas muy altas, lo que se constituye
en otra fuente de egresos del fisco nacional. Bajo el mecanismo de la
anterior Constitución, los préstamos que recibía el gobierno del banco
central tenían tasas apenas nominales.
En el desbalance también está el
hecho de que la privatización total o parcial de las principales
empresas del Estado lo ha dejado sin una importante fuente de ingresos,
a lo cual se suma que la reducción de los aranceles asociada a la
apertura económica significó un fuerte golpe para los ingresos del país.
Para tratar de contrarrestar los
faltantes durante la década se han hecho siete reformas tributarias,
pero mientras que los impuestos indirectos se han incrementado, se dejan
abiertas grandes troneras para la elusión, sin contar la consuetudinaria
evasión tributaria. Y, finalmente, la parálisis económica padecida en la
década del 90 y en lo corrido de la actual se traduce en disminución del
ritmo de crecimiento del volumen de impuestos recaudados.
Aprobada la reforma del 2001, lo
que viene es la discusión sobre la manera en que se repartirán los
menguados recursos entre educación, salud, agua potable, vías públicas y
un largo etcétera de competencias que corren a cargo de departamentos y
municipios por cuenta de los recursos transferidos. Cálculos
conservadores indican que, por el menor ritmo de crecimiento de las
transferencias, no menos de un millón de usuarios en salud y educación
dejarán de ser atendidos, sumándose a los ya excluidos.
Pero, además, de acuerdo con las
versiones que se han conocido sobre el proyecto de reforma a la Ley 60
de 1993, se introducirán significativos cambios en la manera como se
administra la educación y la salud. En general, se trata de que el
criterio neoliberal de la eficiencia en la administración esté al mando,
lo cual significa en pocas palabras que por este camino también se
seguirá marchitando la salud y la educación en el entendido de que no
son servicios que puedan arrojar ningún tipo de utilidad dineraria.
Por último, para el cumplimiento
del Acuerdo no tiene sentido la reforma constitucional si no se
incrementan los ingresos ordinarios de la nación. En vista de que ello
no ocurrirá por vía de la reactivación económica no está lejos un
proyecto de reforma tributaria, es decir, una nueva cascada de
impuestos.
Mentiras en torno
a la reforma pensional
Aunque no se conoce el texto del
proyecto de ley que el gobierno pondrá en consideración del Congreso, de
acuerdo con borradores y declaraciones hechas por miembros del gabinete,
esta reforma abarcará cuando menos los siguientes aspectos: aumento de
la edad de jubilación y de las semanas de cotización, disminución de la
pensión tanto general (con una nueva fórmula de cálculo del Ingreso Base
de Liquidación) como mínima (para cuando el cotizante no alcance a
cubrirla) y mayores garantías a las Administradoras de Fondos de
Pensiones, AFP, mientras que frente al ISS se habla desde su cierre
inminente hasta la prohibición de toda nueva afiliación (con lo cual su
situación se agravará muy rápidamente).6
Además, se pretende introducir reformas en los regímenes especiales de
pensión (Ecopetrol, Telecom, magisterio, Fuerzas Armadas).
