Bogotá, Septiembre de 2001 -Nº 3   ISSN  01246704


 

 

EL       SON

«En 1921, en su diccionario de cubanismos, Constantino Suárez definía el son como un género musical propio de negros y de gentualla blanca. Sin embargo, semejante descripción no debe ser motivo de alarma. En su tiempo, Flaubert se había referido al vals como 'Una danza lasciva e impura.'»

                           Tomás Casademunt

 

Argelio Santiesteban: uno y el mismo. Si el inquieto, entusiasta y prolífico Manuel Saumell Robredo hubiera podido ver en lo que terminó su sueño de acompasar el cielo y el mar al ritmo de la cubanidad, habría exclamado: ¡Que viva la música!

En La música en Cuba, uno de los textos obligados de consulta para estudiosos, melómanos, musicólogos o simplemente aficionados, su autor, Alejo Carpentier, nos introduce en la historia de tan contagioso ritmo:

«El son constituyó una extraordinaria novedad para los habaneros. Pero no era de invención reciente, como es de suponerse. Desde los tiempos de la Ma’ Teodora, era conocido como género de canción bailable, en la provincia de Santiago. Pero, desde el siglo XVI al siglo XVII, la palabra son, aludía a formas imprecisas de música popular danzable.

El son tiene los elementos constitutivos del danzón. Pero ambos llegaron a diferenciarse totalmente, por una cuestión de trayectoria: la contradanza era baile de salón; el son era baile absolutamente popular».

Casi 200 años después, el mundo sigue gozando al ritmo del son cubano. Pero si el interés del lector es ver correr las imágenes del son frente a sus ojos tendrá que recurrir a devorarse el libro de Tomás Casademunt, Son de Cuba. Y al terminar este importante paseo por la historia, conociendo compositores, directores, arreglistas y músicos, repetirá con Miguel Matamoros: «Son de la loma».

A continuación reproducimos la introducción a dicho libro escrita por Eliseo Alberto, uno de los ensayistas y novelistas más sobresalientes de Cuba.

SON DE CUBA
(O el berrinche de la Niña Yamilé)
Eliseo Alberto

La mejor definición de Cuba quizá sea la menos precisa porque el mapa humano de la nación, nuestro territorio emocional, está tan endiabladamente huracanado que resulta un delicioso arroz con mango; entonces, puesto a pensar en este «quítate tú que me pongo yo», y después de ver el trabajo fotográfico del catalán Tomás Casademunt, propongo un acertijo salomónico: desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, por arriba y por abajo, en las buenas y en las malas, de pies a cabeza, dentro o afuera, Cuba es quien diablos la quiera. Me explico: donde sea que nos encontremos, los cubanos nos comportamos como aquel célebre personaje que iba con un ladrillo en la mano para explicar lo confortable que había sido su casa antes del derrumbe. Si hiciese falta un punto de soldadura que emplome la cadena de los afectos perdidos, un embruje que neutralice tantos años fermentados por el absurdo o un amarre de santería que logre el sueño de abrazarnos sin que vuelvan a abrise las heridas, el bálsamo ideal, milagrero, curativo y sabrosón podría ser, para mí, la música: ese aire que a pan huele. Sones y bembé.

La música es nuestro ombligo, el cordón umbilical que nos emparienta, con más pureza genética que ninguna otra manifestación artística, desde el surgimiento de la nacionalidad hasta el día de hoy, que ya se nos empieza a quedar atrás, como un recuerdo. De las costas de África y los puertos de España a las playas azules de la Isla, de la colonia a la independencia, del tambor a la guitarra, de la independencia a la república, de la danza al danzonete, de la república a la revolución, de la alegría a la tristeza, la aguja de la música va zurciendo los rotos de la vida para tejernos a todos un mismo abrigo. Existe una clarísima continuidad entre la Ma’Teo-dora, nuestra primera sonera conocida, y Omara Portuondo o Celia Cruz, pasando por Rita Montaner, María Teresa Vera y Merceditas Valdés, cinco indiscutibles reinas del escenario; un puente armónico y ardoroso entre el violinista Claudio Brindis de Salas, el Paganini negro que conquistó las cortes de Europa en el siglo XIX, y Juan Formell o Bola de Nieve o Arturo Sandoval o Freddy (¡aquella que cantaba boleros!); un río corre manso entre Perucho Figueredo (letrista del Himno Nacional) y Fara María, Willy Chirino, Isaac Delgado o Juan Blanco; un sol sostenido entre el anónimo corneta de la tropa del general Antonio Maceo que llamaba a degüe-llo desde un caballo, y una descarga de Paquito D’Rivera en un bar de Nueva York, un solo de Richard Egües en un círculo social de Marianao, o un acorde de Leo Brouwer en un concierto en Sevilla. Sones y guarachas, sinfonías y rumbas de cajón, trova y montuno, guajira y toques de santo, mambos y danzones, guagancó y habanera, filin y sandunga anidan en esa cesta de mimbre que es el corazón.

