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CARLOS MARX
Entrevistado por R. Landor
The
World, 18 de julio de 1871
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Acaban
de cumplirse ciento treinta años de la Comuna de París, y los
luchadores comprometidos con la emancipación de los trabajadores
continúan conmemorando ese intento de los obreros franceses de
“tomar el cielo por asalto”. Entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de
1871, el proletariado parisino, en un acto sin precedentes en la
historia, ejerció –al decir de Lenin– “un gobierno obrero que
conquistó y retuvo en sus manos durante más de dos meses la capital
del mundo”, convirtiendo su lucha heroica y aun sus sufrimientos
después de la derrota, en ejemplo imperecedero y en aliento a las
esperanzas en un mundo nuevo de todos los desposeídos de la tierra.
En este marco, Nueva Gaceta participa en la conmemoración y en el
homenaje a los protagonistas, con una entrevista a Carlos Marx y la
acompaña con imágenes que nos permiten refrescar visualmente la
memoria de tan sin par acontecimiento.
R. Lador, corresponsal de The
World de Nueva York, entrevistó a Marx en Londres en junio de 1871.
Se cree que el otro personaje presente durante la entrevista debía
de ser Engels. Meses antes, la Comuna de París había sido ahogada en
un baño de sangre. |
Me han pedido ustedes que averigüe
algo acerca de la Asociación Internacional y eso es lo que he intentado
hacer. En este momento, la empresa resulta difícil. Londres es, sin lugar
a dudas, el cuartel general de la Asociación, pero los ingleses están
atemorizados y huelen a Internacional por todas partes, del mismo modo que
el rey James olía pólvora tras la famosa conjura. La conciencia de la
Asociación ha crecido naturalmente junto con las sospechas de la opinión
pública; y si quienes la lideran tienen algún secreto que guardar, son el
tipo de hombres que saben guardarlo bien. Me he puesto en contacto con dos
de sus miembros más destacados, he hablado libremente con uno de ellos y
aquí les ofrezco lo sustancial de nuestra conversación. En un aspecto, he
satisfecho mis dudas: se trata de una auténtica asociación de
trabajadores, aunque esos trabajadores estén dirigidos por teóricos
sociales y políticos pertenecientes a otra clase. Un hombre con el que me
reuní, uno de los líderes del Consejo, estuvo sentado en su banco de
trabajo durante toda nuestra entrevista, e interrumpía de cuando en cuando
su conversación conmigo para recibir quejas –formuladas en un tono no
precisamente amable– de cualquiera de los muchos maestrillos para los que
trabajaba, que rondaban por allí. Había visto a ese mismo hombre
pronunciar en público elocuentes discursos, inspirados, pasaje a pasaje,
por la energía del odio hacia aquellas clases que se llaman a sí mismas
dirigentes. Comprendí sus soflamas tras echar un vistazo a la vida
cotidiana del orador. No podía menos de tener la sensación de que disponía
de cerebro más que suficiente para organizar un gobierno funcional y, aun
así, se veía obligado a dedicar su vida al repugnante desempeño de una
tarea meramente mecánica. Era un hombre orgulloso y sensible, pero cada
tres por cuatro se veía obligado a responder con una respetuosa
inclinación a un gruñido y con una sonrisa a una orden que reflejaba
aproximadamente el mismo nivel de cortesía que el que muestra un cazador
hacia su perro. Ese hombre me permitió entrever una faceta de la
naturaleza de la Internacional, la del enfrentamiento entre trabajo y
capital, entre el obrero que produce y el intermediario que disfruta. Allí
estaba la mano que se abatiría implacable cuando llegara el momento y, por
lo que se refiere al cerebro planificador, creo que tuve ocasión de
conocerlo en mi entrevista con el doctor Karl Marx.
Karl Marx es un doctor alemán en
filosofía dotado de esa extensa erudición germánica producto tanto de los
libros como de la observación del mundo. Debo señalar que nunca ha sido un
trabajador en el sentido habitual del término. Su entorno y apariencia son
los de un hombre de clase media al uso. El salón en el que fui recibido la
noche de la entrevista habría podido ser el agradable refugio de un
próspero corredor de bolsa que hubiese demostrado ya su competencia y
estuviera ahora enfrascado en la tarea de amasar su fortuna. Era la
confortabilidad personificada, el apartamento de un hombre de buen gusto y
situación desahogada, pero sin nada que reflejara particularmente la
personalidad de su propietario. Con todo, un hermoso álbum de vistas del
Rin que había sobre la mesa daba una pista sobre su nacionalidad.
