Bogotá, abril-julio de 2005 -Nº 10   ISSN 01246704


Palestina e Irak

Elecciones bajo la sombra de la ocupación

                                                                                                    Por: Eduardo Pastrana Buelvas


El Medio Oriente fue escenario, durante el mes de enero de 2005, de dos procesos electorales muy singulares, el primero en Palestina y el segundo en Irak. A pesar de las particularidades de ambos episodios, se puede señalar algunas cuestiones en común: en primer lugar, tanto el pueblo palestino como el iraquí comparten la religión musulmana y pertenecen a la llamada nación árabe; segundo, están ubicados en territorios que tienen gran importancia geoestratégica, ya sea por su posición geográfica o por los recursos energéticos que poseen, como concierne a Irak; por último, y quizás el más relevante en este caso, las elecciones se efectuaron en un ambiente enrarecido por la presencia de tropas de ocupación, situación en la cual ningún pueblo puede ejercer su derecho a la libre determinación.

Las elecciones en Palestina

Por lo que se refiere a los comicios para las elecciones presidenciales en Palestina, los resultados indican que Mahmud Abbas recibió aparentemente un mandato claro para desarrollar su programa político. Sin lugar a dudas, le debe su triunfo en gran parte a su pasado en la Organización para la Liberación de Palestina (en adelante, OLP) y a su cercanía a Arafat. El líder de Al-Fatah, movimiento que conforma la fracción mayoritaria de la OLP, obtuvo el 62,3 por ciento de los votos, mientras que su rival más importante, Mustafá Barghuti, sólo alcanzó el 19,8 por ciento de la votación. Sin embargo, es necesario aclarar, por una parte, sólo el 40 por ciento de los palestinos habilitados para votar participaron en los comicios. Por la otra, la OLP ni agrupa la totalidad de las organizaciones y movimientos palestinos, ni gran parte de la población se identifica con sus postulados. A decir verdad, Mahmud Abbas es consciente de que tiene un gran problema para ejercer y cumplir con su mandato. En este sentido, Hisham Ahmad Fararjah, politólogo palestino de la Universidad de Bir Seit, ubicada en la cercanía de Ramala, manifiesta que los últimos estudios realizados sobre las preferencias políticas de la población en los territorios ocupados demuestran que los grupos islámicos de Hamas y Yihad cuentan con el 40 por ciento del apoyo de quienes allí residen. Lo anterior tiene su explicación: las nuevas generaciones de palestinos, que han crecido en los territorios ocupados, y que no pertenecen a la vieja élite en el exilio y han tenido que soportar las atrocidades cometidas por las fuerzas de ocupación israelí, se identifican más con las ideas y las acciones de los grupos radicales que con el programa de la OLP. En fin, la popularidad de Hamas se fundamenta en que ha podido interpretar los anhelos de los protagonistas de las intifadas y corresponderles con sus discursos y sus acciones. Por lo tanto, Abbas parece estar obligado a jugar dos papeles: el del estadista racional que desea Occidente como un posible interlocutor válido, y el del tribuno que recurre, conforme a los resultados electorales obtenidos, al lenguaje emocional cuando se dirige a los palestinos, tal como lo hizo muchas veces durante la campaña electoral.

Ahora bien, después de celebrada la cumbre entre el Presidente palestino, Mahmud Abbas y el Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, el 8 de febrero de 2005 en Sharm Al Sheich, Egipto, el optimismo es muy moderado. La razón fundamental consiste en que, a pesar del cese al fuego acordado y de las declaraciones conjuntas sobre el comienzo de una nueva era, durante los pasados catorce años se llevaron a cabo escenas parecidas con otros protagonistas, que generaron muy temprano grandes esperanzas, pero que en corto tiempo se diluyeron en la cotidianidad de un espiral de violencia. En efecto, frente a las expectativas creadas por la última cumbre del Medio Oriente, hay que ser muy prudente al plantear posibles hipótesis que se refieran a una reactivación positiva del proceso de paz entre palestinos e israelíes, porque, como era de esperarse, Hamas declaró a través de sus voceros oficiales que dichos acuerdos no tenían para esta organización ninguna validez.

