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Yo declaro la guerra a... Hollywood
Charles Chaplin
Estoy decidido, de una
vez por todas, a declararle la guerra a Hollywood y a sus habitantes. No
me gusta la gente que gruñe, la encuentro llena de suficiencia y de
futilidad, pero, puesto que ya no tengo ninguna confianza en Hollywood en
general, y en el cine norteamericano en particular, he determinado
decidirlo.
¿Saben cuál fue la
acogida a mi último filme, Monsieur Verdoux, en ciertos cines
norteamericanos, y en particular en Nueva York? ¿Saben que algunos
aullantes me trataron de comunista y antinorteamericano?
Esto simplemente
porque no quieren pensar como todo el mundo; porque los capitostes de
Hollywood consideran que pueden deshacerse de cualquiera. Pero pronto
perderán sus ilusiones y tomarán conciencia de ciertas realidades.
Lo digo claramente:
yo, Charles Chaplin, declaro que Hollywood agoniza. Hollywood no tiene ya
nada que ver con el cine, que se supone es un arte: allí el trabajo
consiste solamente en producir kilómetros y kilómetros de película.
Puedo agregar que en
esa ciudad a cualquiera le es imposible lograr un éxito cinematográfico si
se niega a conformar su conducta a la de los demás, si se presenta como un
pionero que se atreve a desafiar las reglas establecidas por el big
business del filme.
No piensen que quiero
abogar por mi propia causa. Consideremos, por ejemplo, el caso de Orson
Welles. Evidentemente, no estoy de acuerdo con él en todos los puntos de
su concepto del cine. Pero se atrevió a decir no a los hombres del big
business. Y ahora está terminado en Hollywood. Sobre todo, no vayan a
imaginar que soy un revolucionario, un incendiario, como escribió un
periodista de Boston. Pero parece que he cometido un crimen. Declaré
varias veces que, desde mi punto de vista, el patriotismo ignora las
fronteras. Esto es tan cierto para el cine como para la política (...).
Hollywood libra en
estos momentos su última batalla, y la va a perder, a menos que deje de
producir filmes en cadena, a menos que comprenda por fin que las obras de
arte del cine no pueden nacer del trabajo en serie, como los tractores de
una fábrica.
Pienso objetivamente
que es tiempo de embar-carse en una nueva senda y de hacer que el dinero
deje de ser el dios todopoderoso de una comunidad decadente.
Sin duda abandonaré
los Estados Unidos antes de mucho tiempo, aunque me haya procurado tantas
satisfacciones morales y materiales. Y en el país donde yo iré a terminar
mi vida trataré de recordar que soy un hombre como los demás y que, en
consecuencia, tengo derecho al mismo respeto que los demás hombres.
Publicado en Reynolds
News, 1947. Tomado de la revista La Maga, Buenos Aires, 3 de enero de
2003, en Internet
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