Para justificar la reforma se
han argumentado una serie de falsas pre-misas. A continuación veremos
algunas de ellas, pero desde ahora destaco que las reales causas no se
mencionan. Así, el punto central puede ubicarse en la necesidad del
capital financiero de encontrar nuevos «nichos» de inversión, pues día a
día la tasa de ganancia en los viejos negocios ha venido decayendo en el
planeta desde la segunda mitad del siglo XX y, desde otro ángulo, la
creciente «financiarización de las finanzas públicas», a que hace
referencia Giraldo,7 que se
manifiesta, entre otras formas, en que la acumulación de riqueza social
en manos del Estado se transfiere a los particulares. Estas premisas
son:
1. Para el pensionado, el régimen
de ahorro individual es mejor que el de prima
media
Hay que tener en cuenta que por
su propia naturaleza el régimen de ahorro individual8
requiere mayor rentabilidad de las cotizaciones que el de prima media9
y que, por definición, en aquel no existe solidaridad ni intra ni
intergeneracional, como sí ocurre en el régimen de prima media. De ello
se deriva que un cotizante en una AFP debe cumplir con una serie de
condiciones más exigentes que en el régimen de prima media para acceder
a la pensión. Por ello, solo quien reciba durante su vida laboral altos
ingresos puede aspirar a tener una pensión al menos similar a su
salario.10
El mismo ex presidente del ISS,
Arias Ramírez, debió reconocer el hecho con el siguiente ejemplo: «Si
usted gana mensualmente un millón de pesos y se pasa al régimen de
ahorro individual, al cabo de 1.150 semanas obtendrá un salario mínimo,
si la rentabilidad es del 4% real (lo más ajustado a un plazo de 20
años). En el ISS al cotizar 1.000 semanas obtendrá 650.000 pesos y
recibirá 14 mesadas cada año; si cotiza 1.400 semanas, la pensión
llegará a 850.000 pesos».11
Pero la realidad también
demuestra la ruleta a que juegan los afiliados a las AFP: de acuerdo con
noticia de prensa, un tal Germán Bedoya, de 58 años de edad, se trasladó
a un fondo privado aportando un bono pensional de 50 millones de pesos,
pero la AFP le informa que esa suma –más los aportes que continuó
haciendo– no le alcanza ni para una pensión mínima, por lo cual deberá
seguir cotizando –a pesar de estar desempleado– hasta alcanzar la cifra
requerida. El artículo cita a Bedoya: «Si yo tuviera 50 millones de
pesos en mi bolsillo estaría viviendo como un rey, y cuando cumpla los
60 años no podré vivir como el más mísero de los colombianos... Con esa
plata vivo 100 años».12
En Chile, país que suele ponerse
como ejemplo a la hora de hablar del tema pensional,13
uno de los problemas que afronta el sistema es la baja rentabilidad de
las pensiones en el sistema de AFP (Cuadro 2), lo cual se traduce en
bajos montos de pensión. Nótese, comparativamente, que el crecimiento de
la economía ha sido varias veces más alto que la rentabilidad reconocida
a los cotizantes.
Según el mismo estudio, una de
las razones del problema radica en las altas tasas de administración que
cobran las AFP a los afiliados, lo cual explica, además, que la
rentabilidad de los fondos, por su parte, haya sido en promedio del 16%
anual en los 17 años de funcionamiento.
2. El régimen de prima mediano es viable
Conviene recordar que el régimen
de prima media, el único que existía antes de la Ley 100 de 1993 y que
continúa ahora exclusivamente para el ISS, nunca recibió los aportes que
por ley le correspondía hacer al Estado y tampoco ha percibido los giros
relativos a la mesada número 14 establecida en aquella ley.15
Además, el ISS no puede manejar sus recursos autónomamente, pues está
obligado a hacer sus inversiones de acuerdo con políticas del gobierno.
La suma de estos problemas da lugar al actual déficit operacional,16
que implica empezar a gastar las reservas acumuladas.
A pesar de ello, el Instituto
hoy tiene reservas por más de 5.5 billones de pesos, a lo cual podría
agregarse que en 1990 el gobierno reconoció que su deuda acumulada con
el ISS era de $20 billones desde cuando se dispuso, por el decreto 3041
de 1966, que el Estado contribuiría con una parte de la financiación del
sistema. En parte de pago (a lo sumo, el 0.75% de lo adeudado) el Estado
le entregó al ISS la porción del BCH de la que era propietario.17
Para el 2001, la deuda de la
nación con la entidad ascendía a 42 billones de pesos. Al respecto, un
informe actuarial estableció: «Si la nación le paga al ISS lo que le
debe, este tendrá los recursos suficientes para cumplir durante 30 años
con los 650.000 jubilados que tendrá a partir del 2006».18
Como punto de comparación, nótese que el salvamento de la banca –hecho
efectivo a través de transferencias del presupuesto a las entidades en
cerca de cinco años– ha costado no menos de 11 billones de pesos.
Dice mucho de la preferencia del
Estado para con las AFP el hecho de que cuando un afiliado al ISS se
traslada a una administradora privada se le reconoce el correspondiente
bono pensional, pero al ISS ni siquiera se ha estudiado la posibilidad
de irle otorgando bonos parciales para subsanar la cuantiosa deuda.