Escudriñé cautelosamente el interior
de un jarrón que había en una mesita auxiliar en busca de una bomba. Agucé
el olfato por si percibía algún olor a petróleo, pero sólo olía a rosas.
Retrocedí casi a hurtadillas hasta mi asiento y me senté, taciturno, a
esperar lo peor.
Ha entrado, me ha saludado
cordialmente y estamos sentados frente a frente. Sí, estoy téte-á-tete con
la encarnación de la revolución, con el auténtico fundador y guía
espiritual de la Asociación Internacional, con el autor de un discurso que
le dice al capital que si les declara la guerra a los trabajadores no
puede menos de esperar que la casa arda hasta los cimientos. En pocas
palabras, me encuentro frente a frente con el apologeta de la Comuna de
París. ¿Recuerdan el busto de Sócrates, aquel hombre que prefirió morir
antes que creer en los dioses de su tiempo, aquel hombre de frente
despejada y hermoso perfil mezquinamente rematado por una especie de
gancho hendido que hacía las veces de nariz? Imaginen ese busto, pónganle
una barba oscura salpicada aquí y allá por pinceladas de gris.
Seguidamente, unan esa cabeza a un tronco corpulento propio de un hombre
de estatura media y tendrán ante ustedes al doctor Marx. Si cubren con un
velo la parte superior de su rostro, podrían estar en presencia de un
miembro nato de la junta parroquial protestante. Si dejan al descubierto
su rasgo más esencial, su inmenso ceño, sabrán de inmediato que se
encuentran frente a la más formidable conjunción de fuerzas: un soñador
que piensa, un pensador que sueña.
Otro caballero acompañaba al doctor
Marx, y casi me atrevería a decir que también era alemán, aunque dado su
dominio de nuestro idioma no podría asegurarlo. ¿Había acudido como
testigo del bando del doctor? Así lo creo. El «Consejo» podría solicitar
al doctor que le informase sobre el contenido de la entrevista, ya que,
por encima de todo, la Revolución sospecha de sus propios agentes. Así
pues, el otro hombre estaba allí para corroborar a posteriori la exactitud
de su testimonio.
Fui directamente al asunto que me
interesaba. El mundo, dije, parecía estar a oscuras respecto a la
Internacional, odiarla a muerte; pero al mismo tiempo se mostraba incapaz
de explicar qué era exactamente lo que odiaba. Había gente que afirmaba
haber atisbado más allá que los demás en la oscuridad y aseguraba haber
descubierto una especie de figura de Jano con una honrada y sincera
sonrisa de obrero en una de sus caras y en la otra la agresiva mueca de un
conspirador homicida. ¿Podría arrojar alguna luz sobre el misterio en el
que se desenvolvía la teoría?
El profesor rió, se diría que con
cierto regocijo, ante la idea de que le tuviéramos tanto miedo.
–No hay ningún misterio que aclarar,
estimado señor –comenzó, con una versión muy pulida del dialecto de Hans
Breitmann, excepto quizá el misterio de la estupidez humana en aquellos
que perpetuamente pasan por alto el hecho de que nuestra asociación es
pública y que edita informes exhaustivos de sus sesiones para todo aquel
que desee leerlos. Puede comprar nuestros estatutos al precio de un
penique, y si invierte un chelín en panfletos sabrá casi tanto acerca de
nosotros como nosotros mismos.
–Casi tanto... Sí, tal vez sea así.
¿Pero no será aquello que quede fuera de mi alcance la reserva crucial?
Para serle totalmente franco, y para exponer el caso tal y como lo ve un
observador externo, ese clamor generalizado de desprecio hacia ustedes
debe responder a algo más que a la ignorante mala voluntad de la gente.
¿Cree que aún es pertinente preguntarle, incluso después de lo que me ha
dicho, qué es la Asociación Internacional?
–Sólo tiene que fijarse en quienes la
componen: trabajadores.
–Sí, pero el soldado no tiene por qué
ser un exponente del Estado que le moviliza. Conozco a algunos de los
miembros de su grupo, y creo que no tienen madera de conspiradores.
Además, un secreto compartido por un millón de hombres no sería en
absoluto un secreto.
Sin embargo, ¿qué pasaría si no
fueran más que peones en manos de un poderoso y, discúlpeme si añado, no
demasiado escrupuloso cónclave?
–No hay pruebas que avalen tal idea.
–¿La pasada insurrección en París?
