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Arturo Cancino Cadena
Lo peor que nos podría pasar es que
la coca y la amapola se convirtieran en las alternativas del café, como
durante los últimos 10 años lo han sido del resto de la agricultura
tradicional lícita, en especial del algodón y de casi todos los
cereales»1. Estas palabras del columnista Carlos G. Cano, no solo sugieren
una de las principales causas del crecimiento de los cultivos ilícitos en
Colombia, sino que reflejan con exactitud el punto a que ha llegado el
drama cafetero. Hoy mucha gente se pregunta cuál será el desenlace, pero,
para empezar, ¿cuáles son los orígenes del problema?
A fin de entenderlo, hay que recordar
que al hablar del café estamos refiriéndonos al segundo producto básico de
mayor importancia en el comercio internacional, después del petróleo. Sus
consumidores habituales se estiman en 1.000 millones de personas alrededor
del mundo. Por ser un cultivo exclusivo de la zona tropical, 46 países
importadores adquieren anualmente, de los cerca de 60 países productores,
cantidades por valor aproximado de US$10.600 millones (promedio de los
últimos 5 años), en especial EU, Alemania, Japón, Francia e Italia, que
concentran el 56% de las importaciones mundiales. Por otro lado, para los
cultivadores constituye un producto destinado primordialmente a los
mercados internacionales. Hay en el mundo 11 millones de hectáreas
sembradas en café y, tanto por las cifras que mueve como por el empleo que
genera, ha sido motor de crecimiento económico de numerosos países
atrasados.
Se trata, así mismo, de un enorme
negocio multinacional, liderado entre los compradores por cinco
mega-comercializadores y cinco grandes tostadores, que han llegado a
manejar por sí solos cerca de la mitad del negocio cafetero mundial
(Cuadro 1)2. Esta es una de las claves de la llamada «respuesta
asimétrica» de los precios al consumidor (que suben) frente a los precios
al productor (que bajan), lo cual sin duda incide en lo que se califica
como baja elasticidad de la demanda mundial respecto del precio pagado a
los exportadores. O sea, la casi nula reacción en los volúmenes de compra
ante las notables variaciones de los precios de exportación,
característica que se atribuye a este mercado cuyo tamaño está creciendo
escasamente a razón del 1.4% anual.
Hasta aquí el contexto general.
Veamos ahora los hechos de la época actual, que han desembocado en la peor
crisis en la historia del café y los precios externos más bajos
registrados desde 1821 en términos reales3.
Los
precios
y el mercado mundial
A partir de 1989, cuando el gobierno
de EU decidió el rompimiento del pacto de cuotas de la Organización
Mundial del Café –aplicando la «nueva» doctrina de eliminar los mecanismos
reguladores considerados como obstáculos al libre comercio entre los
países– los precios internacionales del grano han venido sufriendo un
acelerado deterioro. Con muy breves intervalos de precios altos en el 94 y
97, la tendencia declinante en los precios de las variedades «robustas» ha
arrastrado hacia abajo los de las «suaves arábigas», como el café
colombiano. Los precios de éste han experimentado una caída mayor del 40%
en los últimos dos años (Cuadro 2), que ha llegado a situarlos alrededor
de los US$0.60 la libra, por debajo de su costo estimado de producción de
aproximadamente US$0.80. Peor aún: los ciclos de precios debido a los
factores climáticos que afectan las cosechas y compensaban regularmente
las malas épocas de precios con «bonanzas» transitorias, parecen haberse
ido para siempre. Los precios en el mercado mundial prácticamente no
registraron, por ejemplo, las tres últimas heladas de Brasil en el 2000 ni
la pérdida del 80% de la cosecha de Paraná4.
