|
CINCUENTA
AÑOS APORTANDO
AL
DESARROLLO NACIONAL
En 1903, pasada la guerra de los Mil
días, el coronel José Joaquín Bohórquez, buscaba establecer una empresa de
transporte fluvial en los ríos Opón, Oponcito y Carare que movilizara los
cargamentos de importación y exportación del comercio de Zapatoca, El
Socorro y otras poblaciones del sur de Santander y se encontró con los
manaderos de petróleo que Gonzalo Jiménez de Quesada reportó en la región
de Infantas en 15361, donde hoy queda
Barrancabermeja y que los indios yariguíes utilizaban para «quitar el
cansancio, fortalecer las piernas y brear sus bergantines»2.
Por decreto legislativo No. 34 de
1905, elevado rápidamente a ley en el mismo año, el Presidente de la
República, general Rafael Reyes, (1904-1908) se invistió de facultades
para «otorgar privilegios en la construcción de canales, explotación del
lecho de los ríos y canteras, depósitos de asfalto y aceites minerales»3.
La concesión De Mares, núcleo de la creación, en 1951, de la Empresa
Colombiana de Petróleos, Ecopetrol, fue autorizada el 28 de noviembre de
1905, mediante escritura No. 27, firmada entre el ministro de Obras
Públicas, el señor Modesto Garcés y don Roberto De Mares4,
y su objeto versaba «sobre explotación de fuentes de petróleo en terrenos
de propiedad de la Nación», que debía revertir a título gratuito y en el
estado en que se encuentren «todas las obras, edificios, máquinas,
aparatos, cables aéreos, herramientas y en general, todos los elementos de
explotación y medios de comunicación empleados por el contratista»5,
al cabo de 30 años y el pago del 15 por ciento de regalías6,
en un área de 532.932 hectáreas de extensión, ubicada a unos 500
kilómetros del mar, en el valle medio del río Magdalena7.
Los inicios de la concesión De Mares
transcurrieron en medio de la emergencia y consolidación de los Estados
Unidos como primera potencia mundial y sus antecedentes pueden encontrarse
en la teoría del Destino Manifiesto, según la cual, el sino norteamericano
era «extender el continente que nos fue asignado por la Providencia para
el libre desenvolvimiento de nuestros millones que se multiplican cada
año»8 y que llevaron a completar la bandera
de las barras y las estrellas con la anexión de Texas (1845), Oregón,
(1846) California y Nuevo México (1848), la compra de Alaska (1867) y
Hawai, que le franqueaba el paso al Pacífico (1893). La guerra contra
España que arrojó como resultado la liberación de Cuba y la anexión de
Puerto Rico (1898), despojó del último reducto al imperio colonial español9.
En no menos de veinte ocasiones, entre 1980 y 19, soldados de la marina y
el ejército norteamericanos invadieron el territorio de los países de la
zona del Caribe10. En una de esas nos tocó a
nosotros.
En 1903, Teodoro Roosevelt, para
quienes los colombianos éramos esas «despreciables criaturillas de
Bogotá», o bandidos «sicilianos o calabreses»11
en ejecución de su política del Big Stick, como corolario de la doctrina
Monroe de «América para los americanos», que proscribía la intervención
europea en la región, interviene abiertamente en la separación de Panamá
de Colombia, ante la abyección y el sometimiento de las autoridades de
Bogotá, comandadas por José Manuel Marroquín, Presidente de Colombia, «un
hombre irresoluto hasta la pusilanimidad, modesto hasta la humillación,
pesimista hasta la melancolía, iluso hasta la ruina, sensible hasta la
delicadeza y prudente ¡ay¡ hasta la cobardía»12.
Baldomero Sanín Cano, refiriéndose al comportamiento de las elites
colombianas ante los sucesos que van a cumplir una centuria en el año 03,
dijo que: «En presencia de la república colosal, estas personas adoptan la
postura de un pájaro pequeño a la mirada hipnótica de la boa constrictor»13.
La indemnización de 25 millones de
dólares aceptada como precio por la humillación de Panamá, consignada en
el tratado Urrutia-Thompson en 1914 y hecha efectiva en 1922, se utilizó
por parte de las autoridades americanas para obtener una legislación
petrolera favorable a los intereses norteamericanos ante la necesidad de
garantizar los suministros, presionados por la inminencia de la guerra
europea, el merodeo inglés en estos territorios en busca del nuevo oro
mundial y el sentimiento antiyanqui generado por la desmembración de
Panamá14.
La venalidad de las autoridades
locales les facilitó la tarea a la que se dispusieron los norteamericanos
con afán, identificando de sur a norte y de oriente a occidente toda la
geografía petrolera nacional como lo señala el general Felipe S. Escobar,
citado por Jorge Villegas: «Han contratado a vil precio y en enormes
extensiones, yacimientos minerales de valor inmenso, han fomentado la
fácil y lucrativa industria que consiste en valerse de antiquísimas y
antes olvidadas Cédulas Reales para vender como propiedad particular
comarcas enteras consideradas no ha mucho como baldíos o de propiedad
municipal; han adquirido sobre bienes nacionales de inestimable valor
falsos títulos de dominio que, amparados por la bandera estrellada, son un
peligro y una amenaza para la seguridad del país; han acaparado en el 90%
la mayor riqueza que tiene la República para no explotarla por años; han
hecho al Estado víctima del más inaudito y valioso despojo de que se tenga
noticia en nuestra historia, pues todas esas minas son de propiedad de la
nación».
