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INTRODUCCIÓN
América Latina:
Entre el hundimiento y la rebelión
América
Latina está arruinada. Según datos recientes de la Cepal, el tamaño de su
deuda externa se acerca a los 800 mil millones de dólares y es hoy en día
la región del mundo con peor distribución del ingreso. La moratoria en el
pago de la deuda externa por Argentina –país al que se puso de ejemplo y
de cuyo derrumbe nadie quiere acordarse ahora– es apenas un botón de
muestra de la situación a que se llevó a los países de la región luego de
la «década perdida» en los años 80 del siglo pasado, del Consenso de
Washington de los 90 y de las «reformas de segunda generación» del nuevo
milenio.
Destruido el mito de Argentina, se revive como modelo a seguir a México y
su acuerdo comercial a través del Tlcna o Nafta, ocultando el estado
calamitoso en que se encuentra su economía: A pesar de ser uno de los
mayores exportadores del mundo, su balanza comercial es deficitaria, por
lo cual su endeudamiento externo sigue aumentando para cubrir mes a mes
los saldos negativos en su balanza de pagos. Ese sector exportador está en
manos de media docena de empresas, todas ellas de capital norteamericano,
por lo cual, a la hora de la verdad, México no es un gran exportador sino
más bien lo son empresas como Ford, Xérox o IBM. Las maquilas no solo
tienen las condiciones laborales más deplorables sino que en nada
contribuyen al desarrollo del país, pues los «encadenamientos» con el
resto de la economía son casi nulos.
No
obstante estas evidencias, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos,
está a punto de firmar tratados de libre comercio con Estados Unidos, bajo
un esquema similar al firmado con México. El primero en esta nueva ronda
fue Chile, que suscribió un TLC que traerá graves consecuencias económicas
para el país sureño, entre ellas las resultantes de la eliminación total
del control de capitales.
Pero
frente a estos factores determinantes de la crisis, que documentamos
extensamente en el presente dossier, está la creciente resistencia de los
pueblos latinoamericanos. A un lado del espectro se sitúa el ejemplo de
Uruguay, donde la población votó masivamente un plebiscito oponiéndose a
la privatización de la empresa pública de combustibles, victoria que evoca
la obtenida en Colombia en la abstención contra el referendo de Álvaro
Uribe. Recordemos también que a comienzos de los noventa el pueblo
uruguayo ya había derrotado en un referendo la política de privatización.
En el otro lado, está la férrea oposición del pueblo cochabambino en
Bolivia, que logró después de una gran huelga detener la privatización del
servicio de agua de la región con la llamada Guerra del Agua.
Sin
duda, uno de los puntos más candentes de la región es la situación de
Venezuela y el gobierno de Hugo Chávez para cuyo análisis incluimos un
artículo escrito por Martha Lucía Márquez.
Estos y
otros hechos de importancia cardinal son analizados en el dossier por
personajes como el líder boliviano Evo Morales, quien concedió en
Cochabamba una entrevista exclusiva para Nueva Gaceta, y el escritor
Eduardo Galeano en una entrevista, publicada recientemente en O Globo, de
Brasil, que reproducimos en esta sección.
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ALCA Y TRATADO
DE LIBRE COMERCIO CON
ESTADOS UNIDOS |
Los
intereses en juego
Arturo Cancino
Cadena
No habrá negociación conjunta entre
los países andinos y Estados Unidos. Tras varios meses de declaraciones
contradictorias por parte del Departamento de Comercio estadounidense y
del gobierno colombiano, se anunció el pasado 23 de marzo la iniciación en
mayo de las negociaciones bilaterales Colombia-EU. Esto introduce una
variante en la decisión comunicada en la pasada Cumbre de Miami por Robert
Zoellick, representante de Comercio de EU, respecto a una negociación
subregional con los andinos, exceptuando a Venezuela.
La noticia de la autorización de la
Casa Blanca para iniciar la negociación bilateral se presentó a los
colombianos como un éxito de la visita del presidente Uribe a Estados
Unidos. Como se sabe, el gobierno de Uribe Vélez le había apostado todo a
gestionar un tratado directo, haciendo a un lado a la comunidad andina y
propiciando su desunión. Eufórico, el embajador Luis Alberto Moreno
apareció en las pantallas de televisión para comentar desde Washington la
noticia, cuya trascendencia consiste en que la negociación nos permitirá
llevar la delantera en «anclar» nuestra economía a esa potencia, según
explicó gráficamente.
La afanosa y solitaria estrategia,
contraria al sentido común que aconseja negociar sin prisa y en grupo,
concuerda sin embargo con las expectativas del ministro de Comercio, Jorge
H. Botero, los asesores neoliberales, los gremios acompañantes y sus
patrocinadores, las multinacionales. Todos ellos esperan tener el camino
pavimentado para básicamente asegurar hacia el futuro las exenciones
arancelarias que rigen hoy para algunas exportaciones al mercado
estadounidense. A cambio de ello el gobierno se propone, no sólo ceder a
perpetuidad gran parte de la soberanía del Estado en materias económicas,
sino entregar sin regateo el resto del mercado nacional y el conquistado
entre los países andinos. Así lo perciben aun sus partidarios como el
senador uribista Habib Mergheg, del Observatorio del Congreso a las
negociaciones de comercio, cuando manifiesta: «vamos a tener un contrato
de adhesión, nada más y nada menos... el Gobierno va a salir a firmar el
acuerdo con base en lo que le pongan a la mesa»(1). Igualmente, lo confirman
las declaraciones del asesor presidencial, Rudolf Hommes, quien sostiene
abiertamente al respecto que «la mayor parte del beneficio proviene de lo
que se puede importar»(2).
Según como se mire, la noticia puede
ser mejor de lo que parece para los países vecinos. La razón es que, como
están las cosas, en una negociación conjunta verían debilitadas sus
aspiraciones por cuenta de la obediencia incondicional a Washington del
gobierno colombiano, que ya aceptó incluir temas polémicos sobre
prerrogativas para la inversión extranjera aún congelados en la OMC. Nadie
olvida el vergonzoso «reversazo» del país por orden de EU sobre el arancel
agrícola acordado por la Comunidad Andina (CAN), a instancias de Colombia,
para notificarlo en las negociaciones del Alca hace año y medio. O el
obsecuente retiro de la participación colombiana en el G-21, bloque de
países en desarrollo que se opone a los subsidios de los países
industriales a su agricultura(3).Los hilos de estas decisiones se dejaron
ver en la reciente reunión del Alca en Puebla, México, cuando Estados
Unidos alineó a 13 países de la región a favor del mantenimiento de sus
ayudas internas y en contra del Mercosur. Los delegados colombianos
sobresalieron allí por su adhesión total a las propuestas estadounidenses,
lo que pone en tela de juicio la veracidad misma de la anunciada
negociación con Estados Unidos.
Nuevas rutas para la
anexión económica
Pero, al margen de estos reveladores
episodios, la decisión de iniciar las negociaciones contiene una grave
amenaza para los colombianos. Se inicia el conteo regresivo hacia la
implantación del Área de Libre Comercio de las Américas, Alca, proyecto
continental proclamado por George Bush en 1990 en su célebre Iniciativa
hemisférica. Solo que para ello se seguirá el camino sinuoso de los
tratados bilaterales con EU, como los suscrito por Chile o por
Centroamérica.
Esto responde a la estrategia
adoptada por el gobierno estadounidense frente a la renuencia de Brasil y
Mercosur a realizar un acuerdo que deje intactas las medidas
proteccionistas de EU (subsidios internos y legislación antidumping) pero
que incluya, además de la desgravación arancelaria, sus exigencias sobre
garantías para la inversión extranjera, propiedad intelectual, compras
gubernamentales y acceso a los mercados de servicios. Es decir, los puntos
que India, China, Brasil, Argentina y los otros 17 integrantes del G-21 se
rehusaron a discutir en Cancún, como reacción a la doble moral practicada
por Estados Unidos y Europa de imponer el libre mercado a los demás pero
mantener para sí una política proteccionista, expresada en los subsidios
internos y otras barreras discriminatorias contra los productos de los
países en desarrollo.
¿Cuál es la razón del impulso actual de las negociaciones de libre
comercio? Para Estados Unidos el Alca significa la extensión al resto del
continente del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Tlcan,
(Nafta, por sus siglas en inglés) suscrito con Canadá y México en 1993.