¿Qué ha sucedido? Una vez roto el
pacto cafetero, Estados Unidos y otros países como Francia, Japón y
Alemania, directamente y a través de los organismos financieros
multilaterales, inyectaron dinero a Vietnam para sembrar café y han
generado una depresión sin precedente de los precios por la
superproducción obtenida. Durante la década pasada, cerca de US$2000
millones al año fluyeron hacia ese país desde los centros consumidores,
con amplios períodos de gracia e inmejorables condiciones financieras, por
cuenta del altruista grupo de países donantes . Gracias a esta maniobra,
visiblemente orientada a la manipulación del mercado, Vietnam ha llegado a
ser el segundo productor mundial de café con más de 13 millones de sacos
anuales a partir de solo 1 millón de sacos que producía en 1990, relegando
a Colombia a un tercer lugar con 11 millones de sacos. Buena muestra de lo
que en el nuevo orden global se entiende por libre juego de las fuerzas
del mercado.
De acuerdo con la firma investigadora
especializada LMC International, de Oxford, Inglaterra, mientras la
demanda mundial se estima en 107 millones de sacos a junio de 2001, la
oferta llega a 116 millones de sacos, a los que hay que sumar 27 millones
de inventario en manos de los compradores y 28 millones más en las de los
productores5. Es decir, son 9 millones de sacos excedentes, casi la
cosecha colombiana, y 55 millones de sacos de inventario asegurado,
¡equivalente al consumo mundial de más de 6 meses! Este verdadero colchón
de seguridad impide que los precios reaccionen al alza cuando se presenta
cualquiera de las bajas en la producción típicas de la agricultura. Así,
las multinacionales compradoras han construido una posición privilegiada
en la que los enormes inventarios propios y de los países cafeteros les
aseguran estabilidad en los precios ante cualquier baja temporal de la
oferta y, al mismo tiempo, la producción mundial sobrante los beneficia
con una tendencia depresiva en el precio internacional. Diversos
analistas, entre ellos la citada firma inglesa, la FAO, el Banco Mundial y
The Economist, coinciden en pronosticar que el equilibrio entre la oferta
y la demanda mundial apenas llegará en el año cafetero 2004-2005 y sólo a
partir de entonces empezará la recuperación de los precios
internacionales. Entre tanto, el ajuste, por la vía de reducción de la
oferta, significará la quiebra y la salida del mercado de millones de
cultivadores del grano en los países productores.
En lo relativo al mayor ritmo de
crecimiento de la oferta mundial, algunos analistas le atribuyen especial
importancia al incremento de la producción de Brasil. La verdad es que si
bien ésta ha crecido 7.5 millones de sacos anuales en la última década, el
consumo interno lo ha hecho en 5.5 millones6. El mercado interno ha
absorbido así la mayor parte del crecimiento de la producción y, por
tanto, la mayor oferta exportable de ese país no resulta comparable al
impacto del crecimiento de la oferta vietnamita en el mercado mundial. La
expansión cafetera de Vietnam no puede considerarse marginal, ya que está
orientada esencialmente a la exportación y representa más del 10% del
consumo mundial. Si la producción de ese país no hubiese sobrepasado los 5
millones de sacos anuales, «el mercado mundial del café se encontraría hoy
en equilibrio y los países productores podrían estar recibiendo US$10-11
mil millones anuales, en vez de los US$5-6 mil millones actuales», opina
un investigador del tema7. Con seguridad muchos tienen claro que en los
mercados de productos básicos con las características del cafetero, los
excedentes tienen gran impacto sobre los precios y si se «ofrece un 2-3%
adicional, los precios pueden caer más del 15%», puntualiza.
Ante la magnitud de las cifras
globales de excedentes e inventarios, de nada han servido los acuerdos de
cuotas de retención de ventas entre los países cafeteros líderes para
contener la caída de los precios. Hace muy poco el último acuerdo de este
tipo fue abandonado, tras la evidencia de su fracaso. Pese a ser nuestro
país uno de los principales damnificados, no ha habido reacción apreciable
alguna del gobierno colombiano contra los gestores de esta verdadera
emboscada económica, pacientemente preparada durante una década.
Ingresos y costos
de los caficultores
En realidad, los excedentes se han
generado predominantemente en las variedades «robustas», como las que
produce Vietnam, que vienen creciendo al doble del ritmo total de la
producción cafetera mundial (Cuadro 3), es decir, cerca del 3% anual8.
