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Afganistán

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LA ENRON
Samuel
Johnson
Traducción de Luz Jaramillo-Vélez
Poco antes del 7 de enero del 2002,
un asteroide capaz de pulverizar un país de buen tamaño se proyectó
relampagueante a través del vacío, pasando peligrosamente cerca de la
Tierra. De haber chocado contra nuestro planeta, el impacto habría tenido
consecuencias globales, pues la fuerza del golpe habría sido equivalente a
la explosión de varias armas atómicas de gran magnitud. Desde el punto de
vista de los medios de comunicación, ésta habría sido la noticia de mayor
envergadura desde la extinción de los dinosaurios.
En algún momento de los próximos seis
meses, un pequeño y oscuro pliegue de la conciencia de George W. Bush
deseará que tal cosa hubiera ocurrido. El apocalipsis, que él y sus
compadres fundamentalistas han estado esperando, les caería como anillo al
dedo y habrían, así, escapado a varias preguntas desafortunadas acerca de
su gobierno.
Desgraciadamente para él, el planeta
continúa girando. Bajo la impenetrada estratosfera los rayos electrónicos
de las agencias de noticias como CNN y Associated Press han comenzado a
diseminarse, como telarañas, de ciudad en ciudad y de hogar en hogar. Este
viento invisible transporta rumores de ocaso, negligencia y codicia. Todos
y cada uno de ellos conducen, inexorablemente, a 1600 Pennsylvania Avenue
y de continuar este estado de cosas, de allí empezarán a surgir cantidades
significativas de pases de visita para un buen número de abogados.
El gigante energético Enron
Corporation acaba de ser presentado dentro de un marco detestable en
aquellos lugares de la nación en donde no se había oído hablar de él. Tal
como va, la historia es nada menos que asombrosa: La Enron, compañía
valorada en miles de millones de dólares en Wall Street, de un momento a
otro se declaró en quiebra, la más grande de todo el universo conocido, y
4.000 empleados fueron despedidos sin miramientos después de que se les
hubiera impedido, cuando aún tenían algún valor, deshacerse de las
acciones acumuladas en el fondo de jubilaciones. En el interín, a los
ejecutivos de la compañía que estaban al tanto del asunto se les permitió
vender sus acciones, cuando todavía gozaban de patrón oro en la calle, y
ganar nada menos que mil millones de dólares.
Aparentemente, por largo tiempo la
Enron había venido sufriendo de achaques, pero los ejecutivos antes
mencionados fueron capaces de mantener el espejismo de su factibilidad
finaciera saturando con la deuda las llamadas
«sociedades-por-fuera-de-los-balances» («off-balance-sheet partnerships»).
En esencia, cada uno de los ejecutivos levantó fortalezas bancarias
personales y escondió allí, lo que se ha revelado como una serie de deudas
aterradoras, a sabiendas de que la compañía estaba desangrando los estados
de cuenta públicamente exhibidos. Esta maniobra alimentó la homologación
del crédito de la organización, permitiéndole así continuar sus negocios.
El asunto continuó durante cuatro
años, lo cual significa varias cosas: significa que la mayoría de los
ejecutivos de Enron conocían o participaban de esta actividad
tremendamente criminal e irresponsable; significa que se les mintió a los
accionistas, incluyendo 4.000 empleados leales; significa que de meses
atrás estos ejecutivos ya estaban enterados del desplome de los valores
bursátiles de la compañía, cuando abandonaron y desangraron el barco,
beneficiándose con la venta oportuna de sus acciones; significa que
permitieron que los empleados perdieran sus fondos de jubilación que,
pensaban, seguían creciendo dentro de los portafolios accionarios de la
empresa; significa que mucha gente fue engañada por una pandilla de
hábiles manipuladores a quienes les importa un comino los demás, y quienes
solamente se preocupan por sí mismos.
