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El Museo de Arte Moderno de
Bogotá (Mambo) abrió el 16 de noviembre una exposicióncon pinturas y
dibujos de Diego Rivera pertenecientes al estado mexicano de Veracruz.
Coincide este hecho con las fechas que abren y cierran la existencia del
artista: 8 de diciembre,su nacimiento; 24 de noviembre, su muerte...
Motivos circunstanciales que unidos al,en todo momento, motivo obligado
de referencia en cualquier artista –su papel en la historia del arte– nos
mueven a bocetar los tableros de este pequeño mural, intentando acotar las
aristas más pronunciadas de su producción y de su vida.
Por Pedro Pablo Rojas
Laiton
I. México insurgente
En primer plano de maguey y nopal, de
flores de alcatraz y de machila, y un horizonte de llanos y volcanes,
escenario del vuelo de las águilas...
Al fondo, México herido y trepidante
bajo la hegemonía del «porfiriato», en 1886, cuando nace Diego Rivera.
Y así está en 1910, cuando estalla la
Revolución Mexicana, acontecimiento impactante que vio de cerca el artista
y siguió de lejos, durante la década siguiente, desde Europa: sus
mayorías, torrente de sangre olmeca, zapoteca, mixteca, teotihuacana,
tolteca, chichimeca y mexica..., sangre por siglos irredenta, despojada,
sin tierra y sin derechos, extranjera en su propio territorio... Nación
humillada y sojuzgada por una minoría de lacayos hincada ante la gran
propiedad y el extranjero, dictadura de apátridas burgueses,
terratenientes aristócratas y clérigos.
Esta nación tenía que levantarse. Y
se levantó dirigida a regañadientes por la burguesía liberal que aún
invocaba la herencia de Juárez y el espíritu de la Reforma. Francisco
Madero, candidato de esta burguesía, derrotado en las trapisondas
electorales del «porfiriato», y que no contemplaba entre sus planes
dirigir la insurgencia popular, impelido por la intransigencia porfirista,
pero principalmente por la rebeldía de las masas, proclamó un plan de
reformas (Plan de San Luis, 1910) y convocó el levantamiento contra
Porfirio Díaz y su dictadura (el «porfiriato») de casi cuatro décadas.
Vendrían diez años de acciones
armadas entre la revolución y la reacción, concluyendo con la Constitución
de 1917 que recogió en su letra buena parte de las reivindicaciones
históricas del pueblo mexicano, las cuales empezarían a ser llevadas a la
práctica –con mucha lentitud y sin alcanzar jamás su culminación–, ya
apagado el vivac de la contienda armada, especialmente después de 1920.
Diez años en que, fiero, un pueblo
estrujó el oprobio y en que trepó a la historia la estirpe indomeñable de
sus héroes, Emiliano Zapata y Pancho Villa, desde allí legendarios... En
que arrumó en la historia, por traición a su patria y a su pueblo, a
Porfirio Díaz quien, obligado, abandonó el poder en 1911 después de
haberlo usurpado desde 1876; y a Victoriano Huerta, porfirista, proclamado
presidente en 1913 y que, puesto en fuga por Venustiano Carranza, huyó del
país en 1914... Y en que, debido a sus acciones vacilantes, la historia
dispensó menos luz que sombra, a Francisco Ignacio Madero, elegido
presidente en 1911, pero que por contemporizar con los porfiristas antes
que poner manos a la obra de la reforma agraria y de las demás
aspiraciones democráticas, tuvo que enfrentar la sublevación de Zapata y
Orozco, y terminó derrotado y muerto por los militares porfiristas con
ayuda de Victoriano Huerta en 1913; y a Venustiano Carranza quien,
habiendo puesto en fuga a Victoriano Huerta, enfrentó el levantamiento de
Zapata y Villa exigiendo una vez más la reforma agraria, convocó el
Congreso Constituyente que formuló la Constitución de 1917, pero por
reincidir en la mora de las reformas que fueron el ideario de la
Revolución, tuvo que enfrentar una vez más la revuelta de Zapata y Villa,
muriendo asesinado en su intento de huir al extanjero...
Y, diez años en que, Estados Unidos
aprovechándose de la situación interna de su vecino del sur, ejerció sobre
México, la presión propia de su ascendente imperio, omnipresente aquende y
allende sus fronteras en guarda de su voraz interés: en 1911, amenazando
invadir con veinte mil soldados si el sucesor de Porfirio Díaz no
resultaba de su entera confianza; en 1912 y 1913, colaborando con la
«cuartelada» de Victoriano Huerta hasta derrocar a Madero y asesinarlo; en
1914, hollando militarmente por siete meses el puerto de Veracruz como
presión sobre Huertas –ya inservible a sus designios– y favoreciendo a
Carranza contra Zapata y Villa; y, finalmente, entre marzo de 1916 y
febrero de 1917, incursionando con la llamada «expedición punitiva» de
cuatro mil soldados al mando del general John Joseph Pershing, en bárbara
cacería tras Pancho Villa, después de que éste atacara el pueblo de
Columbus... El amo del norte, fungiendo de árbitro de las aspiraciones
democráticas, mediante el chantaje y la intervención militar, reabría las
heridas de la nación otrora cercenada....