Durante 10 años este mercado ha favorecido una extraordinaria expansión de
su comercio e inversiones, con discutibles beneficios para Canadá y
decepcionantes resultados para México. Este último no sólo ha tenido una
balanza comercial adversa en siete de los diez años transcurridos, sino
que a pesar de haberse triplicado sus exportaciones, su crecimiento real
por habitante apenas llega al 1% anual, comparado con las cifras tres y
cuatro veces más altas del pasado. Además, el comercio exterior ha
terminado monopolizado por las multinacionales norteamericanas (96% de su
valor), verdaderas beneficiarias del auge comercial. Y el capital
extranjero se ha apropiado de gran parte de la industria, los negocios
financieros y el comercio. El 90% de los activos del sistema financiero
están en manos extranjeras y el 70% de la industria textil, por ejemplo,
pertenece a accionistas estadounidenses. A esto se suma que en el año 2002
México ostentaba la segunda deuda más alta de América Latina (ver cuadro
1)
CUADRO 1
CINCO PAISES CON MÁS DEUDA
EXTERNA EN AMÉRICA LATINA
(US $MILLONES)
|
Año |
Brasil |
México |
Argentina |
Chile |
Colombia |
|
1997 |
208.375 |
149.028 |
125.052 |
26.701 |
34.409 |
|
1998 |
259.496 |
160.258 |
141.929 |
31.691 |
36.681 |
|
1999 |
241.468 |
166.381 |
145.289 |
34.112 |
36.733 |
|
2000 |
236.156 |
148.652 |
146.575 |
36.477 |
36.131 |
|
2001 |
226.067 |
144.534 |
140.273 |
38.032 |
39.039 |
|
2002 |
227.689 |
141.000 |
134.340 |
40.395 |
37.231 |
Las voluminosas transferencias de
capitales al exterior, acentuadas por la desnacionalización de la
economía, se reflejan en el déficit de las cuentas externas mexicanas que
en 2001 ascendía a US$17.196 millones de los cerca de US$50.000 millones
negativos que presentaba América Latina. Este desangre económico, agravado
por la política de privatizaciones, se traduce en una reducción de los
servicios del Estado, un estancamiento en la disminución de la pobreza
(que afecta al 50% de la población) e incremento de la desigualdad. Según
la Secretaría de Desarrollo Social de México, la pobreza alimentaria rural
del país ha subido del 36% al 52%. La producción nacional no se ve
conectada a la dinámica de las exportaciones, cuyas infladas cifras se
explican por el aumento equivalente de las importaciones. El valor
agregado promedio de las ventas externas es de sólo el 18%, debido a que
la mitad de las exportaciones corresponde a las maquilas, que no aportan
más del 6% de valor agregado (3% en insumos locales y el resto en mano de
obra barata)(4). En cambio se ha multiplicado el grado de dependencia
económica respecto del mercado estadounidense, que representa más del 80
por ciento de su comercio exterior. El desempeño de la economía mexicana
está sujeto en exceso a las fluctuaciones de la demanda de ese mercado,
como quedó en evidencia durante la recesión norteamericana de los años
2001 y 20025.
La situación es particularmente
crítica en el campo, donde se han perdido 1.6 millones de hectáreas de
cultivos por la importación de cereales y otros productos agropecuarios
subsidiados de Estados Unidos. Luego de haber gozado durante décadas de
autosuficiencia alimentaria, México importa hoy cerca del 50 por ciento de
su dieta básica. Las compras externas de cereales subieron de 8.7 millones
de toneladas en 1990 a 18.5 millones de toneladas en el 20006. Como
consecuencia, en el sector rural, que aloja a la cuarta parte de la
población, millones cultivadores han quedado sin trabajo, los niveles de
pobreza alcanzan el 70% y la indigencia el 36%. La ruina del agro y el
desempleo han generado un vigoroso movimiento popular en pro de la
revisión de los acuerdos del Tlcan, que ha puesto en jaque al gobierno de
Fox.
Aún sin ser parte de este tratado,
pero bajo el influjo del “Consenso de Washington” y el FMI, los demás
países de América Latina aplicaron en mayor o menor grado la desgravación
arancelaria, la desregulación de las inversiones y las reformas de mercado
de sus economías, y cosecharon similares frutos durante la última década.
Mientras las exportaciones de la región aumentaron 8.7% por año, el PIB
creció sólo un 2.6% promedio anual, menos de la mitad de lo esperado y muy
por debajo de su comportamiento histórico durante la mayor parte de la
segunda mitad del siglo XX. Como reconoce el director de la Cepal, José
Antonio Ocampo, “el supuesto de que la apertura iba a generar, por sí
misma, desarrollo exportador, no se ha cumplido en ningún país”(7). Por el
contrario, la región sufrió una significativa desindustrialización al
bajar la participación de la industria en el PIB del 17% en los años 70 al
13.5% en la década pasada. Al mismo tiempo aumentó el desempleo promedio
al 9%, el peor en 20 años según la OIT; cayó la inversión y los demás
indicadores sociales empeoraron. Como observa el economista colombiano
Eduardo Sarmiento,
Todos los países de América del Sur y
México se vieron expuestos a pérdidas del mercado interno que resultaron
superiores a las exportaciones y tuvieron como contrapartida la
destrucción de la industria, la agricultura y el empleo, a tiempo que
generaron déficit estructurales en la balanza de pagos que han debilitado
la demanda y conducido a saldos crecientes e insostenible de la deuda
externa(8).
En contraste, los “felices 90” –como
los bautizó el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz– representaron para los
negocios norteamericanos los mejores años después de la época de oro de la
posguerra, tras más de 20 años de bajo crecimiento. Entre 1991 y el 2000
las exportaciones de Estados Unidos hacia América Latina crecieron un
18.2% mientras sus importaciones de la región solo aumentaron 14.6%. Según
Antonio Romero, del Sistema Económico Latinoamericano (Sela), se configuró
“un patrón asimétrico en la relación comercial... en el cual nuestra
región ha incrementado su dependencia comercial con Estados Unidos, al
mismo tiempo que ha perdido participación en ese mercado”(9). A esto se
suman las enormes ganancias obtenidas por sus inversiones especulativas,
tendencia que continúa. Según las firmas consultoras, Thompson Finantial y
Global Invest, las bolsas de América Latina fueron las que más rindieron
en 2003: cinco de estas bolsas (Santiago, Sao Paulo, Buenos Aires, Lima y
Caracas) incrementaron en promedio 80% su valor en dólares(10).
Exprimiendo la
fórmula ganadora
Pero los beneficios para Estados
Unidos empezaron a agotarse con el debilitamiento de los países más
vinculados a sus negocios y sometidos a su influencia, como Argentina.
Desde el punto de vista de muchos, esto exigía una revisión del modelo ya
que la evidencia mostraba abrumadoramente que la promesa de desarrollo en
el caso de América Latina no se había cumplido. Sin embargo, para aquellos
ligados intelectual o materialmente a los intereses de las corporaciones
multinacionales y el capital financiero internacional –identificados con
las políticas del gobierno de EU, el FMI y el Banco Mundial– la solución
consiste en profundizar el tratamiento neoliberal y extenderlo a temas
como la reglas de protección de la inversión y la propiedad intelectual
(derechos de los inversores, copyright, patentes farmacéuticas, etc.) o
avanzar sobre sectores más esquivos al capital extranjero como los
servicios o las compras estatales. Si bien estos son temas, en sentido
estricto, ajenos a las reglas del comercio mundial, forman parte de la
agenda promovida por las potencias industriales en la Organización Mundial
del Comercio (OMC)
Una de las condiciones claves para
cumplir esta tarea es acentuar el debilitamiento de la soberanía de las
naciones mediante la erosión de las atribuciones de sus Estados. Y un
mecanismo extraordinariamente útil para lograrlo ha demostrado ser la
agrupación de los mercados según el modelo del Tlcan. La razón es que éste
establece una legislación supranacional a favor del capital extranjero,
subordina el interés público al privado y recorta los poderes reguladores
de las instituciones nacionales. Compromete además a los gobiernos futuros
con ciertas reglas, no sujetas a deliberación democrática, cuya violación
implica demandas y penalizaciones. El impacto de estas últimas resulta en
exceso oneroso para los países débiles, lo que las convierten en un
instrumento de presión política de las multinacionales y las naciones
ricas sobre las pobres. El modelo de esta nueva institucionalidad
transnacional es la OMC, pero las normas que se busca establecer en los
proyectos estadounidenses de zonas de libre comercio exceden ampliamente
las reglamentaciones acordadas en esa organización. Su referente en este
sentido es más bien el proyecto de Acuerdo Multilateral de Inversiones,
AMI, (derrotado en 1998 en el foro de los países más desarrollados, la
Ocde, pero no sepultado) y el capítulo 11 del Tlcan.
En línea con esta filosofía, el Alca
se propone –al tiempo con la eliminación de la protección arancelaria del
mercado interno (arancel cero antes del 2015, según la propuesta de EU)–
la generalización del trato nacional para las inversión extranjera. Este
último principio se apuntalará con reglas sobre la “no discriminación” y
la “competencia justa”, que impiden el apoyo estatal a las empresas
nacionales, establecen el acceso sin restricción del capital foráneo a la
contratación pública y su difusión a todos los sectores, incluyendo los
servicios públicos domiciliarios, la educación, la salud, las cárceles,
etc.; así mismo, además de sustraer de la jurisdicción nacional las
reclamaciones de los inversionistas para entregarlas a tribunales
privados, prohíben la adopción por el Estado de regulaciones que puedan
afectar las ganancias esperadas del capital extranjero, sin importar la
conveniencia social de tales medidas. Todo esto se adorna con el argumento
de eliminar los “monopolios públicos” y favorecer la competencia privada,
pero en realidad se trata de reemplazarlos dónde los haya por los
monopolios privados, como lo muestra la mayoría de las experiencias en la
región con la privatización de las empresas del Estado.
