Bogotá, abril-julio de 2005 -Nº 10   ISSN 01246704


Entrevista a Manfred Max-Neef

LA REALIDAD OCULTA DE LOS TLC

Por la redacción de Nueva Gaceta


El profesor chileno Manfred Max-Neef es el creador de los principios de Economía Descalza y de la Teoría del Desarrollo a Escala Humana. Es fundador y director ejecutivo del Centro de Alternativas de Desarrollo y miembro del Consejo Ejecutivo del Club de Roma, entre otros.
La siguiente entrevista fue realizada el 25 de octubre de 2004 en Bogotá, en el marco de un foro convocado por el Observatorio Andino de la Universidad Javeriana.

 

NUEVA GACETA: ¿Quién otorga el Premio Nobel Alternativo? 

El Nobel Alternativo se estableció hace 25 años en Suecia. Fue ideado por Jakob von Uexkull, quien le propuso a la Fundación Nobel crear un nuevo premio en áreas no cubiertas por los tradicionales, particularmente para personas que hubiesen hecho contribuciones importantes a la solución de los problemas más acuciantes del mundo actual, pues los otros se entregan fundamentalmente por aportes teóricos. La Fundación Nobel discutió la propuesta y no la aceptó. Uexkull decidió hacerlo separadamente y creó la fundación Right Livelihood Award, haciendo un aporte en dinero para los premios. El galardón Alternativo se entrega en el Parlamento de Suecia, en la misma época en que los premios tradicionales son entregados por el Rey. Es así como se han resaltado las contribuciones de muchas personas en la solución de problemas trascendentales del mundo actual.

¿Qué ha representado para usted haber obtenido el Nobel Alternativo en Economía en 1983?

Este premio le cambia a uno la vida, sobre todo en Europa, porque en América Latina, curiosamente, hay menos conciencia de su significado. En Europa es considerado tan importante como el otro y en algunos casos más. El tradicional ha sido criticado algunas veces por otorgarse a personas que no se consideran merecedoras, particularmente en Economía, como en el caso del Premio Nobel a Friedman. El Alternativo, en Europa, tiene un peso gigantesco y eso permitió divulgar mi obra y que fuera traducida a muchos idiomas.

Cuando habla de un cambio en su vida al dejar su carrera exitosa en la multinacional Shell, usted ha dicho que ese cambio se debió a Brahms y a su afición por la música, ¿cómo fue eso?

(Risas...) Bueno, yo además de economista soy músico. Me gradué muy joven en la universidad, me titulé a los 21 años; soy de una generación en la que los jóvenes podíamos regodearnos con las ofertas de empleo que teníamos, cosa que ya no existe en el mundo. Entre varias ofertas opté por entrar a uno de los más grandes imperios del mundo, la Shell. Empecé a hacer una carrera meteórica: a los seis meses ya estaba en la categoría de empleado internacional, fui gerente de distrito en el sur de Puerto Rico, en Jamaica y después regresé como gerente para todo el norte grande de Chile donde está la gran minería.

Tenía solo 23 o 24 años y todas las comodidades posibles. Me acababa de comprar el mejor aparato de música, un High Fidelity. Una tarde estaba solo en mi casa y me dispuse a escuchar la primera sinfonía de Brahms, con la Filarmónica de Viena dirigida por Bruno Walter, que era mi versión predilecta. Entonces puse media luz, me serví un coñac y me acomodé en un sillón muy agradable. Termina el primer movimiento. El segundo movimiento es lento, tranquilo y tiene un subtema que lo plantea primero el oboe... y eso se transforma en una pregunta que me hace Brahms a mí, que traducida sería: ¿qué haces con tu vida? Y me lo pregunta cuatro veces, porque cuatro veces aparece el piano en el movimiento.

Fue una cosa muy inesperada, violentamente fuerte. Terminó la sinfonía y me quedó dando vueltas que Brahms me preguntara qué hacía con mi vida. De repente empecé a ver imágenes mías, futuras, como un súper ejecutivo internacional de la Shell, negociando petróleo con el Sha de Irán y en grandes reuniones con gente poderosa. Y me dije: “ese no soy yo, ese no encaja conmigo, no me reconozco”. Y tuve la sensación de verme a los 75 años de edad escuchando a Brahms y haciéndome la misma pregunta ¿cómo fue mi vida para que yo ahora, con tranquilidad de conciencia, con 75 años de edad, esté escuchando a Brahms?