–En primer lugar, exijo pruebas de
que existiera una confabulación, de que ocurriese algo que no fuese el
legítimo resultado de las circunstancias del momento. O, incluso aceptando
el supuesto de que existiera tal complot, exijo pruebas de que en él
participara la Asociación Internacional.
–La presencia en la Comuna de
numerosos miembros de la Asociación.
–En ese caso, fue también una
conspiración de los francmasones, ya que participaron en ella en idéntica
proporción. De hecho, no me sorprendería en absoluto que el Papa les
atribuyese toda la responsabilidad por la insurrección. Pruebe usted con
otra explicación. La insurrección fue obra de los trabajadores de París.
Los más capaces entre ellos debieron ser necesariamente sus líderes y
dirigentes, y se da la circunstancia de que los trabajadores más capaces
son miembros de la Internacional. Aun así, la Asociación como tal no es en
forma alguna responsable de su acción.
–El mundo seguirá viéndolo de otra
manera. La gente habla de instrucciones secretas procedentes de Londres e
incluso de grandes sumas de dinero. ¿Puede afirmarse que la pretendida
transparencia de las sesiones de la Asociación descarta toda posibilidad
de secretismo en las comunicaciones?
–¿Ha existido alguna vez una
asociación que realizara su trabajo sin la mediación de agencias tanto
públicas como privadas? Hablar de instrucciones secretas provenientes de
Londres, como si se tratara de decretos sobre la fe y la moral procedentes
de algún centro de dominación e intriga papales, es una concepción
enteramente errónea sobre la naturaleza de la Internacional. Eso
implicaría un mecanismo centralizado de gobierno en el seno de la misma,
mientras que su verdadera forma es, deliberadamente, la que mayor juego
otorga a la energía y la independencia locales. De hecho, la Internacional
no es propiamente un gobierno para la clase obrera en absoluto. Es un
vínculo de unión más que un mecanismo de control.
–¿De unión con qué fin?
–La emancipación económica de la
clase obrera por medio de la conquista del poder político. La utilización
de ese poder político para alcanzar fines sociales. Así pues, es necesario
que nuestros objetivos sean amplios para dar cabida a todas las formas de
actividad de la clase obrera. El haberles atribuido algún carácter
especial habría sido equivalente a adaptarlos a las necesidades de una
sección, a una nación compuesta exclusivamente por trabajadores. Pero,
¿cómo iba a ser posible pedirles a todos los hombres que se unieran en
beneficio de unos pocos? Para hacer algo así, la Asociación habría tenido
que renunciar al nombre de Internacional. La Asociación no dicta la forma
de los movimientos políticos; sólo requiere un compromiso en lo que se
refiere a sus fines. Es una red de sociedades afiliadas que se extiende
por todo el mundo del trabajo. En cada parte se pone de relieve algún
aspecto especial del problema y los trabajadores implicados lo estudian a
su modo y manera. Las interacciones entre los trabajadores no pueden ser
absolutamente idénticas hasta el último detalle en Newcastle y en
Barcelona, en Londres y en Berlín. En Inglaterra, por poner un ejemplo,
está abierto a la clase obrera el camino para poner de manifiesto su poder
político. Una insurrección sería una locura allá donde la agitación
pacífica pueda lograr los mismos objetivos más rápida y seguramente. En
Francia, cientos de leyes represivas y el antagonismo entre las clases
parece hacer necesaria la solución violenta de una guerra social. Optar o
no por dicha solución es competencia de las clases trabajadoras de ese
país. La Internacional no tiene la presunción de emitir dictámenes al
respecto; prácticamente no da ni consejos, aunque sí ofrece a cada
movimiento su simpatía y apoyo dentro de los límites que dictan sus
propias leyes.
–¿Y cuál es la naturaleza de esa
ayuda?
–Por poner un ejemplo, una de las
formas más comunes del movimiento de emancipación son las huelgas. Antaño,
cuando se producía una huelga en un país, ésta era derrotada por la
importación de trabajadores de otro país. La Internacional casi ha puesto
fin a eso. Recibe información sobre la huelga propuesta y distribuye esa
información entre todos sus miembros, que ven inmediatamente que para
ellos el territorio de la lucha debe ser terreno prohibido. Así, se deja
que los amos se enfrenten solos a las demandas de sus hombres. En la
mayoría de los casos los trabajadores no requieren más ayuda que ésa.
