|
Palestina e Irak
Elecciones
bajo la sombra de la ocupación
Por: Eduardo Pastrana Buelvas
El Medio Oriente fue escenario,
durante el mes de enero de 2005, de dos procesos electorales muy
singulares, el primero en Palestina y el segundo en Irak. A pesar de las
particularidades de ambos episodios, se puede señalar algunas cuestiones
en común: en primer lugar, tanto el pueblo palestino como el iraquí
comparten la religión musulmana y pertenecen a la llamada nación árabe;
segundo, están ubicados en territorios que tienen gran importancia
geoestratégica, ya sea por su posición geográfica o por los recursos
energéticos que poseen, como concierne a Irak; por último, y quizás el más
relevante en este caso, las elecciones se efectuaron en un ambiente
enrarecido por la presencia de tropas de ocupación, situación en la cual
ningún pueblo puede ejercer su derecho a la libre determinación.
Las elecciones en Palestina
Por lo que se refiere a los comicios
para las elecciones presidenciales en Palestina, los resultados indican
que Mahmud Abbas recibió aparentemente un mandato claro para desarrollar
su programa político. Sin lugar a dudas, le debe su triunfo en gran parte
a su pasado en la Organización para la Liberación de Palestina (en
adelante, OLP) y a su cercanía a Arafat. El líder de Al-Fatah, movimiento
que conforma la fracción mayoritaria de la OLP, obtuvo el 62,3 por ciento
de los votos, mientras que su rival más importante, Mustafá Barghuti, sólo
alcanzó el 19,8 por ciento de la votación. Sin embargo, es necesario
aclarar, por una parte, sólo el 40 por ciento de los palestinos
habilitados para votar participaron en los comicios. Por la otra, la OLP
ni agrupa la totalidad de las organizaciones y movimientos palestinos, ni
gran parte de la población se identifica con sus postulados. A decir
verdad, Mahmud Abbas es consciente de que tiene un gran problema para
ejercer y cumplir con su mandato. En este sentido, Hisham Ahmad Fararjah,
politólogo palestino de la Universidad de Bir Seit, ubicada en la cercanía
de Ramala, manifiesta que los últimos estudios realizados sobre las
preferencias políticas de la población en los territorios ocupados
demuestran que los grupos islámicos de Hamas y Yihad cuentan con el 40 por
ciento del apoyo de quienes allí residen. Lo anterior tiene su
explicación: las nuevas generaciones de palestinos, que han crecido en los
territorios ocupados, y que no pertenecen a la vieja élite en el exilio y
han tenido que soportar las atrocidades cometidas por las fuerzas de
ocupación israelí, se identifican más con las ideas y las acciones de los
grupos radicales que con el programa de la OLP. En fin, la popularidad de
Hamas se fundamenta en que ha podido interpretar los anhelos de los
protagonistas de las intifadas y corresponderles con sus discursos y sus
acciones. Por lo tanto, Abbas parece estar obligado a jugar dos papeles:
el del estadista racional que desea Occidente como un posible interlocutor
válido, y el del tribuno que recurre, conforme a los resultados
electorales obtenidos, al lenguaje emocional cuando se dirige a los
palestinos, tal como lo hizo muchas veces durante la campaña electoral.
Ahora bien, después de celebrada la
cumbre entre el Presidente palestino, Mahmud Abbas y el Primer Ministro
israelí, Ariel Sharon, el 8 de febrero de 2005 en Sharm Al Sheich, Egipto,
el optimismo es muy moderado. La razón fundamental consiste en que, a
pesar del cese al fuego acordado y de las declaraciones conjuntas sobre el
comienzo de una nueva era, durante los pasados catorce años se llevaron a
cabo escenas parecidas con otros protagonistas, que generaron muy temprano
grandes esperanzas, pero que en corto tiempo se diluyeron en la
cotidianidad de un espiral de violencia. En efecto, frente a las
expectativas creadas por la última cumbre del Medio Oriente, hay que ser
muy prudente al plantear posibles hipótesis que se refieran a una
reactivación positiva del proceso de paz entre palestinos e israelíes,
porque, como era de esperarse, Hamas declaró a través de sus voceros
oficiales que dichos acuerdos no tenían para esta organización ninguna
validez.