Fue una cosa tan violenta, que al otro día tome el avión, volé a Santiago, y renuncié. No tenía ningún otro trabajo, ninguna otra oferta, obviamente no les dije la razón, porque me habrían internado en un hospital psiquiátrico. Volví a la universidad, hice un postgrado, mi doctorado, y cambió mi vida en 180 grados. Vivo la que es mi vida: me metí en los sectores más pobres de América Latina, combinando con la vida académica, vida de la cual no me arrepiento y por lo cual soy un eterno agradecido a mi querido Johannes Brahms.

Usted ha señalado que el Alca y el TLC son un desastre. ¿Por qué?

Creo que es sabido por mucha gente que esos tratados no benefician a la sociedad en su conjunto sino a ciertos intereses muy particulares, sobre todo los vinculados con los oligopolios transnacionales. En primer lugar, y me parece una cuestión muy obvia, son tratados muy poco simétricos. El hecho de que el socio gigante se reserve derechos que se le niegan explícitamente al pequeño, es una cuestión, para mí, moralmente inaceptable. Que un país como México, donde se originó el maíz en el mundo, esté obligado a importarlo subsidiado de Estados Unidos, con el consecuente impacto negativo sobre los campesinos mexicanos, me parece increíble. Son tratados, cuyo impacto se concentra en grupos pequeños, no benefician de ninguna manera al resto de la población.

En los países donde están estos tratados no ha habido disminución del desempleo. En el caso de México, por el contrario, se ha incrementado. De manera que si uno analiza sólo los indicadores macroeconómicos, como el crecimiento del producto interno bruto, que es lo que al político le interesa, ni siquiera es tan espectacular. Claro, se puede defender que son tratados buenos, pero en términos de beneficios conjuntos para la sociedad son tremendamente negativos.

Por último, todos esos tratados se sustentan en los mandatos de la Organización Mundial de Comercio, que es una institución profundamente antidemocrática, porque obliga a los países a ajustar sus leyes nacionales, federales, regionales, locales, a los intereses del inversionista de las grandes corporaciones. El país está obligado a modificar cualquier ley nacional que sea considerada como un obstáculo al llamado “libre comercio”, o, sencillamente, a derogarla. Lo que prima son los intereses de las corporaciones por sobre todos los intereses democráticos que una sociedad conquistó a través de generaciones.

Sacrificar el mercado interno a cambio de unas exportaciones, ¿qué significa para un país como Colombia desde el punto de vista económico y social?

Para cualquiera significaría más empobrecimiento de los pobres. Es decir, ¿todo el incremento de las exportaciones a dónde va? A las empresas exportadoras. ¿Cuáles son las empresas exportadoras? Son las más grandes empresas. Y en ninguno de nuestros países las más grandes empresas dan más del 2 o 3 por ciento del empleo. El 80 por ciento del empleo lo crea la micro, pequeña y mediana empresa. En el caso de Chile, por ejemplo, el uno por ciento de las empresas se apropia del producto interno bruto y eso no lo refleja el PIB. Se dice, el PIB creció. Se habla de un éxito. ¿Pero, cuál es la verdad dentro de ese crecimiento? Esa es la historia que nunca se cuenta.

¿Cómo alcanzar un desarrollo económico a escala humana? ¿Que importancia tiene esta teoría para América Latina en estos momentos de crisis social?

Yo creo que es importante en América Latina y en cualquier lugar del mundo, pero hay que entender una cosa: no se trata de una política nacional de desarrollo a escala humana. El desarrollo a escala humana son acciones orientadas hacia los niveles locales y regionales, y por eso se define como un proceso de desarrollo que va creciendo de abajo hacia arriba, donde la gente no queda marginada sino que, al contrario, son los actores principales del proceso. Por eso se llama “escala humana”.

Hay muchos lugares en el mundo donde se están aplicando estos principios, mucho más allá de lo que nos imaginamos cuando surgió la teoría. Lo interesante es que, como el desarrollo a escala humana no es un modelo, sino una sugerencia de una manera distinta de ver el mundo en torno a lo que son las necesidades humanas, no hay nada de rígido en ella. Puede aplicarse de muchas maneras y en muchísimos entornos, no solo para el desarrollo sino, incluso, en la psicología clínica en la que se trabaja con las matrices de necesidades.

Hay muchos lugares del mundo en donde aplican acciones de este tipo. Tal vez lo más espectacular es en el sur de África –Sudáfrica, Namibia, Lesotho–, donde hay más de 250 grupos que construyen una red de desarrollo a escala humana trabajando a nivel local, en grupos de iglesias u ONG de todo tipo, como las ambientalistas.