Sus propias cuotas, o las de las
sociedades a las que están más directamente afiliados, les abastecen de
fondos, pero caso de que la presión a la a que se ven sometidos llegue a
ser excesiva, y si la huelga goza de la aprobación de la Asociación, se
cubren sus necesidades con la bolsa común. Merced a esto, la huelga de los
cigarreros de Barcelona concluyó victoriosamente el otro día. Sin embargo,
la sociedad no tiene ningún interés en las huelgas, aunque las apoya en
determinadas condiciones. Es imposible que saque nada en claro de ellas
desde el punto de vista pecuniario, y es muy probable que salga perdiendo.
Resumamos todo esto en pocas palabras. Las clases trabajadoras siguen
sumidas en la pobreza mientras a su alrededor crece la riqueza; son
miserables entre tanto lujo. Su deprivación material reduce su estatura,
tanto física como moral. No pueden confiar en otros para encontrar el
remedio. Así pues, en su caso, hacerse cargo de su propio destino se ha
convertido en una necesidad imperativa. Deben revisar las relaciones entre
ellos y los capitalistas y propietarios, y eso significa que deben
transformar la sociedad. Éste es, en general, el fin de todas las
organizaciones de trabajadores conocidas. Las ligas de campesinos y
obreros, las sociedades comerciales y de amistad, las tiendas y centros de
producción en régimen de cooperativa no son más que medios encaminados a
ese fin. Implantar una perfecta solidaridad entre estas organizaciones es
el objetivo de la Asociación Internacional. Su influencia empieza a
percibirse en todas partes. En España hay dos periódicos que difunden su
ideario, en Alemania tres, el mismo número en Austria y Holanda, seis en
Bélgica y seis en Suiza. Y ahora que le he explicado qué es la
Internacional, probablemente esté ya en situación de formarse su propia
opinión acerca de supuestas confabulaciones.
–No acabo de comprenderle.
–¿Acaso no ve que la vieja sociedad,
en su búsqueda de las fuerzas necesarias para hacerle frente con sus
propias armas, se ve obligada a recurrir al fraude de imputarle todo tipo
de conspiraciones?
–Pero la policía francesa afirma que
está en condiciones de demostrar su complicidad en los últimos
acontecimientos, por no mencionar otros anteriores.
–No comentaremos nada sobre esos
acontecimientos, si no le importa, porque son la mejor prueba de la
gravedad de todos los cargos de conspiración que se han dirigido contra la
Internacional. Recordará usted la penúltima «confabulación». Había
anunciado un plebiscito y se sabía que muchos de los electores empezaban a
mostrarse indecisos. Ya no creían tan intensamente en el valor del
gobierno imperial, dado que empezaban a dudar de la realidad de los
peligros sociales de los que supuestamente éste les había salvado. Hacía
falta dar con otro fantasma terrorífico y la policía se ocupó de
encontrarlo. Lógicamente, dado que para ellos todos los trabajadores son
igualmente detestables, le debían a la Internacional una mala pasada. Se
les ocurrió una feliz idea: ¿Y si convertían a la Asociación Internacional
en su anhelado fantasma, logrando así el doble objetivo de desacreditarla
y ganar el favor de la sociedad hacia la causa imperial? De ahí surgió el
ridículo «complot» contra la vida del emperador, como si tuviéramos algún
interés en matar a ese pobre anciano. Detuvieron a los principales
miembros de la Internacional, se inventaron pruebas, prepararon el caso
para llevarlo a juicio y, en el ínterin, celebraron su plebiscito. Pero
aquella comedia no era más que una farsa grosera. La Europa inteligente,
que fue testigo del espectáculo, no cayó en el engaño ni un solo instante
y sólo los electores del campesinado francés se creyeron la farsa. La
prensa inglesa, que informó sobre el inicio de ese miserable caso, ha
olvidado dar cuenta de su final. Los jueces franceses, que dieron por
buena la existencia de la conspiración por cortesía entre funcionarios, se
vieron obligados a concluir que no había nada que demostrara la
complicidad de la Internacional. Créame, la segunda conspiración es igual
a la primera. El funcionariado francés ha vuelto a poner manos a la obra:
se le pide que explique el mayor movimiento civil jamás visto sobre el
planeta. Hay cientos de signos de nuestra época que deberían indicar cuál
es la explicación correcta: la inteligencia creciente entre los
trabajadores; el incremento del lujo y la incompetencia entre sus
gobernantes; el proceso histórico en marcha, que concluirá con la
transferencia final del poder de una clase al pueblo; la aparente
adecuación del momento, el lugar y las circunstancias de cara al gran
movimiento de emancipación. Pero para percibir esto, el funcionario
tendría que ser un filósofo y no es más que un mouchard. Por la propia
naturaleza de su ser, pues, ha recurrido a la explicación del mouchard:
una «conspiración». Su viejo portafolios repleto de documentos
falsificados le suministrará las pruebas. Esta vez, Europa, arrastrada por
el miedo, creerá su cuento.
