Bogotá, Febrero - Mayo de 02 -Nº 4   ISSN  01246704


 

Afganistán

DOSSIERLAS CARAS DE UNA MONEDA

 

 

 

    DESPUÉS DEL ATAQUE…
LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

Artículo editorial
Monthly Review No. 53,

Noviembre de 2001

Traducción de Marcela Velasco
y Consuelo Ahumada

 

 

Es muy poco lo que podemos decir directamente sobre los ataques terroristas del 11 de septiembre contra el World Trade Center y el Pentágono, excepto que éstos fueron actos de violencia absoluta e inhumana, inexcusables en todo sentido, que ocasionaron una cuota de pérdidas humanas profunda y difícil de olvidar. Este tipo de terrorismo tiene que ser eliminado de la faz de la tierra. La dificultad yace en cómo librar de él al mundo. El terrorismo genera contra-terrorismo y EU ha participado por mucho tiempo de este juego mortal, con frecuencia, más como perpetrador que como víctima.

Su estrategia de retaliación en la figura de una guerra global contra el terrorismo, que comenzó el 7 de octubre con los ataques militares en Afganistán, con seguridad va a agravar esta tragedia en los meses y años que vienen. Por lo tanto, hoy más que nunca es muy importante esclarecer la realidad del militarismo e imperialismo norteamericano, junto con el papel de la propaganda para sacarlos del escrutinio de la población.

El militarismo y el capitalismo estadounidense

Es tan claro como el cristal que EU es el imperio global dominante, la Roma moderna. Desde 1940, sino desde antes, ha estado comprometido en una batalla para mantener y hasta expandir su posición como principal poder militar, económico y político del mundo. Hoy en día su gasto militar constituye una tercera parte del gasto militar del mundo entero, es el principal vendedor de armas, y le ha traído muerte y destrucción a más gente en más regiones de la tierra, que cualquier otra nación en el período que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial.

Consideremos que EU ha empleado sus fuerzas militares contra otros países en más de setenta ocasiones desde 1945, sin contar las innumerables operaciones de contrainsurgencia llevadas a cabo por la CIA. Solamente en el mundo islámico y en el Medio Oriente, en los últimos veinte años, el ejército norteamericano hizo lo siguiente:

         Derribó jets de Libia en 1981.

         Mandó personal y equipo militar al Sinaí como parte de una fuerza multinacional en 1982.

         Mandó sus marines al Líbano en 1982.

         Despachó a Egipto un avión de vigilancia electrónica AWACS dirigido contra Libia, en 1983.

         Utilizó aviones de vigilancia electrónica AWACS para ayudar a Arabia Saudita a derribar jets de guerra iraníes en el Golfo Pérsico en 1984.

         Disparó misiles y bombardeó a Libia en 1986.

         Derribó aviones de guerra libios en 1989.

         Escoltó barcos petroleros de Kuwait durante la guerra entre Irán e Irak.

         Libró la Guerra del Golfo contra Irak en 1991.

         Disparó misiles y llevó a cabo bombardeos contra Irak en numerosas ocasiones, durante la última década.

         Llevó a cabo ejercicios militares en Kuwait (dirigidos contra Irak) en 1992.

         Desplegó fuerzas armadas en Somalia en 1992.

         Demolió una de las pocas plantas farmacéuticas existentes en Sudán en un ataque con misiles en 1998.

         Disparó sesenta misiles cruceros contra Osama Bin Laden en Afganistán en 1998.

         Comenzó operaciones bélicas en Afganistán en 2001 .

Más de cien mil civiles irakíes fueron asesinados en la Guerra del Golfo, y medio millón de niños han muerto como resultado de las sanciones impuestas por EU después de la guerra. Su apoyo a Israel mediante el suministro de billones de dólares en ayuda militar cada año, junto con su negativa a frenar las ambiciones territoriales de Israel, lo han convertido en uno de los bandos principales en la guerra de terror contra el pueblo palestino.