Este es el fresco real del México
insurgente que Diego Rivera sintió, inmortalizó en sus obras y recordó por
siempre.
Había viajado a Europa en 1907,
gozando de una beca de estudio, y regresado en agosto de 1910, en momentos
en que se iniciaba la Revolución. Precisamente su exposición en la Escuela
Nacional de Bellas Artes es inaugurada el 20 de noviembre, día en que
Madero promulga el Plan de San Luis, primera piedra de toque en las
propuestas democráticas que concitaron la insurgencia. Alcanza a ver, así,
antes de partir en su segundo viaje para Europa, los fogonazos iniciales
en los Estados de Morelos y de México y la irrupción del movimiento
zapatista con el Plan de Ayala, en 1911, la segunda piedra de toque de las
aspiraciones de las mayorías mexicanas. La historia no ha comprobado la
leyenda de que Diego Rivera participara en el ejército campesino de
Emiliano Zapata.
Pero, aun estando lejos, su
sensibilidad no podrá marginarse de los sucesos de su patria, al otro lado
del mar... Sombreros zapatistas, fusiles, cananas y sarapes evocarán en
varios de sus lienzos la gesta revolucionaria.
II. La forja de un
artista
José Diego María Concepción Juan
Nepomuceno Estanislao Rivera Barrientos Acosta y Rodríguez nace el 8 de
diciembre de 1886 en Guanajuato, capital del estado de Guanajuato. Su
hermano gemelo muere a los dos años. Sus padres, Diego Rivera y María del
Pilar Barrientos, le proveen un ambiente familiar holgado y culto que
marcará su futuro desenvolvimiento, puesto que aquél era profesor y
periodista, habiendo fundado una escuela normal para maestros rurales y
editado el periódico quincenal de tendencia liberal El Demócrata, hecho
este que le acarrea alguna animadversión, razón por la cual la familia se
ve precisada a trasladarse a Ciudad de México en 1892.
Genial y apasionado por la expresión
visual, el futuro dibujante, pintor, escultor, grabador, arquitecto,
escenógrafo e ilustrador, empieza a dibujar a los tres años. A los diez
años ingresa a los cursos nocturnos de la Academia de San Carlos (más
tarde Academia Nacional de Bellas Artes); a los trece años se inscribe en
los cursos diurnos de la misma academia y a los quince ya domina los
conocimientos que ésta tiene para darle. No es de extrañar que a los
dieciséis años empiece su ruptura con la formación académica, desencantado
por el plan de estudios del nuevo director, el pintor español Antonio
Fabrés Costa, centrado en el uso de fotografías como modelos.
A los veinte años obtiene una beca de
la Gobernación de Veracruz para estudiar en España. Entre 1907 y 1910,
inicialmente bajo las orientaciones de su maestro Eduardo Chicharro y
Agüera, en viaje por España, Francia, Bélgica e Inglaterra, entra en
contacto con los antiguos maestros y con algunas de las nuevas tendencias
artísticas. Entre los primeros, El Greco, Velázquez, Goya, los pintores
flamencos, William Turner, William Blake y William Hogart; y entre las
segundas, el posimpresionismo, el cubismo y el futurismo.
Cuando retorna a Europa en junio de
1911, después de haber vivido el estallido de la Revolución, lleva en su
nervio el raro aleteo de lo que, andando el tiempo se definirá como su
compromiso artístico con la humanidad y en particular con su país. Imbuido
de este sueño embrionario, lo sentirá crecer al contacto con el mundo
intelectual y artístico europeo en ebullición, la Primera Guerra Mundial,
la Revolución Soviética y las noticias muy caras de la revolución en su
propio país. La bohemia, el tesonero trabajo de taller, los
acontecimientos políticos, las teorías estéticas y artísticas, la
ciencia... arderán en el crisol donde se forja un artista revolucionario.
París es la capital cultural del
mundo y a ella concurren todas las corrientes artísticas de vanguardia. Y,
Diego Rivera, inicialmente experimenta con ellas, para luego apropiarse de
algunos aportes y, finalmente, decantar su propio estilo.