Todo esto podría simplemente anotarse
como una nueva historia de codicia corporativa llevada al traste, de no
ser porque es pública la conexión umbilical política y financiera entre
Bush y la Enron. El capo de Enron, Kenneth Lay, era quizás el mejor amigo
financiero que George W. Bush haya jamás conocido. Lay y varios
funcionarios de esta organización, prácticamente costearon su campaña del
2000 para la presidencia, hasta el punto que le prestaron un avión de la
organización para sus traslados a los lugares más apartados del país. Bush,
antes de vislumbrar las estrellas de la Casa Blanca, había trabajado de
manera muy abierta con la Enron en la política energética de Texas.
Este estrecho vínculo llevó a que la
administración Bush contratara, para importantes posiciones
gubernamentales, a un número de personas influyentes dentro de la órbita
de la Enron:
Thomas E. White, secretario del
Ejército, fue en una época vice-presidente del Departamento Energético de
Enron y acumuló millones en acciones de esa compañía.
El consejero presidencial, Karl Rove,
poseía $250.000 dólares en acciones de la organización.
Larry Lindsay, consejero económico,
saltó directamente de la Enron a su actual trabajo en la Casa Blanca.
Lo mismo ocurrió con Robert B.
Zoellick, representante federal de comercio (Federal Trade Representative).
Debido a su conocida aversión hacia
cualquier tipo de regulación gubernamental, Harvey Pitts, director de la
Superintendencia de Bolsas y Valores (SEC- Securities and Echange
Commission) fue escogido a dedo para esa posición por Kenneth Lay.
Además de Donald Rumsfeld, secretario
de Defensa, hay alrededor de treinta y un funcionarios en la
administración Bush que poseían un rubro de la Enron en sus portafolios
accionarios. De paso, conviene señalar que la agobiada compañía ejercía, y
ejerce aún, enorme influencia sobre las maquinaciones cotidianas de la
política del Gobierno Federal. Uno se pregunta, entonces, si la decisión
de Bush de acabar con la Ley del Aire Limpio (Clean Air Act), decisión
tomada para aumentar las fortunas de compañías como la Enron, no habrá
sido inspiración de gente con íntimas conexiones dentro de la industria
energética.
Las huellas de la influencia de la
Enron también llegan a los escabrosos ventrículos del vice-presidente Dick
Cheney, quien hace poco admitió haber sostenido seis reuniones diferentes
con los ejecutivos de la Enron durante el período en que se estaba
estructurando la política energética de la Administración. Cheney, antiguo
ejecutivo de Halliburton Petroleum, tuvo a su cargo la creación de dicha
política. Por razones que pronto se expondrán en los estrados judiciales,
Cheney rehusó detallar los aspectos específicos relacionados con la
creación de dicha política, los cuales incluyen las múltiples reuniones
con la Enron.
Justo cuando la Contraloría General
(General Accounting Office) se preparaba para demandar a Cheney y
obligarlo a revelar esta información, ocurrieron los ataques del 11 de
septiembre.
Posiblemente estas citaciones se
desempolven y publiquen en el curso de treinta días. Mientras tanto, el
Departmento de Justicia planea con seriedad una investigación criminal en
relación con el colapso de la
Enron, y el Senado, controlado por los demócratas, está organizando
audiencias en ese sentido. El columnista Robert Scheer bautizó «Whitewater
por toneladas» el vínculo de la administración Bush con la debacle de la
Enron. Sería mejor preguntarse si Watergate no sería una comparación más
adecuada.
Las maniobras del propio Bush dentro
de la industria energética muestran resonancias preocupantes con la
situación de la Enron: hubo una vez en que fue funcionario de alto rango
de una empresa llamada Harken Oil. El 22 de junio de 1990 vendió sus
acciones de la Harken por $848.560 dólares, con lo cual obtuvo una
ganancia del 200%. Una semana más tarde Harken anunció pérdidas
trimestrales por valor de $23.2 millones y sus acciones en el mercado
cayeron de manera abrupta en los siguientes seis meses. Bush hizo dinero a
manos llenas mientras los demás inversionistas perdían millones. Harken
fue una Enron en miniatura y durante la campaña presidencial del 2000
habría podido servir de advertencia al pueblo norteamericano, si la prensa
hubiera resuelto prestar algo de atención a este hecho.
