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Lengua e imaginación
Locura y muerte de Don
Quijote de la Mancha
Julio César Goyes Narváez
Una sociedad en constante conflicto como la
nuestra, cercada por la complejidad de las interacciones, exige buena
dosis de competencia comunicativa. Participar en la acción comunicativa
supone el compromiso con una forma de conducta gobernada por reglas y
códigos. Y para participar con éxito en el entramado de la vida social,
disponemos de un conjunto de conocimientos interiorizados en forma de
habilidades comunicativas, unas innatas y otras aprendidas, pero todas
capaces de poner a nuestra disposición la estrategia más adecuada para
cada experiencia. La lengua es el resultado complejo de un
perfeccionamiento del sistema de comunicación existente y permite
asociar un objeto o una idea a una combinación y selección de sonidos y
sentidos; es el principal sistema capaz de captar de manera abstracta el
mundo y representar la realidad. Entre lo real construido y el lenguaje
simbólico media la lengua imaginaria, por eso no podemos hablar de la
lengua española sin hacer referencia a la lengua creativa.
El idioma es sin duda el pulso en el
desarrollo cultural de un pueblo; como organismo vivo está en continua
modificación, ya sea por la influencia de otras lenguas o por los
descubrimientos de nuevas formas de expresarse. La fuerza de una lengua
está en su imaginación poética. Han sido los escritores –oyendo las
voces de los pueblos de España e Hispanoamérica– quienes enriquecen de
matices y formas la lengua española. Con Andrés Bello, Rubén Darío, Juan
Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Machado, por ejemplo, la palabra
castellana se modernizó tomando vuelo musical y meditativo; con el
tratamiento sociológico y antropológico de Miguel Ángel Asturias, Alejo
Carpentier, Gabriel García Márquez y Onetti, para sólo nombrar algunos,
fue posible reconocernos latinoamericanos, diferentes y diversos en la
unidad, pues la lengua era una sola, más su práctica polifónica y
multiétnica; con Gabriela Mistral, Pablo Neruda y César Vallejo
aprendimos a soñar y a sufrir a América levantándola como un ave que una
vez construido el nido, construye, como consecuencia, el vuelo; sin la
filosofía de los espejos de Borges no hubiéramos pasado a la otra
orilla, ni sentido la maravilla de ser tan universales; fue la soledad y
la cotidianidad maravillosa de Cortazar y Rulfo la que le dio identidad
al español en otras lenguas; fue la poesía honda y vital de Octavio Paz
la que puso el «pasado en claro» y arraigó en el inconsciente la
turbulencia y fascinación del siglo veinte.
En los últimos tiempos el contacto entre
los pueblos ha sido cada vez más frecuente e intenso; lo producen los
movimientos culturales, los viajes, los negocios, la globalización, las
nuevas tecnologías, el funesto contacto de las guerras. De este modo las
lenguas ya no se conservan tan puras, pero mantienen lo esencial, lo
identificable. La lengua española ha sufrido cambios pero también ha
resistido las innovaciones con la madurez del tiempo; entre la academia,
siempre normativa, y el uso, siempre trasgresor, existe una tensión
dinámica que equilibra la comunicación; con razón el filólogo noruego
Juan Federico Storn escribe que «el español es de rara fuerza, majestad
y armonía; cualidades que acaso no reúne en más alto grado ninguna otra
lengua moderna. Sólo los idiomas clásicos lo superan en perfección».
El origen del español se encuentra en el
latín que hablaba el pueblo, distante del latín literario clásico. La
lengua vernácula o vulgar comienza a diferenciarse en las distintas
partes del Imperio hacia el siglo III d. C. Esta lengua se asienta sobre
el sustrato de las distintas lenguas habladas en la Península antes de
la romanización, lo que constituye un primer factor de diferenciación. A
ello han de añadirse las invasiones germanas (sobre todo visigodos) y
árabes. Después, hacia el siglo VIII, comienzan los síntomas de
fragmentación de la unidad lingüística peninsular.