Difícil discernir año a año, en la
compleja red de influencias, rupturas y síntesis afirmativas, el eje
menudo de su desarrollo. No obstante, el curso de su producción y sus
datos biográficos dan cuenta de algunas peripecias notables y de su
incidencia conceptual y formal: en 1911, influencias neoimpresionistas vía
Georges Seu-rat; en 1912, influencias de El Greco y Paul Cezanne; en 1913,
a raíz de su amistad con Picasso, influencias del cubismo picassiano; en
1914 aparece en sus obras lo que sus compañeros cubistas llamarán y
condenarán como «exotismo» y que no es otra cosa que la afirmación en el
color, la textura y la forma, de su procedencia mexicana con la evocación
del sarape; en 1915, con un manejo particular del lenguaje cubista, pinta
el lienzo Paisaje zapatista, encontrando definitivamente un tema
«nuevo» pero todavía en un odre que ya empezaba a cuestionar y que, muy
poco después, dejaría de lado; en 1916, paradójicamente, chapotea en la
especulación metafísica, explicando y disputándose acaloradamente la
paternidad de la teoría de «la cuarta dimensión» en el arte; en 1917, a
raíz del «affaire Rivera» (duro altercado con el poeta y teórico del
cubismo Pierre Reverdy), rompe no solo con su marchante Léonce Rosemberg y
sus sectarios compañeros cubistas que lo aislan, incluyendo Picasso, sino
con el cubismo, regresando con presteza a la figuración abierta a medida
que vuelve sobre Cezanne, la pintura holandesa del siglo XVII, Ingres y
Renoir; en 1918, su fuerte reacción contra el cubismo es reforzada por las
largas discusiones con el médico y crítico de arte Elie Faure quien,
además, le despierta interés por el Renacimiento, y abandona
definitivamente el cubismo; en 1919, conoce a su paisano David Alfaro
Siqueiros (1896-1974), que había alcanzado el grado de coronel como
combatiente en la Revolución Mexicana y quien le comparte entusiasta una
visión más coherente del papel social del arte en la coyuntura actual; en
1920, disfrutando de la financiación oficial de su país alcanzada debido a
los buenos oficios de Alberto J. Pani, embajador mexicano en Francia,
durante varios meses de viaje por Italia, estudia el arte etrusco,
bizantino y renacentista, última lección europea que contribuye a definir
el viejo sueño en sus rasgos principales: un arte figurativo, monumental,
público y de contenido popular; en 1921, con todo este vagaje, regresa a
su patria.
La duda que durante diez años tantas
veces le asaltó, entre uno y otro experimento técnico, entre uno y otro
aprendizaje formal, entre una y otra apropiación de los lenguajes
plásticos, ha dejado lugar a la certeza de un artista formado no solo en
la academia, sino también en la dura brega por la sobrevivencia y el amor,
en la excitante refriega de las ideas y de las actividades políticas y
culturales... Formado, sí en el vasto conocimiento teórico y práctico de
los lenguajes plásticos contemporáneos; sí en la aprehensión de los
aportes de las diversas escuelas del pasado europeo; pero también en el
llamado de su pasado prehispánico, del sufrimiento y las luchas de su
pueblo, de Juárez, de Zapata, de Vasconcelos, de Marx y de Lenin, y el de
un horizonte histórico que demanda del arte su cuota a la construcción de
nuevas sociedades.
III. El pueblo en los
muros
Como puede verse, llegar a la
conclusión de que su papel como artista residía en la creación de un arte
que reflejara la historia, los anhelos y las luchas de su pueblo, había
sido una tarea nada fácil. Su concreción en los años por venir, cubriría
un trecho de iluminación recíproca entre la formulación teórica y su
plasmación práctica, dinamizadas por su posición ideológica y política al
lado del marxismo.
Por eso, en 1921, aún no se había
definido con todas sus implicaciones y su desarrollo completo tardaría
varios años. Cuando esto ocurra, su rostro ante el mundo será el
arrollador movimiento pictórico conocido como muralismo mexicano, entonces
la primera corriente plástica originaria de América de repercusión
internacional.
El muralismo mexicano es el fruto de
la feliz confluencia de varios procesos de orden histórico, cultural y
político catalizados por un grupo de veinticinco artistas liderados por
Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. De una parte,
la etapa es de afianzamiento temporal de algunas de las tareas de la
revolución tales como la educación gratuita y universal, la
nacionalización de los recursos en manos del capital extranjero, la
separación de la Iglesia y el Estado y la legislación obrera, a la vez que
en América Latina crece la marea antiimperialista llevando en su espíritu
nacional la exaltación del pasado cultural y la presencia multiétnica en
la construcción de las nuevas identidades del continente.
José Vasconcelos, comprometido con la
educación y la cultura desde antes de la Revolución, en las actividades
del Ateneo de la juventud (1909) y luego, durante la Revolución, en
las actividades más intensas del para entonces llamado Ateneo de México,
ahora como ministro de educación del gobierno de Álvaro Obregón, canaliza
todos los recursos a su alcance para hacer realidad una educación popular,
emprendiendo para ello una verdadera cruzada contra el analfabetismo, que
agobia la mayoría de la población, mediante la construcción de escuelas
primarias, industriales, agrícolas y normales, «misiones culturales»,
etc., con el fin de darle soporte a los avances de la revolución nacional
y democrática. Aquí encaja perfectamente el programa de pinturas murales
confiado a los artistas. Y es tan ahincada su entrega que, con el fin de
conmover y motivar a los artistas y demás intelectuales enganchados en el
programa, organiza en noviembre de 1921 un viaje a Yucatán para observar
las maravillas del pasado precolombino en Uxmal y Chichén Itzá. Rivera se
encuentra entre los invitados.
