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un bacán de cien años
Luz Jaramillo-Vélez.
omo
todas las músicas de nuestro colosal Nuevo Mundo, el jazz es hijo de la
dominación y el sometimiento, de la crueldad y la esperanza, de la
legalidad y la clandestinidad. Surgió perseguido, acosado y vilipendiado;
no obstante, se impuso a punta de vigor y de una belleza enteramente
propia.
En su
ayuntamiento forzado de años, dos grandes tradiciones culturales sembraron
las semillas que habrían de germinar a finales del siglo XIX para
afianzarse definitivamente en el XX convertidas en JAZZ, ese fruto del
ritmo africano y la melodía europea entretejidos con un elemento común: el
canto antifonal o canto de llamada y respuesta.
Los colonos
ingleses viajaron con sus libros de salmos y los utilizaron diligentemente
en sus oficios religiosos. Como muchos de sus fieles eran iletrados, el
pastor debía entonar los corales para que la congregación los repitiera
lenta y paulatinamente; los esclavos africanos no eran ajenos a esta
fórmula, puesto que en sus lejanas tierras también tenían guías a quienes
el grupo respondía y terminaba acompañando con el gesto, el movimiento,
las palmas y los tambores. Palmas, tambores, ritmos, contrarritmos y
polirritmos entrelazados con voces potentes, roncas, agudas, opacas,
vibrantes, según la necesidad expresiva de cada cual para satisfacer los
objetivos buscados por la comunidad.
Cuando el
africano llegó a tierras de Georgia, Mississipi, Alabama o Louisiana para
servir a un amo cruel y despótico, se vio de pronto enfrentado a una
cultura extraña que le impuso a golpe de mutilaciones sus códigos y
costumbres, y quiso despojarlo de sus tradiciones. Pero el blanco no
calculó el enorme potencial de los esclavos, quienes a fuerza de escuchar
los corales religiosos de los amos, los fueron asimilando, transformando y
mezclando con sus propios ritmos para cantarle al dios usurpador que había
destruido a los suyos, pero que pronto se constituiría en único consuelo y
esperanza de una mejor vida. Así nacieron los espirituales, entonados a la
manera de llamada y respuesta o forma antifonal.
Con la
finalización de la Guerra Civil se abolió la esclavitud, pero las
condiciones de los negros no cambiaron. Desaparecieron las plantaciones
señoriales, surgieron las pequeñas propiedades rurales y con ellas una
nueva forma de esclavitud, la del aparcero que al no poder pagar el valor
de su tierra se veía condenado a seguir trabajando para el blanco. Y nació
el field-holler, especie de grito de sílabas largas lanzadas en notas
altas que descendían después para terminar en una inflexión ascendente,
algo así como un falsete. Al contrario de los espirituales, el holler era
una tonada individual utilizada por el aparcero para acompañarse en su
faena solitaria. Este canto fue el precursor inmediato del blues.
Desde el punto
de vista de la tradición oral, el blues fue la herramienta para expresar
la desilusión amorosa, el descontento con la vida, la rebeldía contra la
injusticia social. Señala, acusa, protesta. Es un canto de melancolía y
dolor muchas veces, de ironía y cinismo otras. Es claro, cifrado, decoroso
y vulgar. Es humano.
En 1895 un
pastor negro fundó su Iglesia de Dios en Cristo, en Memphis, Tennessee y
algunos años más tarde un cocinero, también negro, creó su propia Iglesia
de Dios, en Oklahoma. Por la misma época, varios pianistas de Missouri se
dedicaron a estudiar los cake-walks, danzas muy populares en el sur negro
a finales del siglo XIX, en las que el mejor bailarín era premiado con un
pastel, de ahí su nombre. En 1897 se editó el Harlem Rag de Tom Turpin y
dos años más tarde, el Maple Leaf Rag de Scott Joplin.
Esta época de
nacimiento de iglesias por y para los negros, de creación de escuelas por
parte de la misma población de color, de surgimiento de una conciencia
negra, fue la madre del blues y del rag, los dos principales ingredientes
del jazz, el cual desde finales del siglo XIX se estaba ya gestando en el
sur norteamericano y terminó por incubarse en el gran caldero de Nueva
Orleáns para afianzarse más tarde en Chicago, Kansas City y Nueva York.
Después de la
liberación de los esclavos se formaron grupos de cuerdas a lo largo y
ancho de los territorios sureños. Las reuniones de los sábados por la
noche se vieron entonces animadas por afronorteamericanos que tocaban
vivísimas tonadas blancas utilizando instrumentos europeos, como el violín
y la guitarra, además de otros que muy bien podrían recordarles aquellos
perdidos para siempre, como sucedió en los Estados Unidos con los
tambores. Mientras tanto, las cornetas, los pífanos, los redoblantes y las
trompas de las bandas militares, también dejaban su nota en cada
localidad. Fueron la marcha militar, el rag y el blues, fusionados en un
solo cuerpo con el legado de los espirituales y las canciones de trabajo,
los que darían origen al jazz, música arrullada en los bajos fondos de
Nueva Orleáns que acabaría por conquistar el mundo entero.
