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A propósito de Auschwitz
Por Juan Diego García
Los 60 años de la liberación del campo de
exterminio de Auschwitz se conmemoran en todo el mundo de manera
especial como símbolo de la derrota del fascismo. Es, sin duda, una
ocasión muy adecuada para hacer un ejercicio de reflexión que vaya más
allá del comprensible acento en su dimensión sentimental o de las
explicaciones fáciles, cuando no interesadas, de unos medios de
comunicación cada vez más lejanos del supuesto papel de informadores
objetivos o de las versiones oficiales, más cercanas a la hipocresía o a
la superficialidad.
Los tópicos de costumbre parece que
desvanecen u ocultan los asuntos de fondo, esos que deberían ser
analizados para que los pueblos sean conscientes de su propia historia,
aprendan de ella y puedan así evitar caer en los mismos errores.
Se habla poco de las razones históricas que
produjeron el fenómeno del fascismo. Se habla menos aún de
responsabilidades. Apenas se educa a las nuevas generaciones de manera
que el pasado se oculte o deforme tras el velo espeso de la ideología.
En la tarea de buscar las razones del
fascismo, se echa de menos, por ejemplo, preguntarse sobre el papel del
gran capital industrial y bancario en su ascenso. En los artículos que
ahora inundan los periódicos, debería hacerse, al menos, mención de los
grandes beneficios que la Segunda Guerra trajo a los conglomerados
industriales y bancarios que –con sobrada razón– estuvieron desde el
comienzo apoyando los planes bélicos y alentando al fascismo como
sistema político. Y no solo en Alemania. Las simpatías por el fascismo
eran muy generales entre los capitalistas de la Europa de entonces, no
menos que entre grandes empresarios estadounidenses, como Henry Ford o
la misma familia Bush, que mantenía relaciones muy provechosas con
empresas alemanas, inclusive cuando ya había estallado la guerra
(recibieron una multa después del conflicto… ¡los pobres!). Siempre se
ha dicho que algunas empresas (la ITT, por ejemplo) vendían sus
mercancías a ambos bandos y que los capitalistas europeos actuaron como
de común acuerdo, poniendo buena parte de sus riquezas en Suiza, cuya
neutralidad fue respetada por razones obvias. Hasta los bienes robados a
los judíos se depositaron en honorables bancos helvéticos y solo hasta
hoy han devuelto parte de ellos a sus dueños o a sus legítimos
herederos.
Quienes negociaron con la guerra, quienes
se lucraron con los crímenes del fascismo, nunca se sentaron en el
banquillo de los acusados. Sus hijos y nietos siguen allí, al frente de
los mismos grandes conglomerados industriales y bancarios. Cabría
preguntarse en qué medida esos mismos grupos de la iniciativa privada
que ayer fueron tan solícitos en apoyar la guerra y el fascismo están
hoy igualmente prestos a dar aliento a las guerras actuales. Y, más que
preguntarse por culpables, sería importante dilucidar públicamente el
sistema que permite que estos vínculos se establezcan y funcionen.
En la guerra que adelantan hoy los Estados
Unidos en Afganistán e Irak, es de público conocimiento el papel
decisivo que juega lo que en su día el presidente Eisenhower llamó “el
complejo militar-industrial” y los grandes consorcios del petróleo. El
debate es igualmente pertinente en Europa, con motivo de la aprobación
de su primera Constitución que valida un cierto empeño bélico a la UE.
¿Estamos ante una carrera armamentista europea? ¿Se cuenta con
suficientes mecanismos para garantizar que no se vuelva a repetir la
historia, ahora, precisamente cuando el neofascismo parece renacer?
Tampoco parece bueno olvidar que el
fascismo no fue, en modo alguno, un fenómeno alemán, italiano o ibérico.
El fascismo no fue un problema nacional sino de clases sociales, de un
modelo político, frente al cual los diversos grupos de intereses
reaccionaron favorable o desfavorablemente según les afectase. Es muy
cómodo afirmar que el fenómeno nazi es un asunto exclusivo de los
alemanes. Es cómodo si se quiere ocultar que el modelo de Mussolini y de
Hitler tenía grandes simpatías en casi toda Europa, y no precisamente
entre las clases trabajadoras. Sectores nada desdeñables de la pequeña
burguesía y de los capitalistas veían con muy buenos ojos el nuevo orden
que terminaba con las huelgas, los sindicatos, los partidos obreros y,
sobre todo, con el comunismo. Sacrificar todos los principios liberales
de la democracia burguesa no parecía tan terrible si con ello se
conjuraba el peligro de una revolución bolchevique en la Europa
industrial de entonces. Fueron muchos los capitalistas que anhelaron que
Hitler y sus huestes derrotaran a la URSS, ya que su principal enemigo
era el socialismo, no el fascismo.