En Australia se han hecho aportes metodológicos notables. Acabo de recibir un informe de ellos, quienes se han dedicado a medir la cohesión social en ciudades pequeñas, usando una metodología muy interesante. Médicos colombianos acaban de hacer un estudio sobre la correlación entre los niveles de insatisfacción de las necesidades fundamentales y estados de depresión. Al parecer hay una altísima relación entre gente depresiva y la insatisfacción. Eso se utiliza mucho, aunque, por cierto, no tiene impacto ni efecto en los altos niveles de toma de decisiones, porque el desarrollo a escala humana no provoca mucho crecimiento del producto interno bruto.

¿Qué significado tiene que el Banco Mundial y el FMI estén hoy hablando de un desarrollo de las comunidades desde la base?

Yo diría que eso es cosmética. A eso yo no le veo mayor trascendencia. Ahora que el Banco Mundial y el Fondo Monetario cumplieron 60 años, han reconocido que cometieron graves errores, pero debieron haberlo hecho hace unos 30 años, y el mundo sería distinto. Yo creo que la solución ya no está, de ninguna manera, en esos dos órganos creados en la reunión de Bretton Woods en 1944. Habría que inventarlos de nuevo porque fueron concebidos para un mundo completamente distinto.

¿Y sobre la economía descalza, qué nos puede decir?

La economía descalza es la que debieran practicar todos los estudiantes de economía, por lo menos un semestre antes de graduarse. Tendríamos otro mundo. La economía descalza consiste en que el economista se quite los zapatos, se meta entre el barro, mire frente a frente y cara a cara a 'Juan López', flaco, con hambre, con 5 hijos. ¿Qué le dice? “Oye López, alégrate que estamos creciendo al 5 por ciento” y López se va a alegrar mucho, y se va a ir a la casa feliz. No. Cuando el economista meta los pies en el barro tiene que cambiar su discurso y saber que todo lo convencional que aprendió no le sirve absolutamente para nada. Y si todos lo economistas antes de graduarse tuviesen seis meses de experiencia con los pies en el barro, tendríamos un mundo distinto.

Profesor Max-Neef, ¿qué opina de la experiencia de Venezuela?

Yo no se si se puede hablar de experiencia de Venezuela, porque todavía no hay experiencia, recién comienza. Por otro lado, Venezuela es un país escandalosamente rico, con gente escandalosamente pobre, lo que no coincide con la situación general de América Latina. Con la riqueza que tiene Venezuela se puede dar muchos lujos.

Entonces ¿hasta qué punto el discurso de Venezuela en este momento puede estar respaldado en la riqueza que tiene? ¿Podría ese discurso hacerse en Ecuador o Bolivia con el vigor de Chávez? No sé. Lo que sí me gusta es que es una posición abiertamente contraria al estilo de globalización que se ha impuesto, pero no me atrevo a decir cuán sólida realmente es. El discurso es atractivo, pero creo que la experiencia no ha ocurrido, se verá en 10 o 15 años.

Por último: ¿cómo ve el poderío de Estados Unidos en la región?

Yo preferiría que usted me hiciera la pregunta al revés: ¿a qué atribuye que toda América Latina sea tan sumisa frente a Estados Unidos? Esa es de más peso. Desgraciadamente nosotros los latinoamericanos somos, en un amplísimo grado, culpables de todo lo que nos ocurre. Estamos acostumbrados a echarle la culpa a otro y creernos inocentes, y eso no es así. Estados Unidos hace lo que hace porque el 90 por ciento de nosotros estamos de acuerdo en que lo haga.

 


Apartes de la conferencia dictada por el profesor Manfred Max-Neef,
el 25 de octubre de 2004, en la Universidad Javeriana de Bogotá

 

Por impopular que parezca, me propongo demostrar a lo largo de esta conferencia que las promesas de generalizado progreso y bienestar que se suponen de libre comercio globalizado y de sus correspondientes tratados, son una gran ilusión, que sólo logra sustentarse sobre la base de una planificada desinformación pública a nivel mundial, promovida por los oligopolios transnacionales, que son los únicos realmente beneficiados.

Detrás de todo gran proceso histórico hay un lenguaje dominante, y el que se ha hecho dominante en los últimos tiempos corresponde a la ideología neoliberal. Ideología, por cierto, tan poderosa que ha logrado en tres o cuatro décadas lo que el Cristianismo o el Islam no lograron en dos mil años, que es conquistar el mundo entero.

