Bogotá, abril-julio de 2005 -Nº 10   ISSN 01246704


A propósito de Auschwitz

Por Juan Diego García


Los 60 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz se conmemoran en todo el mundo de manera especial como símbolo de la derrota del fascismo. Es, sin duda, una ocasión muy adecuada para hacer un ejercicio de reflexión que vaya más allá del comprensible acento en su dimensión sentimental o de las explicaciones fáciles, cuando no interesadas, de unos medios de comunicación cada vez más lejanos del supuesto papel de informadores objetivos o de las versiones oficiales, más cercanas a la hipocresía o a la superficialidad.

Los tópicos de costumbre parece que desvanecen u ocultan los asuntos de fondo, esos que deberían ser analizados para que los pueblos sean conscientes de su propia historia, aprendan de ella y puedan así evitar caer en los mismos errores.

Se habla poco de las razones históricas que produjeron el fenómeno del fascismo. Se habla menos aún de responsabilidades. Apenas se educa a las nuevas generaciones de manera que el pasado se oculte o deforme tras el velo espeso de la ideología.

En la tarea de buscar las razones del fascismo, se echa de menos, por ejemplo, preguntarse sobre el papel del gran capital industrial y bancario en su ascenso.  En los artículos que ahora inundan los periódicos, debería hacerse, al menos, mención de los grandes beneficios que la Segunda Guerra trajo a los conglomerados industriales y bancarios que –con sobrada razón– estuvieron desde el comienzo apoyando los planes bélicos y alentando al fascismo como sistema político. Y no solo en Alemania. Las simpatías por el fascismo eran muy generales entre los capitalistas de la Europa de entonces, no menos que entre grandes empresarios estadounidenses, como Henry Ford o la misma familia Bush, que mantenía relaciones muy provechosas con empresas alemanas, inclusive cuando ya había estallado la guerra (recibieron una multa después del conflicto… ¡los pobres!). Siempre se ha dicho que algunas empresas (la ITT, por ejemplo) vendían sus mercancías a ambos bandos y que los capitalistas europeos actuaron como de común acuerdo, poniendo buena parte de sus riquezas en Suiza, cuya neutralidad fue respetada por razones obvias. Hasta los bienes robados a los judíos se depositaron en honorables bancos helvéticos y solo hasta hoy han devuelto parte de ellos a sus dueños o a sus legítimos herederos.

Quienes negociaron con la guerra, quienes se lucraron con los crímenes del fascismo, nunca se sentaron en el banquillo de los acusados. Sus hijos y nietos siguen allí, al frente de los mismos grandes conglomerados industriales y bancarios. Cabría preguntarse en qué medida esos mismos grupos de la iniciativa privada que ayer fueron tan solícitos en apoyar la guerra y el fascismo están hoy igualmente prestos a dar aliento a las guerras actuales. Y, más que preguntarse por culpables, sería importante dilucidar públicamente el sistema que permite que estos vínculos se establezcan y funcionen.

En la guerra que adelantan hoy los Estados Unidos en Afganistán e Irak, es de público conocimiento el papel decisivo que juega lo que en su día el presidente Eisenhower llamó “el complejo militar-industrial” y los grandes consorcios del petróleo. El debate es igualmente pertinente en Europa, con motivo de la aprobación de su primera Constitución que valida un cierto empeño bélico a la UE. ¿Estamos ante una carrera armamentista europea? ¿Se cuenta con suficientes mecanismos para garantizar que no se vuelva a repetir la historia, ahora, precisamente cuando el neofascismo parece renacer?

Tampoco parece bueno olvidar que el fascismo no fue, en modo alguno, un fenómeno alemán, italiano o ibérico. El fascismo no fue un problema nacional sino de clases sociales, de un modelo político, frente al cual los diversos grupos de intereses reaccionaron favorable o desfavorablemente según les afectase. Es muy cómodo afirmar que el fenómeno nazi es un asunto exclusivo de los alemanes. Es cómodo si se quiere ocultar que el modelo de Mussolini y de Hitler tenía grandes simpatías en casi toda Europa, y no precisamente entre las clases trabajadoras. Sectores nada desdeñables de la pequeña burguesía y de los capitalistas veían con muy buenos ojos el nuevo orden que terminaba con las huelgas, los sindicatos, los partidos obreros y, sobre todo, con el comunismo. Sacrificar todos los principios liberales de la democracia burguesa no parecía tan terrible si con ello se conjuraba el peligro de una revolución bolchevique en la Europa industrial de entonces. Fueron muchos los capitalistas que anhelaron que Hitler y sus huestes derrotaran a la URSS, ya que su principal enemigo era el socialismo, no el fascismo.