Orozco, Siqueiros y Rivera habían
participado, en uno u otro momento, en los sucesos de la Revolución y se
hallaban profundamente comprometidos con su suerte futura. Los tres
llegarán a la fundación y dirección del Sindicato de Obreros técnicos,
Pintores y Escultores en 1922 y, casi simultáneamente, a la militancia en
el Partido Comunista, accediendo Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y
Xavier Guerrero –también muralista y cofundador del sindicato– a su Comité
Central el año siguiente.
De otra parte, mencionando solo el
caso de Rivera, a sus treinta y cinco años de edad, cuando asume su tarea
de muralista, ya posee dominio exhaustivo de las técnicas y materiales
propios de la plástica y de la historia del arte nacional y universal. Tal
es su seguridad que, recordando este momento, dice en su autobiografía:
Me encontraba en el
centro del mundo plástico, donde existían colores y formas en su absoluta
pureza. En todo veía una obra maestra potencial: en las multitudes, en las
fiestas, en los batallones desfilando, en los trabajadores de las fábricas
y del campo, en cualquier rostro luminoso, en cualquier niño radiante...
El primer boceto
que realicé me dejó admirado.¡Era realmente bueno! Desde entonces
trabajaba confiado y satisfecho. Había desaparecido la duda interior, el
conflicto que tanto me atormentaba en Europa. Pintaba con la misma
naturalidad con que respiraba, hablaba o sudaba. Mi estilo nació como un
niño, en un instante; con la diferencia de que a ese nacimiento le había
precedido un atribulado embarazo de treinta y cinco años. (March, p. 97).
Las condiciones políticas y
administrativas estaban dadas: había en marcha un programa oficial de
pintura mural en los edificios públicos... tenía los muros. Tenía la
destreza profesional y en su conciencia bullía el devenir social y
estético del hombre y su proyección histórica: sabía pintar como ninguno y
conocía las propuestas de las vanguardias y los estilos del pasado. Tenía
identificado el norte ideológico y político: hacer un arte que coadyuvara
a formar la conciencia histórica y política en la clase obrera y el resto
del pueblo con miras a la transformación revolucionaria de la sociedad...
Pero todavía afronta un problema: se
encuentra ante el desafío de inventar un lenguaje plástico avanzado,
accesible a las masas trabajadoras, que permita la comunicación con ellas
y que al expresar sus intereses revolucionarios eleve de igual manera su
conciencia, su sensibilidad y su gusto estéticos... Se requería también
una revolución en el arte. Por eso confiesa:
Si pretendo
contribuir a que mi país tenga una fisonomía artística propia, si
pretendo exprimir el vigor de la naturaleza física y humana de México, si
pretendo que mi pintura no solo describa a mi pueblo sino que también
dialogue con él, para que en ella se reconozca y se reencuentre en mis
cuadros, tengo entonces que redefinir mi estilo.
Adolfo Sánchez Vázquez, refiriéndose
a esta encrucijada de Rivera, que es la encrucijada de todo artista lúcido
y situado, dice:
Sabemos que Rivera
no aceptaba cualquier lenguaje plástico que asegurara esa accesibilidad.
No aceptaba desde luego el lenguaje tradicional que la vanguardia
artística había desechado. (...) pero tampoco se trataba para él de
mantener los logros estéticos modernos sacrificando la comprensión de las
masas o pensando utópicamente que por sí solos bastarían para ser
entendidos por ellas. (Sánchez Vázquez, pp. 254-255).
Con este problema por resolver, se
enfrenta a su primer mural en el Anfi-teatro de la Escuela Nacional
Preparatoria, La creación, un fresco experimental a la encáustica,
en sus propias palabras «con un tema abstracto: las relaciones del hombre
con los elementos, es decir, los orígenes de las Ciencias y las Artes, en
cierto modo, una especie de abreviatura de la historia esencial del
hombre». (Tibol, p. 49).
En su artículo Los primeros murales
el pintor reconoce sus limitaciones:
Esta obra, a pesar del esfuerzo
del pintor por expresar en los personajes la belleza genuina mexicana, se
resiente, aún en su ejecución y aún en su mismo sentido interno, de
influencias europeas demasiado fuertes y que, paulatinamente, van
desapareciendo en los subsecuentes trabajos que ha ejecutado. (Tibol, p.
50).
La cuestión del tema la irá
solucionando en los murales siguientes; no obstante, en este momento, en
su formulación teórica considera que la elección del tema no asegura el
carácter revolucionario del arte, sino que este carácter descansa
esencialmente en la adhesión del artista a la revolución, en una evidente
confusión y soslayando la solución del problema, que como dice Adolfo
Sánchez Vázquez «es lo fundamental para un arte revolucionario: la
creación de un lenguaje plástico que permita su uso público» y que es
«sobre todo lo que constituirá una aportación del muralismo mexicano».