Frente a tales desafíos, comienza a
surgir la especulación de que Abbas podría correr la misma suerte de su
antecesor, Yasser Arafat, quien ante la prensa mundial clamaba por la paz,
mientras que en suelo palestino ni actuaba en contra de los grupos
radicales ni moderaba su lenguaje belicista. Sin embargo, lo más
preocupante es que el nuevo presidente de la Autoridad Palestina no posee
la estatura política ni la fuerza integradora que tuvo el líder
recientemente fallecido para representar a su pueblo y tratar de lograr la
paz en su nombre. Por tanto, si Abbas se deja conducir hacia el mismo
laberinto, del que nunca salió Arafat, las esperanzas que genera la actual
coyuntura, respecto a una posible reactivación del proceso de paz, se
desvanecerían inevitablemente.
En este contexto, es necesario
evaluar el problema que representa la diversidad de opiniones que Hamas y
Al–Fatah tienen respecto al tema de la resistencia armada, para lograr un
consenso en el interior de la muy heterogénea comunidad palestina en torno
a los aspectos cardinales que podrían contribuir a la solución del
conflicto. Así mismo, es necesario apreciar que la mayoría de los
palestinos son partidarios de combinar las negociaciones de paz con las
acciones violentas, en lo que ven el mejor método para combatir a las
fuerzas de ocupación. De ahí que muchos miembros de la OLP consideren que
Hamas tiene todo el derecho de mantenerse en su posición. Por el
contrario, Abbas se ha distanciado expresamente de la lucha armada, porque
la considera inútil y uno de sus objetivos iniciales más importantes es el
de convencer a Hamas y a la Yihad islámica para que declaren un cese al
fuego unilateral y así poder continuar las conversaciones de acercamiento
con Israel.
Para la mayoría de los palestinos,
las cuestiones cardinales que deben discutirse en la mesa de negociaciones
son: el retorno de la diáspora, es decir, de los despatriados y refugiados
de todas las confrontaciones bélicas, la demolición de los asentamientos
judíos en los territorios ocupados y el restablecimiento de las fronteras
de 1967, incluyendo, eso sí, el tema del estatus de Jerusalén y la
creación de un Estado palestino. En consecuencia, si dichos temas no
tienen cabida en la recomposición de una nueva hoja de ruta en torno a las
negociaciones entre palestinos e israelíes, no se le augura mucho futuro
al proceso de paz en el Medio Oriente.
Las elecciones en Irak
Por lo que se refiere a las
elecciones celebradas en Irak, valdría la pena, en primer lugar, hacerse
la siguiente pregunta: ¿Se justifica el alto precio en sangre que ha
tenido que pagar un país –el cual se encuentra sumido en una brutal guerra
fraticida, en la miseria social y económica, en la desorientación política
y sufriendo las consecuencias de la destrucción cultural– por la supuesta
democracia estilo occidental? La respuesta es No. Las tropas de ocupación
norteamericanas organizaron las elecciones en Irak, al igual que en
Afganistán, solo cuando crearon las condiciones que les sirven a sus
intereses geoestratégicos. Se debía asegurar, ante todo, el control del
petróleo para, entre otras cosas, mantener a raya en el largo plazo a una
potencia en ascenso como China, que carece de fuentes de recursos
energéticos.
No obstante, sería una falacia creer
que la ingobernabilidad reinante en Irak representa un obstáculo para la
imposición de los intereses económicos estadounidenses. Por el contrario,
en medio del río revuelto, se han liberalizado, como en ninguna otra parte
en el mundo, las inversiones extranjeras y los negocios de la llamada
reconstrucción avanzan a toda máquina. A través de la mascarada de las
elecciones, se intenta ante los ojos del mundo legitimar un gobierno. Sin
embargo, dicho gobierno, como en el caso del que encabeza el presidente
Karsai en Afganistán, se convertirá en el gobierno marioneta de las
fuerzas de ocupación, a lo que se le suma una especie de gobierno paralelo
representado por la mega-embajada estadounidense con sus 3.000
funcionarios.
