Bogotá, abril-julio de 2005 -Nº 10 ISSN 01246704 |
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Conversación con Venus Albeiro Silva Nuestro secreto es tratar de ir dos pasos adelante
Por Camilo Jiménez Opción Siete y su líder, Venus Albeiro Silva, están en el centro de los movimientos políticos alternativos de Bogotá. Y están allí por varias razones. En primer lugar, por el mensaje que transmiten a los colombianos al demostrar que es posible rescatar la política del clientelismo y devolverle su connotación de servicio a la comunidad mediante la organización y la participación limpia en el ejercicio de la democracia. En segundo lugar, por las personas a las que representa: líderes comunitarios y culturales de barrios populares de la Capital. Pero también por lo que plantea: la defensa de los intereses nacionales, los de las clases menos favorecidas y la reivindicación de la cultura como actor de cambio social. Venus estudió en el colegio Claretiano de Bosa, a principios de la década de los ochenta, donde comenzó a hacer teatro. También allí tuvo contacto con la Teología de la Liberación. Y, con el trabajo, tanto colectivo como social, debido en lo fundamental al énfasis que hacían los sacerdotes en ello. Iniciaban los ochenta. En Colombia aún brillaban los últimos destellos de la gran actividad social de los setenta. Grandes huelgas se llevaban a cabo, y en los barrios de invasión había bastante agitación, era el tiempo en que grupos de teatro como el Libre o la Candelaria se presentaban en barrios populares y en las huelgas, llevando un mensaje de solidaridad y apoyo. Fue entonces cuando Venus Albeiro, junto con otros jóvenes, comenzó a gestar un grupo de teatro que se llamaría Chiminigagua. “Elegimos este nombre porque esa es la palabra que designa al dios de la creación en la mitología muisca, y que significa, plenamente, lo que deseábamos hacer en ese momento: crear”. El grupo comenzó a ir a los barrios populares en busca de personajes y fuentes para sus obras. También empezaron a darse cuenta de otra realidad, la de su propia localidad y la de los demás sectores marginados de la Capital. Fue el trabajo cultural en esos barrios lo que los puso en contacto con la comunidad y lo que, posteriormente, los llevaría a hacer política. En 1989 el grupo de teatro se convirtió en la Fundación Cultural Chiminigagua, comprometida con el teatro popular y con los procesos sociales. Quizá uno de sus triunfos más notables es que en ese año se celebró el Festival Artístico Nacional e Internacional de Cultura Popular. Este festival es un evento que permite a los habitantes de las zonas más deprimidas del sur oriente de Bogotá acceder a grupos de teatro nacional e internacional. Hacia 1997 el grupo vivió una transformación, del plano cultural pasó al plano político y se convirtió en Opción Siete. Su estilo de trabajo ha sido replicar su experiencia en las comunidades populares: usar el arte como herramienta para hacer política y crear organización. Esto no es nada novedoso. Lo particular es que, antes de Opción Siete, ningún otro movimiento había alcanzado tal éxito electoral mediante esta estrategia. Lograron obtener un escaño en la Junta Administradora Local de Bosa en 1998, y en el 2002, después de que no pudieron obtener la votación suficiente para llegar al Concejo, se postularon para la Cámara de Representantes. Salieron electos y dieron un gran salto, de las calles de Bosa a la Cámara. La conversación con Venus Albeiro tuvo lugar en su oficina del Congreso y giró en torno a dos temas de actualidad: la cultura en el contexto del TLC y la reelección presidencial. Es evidente el contraste entre sus asistentes y los de las demás oficinas. Mientras éstos últimos utilizan vestido de paño y corbata, aquellos se visten de manera informal. Uno de ellos me recibe amablemente y me invita a que lo espere: “Venus se encuentra en una rueda de prensa, pero ya viene para acá”. Su oficina es modesta, decorada con recortes de prensa en donde aparecen reportajes que le han hecho, reseñas sobre el Festival de Cultura Popular, noticias de su actuación en la Cámara y sobre su movimiento. Los recortes pertenecen a diarios de izquierda, a organizaciones comunitarias y unos pocos a esa columna delgada del resumen de noticias de los diarios de circulación nacional. Venus, lleno de energía, llega caminando de manera acelerada y me invita a seguir a su despacho. Después de un enérgico apretón de manos, comenzamos a hablar de uno