Para entonces, el petróleo comenzaba
a evidenciar su enorme influencia en la economía mundial al reemplazar al
carbón como fuente de energía que alimentaba la creciente
industrialización de los países centrales, al transformar la sociedad y el
hombre de nuestro tiempo, por su inocultable preponderancia, en la
«sociedad de los hidrocarburos» y el «hombre de los hidrocarburos»15.
La Primera Guerra Mundial reafirmaría
la importancia estratégica y militar del petróleo: «Fue una guerra que se
libró entre hombres y máquinas. Y esas máquinas estaban propulsadas por
petróleo». Por este motivo, en el curso de la Primera Guerra Mundial el
petróleo y el motor de combustión interna cambiaron todas las dimensiones
de la guerra, incluso respecto de la movilidad en tierra, mar y aire. En
las décadas anteriores, la guerra terrestre había dependido de inflexibles
redes de ferrocarril, como ocurrió en la guerra franco-prusiana de
1870-1871. Desde la etapa ferroviaria en adelante, el movimiento de tropas
se veía limitado por la resistencia física, la capacidad muscular y las
piernas de hombres y animales. La introducción del motor de combustión
interna cambiaría la cantidad de cosas acarreadas, la distancia y la
rapidez16.
Inglaterra y Estados Unidos se
disputaban palmo a palmo el globo terráqueo en busca de las fuentes y el
control de tan jugoso y estratégico recurso y negocio. La figura pionera
de John D. Rockefeller, de quien colaboradores inmediatos decían que era
el «hombre con menos sentimientos que he conocido o un egoísta temerario y
sin escrúpulos que no tenía remordimientos de conciencia y que haría
cualquier cosa que fuese necesaria para alcanzar el éxito»17
forjaba el imperio de la Standard Oil Co., a partir de los descubrimientos
petrolíferos de Titusville, Texas, en 1859, por el coronel Edwin L. Drake18;
que extendió sus tentáculos por el mundo, redes en las que terminó
enredada la concesión De Mares.
La gran estrategia y el gran
propósito del señor Roberto De Mares, conocedor del mundo petrolero,
consistió siempre en venderle la concesión a los norteamericanos. Con el
argumento de no tener recursos para desarrollarla y aprovechando sus
relaciones de compadrazgo con el general Reyes, después de una serie de
episodios de franca violación de la ley, como el incumplimiento
sistemático del inicio de los trabajos y el desconocimiento de los
derechos del coronel Bohórquez en el descubrimiento de los campos
petrolíferos de Infantas y de la empresa conformada para su explotación19,
la concesión De Mares fue traspasada a la Tropical Oil Company, una
subsidiaria de la Standard Oil de New Jersey, constituida a las volandas
en mayo de 1916, en Wilmington, Delaware, Estados Unidos.
La última prórroga de la concesión
estaba por vencerse nuevamente y para evitarlo la Tropical, ya dueña de la
Concesión, inició los trabajos de explotación que fueron avalados y
refrendados por el acta de San Vicente de Chucurí, el 15 de junio de 1916.
En consecuencia, la concesión debería revertir al país en 1946. Por
rogativas del Gobierno de Eduardo Santos, quien le ofreció extenderla 25
años o más, a cambio de US$ 10 millones y un simulacro de devolución de
una parte mínima que no había sido tocada21,
de artimañas jurídicas para las que se prestó el propio gobierno, y de
personajes como Esteban Jaramillo, quien ofició de abogado del gobierno y
de la Tropical al mismo tiempo22, mediante
sentencia judicial se determinó que la concesión revertiría al país el 25
de agosto de 1951, cuando debería hacerlo en 1946. La jugarreta le costó a
la nación 63.400.000 barriles de petróleo que se ganó la Tropical, por los
cinco años de su extensión espuria23.
La presencia en el país de la
Standard Oil, el desarrollo de sus trabajos en El Centro y la construcción
y operación de su refinería en Barrancabermeja, terminaron con los
titánicos esfuerzos de hombres como Diego Martínez Camargo, Prisciliano
Cabrales y el General Francisco Burgos Rubio, quienes influenciados por el
verbo encendido de Jorge Isaacs, el célebre autor de La María, se habían
dado a la tarea de desbrozar los linderos del petróleo en la geografía de
la Costa Caribe. Sus tesoneros empeños fueron inversamente proporcionales
a la terquedad de la naturaleza: ésta siempre les negó sus efluvios. Pero
Diego Martínez Camargo era un hombre difícil de vencer, con una tenacidad
aprendida en la guerra y, en compañía de importantes hombres de empresa de
Cartagena como Rafael y Armando de Zubiría, Enrique de la Espriella,
Rafael del Castillo, C. Piñeres y Lácides Segovia, fundaron y
construyeron, con capital nacional, la primera refinería de petróleo del
país, que alzaba orgullosa su tea a la entrada de Bocagrande, la Cartagena
Oil Refining Company, que alimentaban con 400 barriles de crudos
importados de los Estados Unidos24. El
gobierno de entonces y los tentáculos de la Standard, que se confabularon
contra estos pioneros de la industria, hicieron naufragar ese primer
esfuerzo industrializador.