La música, la música se respira. Y la música se respira porque en esa isla venturosa, rodeada de sustos por todas partes, no sólo es una bocanada de aire sino también una epidemia, un virus que se adquiere en el momento del desembarco, cuando los cubanos bajamos al mundo tirados por una comadrona que hace los trabajos de parto mientras tararea un bolero de Benny Moré (pero yo sería capaz de dejarte sobre la tierra tendida), y su ayudante escucha en el radio aquella propuesta de Ñico Saquito que dice, mejor que Heráclito: la vida es un tren expreso que recorre leguas miles, el tiempo son los raíles y el tren no tiene regreso. «Será cantante», sentencia la partera al cortarnos la tripa. Luego el guapachoso microbio nos asedia por el resto de la vida: en el barrio, donde siempre vive un alumno de piano o un tumbador enamorado de una ingeniera. Después, en la escuela, nunca falta ese maestro de inglés que canta bien los chachachás que Nat King Cole cantaba mal en español; tampoco la amiga que es hija o sobrina o ahijada del clarinetista de Irakere o del tumbador de Roberto Faz o del baterista de Los Armónicos de Felipe Dulzaides.

Dicen que en la ciudad de Holguín hay una calle estrecha donde habitan los dieciséis músicos de una charanga típica. A la hora de los ensayos, los soneros se asoman a los balcones y comienzan a tocar bajo la batuta del distante director, que en este caso ha sido elegido porque vive a mitad de la calle y desde el podio visible de su edificio puede llevar las riendas. Los instrumentos se van encadenando: el piano inicia la cabalgata, perseguido por la paila. Luego se suma el paso lento del contrabajo. Los metales entran a tiempo por un resquicio de la tonada, entre los cables eléctricos, y sus vozarrones espantan las nubes del bajo cielo. Aquello debe de ser el acabose. La melodía pelotea del trombón a la quijada del burro, bateada por las claves, borracha por las maracas. Se pasa la bola. Tremendo guateque. Las mujeres mueven la cintura mientras tienden la ropa en la azotea. El cartero baila sobre el asfalto. Los que han ido a buscar el pan comparsean en la bodega. La cola de la culebra. Los montunos borbotean en las cataratas del viento. Los marchantes tienen la impresión de que les llueven escalas encima. Se teje la música, se trenza, hasta que con el acorde final, el del remate, se desvanece en un hilo de humo. Fin del ensayo.

En Cuba, hasta los muy torpes sueñan con ser músicos y tocar en una plaza. Mire. No muy lejos de Holguín, un tanto al sureste de la antigua provincia de Oriente, en la ciudad de Guantánamo, se mantiene en pie una tradición que le zumba el clarinete: La Banda de los Perros. Así le llaman. Si alguna vez usted ha querido soplar la trompeta o repiquetear un bongó, todo lo que debe hacer es acudir a las oficinas de La Banda y decir que desea repiquetear un bongó o soplar una trompeta. Fácil. Facilito. Facilón. En ese preciso instante queda citado para el próximo domingo. Lugar: la glorieta del parque. Hora: entre las doce del día y las siete de la tarde. Da igual. El día de su debut, usted llega a escena vestido de blanco, le entregan la trompeta o el bongó, se encarama en la tarima y ya: un, dos, tres y... ¡a gozar! A su lado, el que juró ser saxofonista hace pitar el saxofón, el de la marimba le entra a palos a las teclas y usted, el nuevo bongosero, le pega a los timbales a las tontas y a las locas. Ladridos. Manada. Jauría. Nadie respeta las ordenanzas del director. Aquello no termina nunca. Pitos. Flautas. Bombazos del bombo. Cuando al inexperto bajista le sangran los dedos, rotos por jalar las cuerdas a la cañona, otro bajista voluntario ocupa su lugar y sigue el disparate. El contrato, firmado ante notables de La Banda de los Perros, le dará derecho a tocar domingo tras domingo siempre y cuando nunca, por ninguna circunstancia, ni siquiera por vanidad, usted domine el instrumento porque entonces («lo sentimos mucho») será expulsado de la exigente agrupación. El único requisito para seguir siendo trombonista es no aprender a tocar jamás el trombón. Poca cosa, ¿no? Los notables de La Banda son los maestros más resistentes que llevan hasta treinta años maraqueando sin ton ni son, sólo por el simple goce de maraquear.