Subrayando las dificultades,
Asobancaria describe así la situación del ISS: «Su pasivo pensional en
1997 ascendió al 55.2% del PIB; el déficit operacional en 1999 fue de
$300 mil millones y se estima que dicho déficit acumulado entre 1999 y
2025 será del orden del 36.8% y del 43.7% del PIB, sin bonos y con bonos
pensionales, respectivamente; esto sin contar con las mayores
obligaciones que tendrá que asumir el ISS al recibir a buena parte de
los afiliados a las Cajas y los Fondos públicos, cuyo déficit
operacional acumulado para el mismo periodo, se estima en 33.02% del
PIB».19
Sobre estas cifras vale la pena
tener en cuenta que el pasivo pensional no es un valor actualmente
exigible, sino lo que valdrían las pensiones si se tuviera que entregar
todo el dinero a los cotizantes actuales. De igual manera, el déficit de
1999 al 2025 equivale a lo que podría deber el seguro en el año 2026 si
en ese momento tuviera que entregar a sus afiliados el monto de sus
cotizaciones.
Frente a la conclusión del
gremio financiero, contrasta la de Germán Fernández, extraída de hechos
ciertos: «Es necesario señalar que durante la vigencia (del régimen de
prima media), se pagaron siempre los compromisos con las mesadas de los
pensionados, crecieron las reservas y no se generaron crisis financieras
ni para el ISS ni para los fiscos. Y ello aunque el Estado no cumplió
con los compromisos adquiridos con el Sistema de Seguridad Social»20
(cursivas originales).
De ahí que luego de hacer un
recuento de las zancadillas puestas por el gobierno al sistema de prima
media, el doctor Raúl Alameda Ospina, Secretario Perpetuo de la Academia
Colombiana de Ciencias Económicas, anote: «En vez de reconocer estas
fallas, gentes de muchas campanillas profesionales, pretenden
responsabilizar de semejante incuria a los trabajadores, hoy amenazados
con la pérdida o disminución sustancial de sus derechos laborales. Se
magnifica negativamente el que algunos empleados del gobierno hayan
conquistado en largas jornadas reivindicativas, el derecho a no ser
parias después de 30 o más años de recibir salarios modestos, como es el
caso de los maestros que han tenido que soportar condiciones de trabajo
(clima, lejanía, irregularidad en los pagos, crueles persecuciones) y de
los trabajadores de Ecopetrol y de Telecom, quienes han recibido
remuneraciones más de acuerdo con su productividad y con su contribución
a la formación de riqueza nacional y extranjera».21
3. El régimen de prima media
afectará crecientemente las finanzas públicas
El argumento oculta que hoy está
ocurriendo exactamente lo contrario: el gobierno nacional se apoya en
las reservas del ISS para realizar cuantiosas operaciones de mercado
abierto (OMA) que atenúan el déficit fiscal. Mientras tanto, respecto a
las AFP, a mediano plazo cuando empiecen a pensionarse masivamente sus
afiliados–, dada la baja rentabilidad de las cuentas de ahorro
individual, el fisco tendrá que hacer grandes transferencias para
garantizar la pensión mínima, en particular para quienes hoy ganan menos
de dos salarios mínimos y que constituyen una alta proporción de
afiliados. Ello porque el ahorro individual no alcanzará para los topes
establecidos por ley, por lo cual el Estado deberá subsidiar a las AFP.22
Pero, claro está, entre tanto las AFP seguirán obteniendo pingües
ganancias. Los interesados en quedarse con los recursos del ISS son muy
acuciosos en hacer cuentas sobre las dificultades que padecerá en 50
años la entidad, pero ocultan el grave problema a corto plazo de las
AFP.
Además, desde 1993 una parte del
déficit fiscal que tanto preocupa a los últimos gobiernos hunde sus
raíces en el reconocimiento a las AFP de los bonos pensionales de los
cotizantes que se han pasado del ISS y las cajas de previsión a las AFP.
Aunque los datos no son precisos sobre el impacto de tales bonos en las
finanzas públicas, es bien diciente: mientras que a finales de los
ochenta el gasto público en pensiones había sido del 0,9% del PIB, a
finales de los noventa se incrementó al 2,4%, por supuesto sin que ese
incremento haya llegado a los bolsillos de los pensionados.
