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Afganistán

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DESPUÉS
DEL ATAQUE…
LA GUERRA CONTRA EL
TERRORISMO
Artículo editorial
Monthly Review No. 53,
Noviembre de 2001
Traducción de Marcela Velasco
y Consuelo Ahumada
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Es muy poco lo que podemos decir
directamente sobre los ataques terroristas del 11 de septiembre contra el
World Trade Center y el Pentágono, excepto que éstos fueron actos de
violencia absoluta e inhumana, inexcusables en todo sentido, que
ocasionaron una cuota de pérdidas humanas profunda y difícil de olvidar.
Este tipo de terrorismo tiene que ser eliminado de la faz de la tierra. La
dificultad yace en cómo librar de él al mundo. El terrorismo genera
contra-terrorismo y EU ha participado por mucho tiempo de este juego
mortal, con frecuencia, más como perpetrador que como víctima.
Su estrategia de retaliación en la
figura de una guerra global contra el terrorismo, que comenzó el 7 de
octubre con los ataques militares en Afganistán, con seguridad va a
agravar esta tragedia en los meses y años que vienen. Por lo tanto, hoy
más que nunca es muy importante esclarecer la realidad del militarismo e
imperialismo norteamericano, junto con el papel de la propaganda para
sacarlos del escrutinio de la población.
El militarismo y el capitalismo
estadounidense
Es tan claro como el cristal que EU
es el imperio global dominante, la Roma moderna. Desde 1940, sino desde
antes, ha estado comprometido en una batalla para mantener y hasta
expandir su posición como principal poder militar, económico y político
del mundo. Hoy en día su gasto militar constituye una tercera parte del
gasto militar del mundo entero, es el principal vendedor de armas, y le ha
traído muerte y destrucción a más gente en más regiones de la tierra, que
cualquier otra nación en el período que se inicia después de la Segunda
Guerra Mundial.
Consideremos que EU ha empleado sus
fuerzas militares contra otros países en más de setenta ocasiones desde
1945, sin contar las innumerables operaciones de contrainsurgencia
llevadas a cabo por la CIA. Solamente en el mundo islámico y en el Medio
Oriente, en los últimos veinte años, el ejército norteamericano hizo lo
siguiente:
Derribó jets de Libia en
1981.
Mandó personal y equipo
militar al Sinaí como parte de una fuerza multinacional en 1982.
Mandó sus marines al Líbano
en 1982.
Despachó a Egipto un avión
de vigilancia electrónica AWACS dirigido contra Libia, en 1983.
Utilizó aviones de
vigilancia electrónica AWACS para ayudar a Arabia Saudita a derribar jets
de guerra iraníes en el Golfo Pérsico en 1984.
Disparó misiles y bombardeó
a Libia en 1986.
Derribó aviones de guerra
libios en 1989.
Escoltó barcos petroleros
de Kuwait durante la guerra entre Irán e Irak.
Libró la Guerra del Golfo
contra Irak en 1991.
Disparó misiles y llevó a
cabo bombardeos contra Irak en numerosas ocasiones, durante la última
década.
Llevó a cabo ejercicios
militares en Kuwait (dirigidos contra Irak) en 1992.
Desplegó fuerzas armadas en
Somalia en 1992.
Demolió una de las pocas
plantas farmacéuticas existentes en Sudán en un ataque con misiles en
1998.
Disparó sesenta misiles
cruceros contra Osama Bin Laden en Afganistán en 1998.
Comenzó operaciones bélicas
en Afganistán en 2001 .
Más de cien mil civiles irakíes
fueron asesinados en la Guerra del Golfo, y medio millón de niños han
muerto como resultado de las sanciones impuestas por EU después de la
guerra. Su apoyo a Israel mediante el suministro de billones de dólares en
ayuda militar cada año, junto con su negativa a frenar las ambiciones
territoriales de Israel, lo han convertido en uno de los bandos
principales en la guerra de terror contra el pueblo palestino.