La historiadora cartagenera María
Teresa Ripoll lo explica así en su trabajo La actividad empresarial de
Diego Martínez Camargo,1890-1973: «Uno de los temores que abrigaba la
refinería de Cartagena desde su creación era que las compañías extranjeras
se decidieran por explotar los recursos petrolíferos de nuestro país y
montaran una refinería que se convertiría sin duda en competencia mortal
para los pequeños capitales de la compañía cartagenera. En 1910 habían
vencido los términos del contrato de las concesiones Barco y De Mares,
hechas en 1905 y 1906, por lo que desde esa fecha era de esperarse que los
campos petroleros del Catatumbo y de Barrancabermeja fueran reintegrados
al dominio de la nación. Aprovechando esta coyuntura, la refinería de
Cartagena pidió al gobierno que se le ampliara el privilegio concedido de
50 km a 600 km hacia el interior de la Costa, extensión que habría
incluido los campos de Barranca y del Catatumbo. En 1910 el gobierno
colombiano negó esta petición a la Cartagena Oil Refinig Co. por
considerar que, en el caso de que una compañía extranjera se decidiera a
instalar una refinería en Colombia, debía contar con la aprobación del
gobierno nacional, y que era tan lejana la posibilidad que no ameritaba
tenerla en cuenta en la petición que hacía la refinería de Cartagena25.
Tan sólo diez años más tarde se vería amenazada la existencia de la
refinería cartagenera. La Cartagena Oil Refining Co. estuvo en
funcionamiento durante doce años, hasta 1923, año en que comenzó a operar
la refinería instalada en Barrancabermeja por la International Petroleum
Ltd, subsidiaria de la Standard Oil de New Jersey, y el monopolio
colombiano pasó entonces a la poderosa empresa norteamericana. Diego
Martínez Camargo lo resume desde la simplicidad de lo práctico en informe
a sus accionistas en septiembre de 1921: «Tan pronto como comience la
producción de la Tropical debemos proceder a liquidar la compañía». Y el
exministro Orlando Cabrales lo dice sin tapujos: «Sin duda, en este
informe se refleja la amargura de la directiva de la refinería al ver que
el entorno se desvanecía, no solo por la vergonzosa persecución de algunos
funcionarios del gobierno, sino también porque la dueña y ama en ese
momento de la industria del petróleo asfixiaba sin contemplación a un
ejemplar y exitoso esfuerzo de empresarios nacionales, y con una conducta
del gobierno tal vez igual a la de un espectador ante una corrida de
toros»26.
La
reversión de la Concesión
De Mares
El entorno
internacional
La Revolución Rusa de 1917 dividió el
mundo en dos sistema económicos y políticos contrapuestos insuflándole
nuevos bríos a los enfrentamientos, a propósito de las relaciones entre el
petróleo y la política. En 19, los bolcheviques reconquistaron Bacu, su
principal región petrolera y nacionalizaron su petróleo. Las
multinacionales que dominaban el escenario quedaron atónitas: «La
participación de un gobierno en las empresas industriales y comerciales,
como en Rusia, es algo nuevo en la historia de los negocios», dijo
Heinrich Rieddeman, director de operaciones alemanas de la Standard27.
En 1917 México determinó en la
Constitución de Querétaro que el subsuelo pertenecía, no a los
propietarios de la superficie, sino al Estado mexicano. Esto originó un
fuerte enfrentamiento con las compañías extranjeras, en especial inglesas,
en el que el Estado mexicano no cedió. Una creciente ola de nacionalismo
estaba cambiando el entorno del negocio petrolero a nivel mundial y
colocaba en serios aprietos a las compañías acostumbradas a manejar a su
antojo a gobiernos, funcionarios y países. «A lo largo y ancho de todo el
continente europeo, las políticas gubernamentales se enfrentaban a la de
las compañías petroleras extranjeras privadas, y el alcance de la
confrontación no tenia precedentes»28 y,
«existía una tendencia generalizada en todos los países extranjeros en la
actualidad a forzar o fomentar la creación en sus propios territorios de
compañías nacionales en lugar de permitir el establecimiento de filiales
extranjeras»29.
La ola nacionalista se extendió a
Latinoamérica. Bolivia expropió la filial de la Standard en 1937, alegando
fraude fiscal. En México las compañías estaban acostumbradas a hacer
negocios con el uso del chantaje y del soborno. Para Henry Determing,
director de la Royal Dutch, México era «un gobierno colonial al que se le
limita a dar órdenes»30. Para su desgracia,
apareció en el firmamento mexicano Lázaro Cárdenas, presidente de la
República entre 1934 y 1940, de quien el ministro británico de la época
dijo que era «un hombre con la cara alargada, como una máscara, y los ojos
rasgados e inescrutables del indio (...) que sus inclinaciones más
izquierdistas hacen la pesadilla del capitalismo (...) pero que ojalá,
después de pensar bien las cosas, es una pena que no haya más hombres de
su valía en México»31. Lázaro Cárdenas se
cansó del tratamiento de «territorio conquistado» que le proferían a la
nación mexicana las compañías petroleras y en la noche del 18 de marzo de
1938, ordenó la expropiación de las compañías holandesas, inglesas y
norteamericanas que operaban en su territorio, que «establece un
precedente por todo el mundo, especialmente en Iberoamérica, que podría
poner en peligro toda la estructura del comercio internacional y la
seguridad de los inversores extranjeros»32.
En 1943 Venezuela pactó con las compañías norteamericanas un nuevo reparto
de la renta petrolera más favorable a los intereses de la nación33.