(Sánchez Vázquez, p. 261)
En la práctica, redefine su estilo
por una figuración monumental, con base en el empleo de volúmenes rotundos
que rompen muchas veces con las proporciones de la perspectiva
renacentista, por el contraste cromático, la línea espontánea y fresca, y
por ritmos, tensiones, movimientos y construcciones al servicio de una
composición narrativa clara, ágil y enérgica. Lenguaje accesible a las
mayorías, pero también avanzado, adecuado también para elevar el gusto,
cumpliéndose el criterio marxista de que «el objeto artístico –como
cualquier otro producto– crea un público sensible al arte y capaz de goce
estético» y de que «la producción, por tanto, no solo produce un objeto
para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto». Aquí plasma lo en
algún momento confuso, pero poco a poco aclarado:
Yo había llegado a
la conclusión de que era preciso el advenimiento de una pintura, en
general un arte nuevo, no por su apariencia sino por fusión estrecha de
forma y contenido actual en continuo movimiento hacia el futuro, para el
que había que conservar todo el aporte técnico de lo que fue el arte
moderno hasta entonces, pero expresándose en una forma simple y clara.
(Sánchez Vázquez, pp. 257-258).
IV. “Humano Orinoco”
En su trabajo artístico, es la
significación o contenido, «suma» de tema y forma, resultado de ahondar en
su entorno inscrito en lo universal, lo que hace imperecedera la inmensa
mayoría de su obra y, acaso, su postura combativa convierte su trasegar en
paradigma.
De esto dan fe sus murales
posteriores entre los cuales mencionaremos algunos de los más
sobresalientes o conocidos: los de la Secretaría de Educación
Pública:Visión política del pueblo mexicano(1923-1928); los de la Escuela
Nacional Agrícola de Chapingo: Canto a la tierra y a los que la
trabajan y liberan (1930-1931); los del Palacio Nacional de Ciudad de
México: Epopeya del pueblo mexicano (1929-1951); los de la
California School of Fine Arts, en San Francisco, California: La
elaboración de un fresco (1931); los de The Detroit Institute of Arts,
en Detroit, Michigan: La industria de Detroit u Hombre y máquina
(1932-1933); los destruidos del Rockefeller Center, en Nueva York: El
hombre en la encrucijada, mirando esperanzado a un futuro mejor
(1933), y los de su versión para el Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de
México: El hombre controlador del universo o El hombre en la máquina
del tiempo (1934); los del Hotel Reforma, en Ciudad de México:
Carnaval de la vida mexicana (1936); los del City College of San
Francisco: Unidad Panamericana (1940); los del Instituto Nacional
de Cardiología, en Ciudad de México: Historia de la cardiología antigua
e Historia de la cardiología contemporánea (1943); Los del Hotel del
Prado: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central
(1947-1948)...
También dan fe sus obras de
caballete: retratos, paisajes, eventos políticos, desnudos, figuras del
pueblo como vendedoras de flores, obreros y campesinos. En ellos Diego
Rivera nos presenta también su fidelidad a los colores, la atmósfera y las
aspiraciones nacionales y revolucionarias de México.
En Visión política del pueblo
mexicano, una de las obras más apreciadas –incluso por su demoledora
crítica Marta Traba (Traba, p. 20)– vemos, entre otras cosas, actividades
laborales del campo y la ciudad, los tipos regionales, las fiestas
populares y El corrido de la revolución dividido en Revolución Agraria y
Revolución proletaria con escenas de la lucha revolucionaria, la
organización productiva y política y la victoria sobre el capitalismo.
Octavio Paz se refiere así a este mural:
En los frescos de
Educación Pública, las variadas influencias de Diego, lejos de
encorsetarlo, le permiten mostrar sus grandes dotes. Estas pinturas son
como un inmenso abanico desplegado, que muestra una y otra vez a un
artista múltiple y singular: a un pintor que en ciertos momentos recuerda
a Ingres; a un aventajado alumno del Quattrocento que, cercano unas veces
al estricto Duccio, recrea en otras el rico cromatismo de Benozzo Gozzoli
y su seductora combinación de naturaleza física, animal y humana; al
artista del volumen y la geometría, capaz de llevar al muro las
enseñanzas de Cezanne; al pintor que amplió las ideas de Gauguin –árboles,
hojas, agua, flores, cuerpos, frutos- infundiéndoles nueva vida;
finalmente, al dibujante, al maestro de la línea armónica. (Kettenmann,
p. 36).