Frente a tales desafíos, comienza a surgir la especulación de que Abbas podría correr la misma suerte de su antecesor, Yasser Arafat, quien ante la prensa mundial clamaba por la paz, mientras que en suelo palestino ni actuaba en contra de los grupos radicales ni moderaba su lenguaje belicista. Sin embargo, lo más preocupante es que el nuevo presidente de la Autoridad Palestina no posee la estatura política ni la fuerza integradora que tuvo el líder recientemente fallecido para representar a su pueblo y tratar de lograr la paz en su nombre. Por tanto, si Abbas se deja conducir hacia el mismo laberinto, del que nunca salió Arafat, las esperanzas que genera la actual coyuntura, respecto a una posible reactivación del proceso de paz, se desvanecerían inevitablemente.

En este contexto, es necesario evaluar el problema que representa la diversidad de opiniones que Hamas y Al–Fatah tienen respecto al tema de la resistencia armada, para lograr un consenso en el interior de la muy heterogénea comunidad palestina en torno a los aspectos cardinales que podrían contribuir a la solución del conflicto. Así mismo, es necesario apreciar que la mayoría de los palestinos son partidarios de combinar las negociaciones de paz con las acciones violentas, en lo que ven el mejor método para combatir a las fuerzas de ocupación. De ahí que muchos miembros de la OLP consideren que Hamas tiene todo el derecho de mantenerse en su posición. Por el contrario, Abbas se ha distanciado expresamente de la lucha armada, porque la considera inútil y uno de sus objetivos iniciales más importantes es el de convencer a Hamas y a la Yihad islámica para que declaren un cese al fuego unilateral y así poder continuar las conversaciones de acercamiento con Israel.

Para la mayoría de los palestinos, las cuestiones cardinales que deben discutirse en la mesa de negociaciones son: el retorno de la diáspora, es decir, de los despatriados y refugiados de todas las confrontaciones bélicas, la demolición de los asentamientos judíos en los territorios ocupados y el restablecimiento de las fronteras de 1967, incluyendo, eso sí, el tema del estatus de Jerusalén y la creación de un Estado palestino. En consecuencia, si dichos temas no tienen cabida en la recomposición de una nueva hoja de ruta en torno a las negociaciones entre palestinos e israelíes, no se le augura mucho futuro al proceso de paz en el Medio Oriente.

Las elecciones en Irak

Por lo que se refiere a las elecciones celebradas en Irak, valdría la pena, en primer lugar, hacerse la siguiente pregunta: ¿Se justifica el alto precio en sangre que ha tenido que pagar un país –el cual se encuentra sumido en una brutal guerra fraticida, en la miseria social y económica, en la desorientación política y sufriendo las consecuencias de la destrucción cultural– por la supuesta democracia estilo occidental? La respuesta es No. Las tropas de ocupación norteamericanas organizaron las elecciones en Irak, al igual que en Afganistán, solo cuando crearon las condiciones que les sirven a sus intereses geoestratégicos. Se debía asegurar, ante todo, el control del petróleo para, entre otras cosas, mantener a raya en el largo plazo a una potencia en ascenso como China, que carece de fuentes de recursos energéticos.

No obstante, sería una falacia creer que la ingobernabilidad reinante en Irak representa un obstáculo para la imposición de los intereses económicos estadounidenses. Por el contrario, en medio del río revuelto, se han liberalizado, como en ninguna otra parte en el mundo, las inversiones extranjeras y los negocios de la llamada reconstrucción avanzan a toda máquina. A través de la mascarada de las elecciones, se intenta ante los ojos del mundo legitimar un gobierno. Sin embargo, dicho gobierno, como en el caso del que encabeza el presidente Karsai en Afganistán, se convertirá en el gobierno marioneta de las fuerzas de ocupación, a lo que se le suma una especie de gobierno paralelo representado por la mega-embajada estadounidense con sus 3.000 funcionarios.

Los invasores no deberían olvidar tan rápidamente las lecciones que nos dejan los sucesos históricos de un pasado no muy distante. Los mismos estadounidenses instalaron al Sha Mohamed Reza Pahlevi en Irán en 1953, en quien veían a a un aliado incondicional de Washington para la defensa de sus intereses en el área, pero que fue depuesto en forma estrepitosa como consecuencia de una revolución islámica triunfante. Este intento fallido de los norteamericanos de impulsar en Irán un proceso de modernización de tipo occidental se caracterizó por una inestabilidad estructural, cuyo resultado fue el establecimiento de un régimen autoritario y corrupto, así como el desarrollo del fundamentalismo islámico como reacción a la pretendida modernización en todo el Medio Oriente.