¿Qué explica este empuje
imperialista? El capitalismo norteamericano ha dependido desde la Segunda
Guerra Mundial de grandes infusiones de gasto militar, tanto para apoyar
sus intereses imperialistas en el extranjero como para apuntalar la
economía. Al respecto, el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión
Soviética tuvieron consecuencias negativas y positivas para la clase
dominante de EU. ¿Cómo se justificaría el enorme presupuesto militar de
centenares de billones de dólares al año después de la desaparición del
«imperio del mal»? Junto con ello están también los mayores retos
impuestos al poderío económico norteamericano por parte de los países
capitalistas rivales, que durante el período de la Guerra Fría se habían
sometido a los objetivos de EU dentro del contexto de la amplia alianza
que se forjó en este período.
En los años que han pasado desde la
caída de la Unión Soviética, la clase dominante estadounidense ha buscado
un sustituto para la Guerra Fría con el cual justificar sus designios
imperiales. Se le han presentado varias alternativas: una guerra contra el
terrorismo; la lucha contra los «Estados proscritos»; un «choque de
civilizaciones» (el mundo islámico y China contra Occidente, tal como lo
propone Samuel Huntington); una guerra contra el tráfico mundial de
drogas; y las intervenciones humanitarias, todas las cuales han sido poco
satisfactorias hasta ahora, pero suficientes para impedir un recorte
drástico del presupuesto militar después de la Guerra Fría. Por fortuna y,
como mandada del cielo, apareció la invasión a Kuwait de Saddam Hussein en
1990. Pero la rápida victoria en la Guerra del Golfo fue tan completa y
devastadora que Hussein no podía seguir siendo la amenaza verosímil que se
necesitaba para justificar los compromisos militares de EU por doquier. El
General Colin Powell planteó el problema en 1991: «Piénsenlo bien. Me
estoy quedando sin demonios. Me estoy quedando sin villanos».
Sin duda en los corredores del poder
de EU esto era visto como un dilema insoluble. Solo hace algunas semanas
parecía que la propuesta del Presidente Bush, para expandir el gasto
militar por medio de la creación de un sistema de defensa anti-misil
(abandonando así el tratato ABM suscrito con la Unión Soviética), iba a
tener una férrea oposición en el Congreso, aunque la mayoría de los
programas del mandatario sin duda, serían adoptados al final, puesto que
tanto el partido republicano como el demócrata han apoyado continuamente
incrementos en el gasto militar.
Los ataques terroristas contra las
Torres Gemelas y el Pentágono han cambiado todo ello. EU se está equipando
para lo que designó con alarde como la primera guerra del milenio. Para
Wall Street, que sufre debido a la recesión y una creciente incertidumbre,
la única posibilidad de tener noticias excelentes está en el alza súbita,
virtualmente de un día para otro, de los gastos militares de EU con la
expectativa de más incrementos en el futuro cercano, lo que ha hecho que
los precios bursátiles de los contratistas militares se hayan elevado
considerablemente.
A pesar del impacto y del horror
ligados a los ataques terroristas, la clase dominante de EU fue lo
suficientemente hábil para aprovechar la oportunidad inmediata para
adelantar una nueva cruzada militar mundial de una magnitud que se
aproxima a la de la Guerra Fría; por lo tanto no desperdició en soplar las
llamas para la guerra. La respuesta militarista quedó plasmada antes de
que la primera torre gemela se desplomara. En su principal discurso
dirigido a la nación el 20 de septiembre del 2001, el Presidente Bush
acusó a Osama Bin Laden y a su red terrorista por los ataques y emitió
amenazas contra el gobierno talibán de Afganistán, indicando que también
era blanco por haber resguardado al enemigo. Pero no se detuvo ahí.
También declaró que «hay millares de estos terroristas en más de sesenta
países… Todas las naciones en todas las regiones deben tomar una decisión
ahora. O están con nosotros, o están con los terroristas. De hoy en
adelante, cualquier nación que continúe amparando o apoyando el terrorismo
será vista por EU como un régimen hostil». EU estaba entrando en «una
campaña larga como ninguna que hayamos visto hasta ahora», que incluiría
ataques militares y acciones secretas. Las tropas terrestres serían
comprometidas y se esperarían algunas bajas. EL país utilizaría «todas las
armas de guerra necesarias» (de manera deliberada la declaración no
excluyó el uso de armas nucleares) en contra de estos enemigos. «Dios» ,
exclamó Bush, «no es neutral», evocando la familiar noción cristiana del
justo castigo divino para los pecadores.