¿Qué explica este empuje imperialista? El capitalismo norteamericano ha dependido desde la Segunda Guerra Mundial de grandes infusiones de gasto militar, tanto para apoyar sus intereses imperialistas en el extranjero como para apuntalar la economía. Al respecto, el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética tuvieron consecuencias negativas y positivas para la clase dominante de EU. ¿Cómo se justificaría el enorme presupuesto militar de centenares de billones de dólares al año después de la desaparición del «imperio del mal»? Junto con ello están también los mayores retos impuestos al poderío económico norteamericano por parte de los países capitalistas rivales, que durante el período de la Guerra Fría se habían sometido a los objetivos de EU dentro del contexto de la amplia alianza que se forjó en este período.

En los años que han pasado desde la caída de la Unión Soviética, la clase dominante estadounidense ha buscado un sustituto para la Guerra Fría con el cual justificar sus designios imperiales. Se le han presentado varias alternativas: una guerra contra el terrorismo; la lucha contra los «Estados proscritos»; un «choque de civilizaciones» (el mundo islámico y China contra Occidente, tal como lo propone Samuel Huntington); una guerra contra el tráfico mundial de drogas; y las intervenciones humanitarias, todas las cuales han sido poco satisfactorias hasta ahora, pero suficientes para impedir un recorte drástico del presupuesto militar después de la Guerra Fría. Por fortuna y, como mandada del cielo, apareció la invasión a Kuwait de Saddam Hussein en 1990. Pero la rápida victoria en la Guerra del Golfo fue tan completa y devastadora que Hussein no podía seguir siendo la amenaza verosímil que se necesitaba para justificar los compromisos militares de EU por doquier. El General Colin Powell planteó el problema en 1991: «Piénsenlo bien. Me estoy quedando sin demonios. Me estoy quedando sin villanos».

Sin duda en los corredores del poder de EU esto era visto como un dilema insoluble. Solo hace algunas semanas parecía que la propuesta del Presidente Bush, para expandir el gasto militar por medio de la creación de un sistema de defensa anti-misil (abandonando así el tratato ABM suscrito con la Unión Soviética), iba a tener una férrea oposición en el Congreso, aunque la mayoría de los programas del mandatario sin duda, serían adoptados al final, puesto que tanto el partido republicano como el demócrata han apoyado continuamente incrementos en el gasto militar.

Los ataques terroristas contra las Torres Gemelas y el Pentágono han cambiado todo ello. EU se está equipando para lo que designó con alarde como la primera guerra del milenio. Para Wall Street, que sufre debido a la recesión y una creciente incertidumbre, la única posibilidad de tener noticias excelentes está en el alza súbita, virtualmente de un día para otro, de los gastos militares de EU con la expectativa de más incrementos en el futuro cercano, lo que ha hecho que los precios bursátiles de los contratistas militares se hayan elevado considerablemente.

A pesar del impacto y del horror ligados a los ataques terroristas, la clase dominante de EU fue lo suficientemente hábil para aprovechar la oportunidad inmediata para adelantar una nueva cruzada militar mundial de una magnitud que se aproxima a la de la Guerra Fría; por lo tanto no desperdició en soplar las llamas para la guerra. La respuesta militarista quedó plasmada antes de que la primera torre gemela se desplomara. En su principal discurso dirigido a la nación el 20 de septiembre del 2001, el Presidente Bush acusó a Osama Bin Laden y a su red terrorista por los ataques y emitió amenazas contra el gobierno talibán de Afganistán, indicando que también era blanco por haber resguardado al enemigo. Pero no se detuvo ahí. También declaró que «hay millares de estos terroristas en más de sesenta países… Todas las naciones en todas las regiones deben tomar una decisión ahora. O están con nosotros, o están con los terroristas. De hoy en adelante, cualquier nación que continúe amparando o apoyando el terrorismo será vista por EU como un régimen hostil». EU estaba entrando en «una campaña larga como ninguna que hayamos visto hasta ahora», que incluiría ataques militares y acciones secretas. Las tropas terrestres serían comprometidas y se esperarían algunas bajas. EL país utilizaría «todas las armas de guerra necesarias» (de manera deliberada la declaración no excluyó el uso de armas nucleares) en contra de estos enemigos. «Dios» , exclamó Bush, «no es neutral», evocando la familiar noción cristiana del justo castigo divino para los pecadores.