Tomás Casademunt es de esos privilegiados que se enamoran a primera vista, lo cual suele ser condición de aquellos amores que nos hacen padecer la euforia y la furia. La nostalgia, para algunos, tal vez será el sentimiento más estrujante de estas magníficas fotos que Tomàs fue capturando con paciencia y puntería, hasta lograr un álbum de familia bien completo, desde los maestros venerables hasta los jóvenes músicos. Para mí no. No tanto, al menos. Nada tengo contra la nostalgia, siempre que se admita como una forma pacífica de la rabia. Alguien me dijo una noche, mientras escuchábamos a Rafael Ortiz, alias Mañungo, que la única explicación de que Jesús no se haya hundido al caminar sobre el mar es que esa tarde evangélica estuviese tan nostálgico que su cuerpo flotara, más ligero que el agua. Es verdad. Sin embargo, la principal contraindicación de la nostalgia es que quien la padece de manera crónica envejece prematuramente y ya se sabe que la vejez acaba siendo un exilio terminal. Nostalgia quiere decir extrañeza por algo que uno ha perdido o está a punto de extraviar. Yo conozco a estos hombres y mujeres de pueblo que han entregado sus vidas, y ya comienzan a dedicar sus muertes a la diaria tarea de hacer felices a los otros; desde niño he visitado sus casas cachicambeadas y puedo oler en las fotos de Tomàs el vaho de la luz brillante que ahúma las paredes de la cocina (la ristra de ajo no espanta aquí vampiros sino espíritus burlones), el tufo a humedad que destilan los muebles sin muelle, esa indescriptible mezcla de aromas que engorda la atmósfera con olores entrecruzados de un peine caliente, una olla de fríjoles colorados y cuatro velas chorreando parafina en el altar de los santos comprensivos. Les juro que he entrado en sus cuartos repletos de cajas de Fab (las cajas de cartón, decimos en Cuba, siempre son de Fab, un detergente que desde hace más de tres décadas no se vende en la Isla), baúles donde los hombres coleccionan periódicos viejos y las señoras guardan trapos, ripios, abanicos, botones, tarecos, «cositas por si las moscas, no vaya a ser que luego les hagan falta a los muchachos». El colchón vencido por el peso del tiempo, no de los huéspedes que a veces son más flacos que sus esqueletos; el retrato del abuelo o de la abuela, retocado con una sombra de luz (si se me permite la expresión); del pariente apenas queda la ceniza de un vago recuerdo. La estampa de la Virgen de Regla, un almanaque de 1924, otro de 1953. Un ojo abierto, descomunal, pintado a tinta china, que antes se iba desplazando por las paredes para limpiar el ambiente pero que, de un tiempo a esta parte, encalló en la orilla del espejo. Desde allí mira, velador de brujerías. Nada impedirá que ese mundo se borre. Y no podremos evitar el descuarejingue porque a la vida no la para nadie. Ni los caracoles de santería, ni las decenas de los rosarios al atardecer, ni el Médico Chino, que es el último benemérito del santoral al que apelamos los cubanos cuando se nos desconchinfla el alma. Ese mundo se va, como se esfumaron el tranvía o el cine mudo o los misterios de la luna. Quedan, sí, las voces, las notas, los compases, el dale a quien no te dio, el doble sentido, la jiribilla, las jitanjáforas, el elige tú qué canto yo, la siempreviva. Ahora, gracias a Tomàs Casademunt y a sus porfiados editores, también tenemos un cofre que se abrirá página por página durante muchísimos años, porque la nostalgia es una herencia inevitable (nuestro, hasta siempre, el dolor de lo perdido), y algún domingo tenaz, digo yo, los hijos de nuestros hijos, o los hijos de los hijos de nuestros hijos, o sus hijos encontrarán este libro y al hojearlo podrán saber (o mejor, podrán imaginar) por qué fuimos como fuimos los que entonces fuimos.