Menos aún debe olvidarse que tanto el fascismo como la misma guerra tienen un vínculo muy estrecho con la manera desigual como se desarrolló el capitalismo en Europa y como se expandió por el mundo (colonialismo). No es por azar que Alemania, que llega tarde a la repartición del planeta, sea precisamente la potencia que desencadena las dos grandes conflagraciones del siglo XX. La “teoría” del espacio vital (Lebensraum) no era otra cosa que la exigencia de colonias para el capital expansivo de Alemania.

Al mismo tiempo, es muy útil recordar que en los países en donde el fascismo triunfó, la resistencia no fue poca. Los campos de concentración se erigieron, en primer lugar, para reducir y aniquilar a la resistencia interna (comunistas, socialistas, liberales, cristianos objetores). Los judíos vinieron luego.

Resulta pues inexacto identificar nazismo con Alemania, asumiendo al mismo tiempo que no había nazis en los otros países de Europa. La simpatía de sectores importantes de las clases medias con el ocupante nazi en Francia es uno de esos recuerdos que en ese país muchos prefieren olvidar. El papel del heredero de la corona británica en las intentonas de introducir el régimen nazi en su país es ya muy conocido. Seguramente el noble caballero no estaba solo en su propósito. También es inexacto reducir el holocausto al sacrificio de millones de judíos, haciendo muy poca justicia histórica a las demás víctimas del fascismo. Aunque los registren poco los medios de comunicación y aunque no los lleve al cine la maquinaria interesada y manipuladora de Hollywood, lo cierto es que por esos campos de exterminio pasaron, además de los presos políticos y los judíos, los homosexuales, los gitanos (literalmente aniquilados en Alemania), los discapacitados, las gentes pertenecientes a “pueblos inferiores” y aquellos que llamaban “apátridas”, como los republicanos españoles que, derrotados en la Guerra Civil, aparecen luego en la Resistencia y en los campos de concentración. Miles de combatientes republicanos terminaron en esos campos; de ellos solo sobrevivieron unos pocos.

Existen otras versiones sobre la Segunda Guerra con omisiones clamorosas. Se asume, por ejemplo, que este conflicto es un asunto básicamente europeo, desconociendo la enorme carga de dolor y muerte que tuvieron que soportar otros pueblos, en especial en Asia. La crueldad del imperialismo nipón va muy pareja con los horrores nazis, y el uso de la bomba atómica contra dos ciudades japonesas carece de toda justificación y es a todas luces un crimen de guerra, similar, por su naturaleza, al bombardeo y destrucción de Dresde. Las bombas contra la población civil son siempre criminales, ya sea el objetivo Guernica, Dresde, Hiroshima o Londres.

Conviene recordar también que de los cuarenta millones de muertos en Europa, veinte corresponden a la Unión Soviética. Por muy destacable que haya sido la lucha en las playas de Normandía o en el desembarco en Sicilia, está lejos del sacrificio heroico de soldados y civiles soviéticos en el largo cerco a Stalingrado, no solo por su dimensión humana innegable sino porque precisamente fue en esta batalla en donde se selló la derrota del ejército nazi.

Una reflexión sobre el fascismo es hoy por hoy de gran utilidad y pertinencia. No es difícil observar cómo se dan en la actualidad fenómenos sociales y políticos de gran similitud con aquellos que desencadenaron el nazismo y la guerra: crisis de la democracia representativa (partidos políticos, parlamentos, instituciones), crisis de los valores de la solidaridad y avance de la xenofobia y el racismo, inestabilidad recurrente de la economía, pugnas agudas por controlar mercados y materias primas, carrera de armamentos, deterioro constante de los derechos civiles y las libertades individuales (con el pretexto de luchar “contra el terrorismo”), fusión grosera y pública de grandes intereses empresariales con el poder político corrompiendo los mecanismos democráticos de toma de decisiones, guerras abiertas, o en ciernes, con las cuales se busca desalojar a competidores molestos y –como no podía ser menos– demonización de toda opinión diferente, de la diferencia, de la pluralidad, en aras de un nacionalismo feroz, un patriotismo enfermizo y un unanimismo que condena sin reparos toda desviación del pensamiento único.

Hoy, los llamados neonazis, aunque pocos, son ya un peligro. No hay que olvidar que el partido de Hitler era minoritario hasta que resultó muy útil al gran capital alemán. La xenofobia aún no predomina; pero tampoco al comienzo eran antisemitas activos todos los ciudadanos alemanes. Aún se goza de amplios derechos civiles en el mundo rico; pero las tendencias a reducirlos son claras y deben ser denunciadas.

El pasado 27 de enero recordamos, para ser justos, que aquella mañana de invierno liberaron a los cautivos del nazismo en el campo de exterminio de Auschwitz, los soldados del Ejercito Rojo de la Unión Soviética.

 

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