El mural Canto a la tierra y a los
que la trabajan y liberan, por su carácter unitario es comparado con
el trabajo en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel o con el de la Capilla de
la Arena de Giotto. Sus ciclos tienen nombres tan sugestivos como La
revolución social, La evolución natural y La tierra liberada con
las fuerzas naturales controladas por el hombre; lo mismo dentro de
cada ciclo: Germinación, Maduración, La sangre de los mártires
revolucionarios fertilizando la tierra y La constante renovación de la
lucha revolucionaria.
En el mural La industria de
Detroit u Hombre y máquina, inspirado en el contacto directo con la
vida fabril de Estados Unidos, con toda su problemática social y sus
perspectivas de progreso, nos muestra los orígenes de la vida y la
técnica, las nuevas tecnologías y su utilización tanto pacífica como
bélica, la coexistencia vida-muerte y naturaleza-técnica, las razas que
conforman la nación estadounidense, las riquezas minerales, los obreros de
la Ford y, claro está, el último modelo de automóvil producido por esta
compañía, el Ford V-8.
Es evidente, entonces, su valoración
de la modernidad en lo que tiene de progresivo el desarrollo de la ciencia
y la técnica, siempre y cuando se utilicen para el bienestar, la justicia
social y la convivencia con la naturaleza.
En el mural Epopeya del pueblo
mexicano, plasma una síntesis de la historia de México desde el
período precolombino hasta el siglo XX, incluyendo el desarrollo de la
lucha liberadora por una nueva sociedad. Por ello, su parte más famosa,
pintada en la pared de la escalera principal del Palacio Nacional, es un
tríptico con estas denominaciones: México prehispánico-El antiguo mundo
indígena, Historia de México: de la Conquista a 1930 y México de hoy y de
mañana.
En los murales del Instituto de
Cardiología, pinta el triunfo de la ciencia sobre la superstición,
mostrando entre otras cosas a Miguel Servet en la hoguera, quemándose por
órdenes de Calvino, rodeado de cardiólogos, médicos e investigadores de
todos los tiempos.
¡Portentosa producción con acento
épico de quien señala estéticamente el camino de la humanidad, con toda su
dialéctica trágica, vital, creativa y luminosa!
Alguien, por esto, llamó a Rivera
«humano Orinoco».
V. Inmenso y combativo
Seis mil ochocientos cincuenta metros
cuadrados correspondientes a veintiocho murales pintados en treinta y
cinco años (de 1921 a 1956), cinco mil bocetos y dos mil cuadros; todo
esto ejecutado en sus sesenta años de trabajo profesional... ¡Titánica
obra plástica quizá como ninguna otra!
Cientos de escritos entre cartas,
artículos de revistas y periódicos, conferencias y discursos, planes de
estudio, informes y manifiestos sobre arte y política... ¡Caudalosa
producción escrita en los resquicios de una vida dedicada tan rotundamente
a la pintura!
Fundador, organizador y director de
periódicos, revistas, comités, comisiones, congresos, campañas, partidos,
sindicatos, socorros, ligas y demás organizaciones gremiales y políticas
de alcance nacional e internacional... ¡Desaforada actividad por la causa
de los trabajadores y la soberanía de las naciones de América Latina!
Militante del Partido Comunista
Mexicano al cual ingresa en 1922, se retira voluntariamente por una corta
temporada entre 1925 y 1926 siendo expulsado en 1929 y readmitido en 1954,
después de haberle sido denegadas dos solicitudes de reingreso; en el
interregno de veinticinco años es abierto simpatizante del trotskysmo
desde 1933, afiliado a la sección mexicana de la IV Internacional en 1936
y expulsado de ella en 1939, y además, organizador y dirigente del Partido
Revolucionario Obrero y Campesino en 1939 y miembro del Comité Ejecutivo
del Partido Popular entre 1948 y 1949... ¡Persistente y tozuda militancia
política, no por contradictoria menos avasallante y asombrosa!
Entre 1923 y 1924, siendo la figura
más prominente del muralismo, se enfrenta con decisión a los ataques de
los grupos conservadores, que no solo azuzan a los estudiantes de grados
superiores de la Escuela Nacional Preparatoria a destrozar los murales
recién pintados, sino que arremeten por todos los medios contra la
política cultural y el programa de murales públicos...
Ejerciendo como director de la
Academia Nacional de Bellas Artes, a mediados de 1930, se ve precisado a
renunciar al fragor de un debate por defender su recién propuesto Plan de
Estudios popular, avanzado y democrático, en contra de sus mezquinos y
conservadores opositores liderados por profesores y alumnos de la Facultad
de Arquitectura de la Universidad Nacional, quienes lo acusaban de
propagar la revolución y el comunismo, de lo cual discrepaban, ya que no
concebían la presencia de la política en los estudios universitarios...