Pero detrás de este discurso existe
una realidad más tenebrosa. Con una sola excepción (la representante
Barbara Lee de California), el Congreso le otorgó al presidente el poder
no solo para dirigir como le parezca esta guerra no muy bien definida,
sino también para definir incluso al enemigo mismo, lo que ya se está
haciendo en el ámbito mundial. Se debe librar una guerra, aclararon Bush y
su administración, y debe tener lugar en diferentes países, extendiéndose
a naciones enteras (que son mejores blancos que los terroristas, tan
difíciles de encontrar). Sin embargo, el público norteamericano sigue sin
entender quiénes son estos enemigos adicionales, fuera de Osama Bin Laden
y el Talibán en Afganistán, o dónde va a decidir atacar el ejército
norteamericano después de Afganistán. Es así como el discurso de Bush
plantea la base para una serie de intervenciones militares, sin fronteras
geográficas definidas ni restricciones morales en torno a las armas a
usar, y sin ningún límite sobre el número o tipo de enemigos que se van a
enfrentar. Para completar, hay un plan para expandir de forma considerable
los poderes federales con miras al mantenimiento de la seguridad interna,
lo que incluye la creación dentro del gabinete presidencial de una Oficina
para la Seguridad del Suelo Patrio.
Es posible que, pasado algún tiempo, la clase dirigente estadounidense se
divida frente a algunos de estos problemas, tales como el alcance de la
militarización, el número de países que serán blanco de esta guerra y la
violación de las libertades de los ciudadanos estadounidenses.
Probablemente habrá presiones de los países aliados para moderar el
militarismo. Pero éstas son objeciones de forma y no de fondo. La poderosa
elite del país respalda sólidamente la expansión global del papel militar
de EU y la retaliación severa de los ataques. No debe existir duda alguna
de que el mundo se está enfrentado a lo que István Mészáros en Socialismo
o Barbarie ha denominado «la fase potencialmente más letal del
imperialismo» que resulta de la proyección global-imperial del poderío de
EU.
La propaganda del imperio
Un punto crucial de tensión en las
sociedades capitalistas, amainado un tanto por el sufragio universal, es
el interrogante sobre cómo reconciliar la desigualdad económica con la
igualdad política formal. Para quienes están en el poder, la preocupación
es de vieja data: ¿cómo impedir que la gran mayoría de desposeídos despoje
de sus privilegios a la minoría de los ricos? Bajo la democracia, sólo en
un momento de crisis del sistema la solución puede ser la fuerza bruta.
Por lo general, la solución debe encontrarse en el reino de la ideología o
de la propaganda. Se trata de despolitizar a las masas o de engañarlas
para que no puedan actuar en defensa de sus propios intereses.
El problema se vuelve todavía mayor
cuando la sociedad capitalista democrática es también un gran imperio.
Debe persuadirse al grueso de la población para que subsidie los gastos
del imperio, aunque sus beneficios sean difíciles de localizar. Y, cuando
sobreviene la guerra inevitable, debe convencerse a las masas de que
luchen y mueran por el imperio. Bajo las condiciones de la democracia, ser
francos y honestos en torno a los propósitos y la naturaleza del
imperialismo, resultaría contraproducente para estos objetivos. En Gran
Bretaña el imperio fue justificado como el benevolente «peso del hombre
blanco». Y en EU el imperio ni siquiera existe, por cuanto supuestamente
«nosotros» sólo protegemos las causas de la libertad, la democracia y la
justicia.
Se ha demostrado que en este país es
una tarea difícil conseguir apoyo popular para una guerra extranjera y
para un imperio. Desde finales del siglo XIX el gobierno ha trabajado en
forma agresiva para convencer a los ciudadanos de la necesidad de ir a la
guerra en numerosas ocasiones. En casos como el de la Primera Guerra
Mundial, Corea, Vietnam y el Golfo Pérsico, el gobierno se valió de
campañas de propaganda sofisticada para inducir en la población un estado
de furia propicio. Dentro del establishment se entendió en el momento –y
se verificó subsecuentemente con el repaso de la historia– que el gobierno
necesitaba mentir con el fin de ganarse el apoyo para sus objetivos
bélicos. En todos los casos, el sistema de los medios de comunicación
demostró que es un órgano de propaganda superior para el militarismo y el
imperio.