Pero los tostadores han cambiado los criterios para las mezclas. Mediante
nuevas tecnologías de vaporización que eliminan el sabor amargo de las
«robustas», han logrado aumentar la proporciones de éstas del 10% de hace
unos años al 30 ó 40% en la actualidad, reduciendo así las compras de las
«suaves arábigas» de mejor calidad y mayor precio. La participación del
café colombiano en el mercado alemán bajó, por este concepto, del 35% a
cerca del 16%, por ejemplo9.
Los menores costos pagados a los
productores mejoran aún más el margen de utilidad de las transnacionales
involucradas en el negocio cafetero, que se estima obtienen ya más del 80%
del total de los ingresos. Según Daniel Giavanucci, funcionario del Banco
Mundial, en la década del 80 los países consumidores gastaban al año US$30.000
millones en café y a los productores les llegaban US$9.000 millones. Hoy
el gasto de los consumidores es de US$55.000 millones pero los productores
solo reciben US$7.000 millones10. Los cálculos de los ingresos dejados de
percibir por los caficultores del mundo, solo en la última década, arrojan
la exorbitante suma de US$20.000 millones, sustraídos a las decenas de
millones de familias que viven del café en más de 50 países de Asia,
África y América Latina.
Esta masiva transferencia de riqueza
por la vía de los precios bajos, ha golpeado con especial dureza a los
productores más débiles y menos industrializados como los países
centroamericanos. El Salvador, por ejemplo, obtiene de la producción
cafetera cerca de 132.000 empleos directos (sin contar el empleo temporal,
el transporte y la exportación), 19.6% del PIB agropecuario y una porción
aún significativa de sus divisas. Entre el año pasado y el actual ha
habido allí una reducción en el empleo del 57% y el abandono de muchos
cultivos porque los precios no alcanzan ni para pagar los salarios. Junto
con la caída de la producción y el aumento de la pobreza, el abandono de
los cultivos implica que ese país se está viendo obligado a permitir el
grave deterioro del sector que causa la libre proliferación de plagas y
malezas. Con todo, instituciones como el Consejo Salvadoreño del Café
advierten que este producto, no solo es clave en lo interno por su gran
capacidad de generación de empleo, sino que «continúa siendo una actividad
de importancia estratégica para la sostenibilidad de la economía y (aún)
del medio ambiente»11.
En cuanto a Colombia, se sabe que
mientras el consumidor norteamericano paga en promedio US$3 por libra de
café soluble (usualmente una mezcla de diversas calidades), nuestro café
suave, conocido como el mejor del mundo, lo pagan las firmas compradoras
por estos días a cerca de US$0.60 la libra. Pero la crisis tiene
antecedentes y en su agravamiento participan también otros factores. Para
los cafeteros colombianos la revaluación del peso, resultante de la
apertura cambiaria y vigente durante la mayor parte de la década pasada,
significó pérdidas del orden de US$4.000 millones, valor equivalente a la
cosecha nacional de dos años. Del Fondo Nacional del Café salió, en este
período, más de un billón de pesos para obras públicas y servicios a la
comunidad, responsabilidad que el gobierno nacional descargó sobre el
gremio cafetero. Y, al mismo tiempo, varios de los principales activos de
la Federación, como la Flota Mercante y el Banco Cafetero, fueron llevados
a la quiebra o enajenados, víctimas del modelo neoliberal impuesto al
país.
A las pérdidas colectivas se añaden
las individuales de los cultivadores. Encima de los malos precios, los
cafeteros tuvieron que soportar los intereses de usura propiciados
deliberadamente por el Emisor con el fin de manejar el déficit comercial
que ocasionó la apertura, los mismos que quebraron a los deudores
hipotecarios y precipitaron la recesión industrial. Como en los casos
citados, las deudas contraídas por los cultivadores, varias veces
refinanciadas, resultan impagables y los costos financieros derivados de
cualquier amortización, por amplia que parezca, hacen económicamente
imposible la subsistencia de los cultivos como unidades productivas.