Por último, se intenta fijar normas
sobre patentes y propiedad intelectual más restrictivas que las de la OMC,
con el fin de establecer la explotación monopólica del conocimiento por
las multinacionales (mediante extensión del secreto industrial, patentes
de segundo uso, etc.), no sólo limitando la copia tecnológica sino
propiciando la biopiratería de muchas corporaciones, que consiste en
patentar el uso de los conocimientos nativos haciéndoles pequeñas
modificaciones para apropiarse de ellos. Las ventajas que todas estas
medidas representan para las multinacionales son inmensas. Con respecto al
interés en el Alca de las compañías de EU, Neil King Jr., redactor del The
Wall Street Journal, explica:
Docenas de multinacionales
estadounidenses como Citigroup o Caterpillar están haciendo presión para
mantener las conversaciones bien encaminadas. Un acuerdo completo abriría
nuevos mercados en el sector de servicios, facilitaría el camino para
inversionistas internacionales, reduciría los aranceles industriales y
protegería los derechos de propiedad intelectual en toda la región, con
más de 800 millones de personas(11)
No sorprende esta actitud. Según
Ernest Hillebrand, director de FES-Chile, las reglas previstas para el
Alca representan:
Una suerte de constitución económica
continental, que define y fija un orden económico neoliberal en todos los
países del hemisferio, socavando la soberanía de los estados miembros,
reduciendo el rol económico y social del Estado y otorgando amplios
privilegios a las empresas transnacionales(12).
De esta forma, a la competencia
desigual entre las enormes corporaciones estadounidenses (que continuarían
recibiendo ayudas internas de su gobierno) y las empresas locales, se
añaden los impedimentos para estas últimas, que deben renunciar al apoyo
estatal y al uso de la información y los métodos de aprendizaje
(ingeniería de reversa) que en el pasado contribuyeron al surgimiento de
las primeras. Como señala el industrial Emilio Sardi, vicepresidente de
Tecnoquímicas:
Se trata de montar un andamiaje legal
para restringir la competencia local, y no solamente mermar nuestra
capacidad competitiva para exportar sino afectar los propios mercados
internos, en los cuales se busca consagrar normas restrictivas a la
competencia que encarecerán tremendamente el costo de vida. Detrás de la
pantalla de una hipotética liberación del comercio exterior se esconde la
pretensión de amarrar los mercados internos, en detrimento de los
consumidores colombianos(13).
Es una apreciación valida, hay
precedentes: hace dos años, como condición para la renovación del Atpa
–sistema de preferencias arancelarias relacionado con la política
antinarcóticos– el gobierno de EU le exigió a Colombia una legislación que
garantizara la exclusividad en el mercado para los productos de las
farmacéuticas multinacionales por varios años, adicional a las normas
sobre propiedad intelectual de la OMC. De acuerdo con Fedesarrollo, las
consecuencias del Decreto 2085 de 2002, que prohíbe a los laboratorios
nacionales desarrollar versiones genéricas de medicamentos por cinco años
luego de introducidos al país por las multinacionales, le cuesta a los
consumidores colombianos 2.665 millones de dólares. Igual prohibición se
aplica para los agroquímicos genéricos, con funestas consecuencias para
los cultivadores, cuya estructura de costos incluye insumos que en algunos
casos representan hasta el 60% del costo total.
No cabe duda que si a la inocultable
debilidad de los países latinoamericanos –que entre todos no llegan a la
cuarta parte del PIB de EU– se suman todas estas condiciones, el Alca
significa el arrasamiento de cualquier tipo de competencia nacional e
implica la ruina de los productores locales y el desplome del empleo
industrial y agrícola, con sus secuelas de mayor pobreza. Asi mismo, es
claro que promueve la desnacionalizacion de las principales empresas.
Pero, además, conlleva la mercantilización final de todo tipo de
actividades y servicios y el encarecimiento de los mismos, pues quedarán
sujetos a la lógica sin atenuantes del lucro privado transnacional,
eliminando el más mínimo vestigio de protección y redistribución social
COLOMBIA:
de la crisis al Alca
“La suerte de unos es la desgracia de
otros”, dice un adagio popular. Parece hecho para describir el modelo
neoliberal: un juego de suma cero, dónde lo que ganan unos lo pierden
otros; a mayores ganancias de los favorecidos, mayores pérdidas para los
perjudicados. De ahí que el resultado global de esta política haya sido el
acentuamiento de la desigualdad, tanto a nivel internacional entre las
naciones más ricas y las más pobres, como en el interior de las
sociedades(14). Sobre sus fundamentos, Stiglitz comenta:
El neoliberalismo se basa en dos
principios: el fundamentalismo del mercado, que es aquella visión según la
cual los mercados por sí mismos son eficientes y suficientes para el
crecimiento sostenido y el pleno empleo; y la ‘economía de efecto
cascada’, que es la visión de que el crecimiento por sí mismo
inevitablemente beneficia a todos, incluyendo a los pobres... Ni la teoría
económica ni la evidencia respaldan alguna de estas proposiciones. La
economía de mercado ha estado plagada de crisis periódicas y desempleo
masivo; sin intervención del gobierno, las empresas han contaminado
nuestro aire y nuestras aguas; la banca no regulada o poco regulada ha
causado problemas país tras país... En los países con crecimiento más
rápido, los gobiernos han jugado un papel central(15).
En Colombia, las reformas de mercado
realizadas a principios de los 90 produjeron un descenso neto de los
indicadores económicos y sociales, luego de una efímera bonanza estimulada
por el ingreso de capitales especulativos que terminó en la “burbuja”
financiera e inmobiliaria del 98 y la recesión del 99. Con la apertura
económica, la industria retrocedió. Después de haber logrado una
participación en el PIB del 22.7% en la década del 70, cayó al 14% en la
del 90. Se perdió una cuarta parte del empleo industrial: del criticado
modelo de “sustitución de importaciones” pasamos al nocivo modelo de
sustitución del empleo por las importaciones. El desempleo nacional se
duplicó. No solo a causa de las miles de empresas cerradas, sino además
por la reorientación de importantes ramas de la producción industrial
hacia la importación de bienes intermedios y el ensamblaje. El
desplazamiento de las exportaciones hacia estos bienes de bajo valor
agregado(16), contribuyó a empeorar el desequilibrio de la balanza comercial
del país causado por la avalancha indiscriminada de importaciones. La
industria, antes motor de desarrollo y generadora de divisas, con su nuevo
sesgo hacia la importación de bienes intermedios se convirtió en uno de
los orígenes estructurales de los saldos negativos de la balanza de pagos.
Se han destacado en ello las industrias con inversión extranjera directa
(IED): a estas corresponde el 36% de las importaciones y el 21% de las
exportaciones(17). El déficit resultante se terminó cubriendo con una
cuantiosa deuda externa.
En el campo, los estragos no fueron
menores. El área sembrada disminuyó en 800.000 ha. de cultivos
transitorios por las importaciones masivas de cereales que llegaron a 7
millones de toneladas anuales. Las importaciones en dólares crecieron más
del doble que las exportaciones, contribuyendo al déficit comercial del
país. La participación del agro en el PIB bajó del 18% al 13%, el
desempleo rural se duplicó y la pobreza se extendió hasta cubrir al 83% de
la población campesina. En suma, perdió el país en su conjunto (el ingreso
por habitante no ha recuperado aún los niveles del año 94) y ganaron los
exportadores e inversionistas extranjeros, junto con un reducido grupo de
intermediarios y algunos magnates locales, especialmente aquellos que se
vincularon a la especulación financiera. La distribución del ingreso, una
de las más inequitativas de América Latina, empeoró. Según cifras del
Banco Mundial, al terminar la década mientras el 20 por ciento más rico
obtenía el 62.7% del ingreso, el 20 por ciento más pobre percibía sólo el
2.4%, es decir, una diferencia de 26 veces, el doble que diez años antes.
Y la diferencia entre el ingreso del 10% más rico y el 10% más pobre pasó
de 52 veces en 1991 a 80 veces en 1999(18).
Transcurridos seis años desde la
recesión, marcados por un insignificante crecimiento nominal del PIB
inferior al 1% promedio anual, el presente gobierno se propone una
reedición aumentada de la desastrosa política de liberalización comercial
y desregulación financiera, entregando esta vez mucho más que diez años de
crecimiento. Ahora se trata comprometer al país con un modelo por lo menos
para los próximos cincuenta años, con graves consecuencias sobre la actual
y las siguientes generaciones. Ya inclusive, por la puerta de atrás, se
están implementando las condiciones del Alca a través de proyectos de ley.