Sobre este punto ha de tenerse
en cuenta cómo no son los pensionados los beneficiados, y sí lo son
quienes están recibiendo la plata, las AFP, las cuales luego de captarla
la colocan en alto porcentaje en títulos del Estado. No cabe duda de que
el papel de las AFP es inane. Como señala Fernández, «reciben el dinero
de los trabajadores (y recursos del fisco nacional a través del bono
pensional, anotamos nosotros), cobran la comisión de administración y
luego se lo entregan al Estado para que lo administre con seguridad y
más elevada rentabilidad que la del mercado».23
No está de más subrayar un
hecho: en la medida en que los cotizantes permanezcan en el ISS no
significan ningún gasto para el fisco, pues cuando llega el momento de
la pensión los pagos se hacen por mesadas a cargo del aporte de los
cotizantes de ese momento más las reservas, no en un solo giro como
ocurre con los bonos pensionales. En cambio, si se liquida el Instituto
o se insiste en sonsacarle afiliados, será necesario cargar a las
reservas del ISS –y, cuando estas se agoten, al tesoro público– el valor
de las cotizaciones acumuladas y hacerlo efectivo de inmediato (en el
mejor de los casos, pagar abultadas sumas de intereses a las AFP por la
espera).
De manera tal que si de
enfrentar el déficit fiscal se trata, la mejor solución es abolir las
administradoras privadas de pensiones para contener la hemorragia que
han significado los bonos pensionales y lo que representará garantizar a
sus afiliados la pensión mínima.
Nótese por último que para 1999
el superávit del sector salud fue de $1.254.000 millones ($1,254
billones) y en el 2000 fue de 808.900 millones,24
suma que ingresa al presupuesto nacional.25
Estos datos ponen de presente que el régimen de prima media es un
mecanismo idóneo para acrecentar la capacidad de ahorro del país.
Respecto a concebir a los fondos
privados como palanca del ahorro, los estudios sobre el tema coinciden
en afirmar que no hay evidencia robusta al respecto.26 Por lo demás, en
Colombia las AFP pueden invertir hasta el 10% en fondos extranjeros, un
punto más de lo permitido en Chile, sin contar con el hecho de que las
ganancias de las AFP muchas veces emigran del país por cuenta de
dividendos de los propietarios, grupos no nacionales.
4. La causa del problema de las pensiones
es la transición demográfica
Se anota que uno de los
problemas del régimen de prima media es que la pirámide poblacional
colombiana está cambiando, pues el promedio de edad es cada vez mayor y
que, en consecuencia, hay cada vez más población potencialmente
beneficiaria de pensión, mientras que los cotizantes activos son
proporcionalmente cada vez menos. Se trata, en síntesis, del
envejecimiento de la población.
Al respecto vale la pena hacer
varias precisiones. Si bien Colombia es todavía un país joven en los
promedios planetarios, no está por demás señalar que buena parte de los
3,5 millones de compatriotas que han debido salir del país por la
crítica situación económica son jóvenes que en otra circunstancia
podrían engrosar el número de afiliados al sistema de pensiones. Anota
Javier Fernández Rivas: «Por rápido que en las próximas décadas crezca
el número de pensionados, y por mucho que suba su esperanza de vida, en
Colombia la baja relación de pensionados a cotizantes potenciales otorga
una capacidad de maniobra que ya quisieran para sí muchos países del
mundo».27
Por otra parte, en el cálculo
del impacto demográfico no se tiene en cuenta el aumento de la
productividad de los trabajadores. En un régimen de prima media, cada
nueva generación de cotizantes –que ha de atender a una mayor cantidad
de pensionados con sus aportes– tiene una productividad varias veces
superior a la anterior, de manera que si bien hay menores cotizantes, su
aporte es mayor tanto en proporción al ingreso individual como al
ingreso nacional. Es decir, los continuos aumentos de la productividad
de la mano de obra deberían traducirse en aumento de los salarios, del
PIB y de los impuestos y por ende de las cotizaciones y de la capacidad
de aporte del fisco nacional.
Pero como ello no ocurre así,
como los ingresos individuales no aumentan a la par que la
productividad, y el ingreso nacional se distribuye de acuerdo con las
leyes del capitalismo, se condena a los obreros a padecer como jubilados
la misma suerte de su época de activos. De hecho, descontado el punto de
la productividad, los históricamente bajos salarios y su continua
pérdida de poder adquisitivo tienen el mismo efecto. De esta suerte no
se escapan los afiliados al sistema de ahorro individual en Colombia y
el planeta y es por ello que también en los países desarrollados se está
impulsando el desmonte del sistema de prima media.