Los invasores no deberían olvidar tan
rápidamente las lecciones que nos dejan los sucesos históricos de un
pasado no muy distante. Los mismos estadounidenses instalaron al Sha
Mohamed Reza Pahlevi en Irán en 1953, en quien veían a a un aliado
incondicional de Washington para la defensa de sus intereses en el área,
pero que fue depuesto en forma estrepitosa como consecuencia de una
revolución islámica triunfante. Este intento fallido de los
norteamericanos de impulsar en Irán un proceso de modernización de tipo
occidental se caracterizó por una inestabilidad estructural, cuyo
resultado fue el establecimiento de un régimen autoritario y corrupto, así
como el desarrollo del fundamentalismo islámico como reacción a la
pretendida modernización en todo el Medio Oriente.
La actual élite neoconservadora
estadounidense, o más bien el llamado grupo de halcones petroleros,
convencidos de su papel misionero de universalizar o imponer a otras
culturas los llamados valores occidentales, se aferran a la creencia de
que se puede exportar su visión de la democracia e imponerla desde afuera.
Como referente se toma a la democratización de la Alemania de la
posguerra. Sin embargo, las circunstancias fueron otras: este país se
reconstruyó para servir de socio económico, de motor de Europa y como
mercado; mientras que para Irak el escenario se presenta distinto: el
control del petróleo tiene prioridad ante todo. Para tales intenciones,
una verdadera democracia constituye un gran riesgo. Es decir, para
cuestiones estratégicas como la participación de las firmas
estadounidenses en las explotaciones petroleras en Irak, el control de los
precios de la OPEP y el inicio de la nueva carrera por recursos
energéticos con China, no sería lo más conveniente la existencia de un
verdadero sistema democrático con el rigor y la transparencia que exigen
sus procesos de decisión. Esta es una de las razones por las que el
gobierno de Bush coopera con la mayoría de los regímenes autoritarios del
Medio Oriente. Una verdadera democratización de Irak no concuerda
realmente con los verdaderos intereses nacionales de los Estados Unidos.
De allí que sea muy comprensible la estrecha relación de cooperación que
vienen cultivando con las fuerzas más tradicionales del país, tales como
los sheichs y los jerarcas chiitas, quienes en ningún caso son un modelo
para incursionar por los senderos de la modernización.
El Primer Ministro Alawi no tiene
otra posibilidad sino la de constituir un gobierno proclive a los Estados
Unidos. La mayoría de los partidos se marginaron, como el caso de los
sunitas, en el transcurso de un proceso electoral signado por la anarquía
y la violencia, y los que tomaron parte, como los grupos chiitas cercanos
al Ayatola Sistani, no lograron la mayoría absoluta. Los resultados
finales indican que la Alianza Unida Iraquí obtuvo sólo el 48 por ciento
de los votos, lo que los obliga a dialogar sobre todo con los kurdos,
quienes lograron el 25 por ciento de la votación, para intentar formar una
coalición que les permita constituir un nuevo gobierno. De esta forma, los
chiitas podrían acceder al cargo de Primer Ministro y los kurdos al de
Presidente del Parlamento. Sin embargo, las acciones de Washington van
encaminadas hacia la constitución de un gobierno que sea incondicional de
sus políticas y pueda asegurar sus intereses, porque el costo político y
financiero de una ocupación a largo plazo es muy alto. Por lo tanto, las
elecciones en Irak son una especie de mecanismo para la seudo-legitimación
de los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos.
