|
|
|
Afganistán

|
 |
EL ISLAM
Y LA POLÍTICA
Por Irene Gendzier
Traducción de
Marcela Velasco |
Los ataques del 11 de septiembre del
2001 contra Nueva York y Washington han hecho que se intensifique el
interés por la política del Medio Oriente y más particularmente, por la
relación entre la religión y la política. Esta renovada atención no es
solamente justificada sino también urgente. También lo es tener precaución
de no interpretar mal sus raíces y objetivos.
El rol político de la religión no es
original de los estados árabes como lo indican los ejemplos de Turquía e
Irán; tampoco está restringido a los estados islámicos, como lo demuestra
el ejemplo de Israel. Lo que marca el fenómeno actual que se extiende de
los estados del norte de África y del Medio Oriente, hasta Pakistán,
Indonesia, Malasia, China, y las Filipinas y los estados de Asia Central,
y más allá, es el rol sobresaliente que los partidos islamistas cumplen en
la oposición al poder del estado. Su éxito es una medida del amplio
descontento popular con los regímenes represivos y sus patrocinadores
extranjeros, las mismas fuerzas que reprimieron a los partidos seculares
de izquierda en el pasado.
Efectivamente, en el pasado muchos de
los movimientos islámicos eran apoyados por elites locales para hacerle
contrapeso al riesgo de que los movimientos seculares progresistas
llegaran al poder. De aquí, lo que ahora presenciamos en algunos estados
de la región es lo que Chalmers Johnson, autor de Blowback, describió
dentro del contexto de otras políticas americanas en Asia, como
consecuencias no intencionales. Es decir, fijar como objetivo a los mismos
regímenes que en el pasado apoyaban. Los Estados Unidos han sido cómplices
de esta política, tal como sus planes de acción en Afganistán lo dan a
conocer.
Cualesquiera sean sus orígenes o
apoyo inicial, la presente popularidad de estos movimientos es una señal
de la respuesta y resistencia a los regímenes existentes y a sus
patrocinadores extranjeros. El fracaso de los estados para proveer medios
de supervivencia para la mayoría de la población, la menos afectada por
los beneficios de la globalización y la privatización que han acrecentado
solo a las elites y a sus aliados políticos, está en la raíz de dicha
popularidad. Pero sería un error pasar por alto el hecho de que en su
mayoría, estos partidos de oposición no ofrecen una alternativa verosímil
a las políticas económicas que están siendo aplicadas por los regímenes
que critican. Tampoco ofrecen una alternativa democrática. Ese no es ni su
lenguaje ni su objetivo. Su presente vigor como fuerza política movilizada
yace en su capacidad de responder a las innumerables crisis sociales,
económicas y políticas que perturban la región, y que exponen la
incapacidad severa de los estados y sus instituciones. Haciéndole frente a
lo que los académicos americanos cariñosamente llaman «derechos humanos
básicos», el fracaso de los regímenes ha generado el creciente apoyo de
los movimientos islamistas de oposición.
A esto hay que añadir la capacidad de
estos movimientos de explotar el amplio descontento que se ha multiplicado
en la región en las últimas décadas, un descontento alimentado por los
desarrollos regionales que han traumatizado regímenes y han solidificado a
aquellos comprometidos con resistir sus políticas. Incluidos entre éstos
están los eventos de los años setenta, desde el colapso del régimen iraní
del Shah apoyado por los EU, hasta el surgimiento de la revolución
clerical, un evento que influenció inmensamente al mundo árabe oriental y
de hecho, al mundo árabe islámico en general. Además de la agotadora
invasión soviética de Afganistán y la intervención secreta de los Estados
Unidos que precedió y siguió esta invasión, como lo reveló Zbigniew
Brezinsky. Y el desangre de una década de Irán e Irak (1980-1988) en donde
los Estados Unidos y sus aliados enfrentaron a un estado contra el otro
por medio de la infusión de armas y asistencia. Sadam Hussein, el líder
condenado de Irak, quien es hoy el blanco de sanciones y bombardeos
estadounidenses y del Reino Unido, era en esa época recibidor de favores
occidentales, incluyendo armas. Sus políticas domésticas, no menos viles
que las de más adelante, eran conocidas e ignoradas por Washington. Así,
el arrasamiento de la oposición iraquí y el registro de la matanza al por
mayor de kurdos iraquíes fue insuficiente para disuadir el apoyo
estadounidense. La Guerra del Golfo (1991) demonizó al mismo líder iraquí
en nombre de salvar a la democracia y el petróleo de Kuwait. Pero la
política americana también bloqueó el surgimiento de una oposición iraquí,
por miedo a que su programa estuviera en conflicto con el de los Estados
Unidos. La aparentemente perenne lucha israelí-palestina también jugó un
papel crítico en el discurso político de la oposición islamista. Ese
conflicto, ampliamente ofuscado por los Estados Unidos, continuaba detrás
de acuerdos de paz ostensibles, fueran entre Egipto e Israel a finales de
los setentas, o los que alcanzaron prominencia global primero en Madrid y
luego en Oslo. En este contexto, la primera y luego la segunda Intifadah
palestina expuso el precio humano y también político y económico de las
muy vanagloriadas afirmaciones relacionadas con el ‘proceso de paz’.
En el Líbano, el Hezbollah compite
con los partidos políticos por el apoyo de los shiitas libaneses privados
de derechos políticos y económicos, a la misma vez que retan efectivamente
la ocupación israelí del sur del Líbano. Entre los palestinos de la banda
occidental y de Gaza, los partidos islamistas, Hamas y Jihad, retan las
políticas autocráticas de la autoridad palestina de Yasser Arafat y la
opresión continua de la ocupación israelí.
En Arabia Saudita, los partidos
islamistas, incluyendo el que lideraba Osama Bin Laden, por mucho tiempo
han señalado las prácticas políticas de un régimen que busca legitimar su
poder utilizando términos religiosos mientras que cuenta con los Estados
Unidos para sostenerse. Esta relación incluye colaboración de alto nivel
entre los Estados Unidos y elites negociantes sauditas, algunos de ellos
son abiertamente críticos de la presencia militar de Estados Unidos en
Arabia Saudita, y su rol en Irak y en el conflicto israelí-palestino.
Otros ejemplos abundan, incluyendo el de la guerra civil de Algeria en
donde los partidos islamistas se afiliaron con el FIS, el Frente de
Salvación Islámica, y junto con sus patrocinadores domésticos y
extranjeros se enfrentaron a un régimen militar que por mucho tiempo se
rehusó a hacer una indagación sobre la verdadera naturaleza de ese
conflicto.
Cualesquiera sean las diferencias
entre ellos, la innegable verdad política es que los partidos islamistas
dominan la oposición política y las elites locales cuentan con sus
patrocinadores estadounidenses para asegurar su poder.
Regresar
|