Uno de ellos establece una indemnización por el Estado colombiano a los
inversionistas extranjeros por la disminución de sus ganancias esperadas
con motivo de un eventual cambio normativo que adopte el país. Otro más
consagra el arbitramento privado internacional de las diferencias entre
los inversionistas y el Estado, para sustraer la solución de estos pleitos
de los tribunales y la legislación nacional.
El punto de partida para la aventura
no puede ser más precario. La industria más representativa del país sigue
especializada en la elaboración de bienes de consumo a partir de la
transformación de recursos naturales y sin incorporación de alta
tecnología. La elaboración de bienes intermedios y de capital, que
involucran un mayor contenido tecnológico, ha retrocedido. La agricultura
comercial sobrevive a la competencia de las importaciones subsidiadas
gracias a los altos aranceles (el arancel promedio está sobre el 60%) y al
uso de cuotas y otras protecciones no arancelarias. Si el agro mexicano,
donde el Estado ha invertido cerca de US$12.000 millones, ha sido
vapuleado por los acuerdos de libre comercio, calcúlese la vulnerabilidad
del campo colombiano donde la inversión pública prácticamente fue borrada
en el Plan de Desarrollo de este gobierno(19). Estimativos preliminares
permiten prever que la eliminación de la protección arancelaria
significará la ruina de la producción de leche, huevos, carne de cerdo y
pollo, así como la desaparición de cultivos como el arroz y el maíz y la
pérdida de cerca de 2 millones de hectáreas cultivadas(20). Sin considerar
la pérdida de la seguridad alimentaria, el sólo derrumbe de este sector le
puede costar al país US$5.000 millones al año en importaciones, al lado de
lo cual lo percibido por las exportaciones de flores y confecciones
resulta insignificante.
La competitividad actual de la
producción urbana y rural del país está, además, seriamente socavada por
los altos costos del dinero y la restricción de crédito impuesta por un
sistema financiero que gira alrededor del financiamiento privado del
Estado y la especulación con las divisas y los TES. La política
macroeconómica propicia la prolongación de esta nociva distorsión y otras
graves desventajas como la inestabilidad de la tasa de cambio, sujeta a
largos períodos de revaluación, semejantes al iniciado a mediados del año
pasado. Con todas estas limitantes, al final “nos hemos venido
especializando en lo que es de bajo valor agregado doméstico, con poco
contenido de ingeniería, y en el procesamiento de recursos naturales. Este
fenómeno se profundizará al ingresar al Alca o a un TLC con Estados
Unidos”, advierte el analista Manuel José Cárdenas(21).
Las cuentas adversas
del libre comercio
Varios estudios académicos, como el
realizado por la Universidad de Colorado para el Departamento Nacional de
Planeación, DNP, desaconsejan el Alca por significar un incremento de las
importaciones (24%), tres veces mayor que el de las exportaciones (7.5%) y
una caída de la producción nacional no inferior al 1.3%22. El estudio
realizado por la CAN concluye que ese proyecto representa desmejora del
nivel de bienestar prácticamente para cada uno de los países andinos, peor
en el caso de Colombia. Y una investigación adelantada por la Cámara de
Comercio Colombo-Venezolana pronostica que con este tratado Colombia
perderá la mayor parte del mercado venezolano para sus exportaciones
industriales, a manos principalmente de la competencia estadounidense, y
lo propio pasaría con los mercados colombianos de las exportaciones
venezolanas.
Ante las conclusiones negativas de
estos estudios (así como de otros contratados con universidades
colombianas por Mincomercio, pero no divulgados), el DNP avaló una versión
anónima del análisis, en la que curiosamente se concluye que el “nivel de
bienestar” del país mejorará un 0.79%. Con todo, no puede ocultar que
tanto en la alternativa del Alca como en la de un Tratado de Libre
Comercio (TLC) bilateral, las importaciones crecerán el doble de las
exportaciones y el déficit fiscal aumentará en US$807 millones, en el
primer caso, y US$591 millones, en el segundo (véase cuadro 2). Para el
economista Mauricio Cabrera, además “el TLC aumentaría el déficit
comercial en unos 1.000 millones de dolares, llevándolo a un nivel cercano
al 4% del PIB”23. El deterioro es notorio comparado con un nivel actual de
alrededor del -1.5%, y nos acerca peligrosamente al -5.4% del año 97, que
dio origen al “apretón” monetario con el que se inició, en abril del 98,
la más profunda recesión que haya sufrido Colombia desde que existen
cifras.
Cuadro 2
La
economía colombiana en tres escenarios comerciales
Indicador
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TLC bilateral
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Alca
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Atpdea
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0.79 |
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F uente: DNP *Millones de dolares
Esto, sin embargo, no ha detenido al
gobierno que insiste en ver enormes beneficios en la pequeña rebaja de los
aranceles estadounidenses (5% en promedio) pero cierra los ojos ante la
sustancial rebaja de los aranceles propios (10% al 30% en la industria,
50% al 100% en el agro), que representará la pérdida de gran parte del
mercado interno para muchos productores nacionales. Al desaparecer los
aranceles andinos se sacrificarán también más de 2.000 millones de dólares
en exportaciones a los países de la CAN, con los cuales se esfumarán los
300.000 empleos que genera este mercado. Como advierte la SAC, de los diez
sectores sólo dos (floricultura y confecciones) saldrán en principio
favorecidos con un mayor crecimiento de las exportaciones sobre las
importaciones y el resto saldrán perjudicados con la situación inversa.
Pero aun estos magros beneficios son inciertos. Se parte de suposiciones
optimistas que no tienen en cuenta que las exportaciones de las
confecciones y los textiles colombianos en breve pueden ser arrasadas en
el mercado norteamericano por la competencia de China, país que con el 20%
de participación en el mismo ha desplazado ya del primer lugar a México
(con el 12%) en las exportaciones a su vecino. Las proyecciones del Banco
Mundial dicen que para el 2005 las exportaciones chinas en confecciones
dominarán el 50 por ciento del mercado mundial(24).
¿Tiene Colombia una estrategia negociadora?
Esta es una pregunta que ronda no sólo a periodistas sino a mucha gente
que sigue de cerca el proceso. Según la ex viceministra de Comercio,
Claudia Uribe, sí la tiene pero es “secreta”. Otros creen lo contrario.
Para Emilio Sardi, “no la tiene, o si la tiene, es simplemente aceptar lo
que le propongan... ahora están definiéndola, pero en ese proceso
participan los abogados de las multinacionales, lo que es pésimo, y en la
definición de la estrategia no están los productores y consumidores que
serán los perjudicados”. La contraparte, en cambio, tiene metas muy
claras, primer requisito de una verdadera estrategia. En el mensaje de
Zoellick al Congreso de EU se puntualiza que entre los principales
objetivos del TLC está el promover “oportunidades de exportaciones para la
agricultura estadounidense, la industria y los proveedores de servicios”,
junto con “la protección de patentes y protección de la información sin
revelar” y la “eliminación... de restricciones de comercio injustificadas
que afecten la nueva tecnología estadounidense” (léase transgénicos).
Igualmente, “ponerle disciplina a la discriminación y otras barreras de
los mercados de servicios en los países andinos... incluyendo el
mejoramiento en el acceso a las telecomunicaciones, servicios financieros,
de energía, correos y otros sectores”(25).
Sin duda, la afinidad con los
intereses extranjeros de los funcionarios colombianos encargados de las
negociaciones, como el ministro Jorge H. Botero, augura peores resultados
para el país. Pero más allá de la deplorable actitud del gobierno en la
negociación, la naturaleza misma del libre comercio favorece al más
fuerte. Los acuerdos de libre comercio como el TLC están basados en el
supuesto de que, al eliminar las barreras comerciales, las “ventajas
comparativas” de un país harán que se especialice en lo que mejor hace y
su intercambio con lo que producen otros será indefectiblemente
beneficioso para ambas partes. Se trata de la muy antigua tesis de la
división internacional del trabajo de Smith y Ricardo, que en su tiempo
sirvió a la supremacía inglesa, desempolvada siglos después por los
economistas neoclásicos y hoy al servicio principalmente de la supremacía
norteamericana. En nuestro caso y el de la mayoría de los países de
América Latina su aplicación significa abandonar los intentos de lograr un
alto grado de desarrollo industrial y autosuficiencia alimentaria, de la
que otros ya disponen. A cambio debemos especializarnos en la manufactura
de ensamblaje de bajo valor agregado o en la industria de transformación
de bienes primarios, que cuentan con la ventaja de la mano de obra barata,
así como en los cultivos tropicales y la minería, favorecidos por el clima
y otras ventajas naturales. Con el producto de las ventas externas de
estas mercancías, importaríamos los cereales y bienes industriales que
dejemos de producir.