Los cubanos tenemos en la palma de la mano cuatro líneas: la de la vida, la del amor, la del destino y la de la música. Cada foto de Tomás reconstruye pieza a pieza las caras, las casas, las cosas de un mundo que nada se parece a otros mundos. Tomás llegó justo a tiempo para impedir que la memoria tuviera que levantar el pasado sólo con palabras. Él no sabe mentir, ni quiere; a diferencia de esos cazafantasmas que van por ahí con la insana intención de regodearse en los desastres de un país en ruina. Sus fotos tampoco falsean. A golpe de pájaro, los encuadres destapan ese orgullo casi irresponsable de los cubanos que, al pedir tan poco para vivir, tantas alegrías y tantísimas catástrofes explican en la Isla y en el exilio las orillas de un conflicto que esfuerzos como éste ayudan a acercar. Los puentes colgantes de la poesía siempre resultan más sólidos que los andamios de la política odiosa. Sólo un amigo pudo tomar estas fotos confianzudas. Tomás se ganó ese derecho. Es amable, respetuoso. Ríe bien. Bebe aguardiente de igual a igual, y como casi siempre lleva una camisa blanca, el calor le resbala. De seguro, tardó apenas un par de días en ser uno más dentro de esos solares salitrosos, de ventanería francesa, lucetas rotas, escaleras de mármol y pisos ajedrezados. Iba y venía en bicicleta, malecón arriba y malecón abajo, callejones adentro: la mochila, llena de cámaras, botellas de ron, lentes, rollos, panes y peces, le servía de contrapeso para no salir volando entre las ráfagas de un nuevo frente frío. Aprendió rápido uno de los consejos clave para conocer Cuba: cuando se acaba la paciencia, hay que ir por más paciencia.

La vida va que chifla. Ni Ochún la para. Los jardineros no se dan abasto para cortar las flores de las coronas. Desde que Tomàs tomó la primera foto para su libro, la muerte se ha robado a varios de nuestros músicos mayores, aquí retratados junto a varios de sus fieles discípulos. En las funerarias, durante las noches en vela, se cuentan episodios del difunto, chistes, anécdotas, en gracioso inventario de amores, triunfos y equívocos. No falta el ron. El tabaco. Un pan. La banda. Todo se comparte, menos la tristeza, que mejor se multiplica. A la mañana siguiente, los vecinos se detienen ante la aparición del cortejo, y los niños dejan de jugar a la pelota para que el querido ausente atraviese los escenarios de su gloria y abandone la función, entre lágrimas y aplausos, seguido por aquellos que lo admiramos. Ya en el cementerio, ante la tumba donde alguien puso una banderita, le cantan guarachas, sones orientales, boleros, un himno ceremonial de los yorubas.

De regreso, los sobrevivientes no caben en el palomar de sus casas y salen a caminar por el barrio, a ver la vida. Un rato. Hace calor. Mucho calor. La baba del salitre. Cuatro amigos juegan dominó bajo el farol de la esquina. Una señora les trae café, en vasos de lata. Dos turistas toman fotos de los derrumbes. Junto a los tanques de la basura, una caja de cartón repleta de papeles amarillos. Pasa, en bicicleta, un joven idéntico al catalán Tomàs Casademunt, mochila al hombro. Una mujer tararea un bolero de Benny Moré (pero yo sería capaz de dejarte sobre la tierra tendida). Desde un primer piso, se escucha una grabación de Ñico Saquito (la vida es un tren expreso que recorre leguas miles, el tiempo son los raíles y el tren no tiene regreso). Una niña llora: vaya berrinche. Se oye la voz de un caballero que grita desde alguna parte: «¡Calle a la chamaca, comadre!» La comadre se asoma a la ventana, estira los huesos y dice: «Es que Yamilé quiere ser cantante, como su abuela Inés». Lleva, fuera de la blusa, la teta destapada. Fuma y amamanta: la niña en brazos parece una islita.    

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