De hecho, estoy convencido de que el lenguaje neoliberal sólo puede entenderse si se le analiza como lenguaje religioso: pretende salvar al mundo entero. Es simplista, dogmático e intolerante. Promete el paraíso a los fieles y condena a los herejes al infierno. Tiene su Santísima Trinidad: crecimiento económico, libre comercio y globalización. Cuenta con su propio Vaticano: el Fondo Monetario, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, que como buen Vaticano que se precie, es, por cierto, infalible; sabe lo que es bueno para nosotros y, en aras de nuestra salvación, lo impone. Los planteamientos que siguen dejarán en evidencia que esta aparente caricatura, es, en realidad, el fiel retrato de lo que define a nuestro tiempo.

El Nafta

No deja de ser sorprendente que la experiencia del Nafta entre Estados Unidos, Canadá y México haya sido tan poco difundida en cuanto a sus verdaderos y más profundos efectos, con el fin de que otras naciones puedan alcanzar sus propias conclusiones. Ello es, por cierto, parte del propósito de desinformación a que ya se ha hecho referencia. Sólo se publicitan los indicadores macroeconómicos que generalmente resultan favorables pero se oculta cuidadosamente la historia humana que está detrás de dichos indicadores. Veamos, pues, cual ha sido la historia profunda.

El Nafta fue un golpe brutal para la pequeña agricultura autosuficiente del maíz, principalmente en manos de campesinos indígenas, tal como los rebeldes zapatistas trataron de comunicarlo al mundo en 1994, hace ya diez años. Las tierras campesinas se hicieron vulnerables a la competencia subsidiada de Estados Unidos, y abiertas a ser adquiridas por intereses corporativos.

Hasta 1988 México protegió su sistema de producción de maíz, frente al maíz artificialmente barato de los Estados Unidos. Hay que tener presente que este es un alimento básico producido por 2,5 millones de pequeños campesinos, principalmente de origen indígena. La mitad de la tierra cultivable de México está dedicada al maíz, que es importante no sólo por razones económicas, sino por profundas razones culturales. El maíz nació en México, es México, de hecho siempre se consideró que el programa del maíz era “de facto un programa rural de empleo y antipobreza”. Sin embargo, para asegurar su integración al Nafta, México se vio en la necesidad de promulgar una serie de reformas en el sector agrícola, entre ellas, el desmantelamiento de las granjas cooperativas (los tradicionales ejidos), además de renunciar a la protección de su maíz. Como resultado, millones de campesinos fueron desplazados durante la primera década de vigencia del tratado. Este es un patrón que se repite internacionalmente, creando problemas de sobrepoblación en las megaciudades del Tercer Mundo, a las que llegan emigrantes rurales en busca de empleos que no existen.

El supuesto de que mejorarían los salarios más bajos como producto del libre comercio, tampoco se ha concretado. El hecho de que como resultado de la libre importación de maíz de Estados Unidos se produzca la ruina de los campesinos mexicanos, con el consecuente desplazamiento de los mismos, incrementando así los niveles de desempleo, obviamente incide de manera negativa en el nivel medio de los salarios. Resulta así que, paradójicamente, México hace posible que el maíz de Estados Unidos se mantenga con precios artificialmente bajos. Sepan ustedes que en este momento el 35 por ciento del maíz que se consume en el país es subsidiado en Estados Unidos y una buena parte es de origen transgénico, lo cual genera catástrofes como la destrucción de los maíces originales, porque la polinización entre un transgénico y una variedad original aniquila esta última.

Antes del Nafta, la liberalización del comercio generó algunos éxitos en México, al incrementar y diversificar exportaciones no petroleras. Sin embargo, las importaciones continuaron sobrepasando el nivel de las exportaciones. Un número importante de pequeñas y medianas empresas (que dan empleo al 80 por ciento de los trabajadores mexicanos) simplemente no pudo sobrevivir a los competidores internacionales (especialmente del Sudeste Asiático y de Estados Unidos en cuanto a sus productos altamente subsidiados). El Nafta ha tenido efectos similares.