Este es el contexto para entender el
cubrimiento que han hecho los medios desde el 11 de septiembre. Los
registros históricos sugieren que debemos esperar una avalancha de
mentiras y verdades a medias, al servicio del poder y eso es, exactamente
lo que estamos recibiendo. Los medios noticiosos de EU, a quienes no hay
nada que les guste más que congratularse a sí mismos por su supuesta
independencia del control del gobierno, no alcanzaron ni a parpadear
cuando se convirtieron en agentes explícitos de la propaganda del
militarismo y el imperialismo.
Una manera de entender, hasta dónde
llega la barrera de la propaganda, es preguntarse cómo una sociedad
democrática con una prensa verdaderamente independiente y libre hubiera
respondido a eventos como los del 11 de septiembre. En los momentos de
crisis, un sistema democrático de medios de comunicación debe generar una
exactitud factual en todo asunto relevante. Debe ser escéptico frente a
los que están en el poder y a los que aspiran a llegar a él. Y debe
proveer la base para adelantar un amplio debate sobre las propuestas
políticas que se hacen para afrontar la crisis, incluyendo los
antecedentes y el contexto histórico, con el fin de que los ciudadanos
puedan entender los problemas y determinar cuál es la mejor solución. No
se requiere que todos los medios lo hagan, pero, en conjunto, el sistema
de medios debe ponerlo a disposición de la mayoría de la población, de
manera presta. Tal prensa libre le serviría «a los gobernados y no a los
gobernantes», como alguna vez lo afirmó Hugo Black, juez de la Corte
Suprema.
Aun teniendo en cuenta la naturaleza
inesperada y despiadada del ataque, ninguna de estas respuestas, que uno
podría razonablemente esperar de una prensa libre e independiente, fueron
evidentes en el sistema de los medios de comunicación de EU en las semanas
que sucedieron al 11 de septiembre.
Por el contrario, el cuadro maniqueo
que transmitieron fue: una nación benévola, democrática y amante de la paz
fue brutalmente atacada por unos terroristas malvados y locos que odian a
EU por sus libertades y por alto nivel de vida. El país debe de inmediato
incrementar sus fuerzas militares y encubiertas, localizar a los reos
sobrevivientes y exterminarlos; luego prepararse para una guerra larga
hasta erradicar el cáncer de los terroristas globales y destruirlo.
Quienes no colaboren en esta campaña por una justa retribución, y
lógicamente esto significa en el plano doméstico e internacional, deben
ser considerados como cómplices de los culpables y bien pueden correr una
suerte similar.
Las razones que explican un
cubrimiento tan notoriamente distorsionado van más allá de las nociones de
conspiración y reflejan la debilidad del periodismo profesional que ha
sido practicado en EU, lo mismo que el control de nuestros principales
medios de noticias por un pequeño número de corporaciones, poderosas y
ávidas de ganancia.
El periodismo profesional surgió hace
aproximadamente cien años, propulsado por la necesidad de los dueños de la
prensa monopólica de ofrecer un periodismo creíble, no partidario, de
manera que sus negocios no se vieran socavados. Para evitar el tinte de
partidismo, el profesionalismo hizo de las fuentes oficiales o acreditadas
la base de nuevas historias. Los reporteros informan lo que dicen y
debaten quienes están en el poder. Esto tiende a darle a las noticias un
sesgo del poder. Así, cuando una periodista informa lo que las elites
dicen o debaten, es una profesional. Pero cuando sale de este rango del
debate oficial para suministrar perspectivas alternas o para plantear
asuntos que las elites prefieren no discutir, deja de ser profesional. La
mayoría de los periodistas han aceptado tanto su papel primario de
estenógrafos de las fuentes oficiales, que no lo reconocen como un
problema para la democracia.
