Bogotá, abril-julio de 2005 -Nº 10 ISSN 01246704 |
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Entrevista con Lisandro Duque Pasión de gavilanes o la maquila en la televisión Por la redacción de Nueva Gaceta
Nueva Gaceta: El tema de la cultura y las consecuencias que el TLC traerá en Colombia y en los países involucrados en el tratado es de suma preocupación. ¿Cuál es su opinión al respecto? Lisandro Duque: En Colombia la reflexión sobre el problema de la cultura y el TLC es muy reciente. Cuando en junio de 2004 se conoció que empezaban las conversaciones del TLC, a todo el mundo el tema lo agarró fuera de base. Recuerdo un programa de televisión con César González y el ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero. Yo aspiraba a encontrar orientación en un par de economistas tan informados, pero no: lo único que me quedó claro –y con el tiempo eso no resultó tan cierto– fue que el TLC iba a ser la panacea para la exportación de frutas tropicales. Hasta ahí llegaba el análisis. Rudolf Hommes, también por esas fechas, pronosticaba que el TLC iban a ser ríos de leche y miel para Colombia. Eso sí me puso en alerta, porque yo a Hommes le tengo pánico. Ya cuando empezaron las negociaciones y el TLC peló el cobre y sacó las uñas, se despabilaron las comunidades financiera, tecnológica, intelectual, agrícola, las ONG que defienden la ecología y la biodiversidad, y se descubrió que los norteamericanos venían muy fogueados en esa discusión y que a los tres países (Perú, Ecuador y Colombia) la discusión los agarraba a quemarropa. Los norteamericanos venían con el bagaje de la Ronda de Uruguay del Gatt; el Nafta con México y Canadá, el TLC con Costa Rica, a la que dejaron en los físicos chiros, y con Chile, de infortunadas repercusiones. Todo mundo vio lo que se nos venía encima. En el sector de la telefonía, al proponer el TLC un desmantelamiento de la presencia de capital estatal en EPM y ETB, el libre comercio sería fatal y podría arruinar a esas empresas o dejarles las migajas de la telefonía fija que está en proceso de cambio tecnológico por su obsolescencia. La agricultura nacional, ni se diga, el TLC acabaría con ella al no desmontar los subsidios al agro norteamericano. La industria de pollos de acá se extinguiría al imponernos los estadounidenses el consumo de sus «cuartos traseros» (muslos, contramuslos y rabadillas). Con decirles a ustedes que en Estados Unidos sacrifican anualmente nueve mil millones de pollos, de muy mala calidad, casi tóxicos y absolutamente insípidos. Ellos necesitan que los ayudemos a deshuesarse de esas presas que les sobran. Está también el tema de la ropa de segunda, con la que quieren empezar a vestirnos. Y el de las patentes farmacéuticas, que ustedes explicaron muy bien en el número anterior de la revista. Y el tema de la cultura. Mejor dicho, el horizonte es oscuro y la única manera de despejarlo es levantándonos de esa mesa de negociaciones. Hay una asimetría entre las partes que imposibilita cualquier ventaja o resultado decente para nosotros en ese tratado. Yo asisto a cuanto foro hay sobre el TLC, particularmente ahora que se está tocando el tema de las comunicaciones y la cultura. Salí muy desconcertado de un foro que convocaron la Comisión Nacional de Televisión y la Federación Nacional de Cafeteros. Paulo Laserna (presidente de Caracol TV) comparó, por los daños a sufrir en ese Tratado, a los canales privados de televisión con las comunidades indígenas. Sonó exagerado y demagógico, pero es una prueba de que los empresarios de los grandes medios están sintiendo que hay pasos de animal grande que los afectan enormemente. Pregunté cómo iba la discusión sobre el asunto del cine, y me contestó uno de los funcionarios negociadores por Colombia. Se limitó a hacer una descripción excesivamente técnica, y no entendí bien lo que dijo. Porque el TLC, además, tiene un lenguaje que para un mortal del montón es muy hermético: se habla de salvaguardias, reservas, excepciones, capítulos, etc. Muchos neologismos. Me inquietó que cuando habló Silvia Amaya, de la «Coalición por la Diversidad», y tocó el tema de la cuota de pantalla, Hernando José Gómez respondió: «eso de la cuota de pantalla de cine lo estoy viendo complicado». Quedé muy preocupado porque me consta que a los gringos, contra lo que suele pensar mucha gente, los irrita mucho la expresión «cuota de pantalla», aunque no les quite sino el 2 por ciento del tiempo de las salas para una película que no sea de su país. Además