Pero la mayoría de los bienes
primarios y de bajo grado de elaboración en los que se pretende
especializar a estas economías tienen limitaciones de demanda. Algunos son
producidos eficientemente en todos los países, y otros, como el café,
tienden a ser sobreofrecidos en el mercado mundial, lo cual redunda en una
tendencia decadente de sus precios. Por otra parte, el intercambio real se
da en un mundo regido no por la libre competencia sino por los monopolios
y las “distorsiones” del mercado. Durante los últimos 20 años varios
economistas, desde Arrow hasta Rodrik y Stiglitz, han documentado
ampliamente este fenómeno y algunos incluso han sido galardonados con el
premio Nobel por sus estudios. Pese al atractivo de la simplicidad de la
teoría sobre las ventajas comparativas y los beneficios generales del
libre comercio, “la realidad es distinta”, dice Eduardo Sarmiento.
En un mundo expuesto a limitaciones
de demanda efectiva, las relaciones comerciales están más determinadas por
las ventajas absolutas. Las mayores posibilidades de exportación están en
los productos de mayor complejidad que gozan de mayor demanda en los
mercados internacionales. La liberación comercial favorece a los países
que van adelante, y, por lo tanto, logran aumentar las exportaciones en
relación con las importaciones(26).
¿Qué pasará cuando las divisas
generadas por las exportaciones baratas no alcancen para adquirir los
alimentos y bienes industriales a cuya producción renunciemos? A juzgar
por el manejo de situaciones parecidas en los años recientes, los
seguidores del modelo neoliberal solo tienen dos respuestas, ambas lesivas
para la nación. O se subastan todos los activos públicos y se aumenta el
endeudamiento externo hasta llegar a los niveles insostenibles de
Argentina. O se induce una recesión como en Colombia en el 98-99 para
bajar las importaciones por el método de comprimir la demanda interna,
sacrificando el empleo y el nivel de vida de la población.
Conclusiones
Las exportaciones colombianas a
Estados Unidos, sobre las cuales se hacen grandes aspavientos de que
representan el 43% de las ventas externas, están compuestas en un 70% por
petróleo y casi un 9% por café, flores, carbón y banano, es decir, son en
esencia productos primarios. Las exportaciones industriales a ese mercado
apenas llegan a US$1.000 millones anuales y están representadas por
manufacturas con bajo contenido tecnológico. Salvo el caso de
agroindustrias exportadoras como el azúcar en los que Estados Unidos
mantiene subsidios y estrechas cuotas proteccionistas sobre sus
importaciones, el obstáculo para aumentar las ventas externas no es tanto
un problema de acceso ni de tarifas arancelarias sino de ausencia de una
oferta exportable industrial, con suficiente fortaleza para competir en el
mercado norteamericano. Por eso, el argumento de que vamos al abordaje del
más grande mercado del planeta no pasa de ser un engaño.

El mercado externo de nuestra
producción industrial de mediana tecnología es esencialmente el de la
región andina, segundo destino de nuestras exportaciones (22.3%), donde
hasta hoy gozan de una protección promedio cercana al 20% gracias al
arancel acordado por la Comunidad Andina. Sin ésta ventaja seríamos
desalojados por la competencia extranjera. Según el ex Secretario General
de la CAN, Fernández de Soto, en los últimos diez años mientras las
exportaciones de Colombia han crecido en total un escaso 0.5%, las
destinadas al mercado andino se han multiplicado por 7 y para los bienes
industriales por 9. De hecho, el 91% del comercio intrarregional andino
está constituido por productos industriales(27). El 70 por ciento de las
exportaciones de Colombia a ese mercado y, particularmente al venezolano,
son manufacturas de la industria metalmecánica, eléctrica, química,
textil, etc., (véase cuadro 3) y el resto lo componen productos
agropecuarios cuyo mercado fundamental es el interno.
Por tanto, el mercado interno y el
andino son estratégicamente los más importante para el país por ser los
que presentan las mayores oportunidades para el desarrollo de bienes de
mayor complejidad tecnológica. Es evidente en este punto el contraste con
la floricultura de exportación, sector que ostenta gran participación
accionaria estadounidense y uno de los principales usufructuarios de las
preferencias arancelarias del Atpdea y del futuro TLC con Estados Unidos.
E igualmente contrasta con las confecciones y textiles, ubicados en los
primeros peldaños de la escala tecnológica, con el agravante de que este
negocio se desenvuelve en el congestionado mercado mundial de los “commodities”.
No hay nada que asegure que la cuota adicional obtenida en el mercado
estadounidense por estas industrias y otras semejantes, como las del cuero
y el calzado, sean sostenibles en el futuro frente a competidores como
China, al igual que no lo han sido la de las maquilas mexicanas. En este
mismo sentido, los 150.000 nuevos empleos esperados de la exportación de
confecciones bajo el TLC pueden resultar ilusorios. No así los 300.000
empleos industriales que desaparecerán con la pérdida del mercado andino,
ni los muchos más que se perderán en la agricultura y la industria que
depende del mercado interno. Por otro lado, los acuerdos entre la CAN y el
Mercosur pueden ofrecer mayores oportunidades externas de crecimiento
industrial en la medida en que –al contrario del TLC con Estados Unidos–
tienen en cuenta las desigualdades en el grado de desarrollo de los países
y contemplan un trato nacional diferenciado.
En cuanto a los efectos del esperado
aumento de la inversión extranjera que traerán las nuevas reglas sobre
inversión del Alca o el TLC, basta mirar el caso de México. La experiencia
histórica enseña que “ningún país ha logrado desarrollarse sin reactivar
la inversión y el ahorro interno”, como lo expresara Dani Rodrik en su
conferencia en Bogotá el año pasado (marzo 6 de 2003). Sin embargo, “el
verdadero factor crítico para las decisiones de inversión es la
demanda”(28), advierte Mauricio Cabrera. Y a escala de un país del tamaño de
Colombia, esa demanda clave es la del mercado interno, cuyo estrechamiento
o pérdida paraliza los proyectos productivos.
Ha sido la apertura junto con las
políticas recesivas prescritas por el FMI lo que ha ocasionado que el
ahorro en Colombia llegue solo a la mitad del mediocre 19% promedio
latinoamericano. Y que la inversión privada haya caído del 12% en 1994 al
7% en el 2001, según datos del Gobierno(29). A esto ha contribuido
enormemente la desacumulación que representan las rentas apropiadas por el
capital financiero, que dentro de la política de endeudamiento y ajuste
fiscal se han venido sustrayendo principalmente a la población a través
del recorte de la inversión pública y de la extensión e incremento de
impuestos indirectos como el IVA. La explicación del comportamiento del
ahorro y la inversión no es por tanto un misterioso acertijo de
“confianza” en las instituciones, sino responde al entorno económico
creado desde la dirección de la economía del país, que en nuestro caso ha
sido adverso a la inversión productiva y al consumo y favorable a las
rentas especulativas y al capital extranjero.
En una manifestación de excepcional
franqueza, el Secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, declaró
al Congreso de su país en el 2002: “Nuestro objetivo en el Alca es
garantizar a las empresas de Estados Unidos el control de un territorio
que va del Polo Norte a la Antártida y asegurar un libre acceso, sin
obstáculos ni dificultades, a nuestros productos y a nuestros servicios, a
la tecnología y al capital de Estados Unidos en el conjunto del
continente”. Las motivaciones del país promotor del Alca no son pues un
secreto. Sumadas todas las consideraciones hechas, no es difícil prever
que si se cumplen los planes del Gobierno y se firma el TLC con Estados
Unidos, Colombia sufrirá un retroceso peor y más prolongado que el
experimentado desde la primera aplicación de las políticas neoliberales.
Los problemas sociales mostrarán un negativo ahondamiento de las
tendencias ya observadas.
El Gobierno tiene como meta firmar a
toda costa este año el tratado de libre comercio con Estados Unidos. Luis
Carlos Villegas, vocero de las multinacionales representadas en la Andi,
así lo viene reclamando vehementemente, en coro con diversos funcionarios
de la Casa Blanca. A nuestro juicio, lo menos que podemos hacer es apoyar
los esfuerzos de quienes se oponen a este tratado y pugnan por preservar a
la nación de sus predecibles estragos. De lo contrario habremos permitido,
sin resistencia alguna, que los partidarios incondicionales del Alca y la
desregulación de los mercados terminen conduciendo a Colombia a un grado
de postración económica y subordinación política solo comparable con la
registrada en los anales de la época colonial.
Continúa la crisis
Martha Lucía Márquez Restrepo
ras el fracaso del golpe de Estado
del 11 de abril del 2002 y el agotamiento del paro indefinido que decretó
la oposición entre el 2 de diciembre de ese mismo año y el 2 de febrero
del 2003, a los detractores del gobierno de Hugo Chávez no parece haberles
quedado otro recurso que actuar por los canales institucionales para
buscar la salida del mandatario. Por esta razón, aunque no han cesado las
marchas ni los rumores de conspiración, el año 2003 estuvo signado por
discusiones que giraron sobre temas como el referéndum consultivo, el
referéndum revocatorio y la validación de las firmas que debían sustentar
dichos procesos.