Aparte de esta confianza en las
fuentes oficiales, los expertos también resultan cruciales en el momento
de explicar o debatir la política, en especial en historias complejas como
ésta. Lo mismo que en el caso de las fuentes, los expertos son sacados
casi por completo del establishment, dado que su propósito principal es
expresar el consenso de quienes están en el poder. Desde el 11 de
septiembre, el rango del análisis «experto» ha sido limitado en lo
fundamental a las comunidades militares y de inteligencia y a quienes las
respaldan, con su claro interés en la imposición de soluciones militares,
raramente reconocidas y casi nunca examinadas de manera crítica. En la
medida en que realmente no ha habido debate entre demócratas y
republicanos en torno a cuál es la respuesta más apropiada, el enfoque
militarista ha sido presentado como la única opción. La cuestión obvia,
que hubiera sido lo primero que rechazaría cualquier periodista que se
respetara, estaría más allá de los límites: ¿con qué fundamento podemos
creer que gastando decenas de billones de dólares adicionales en el
ejército y la CIA, los mismos que fracasaron en impedir los ataques de
septiembre con sus inflados presupuestos, resolverían el problema?
Es posible que en las semanas y meses
siguientes el alcance del debate se amplíe en los círculos de la elite.
También es posible que algunos asuman la posición «liberal» e
«internacionalista» de que EU debe ponerle freno al militarismo
acelerado, que sería contraproducente para los objetivos de largo plazo
del país en el Medio Oriente y el mundo. Quienes adopten esta posición
argumentarán de manera inevitable que el país necesita ganarse «los
corazones y mentes» de adversarios potenciales mediante medidas pacíficas
más sofisticadas, al tiempo que se dispone de un ejército imbatible. Pero
los asuntos fundamentales quedarán por fuera de toda discusión. No se
cuestionará el papel de los militares como fuente definitiva del poder ni
la creencia de que EU es una fuerza benevolente única en el mundo. La
premisa de que este país y sólo este país, a menos que delegue a una
nación como Israel, tiene el derecho de invadir cualquier país que quiera,
en cualquier momento que lo desee, seguirá siendo incuestionable. Y
cualquier preocupación en torno a que la acción militar de EU pueda violar
la legislación internacional, lo que casi con certeza ocurrirá, no será
planteada como un problema de principios, sino más bien resultará de la
preocupación de que pueda lesionar los intereses del país, al ser
percibido por otras naciones como un infractor de la ley.
En este punto debemos traer a
colación el cubrimiento de los medios de comunicación de la invasión a
Vietnam en los años sesenta y setenta. Desde el momento en que lanzaron en
serio su invasión terrestre en 1965 hasta finales de 1967 o comienzos de
1968, el cubrimiento de las noticias fue el clásico ejemplo de la «gran
mentira» de la propaganda de toda guerra. La guerra era buena y necesaria
para la libertad y la democracia, y quienes se opusieron a ella fueron
ridiculizados, marginados, falseados o ignorados. Para 1968 el cubrimiento
empezó a adoptar una posición más benevolente hacia las posiciones
antibélicas. Pero si bien es cierto que esto reflejaba hasta cierto punto
una creciente oposición pública a la guerra, este cubrimiento estuvo mucho
más influenciado por la ruptura que se presentó en la opinión de las
elites en ese momento: algunos en Wall Street y en Washington se dieron
cuenta de que el costo de la guerra era demasiado alto frente a cualquier
beneficio posible, por lo que se mostraron favorables a la retirada. Pero
el cubrimiento de las noticias siguió haciéndose dentro de los confines de
la opinión de la elite. EU todavía tenía el derecho del agente 007 a
invadir a la nación que quisiera y el único debate era si la de Vietnam
representaba un uso apropiado de ese poder. La posibilidad de que era
moralmente erróneo invadir a naciones como Vietnam ni siquiera se
consideró, aunque las encuestas demostraron que tal visión no era extraña
a la población en general.