les molesta sobremanera el concepto de subsidios y subvenciones para cualquier tipo de actividad, no apenas la cinematográfica. Una ironía, porque ellos en su economía interna son muy proteccionistas con todo, la agricultura, el cine, cualquier industria. Hay gente que dice «¿qué les va a preocupar un paísito con tres o cuatro películas por año?». Pues sí les preocupa, y harto: en 1984, cuando llegó a la gerencia de Focine Marino Tadeo Henao, dijo en su discurso de posesión –ante un grupito de cineastas– que se iba a crear una cuota de pantalla para el cine colombiano. A los pocos días ese discurso tuvo consecuencias, pues por casualidad –y para otros asuntos– llegó a Bogotá el subsecretario de Estado, James Baker, y en la entrevista con el presidente Betancur le dijo que si había cuota de pantalla, el gobierno estadounidense iba a considerar eso como una agresión contra el libre comercio en el campo cinematográfico, lo que afectaba sus intereses. Amenazó con que si llegaba a concretarse un decreto en ese sentido, ellos le aumentarían el arancel al café y a las flores. A mí personalmente no me gusta la cuota de pantalla. Al público no hay que obligarlo a ver películas nacionales, sino que éstas tienen que ganarse al público, seducirlo. ¿Hay algún país que haya logrado cuotas de pantalla con EE.UU.? Cuando Perón propuso cuota de pantalla para el cine argentino, las empresas de EE.UU. cerraron las salas e hicieron huelga. El general Franco, cuando hubo una productividad de películas españolas muy alta, pidió cuota de pantalla y hubo un veto gringo. Los gringos son alérgicos a esos proteccionismos, lo que es, además, una tontería de ellos. Su fetichismo frente a «la fluidez natural del mercado», no les permite ver que al cine estadounidense le favorece llegar a países donde hay industrias locales de cinematografía. No han caído en la cuenta de que el público requiere diversidad.
Sin embargo, una alta productividad de cine
nacional La cultura mundial tiene un complejo de Edipo con el cine estadounidense, por una razón que definió muy bien Fernando Savater: los norteamericanos en su cine se quedaron con George Meliés, y el resto del mundo, incluidos nosotros y los europeos, con los Lumière. Las películas americanas tienen vocación circense, acrobática, de estricto entretenimiento. Siempre nos muestran héroes que saltan de un edificio a otro, que caminan por las paredes, que hacen cosas prodigiosas, como reemplazando ese mundo agonizante del circo. En cambio, el cine español, el europeo en su totalidad, el latinoamericano, el asiático, el de Irán, el de Pakistán, el de la India, es de una decidida vocación social, incluso sus peores películas tienen una tendencia a la denuncia social. Con el Tratado de Libre Comercio ¿qué puede pasar con la Ley de Cine y con el apoyo del Estado a la cultura? En el TLC con Chile ganaron los estadounidenses; los chilenos aceptaron una disminución de la presencia de productos chilenos en televisión. En Colombia, los gringos piden una disminución de horarios y productos nacionales, para favorecer sus enlatados. Eso sería calamitoso para la televisión nacional. Lo curioso es que Caracol –que ahora está de lo más nacionalista– lleva tres o cuatro años aplicando una modalidad cultural de TLC con esos esperpentos de telenovelas orientadas por Univisión o Telemundo. Por esa razón fue tan sorprendente que Paulo Laserna dijera en ese foro que él no se consideraba un «hispano», lo que me gustó. La palabra ‘hispano’ se ha vuelto ya un adjetivo peyorativo de la manera como conciben al mundo de habla hispana en EE.UU. Nos miran como un hecho homogéneo, medible con el rasero cultural de los hispanohablantes que viven en Estados Unidos, cuando esas son comunidades a las que los medios de allá subvaloran y desprecian, razón por la cual consideran que deben ofrecerle un espectáculo televisivo de basura. He oído decir que Caracol, para ser consecuente con lo que Paulo Laserna manejó en su discurso, aspira a producir un viraje en los contenidos culturales de los dramatizados que haga dentro de esos horarios triple A. Eso es bueno, porque empieza a reconocer que en el arte, en el entretenimiento, en el espectáculo, la globalización hay que asumirla como diferencia, y no como gregarismo y homogenización. Que lo distinto es lo rentable y lo digno, como se había comprobado en dramatizados anteriores de aliento nacional que se exportaron exitosamente y que Caracol –y RCN en menor escala– descontinuaron de la noche a la