En Colombia, las circunstancias
políticas se caracterizaban por la fortaleza del movimiento obrero que ya
había legalizado su existencia en el gobierno de López Pumarejo, el auge
del gaitanismo que en cabeza de Jorge Eliécer Gaitán, apoyó resueltamente
las reivindicaciones obreras por la reversión, que ganaron un amplio
respaldo nacional. La Ley 165 de 1948 autorizó la creación de una empresa
con carácter privado, mixto o estatal y cuando ya era evidente para la
Tropical la inevitabilidad de la reversión, sus propias acciones, como el
despido de centenares de trabajadores, precipitó la huelga de 1948 que
debilitaron su posición ante la opinión pública. Gaitán caería abatido el
9 de abril de 1948, truncándose la esperanza de una transformación
democrática del país e inaugurando el fatídico período de la violencia, de
la cual no hemos salido.
Así pues, las circunstancias
internacionales y nacionales confluyeron para colocar en serios aprietos
el régimen de Ospina Pérez y hacer insostenible la situación de la
Tropical en el país34. Después de un aguda y
apasionante batalla que no alcanza a ser descrita en estas líneas,
finalmente, el 25 de agosto de 1951 a las 12 de la noche, el rugido de las
sirenas de El Centro y de la Refinería de Barrancabermeja, anunció
simultáneamente el imborrable momento en que el Estado colombiano recibía
de la Tropical Oil Company las instalaciones de la Concesión de Mares35,
iniciándose así la zaga de trabajadores, técnicos y directivos en la
construcción de la más importante empresa nacional. Mediante el decreto
030 de 1951 se constituye Ecopetrol, como entidad autónoma, con personería
jurídica propia, encargada de: «la explotación, administración y manejo de
los campos petroleros, oleoductos, refinerías, estaciones de abasto y, en
general, de todos los bienes muebles e inmuebles que revierten al Estado»36.
Bienes
revertidos
-
Los terrenos dados en concesión,
con sus mejoras y anexidades, con una extensión de 430.492 hectáreas.
-
Las plantas industriales y
otras dependencias especiales.
-
El hospital de El Centro, clubes,
casinos, comisariatos, viviendas y centros educacionales.
-
Los talleres de mecánica, de
electricidad, de equipo automotor y pesado, de carpintería, las bodegas
de materiales y el ferrocarril El Centro-Barrancabermeja y las
dependencias (edificaciones) de la administración.
-
La refinería de Barrancabermeja,
con una capacidad total de procesar 2.000 barriles por día. Por acuerdo
del gobierno nacional y la Tropical, sólo revirtió al país el 30 de
marzo de 1961.
El valor de los bienes recibidos se
estimó en unos treinta millones de pesos de la época para las
instalaciones de producción, y de catorce millones de pesos para la
refinería37.
Sobre las condiciones de la entrega
el investigador René de la Pedraja la resume así: «Por lo menos desde
1949, el gerente de la Exxon en Barrancabermeja (explotaba los pozos de la
Concesión De Mares «al máximo posible), en preparación para la entrega de
los yacimientos a la recientemente creada Empresa Colombiana de
Petróleos». El intento de agotar los yacimientos no era suficiente para la
Exxon, que no descuidó ni siquiera el crudo extraído hasta el último
momento, de manera que el día en que debía realizarse la transferencia, el
25 de agosto de 1951, los tanques estaban completamente vacíos.
La condición de las instalaciones
físicas era fácil de imaginar. La Unidad Combinada de Destilación formaba
el núcleo de la refinería desde 1936, pero para 1951 las bombas ya estaban
desgastadas y habían sido descontinuadas por el fabricante, y los tableros
de instrumentos habían llegado al término de su vida útil. La Unidad
Combinada de Destilación poseía un sistema eléctrico que no sólo había
sido mal instalado en 1936, sino que su tecnología era obsoleta. La vieja
planta de energía producía constantes apagones y necesitaba ser
reemplazada con urgencia. En lo referente al resto del equipo, cuando la
maquinaria quedaba fuera del servicio, las partes que todavía podían ser
útiles eran retiradas y colocadas en las otras unidades para prolongar su
servicio hasta diez años después del tiempo de su vida útil.
La mayoría de los equipos ya eran
viejos a su llegada al país en la década del treinta, porque la Exxon
había aprovechado al máximo las deducciones tributarias norteamericanas
por concepto de depreciación para incluir estos equipos y enviarlos hacia
Colombia. Bien brillado y glorificado luego por las relaciones públicas,
el obsoleto equipo ejercía gran fascinación sobre la clase dirigente de
una sociedad agraria, para quien representaba «las maravillas» de la
tecnología moderna. Toda maquinaria de buena calidad, como los cruciales
equipos de perforación, había desaparecido misteriosamente antes del 25 de
agosto de 195138.
Hubo bienes de inmenso valor e
importancia estratégica que debieron revertir al país, pero que la
desmedida ambición de la Tropical y funcionarios nacionales deshonestos lo
impidieron: la llamada Flota Blanca y los carrotanques y cadenas de abasto
y estaciones de servicio. La Flota Blanca la constituyó una serie de
relucientes barcos movidos con fuel-oil que en su momento fueron una
innovación en la navegación colombiana para comercializar el petróleo y
sus derivados hacia los mercados del interior y el exterior del país,
fundamentalmente hacia este último, por Cartagena. En 1922, La Troco hizo
construir el Opón y el Tigre en astilleros de Barranquilla. En 1926 se
agregaron a la flota cinco vapores y 14 botes de casco cerrado y cubierto.