de los ejes de su movimiento: la cultura... y, además, del TLC. La cultura no debe convertirse en un producto exclusivamente comercial Da la impresión de que la cultura no es relevante en la mesa de negociaciones del TLC. El tema pasó desapercibido hasta cuando noticieros y periódicos informaron que los libretistas de la televisión se habían reunido para mirar cómo los afectaría el TLC. Sin embargo, Venus y su movimiento empezaron a hablar sobre el TLC y sus implicaciones sobre la cultura hace catorce meses cuando se dio la primera ronda en Cartagena. Desde esa época están planteando no sólo que la cultura debe ser excluida del TLC, sino que no debe ser reducida a un producto puramente comercial. Cuando empezaron las rondas, recuerda Venus, “se decía que la cultura no tenía nada que ver con la negociación. Nosotros, en cambio, sosteníamos que la cultura no se podía convertir en un producto comercial sólo para ver cuántas divisas genera, o cuánto negocio se puede hacer con ella. La cultura es otra cosa, es la memoria, la identidad, nuestra historia, el fomento del arte y la creación. Eso no tiene un valor comercial, tiene un valor social en el cual no tienen por qué estar interesados los comerciantes”. Sin embargo, hubo que esperar un año para que los libretistas, los productores y los grandes canales de televisión se percataran de las implicaciones para el sector. “Era mucho más fácil pelear hace un año y explicar no sólo porqué debemos impedir que la cultura se convierta en una industria más, sino también demostrarle a las personas que la industria cultural es algo que no existe en Colombia”. Según Venus, “la industria cultural colombiana fue un cuento que nos hicieron creer. Las personas que tenían algún tipo de organización se sentían industriales de la cultura, pero es que industriales de la cultura son la Warner, Disney, esas son las industrias y más que cultura producen entretenimiento”. Para Venus existe una diferencia entre cultura y entretenimiento: “La cultura, por ejemplo, no se puede confundir con la recreación, que es entretenimiento. Mientras que el uno pasa y se va, como es el caso de una película de Hollywood que usted ve por diversión, la otra proporciona posibilidades diferentes de pensar la vida, de crear convivencia, tolerancia y organización”. “Además, el entretenimiento tiende a convertirse en una cosa bien simple pero con altos niveles de inversión para que se venda. Creo que esto no es lo que les ha interesado a grupos colombianos como el de Enrique Buenaventura o el de Santiago García. Ellos buscan experimentar. Estos grupos pueden requerir una inversión para iniciar, pero su objetivo no es convertirse en un producto”. “La Candelaria o El Teatro Libre no montan obras para llenarse de dinero y viajar de festival en festival. A ellos les interesa la obra de experimentación. Relacionar su trabajo con el proceso social que está viviendo el país, hacer un teatro que trate de reflexionar y de denunciar algo, y este tipo de teatro no cabe dentro del entretenimiento como tal. Yo no me los imagino compitiendo con el Hollyday on Ice, o con un partido de fútbol, que son espectáculos de entretenimiento”. Venus afirma que el éxito de Chiminigagua consiste en estar siempre dos pasos adelante de lo que se está discutiendo. “Es muy interesante ver pelear hoy en día a libretistas, productores y gerentes de los grandes canales, que hace un año decían ‘eso a nosotros no nos toca’. Claro, cuando ellos se dan cuenta que el gran capital puede montar una productora en Miami, y desde allí enviarnos el contenido diario de la televisión, o que podrían imponernos una cuota de pantalla con porcentajes de un 80 por ciento para la producción de EE.UU. y un 20 por ciento para la nacional (aun cuando hoy en día ya es casi así), una vez establecida ya no habría forma de protestar. Nuestra cultura ya no sería creada acá sino allá”. Para fortalecer la cultura nacional, la Fundación ha logrado mantener el Festival de Cultura Popular. “Cuando tratan de compararlo con el Iberoamericano, nosotros decimos: no. Este es otro tipo de festival. No nos interesa llenar salas cobrando, ni traer grupos de entretenimiento. Lo que sí nos importa es traer obras que le digan algo a la gente, y que a partir de ahí se trate de organizar. Que fomente las ideas de la libertad, del socialismo, de combatir la injusticia, que al final de cuentas es lo que nos tiene en esto”. La idea, dice, es que la gente de las barriadas pueda ver