Existe una escuela de pensamiento,
abrazada en esencia por los republicanos, según la cual equivale a
traición cualquier investigación respecto a actos potencialmente
deshonrosos o ilegales de la administración Bush. Aunque sin declarar,
estamos en guerra, y Bush es libre de conducirla vigorosamente, con el fin
de defender nuestra libertad y someter a la justicia a los asesinos de
civiles norteamericanos. No obstante, de ser creíbles los informes
recientemente transmitidos por CNN, Bush y su gente tendrán que responder
por las acciones que hacen, que la catástrofe de la Enron parezca una
infracción menor de tránsito, acciones que condujeron directamente a las
masacres de Nueva York y Washington, D.C.
En 1998, durante la administración
Clinton, Unocal, complejo energético norteamericano, canceló planes
tendientes a explotar los depósitos de gas natural en Turkmenistán. Éstos
incluían extender una tubería desde esta región hasta Pakistán, lugar
donde el gas habría de procesarse para los mercados energéticos asiáticos
y occidentales. La idea se fue a pique cuando Clinton ordenó el bombardeo
a Afganistán con misiles teledirigidos, en respuesta a los ataques
terroristas planeados y ejecutados por Osama Bin Laden contra las
embajadas de Estados Unidos en África. La tubería debía pasar por
Afganistán, pero la gente de Clinton envió a Unocal un mensaje en
tecnicolor en el sentido que ese país, controlado por los talibanes, no
debía recibir ningún tipo de impulsos financieros.
Aparentemente, la administración Bush
no encontró dilema moral alguno en cuanto a negociar con los talibanes
para obtener el gas. Inmediatamente después de su llegada a Washington,
éstos tropezaron con los vigorosos coqueteos de la gente de Bush. En
realidad, si hemos de darle crédito a los informes de Richard Butler,
antiguo Inspector de Armamentos de Naciones Unidas, la administración
Bush tenía sumo interés en fortalecer y estabilizar el sistema talibán,
pues un régimen sólido habría de seducir a los inversionistas para revivir
el negocio del gas natural en Turkmenistán. Los talibanes –los demonios
de hoy – cumplían con la idea que tenía Bush de un gobierno «estable»; de
todas maneras, lo suficientemente estable como para ver hecha realidad
dicha tubería.
Los vínculos entre Bush y los
talibanes se hicieron tan fuertes que éstos llegaron al punto de contratar
a una experta en relaciones públicas norteamericanas, Laila Helms, para
pavimentar el camino entre los dos regímenes. Así, continuaron los
encuentros a alto nivel entre las dos naciones, el último de los cuales
tuvo lugar en agosto, a escasas semanas de los ataques de septiembre.
Todos estos pasos se llevaron a cabo con el fin de explotar las enormes
reservas energéticas de Turkmenistán en beneficio de las corporaciones
norteamericanas.
Las íntimas relaciones entre Bush y
los talibanes frustraron los esfuerzos investigativos de John O’Neill,
anterior subdirector del FBI, quien era en este organismo el principal
perseguidor de Osama Bin Laden y estaba a cargo de las investigaciones
sobre sus conexiones con los ataques de 1993 contra el World Trade Center,
la destrucción en 1996 de un campamento militar en Arabia Saudita, los
bombardeos de 1998 a embajadas norteamericanas en África y el ataque al
U.S.S. Cole en el 2000.
Dos semanas antes de la destrucción
de las Torres Gemelas, O’Neill renunció al FBI en señal de protesta, y lo
hizo porque su investigación se vio obstruida por las conexiones entre la
administración Bush y los talibanes, y por los intereses de las compañías
petroleras norteamericanas. Según sus palabras, «los principales
obstáculos en la investigación del terrorismo islámico residen en los
intereses de las organizaciones petroleras norteamericanas y en el papel
que jugó Arabia Saudita en aquél». Al abandonar el FBI, aceptó un trabajo
como Jefe de Seguridad en el World Trade Center y murió el 11 de
septiembre cuando, en su intento por salvar las vidas de personas
atrapadas durante los ataques, las torres le cayeron encima. La paradoja
es sencillamente horripilante.
