|
E L
C H I S T E |
|
D O S S I
E R |
|
E S
C O S A S E R
I A |
68
minutos
Por Ricardo Silva Romero
Era el chiste favorito
de Charles Chaplin. Un tipo desdichado entra al consultorio de un
siquiatra, se sienta en el cómodo sillón de los pacientes y confiesa que
está a punto de perder el control sobre sí mismo. El médico, en un
arrebato de originalidad, le responde “usted lo que necesita es algo que
lo haga reír: ¿por qué no va a ver el espectáculo humorístico de
Grimaldi?” Y el tipo, un hombre de insomnios y de angustias, se levanta de
su lugar, se despide con un gesto y declara “yo soy Grimaldi”, con los
hombros encogidos.
The Kid,
de 1921, planteada como una tragedia divertida y resuelta como una comedia
muy triste, es una de las mejores películas de Chaplin. Porque el
comediante, condenado como Grimaldi a hacer reír sin ceder a la risa, ha
descubierto que, para recuperar el control de sí mismo, para deshacerse de
su propio fantasma, al menos cuenta con su propia imaginación. Sí, eso es.
Chaplin se ha dado cuenta de que tiene que dejarse llevar por el misterio
de todas esas historias que le llegan, de ninguna parte, hasta su cabeza.
Que debe narrar. Escribir, filmar y actuar son sus atajos, sus antídotos,
sus formas de volver al mundo.
Lo primero que nos
deja ver en The Kid, después de anunciarla como “una película con
una sonrisa y, de pronto, una lágrima”, es a una desamparada madre soltera
que abandona a su bebé en una ciudad en blanco y negro. El vagabundo de
siempre, con sus raídos guantes de aristócrata, su cigarrera, que en
verdad es una lata de sardinas, y sus cigarros, que al final son colillas
recogidas en los andenes, encuentra al niño perdido –y niños perdidos han
sido, para ese momento, Moisés, Pinocchio y Peter Pan– gracias a las
pistas de su llanto y, después de una divertidísima secuencia, en la que
hace lo posible para deshacerse de un hijo que no le corresponde, se
convierte en el padre adoptivo del niño. Lo que sigue, claro, son una
serie de pruebas de que, algunos años después, padre e hijo han
coreografiado juntos una rutina y se han vuelto indispensables el uno para
el otro: comparten la misma cama, hacen los mismos gestos y emprenden las
mismas aventuras.
¿Por qué digo,
entonces, que la película ha sido planteada como una tragedia? Porque muy
pronto intuimos que la historia de amor entre el vagabundo y el niño
–que resulta innegable en la pantalla– está llena de obstáculos y se
encuentra amenazada por el arrepentimiento de la madre y por la ceguera de
la justicia: su destino ineludible es el fracaso. ¿Por qué es fácil
concluir, más tarde, que la historia se resuelve como una comedia triste?
Porque cuando el padre y el hijo han sido separados –la imagen de Jackie
Coogan, con los brazos que le reclaman al cielo el dolor de la separación,
me viene con frecuencia a la cabeza–, cuando todo ha vuelto a su primer
lugar, la madre soltera, convertida ahora en una mujer famosa y pudiente,
se compadece y le abre la puerta de su casa al vagabundo para que le de un
nuevo abrazo al niño encontrado.
Lo que pasa después es
un misterio. ¿Qué harán ese padre, esa madre y ese hijo para seguir
viviendo?, ¿podrá ese hombre lleno de polvo pertenecer al nuevo mundo del
bebé que ha salvado de la muerte?, ¿podrá ese niño hecho a imagen y
semejanza de un vagabundo vivir dos vidas al mismo tiempo? No, no lo
sabemos. No podríamos saberlo. Charles Chaplin no necesita contarnos más.
Ya ha narrado todo lo que le hacía falta para deshacerse de sus fantasmas.
O, en palabras del profesor Stephen M. Weissman, “nos ha pedido que
partamos el pan con él y hagamos la comunión con sus pérdidas y sus
dolores”.
Dos años antes, el 10
de julio de 1919, Chaplin había perdido a su primer hijo, Norman Spencer,
cuando sólo llevaba tres días de nacido. Era una horrible tragedia.
Chaplin adoraba a los niños –solía jugar, aún cuando era un millonario,
con los de la calle– y desde el día en que supo que iba a ser padre, según
confesó algún vez Mildred Harris, su primera esposa, “se olvidó de la fama
y de las adulaciones para revelar la ternura del hombre que entiende su
verdadero papel en la vida: todavía puedo ver la expresión de ansiedad en
su cara cuando llegó el momento de llevarme al hospital para el parto. Los
médicos le dijeron que podía irse pero él insistió en quedarse y durante
el alumbramiento se desmayó”.