El año de 1492 es importante en la historia
de España, pues culmina la reconquista y se descubre e inicia la
colonización de América; es también un año crucial para la lengua
española y para el Imperio que lo acompaña; fue entonces cuando Antonio
de Nebrija publica la Gramática Castellana, dándole a los españoles y a
sus colonias un idioma particular que deslumbraría en las letras del
«Siglo de Oro»: El pastoril, sereno y armónico Garcilazo; la profundidad
meditativa y la belleza neoplatónica de Fray Luis de León; la poderosa
originalidad y fuerza barroca de Góngora; la mirada honda de Cetina; la
brillantez metafórica de Herrera; la genial multiexpresividad
nacionalista de Lope de Vega; la simbolización y el lirismo de Calderón.
Un idioma con el que Miguel de Cervantes Saavedra exaltará la
imaginación y universalizará la condición humana en todo su esplendor,
en una de las aventuras más delirantes y conmovedoras de la historia de
la literatura universal: Don Quijote de la Mancha. Porque como dice él
mismo, a propósito de sus Novelas Ejemplares: «Yo soy el primero que he
novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan
impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías
propias, ni imitadas, ni hurtadas. Heles dado este nombre de ejemplares,
y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar ejemplo
provechoso».
El 23 de abril de 1616, unos pocos meses
después de aparecer la segunda parte de su novela, deja de existir el
caballero enigmático y portentoso escritor de la «dulce figura», del
ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes fue un
soñador sin fin, profundo conocedor, primero de su soledad y sus ideales
y, por consiguiente, de los vericuetos del alma humana en su totalidad.
La primera parte de su famosa novela se publicó en 1605 y la segunda,
una vez apareció la de Avellaneda, salió a la luz en 1615, ambas al
cuidado de Juan de la Cuesta. En el siglo XVII se multiplicaron las
ediciones, aumentaron en el siglo XVIII e inundaron el mundo en el siglo
XX. Hoy hace parte del capital simbólico de la cultura universal, en sus
diversas formas de representación y búsqueda de sentidos, más allá de la
insistencia de Cervantes en que su novela tenía un claro propósito
contra los libros de caballería, puesto que estaba con “la mira puesta a
derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos
de tantos y alabados de muchos más”.
400 años después de haber dado a luz la
primera parte del Quijote, y a los 389 años de la muerte de su autor,
recordamos a don Alonso Quijano el Bueno, como un héroe imperecedero, un
hidalgo aficionado a las lecturas que de tanto vivir en ellas se le seca
el cerebro y pierde el juicio, en seguida cree que es caballero andante
y sale por el mundo en busca de aventuras. La lectura aquí es una
práctica vital, una acción estética y moral, puesto que en vez de cruzar
el umbral hacia la escritura, como lo hace Cervantes al escribir la
novela, Don Quijote prefiere irse lanza en ristre montado en Rocinante,
dialogando con su escudero y desafiando a todo aquel que ante sus ojos
promueva la injusticia.
Don Quijote se vuelve loco a causa de leer,
pero su locura consiste en alcanzar las esferas de lo imaginario
penetrando con absoluta contundencia la realidad patética que lo
acontece; es decir, es el deseo de estar de otro modo, de querer decir
con humor e ironía lo que de otra forma no podría decirse. En el
capítulo I, leemos:
En resolución, él se enfrascó tanto en su
lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los
días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer se le
secó el cerebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la
fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos,
como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores,
tormentas y disparates imposibles: y asentósele de tal modo en la
imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas
invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en
el mundo.
En el capítulo LXXIV nos anuncia Cervantes
la muerte de Don Quijote, diciendo que las “cosas humanas no son
eternas, que se acerca su acabamiento, su fin y por su puesto Don
Quijote no está exento”; pero para Borges, por ejemplo, esto no es
cierto, porque Don Quijote no es de carne y hueso, no está sujeto a la
muerte sino al sueño de Cervantes para tratar de ser más real con su
héroe; sin embargo, Don Quijote no era una ficción para Cervantes, como
tampoco lo es ahora para nosotros; lo hemos apropiado, lo hemos
capturado en el tiempo y en el espacio, es decir, históricamente.