Siguiendo la crisis
El 2003 amaneció con un paro que se
remontaba al 2 de diciembre y que se extendería, por dos meses, hasta el 2
de febrero. Durante estos meses, la oposición antichavista organizada en
la Coordinadora Democrática y respaldada supuestamente por cuatro millones
de firmas recogidas en noviembre del 2002, se concentró en sacar adelante
el Referéndum Nacional Consultivo que debía ser vigilado por observadores
internacionales como la Comisión Andina de Juristas, el Centro Carter y la
OEA entre otras, y cuyo fin era presionar la salida del gobierno. Pero
pronto, el 23 de enero, este recurso fue declarado inconstitucional por la
Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia que, en respuesta a
una demanda de un diputado chavista, conceptuó que ninguna iniciativa
tendiente a alejar al presidente del cargo podía hacerse antes de que éste
hubiera cumplido la mitad de su período de gobierno, es decir, antes del
19 de agosto.
Esta decisión judicial motivó la
búsqueda de otra estrategia por parte de la oposición: esta vez se
trataría de sacar adelante una enmienda constitucional que recortara el
período de gobierno del presidente, de 6 a 4 años, el de la Asamblea de 5
a 4 años, y que modificara el mecanismo de elección presidencial a través
del ballotage o segunda vuelta. Para tal propósito se realizó el 2 de
febrero una nueva jornada de recolección de firmas. Pero en el mes de
marzo, en el marco de la reorganización de la oposición que había sido
fuertemente menguada en su credibilidad y organización tras el fracaso del
paro que se prolongó por 63 días sin lograr el objetivo de tumbar a
Chávez, la Nueva Coordinadora Democrática –como se llamará ahora– optó por
tomar el camino del referéndum revocatorio y dejar de lado la enmienda
constitucional, por ser ésta en términos jurídicos más compleja.
A la luz de esta estrategia se
iniciaron las negociaciones entre el gobierno y la oposición en el marco
de la Mesa de Negociación y Acuerdos, presidida por el secretario general
de la OEA, César Gaviria, quien permanecía en el país desde noviembre del
2002. El acuerdo entre las partes, conocido como el “Pacto Integral”, se
firmó a fines de mayo. Gobierno y oposición acordaron permitir la
realización de un referéndum revocatorio después del 19 de agosto pero
además pactaron el desarme de los grupos armados, el respeto a la libertad
de expresión, así como la sustitución de la Mesa de Negociaciones y
Acuerdos por una comisión bilateral compuesta por miembros del gobierno,
la oposición, la OEA, el Centro Carter y el Pnud, que se encargarían de
supervisar el cumplimiento de los 19 puntos del acuerdo. Esta última
medida fue una victoria del gobierno al lograr quitarle el monopolio de la
mediación en el conflicto al ex presidente colombiano César Gaviria,
figura no popular a los ojos del chavismo por su simpatía hacia la
oposición. Sobre este punto en particular, no sobra recordar que cuando se
dio el golpe de abril del 2002, la OEA no lo condenó, sino que se dedicó a
hacer llamados a la conciliación de los venezolanos.
Desde el mes de julio de 2003, la
discusión política se centró en la necesidad de que la Asamblea Nacional
nombrara al Consejo Nacional Electoral y que éste actualizara el Registro
Electoral Permanente. Dicho Consejo había sido revocado a fines del año
anterior, en medio de críticas por su posición antigobiernista, cuando se
había promulgado una nueva Ley Orgánica del Poder Electoral. El gobierno,
incluyendo al presidente y a algunos de sus ministros, insistía en que era
bastante improbable que se lograra nombrar al Consejo Nacional Electoral y
que éste pudiera organizar el referéndum antes de finalizar el año, que es
lo que quería la oposición. Por su parte, la Nueva Coordinadora
Democrática se fue lanza en ristre contra la Asamblea Nacional, de mayoría
chavista, que en todo el mes de julio no se puso de acuerdo para nombrar
el Consejo Nacional Electoral.
El conflicto se resolvió cuando la
oposición acudió al Tribunal Supremo de Justicia, institución que dio
plazo hasta el 14 de agosto para que la Asamblea hiciera los nombramientos
o de lo contrario estos serían hechos por la Sala Constitucional.
Una vez posesionado el Consejo, y
llegados a la mitad del período de gobierno de Chávez que se cumplió el 19
de agosto, el miércoles 20 del mismo mes se dio el “madrugonazo” de la
oposición que consignó ante dicho organismo las firmas recogidas para
solicitar un referéndum revocatorio. A partir de este momento, la
discusión comenzó a girar sobre la validez o la invalidez de unas firmas
que habían sido recogidas seis meses antes de cumplida la mitad del
período presidencial. Tras una serie de consultas jurídicas, a mediados de
noviembre, el Consejo Nacional Electoral declaró como extemporáneo el
recurso.
Para responder a esta nueva derrota,
la oposición convocó el 5 de octubre a una nueva jornada de recolección de
firmas, conocida como el Reafirmazo, que fue pospuesta hasta recibir la
autorización del órgano electoral. A mediados de octubre ese organismo
autorizó a la oposición para que entre el 28 de noviembre y el 1º de
diciembre recogiera las firmas tendientes a solicitar el referéndum
revocatorio. El gobierno, por su parte, fue autorizado para que entre el
21 y el 24 de noviembre adelantara el mismo proceso, buscando la
revocatoria de Alfredo Peña, el alcalde de Caracas, acusado de usar las
fuerzas policiales contra los chavistas, de los gobernadores de Miranda,
Apure, Yaracuy, Zulia, Carabobo, Monagas, Anzoátegui y de cuarenta y seis
parlamentarios de oposición. Ambos procesos, que contaron con la
verificación de observadores internacionales, se realizaron con relativa
tranquilidad.
Aunque la fecha inicial para conocer
los resultados del proceso estaba planeada para el 13 de febrero, el
Consejo Nacional Electoral se tomó hasta el martes 3 de marzo en las horas
de la tarde para dar a conocer el resultado de la verificación de firmas.
Según este organismo, de las 3.086.013 firmas verificadas, sólo 1'832. 493
son válidas, pues cerca de 150.000 pertenecen a personas no inscritas en
el registro electoral; las restantes 1'109.590 son firmas dudosas por
errores en las planillas, por tener caligrafía similar a la de otras
firmas o por estar respaldadas por huellas dactilares ilegibles. Esto
significa que estas firmas deberán pasar por un proceso de verificación
consistente en la presentación de sus titulares ante las autoridades
electorales para validar la rúbrica. Para ello el Consejo Nacional
Electoral ubicará mesas en los mismos sitios donde se ubicaron en
noviembre las mesas para recolección de firmas, y en presencia de
funcionarios del CNE, de observadores internacionales y de representantes
del gobierno y de la oposición, se procederá a hacer la verificación.
Mientras se cumple este proceso, la victoria parece ser para el gobierno
de Hugo Chávez, pues de las 2.452.179 firmas que se necesitan para citar
al referéndum revocatorio, hacen falta 619.686 firmas, es decir, el 55.84%
del total de firmas verificables(1).
Explicando la crisis:
la política económica del chavismo
La crisis política del 2003, cuyo
desarrollo se ha rastreado en los espacios institucionales donde se busca
la derogatoria del mandato del presidente, pero que también se manifiesta
en el espacio público donde mes a mes se han producido marchas de apoyo al
presidente y manifestaciones de la oposición tales como el Petarazo (13 de
junio), el Tachirazo (21 de junio), el Maracayazo (19 de julio) y el
Ochazo (agosto), entre otras, sólo puede ser entendida como continuación
de la crisis que se inició en el segundo semestre del 2001, cuando el
gobierno hizo pública su intención de promulgar 49 leyes con el fin de
reformar la estructura económica del país. Como lo señala la historiadora
venezolana Margarita López Maya, las 49 leyes habrían ocasionado un
momento de inflexión en la crisis política que vivía el país desde la
posesión de Chávez y habrían ocasionado una mayor polarización(2).
Las mencionadas leyes se elaboraron
en el marco de una Ley Habilitante del año 2000 que facultaba al
presidente para dictar medidas económicas tendientes a garantizar el
desarrollo sustentable del sector agrícola, el impulso a la pequeña y
mediana industria, el fortalecimiento del sistema financiero, la inversión
económica en zonas deprimidas, el impulso del cooperativismo, la mejora de
las condiciones de vida de las comunidades, así como la desconcentración
económica y el aumento de los ingresos provenientes del sector petrolero(3).
Tales objetivos se enmarcaban en la propuesta de un nuevo modelo económico
que había hecho el chavismo desde el inicio de su gobierno, y que se
definía como un “modelo económico humanista, y autogestionario” que debía
buscar una alternativa al capitalismo neoliberal, y que por supuesto
amenazó los intereses de las clases poseedoras y de las privilegiadas
burocracias. Dentro de las leyes que más resistencia han ocasionado, se
encuentran la Ley General de Hidrocarburos, la Ley de Tierras, la Ley de
Espacios Acuáticos y la Ley de Pesca.