El Nafta es un modelo de desarrollo que aquellos que conforman las estructuras de poder en Norteamérica y la Unión Europea se esfuerzan por imponer al resto de las sociedades del mundo. Se trata –volviendo al caso mexicano– de un modelo que rechaza por antieconómico el hecho de que el 26 por ciento de la fuerza de trabajo produzca un 7 por ciento del PIB en el sector agrícola. La propuesta de quienes apoyan el Nafta, es hacer cirugía; es decir, reducir la población rural al 10 por ciento de la fuerza de trabajo. Como ha predicho el Subsecretario de Agricultura, unos 10 millones de granjeros y trabajadores serán expulsados del campo en el curso de la década.

El Nafta ha eliminado el derecho de México a la autosuficiencia alimentaria, imponiendo una doctrina según la cual el sistema agrícola mexicano debe hacerse complementario del de los Estados Unidos.

El Gatt y la OMC

Iniciativas como el Nafta y como el TLC que Colombia empezó a discutir en Guayaquil, son parte de un proceso mayor y de poder incalculable, surgido de las negociaciones de la llamada “Ronda de Uruguay” que, en el seno del Gatt y después de nueve años, dio origen a la Organización Mundial del Comercio (OMC). La aprobación de los acuerdos allí alcanzados ha institucionalizado una situación global, económica y política, que deja a todos los gobiernos del mundo prácticamente como rehenes, a merced de un sistema financiero y comercial global, controlado por las más poderosas corporaciones transnacionales. Tal sistema no está diseñado para promover la salud y el bienestar de los seres humanos, sino para exaltar el poder de las grandes corporaciones e instituciones financieras. Hoy en día, el mundo lo gobiernan las transnacionales y los gobiernos son solo administradores del gobierno de dichas corporaciones.

Bajo el nuevo sistema, muchas de las decisiones que afectan a miles de millones de personas ya no se toman a nivel de gobiernos locales o nacionales. El hecho es que una decisión importante proviene de un grupo de burócratas no elegidos, que se reúnen a puertas cerradas en Ginebra sin que nadie conozca su nombre. Los burócratas pueden decidir si la gente en Colombia puede prevenir o no la destrucción de sus últimos bosques nativos, o determinar si pesticidas carcinogénicos deben ser prohibidos en la producción de alimentos, o si un país europeo, por ejemplo, tiene el derecho de prohibir el uso de hormonas peligrosas en la producción de carne. Más aún, una vez que estos tribunales secretos emiten sus edictos, ninguna apelación externa es posible. Un país debe ajustar sus leyes o sufrir sanciones comerciales perpetuas. Lo que ahí se decide prima sobre toda la tradición jurídica que se haya desarrollado democráticamente en un país. El propósito es imponerse por sobre decisiones democráticas en materias tan íntimas como alimentación, conservación de tierras, agua y otros recursos.

Los tratados comerciales promueven la eliminación de restricciones que protegen a las personas e incrementan la protección de los intereses corporativos. Por ejemplo, las regulaciones comerciales con el propósito de proteger el medio ambiente, la salud y otras metas sociales están estrictamente limitadas dentro de la OMC. Derechos laborales, incluyendo la prohibición al trabajo infantil, han quedado marginados de los acuerdos, por considerarse como limitaciones inapropiadas al comercio global. Por otra parte, la protección a los derechos de propiedad de las corporaciones ha sido fortalecida a niveles monopólicos, incluido el de propiedad intelectual. El derecho a invertir capital en cualquier país sin restricciones locales también fue fortalecido.

Los planteamientos que definen las funciones y el alcance de la OMC no incluyen absolutamente ninguna consideración ambiental, de salud, de trabajo o de derechos humanos. Más aún, no hay nada en sus principios que garanticen transparencia, participación o accountability.

Una vez que un acuerdo comercial se completa, cualquier persona que desee conocer su contenido se enfrentará a un desafío hercúleo: la primera dificultad es obtener una copia del texto; la segunda es que los acuerdos se redactan de una manera innecesariamente compleja; y, la tercera, en muchos países el texto ni siquiera se encuentra. Cabe destacar en este sentido que muchísimos gobiernos alrededor del mundo nunca contaron con una traducción de los textos de acuerdo, pero los aprobaron de todos modos. En el caso de Japón, ni más ni menos, al momento de ser votado el proyecto que creaba la OMC en el Parlamento, no existía una versión japonesa del documento.