Pero detrás de este discurso existe una realidad más tenebrosa. Con una sola excepción (la representante Barbara Lee de California), el Congreso le otorgó al presidente el poder no solo para dirigir como le parezca esta guerra no muy bien definida, sino también para definir incluso al enemigo mismo, lo que ya se está haciendo en el ámbito mundial. Se debe librar una guerra, aclararon Bush y su administración, y debe tener lugar en diferentes países, extendiéndose a naciones enteras (que son mejores blancos que los terroristas, tan difíciles de encontrar). Sin embargo, el público norteamericano sigue sin entender quiénes son estos enemigos adicionales, fuera de Osama Bin Laden y el Talibán en Afganistán, o dónde va a decidir atacar el ejército norteamericano después de Afganistán. Es así como el discurso de Bush plantea la base para una serie de intervenciones militares, sin fronteras geográficas definidas ni restricciones morales en torno a las armas a usar, y sin ningún límite sobre el número o tipo de enemigos que se van a enfrentar. Para completar, hay un plan para expandir de forma considerable los poderes federales con miras al mantenimiento de la seguridad interna, lo que incluye la creación dentro del gabinete presidencial de una Oficina para la Seguridad del Suelo Patrio.

Es posible que, pasado algún tiempo, la clase dirigente estadounidense se divida frente a algunos de estos problemas, tales como el alcance de la militarización, el número de países que serán blanco de esta guerra y la violación de las libertades de los ciudadanos estadounidenses. Probablemente habrá presiones de los países aliados para moderar el militarismo. Pero éstas son objeciones de forma y no de fondo. La poderosa elite del país respalda sólidamente la expansión global del papel militar de EU y la retaliación severa de los ataques. No debe existir duda alguna de que el mundo se está enfrentado a lo que István Mészáros en Socialismo o Barbarie ha denominado «la fase potencialmente más letal del imperialismo» que resulta de la proyección global-imperial del poderío de EU.

 

La propaganda del imperio

Un punto crucial de tensión en las sociedades capitalistas, amainado un tanto por el sufragio universal, es el interrogante sobre cómo reconciliar la desigualdad económica con la igualdad política formal. Para quienes están en el poder, la preocupación es de vieja data: ¿cómo impedir que la gran mayoría de desposeídos despoje de sus privilegios a la minoría de los ricos? Bajo la democracia, sólo en un momento de crisis del sistema la solución puede ser la fuerza bruta. Por lo general, la solución debe encontrarse en el reino de la ideología o de la propaganda. Se trata de despolitizar a las masas o de engañarlas para que no puedan actuar en defensa de sus propios intereses.

El problema se vuelve todavía mayor cuando la sociedad capitalista democrática es también un gran imperio. Debe persuadirse al grueso de la población para que subsidie los gastos del imperio, aunque sus beneficios sean difíciles de localizar. Y, cuando sobreviene la guerra inevitable, debe convencerse a las masas de que luchen y mueran por el imperio. Bajo las condiciones de la democracia, ser francos y honestos en torno a los propósitos y la naturaleza del imperialismo, resultaría contraproducente para estos objetivos. En Gran Bretaña el imperio fue justificado como el benevolente «peso del hombre blanco». Y en EU el imperio ni siquiera existe, por cuanto supuestamente «nosotros» sólo protegemos las causas de la libertad, la democracia y la justicia.

Se ha demostrado que en este país es una tarea difícil conseguir apoyo popular para una guerra extranjera y para un imperio. Desde finales del siglo XIX el gobierno ha trabajado en forma agresiva para convencer a los ciudadanos de la necesidad de ir a la guerra en numerosas ocasiones. En casos como el de la Primera Guerra Mundial, Corea, Vietnam y el Golfo Pérsico, el gobierno se valió de campañas de propaganda sofisticada para inducir en la población un estado de furia propicio. Dentro del establishment se entendió en el momento –y se verificó subsecuentemente con el repaso de la historia– que el gobierno necesitaba mentir con el fin de ganarse el apoyo para sus objetivos bélicos. En todos los casos, el sistema de los medios de comunicación demostró que es un órgano de propaganda superior para el militarismo y el imperio.