–Europa difícilmente podría hacer
otra cosa, a la vista de que todos los periódicos franceses difunden el
informe.
–¡Todos los periódicos franceses!
Mire, aquí tiene uno de ellos [cogiendo La Situation], y juzgue por sí
mismo el valor de sus pruebas en lo que se refiere a su fidelidad a los
hechos. [Lee] «El dr. Karl Marx, de la Internacional, ha sido detenido en
Bélgica mientras intentaba llegar a Francia. La policía londinense tiene
vigilada hace tiempo la sociedad a la que pertenece, y está adoptando
medidas activas para proceder a su supresión». Dos frases y dos embustes.
Ponga a prueba la evidencia percibida por sus propios sentidos. Como puede
ver, en vez de estar en una cárcel belga estoy en mi casa en Inglaterra.
También sabrá, sin duda, que la policía inglesa es tan impotente para
interferir con la Asociación Internacional como ésta lo es respecto a la
policía.
Y aun así, cabe esperar que ese
informe sea difundido por toda la prensa de la Europa continental sin que
nadie lo contradiga. Seguirían haciéndolo aunque me dedicara a enviar
desmentidos a todos y cada uno de los periódicos europeos desde este
lugar.
–¿Ha intentado desmentir muchos de
estos falsos informes?
–Lo he hecho hasta quedar exhausto
por el trabajo. Para que pueda apreciar el grosero descuido con el que son
pergeñados, podría mencionar que en uno de ellos se citaba a Félix Pyat
como miembro de la Internacional.
–¿Y no lo es?
–La Asociación difícilmente podría
haberle hecho hueco a un hombre tan insensato. En una ocasión tuvo el
atrevimiento de publicar una encendida proclama en nuestro nombre, pero
fue inmediatamente desautorizado aunque, a fuer de ser justos, hay que
decir que la prensa, por supuesto, ignoró la desautorización.
–¿Y Mazzini? ¿Es miembro de su grupo?
–(Riéndose). Desde luego que no. Poco
habríamos avanzado si no hubiéramos superado el alcance de sus ideas.
–Me sorprende usted. Yo habría
asegurado sin dudarlo un instante que representa las posiciones más
avanzadas.
–No representa nada más avanzado que
el viejo concepto de una república de la clase media. Nosotros no queremos
saber nada de la clase media. Él se ha quedado tan rezagado dentro del
movimiento moderno como los profesores alemanes que, no obstante, siguen
siendo considerados en Europa los apóstoles de la democracia cultivada del
futuro. Y lo fueron en su día, probablemente antes del 48, cuando la clase
media alemana, en el sentido inglés del término, no había alcanzado un
grado de desarrollo apropiado. Ahora se han pasado de hoz y coz a la
reacción y el proletariado ya no sabe nada de ellos.
–Hay quien cree haber visto signos de
un componente positivista en su organización.
–No hay nada de eso. Hay positivistas
entre nosotros y otros, que no pertenecen a nuestro grupo, colaboran
también, pero no es sólo en virtud de su filosofía, que no tiene nada que
ver con un gobierno popular, tal y como nosotros lo entendemos, y que sólo
busca colocar una nueva jerarquía en el lugar de la vieja.
–Se diría entonces que los líderes
del nuevo movimiento internacional han tenido que crear una filosofía
además de una asociación en la que agruparse.
–Exactamente. Es poco probable, por
ejemplo, que pudiéramos tener la menor esperanza de prosperar en nuestra
lucha contra el capital si deriváramos nuestras tácticas de la política
económica de Mill, por citar a alguien. Él ha seguido la pista a un tipo
de relación entre capital y trabajo. Nosotros esperamos demostrar que es
posible establecer otra.
–¿Y la religión?
–A ese respecto no puedo hablar en
nombre de la sociedad. Personalmente, soy ateo. Sin duda resulta
sorprendente escuchar una declaración así en Inglaterra, pero hasta cierto
punto es reconfortante saber que no es necesario hacerla en voz baja en
Francia ni en Alemania.
–¿Y aun así ha convertido este país
en su cuartel general?