La Ley General de Hidrocarburos
propone un cambio en las reglas que rigen el manejo del negocio petrolero,
reglas que desde la apertura de 1989 conforman lo que algún autor ha
llamado “un régimen fiscal liberal”(4). Éste se caracteriza por un cambio en
la forma de gravar la explotación petrolera que desplaza el cobro de la
regalía sobre volumen explotado –cobro que fue el eje del “régimen fiscal
propietario” que rigió desde 1973– al cobro de un impuesto sobre la
ganancia. Esto se traduce en el hecho que las empresas explotadoras del
crudo pagaban al Estado de acuerdo a las ganancias obtenidas y no al
volumen explotado, lo que en otros términos quiere decir que el
agotamiento de un recurso no renovable como el petróleo podría generar
pocos ingresos para el país, si es que el precio del petróleo era bajo en
el mercado y apenas alcanzaba para cubrir el costo de explotación. Esto
fue lo que ocurrió en 1998 cuando la caída de los precios del petróleo
echó al piso las ganancias de las petroleras y con ello la recaudación
fiscal.
Otra cara del régimen fiscal liberal
era el poder de facto que había adquirido la empresa Pdvsa que, habiendo
sido creada para coordinar la exploración, extracción, refinación y
distribución de crudo, pasó virtualmente a manejar la política petrolera
no sólo diseñándola, sino otorgando contratos y licencias, decisiones que
según la Ley del Hidrocarburos del año 1943 eran competencias del
ministerio de Energía y Minas. El otorgamiento de contratos se hacía a
discreción de la junta directiva de la entidad, sin licitaciones, y
favoreciendo al capital extranjero que tenían entrada al negocio desde la
apertura petrolera. Por el carácter oculto que tenían los negocios
petroleros, era común oír decir en el vecino país que “En Venezuela se
acabó el secreto militar, el bancario y hasta el sumarial. Sólo queda el
de confesión y el de Pdvsa”(5).
La Ley General de Hidrocarburos
pretende corregir las limitaciones del régimen anterior, devolviendo al
ministerio de Energía y Minas la función de formular, regular, seguir,
planificar y controlar las actividades en materia de hidrocarburos; de
esta manera, Pdvsa quedó reducida a la función de simple empresa
explotadora sin atribuciones para celebrar contratos o concesiones. En
cuanto a la regalía, que en el régimen fiscal liberal era del 1%, se
estableció un piso de 20% para el gas natural y de un 30% para los
hidrocarburos líquidos, incluyendo el crudo pesado del Orinoco. Por otra
parte, se devolvió al Estado la función de actuar como socio mayoritario
en los negocios petroleros, aunque se incluyó también la obligación por
parte de éste de apoyar la participación en el negocio del petróleo del
capital privado venezolano. Como objetivo a largo plazo, se planteó la
variación de la composición de la cesta petrolera que de estar compuesta
por 60% de petróleo crudo y 40% de productos elaborados, debería aumentar
el porcentaje de los productos elaborados.
Como es apenas evidente, esta reforma
no fue del agrado de la Junta Directiva de Pdvsa ni de los ejecutivos de
la entidad, quienes objetaron las reformas por considerarlas estatistas y
porque supuestamente alejaban la inversión extranjera. Por esta razón no
es extraño que los altos empleados de Pdvsa hayan participado activamente
en la oposición al gobierno, ni que la marcha de los ejecutivos de la
empresa el 4 de abril del 2002 haya terminado en golpe de Estado cuando la
Coordinadora Democrática se sumó a su protesta el 11 de abril. Desde esta
perspectiva se entiende también por qué los ejecutivos de la empresa se
sumaron al paro de fines del 2002 e inicios del 2003, ocasionando
prácticamente una paralización en la explotación y comercialización tanto
del crudo como del gas, hecho que reportó pérdidas por 6.188 millones de
dólares, lo que le costó al Estado 1.600 millones de dólares por concepto
de ingreso petrolero no percibido(6).
Hoy, un año después del paro, la
oposición de la gente de Pdvsa se manifiesta a través del grupo de
oposición Gente de Petróleo, a cuyos motivos de descontento se sumó el
despido de más de 15.000 trabajadores de la estatal petrolera, una vez el
gobierno recuperó el poder de la misma. También protestan por la
judicialización de un grupo de ejecutivos que presuntamente participó en
labores de sabotaje de la estructura petrolera. El gobierno, por su parte,
ha venido manifestando que la reducción de los costos de Pdvsa que se
logró gracias al despido de empleados, ha permitido una mayor rentabilidad
de la empresa y se ha traducido en un aumento del gasto social.
Otra de las leyes que ha causado
mucha resistencia es la Ley de Tierras con la que se busca impulsar la
agricultura como base estratégica del desarrollo sustentable, como medio
de desarrollo social y como garantía de seguridad alimentaria para el
país. Esta ley se propone también asegurar el cumplimiento de la
Constitución nacional que en su artículo 307 señala que “El régimen
latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo
conducente en materia tributaria para gravar las tierras ociosas y
establecerá las medidas necesarias para su transformación en unidades
económicas productivas, rescatando igualmente las tierras de vocación
agrícola”.
Para cumplir el propósito de
redistribuir y hacer productiva la tierra en un país que ostenta frente al
resto de los países andinos una baja proporción de tierra destinada a la
agricultura(7), y que importa cerca del 80% de los alimentos que consume(8),
la Ley de Tierras propuso la clasificación de tierras según sus niveles de
productividad y la expropiación o el gravamen de las tierras ociosas. En
el caso de las tierras de baja productividad o fincas mejorables, se
estableció un plazo para asegurar un adecuado nivel de producción, así
como la ayuda estatal para la creación de fondos colectivos para la
producción agraria y para actividades como recolección, transporte,
transformación y mercadeo de bienes agrícolas. Estos fondos, basados en
los principios de mutua cooperación y solidaridad, deberán funcionar como
cooperativas y tendrán apoyo del Estado.
De otra parte, para poner fin al mal
aprovechamiento de los recursos pesqueros del país, que según
investigaciones contratadas por la Presidencia de la República de
Venezuela se estarían explotando crematísticamente y para impulsar la
pesca artesanal, la Ley de Pesca y Acuicultura tomó medidas tendientes a
restringir a los pesqueros extranjeros la entrada a los mares nacionales y
para controlar la labor de las grandes empresas pesqueras que usan el
método de arrastre. Paralelo a esto, se prohibió a las grandes empresas
pescar en los caladeros de pesca artesanal. Pero lo que tal vez causó
mayor malestar entre las grandes empresas, fue la intención del gobierno
de garantizar el acceso de los trabajadores de los barcos pesqueros y de
los empleados de todo el sector a la seguridad social.
Como se mencionó anteriormente, lo
que tienen en común todas estas leyes de la discordia, es la oposición del
chavismo al capitalismo salvaje y al neoliberalismo, y su deseo de
proponer un modelo económico alternativo para su país y para la región.
Por eso en los cinco años que ha durado su gobierno, se ha oído a Chávez
atacar el modelo neoliberal no sólo en los espacios en los que se
desenvuelve la política nacional, sino también en los foros
internacionales. A inicios de este año, en la Cumbre de Monterrey,
tuvieron amplia resonancia sus declaraciones en el sentido de que el
neoliberalismo era el verdadero causante de la desestabilización política
en América Latina, atribuyéndole el derrocamiento de varios mandatarios
latinoamericanos:
El verdadero desestabilizador, el
verdadero conspirador que derrocó a De la Rúa, que derrocó a Jamil Mahuad,
que derrocó ahora hace poco a Sánchez de Losada, en Bolivia, no son Fidel
Castro y Hugo Chávez, es el neoliberalismo, es la pobreza, son esos
pueblos que se han levantado y están diciendo hasta cuándo, hasta cuándo
nos estamos muriendo de hambre(9).
Por eso planteó el 14 de enero, ante
el mismo foro, la necesidad de crear un Fondo Social Internacional al que
se destinen entre el 15 y el 20% de los pagos de la deuda que hacen los
países latinoamericanos, con el fin de usar estos recursos para erradicar
la pobreza en el continente; también dejó en claro su oposición al Alca,
así como la necesidad de impulsar el Alba, la Alternativa Bolivariana para
la América, una alternativa de integración regional que tenga como eje lo
humano y no simplemente el avance del capitalismo internacional.