Nueva Orleáns
ocupa un lugar muy importante en la historia del jazz. Durante 82 años fue
posesión de dos estados católicos, Francia y España, que también tenían
colonias en las Indias Occidentales; no sería temerario aventurar, pues,
que dado el intercambio cultural entre éstas y la ciudad, la música
resultante fuera decididamente diferente a la del resto de los Estados
Unidos. Desde su fundación en 1718 y por espacio de 46 años fue colonia
francesa, pero en 1764 Francia la cedió a España bajo cuya dominación
permaneció 36 años, hasta que Napoleón forzó su devolución, proceso que
tomó tres años, durante los cuales nadie en el puerto estaba seguro de
pertenecer a Francia o España. Entonces, en 1803 Bonaparte vendió el
territorio de Louisiana a los Estados Unidos, con lo cual se inició una
«toma» gradual y metódica de esa inmensa región por parte de los
protestantes de origen británico. Sin embargo, la ciudad permaneció
predominantemente latina y católica, con una población esclava procedente
de África Occidental y de las islas caribeñas, y una clase social muy bien
establecida, compuesta por los creóles o negros libres de ancestro francés
y español. Esta gente era culta, tenía dinero, sus conocimientos de la
música europea no eran nada despreciables y dentro de la tradición
francohispánica había gozado de aprecio y respeto.
Por otro lado,
la influencia musical africana (centrada entre Senegal y el Congo)
sobrevivía en las prácticas clandestinas del vudú y se manifestaba
abiertamente en las festividades que tenían lugar en Congo Square, lugar
destinado por los blancos para la diversión de sus esclavos en
determinadas fechas.
La popularidad
de la banda militar alcanzó su punto más alto en la Francia de Napoleón.
Pronto, en los Estados Unidos los desfiles y conciertos al aire libre
conquistaron las ciudades; el sur y, especialmente Nueva Orleáns, no
fueron ajenos a este fenómeno. En la región se organizaron bandas
compuestas por esclavos domésticos y libertos, las cuales prosperaron en
el puerto gracias a una institución típica de sus habitantes de color: la
sociedad secreta de ayuda mutua, encargada de proporcionar a sus miembros
auxilio material para enfermedades, entierros, celebraciones especiales y
eventos de muy diversa índole. Estas agrupaciones fueron las primeras en
impregnar de swing una música que, lentamente se había estado gestando en
las entrañas de un grupo social, heredero de una riquísima y antiquísima
tradición cultural: los esclavos africanos y sus descendientes.
Entre los
instrumentos de viento propios de la banda militar, la corneta, por su
potencia y versatilidad, fue la preferida de los primeros músicos en
atreverse a explorar el terreno todavía brumoso del jazz. El más
destacado, Charles Buddy Bolden, nacido en 1877, creció en medio de las
festividades de Congo Square, fue testigo del auge de las bandas militares
y bebió de su influjo, en su infancia cantó en el coro de una iglesia
negra, fue depositario de todas las tradiciones musicales que permearon a
Nueva Orleáns y sus alrededores y logró, además, un dominio tal de su
corneta, que pronto su figura y sus melodías alcanzaron dimensiones
legendarias. Hacia 1897 organizó la primera banda de jazz reconocida con
la que, siguiendo la costumbre establecida, tocó en entierros, amenizó
bailes en parques, plazas y locales y al igual que sus contemporáneos, se
trenzó en los míticos cutting contests o competencias espontáneas entre
grupos rivales para establecer los mejores en inventiva y, sobre todo, en
capacidad improvisatoria.
Improvisación,
corazón del jazz: a pesar de las influencias musicales, del aporte de los
creóles en lo relativo a destreza técnica y refinamiento musical, a pesar
del rag y de los himnos religiosos que brotaron de las iglesias negras, el
jazz hubiera permanecido en su cuna embrionaria, de no haber sido por la
capacidad improvisatoria heredada de sus antepasados y ejercitada sin
pausa por estos pioneros en sus interminables rondas por las calles de
Nueva Orleáns y otras poblaciones del sur norteamericano.
A Storyville,
fascinación y decadencia entrelazadas en el esplendor de sus mansiones y
la perversidad de sus antros, nodriza de meretrices y rufianes, disfrute
de patricios y gañanes, escándalo de las buenas conciencias, le cabe la
gloria de haber sido la primera en proporcionar empleos estables a los
pioneros del jazz y, por tanto, seguridad económica y tranquilidad para
traducir su legado en un estallido de creatividad, vigor, complejidad y
belleza.
En noviembre de
1917 una orden proveniente del Departamento de la Armada, mediante la cual
se prohibía el funcionamiento de prostíbulos en las cercanías de las bases
navales, puso fin a veinte años de diversión, lucro y música, iniciándose
así la decadencia del jazz en Nueva Orleáns y el éxodo de muchos de sus
intérpretes hacia otros lugares del país.