En el mural Sueño de una tarde
dominical en la Alameda Central, entre otros personajes de la historia
de México, aparece Ignacio Ramírez, llamado «El Nigromante», portando un
pergamino con la inscripción «Dios no existe», tesis expuesta por primera
vez en un acto público en 1838 en la Academia de Letrán y que señala un
auge del movimiento intelectual que provocaría la Reforma; el día de la
inauguración tiene lugar un gran escándalo protagonizado por airados
sectores reaccionarios, quienes representados en varias decenas de
estudiantes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional,
irrumpen en el Hotel del Prado y, con cuchillos, agreden a meseros y
vigilantes y mutilan el mural borrando la frase motivo de escándalo, y de
paso, el rostro del artista niño que también aparecía en el mural.
Consultado el pintor al día siguiente del cavernario incidente, afirmó:
Si en 1838 El
Nigromante pudo, en la Academia de Letrán, apoyado por Quintana Roo y
Zamacona, pronunciar esas palabras sin ser raspado ni arañado como el
mural que ahora las reproduce, quiere decir que desde 1838 a hoy, 1948
–ciento diez años– el sector de nuestra sociedad que se llama a sí misma
«gente decente, religiosa y culta», no ha hecho progresos... (Tibol, pp.
445-446).
Desde entonces el mural estuvo
cubierto hasta que en 1956 el artista sustituyó la frase del escándalo por
la de «Conferencia de la Academia de Letrán, 1838»...
¡Impertérrito confrontaba política y
artísticamente las mortecinas garras del oscurantismo y el atavismo de la
premodernidad!
La presencia de un retrato de Lenin
en la parte izquierda del mural El hombre en la encrucijada, mirando
esperanzado a un futuro mejor en el Rockefeller Center de Nueva York,
iniciado en marzo de 1933, desata en abril un escándalo nacional originado
en los círculos reaccionarios de Estados Unidos, a lo cual John David
Rockefeller Jr. pide sustituir la cabeza del jefe de la Revolución
Soviética, resultando infructuosos el respaldo de los sectores
progresistas y la propuesta del pintor de incluir en la composición un
retrato de Lincoln, puesto que el 12 de mayo, con la promesa de no
destruirlo sino de cubrirlo indefinidamente, el trabajo es suspendido
abruptamente –no permiéndosele siquiera al autor fotografiarlo (Lucienne
Bloch logró hacerlo a escondidas)– y el 9 de febrero de 1934, a la media
noche, el mural es destruido totalmente por orden de Nelson Rockefeller...
¡Los afilados dientes de la propiedad
privada imperialista han masacrado el arte!
¿La razón? El mural es propiedad
privada y sus dueños pueden disponer «libremente» de él. La hostilidad
capitalista al arte estaba demostrada...
Con el dinero del contrato, Rivera
pinta Retrato de Norteamérica, un fresco para la New Worker´s
School de Nueva York, obra que hace decir a Albert Einstein: «No podría
citar ni un solo artista de nuestra época cuyo trabajo me haya
impresionado tanto. Quisiera que todo el mundo reconociera más y más lo
que usted tiene que darle»... (Tibol, p. 437). Y, ya en México, en el
Palacio de Bellas Artes, pinta el mural El hombre controlador del
universo o El hombre en la máquina del tiempo, versión ampliada del
asunto del Rockefeller Center...
El condicionamiento social del arte
estaba demostrado. Pero también su poder subversivo y libertario...
¡Su arte, ariete, infatigable
combatía!
De naturaleza similar y de tantas
otras más, estos episodios son apenas una muestra de la atmósfera de
discrepancia, rebeldía, conflicto, polémica y no poca interna
contradicción, en torno a su arte, cargado siempre de pasión y compromiso
con la sociedad y con la historia.
¿Y en el amor?
Con Angelina Beloff, seis años mayor,
nacida y graduada profesora de arte en San Petersburgo, grabadora y
pintora, se conocen en Bruselas en 1909, y como compañeros sentimentales y
artísticos durante los siguientes doce años compartirán la bohemia
artística, las inquietudes intelectuales y políticas, viajarán por varios
países europeos y, en 1916 tendrán un hijo, Diego, que fallece catorce
meses más tarde...
Con Marevna Vorobëv-Stebelska,
artista rusa perteneciente a los mismos círculos de Angelina, seis años
menor que él, conocida en 1915, comparte su vida durante una temporada en
1917 y tiene una hija, Marika, en 1919. A Marevna y Marika, de vez en
cuando, les envía dinero después de su regreso a México, pero con el
tiempo pierde contacto con ellas...
Con Guadalupe Marín, de «ojos verdes,
tan transparentes que parecía estar ciega», «dientes animales», «una boca
de tigre» y unas manos como «garra de águila», natural de Guadalajara y
modelo en varias de sus obras, contrajo matrimonio religioso en junio de
1922 y, en medio de una relación apasionada y tempestuosa que se extingue
en 1927, tiene dos hijas: Guadalupe, nacida en 1924 y Ruth, nacida en
1927. (Herrera, p. 80).
Con Frida Kahlo (1907-1954) se casa ,
en ceremonia civil, el 21 de agosto de 1929, cuando él tiene 43 y ella 22
años de edad, y se divorcian a finales de 1939 para volver a contraer
matrimonio el 8 de diciembre de 1940.