No deja de ser interesante la anécdota relatada por el distinguido abogado de los derechos civiles, Ralph Nader, en relación al caso de los Estados Unidos. Antes de que se realizara la votación en el Congreso, la Fundación que dirige ofreció públicamente US$10.000 a todos los congresistas, para ser donados a su obra benéfica preferida, que se comprometieran a firmar una affidavit declarando que habían leído el texto y que estaban dispuestos a contestar diez preguntas sobre su contenido. Ningún parlamentario se manifestó. Sin embargo, por alguna razón, la votación se postergó por un mes, y en ese entretanto el senador Hank Brown, republicano de Colorado, se manifestó dispuesto a aceptar el desafío. Firmó el affidavit y contestó satisfactoriamente las diez preguntas ante la televisión. Posteriormente declaró que él había decidido apoyar el proyecto pero que, después de haberlo leído detalladamente, se le hacía imposible.

La regla más inaudita es la siguiente: Los reglamentos y restricciones de la OMC son obligatorios en lo que respecta a las leyes federales, estatales o locales, y leyes futuras también. Como dice el texto: “Cada miembro deberá asegurar la conformidad de sus leyes, regulaciones y procedimientos administrativos, con las obligaciones que se proveen en el anexo del acuerdo”. Así, las leyes de todas las naciones deben ajustarse a las indicaciones de la OMC. De esta manera, todas las administraciones nacionales sacrifican su soberanía.

Pero ¿qué sucede si algún miembro de la OMC se siente negativamente afectado por una determinada decisión? De acuerdo a las reglas existentes, las recomendaciones que emanan de los paneles revisores de las causas deben ser automáticamente adoptadas después de sesenta días, a menos que haya un rechazo unánime de todos los países miembros. Ello significa que más de cien países, incluido el país que fue beneficiado con la decisión, deben votar en contra, lo que convierte las apelaciones en un sinsentido.

Propiedad intelectual

La concesión de patentes a gobiernos y corporaciones relacionadas con genes humanos, genera un panorama profundamente preocupante. Todo el genoma humano –las decenas de miles de genes que son nuestra más íntima herencia– será propiedad de un grupo de corporaciones y gobiernos. Estamos enfrentados a la privatización de nuestra herencia genética.

Vaya un ejemplo. La Oficina Europea de Patentes ya ha recibido una solicitud que permitiría patentar mujeres que, genéticamente manipuladas, podrían producir valiosas hormonas humanas en sus glándulas mamarias. La patente, solicitada conjuntamente por Baylor Collage of Medicine y Grenada Biosciences de Texas, fue redactada cuidadosamente, para que incluyera todas las hembras mamíferas, incluso las humanas.

Dicho todo esto, creo que es bastante clara mi posición como economista frente a esta seudoreligión que domina al mundo hoy en día; en virtud de ello, quisiera plantear brevemente cuáles son los fundamentos de la economía en la que yo creo. Esta se fundamenta en cinco postulados, en una observación y en un principio de valor.

El primero hace referencia a que la economía esta para servir a las personas, no las personas para servir a la economía; el segundo encuentra que el desarrollo tiene que ver con personas y no con objetos; tercero, el crecimiento no es lo mismo que el desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente del crecimiento; cuarto, ninguna economía es posible al margen de los servicios que prestan los ecosistemas; y quinto, la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito que es la biosfera y, por lo tanto, el crecimiento permanente es imposible.

La constatación es que el libre comercio puede ser comercio, pero prácticamente nunca es libre; y finalmente, el juicio de valor fundamental se refiere a que ningún interés económico bajo ninguna circunstancia puede estar por encima de la reverencia por la vida. Este es un listado bastante sensato, pero si miran el mundo real ninguna de las cinco condiciones que he mencionado se cumple, sino exactamente lo contrario. Todo lo que expuse anteriormente hace referencia al servicio que los individuos prestan a la economía y no el servicio de la última a la sociedad.

 


El Premio Nobel Alternativo

El Right Livelihood Award, conocido como el Premio Nobel Alternativo, fue establecido en 1980 por Jakob von Uexkull, un escritor sueco y miembro del Parlamento europeo, con el fin de honrar y apoyar a los que ofrecen respuestas prácticas y ejemplares a los problemas cruciales a los que se enfrenta el mundo de hoy. 

Los Right Livelihood Awards se presentan todos los años en una ceremonia en el Parlamento sueco, justo el día antes de las presentaciones del Premio Nobel. Dos millones de coronas suecas, unos 222.000 euros, suelen ser repartidos entre tres o cuatro ganadores, habitualmente organizaciones sin fines de lucro y activistas en diversos campos de los derechos humanos, la defensa de las minorías, el pacifismo y la protección del medio ambiente.

 

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