En la imaginación podemos morir y renacer,
pero también podemos ir a la locura y volver a la cordura. La escritura
de Cervantes no únicamente es ingeniosa, sino además cruel y
conmovedora, pues va a hacer que su personaje principal recupere la
razón para que el patetismo de esa vida encuentre sentido en la
existencia de Cervantes que, al fin y al cabo, comienza a ser la del
hombre moderno. Don Quijote vuelve a la cordura mientras los otros
personajes, como la sobrina, el bachiller, el barbero y el mismo Sancho,
parecen sostenerse en el mundo ilusorio y fantástico del héroe a punto
de morir. Para Jorge Luis Borges, y desde luego, para nosotros también,
es maravillosa la forma como Cervantes hace volver a la razón a Don
Quijote de la Mancha, caído en la locura, de tanto leer libros de
caballería. Lo vuelve cuerdo a través de un sueño que tiene Don Quijote,
mientras convalece en el lecho; y lo maravilloso no es sólo el sueño,
sino el recurso de no contarlo al lector en la obra, de manera que no se
sabe cuál es ese sueño que volvió a convertir a Don Quijote en Don
Alonso Quijano. He allí el oscuro proceso del sueño y la importancia de
la facultad imaginativa en la transformación de los seres humanos. “Es
triste –escribe Borges– que veamos que Alonso Quijano vea a la hora de
su muerte que su vida entera ha sido un error y un disparate, una lucha
en un sueño, del cual despierta y del cual despertamos nosotros también
al final de la novela, cuando cerramos el libro, a la cruda realidad.
Aquí hay algo que ha caracterizado a Don Quijote y es su valentía,
primero con sus gigantes, paladines y demás ilusiones; y ahora con la
realidad: una muerte próxima y desolada”.
Al final, Sancho suplica a su amo y
caballero levantarse de su lecho y continuar las aventuras. Sancho Panza
sigue viviendo la vida propuesta por el héroe. Unamuno piensa que al
recuperar la razón Don Quijote, le pasa la locura a Sancho, pero Borges
cree que el escudero actúa así porque él le conoció como caballero
andante y no como el tranquillo Alonso Quijano. Las palabras de Sancho,
llorando, son:
No se muera vuesa merced, señor mío, si no
tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede
hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que
nadie lo mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire,
no sea perezoso, sino levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos
de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata
hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver.
Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa,
diciendo que por haber cinchado mal a rocinante le derribaron; cuántos
más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías, ser cosa
ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy
será vencedor mañana.
A esto Don Quijote responde convencido: “Yo
fui loco, y ahora soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha, y soy ahora
como he dicho, Alonso Quijano el bueno…”
Después de haber dado el testamento al
escribano, espera Cervantes tres días más para su muerte y esto le da
veracidad y fuerza a la obra. Pero en fin llegó el último de Don
Quijote, después de recibidos todos lo sacramentos y después de haber
abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías.
Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún
libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su
lecho tan sosegadamente y tan cristiano como Don Quijote; el cual, entre
composiciones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu:
quiero decir murió.
En opinión de Borges, todo el libro ha sido
escrito para esta última escena de la muerte, y la forma de anunciarla,
tan despectiva y descarnada, es una de las últimas crueldades que se han
cometido con el héroe de Cervantes. Pero al final hay una identificación
entre el creador y lo creado, una consolidación, un presentimiento,
“porque en el principio de la literatura está el mito, y así mismo en el
fin”, dejó escrito al final J. L. Borges en su “Parábola de Cervantes y
de Quijote”. Y es por esto que cuando recordamos a Don Quijote, tenemos
que necesariamente volver a pasar por el corazón y la memoria a
Cervantes, o viceversa, tejiendo deseos entre la realidad y la leyenda,
la derrota y la gloria, Sancho Panza y Don Quijote, Aldonsa-Dulcinea y
«la triste figura» del amor que nada alcanza, la vida real y los sueños.
La imagen del Quijote-Cervantes retorna con
su caballería andante, su heroísmo, su leyenda, su ascetismo; con un
autor como Cide Hamete Benengeli que escribe en lengua árabe y que
integra así las culturas; con su lectura ociosa pero creativa; con su
humor fruto del choque de los más altos ideales con la realidad; con los
géneros literarios que se cruzan e intertextualizan la obra: novela de
caballerías, novela pastoril, novela histórica, poesía, teatro y las
meditaciones –que hoy le damos el nombre de ensayo–. Novela moderna sin
duda, metaficción, ironía; porque como dice Don Quijote: «yo, Sancho,
nací para vivir muriendo». Es esta conciencia de nuestra contingencia la
que nos hace herederos de la lengua cervantina y hombres modernos
responsables de que la barbarie sea superada algún día por una verdadera
civilización.
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