Otro defecto del periodismo del
establishment es que trata de evitar la contextualización como si se
tratara de la plaga misma. La razón para hacerlo es que si se suministran
un contexto y unos antecedentes que sean significativos para las
historias, de una manera apropiada, ello llevará a comprometer al
periodista con una posición definida y a invitar a un debate
verdaderamente libre y abierto, que el periodismo profesional está
decidido a evitar. Esto es tan cierto, que en aquellas historias que
reciben el mayor cubrimiento como las del Medio Oriente, la población de
los Estados Unidos tiende a ser más ignorante que en los asuntos que
reciben un cubrimiento mucho menor. El periodismo tiene más posibilidades
de generar confusión, cinismo y apatía que una verdadera comprensión e
información. El cubrimiento tiende a ser una barrera de hechos inconexos,
lo que representa la perfecta fórmula para despertar la inercia. Por lo
demás, la poca contextualización que hace el periodismo profesional se
ajusta a las premisas de la elite.
La falta de contexto en el periodismo
desde el 11 de septiembre ha sido sorprendente desde todo punto de vista.
Ha habido numerosos informes detallados sobre Osama Bin Laden y su
supuesta red terrorista, así como investigaciones relacionadas con
factores concernientes al éxito o fracaso de la planeada invasión militar
a Afganistán, pero fuera de eso nada más. Consideremos lo siguiente: se ha
olvidado por completo el papel de los Estados Unidos como principal fuerza
terrorista del mundo, como podría argumentarse con mucha razón. En 1998,
por ejemplo, Amnistía Internacional publicó un informe en donde quedaba
claro que este país era tan responsable por violaciones extremas de los
derechos humanos alrededor del mundo, incluida la promoción de la tortura
y el terrorismo y el uso de la violencia estatal, como cualquier gobierno
u organización del globo. El papel de Estados Unidos en el apuntalamiento
de regímenes corruptos en Arabia Saudita y Kuwait, y su aterrador récord
en el apoyo y financiamiento del asalto de Israel a los palestinos están
lejos del alcance de la mayoría de los habitantes de los Estados Unidos.
Incluso información relevante sobre Osama Bin Laden, como el hecho de que
en el pasado recibió apoyo de la CIA, vía Pakistán, en la guerra en contra
de los soviéticos en Afganistán, es raramente mencionada y nunca se
destaca. Pocas personas en los Estados Unidos han obtenido algún indicio
por parte de los noticieros sobre la naturaleza heterogénea del Islam y
del mundo árabe, que vaya más allá de la distinción simplista que se ha
establecido entre «Estados moderados» y «extremistas islámicos ».
Las corporaciones que controlan los
medios de comunicación de Estados Unidos existen en un contexto
institucional dentro del cual el apoyo al imperio estadounidense resulta
natural y ello trasciende cualquier código profesional. Estas grandes
compañías están entre los primeros beneficiarios, tanto de la
globalización neoliberal (sus ingresos fuera de los Estados Unidos se
incrementan con rapidez), como del papel de este país como superpotencia
mundial. Es cierto que, cuando se trata de negociar acuerdos comerciales o
acuerdos de propiedad intelectual, el gobierno norteamericano es el primer
defensor de estas empresas globales de telecomunicaciones. Para ellas,
proporcionar una visión del mundo en el cual el ejército y el capitalismo
de Estados Unidos no sean fuerzas benévolas sería posible en teoría, pero
incongruente en la práctica.
En síntesis, el gobierno, el ejército
y las grandes corporaciones que manejan la información están ansiosos por
vender la necesidad, inevitabilidad y virtudes de la guerra contra el
terrorismo sin ninguna restricción, adelantada por la potencia militar más
poderosa del planeta. Necesitan apoyo popular pero no pueden plantear la
verdad de manera simple. La mayor parte de la población de Estados Unidos
es escéptica sobre dicha respuesta militar y de ahí la necesidad de la
propaganda.
Para aquellos que buscan oponerse al
militarismo e imperialismo norteamericanos y promover la paz en estas
terribles circunstancias, el camino a seguir es claro. Tenemos que
desenmascarar las mentiras militares y construir una amplia coalición que
sea capaz de hacer retroceder la campaña de guerra. Si fallamos, y no
logramos detener a los amos de la guerra en Washington, los costos para la
humanidad seguirán creciendo, tal como lo muestra la historia, y éstos
serán pagados principalmente por la sangre de los inocentes en las
regiones más pobres y explotadas del mundo.
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