Este es el contexto para entender el cubrimiento que han hecho los medios desde el 11 de septiembre. Los registros históricos sugieren que debemos esperar una avalancha de mentiras y verdades a medias, al servicio del poder y eso es, exactamente lo que estamos recibiendo. Los medios noticiosos de EU, a quienes no hay nada que les guste más que congratularse a sí mismos por su supuesta independencia del control del gobierno, no alcanzaron ni a parpadear cuando se convirtieron en agentes explícitos de la propaganda del militarismo y el imperialismo.

Una manera de entender, hasta dónde llega la barrera de la propaganda, es preguntarse cómo una sociedad democrática con una prensa verdaderamente independiente y libre hubiera respondido a eventos como los del 11 de septiembre. En los momentos de crisis, un sistema democrático de medios de comunicación debe generar una exactitud factual en todo asunto relevante. Debe ser escéptico frente a los que están en el poder y a los que aspiran a llegar a él. Y debe proveer la base para adelantar un amplio debate sobre las propuestas políticas que se hacen para afrontar la crisis, incluyendo los antecedentes y el contexto histórico, con el fin de que los ciudadanos puedan entender los problemas y determinar cuál es la mejor solución. No se requiere que todos los medios lo hagan, pero, en conjunto, el sistema de medios debe ponerlo a disposición de la mayoría de la población, de manera presta. Tal prensa libre le serviría «a los gobernados y no a los gobernantes», como alguna vez lo afirmó Hugo Black, juez de la Corte Suprema.

Aun teniendo en cuenta la naturaleza inesperada y despiadada del ataque, ninguna de estas respuestas, que uno podría razonablemente esperar de una prensa libre e independiente, fueron evidentes en el sistema de los medios de comunicación de EU en las semanas que sucedieron al 11 de septiembre.

Por el contrario, el cuadro maniqueo que transmitieron fue: una nación benévola, democrática y amante de la paz fue brutalmente atacada por unos terroristas malvados y locos que odian a EU por sus libertades y por alto nivel de vida. El país debe de inmediato incrementar sus fuerzas militares y encubiertas, localizar a los reos sobrevivientes y exterminarlos; luego prepararse para una guerra larga hasta erradicar el cáncer de los terroristas globales y destruirlo. Quienes no colaboren en esta campaña por una justa retribución, y lógicamente esto significa en el plano doméstico e internacional, deben ser considerados como cómplices de los culpables y bien pueden correr una suerte similar.

Las razones que explican un cubrimiento tan notoriamente distorsionado van más allá de las nociones de conspiración y reflejan la debilidad del periodismo profesional que ha sido practicado en EU, lo mismo que el control de nuestros principales medios de noticias por un pequeño número de corporaciones, poderosas y ávidas de ganancia.

El periodismo profesional surgió hace aproximadamente cien años, propulsado por la necesidad de los dueños de la prensa monopólica de ofrecer un periodismo creíble, no partidario, de manera que sus negocios no se vieran socavados. Para evitar el tinte de partidismo, el profesionalismo hizo de las fuentes oficiales o acreditadas la base de nuevas historias. Los reporteros informan lo que dicen y debaten quienes están en el poder. Esto tiende a darle a las noticias un sesgo del poder. Así, cuando una periodista informa lo que las elites dicen o debaten, es una profesional. Pero cuando sale de este rango del debate oficial para suministrar perspectivas alternas o para plantear asuntos que las elites prefieren no discutir, deja de ser profesional. La mayoría de los periodistas han aceptado tanto su papel primario de estenógrafos de las fuentes oficiales, que no lo reconocen como un problema para la democracia.

