Bogotá, Febrero - Mayo de 02 -Nº 4   ISSN  01246704


 

Afganistán

DOSSIER

LAS CARAS DE UNA MONEDA

 

 

 

  EL ISLAM Y LA POLÍTICA

Por Irene Gendzier

Traducción de Marcela Velasco

 

Los ataques del 11 de septiembre del 2001 contra Nueva York y Washington han hecho que se intensifique el interés por la política del Medio Oriente y más particularmente, por la relación entre la religión y la política. Esta renovada atención no es solamente justificada sino también urgente. También lo es tener precaución de no interpretar mal sus raíces y objetivos.

El rol político de la religión no es original de los estados árabes como lo indican los ejemplos de Turquía e Irán; tampoco está restringido a los estados islámicos, como lo demuestra el ejemplo de Israel. Lo que marca el fenómeno actual que se extiende de los estados del norte de África y del Medio Oriente, hasta Pakistán, Indonesia, Malasia, China, y las Filipinas y los estados de Asia Central, y más allá, es el rol sobresaliente que los partidos islamistas cumplen en la oposición al poder del estado. Su éxito es una medida del amplio descontento popular con los regímenes represivos y sus patrocinadores extranjeros, las mismas fuerzas que reprimieron a los partidos seculares de izquierda en el pasado.

Efectivamente, en el pasado muchos de los movimientos islámicos eran apoyados por elites locales para hacerle contrapeso al riesgo de que los movimientos seculares progresistas llegaran al poder. De aquí, lo que ahora presenciamos en algunos estados de la región es lo que Chalmers Johnson, autor de Blowback, describió dentro del contexto de otras políticas americanas en Asia, como consecuencias no intencionales. Es decir, fijar como objetivo a los mismos regímenes que en el pasado apoyaban. Los Estados Unidos han sido cómplices de esta política, tal como sus planes de acción en Afganistán lo dan a conocer.

Cualesquiera sean sus orígenes o apoyo inicial, la presente popularidad de estos movimientos es una señal de la respuesta y resistencia a los regímenes existentes y a sus patrocinadores extranjeros. El fracaso de los estados para proveer medios de supervivencia para la mayoría de la población, la menos afectada por los beneficios de la globalización y la privatización que han acrecentado solo a las elites y a sus aliados políticos, está en la raíz de dicha popularidad. Pero sería un error pasar por alto el hecho de que en su mayoría, estos partidos de oposición no ofrecen una alternativa verosímil a las políticas económicas que están siendo aplicadas por los regímenes que critican. Tampoco ofrecen una alternativa democrática. Ese no es ni su lenguaje ni su objetivo. Su presente vigor como fuerza política movilizada yace en su capacidad de responder a las innumerables crisis sociales, económicas y políticas que perturban la región, y que exponen la incapacidad severa de los estados y sus instituciones. Haciéndole frente a lo que los académicos americanos cariñosamente llaman «derechos humanos básicos», el fracaso de los regímenes ha generado el creciente apoyo de los movimientos islamistas de oposición.

A esto hay que añadir la capacidad de estos movimientos de explotar el amplio descontento que se ha multiplicado en la región en las últimas décadas, un descontento alimentado por los desarrollos regionales que han traumatizado regímenes y han solidificado a aquellos comprometidos con resistir sus políticas. Incluidos entre éstos están los eventos de los años setenta, desde el colapso del régimen iraní del Shah apoyado por los EU, hasta el surgimiento de la revolución clerical, un evento que influenció inmensamente al mundo árabe oriental y de hecho, al mundo árabe islámico en general. Además de la agotadora invasión soviética de Afganistán y la intervención secreta de los Estados Unidos que precedió y siguió esta invasión, como lo reveló Zbigniew Brezinsky. Y el desangre de una década de Irán e Irak (1980-1988) en donde los Estados Unidos y sus aliados enfrentaron a un estado contra el otro por medio de la infusión de armas y asistencia. Sadam Hussein, el líder condenado de Irak, quien es hoy el blanco de sanciones y bombardeos estadounidenses y del Reino Unido, era en esa época recibidor de favores occidentales, incluyendo armas. Sus políticas domésticas, no menos viles que las de más adelante, eran conocidas e ignoradas por Washington. Así, el arrasamiento de la oposición iraquí y el registro de la matanza al por mayor de kurdos iraquíes fue insuficiente para disuadir el apoyo estadounidense. La Guerra del Golfo (1991) demonizó al mismo líder iraquí en nombre de salvar a la democracia y el petróleo de Kuwait. Pero la política americana también bloqueó el surgimiento de una oposición iraquí, por miedo a que su programa estuviera en conflicto con el de los Estados Unidos. La aparentemente perenne lucha israelí-palestina también jugó un papel crítico en el discurso político de la oposición islamista. Ese conflicto, ampliamente ofuscado por los Estados Unidos, continuaba detrás de acuerdos de paz ostensibles, fueran entre Egipto e Israel a finales de los setentas, o los que alcanzaron prominencia global primero en Madrid y luego en Oslo. En este contexto, la primera y luego la segunda Intifadah palestina expuso el precio humano y también político y económico de las muy vanagloriadas afirmaciones relacionadas con el ‘proceso de paz’.

En el Líbano, el Hezbollah compite con los partidos políticos por el apoyo de los shiitas libaneses privados de derechos políticos y económicos, a la misma vez que retan efectivamente la ocupación israelí del sur del Líbano. Entre los palestinos de la banda occidental y de Gaza, los partidos islamistas, Hamas y Jihad, retan las políticas autocráticas de la autoridad palestina de Yasser Arafat y la opresión continua de la ocupación israelí.

En Arabia Saudita, los partidos islamistas, incluyendo el que lideraba Osama Bin Laden, por mucho tiempo han señalado las prácticas políticas de un régimen que busca legitimar su poder utilizando términos religiosos mientras que cuenta con los Estados Unidos para sostenerse. Esta relación incluye colaboración de alto nivel entre los Estados Unidos y elites negociantes sauditas, algunos de ellos son abiertamente críticos de la presencia militar de Estados Unidos en Arabia Saudita, y su rol en Irak y en el conflicto israelí-palestino. Otros ejemplos abundan, incluyendo el de la guerra civil de Algeria en donde los partidos islamistas se afiliaron con el FIS, el Frente de Salvación Islámica, y junto con sus patrocinadores domésticos y extranjeros se enfrentaron a un régimen militar que por mucho tiempo se rehusó a hacer una indagación sobre la verdadera naturaleza de ese conflicto.

Cualesquiera sean las diferencias entre ellos, la innegable verdad política es que los partidos islamistas dominan la oposición política y las elites locales cuentan con sus patrocinadores estadounidenses para asegurar su poder.

 

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