Ecopetrol se consoló con la idea de
que al menos sería el orgulloso propietario de la impresionante flota de
barcos de vapor, remolcadores y planchones pertenecientes a la Exxon que
surcaban el río Magdalena. Era imposible ocultar las naves, pues la
compañía petrolera necesitaba de ellas hasta el último momento para
distribuir los productos de la refinería. Pronto, sin embargo, surgió un
obstáculo, ya que los abogados de la Exxon sostuvieron, a pesar de los
términos explícitos en que estaba redactada una decisión al respecto de la
Corte Suprema de Justicia de 1944, que la Flota Blanca no estaba incluida
en la lista de los elementos que debían revertir al Estado en 195139.
Y efectivamente, no revirtieron.
El oleoducto Barrancabermeja-Mamonal,
una infraestructura de transporte de importancia estratégica para los
intereses de la Tropical, cuyo propósito fundamental era sacar el petróleo
del país, fue construido por otra subsidiaria de la Standard, La Andian
Corporation, en 1926. Tamaña infraestructura de 538 kilómetros, diez
subestaciones de bombeo, que unió la región productiva con los puertos
marítimos y permitió que la Tropical sacara del país, en el tanquero T.J.
Wiliams, el 3 de julio de ese mismo año, los primeros con 88.172 barriles
de petróleo, no revirtió al país.
El despropósito causó tremendo
impacto en la opinión nacional por las denuncias presentadas en torno al
mismo por don Luis Cano40, quien acusó a
Carlos Adolfo Urueta, ex embajador en Washington, de haber utilizado sus
influencias y las negociaciones que aún se realizaban en torno al
conflicto con Panamá para obtener mejores términos para los
norteamericanos con respecto a sus intereses petroleros en Colombia. De
esta embajada, Urueta pasó directamente a ejercer como abogado de la
Andian. La comisión nombrada por el Congreso para investigar este negocio,
a la que pertenecía José Eustasio Rivera, el celebre autor de La Vorágine,
comprobó que Urueta fue un empleado encubierto de la Andian. En el
gobierno de Pedro Nel Ospina, de quien el coronel J.W. Flanagan, había
procurado granjearse su amistad y a quien posteriormente, ya pasados los
sucesos de la entrega, el mismo coronel Flanagan calificó como «un
antioqueño traficante», adquirieron los buenos oficios de Esteban
Jaramillo para coronar el contrato que por sus condiciones onerosas contra
la nación «no volverá a ser otorgado jamas»41.
Este contrato nunca se discutió en el Congreso y fue firmado por Pedro Nel
Ospina, tan solo dos días después de la llegada del coronel Flanagan desde
Nueva York, por solicitud expresa del «antioqueño traficante», desde donde
manejaba a todas las marionetas y la letra menuda de la negociación.
La comisión comprobó todas las
atrocidades cometidas contra el país con ocasión de la firma del contrato
para la construcción de la vital infraestructura. El Espectador se expresó
así sobre la infamia:
| El informe de la comisión investigadora revela
una vasta y oscura conspiración contra los intereses y contra el
honor, así como contra el porvenir de la República, organizada y
dirigida con increíble sangre fría y con morbosa despreocupación, por
los personajes encargados, por la ingenuidad nacional, de custodiar
bajo la fe jurada, todos aquellos bienes materiales e inmateriales. Es
una cruda exhibición de caracteres, un melancólico desfile de
prevaricatos, de indelicadezas, de deslealtades. Es la demostración
alarmante, hasta el pánico y el estupor, de que han sido muy raras las
conciencias que tentadas o tocadas por el oro extranjero, hayan
reaccionado decorosamente rechazando la combinación artera que se les
ofrecía. El país se ve a través de estas páginas como un vasto
lazareto, como un campo abierto a todas las depredaciones morales.
Como una tierra propicia a la esclavitud y al deshonor, donde las
únicas complicidades que no ha conseguido el financista que se cierne,
hombre de presa, sobre las riquezas nacionales, son aquellas que ha
olvidado o no ha querido solicitar42. |
Las condiciones del contrato fueron
humillantes para la nación. En él se establecía un aberrante monopolio en
una ruta estratégica de un recurso vital por cincuenta años, renovables de
común acuerdo, con el derecho, por parte de la Andian de levantar sus
instalaciones e incluso reexportarla. Al gobierno se le otorgarían 18
horas no acumulables para transportar el crudo producto de las regalías,
pero como la Tropical reportaba éstas cada seis meses, en la práctica el
gobierno sólo contaba con esas 18 horas regalías, a todas luces
insuficientes, teniéndole que pagar a la Andian tarifas de monopolio43.
A la Andian, que era la misma Tropical, que era la misma Intercol, que
terminó construyendo la refinería de Cartagena, que era la misma Standard
Oil de New Jersey, es decir, tres personas distintas y un solo dios
verdadero: El Tío Sam haciendo negocios, milagros y maravillas.
A pesar de constituirse en un fuerte
enclave norteamericano en el país, las actividades de la Tropical, sin
proponérselo, coadyuvaron a desbrozar los inicios de la actividad
petrolera nacional. Barrancabermeja no puede concebirse sin el influjo de
la historia petrolera. «El pito de la refinería que marca el inicio y la
terminación de la jornada va creando un reflejo condicionado en el trajín
y las costumbres de las personas. El ronquido del tren despierta la ciudad
y alebresta los sentidos. Todos llegan con dinero, con ánimos y pasiones
frescas». La construcción del oleoducto Barrancaberrmeja-Mamonal de 538 km
de longitud (1926) y la construcción y puesta en funcionamiento de la
refinería de Cartagena entre 1955 y 1958 por parte de Intercol,
resultarían clave para definir la morfología urbana de la ciudad y el
desarrollo del aglomerado industrial de Mamonal44.