Aparte de esta confianza en las fuentes oficiales, los expertos también resultan cruciales en el momento de explicar o debatir la política, en especial en historias complejas como ésta. Lo mismo que en el caso de las fuentes, los expertos son sacados casi por completo del establishment, dado que su propósito principal es expresar el consenso de quienes están en el poder. Desde el 11 de septiembre, el rango del análisis «experto» ha sido limitado en lo fundamental a las comunidades militares y de inteligencia y a quienes las respaldan, con su claro interés en la imposición de soluciones militares, raramente reconocidas y casi nunca examinadas de manera crítica. En la medida en que realmente no ha habido debate entre demócratas y republicanos en torno a cuál es la respuesta más apropiada, el enfoque militarista ha sido presentado como la única opción. La cuestión obvia, que hubiera sido lo primero que rechazaría cualquier periodista que se respetara, estaría más allá de los límites: ¿con qué fundamento podemos creer que gastando decenas de billones de dólares adicionales en el ejército y la CIA, los mismos que fracasaron en impedir los ataques de septiembre con sus inflados presupuestos, resolverían el problema?

Es posible que en las semanas y meses siguientes el alcance del debate se amplíe en los círculos de la elite. También es posible que algunos asuman la posición «liberal» e «internacionalista» de que EU debe ponerle freno al militarismo  acelerado, que sería contraproducente para los objetivos de largo plazo del país en el Medio Oriente y el mundo. Quienes adopten esta posición argumentarán de manera inevitable que el país necesita ganarse «los corazones y mentes» de adversarios potenciales mediante medidas pacíficas más sofisticadas, al tiempo que se dispone de un ejército imbatible. Pero los asuntos fundamentales quedarán por fuera de toda discusión. No se cuestionará el papel de los militares como fuente definitiva del poder ni la creencia de que EU es una fuerza benevolente única en el mundo. La premisa de que este país y sólo este país, a menos que delegue a una nación como Israel, tiene el derecho de invadir cualquier país que quiera, en cualquier momento que lo desee, seguirá siendo incuestionable. Y cualquier preocupación en torno a que la acción militar de EU pueda violar la legislación internacional, lo que casi con certeza ocurrirá, no será planteada como un problema de principios, sino más bien resultará de la preocupación de que pueda lesionar los intereses del país, al ser percibido por otras naciones como un infractor de la ley.

En este punto debemos traer a colación el cubrimiento de los medios de comunicación de la invasión a Vietnam en los años sesenta y setenta. Desde el momento en que lanzaron en serio su invasión terrestre en 1965 hasta finales de 1967 o comienzos de 1968, el cubrimiento de las noticias fue el clásico ejemplo de la «gran mentira» de la propaganda de toda guerra. La guerra era buena y necesaria para la libertad y la democracia, y quienes se opusieron a ella fueron ridiculizados, marginados, falseados o ignorados. Para 1968 el cubrimiento empezó a adoptar una posición más benevolente hacia las posiciones antibélicas. Pero si bien es cierto que esto reflejaba hasta cierto punto una creciente oposición pública a la guerra, este cubrimiento estuvo mucho más influenciado por la ruptura que se presentó en la opinión de las elites en ese momento: algunos en Wall Street y en Washington se dieron cuenta de que el costo de la guerra era demasiado alto frente a cualquier beneficio posible, por lo que se mostraron favorables a la retirada. Pero el cubrimiento de las noticias siguió haciéndose dentro de los confines de la opinión de la elite. EU todavía tenía el derecho del agente 007 a invadir a la nación que quisiera y el único debate era si la de Vietnam representaba un uso apropiado de ese poder. La posibilidad de que era moralmente erróneo invadir a naciones como Vietnam ni siquiera se consideró, aunque las encuestas demostraron que tal visión no era extraña a la población en general.