–Por razones obvias; el derecho de
asociación es aquí un derecho establecido. Existe, efectivamente, en
Alemania, pero está asediado por innumerables dificultades. En Francia,
durante muchos años no ha existido en absoluto.
–¿Y en Estados Unidos?
–Nuestros principales centros de
actividad están por el momento entre las viejas sociedades europeas. Son
muchas las circunstancias que han tendido a impedir hasta hoy que el
problema del trabajo asuma una importancia dominante en Estados Unidos,
pero dichas circunstancias están ya en proceso de desaparición. Al igual
que en Europa, el trabajo empieza a ganar importancia a grandes pasos
gracias al crecimiento de una clase trabajadora distinta del resto de la
comunidad y disociada del capital.
–Parece que en este país la solución
esperada, sea la que sea, se alcanzará al margen de métodos
revolucionarios violentos. El sistema inglés de recurrir a la agitación
por medio de las plataformas y la prensa hasta que las minorías se
convierten en mayorías constituye un signo esperanzador.
–Yo no soy tan optimista como usted.
La clase media inglesa siempre se ha mostrado dispuesta a aceptar el
veredicto de la mayoría en la medida en que ha ostentado el monopolio del
derecho al sufragio.
Pero recuerde lo que le digo, en
cuanto pierda una votación referente a algo que considere vital seremos
testigos de una nueva guerra de esclavistas.
He expuesto aquí, en la medida en que
mi memoria me lo ha permitido, los momentos más destacados de mi
conversación con este hombre notable. Dejaré que saquen ustedes sus
propias conclusiones.
Por mucho que pueda decirse en favor
o en contra de la posibilidad de su participación en el movimiento de la
Comuna, podemos tener la seguridad de que la Asociación Internacional es
un nuevo poder en el seno del mundo civilizado con el que éste tendrá que
echar cuentas, para bien o para mal, más pronto que tarde.
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“Sin ninguna legislación
complicada, con toda sencillez, el proletariado, que había
conquistado el poder, democratizó el régimen social, suprimió la
burocracia y estableció que todos los cargos públicos fuesen
electivos”. Lenin, 1908.
“La clase obrera no esperaba de
la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista
para implantarla ‘por decreto del pueblo`. Saben que para conseguir
su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia
la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio
desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda
una serie de procesos históricos, que transformarán las
circunstancias y los hombres”.
Carlos Marx, 1871. |

“El 28 de mayo los últimos
luchadores de la Comuna
sucumbían ante la superioridad
de las fuerzas del
enemigo en las faldas de
Belleville. Dos días después, el 30, Marx leía ya al Consejo General
(de la Internacional) el texto del trabajo en que se esboza la
significación histórica de la Comuna de París,
en trazos breves y enérgicos,
pero tan precisos y sobretodo tan exactos que no han sido nunca
igualados en toda la enorme
masa de escritos publicada sobre este tema”.
Federico Engels, 1891. |
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“¡Qué elasticidad, qué
iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio la de estos
parisienses!... La historia no tiene otro ejemplo de semejante
grandeza”. Carlos
Marx, 1871.
“Pero, sea como fuere, este
levantamiento de París –aun si sucumbe a los lobos, chanchos y viles
perros de la vieja sociedad– es la hazaña
más gloriosa de nuestro
partido desde la insurrección de junio”.
Carlos Marx 1871. |

“Abandonada por sus aliados de ayer y sin contar con ningún apoyo,
la Comuna tenía que ser derrotada inevitablemente. Toda la burguesía
de Francia, todos los terratenientes, corredores de bolsa y
fabricantes, todos los grandes y pequeños ladrones, todos los
explotadores, se unieron contra ella... Pero el tronar de los
cañones de París ha despertado de su sueño profundo a las capas más
atrasadas del proletariado... Por eso no ha muerto la causa de la
Comuna, por eso sigue viviendo hasta hoy día, en cada uno de
nosotros”. Lenin,
1911. |
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Louise
Michel, 1871
ANTE EL TRIBUNAL QUE LA
JUZGABA
“¡Como
todo corazón que vibra por la libertad parece no merecer aquí más
que un pedazo de plomo, yo exijo mi parte! ¡Si ustedes me dejan
vivir no dejaré de clamar venganza!
“¡No
quiero defenderme! ¡No quiero ser defendida! ¡Pertenezco por entero
a la revolución social y declaro aceptar la responsabilidad de todos
mis actos. La acepto sin restricciones!” |
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