todas esas posibilidades, pero esto es algo que no verán si sólo se les proporciona entretenimiento. A la gente hay que devolverle la posibilidad de soñar a través del arte”. Para Venus y su movimiento, los artistas son muy importantes, el arte y la cultura son una profesión, y debe ser remunerada como cualquier otro trabajo. Esto es lo que lo ha llevado a presentar un proyecto de ley orientado hacia la profesionalización de la actividad del teatro. Y también a plantear que el arte debe ser subvencionado, puesto que el escritor y el artista no tienen porqué depender de los concursos para poder vivir de su oficio. “Un escritor que sea muy famoso ganará mucho dinero, pero uno que no lo sea debe tener lo indispensable para poder vivir. Además, en un Estado Social de Derecho, el gobierno debe subsidiar la educación, la cultura y la salud. A este gobierno eso es lo que menos le importa. Pienso que debe evitarse al máximo hacer arte para conseguir dinero, y más bien se debe pensar en cómo solucionar el problema del dinero para hacer arte”. “No creo en el arte netamente comercial, ni tampoco en aquel en que el precio se convierte en un factor que excluye. Lo ideal sería que quien pueda pagar que pague, pero que también se le garantice el mismo espectáculo y el mismo tratamiento a aquellos que no tienen dinero. Fíjese usted en los museos, los últimos domingos de cada mes la entrada es gratis. Esa debería ser una experiencia más frecuente, puesto que el arte sensibiliza a la gente. El rendimiento del arte y la medición de sus beneficios debe ser social, no económico”. Unidad programática y candidato único... con todo contra la reelección El movimiento de Venus llegó a la Cámara de Representantes en un una coyuntura política particular. Por una parte, salieron elegidos varios Representantes independientes, algunos de ellos se han agrupado bajo el nombre de Alternativa Democrática. Pero, además, se gestó un proceso de unidad que ha logrado reunir a partidos de izquierda, políticos de diversas fuerzas, la gran mayoría del movimiento obrero y a otros sectores democráticos, en el contexto que vive Colombia (TLC, reelección, referendo) y para participar en el debate político de manera unificada. A este segundo movimiento se le ha llamado la Gran Coalición Democrática (GCD). Opción Siete participa en ambas. “La GCD me parece importantísima porque es un proceso en el que nos hemos puesto de acuerdo para enfrentar el referendo, el TLC, y cualquier otra cosa que surja mañana. La Gran Coalición representa los intereses de los menos favorecidos y de la clase media, y ahí estamos la mayoría. La derrota del referendo, por ejemplo, fue fundamental. La fortaleza más importante de este proceso ha sido lograr que se unifiquen y se movilicen los movimientos políticos y sociales en torno a situaciones concretas”. “Nosotros dimos en la Cámara una pelea muy fuerte contra la reelección, y por eso estamos llamando a la unidad. Ante un presidente autoritario, anticonstitucional, que quiere eliminar toda autonomía, queremos oponerle un candidato que defienda el Estado Social de Derecho, y las garantías democráticas, como Carlos Gaviria. Pero, a la vez, creemos que debe existir una total unidad para derrotar a Uribe”. Cuando le pregunto el criterio que debe guiar la escogencia del candidato único, Venus no duda en que debe ser programático. “En ese programa deben estar presentes los cinco puntos de la Gran Coalición Democrática, y debe garantizarse que se cumpla. El problema no es de nombres, sino de un programa. Si logramos ponernos de acuerdo en eso, escoger el candidato entre la izquierda, centro izquierda, liberalismo de izquierda o liberalismo democrático es lo de menos”. Venus es consciente de que la Cámara no es el punto final de su movimiento. “Aquí no está el poder, ni tampoco el objetivo o el sueño que tenemos, lo que debemos hacer es impulsar todos esos procesos sociales y culturales, y fomentar que otros compañeros se metan a la política, se involucren en la democracia, y desde ahí lograr una organización real que algún día llegue al poder. Por eso en las próximas elecciones seguramente intentaremos llegar de nuevo a la Cámara”. En ese momento una asistente interrumpe nuestra conversación y le anuncia que hay un líder sindical esperándolo. Nos despedimos y salgo con fe renovada en la política, optimista de que mediante la organización y el trabajo se puede cambiar el país.
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