Otro defecto del periodismo del establishment es que trata de evitar la contextualización como si se tratara de la plaga misma. La razón para hacerlo es que si se suministran un contexto y unos antecedentes que sean significativos para las historias, de una manera apropiada, ello llevará a comprometer al periodista con una posición definida y a invitar a un debate verdaderamente libre y abierto, que el periodismo profesional está decidido a evitar. Esto es tan cierto, que en aquellas historias que reciben el mayor cubrimiento como las del Medio Oriente, la población de los Estados Unidos tiende a ser más ignorante que en los asuntos que reciben un cubrimiento mucho menor. El periodismo tiene más posibilidades de generar confusión, cinismo y apatía que una verdadera comprensión e información. El cubrimiento tiende a ser una barrera de hechos inconexos, lo que representa la perfecta fórmula para despertar la inercia. Por lo demás, la poca contextualización que hace el periodismo profesional se ajusta a las premisas de la elite.

La falta de contexto en el periodismo desde el 11 de septiembre ha sido sorprendente desde todo punto de vista. Ha habido numerosos informes detallados sobre Osama Bin Laden y su supuesta red terrorista, así como investigaciones relacionadas con factores concernientes al éxito o fracaso de la planeada invasión militar a Afganistán, pero fuera de eso nada más. Consideremos lo siguiente: se ha olvidado por completo el papel de los Estados Unidos como principal fuerza terrorista del mundo, como podría argumentarse con mucha razón. En 1998, por ejemplo, Amnistía Internacional publicó un informe en donde quedaba claro que este país era tan responsable por violaciones extremas de los derechos humanos alrededor del mundo, incluida la promoción de la tortura y el terrorismo y el uso de la violencia estatal, como cualquier gobierno u organización del globo. El papel de Estados Unidos en el apuntalamiento de regímenes corruptos en Arabia Saudita y Kuwait, y su aterrador récord en el apoyo y financiamiento del asalto de Israel a los palestinos están lejos del alcance de la mayoría de los habitantes de los Estados Unidos. Incluso información relevante sobre Osama Bin Laden, como el hecho de que en el pasado recibió apoyo de la CIA, vía Pakistán, en la guerra en contra de los soviéticos en Afganistán, es raramente mencionada y nunca se destaca. Pocas personas en los Estados Unidos han obtenido algún indicio por parte de los noticieros sobre la naturaleza heterogénea del Islam y del mundo árabe, que vaya más allá de la distinción simplista que se ha establecido entre «Estados moderados» y «extremistas islámicos ».

Las corporaciones que controlan los medios de comunicación de Estados Unidos existen en un contexto institucional dentro del cual el apoyo al imperio estadounidense resulta natural y ello trasciende cualquier código profesional. Estas grandes compañías están entre los primeros beneficiarios, tanto de la globalización neoliberal (sus ingresos fuera de los Estados Unidos se incrementan con rapidez), como del papel de este país como superpotencia mundial. Es cierto que, cuando se trata de negociar acuerdos comerciales o acuerdos de propiedad intelectual, el gobierno norteamericano es el primer defensor de estas empresas globales de telecomunicaciones. Para ellas, proporcionar una visión del mundo en el cual el ejército y el capitalismo de Estados Unidos no sean fuerzas benévolas sería posible en teoría, pero incongruente en la práctica.

En síntesis, el gobierno, el ejército y las grandes corporaciones que manejan la información están ansiosos por vender la necesidad, inevitabilidad y virtudes de la guerra contra el terrorismo sin ninguna restricción, adelantada por la potencia militar más poderosa del planeta. Necesitan apoyo popular pero no pueden plantear la verdad de manera simple. La mayor parte de la población de Estados Unidos es escéptica sobre dicha respuesta militar y de ahí la necesidad de la propaganda.

Para aquellos que buscan oponerse al militarismo e imperialismo norteamericanos y promover la paz en estas terribles circunstancias, el camino a seguir es claro. Tenemos que desenmascarar las mentiras militares y construir una amplia coalición que sea capaz de hacer retroceder la campaña de guerra. Si fallamos, y no logramos detener a los amos de la guerra en Washington, los costos para la humanidad seguirán creciendo, tal como lo muestra la historia, y éstos serán pagados principalmente por la sangre de los inocentes en las regiones más pobres y explotadas del mundo.

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