Surge entonces
Chicago como eje de capital importancia para el desarrollo del jazz, pues
fue allí donde se hizo más patente la influencia del estilo de Nueva
Orleáns, gracias a la presencia de nombres tan esenciales como King Joe
Oliver, Louis Armstrong, Sydney Bechet, entre otros. Es precisamente
Armstrong el inspirador de una nueva generación de intérpretes, quienes
comienzan a adaptar su estilo trompetístico en la ejecución de los tres
principales instrumentos de este arte: Earl Hines (piano), Coleman Hawkins
(saxo tenor) y Jimmy Noone (trombón).
Como si lo
anterior fuera poco, alrededor del jazz de Nueva Orleáns surgieron unos
jóvenes blancos que con el nombre de Austin High School Gang inician otra
reacción en cadena que habría de manifestarse en la creación de magníficas
orquestas de baile, dirigidas por músicos de ambas razas pero rígidamente
segregadas, como eran también segregados los locales donde se presentaban.
El panorama para los músicos prometía trabajo y lucro en una ciudad que
comenzaba a presenciar y sentir los efectos de la Prohibición y el
predominio de Al Capone.
Pero Chicago no
era la única. Kansas City (Missouri) no fue presa de la influencia de
Nueva Orleáns, aunque allí se presentaban de tanto en tanto los artistas y
las bandas de esta ciudad. Kansas City y las poblaciones del suroccidente
norteamericano eran sitios más bien provincianos y estaban fuera de la
senda musical hasta entonces utilizada. Gracias a este aislamiento sus
músicos no se vieron constreñidos por la floreciente industria del
entretenimiento de lugares como Nueva York y sus hordas de editores,
gerentes de producción, representantes artísticos y casas disqueras. En
Kaycee los artistas tocaban a su aire; el ragtime, el blues y las
canciones de vaudeville eran el feudo sobre el cual reinaban con
omnipotencia y las jam sessions o descargas improvisatorias reemplazaron a
las históricas marchas de Nueva Orleáns, permitiéndoles una libertad
creativa de dimensiones deslumbrantes.
Sobre todo,
Kansas City era el centro comercial de una inmensa zona que se extendía
hacia el sur hasta Houston, Texas; hacia el occidente hasta Albuquerque,
Nuevo México y hacia el norte hasta Cheyenne, Wyoming y Sioux City, Dakota
del Sur. Cientos de miles de millas cuadradas donde se cultivaba el mejor
trigo y se explotaba el mejor ganado de la nación. Era una ciudad en plena
ebullición, un centro agropecuario de enorme importancia para ganaderos y
cultivadores. Fue aquí, entre 1920 y 1940, donde se gestó el nuevo estilo
jazzístico que habría de enriquecer el panorama musical de urbes como
Nueva York y Chicago.
En este clima
de prosperidad reinaron un jefe político, Tom Pendergast, cuya corrupción
llegó a ser legendaria, y algunos cabecillas gangsteriles que, dueños y
señores del negocio del entretenimiento, permitieron que los músicos
experimentaran a sus anchas con tal de ver cómo sus cabarets y demás
lugares de diversión permanecían llenos noche tras noche; con tal de
beneficiarse con la venta ilegal de licor; con tal de obtener pingües
ganancias con el negocio de la prostitución. Y si bien en todo el país el
dinero y el derroche estaban a la orden del día, sólo Kansas City
permaneció incólume a pesar de la caída del mercado bursátil en 1929,
hasta el punto que allí las orquestas no tuvieron que desbandarse y entre
1930 y 1934 la ciudad fue refugio de los músicos desempleados de todo el
suroccidente y de otras partes de la nación.
«Kansas City es
una cava, un lugar oscuro en donde se conservan los mejores vinos. Además,
allí la música es diferente». Al hablar así, el gran pianista Art Tatum se
refería a ese ambiente único de descaro político, desprecio a las leyes y
osadía moral, fomento y apoyo del surgimiento de unos artistas que, como
los vinos, pero por diferentes medios, fueron capaces de transportar a sus
adictos a estados rayanos en el delirio. La ciudad, inundada de jazz pero
desairada por las grandes figuras de los años veinte, había extraído del
blues, el ragtime y el vaudeville, una savia que confortada por el sabor
incomparable del joven saxofón, habría de nutrir de vigor y flexibilidad
el estilo Kaycee, para convertirlo en la antesala del jazz moderno y
conducir a muchos de sus beneficiarios y artífices a la gloria de haber
sido los gestores de una revolución que liberó a esta música de sus
cadenas territoriales y le abrió el camino por donde transitaría hasta
llegar a su destino universal.
Algunos
sostendrán que las rosas no prosperan en la maleza. El jazz prueba lo
contrario ¡y de qué manera!
Bibliografía
Mel Leavitt, A Short History of New Orleans.
San Francisco, Léxicos, 1982.
Marquis, Donald M., In Search of Buddy
Bolden. Da Capo Press, Inc. 1978.
Marshall W. Stearns. The Story of Jazz.
Oxford University Press, 1970.
Ross Russell. Jazz Style in Kansas City and
the Southwest. University of California Press, 1973.
Eduard A. Berlin. Ragtime. A Musical and
Cultural History. University of California Press, 1980.
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