La actual élite neoconservadora estadounidense, o más bien el llamado grupo de halcones petroleros, convencidos de su papel misionero de universalizar o imponer a otras culturas los llamados valores occidentales, se aferran a la creencia de que se puede exportar su visión de la democracia e imponerla desde afuera. Como referente se toma a la democratización de la Alemania de la posguerra. Sin embargo, las circunstancias fueron otras: este país se reconstruyó para servir de socio económico, de motor de Europa y como mercado; mientras que para Irak el escenario se presenta distinto: el control del petróleo tiene prioridad ante todo. Para tales intenciones, una verdadera democracia constituye un gran riesgo. Es decir, para cuestiones estratégicas como la participación de las firmas estadounidenses en las explotaciones petroleras en Irak, el control de los precios de la OPEP y el inicio de la nueva carrera por recursos energéticos con China, no sería lo más conveniente la existencia de un verdadero sistema democrático con el rigor y la transparencia que exigen sus procesos de decisión. Esta es una de las razones por las que el gobierno de Bush coopera con la mayoría de los regímenes autoritarios del Medio Oriente. Una verdadera democratización de Irak no concuerda realmente con los verdaderos intereses nacionales de los Estados Unidos. De allí que sea muy comprensible la estrecha relación de cooperación que vienen cultivando con las fuerzas más tradicionales del país, tales como los sheichs y los jerarcas chiitas, quienes en ningún caso son un modelo para incursionar por los senderos de la modernización.

El Primer Ministro Alawi no tiene otra posibilidad sino la de constituir un gobierno proclive a los Estados Unidos. La mayoría de los partidos se marginaron, como el caso de los sunitas, en el transcurso de un proceso electoral signado por la anarquía y la violencia, y los que tomaron parte, como los grupos chiitas cercanos al Ayatola Sistani, no lograron la mayoría absoluta. Los resultados finales indican que la Alianza Unida Iraquí obtuvo sólo el 48 por ciento de los votos, lo que los obliga a dialogar sobre todo con los kurdos, quienes lograron el 25 por ciento de la votación, para intentar formar una coalición que les permita constituir un nuevo gobierno. De esta forma, los chiitas podrían acceder al cargo de Primer Ministro y los kurdos al de Presidente del Parlamento. Sin embargo, las acciones de Washington van encaminadas hacia la constitución de un gobierno que sea incondicional de sus políticas y pueda asegurar sus intereses, porque el costo político y financiero de una ocupación a largo plazo es muy alto. Por lo tanto, las elecciones en Irak son una especie de mecanismo para la seudo-legitimación de los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos.

Irak y Afganistán distan mucho, a pesar de las elecciones, de ser verdaderas democracias, ya que siguen circulando como satélites alrededor de la órbita de los Estados Unidos, el cual determina tanto su política exterior como interior. Por eso es muy explicable la conducta de los estadounidenses al final de la guerra, al tratar de mantener alejada a la ONU de la responsabilidad política, a pesar de la vasta experiencia de dicha organización en materia de reconstrucción de Estados devastados por la guerra.

Conclusiones

El nuevo colonialismo norteamericano dirige ahora su ofensiva verbal en contra de Irán. Un simple traslado de las tropas de ocupación estadounidenses a este país desestabilizaría más profundamente a Irak. Los intereses de los chiitas en este país, que actualmente no representan un factor de conflicto, no son idénticos con los de Irán. Más aún, han mantenido una confrontación sistemática desde 1980. Empero, una agresión norteamericana a Irán podría despertar la latente solidaridad islámica y poner en peligro la posición ventajosa, pero un tanto frágil, que detenta el chiita secular Alawi.

Tanto Palestina como Irak celebraron elecciones en condiciones de ocupación, lo cual deja un manto de dudas sobre su transparencia y legitimidad. No es posible ejercer el derecho a la libre determinación de los pueblos cuando un pueblo se encuentra maniatado y amordazado por una fuerza invasora que le impone sus dictados. Además, cuando del proceso se ha marginado, por diversas razones, a gran parte de la población, la gobernabilidad se erige sobre pilares muy frágiles.

En el horizonte cercano, no se aprecia que, como resultado de las publicitadas elecciones, se bosqueje un nuevo orden en el Medio Oriente, que le pueda traer paz y estabilidad duradera a la región. Por el contrario, a pesar de las expectativas que se han generado en Occidente, el escepticismo tiende a crecer en la región y el fundamentalismo islámico sigue ganando terreno.

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