Chaplin trató de
consolar a su esposa de todas las maneras posibles –le regaló “el carro
más hermoso que yo había visto en mi vida”, le contó todos los chistes que
conocía, se vistió de vagabundo y trató de hacerla reír–, pero al final
fue más que evidente que era él quien necesitaba consuelo: “sí, Charlie
fue un padre con el corazón destrozado”, dijo Mildred Harris en una
entrevista de 1935: “ y se desbordó, a partir de ese momento, en la
realización de The Kid, su obra maestra”. Unos meses después de la
muerte de su hijo, mientras observaba un espectáculo de vaudeville en Los
Ángeles, había tenido la idea para la película. Y todo gracias a un
pequeño actor de cinco años, Jackie Coogan, que de un momento para otro
había aparecido sobre el escenario.
Ahí, en ese momento,
cuando Jackie Coogan apareció frente a sus ojos, Chaplin comenzó a
escribir la historia de The Kid. El niño actor le demostró su
talento en Un día de placer, una pequeña producción de ese mismo
año, 1919, y pronto todo estuvo listo para una filmación que tendría que
haber durado dos semanas, pero al final, quizás porque su director trataba
de resolver un misterio personal, duró un poco más de diez. Raymond Lee,
uno de los niños actores de la película, que interpretó al hermano menor
del matón del barrio, contó alguna vez algunos detalles de la filmación
que William C. Taylor ha recogido en su curioso libro sobre Chaplin.
Contó, por ejemplo,
que el comediante fue como un padre para ellos y que siempre oyó sus
sugerencias de niños. Recordó el día en que filmaron la escena en la que
su personaje y el de Jackie Coogan sostienen una pelea callejera. “Hemos
rodado esta escena cincuenta veces”, les dijo Charles Chaplin: “las he
contado”. Y, mientras daba vueltas con las manos escondidas en la espalda
y caminaba en círculos por el escenario, les preguntó si conocían la
historia de David y Goliat, los consoló cuando vio que estaban a punto de
llorar y después emprendió un deprimente discurso sobre el hambre (“en
esta película hay hambre”, les dijo) que concluyó con las palabras “Dios
mío: cuando tienes hambre tu estómago es como una pelota desinflada,
tienes el corazón en los ojos y tus ojos no tienen amigos: yo pasé tanta
hambre, cuando niño, que hubiera podido comerme un zapato”.
Lee aseguró que,
gracias a una idea suya, la escena pudo terminarse de filmar, pero lo que
queda de su relato, creo, es la sospecha de que Chaplin le dedicó todo un
año de su vida a filmar The Kid, que aun cuando solo duraba 68
minutos era su película más larga hasta ese momento, porque él también
había sido un niño perdido y porque así, en el fondo, como un guardián en
el campo de centeno, podía llevar a un hijo abandonado de vuelta a los
brazos de su madre y entregarle a un hombre y a una mujer, al mismo
tiempo, la esperanza que creían imposible. Quizás, pues, le debamos esta
pequeña obra maestra a los esfuerzos de Charles Chaplin por traer al hijo
que perdió, el bebé que murió cuando sólo llevaba tres días en la Tierra,
al mundo de la ficción. O quizás debamos agradecérselo todo al hambre de
su infancia. Quien vea The Kid entenderá, cuando descubra que está
a punto de llorar, que el narrador tuvo que vivir un infierno para llegar
a semejante historia.
Mildred Harris se
divorció de Chaplin en 1920. Raymond Lee hizo cinco películas más y, a los
catorce años, abandonó del todo el mundo del cine. Jackie Coogan, en
cambio, se convirtió en el millonario más joven del mundo, interpretó en
la pantalla a los principales niños de la literatura norteamericana, desde
Oliver Twist hasta Tom Saw-yer, y logró hacer el difícil tránsito entre el
cine mudo y el cine sonoro, y de ahí pasar a la televisión, a series como
La familia Adams, sin mayores problemas. Por supuesto: perdió su
infancia en los estudios de Hollywood y se convirtió en uno de los
primeros niños sacrificados por las horribles leyes de la farándula. Vivió
70 años y le dejó al mundo un consejo casi divertido: “aléjense de las
madres”, dijo.
Chaplin sólo filmaría,
desde entonces, dramas necesarios. La quimera de oro, Luces de la
ciudad, Tiempos modernos, El gran dictador y Candilejas le
darían forma a la historia del cine. Pero es The Kid, ese divertido
lamento que dura 68 minutos, la obra que nos contiene a todos. Porque
todos somos hijos que buscamos el camino de regreso y padres que regresan
a la fuerza hasta la infancia. Porque nunca antes fue tan evidente que
aquel hombre disfrazado de vagabundo, aquel ser tan común y corriente que
resultaba extraordinario, estaba a punto de perder el control sobre sí
mismo. No, nadie podía hacerlo reír: él era Chaplin.
Regresar |