En resumen, al agente federal que más
que nadie en los EU sabía de Osama Bin Laden se le impidió escudriñar las
amenazas terroristas contra este país. Se le boicoteó porque la
administración Bush estaba desesperada por cultivar la ayuda de los
talibanes, quienes tenían en tanta estima al cerebro terrorista Bin Laden,
que le permitieron acceso a los lucrativos depósitos de gas natural de
Turkmenistán.
Si estos argumentos prueban ser
veraces, Bush y sus amigos son los responsables de que se enredaran las
investigaciones que habrían abortado los planes de Bin Laden para
septiembre. Si estos argumentos son veraces, todo desde septiembre 11 ha
sido una operación masiva de encubrimiento, en la que han muerto soldados
norteamericanos y miles de civiles afganos. Si estos argumentos prueban
ser veraces, la administración Bush tiene en sus manos la sangre de miles
de civiles norteamericanos.
Si estos argumentos tienen el más
leve tinte de credibilidad, entonces George W. Bush y los miembros de su
administración están untados de alta traición y asesinato.
El 7 de noviembe del 2000 una amplia
mayoría de norteamericanos llegó a la conclusión de que George W. Bush no
era apto para gobernar esta nación. Esta conclusión se pasó por alto y las
razones son oscuras y polémicas. Pronto, de continuar las redes
electrónicas de los medios sus emisiones sobre estas historias de
corrupción, codicia y muerte, el pueblo norteamericano podrá entender a
cabalidad las consecuencias de esa fallida elección.
Una cosa es mimar y cortejar una
compañía energética para obtener beneficios políticos y económicos; otra,
bien distinta, mimar y cortejar un régimen asesino encubridor de
terroristas, obstaculizando de paso las investigaciones respectivas, con
el propósito de lograr la explotación de valiosos recursos naturales. La
primera le costó a mucha gente la desaparición de sus fondos de
jubilación. La segunda ha significado la pérdida de miles de vidas.
La primera es criminal. La otra es
abominable. George W. Bush está hondamente implicado en ambas. El saldo a
pagar será infernal.
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Presencia internacional de
Nueva
Gaceta
París
El 22 de junio del año pasado,
por invitación del Instituto de Investigación de las Sociedades
Contemporáneas, Iresco, filial del CNRS (Centre National de la
Recherche Scientifique) de Francia, se realizó una conferencia sobre
el Plan Colombia, a cargo de Consuelo Ahumada, directora de Nueva
Gaceta, en la sede del Instituto en París. Igualmente se hizo la
presentación de la revista por parte de Álvaro Moreno, integrante de
su Comité de Redacción.
La reunión fue organizada por
el profesor Jean Claude Combessie, director del Instituto y
destacado sociólogo francés, quien es además corresponsal de la
revista en dicha ciudad. Asistieron varios intelectuales, entre
ellos los principales investigadores del Instituto, así como dos
asesores del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia y
algunos periodistas. Numerosos colombianos y latinoamericanos
residentes en dicha ciudad también se hicieron presentes.
Guatemala
Aspecto de la reunión de una
comisión de trabajo durante el XXIII Congreso de la Asociación
Latinoamericana de Sociología, ALAS, realizado en la ciudad de
Antigua, Guatemala, en octubre de 2001. Aparece, en el centro, el
sociólogo brasilero Octavio Ianni, acompañado por otros
intelectuales latinoamericanos y Consuelo Ahumada, directora de
Nueva Gaceta.
Porto
Alegre
Aspecto de la reunión de una
comisión de trabajo durante el XXIII Congreso de la Asociación
Latinoamericana de Sociología, ALAS, realizado en la ciudad de
Antigua, Guatemala, en octubre de 2001. Aparece, en el centro, el
sociólogo brasilero Octavio Ianni, acompañado por otros
intelectuales latinoamericanos y Consuelo Ahumada, directora de
Nueva Gaceta. |
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