Lo había conocido en 1922, en los
andamios de la Escuela Nacional Preparatoria, institución donde ella
estudiaba y él pintaba el mural La creación, tomándole del pelo y
observándolo pintar entusiasmada, incluso «soñando», burla burlando,
«lavarlo», «limpiarlo» y tener un hijo con ese «viejo panzón» (Herrera, p.
39).
La poderosa amalgama de picardía,
frescura, sensibilidad, sensualidad, racionalidad e imaginación que le
sedujo de Frida a partir de 1928, cuando ella le pide concepto sobre sus
trabajos pictóricos, engarzada en la profunda razón de sus vidas, el arte
y la política; hizo de su pasión amorosa, de su amistad y de su
camaradería, un vínculo que prevaleció al dolor, a la enfermedad, a las
ausencias, a las mutuas infidelidades, a los grises cotidianos, al
frustrado sueño de tener un hijo, incluso al divorcio, hasta el día de su
muerte...
Con Emma Hurtado, editora y, desde
1946 depositaria de sus derechos de exposición y venta de todas sus
pinturas y dibujos, se casa el 29 de julio de 1955; ella será su última
esposa...
Y, además, con sus otros amores,
entre una y otra unión formal o como «aventuras» paralelas, completa una
secuencia de belleza, «tempestad y pasión»: Tina Modotti, en 1926-1927,
estadounidense de origen italiano, fotógrafa y militante comunista, una de
las modelos para su mural de la Capilla de Chapingo y cuya relación
precipitó la separación de Guadalupe Marín; Paulette Goddard, asistente
estadounidense y modelo para su mural Unidad Panamericana; María
Cecilia Armida, inmortalizada en el retrato Macuilxochitl como la flor
machila (1952); María Félix, actriz, la «María Bonita» de Agustín Lara,
inmortalizada también en un retrato de 1949; Pita Amor; etc.
Atractivo y magnético por el brillo
de su personalidad, por su opinión progresista acerca del papel histórico
de la mujer, por el aprecio de sus mentes, por el requerimiento afanoso de
su compañía, por su pasión por la belleza y por el «descomunal apetito de
placer visual»...
Hayden Herrera escribió:
A pesar de que
irrefutablemente era feo, cautivaba a las mujeres con la facilidad de un
imán que atrae limaduras de hierro. En efecto, su apariencia monstruosa
formaba parte de su encanto: hacía resaltar muy bien al tipo de mujer a
la que le gusta jugar a la bella y la bestia. Sin embargo, el mejor
atractivo era su personalidad. Era un príncipe rana, un hombre
extraordinario lleno de humor brillante, vitalidad y encantos. Podía ser
cariñoso y era muy sensual. Más importante, gozaba de mucha fama, y ésta
parece constituir un atractivo irresistible para algunas mujeres.
(Herrera, p. 81).
¡También en el amor... turbulento,
incolmable, inmenso y combativo!
No fue, pues, solo inmenso debido a
la inmensa humanidad de su figura, acotada en sus ciento treinta y seis
kilos de peso y en sus ciento ochenta centímetros de estatura; tampoco fue
inmenso solamente, como lo insinuó devastadoramente –junto a otras
apreciaciones poco rigurosas– Marta Traba, por «los metros cuadrados
cubiertos por sus frescos» (Traba, p. 196). Lo fue por el contexto
exigente de su nación y de su mundo, por el ardor de su sensibilidad
social y estética, por la impetuosa energía desplegada en su oficio
creativo y por el vigor y la persistencia de su compromiso histórico.
Bibliografía
Herrera, Hayden.
Frida: una biografía de Frida Kahlo. México, D. F.: Editorial
Diana, 1997.
Juárez, José.
Rivera, prohombre del arte comprometido, en Lecturas Dominicales de El
Tiempo. Bogotá, 14 de diciembre de 1986.
Kettenmann, Andrea.
Diego Rivera. Colonia, Alemania: Taschen, 1997.
March, Gladys.
Diego Rivera: Mi arte, mi vida. Una autobiografía. México, D.
F., 1963.
Ocampo López, Javier.
Historia de la cultura hispanoamericana siglo XX. Bogotá: Plaza y
Janés, 1987.
Reyero, Manuel.
Diego Rivera. México, D. F.: Fundación Cultural Televisa A. C., 1983.
Sánchez Vázquez,
Adolfo. Claves de la ideología estética de Rivera, en Cuestiones
estéticas y artísticas contemporáneas. México, D. F.: Fondo de
Cultura Económica, 1996.
Tibol, Raquel. Arte
y política: antología de textos de Diego Rivera. México, D.F.:
Editorial Grijalbo, S. A. , 1979.
Traba, Marta.
Antología de textos de Marta Traba. Bogotá: Museo de Arte Moderno de
Bogotá, 1984.
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