Menos aún debe olvidarse que tanto el
fascismo como la misma guerra tienen un vínculo muy estrecho con la
manera desigual como se desarrolló el capitalismo en Europa y como se
expandió por el mundo (colonialismo). No es por azar que Alemania, que
llega tarde a la repartición del planeta, sea precisamente la potencia
que desencadena las dos grandes conflagraciones del siglo XX. La
“teoría” del espacio vital (Lebensraum) no era otra cosa que la
exigencia de colonias para el capital expansivo de Alemania.
Al mismo tiempo, es muy útil recordar que
en los países en donde el fascismo triunfó, la resistencia no fue poca.
Los campos de concentración se erigieron, en primer lugar, para reducir
y aniquilar a la resistencia interna (comunistas, socialistas,
liberales, cristianos objetores). Los judíos vinieron luego.
Resulta pues inexacto identificar nazismo
con Alemania, asumiendo al mismo tiempo que no había nazis en los otros
países de Europa. La simpatía de sectores importantes de las clases
medias con el ocupante nazi en Francia es uno de esos recuerdos que en
ese país muchos prefieren olvidar. El papel del heredero de la corona
británica en las intentonas de introducir el régimen nazi en su país es
ya muy conocido. Seguramente el noble caballero no estaba solo en su
propósito. También es inexacto reducir el holocausto al sacrificio de
millones de judíos, haciendo muy poca justicia histórica a las demás
víctimas del fascismo. Aunque los registren poco los medios de
comunicación y aunque no los lleve al cine la maquinaria interesada y
manipuladora de Hollywood, lo cierto es que por esos campos de
exterminio pasaron, además de los presos políticos y los judíos, los
homosexuales, los gitanos (literalmente aniquilados en Alemania), los
discapacitados, las gentes pertenecientes a “pueblos inferiores” y
aquellos que llamaban “apátridas”, como los republicanos españoles que,
derrotados en la Guerra Civil, aparecen luego en la Resistencia y en los
campos de concentración. Miles de combatientes republicanos terminaron
en esos campos; de ellos solo sobrevivieron unos pocos.
Existen otras versiones sobre la Segunda
Guerra con omisiones clamorosas. Se asume, por ejemplo, que este
conflicto es un asunto básicamente europeo, desconociendo la enorme
carga de dolor y muerte que tuvieron que soportar otros pueblos, en
especial en Asia. La crueldad del imperialismo nipón va muy pareja con
los horrores nazis, y el uso de la bomba atómica contra dos ciudades
japonesas carece de toda justificación y es a todas luces un crimen de
guerra, similar, por su naturaleza, al bombardeo y destrucción de Dresde.
Las bombas contra la población civil son siempre criminales, ya sea el
objetivo Guernica, Dresde, Hiroshima o Londres.
Conviene recordar también que de los
cuarenta millones de muertos en Europa, veinte corresponden a la Unión
Soviética. Por muy destacable que haya sido la lucha en las playas de
Normandía o en el desembarco en Sicilia, está lejos del sacrificio
heroico de soldados y civiles soviéticos en el largo cerco a Stalingrado,
no solo por su dimensión humana innegable sino porque precisamente fue
en esta batalla en donde se selló la derrota del ejército nazi.
Una reflexión sobre el fascismo es hoy por
hoy de gran utilidad y pertinencia. No es difícil observar cómo se dan
en la actualidad fenómenos sociales y políticos de gran similitud con
aquellos que desencadenaron el nazismo y la guerra: crisis de la
democracia representativa (partidos políticos, parlamentos,
instituciones), crisis de los valores de la solidaridad y avance de la
xenofobia y el racismo, inestabilidad recurrente de la economía, pugnas
agudas por controlar mercados y materias primas, carrera de armamentos,
deterioro constante de los derechos civiles y las libertades
individuales (con el pretexto de luchar “contra el terrorismo”), fusión
grosera y pública de grandes intereses empresariales con el poder
político corrompiendo los mecanismos democráticos de toma de decisiones,
guerras abiertas, o en ciernes, con las cuales se busca desalojar a
competidores molestos y –como no podía ser menos– demonización de toda
opinión diferente, de la diferencia, de la pluralidad, en aras de un
nacionalismo feroz, un patriotismo enfermizo y un unanimismo que condena
sin reparos toda desviación del pensamiento único.
Hoy, los llamados neonazis, aunque pocos,
son ya un peligro. No hay que olvidar que el partido de Hitler era
minoritario hasta que resultó muy útil al gran capital alemán. La
xenofobia aún no predomina; pero tampoco al comienzo eran antisemitas
activos todos los ciudadanos alemanes. Aún se goza de amplios derechos
civiles en el mundo rico; pero las tendencias a reducirlos son claras y
deben ser denunciadas.
El pasado 27 de enero recordamos, para ser
justos, que aquella mañana de invierno liberaron a los cautivos del
nazismo en el campo de exterminio de Auschwitz, los soldados del
Ejercito Rojo de la Unión Soviética.
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