Capítulo aparte en esta zaga merecen
los obreros de la Tropical, sobre cuyo esfuerzo e infrahumanas condiciones
de trabajo45, reseñadas por los cronistas de
la época, se levantaron las riquezas de esta multinacional y el país pudo
contar con una empresa y una industria petrolera nacional. La organización
sindical de los trabajadores petroleros de la Tropical, que devino en la
hoy conocida Unión Sindical Obrera en 1957, fue definitiva en las
circunstancias que desencadenaron la reversión de la concesión De Mares y
la posterior creación de Ecopetrol.
Desde sus primeros días Ecopetrol
derrotó con su accionar a los agoreros del desastre que favorecieron
siempre los intereses de la compañía norteamericana. Los funcionarios
nacionales a cargo de la nueva empresa buscaron ampliar el campo de sus
actividades en todos los aspectos de la industria: exploración, refinación
y comercialización. Como resultado de esta febril actividad, a 31 de
diciembre de 1961, con diez años de existencia, la nueva empresa le
entregó a la nación, la suma de $243.000.000 por $728.338.725 de
utilidades, lo que se compara muy favorablemente con los escasos 25
millones de pesos que la Tropical le había entregado al país entre 1918 y
1945, 23 años de explotación, en los cuales extrajo 318 millones de
barriles46.
Llegados al siglo XXI, en sus
primeros cincuenta fructíferos años, después de arrancar con $500.000
pesos autorizados por el gobierno de Laureano Gómez para su organización y
los bienes revertidos47, Ecopetrol se ha
convertido en uno de los principales activos del país, con una inmensa
infraestructura: cinco refinerías, entre las cuales están la de
Barrancabermeja y la de Cartagena, dos puertos, seis grandes campos de
gas, 15 de petróleo, 14.510 kilómetros de oleoductos, gasoductos y
poliductos, 18 cuencas sedimentarias para un potencial estimado de crudo y
gas de 37.000 millones de barriles, produce en la actualidad 600.000 bpd.
Desde 1974 ha irradiado a 2 municipios de 22 departamentos, regalías por
US $.000 millones de dólares y en los dos últimos años se ha convertido en
la salvación de las finanzas públicas, al trasladar al gobierno nacional
más de cinco billones de pesos48.
Estas contundentes cifras deben
producir escalofrío a la cofradía neoliberal que denigra de las empresas
estatales y se desvive por privatizarlas, pues «solo piensan que los
hombres rubios del norte son los únicos capaces de organizar y manejar
esta industria y que en el país no hay dinero para manejarla»49,
como denunciaba Diego Martínez Camargo, pionero de la industria petrolera
colombiana.
Cambian los
vientos
Sin embargo, con el regreso del
péndulo hacia las opciones del libre mercado y la ortodoxia económica, la
política petrolera nacional y Ecopetrol ha sido sometida a una serie de
decisiones que comprometen su futuro. Los contratos de asociación y el
sistema nacional de regalías se modificaron para facilitar la llegada de
nuevas empresas para la búsqueda del petróleo, aduciendo falta de
competitividad del contrato petrolero nacional. Expertos consultores
nacionales e internacionales difieren de esa apreciación y consideran que,
aun incluyendo el nivel de riesgo país, el contrato petrolero nacional sí
era competitivo.50 Desde 1974 el país cambió
el régimen de concesiones por el de asociación, en el que se estableció
que el país recibiría el 50 por ciento en la distribución de la renta
petrolera y el por ciento de regalías, con cualquier nivel de
producción. El gobierno de Pastrana cambió ese régimen, de manera que en
los contratos de asociación, el 30 por ciento es para el Estado
colombiano, y el 70 por ciento para la empresa asociada. En cuanto a
regalías, reafirmó el factor R, que las liquida de manera variable de
acuerdo al rendimiento del pozo y al nivel de producción, lo que en la
práctica significa una considerable disminución en los ingresos del Estado
y de las regiones que se sitúan en el nivel de 5 por ciento inferior al
canon de regalías pagadas en el sistema de concesiones que era del 15 por
ciento desde 190551.
A Ecopetrol se le quitó la autonomía
administrativa y financiera garantizada por el decreto 3211 de 1959, que
dejaba en manos de la Junta Directiva de la empresa la determinación de
sus utilidades, con el fin de no perturbar el desarrollo de sus planes y
proyectos futuros, habida cuenta de la necesidad de enfrentar la
competencia de multinacionales en el sector52.
Mediante el decreto 843 de 1990, sus utilidades, como las de todas las
empresas industriales y comerciales del Estado, pertenecen a éste, lo que
en la práctica le impide utilizar sus excedentes para invertir en las
necesidades propias de la industria. Esto lleva a la inaudita situación de
que Ecopetrol gane inmensas cantidades de dinero y no haya sido posible
invertir en la refinería de Cartagena, con el fin de afrontar sus
falencias tecnológicas, ambientales y de escala, que impiden el desarrollo
del megaproyecto industrial de olefinas, una añeja y justa aspiración de
los empresarios del sector petroquímico, que traería indiscutibles
repercusiones económicas y sociales para Cartagena, el Caribe y para toda
Colombia.