Irak y Afganistán distan mucho, a
pesar de las elecciones, de ser verdaderas democracias, ya que siguen
circulando como satélites alrededor de la órbita de los Estados Unidos, el
cual determina tanto su política exterior como interior. Por eso es muy
explicable la conducta de los estadounidenses al final de la guerra, al
tratar de mantener alejada a la ONU de la responsabilidad política, a
pesar de la vasta experiencia de dicha organización en materia de
reconstrucción de Estados devastados por la guerra.
Conclusiones
El nuevo colonialismo norteamericano
dirige ahora su ofensiva verbal en contra de Irán. Un simple traslado de
las tropas de ocupación estadounidenses a este país desestabilizaría más
profundamente a Irak. Los intereses de los chiitas en este país, que
actualmente no representan un factor de conflicto, no son idénticos con
los de Irán. Más aún, han mantenido una confrontación sistemática desde
1980. Empero, una agresión norteamericana a Irán podría despertar la
latente solidaridad islámica y poner en peligro la posición ventajosa,
pero un tanto frágil, que detenta el chiita secular Alawi.
Tanto Palestina como Irak celebraron
elecciones en condiciones de ocupación, lo cual deja un manto de dudas
sobre su transparencia y legitimidad. No es posible ejercer el derecho a
la libre determinación de los pueblos cuando un pueblo se encuentra
maniatado y amordazado por una fuerza invasora que le impone sus dictados.
Además, cuando del proceso se ha marginado, por diversas razones, a gran
parte de la población, la gobernabilidad se erige sobre pilares muy
frágiles.
En el horizonte cercano, no se
aprecia que, como resultado de las publicitadas elecciones, se bosqueje un
nuevo orden en el Medio Oriente, que le pueda traer paz y estabilidad
duradera a la región. Por el contrario, a pesar de las expectativas que se
han generado en Occidente, el escepticismo tiende a crecer en la región y
el fundamentalismo islámico sigue ganando terreno.
Referencias bibliográficas
Asseburg, Muriel (2003), “Die palästinensischen Selbstver-waltungsgebiete:
Konflik-teinhe-bung statt Kon-fliktlösung”, pp. 118-142, en: Ferdowsi, Mir
A./ Matthies Edit. (2003), Den
Frieden Gewin-nen.
Denison, Andrew (2003), “Unilateral oder
Multilateral? Motive der amerikanischen Irakpolitik”, en: Aus Politik und
Zeitges-chichte, B 24-25/ 2003, pp. 17-25, Bonn.
Dürr, Heiner (2003),
Öl-M(m)acht-Raum-geopolitische Optionen, Humatitäres Völkerrecht -Informationsschriften
Heft 1/2003, pp. 14-16.8.
Ehrke, Michael (2003), Erdöl und
Strategie, Bonn.
Gärber, Andra (2003), Die Interna-tionale
Irak-Politik-Optionen und Szenarien, Bonn.
Hafez, Kai (2005), “Irak: Nach der Wahl
ist vor der Wahl?” en: www.islam.de.
Ibrahim, Ferhad (2003), “Die
po-litischen Kräfte im Irak nach dem Regimewechsel”, en: Aus Politik und
Zeitgeschichte, B 24-25/ 2003, pp. 45-55, Bonn.
Musharbash, Yassin (2005), “Der Kleine,
dicke Mann von Hamas und seine gefährliche Rech-nung”, en: www.spiegel.de/politik/ausland.
Pastrana, Eduardo/ Terz, Panos (2002),
“Völkerrechts-Aspekte des Konfliktes zwischen Israelis und Palästinensern”,
en: LVZ, 19/9/02, Leipzig.
Steinbach, Hugo (2003), Eine neue
Ordnung im Nahen Osten-Chance oder Chimäre? En: Aus Politik und
Zeitgeschichte, B 24-25/ 2003, pgs. 3-7, Bonn 2003.
Spiegel Online (2005), Schiitisches
Bündnis verfehlt absolute Mehrheit, en: www.spiegel.de/politik/ausland.
Spiegel Online (2005), Abbas und Scharon vereinbaren Waffen-ruhe,
en: www.spiegel.de/po-litik/ausland.
Regresar |