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De la redacción
América Latina:
Entre
el hundimiento y la rebelión
En su afán por acrecentar su
supremacía global, Estados Unidos ha venido desplegando todo su poderío
económico y político para afianzar su control sobre América Latina, esta
vez bajo la forma de un tratado comercial continental, el Área de Libre
Comercio de las Américas (Alca).
Al igual que hace tres lustros cuando
impulsó lo que vendría a denominarse Consenso de Washington, la
superpotencia hoy presenta el Alca como la panacea a todos los problemas
que aquejan al continente. Sin embargo, no se trata de un proyecto nuevo,
pues su origen se remonta a la Iniciativa para las Américas del primer
Bush, anunciada a comienzos de la década pasada como un proyecto tendiente
a constituir una zona de libre comercio entre Alaska y la Patagonia.
Ocultando el hecho de que ambas políticas tienen un denominador común –la
apertura comercial de las economías subdesarrolladas-, sus defensores más
fervientes insisten en que con ello se logrará revitalizar la golpeada
industria de estos países, obtener recursos para pagar su deuda externa,
mejorar las condiciones de vida de los latinoamericanos y hasta volver tan
eficiente la agricultura que será capaz de competir, a pesar de los
subsidios otorgados a los productores gringos.
Pero como es notorio, el modelo en
boga desde los años 90 del siglo pasado ha dejado a las economías del Sur
reducidas a escombros. De ese balance no se ocupan los propagandistas del
Alca, y cuando lo hacen señalan, con una buena dosis de cinismo, que los
gobiernos de estos países en quince años no han sido capaces de
implementar a fondo las reformas que el Consenso indicó. Por eso, ante el
desastre, se insiste en formular más de la misma medicina. No obstante, el
camino hacia el Alca no parece fácil, debido a la oposición abierta o a
las objeciones de los gobiernos de Venezuela, Brasil y Argentina, y por
ello Estados Unidos adopta el camino de los tratados bilaterales de
comercio, como el que se anunció con Colombia tras la última visita de
Uribe a la Casa Blanca.
Para sustentar aún más nuestra
oposición a los proyectos gringos en la región, Nueva Gaceta dedica un
extenso dossier a mostrar dos facetas de la realidad latinoamericana. Una,
el arrasamiento de la economía y de las condiciones sociales de estos
países, y otra, la creciente resistencia de los pueblos, expresada de
diversas maneras, como anuncio premonitorio de jornadas aún más intensas.
Un elemento analítico para la actual
etapa de desarrollo del capitalismo financiero y del imperialismo
norteamericano es la genial tesis de Carlos Marx sobre la tendencia
decreciente de la tasa de ganancia. Consuelo Ahumada, nuestra directora,
fue distinguida con la designación de miembro de número de la Academia
Colombiana de Ciencias Económicas, ocasión para la cual elaboró la
ponencia “La teoría marxista de la plusvalía absoluta: una clave para
entender las condiciones laborales en el período neoliberal”. Este
estudio, cuya síntesis presentamos, contribuye al esclarecimiento de que
el punto nodal del modelo vigente y de la explotación capitalista está en
los bajos salarios, sin los cuales “no hay modelo que funcione”, según
certera afirmación hecha por Francisco Mosquera en 1989.
Al cierre de esta edición, el mundo
fue conmovido por importantísimos hechos que no alcanzamos a analizar: El
acto de intervencionismo descarado de Estados Unidos en los asuntos
internos, esta vez –de nuevo– en el paupérrimo Haití, para poco menos que
secuestrar al presidente Aristide, a quien la Casa Blanca había impuesto
después de otro cruento golpe de estado. Este caso, es ejemplo de la ruina
ocasionada por décadas de saqueo y refleja la arrogancia imperial en su
mejor expresión y la poca fidelidad de la potencia con quien bien le
sirve.
Después de los condenables atentados
del 11 de marzo, España fue sacudida nuevamente por el triunfo de
Rodríguez Zapatero del PSOE, como muestra de repudio a Aznar no solo por
la forma torcida como empleó los luctuosos hechos en que murieron casi dos
centenares de civiles para intentar mantenerse en el poder, sino como
expresión del descontento del pueblo español con la subordinación
incondicional de su gobierno a los dictámenes de Washington. Esta derrota
contundente de los guerreros mundiales y sus escuderos es, sin duda, un
ejemplo aleccionador para Colombia, en donde también soplan los vientos
reeleccionistas.
Pocos días después, en un acto propio
del más siniestro terrorismo de Estado, cayó asesinado el líder de Hamas,
Ahmed Yassim, por orden del nefasto primer ministro israelí Ariel Sharon,
personaje que en repetidas ocasiones ha ordenado bombardear hasta
indefensas aldeas, como lo recuerdan las masacres de Sabra y Chatila en
1994. El hecho se torna aún más repudiable cuando se tiene en cuenta que
Estados Unidos vetó una resolución de condena contra Israel que se
discutía en la ONU.
Como elemento para la comprensión de
las fuerzas que se mueven en el planeta bajo la hegemonía de Estados
Unidos, NG incluye un artículo del investigador inglés David Raby, en
donde se analiza la trayectoria y el papel poco honroso que ha desempeñado
el ministro Tony Blair, el defensor de la llamada Tercera Vía, en su
sumisión incondicional a Washington.
Finalmente, destacamos en este número
un documento del profesor Orlando Acosta –miembro del Consejo Editorial de
NG– en el que puntualiza aspectos centrales de la educación superior en
Colombia y en el mundo, que sirviera de base para su candidatura y
posterior elección como representante de los profesores al Consejo
Superior de la Universidad Nacional de Colombia.
Invitamos a leer además nuestra
acostumbrada sección de arte y cultura, en la que incluimos esta vez un
homenaje a Pablo Neruda y a Julio Cortázar, dos grandes de la literatura
latinoamericana cuyos aniversarios, de nacimiento en el caso del primero,
y muerte, en el del segundo, se conmemoran en este año.
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