Los costos de la
crisis
Las secuelas del paro nacional y en
especial del paro petrolero de inicios del 2003 agravaron aún más la
situación económica venezolana que ya era crítica al cierre del año 2002,
período en que la economía del vecino país registró un retroceso del 8.9%,
lo que hasta el momento constituía la mayor caída del PIB desde 1950. Pero
las cifras del 2003 superaron las del 2002: según la Cepal, durante ese
año el PIB se contrajo en 9.5%, en buena medida debido a la lenta
recuperación de la actividad petrolera. Esta cuestión de la recuperación
del negocio petrolero es un tema más que divide al gobierno y a la
oposición; mientras el primero afirma que ha logrado recuperar la empresa
remontando la cifra de los 25 mil barriles diarios a que cayó la
producción en el momento de paro y relanzándola a 3.2 millones de barriles
diarios, cifra que incluso estaría por encima de los 2.9 millones de
barriles diarios registrados en noviembre de 2002, la oposición, usando
cifras de la Energy Information Administration, brazo estadístico del
Departamento de Energía de EU, afirma que no se producen más de 2.6
millones de barriles diarios y que, de hecho, la explotación va en
descenso desde mediados de año, como consecuencia de la poca inversión que
se ha hecho para mantener los yacimientos sanos.
Esta contracción del PIB, según el
Pnud, sería la causa del lento crecimiento del desarrollo humano en el
país, hecho que se pone de manifiesto en que el Índice de Desarrollo
Humano pasó de 0.77 en el 2002 a 0.775 en el 2003, con lo que Venezuela
conserva el puesto 69 en el escalafón mundial. Debe mencionarse, sin
embargo, que en medio de la crisis el gobierno ha intentado proteger a los
sectores populares a través del control de precios de los productos
básicos –decretado en febrero del 2003– y del aumento del presupuesto en
salud y en educación. Según cifras oficiales, desde el inicio del gobierno
de Chávez el presupuesto en educación habría pasado del 2.5 % al 7% del
PIB, y el de salud se habría triplicado. Los efectos modestos pero
positivos de estas políticas se dejan ver en los informes del Pnud sobre
Desarrollo humano, en los que se percibe una disminución del PIB per
cápita pero un leve incremento en los indicadores educativos y de salud(10).
Según el gobierno, estos efectos se traducen en que entre el 2002 y el
2003 el cubrimiento de salud y educación para los sectores básicos pasó de
beneficiar al 40% de la población más pobre a extenderse al 95% de la
misma. En este logro habría jugado un papel importante el programa Barrio
Adentro, a través del cual los profesionales de la salud, con asesoría
cubana, se internan en los barrios populares para llevar los servicios
médicos.
Justamente para continuar atendiendo
la cuestión social y moderar el impacto de la crisis económica, en enero
del año en curso el gobierno solicitó al Banco Central de Venezuela la
destinación de 1.000 millones de dólares de las reservas internacionales
para utilizarlos en gasto social, especialmente en el impulso al sector
agrícola. Según datos del gobierno, habría 21.000 millones de dólares en
reservas –buena parte de ellas acumuladas gracias al control de cambios
que decretó el 6 de febrero del año anterior, cuando en medio del paro
petrolero salían del país en promedio 400 millones de dólares diarios– de
las cuales 15.000 millones serían suficientes para garantizar la
estabilidad de la moneda. Ante la oposición del Banco Central, amparado en
el artículo 318 de la Constitución que le otorga el manejo exclusivo de la
política monetaria, el gobierno amenazó inicialmente con intervenir el
Banco Central y posteriormente instó a la Asamblea Nacional para que
elaborara una Ley de Utilización de Excedentes de las Reservas
Internacionales. Este incidente que opone una vez más la heterodoxia en
materia económica del gobierno, a la defensa de la ortodoxia que hace la
oposición, añadió un elemento más de tensión a las difíciles relaciones
entre estos actores, cada uno de los cuales esperaba sellar su triunfo con
el proceso de verificación de firmas, que está en curso.
Bibliografía
Archivo de ediciones anteriores diario El Universal,
www.archivo.eluniversal.com
Chávez Frías, Hugo. Presentación de cuentas ante la
Asamblea Nacional 15 de enero de 2004 Tomado de www.venezuela.gov.ve/ns/aloc/
Chávez Frías, Hugo Discurso ante Sala Plenaria-Cumbre de
Las Américas Monterrey - México Martes, 13 de enero 2004 tomado de
www.venezuela.gov.ve/ns/aloc/
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Preliminar de las economías de América Latina 2003. Venezuela. Tomado de
www.cepal.org.
Comisión andina de juristas “Cronología andina. Venezuela
2003”, tomado de www.cajpe.org.pe/
Entrevista de la BBC al Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías con motivo de Cumbre
Extraordinaria de las Américas en Monterrey el 24 de enero de 2004. Tomado
de www.venezuela.gov.ve/ns/aloc/entrevista.
Martínez, Eugenio “25 de marzo se sabe si habrá
revocatorio”; en El Universal 1 de marzo de 2004
Párraga, Mariana “Pdvsa celebra superación de crisis pese a
las críticas”, El Universal, 2 de diciembre de 2003.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Pnud.
Informe sobre desarrollo humano en Venezuela, 2002. Tomado de
www.pnud.org.ve/idh/venezuela.asp
Withbeck, Harris, Entrevista de la CNN al Presidente Hugo
Chávez Frías en el marco de la Cumbre Extraordinaria de Presidentes en
Monterrey Tomado de www.venezuela.gov.ve/ns/aloc/entrevista
Notas
1Cifras tomadas de “Consejo Nacional Electoral
validó 1.832.493 firmas”; en El Nacional 3 de marzo de 2004 tomado de
www.el-nacional.com/revocatorio2004/Noticias.asp
2 López Maya, Margarita 2003 “Venezuela después del
golpe: una segunda insurgencia”. En Medina, Medófilo y Margarita López
Maya, Venezuela: confrontación social y polarización política, Bogotá.,
Ediciones Aurora p. 142.
3 República Bolivariana de Venezuela 2000 Ley que
autoriza al Presidente de la Republica para dictar decretos con fuerza de
ley en las materias que se delegan (Ley Habilitante 2000) Gaceta Oficial
Nº 37.076 de fecha 13 de noviembre de 2000 tomado de
www.comunidad.derecho.org/pantin/habilitante2000.html.
4 Mommer Bernard 2002 “Un nuevo marco legal
petrolero”. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, volumen 8
número 2 de mayo-agosto 2002, pp.201-207.
5 Citado Boué, Juan Carlos 2002 “El programa de
internacionalización de Pdvsa. ¿triunfo estratégico o desastre fiscal?”,
Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, volumen 8, número 2 de
mayo-agosto 2002.
6 López Maya, Margarita, Op. cit., p. 188.
7 En Venezuela de cada 100.00 hectáreas, sólo 21.640
son destinadas a la agricultura. En el caso colombiano la proporción
supera el doble, pues la cifras asciende a 45.465. En Perú, Bolivia y
Ecuador la cifra es de 31.310, 36.037 y 8.108 respectivamente. Fuente FAO,
año 2000.
8 En el año 2001 las importaciones agroalimentarias
fueron de 4.998 millones de toneladas y tuvieron un costo de 2.017
millones de dólares. Ver Ministerio de Agricultura y Desarrollo, 2002,
Monitoreo del Sector agroalimentario de Venezuela, tercer Trimestre de
2002.
9 Entrevista de la BBC al Presidente de la
República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías, con motivo de Cumbre
extraordinaria de las Américas en Monterrey, 24 de enero de 2004. Tomado
de www.venezuela.gov.ve/ns/aloc/entrevista.
10 El índice de esperanza de vida al nacer pasó de
0.8 en el 2002 a 0.81 en el 2003; en el año 2001 este indicador era de
0.79. Por su parte, el índice de educación pasó de 0.83 a 0.84 en el mismo
período. Datos tomados del Informe sobre Desarrollo Humano del Pnud para
cada año citado.
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Entrevista con el
dirigente boliviano Evo Morales |
La
actitud del pueblo boliviano
es de profundo rechazo al modelo neoliberal
Luis Flores para Nueva Gaceta
El año pasado, el pueblo boliviano
inició una vigorosa lucha contra la entrega por el gobierno de sus
importantes reservas de gas natural a las multinacionales, a las cuales se
les otorgó ventajosos contratos para exportarlo a través de Chile. A
medida que la protesta creció, se convirtió en un rechazo multitudinario
al modelo neoliberal, cuya aplicación le ha significado a esta nación
andina un enorme retroceso económico y social, acarreando mayor pobreza y
desigualdad a uno de los países más afectados de América Latina. La
represión contra el pueblo desatada por el presidente Sánchez de Losada,
un caracterizado neoliberal, no hizo más que atizar y extender la rebeldía
popular, cuya fortaleza y persistencia terminó con su derrocamiento.
Uno de los más destacados y
emblemáticos conductores de esta lucha es el dirigente popular Evo
Morales, cabeza del partido Movimiento Al Socialismo, MAS. Con la
colaboración de su compatriota Luis Flores, estudiante de la Maestría en
Estudios Latinoamericanos de la Universidad Javeriana, Nueva Gaceta logró
el pasado 12 de enero, en La Paz, una entrevista exclusiva con el líder
boliviano. Las siguientes fueron sus apreciaciones sobre diversos aspectos
de la realidad latinoamericana.
NUEVA GACETA: ¿Cree usted que
estamos ante el comienzo del fin de las políticas del Consenso de
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