Los ingresos de Ecopetrol se han
manejado exclusivamente como un instrumento de política monetaria,
cambiaria o fiscal, dentro de las concepciones ortodoxas monetaristas de
la economía predominante, induciendo una situación de inviabilidad
económica de la empresa estatal, en la que ni siquiera se proveen los
fondos de pensiones de sus trabajadores. Solamente en la actual
administración, aprovechando la situación favorable de los precios del
petróleo, se han fondeado una parte importante de los mismos. Han sido
muchos los gobiernos que han transferido más del 100 por ciento de las
utilidades de Ecopetrol como dividendos, impidiendo no solo el
fortalecimiento de la empresa, sino también, incumpliendo el mandato
constitucional, según el cual, el uso de los recursos naturales del país
debe cumplir con criterios de sostenibilidad53.
Dentro de esas medidas de ortodoxia
económica se explica la existencia del Fondo de Ahorro y Estabilización
petrolera, FAEP (Ley 9 de 1995) que tiene en bancos de Estados Unidos más
de 2 billones de pesos, producto de los ingresos petroleros a partir de
Cusiana y Cupiagua, se han visto notoriamente incrementados a raíz del
sobreprecio del crudo en los mercados internacionales, gracias a que el
presidente venezolano Hugo Chávez revivió la OPEP, un mecanismo de
intervención del mercado que tanto choca a los neoliberales. ¿Por qué no
se amplía y moderniza la refinería de Cartagena existiendo los recursos?
Si la excusa para cambiar el contrato petrolero nacional a favor de las
compañías extranjeras es la escasez de dinero, ¿por qué no se crea
entonces un fondo de exploración con esos recursos que le garantice al
país y a Ecopetrol una actividad sísmica y exploratoria que le allane el
futuro de abastecimiento de crudos?
Ecopetrol renunció, por mandato
legal, a invertir en la petroquímica, el negocio más rentable de la
industria petrolera, el llamado downtream que le agrega valor a la
industria petrolera. Con el argumento pueril, pero explicable, dentro de
las concepciones de la hora presente, de que el sector privado puede
hacerlo mejor. Dentro de esa óptica se renunció en el gobierno de Virgilio
Barco a la construcción de la refinería del Magdalena Medio, se vendieron
los terpeles, se desprendió de la operación de oleoductos, se abandonó la
sísmica y la explotación que hoy está, fundamentalmente, en manos de las
compañías asociadas que hoy producen más de la mitad del petróleo del
país. Margarita Mena de Quevedo, ex ministra de Minas, alertando sobre
esta situación escribe que:
|
De continuar ese proceso, Ecopetrol
terminará reducida a una oficina de manejo de los contratos petroleros
que celebre, finalmente el complejo industrial de Barrancabermeja y la
refinería de Cartagena, la comercialización de los hidrocarburos que
reciba como parte contractual y el abastecimiento de combustibles que
requiera el país serán trasladados al sector privado, obviamente
interesados en participar de los beneficios económicos del petróleo
que percibe el Estado, en eso consistiría la privatización de
Ecopetrol54. |
Llegados hasta aquí, solo queda
esperar que la fuerza de los acontecimientos y las conflictivas realidades
del mundo y de Colombia hagan retornar el péndulo hacia una economía más
pensada en los intereses de la nación y de sus mayorías. Que la historia
de Ecopetrol y sus indudables aportes al desarrollo nacional en estos
cincuenta años nos sirvan para reafirmar la confianza de que los
colombianos sabemos y podemos emprender la construcción del país sin
tutorías de nadie, sin desdeñar el conocimiento ni el capital extranjero,
sin aislarnos del contexto mundial pero insertándonos de manera que
favorezca el interés y el desarrollo nacional. La ampliación y
modernización de la refinería de Cartagena se enmarca en ese propósito.
Fortalecer la refinería de Cartagena es fortalecer a Ecopetrol, que es un
patrimonio nacional invaluable. Desarrollar el Plan Maestro de la
refinería de Cartagena le permitirá a la ciudad, abrir avenidas de
progreso. Debemos estar atentos a ello.
Notas
1 Bendeck, Olivella Jorge.
Ecopetrol: Historia de una gran empresa. Ediciones Punto Llano. Bogotá
1993. p.15. En 1867, el ciudadano de origen alemán, Geo Von Lengerke,
informa al Estado de Santander, el hallazgo de estos resumideros de
petróleo, durante las labores de construcción de la carretera entre
Betulia y el poblado de Barrancabermeja, que buscaba establecer vínculos
comerciales con la Costa Atlántica, a través del río Magdalena, según
puede constatarse en la novela, La otra raya del tigre, de Pedro Gómez
Valderrama. La declinación del comercio a finales del siglo XIX, hizo que
la selva se devorara el camino y con ello se olvidara también la brea de
Infantas.
2 Reyes, Miguel Ángel
Santiago. Crónica de la concesión De Mares. Bogotá. Ecopetrol. Editorial
Presencia, p. 15.
3 Villegas, Jorge. Petróleo,
oligarquía e imperio. El Áncora editores, Bogotá 1982. p.16.
4 Roberto de Mares era un
antiguo conocedor de la industria del petróleo. Desde antes de 1900 le
había sido otorgada la concesión Armella-De Mares que comprendía alrededor
de 210 millas cuadradas desde Turbaco en dirección a Repelón, Rotinet y
Rosa Vieja. Ver: Rippy J. Fred. El capital norteamericano y la penetración
imperialista en Colombia. El Áncora editores, Bogotá 1981, p.157.
5 Bendek, Olivella Jorge, Op.
cit., p. 18.
6 Villegas, Jorge, Op. cit.,
p.18.