mañana, lo que fue una operación comercial y culturalmente equivocada, porque la televisión colombiana venía desde los noventa sistematizando una modalidad de producción muy atenta a los aconteceres regionales, a las idiosincrasias culturales, etc. Series como Café, Azúcar, La casa de las dos palmas, La vorágine, Gallito Ramírez, San Tropel, Betty la fea –que tampoco es que todas me parezcan una maravilla–, estaban de todas maneras consolidando una búsqueda respetable de autenticidad. Lo curioso es que ahora las telenovelas venezolanas le resultan a uno muy auténticas si las compara con lo que está haciendo Caracol, principalmente esa cosa de Los amantes del desierto, Pasión de gavilanes, La venganza: Son una bofetada a nuestra idiosincrasia, es la maquila en el campo audiovisual, porque esos dramatizados se han hecho por una conveniencia muy inmediatista de orden económico. Como producir televisión en Miami es más costoso que producirla acá, entonces los empresarios de allá pagan una determinada cuantía a las empresas colombianas y ponen unos híbridos «latinos» en los elencos, que desnaturalizan, desarraigan y le quitan credibilidad al producto. Lo despojan, además de geografía: no hay ciudades con nombre propio, los personajes no van de Tuluá a Cali, o de Girardot a Bogotá, sino que van «de la hacienda a la capital», y además no hay referencias genuinas de orden urbanístico ni paisajístico, pero de todas maneras hay una sospechosa similitud con Coyoacán y Tijuana. Hasta en la música y el vestuario, los pobres actores colombianos terminan pareciéndose a «Los tigres del Norte». Hay una resurrección forzada del western mexicano, de la cultura del caballo, de las narco-camionetas «cuatro por cuatro», del sombrero charro, de la musculatura masculina. Los productores de allá traen un decálogo hasta de cómo deben expresarse los actores nuestros para que no desentonen con los que vienen de Cuba, Puerto Rico, México. Ya los tienen a todos hablando «manito». Eso dizque es lo «neutro», lo «latino». Quienes defienden la firma del TLC argumentan en el aspecto de propiedad intelectual que los estándares que EE.UU. defiende también van a proteger el talento nacional, y que desde ese punto de vista, les conviene a los creadores. ¿Cuál es su apreciación? Eso es mentira. Me remito a la respuesta anterior. Quiero además tocar otro ángulo del TLC. En las negociaciones cada sector trata de salvar su propio pellejo, como si esto no fuera una especie de cadena interactiva en la que si se disminuye uno de sus componentes, el resto va a sufrir el impacto. ¿Qué sentido tiene entonces defender la excepción para la cultura, si se acaban la agricultura, la telefonía, la industria textil y de confecciones, la producción de genéricos farmacéuticos y si nos llenamos de enfermos, de desempleados y aumentamos el número de desplazados? ¿Con cuál plata y para quién vamos a hacer películas, si los colombianos no van a tener con qué comprar las boletas? En este tratado se plantea la prohibición al Estado de ocuparse de la industria cultural, de tener políticas públicas, entonces, ¿qué futuro puede tener la producción artística nacional, el cine, por ejemplo? El Ministerio de Cultura ha mostrado una voluntad de defender, frente al TLC, la Ley 814 y el sistema de subvenciones para el cine. De no ser así, el cine automáticamente se acabaría en nuestro país, entre otras cosas porque es una actividad que en todas partes del mundo, incluido EE.UU., ha contado con el rango de excepción cultural. Es una falacia eso de que el Estado norteamericano no protege la industria cinematográfica. Otra cosa es que no tengan un Ministerio de Cultura en Hollywood, pero las embajadas gringas en todos los países son vigilantes de que no se le ocurra a ningún gobierno solicitar cuotas de pantalla, y eso es una forma de protección estatal. En EE.UU. los sistemas de venta de seguros y de otorgamiento de créditos bancarios para las películas son muy fluídos. Es una industria que ha logrado dimensiones tan prósperas que hacen innecesaria una excesiva protección del Estado, pero aún así cuenta con ella. Pero insisto en que es un poco cínico defender el cine y la cultura si lo que está en peligro es todo el país. TLC no debe haber en nada. Es imposible cualquier ventaja o dignidad para nosotros frente a una potencia tan codiciosa como Estados Unidos. Ahora ya no se habla de imperialismo, sino de «asimetría». Pero son la misma cosa.
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