Otro lastre del sistema de prima
media es que cada vez hay menos vinculados por causa del desempleo, el
subempleo y la informalidad.28 El
sistema de ahorro individual no puede solucionar este cuello de botella
y la rentabilidad de las AFP tiende a ser menor debido a los bajos
volúmenes de ahorro que manejan por esa causa. En Chile el porcentaje de
la fuerza de trabajo afiliada era del 60.9% en 1974 y del 49.8% en 1990,
siendo el año 1982 el más bajo en el rango indicado con 36.8%.29
Estas cifras, aun en su máximo pico, son bajas en comparación con las de
países como Uruguay, más aún si se tiene en cuenta que Chile no ha
padecido las escandalosas tasas de desempleo de gran parte de
Latinoamérica.
No menos importante es señalar
que el sistema de ahorro individual echa por la borda, en el mejor
espíritu del darwinismo social impuesto por el neoliberalismo, la
solidaridad intra e intergeneracional. La primera se trata de que el
sector de mayores ingresos haga un aporte superior que el de menores
ingresos para realizar un subsidio cruzado al momento de determinar las
cuotas. La segunda, en que la nueva generación debe subsidiar a la
vieja, teniendo en cuenta que su productividad es mayor. Por supuesto,
si el aumento en productividad no beneficia a los trabajadores,
fácilmente ocurre que los aportes de la nueva generación sean
insuficientes para las pensiones de los mayores.
Frente a tan poco halagüeño
panorama, tienen sentido propuestas como la presentada por el senador
Carlos Corssi, de la cual se informó: «El proyecto elimina la garantía
de pensión mínima a cargo del Estado para los afiliados a las AFP,
prohíbe el traslado de quienes están en el ISS... (y) ordena trasladar
al ISS los ahorros de los pensionados por las AFP», «pues (este sistema)
se convirtió en la mayor fuente de gasto público improductivo conocido
en la historia del país».30
Ha de entenderse, claro está,
que para que propuestas como ésta hagan curso se requiere de la más
amplia resistencia contra el proyecto estatal, pues como quedó en
evidencia en la discusión de la reforma constitucional a las
transferencias, el gobierno de Andrés Pastrana hará hasta lo indecible
con tal de lograr la aprobación el mandato del FMI.
No puede pasarse por alto,
además, que la Agenda del FMI incluye otras reformas, como quedó
indicado, que implicarán mayores cargas sobre la población. Pero también
se ha insistido en la necesidad de cambiar la legislación laboral,
aduciendo la misma razón de 1990 cuando se expidió la Ley 50:
inflexibilidad laboral que se traduciría en aumento del desempleo. Hecha
esta ley, por ninguna parte se vieron sus beneficios. Pero aun así se
habla de la reforma de «segunda generación», una de cuyas expresiones
está en la ley de Zonas Especiales Económicas de Exportación. Aunque la
ley tiene un radio de aplicación muy limitado, consagra la posibilidad
de extender su aplicación de manera expedita a todo el país. Sumando
esta ley a la reforma pensional, se pone en evidencia que uno de los
propósitos es disminuir los costos laborales para atraer inversión
extranjera –las maquilas– sin importar las condiciones de vida de la
población. Estos temas, más las reformas tributarias señaladas en el
Acuerdo, se constituirán en un nuevo pulso entre el gobierno y la
población, en medio del mayor desprestigio que gobierno alguno haya
podido acumular.
Notas
1 Cfr. La
República, 15-8-00.
2 Cfr. el debate
abierto en las páginas de Semana Económica de El Espectador, en
particular los análisis presentados el 29 de junio de 1997 por Santiago
Herrera ex viceministro de Hacienda de R. Hommes, el 10 de agosto por el
ministro de Hacienda (e), Eduardo Fernández Delgado, y el 17 de agosto
nuevamente por Santiago Herrera.
3 El Espectador,
25-02-2001.
4 Revista
Economía Colombiana y Coyuntura Política, Contraloría General de la
República, Edición número 284.
5 César Giraldo,
Finanzas públicas en América Latina, Bogotá, 2001, págs. 93-95.
6 Para una
descripción del sistema actual de pensiones en Colombia y un sugestivo
análisis de la grave situación que afronta, cfr. Germán Fernández,
Defendamos las pensiones, Bogotá, 2000, de quien he tomado importantes
ideas para la elaboración de este apartado.
7 Giraldo, op.
cit., passim, en especial capítulo 5 del libro.
8 Sistema de
ahorro individual: cada cotizante tiene su propia cuenta en la cual se
acumulan sus cotizaciones. Llegado el momento de pensionarse, se hacen
pagos según el monto acumulado. El número de semanas a cotizar, el
porcentaje salarial, la edad de jubilación y demás reglas se establecen
calculando el rendimiento de la cuenta individual durante el tiempo de
cotización y su relación con el tiempo probable de supervivencia del
pensionado y el monto mínimo de pensión. Su manejo lo hacen las
Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP.