7 Rippy, J. Fred, Op. cit., p.
161.
8 Tindall, B. George y Shi, E.
David, Historia de los Estados Unidos, TM editores, Bogotá 1995.
9 Ibid.
10 Wood, Bryce, La política
del buen vecino. Biblioteca de historia, Unión Tipográfica editorial,
México 1967, p. 2.
11 Selser, Gregorio. El rapto
de Panamá. Tomado de Villegas, Jorge, op. cit., p. 42.
12 Lemaitre, Eduardo, Panamá y
su separación de Colombia, Editorial Pluma, Bogotá 1980, p. 270.
13 Randall, J. Stephen,
Aliados y distantes: Historia de las relaciones entre Colombia y los
Estados Unidos desde la independencia hasta la guerra contra las drogas,
Tercer Mundo, Bogotá 1992, p. 139.
14 Villegas, Jorge, Op. cit.,
p. 46 ss.
15 Yerguin, Daniel, La
historia del petróleo, Vergara Editores, Buenos Aires 1992, p. 33-34.
16 Yerguin, Daniel, Op. cit.,
p. 219-242.
17 Yerguin Daniel, Op. cit.,
p.48 ss.
18 Yerguin, Daniel, Op. cit.,
p 30.
19 José Joaquín Bohórquez,
Roberto de Mares y la firma Pineda Vargas establecieron una sociedad de
palabra para la explotación del negocio petrolero. En esta sociedad le fue
mal al coronel Bohórquez pues sus derechos terminaron siendo desconocidos
por la Troco, viéndose obligado a establecer un juicio que le restituyera
sus derechos, lo que a la postre logró.
Bendek, Olivella Jorge, Op. cit., p.18.
21 De la Pedraja, Toman René,
Petróleo, electricidad y política en Colombia, El Áncora Editores, Bogotá,
1993, p. 71.
22 Villegas, Jorge, Op. cit.,
p.214s.
23 Bendek, Olivella Jorge.,
Op. cit., p. 23.
24 Isaza, José Fernando y
Salcedo, Luis Eduardo, Sucedió en la costa, El Áncora editores, Bogotá,
1991, p. 162-172.
25 De la Pedraja, Toman René,
Historia de la energía en Colombia, El Áncora Editores, Bogotá, 1985, p.
176,177.
26 Cabrales, Martínez Orlando,
El petróleo en Colombia, Ecopetrol. Bogotá 01, p. 57. Para tener una
adecuada idea de la importancia de estos pioneros de la industria del
petróleo en Colombia y en particular de Diego Martínez Camargo, ver: La
actividad empresarial de Diego Martínez Camargo 1889-1973. Ripoll de
Lemaitre, María Teresa. Banco de la República.
27 Yerguin, Daniel Op. cit.,
p. 318
28 Ibid, p. 355.
29 Ibid, p. 356. La irrupción
del keynesianismo, después de la debacle de la Gran Depresión en 1929,
propiciando la intervención del Estado en la economía, estimuló la
creación de empresas nacionales en sectores básicos o estratégicos, para
atemperar las asimetrías producidas por el “dejar hacer, dejar pasar” y
estimular el desarrollo económico.
30 Ibid, p. 362.
31 Ibid, p. 361.
32 Ibid, p. 365.
33 Ibid, p. 576.
34 Almario, Gustavo, Historia
de los trabajadores petroleros, Ediciones Cedetrabajo, Bogotá, 1983, p.
130.
35 Reyes, Miguel Ángel,
Crónica de la concesión De Mares, Editorial Presencia, Bogotá, 1986, p.
11.
36 Bendek, Olivella Jorge, Op.
cit., p. 80.
37 Bendek, Olivella Jorge.
Ecopetrol. Historia de una gran empresa. Bogotá. Ediciones Punto Llano,
1993, p. 82-83.
38 Pedraja, Tomás René de la,
Op. cit., p. 94-95.
39 Pedraja, Op. cit., p.96.
40 Villegas, Jorge, Op.
cit., p.83-109.
41 Ibid.
42 Ibid.
43 Villegas, Op. cit.,
p.108-109.
44 Isaza, José Fernando y
Salcedo, Eduardo Luis, Op. cit., p.172-183.
Lemaitre, Eduardo, Historia General de Cartagena. Banco de
la República, Bogotá 1983, p. 565-589.
45 Vanguardia liberal y
Martiniano Balbuena en su libro Memorias de Barrancabermeja, tomado de
Almario Gustavo, Op. cit., p. 43.
46 Bendek, Olivella Jorge.
Obra citada. Página 94.
47 Ibid., p. 86.
48 Estadísticas Ecopetrol
1999. Diarios nacionales.
49 Ripoll de Lemaitre, Maria
Teresa, Op.cit., p. 63.
50 Ver: Álvarez, Carlos
Guillermo, Economía y política petrolera. Uso-Ecopetrol. Bogotá 00, p.
153-186.
51 Martínez.Astrid, Petróleo,
Desarrollo y paz, en: Cuadernos de Economía, No 30. Universidad Nacional
de Colombia. Bogotá 1999, p. 232.
52 Bendek, Olivella Jorge , Op.
cit., p. 95.
53 Álvarez, Carlos Guillermo, Op.cit.. p.164.
54 Mena de Quevedo,
Margarita, “La paz y el petróleo”, en: El petróleo en las conversaciones
de paz. Agenda ciudadana por la paz la vida y la libertad, Bogotá, 1999.
Regresar
|