9 Sistema de
prima media: las mesadas pensionales se pagan con las reservas
constituidas por la entidad más los ingresos por cotización de los
trabajadores actuales. Las reglas del sistema se establecen con base en
simulaciones sobre la evolución probable de las variables demográficas y
macroeconómicas. El monto de la pensión depende del promedio cotizado en
la última parte de la vida laboral, no de la cantidad aportada
individualmente.
10 “Menos de un
30% de los afiliados (a las AFP) alcanzará una pensión superior al 40%
del último salario cotizado” Jorge Espitia y Carlos Betancourt, “No sólo
de largo plazo se compone el problema pensional”, Revista Economía
Colombiana y Coyuntura Política, Contraloría General de la República,
abril de 2001, pág. 24.
11 Jaime Arias
R., “¿Por qué escoger el ISS?” El Tiempo, Especial Pensiones,
26-03-2001.
12 El
Tiempo, 27-05-2001, pág. 1-15.
13 Llama la
atención que la reforma pensional realizada en 1981 por Pinochet no
cobijara a las Fuerzas Armadas ni a la Guardia Nacional.
14 Claudia Lara,
“La crisis de un paradigma previsional: los fondos de pensiones en
Chile”, Consumidores y Desarrollo (Enero-Abril 1999), Oficina Regional
para América Latina y El Caribe de Consumer Internacional-Chile.
15 De la forma
sesgada como pueden verse las cosas da cuenta esta conclusión del ex
ministro Antonio Urdinola: “La generación que se va a jubilar o se está
jubilando... no hizo una contribución plena, en razón a que el gobierno
no puso su cuota. En consecuencia, se requeriría, en nombre de la
justicia y de la equidad intergeneracional, que esta generación pague
impuestos sobre las pensiones” “Reforma pensional: Un barco a la deriva,
Informe Especial”, Revista Economía Colombiana y Coyuntura Política,
abril de 2001, pág. 10.
16 Definido como
la diferencia entre lo que la entidad percibe por cuenta de aportes y
rendimientos financieros y lo que paga a los pensionados actuales.
17 Como se
recuerda, en una muy curiosa decisión, el BCH se dedicó a recibir la
cartera morosa de las corporaciones de ahorro y vivienda con planes que
permitían anticipar el resultado, la quiebra del BCH. Podría sospecharse
que se trató de una política implícita de salvamento a favor del sector
privado con los recursos del ISS.
18 El Tiempo,
1-06-2001, pág. 1-1.
19 Sistema
pensional: Hacia una solución integral, Asobancaria, Departamento de
Análisis Económico, noviembre de 2000, pág. 7. Disponible en Internet.
20 Fernández, op.
cit., pág. 71,
21 La República,
27-03-2000.
22 De acuerdo
con Espitia y Betan-court, “los bonos y la garantía de pensión mínima (a
favor de las AFP) cuestan cerca de $22.1 billones de 1999”. Espitia, op.
cit., pág. 21.
23 Fernández, op.
cit., pág. 80.
24 Informe de la
Junta Directiva del Banco de la República al Congreso de la República,
marzo de 2001.
25 Desagregando
las cifras, el Documento Confis del 14 de marzo de 2001 indica:
Pensiones y cesantías (IVM). Durante el año 2000, la unidad de pensiones
y cesantías generó un superávit de $656 mil millones. El resultado en
esta unidad de negocio incluye el superávit de los Fondos de Pensiones
por $537 mil millones, del Fondo de Pensiones Territoriales Fonpet por
$343 mil millones, el Instituto de Seguros Sociales por $50 mil millones
y el déficit del Fondo de Prestaciones Sociales del Magisterio por
$248mil millones.
27 Cfr. Espitia,
op. cit., pág. 33 y Gutiérrez, op. cit., págs. 44 a 49.
28 Javier
Fernández Rivas, Problema relativo. Revista Dinero, 136, 6-08-2001.
29 EL actual
nivel de cobertura pensional, medido como la relación número de
contribuyentes-fuerza laboral es de aproximadamente el 34.2%. Este nivel
es lejano del promedio latinoamericano del 38%.
30 Gutiérrez, op.
cit., pág. 51.
31 El Tiempo,
16-06-2001, pág. 2-12.