«Deudas que antes eran de $15 millones, con los procesos de refinanciación
y la crisis económica, han ascendido a $25 millones o se han doblado»,
registra un analista del sector12. La alternativa real a la expropiación
de los bienes y las tierras de los deudores por las entidades financieras,
es la condonación completa de la deuda por intermedio del Estado, fórmula
que el gobierno considera impensable. Sin embargo su carácter inevitable
lo demuestra la escalada de la cartera morosa de los bancos acreedores.
Según la misma fuente, abundan ejemplos como el de la sucursal de Bancafé
del Líbano, Tolima, que «en 1995 entregó a cobro jurídico 26 procesos por
$64.8 millones. En 1997, éstos aumentaron a 90 por $267 millones; y en
1999 a 129, por $439 millones»13 Se calcula que las deudas totales de los
cafeteros ascienden a $250.000 millones.
Además del abrumador costo del
capital de trabajo, la localización de la mayoría de los cafetales en
empinadas laderas, propias de los suelos volcánicos en los que se produce
el café suave, hace imposible la mecanización de las labores. No es
aplicable, por tanto, la comparación de costos con otros países y otras
variedades sembradas generalmente en terrenos menos abruptos, que vendidas
a solo US$0.35 por libra dejan utilidades. En especial si se tiene en
cuenta que cerca del 90% de las fincas cafeteras en Colombia tienen menos
de 5 ha y, por los escasos volúmenes de producción, los cultivadores
requieren un mayor apoyo de recursos y subsidios para la renovación de
cafetales, suministro barato de insumos y plaguicidas, servicios públicos
eficientes y económicos, además de educación y salud, condiciones de las
cuales disponen con mayor abundancia muchos de los caficultores de otros
países. Las carencias y difíciles condiciones actuales dan como resultado
una productividad comparativamente baja, ya que en 800.000 ha sembradas en
Colombia se producen solo 11 millones de sacos, mientras en la misma área
en el estado de Minas Gerais, Brasil, se pueden producir 20 millones y en
500.000 ha en Vietnam se producen más de 13 millones. Lo anterior, a pesar
del crecimiento sostenido de la productividad nacional, que pasó de un
rendimiento de 12 sacos por hectárea, hacia 1980, a 18 en la actualidad.
Así se explica que aunque el área sembrada ha disminuido 20% desde 1981,
la producción promedio durante los 90 fue de 11.8 millones de sacos
anuales contra 10.2 en la década anterior. Solo que por este volumen de
producción se recibieron entonces en promedio US$3.110 millones por año y
en la década pasada apenas US$1.889, o sea, 48% menos por unidad.
La destacada labor de investigación
agrícola realizada en Colombia ha desarrollado ya la tecnología para
lograr una productividad promedio de 24 sacos por hectárea, que permitiría
hoy costos de entre US$0.55 y US$0.60 por libra. Pero no hay incentivos
suficientes para la tecnificación y renovación de cafetales. Se calcula
que se deberían adecuar entre 150.000 y 200.000 hectáreas mediante
renovación y densificación, adicionales a las 200.000 renovadas durante la
década pasada14. No obstante, por falta de financiación adecuada y de la
garantía mínima de un precio interno de sustentación de $300.000 por
carga, muchos de los cultivadores siguen sin adoptar el programa
tecnológico recomendado por Cenicafé, concebido para alcanzar este nuevo
nivel de eficiencia y evitar el rezago productivo del país.
Además, al igual que en el resto de
la agricultura colombiana, los altos precios de plaguicidas, herbicidas,
fertilizantes, etc., elevan desmedidamente los costos de producción, y los
impuestos que estos insumos soportan, contribuyen a encarecerlos. La Andi
denuncia que «uno de los factores que más ha influido en los mayores
costos de los insumos (agrícolas) lo constituyó la Ley 488 de 1998, en la
cual quedaron gravadas con tarifa general del IVA las materias primas para
la fabricación de estos productos»15. En el mismo sentido se pronunció la
SAC, que pide al gobierno la eliminación o reducción del IVA aplicado a
dichas materias primas, ya que los agroquímicos representan por lo menos
el 20% de los costos de producción agrícolas. Como resultado neto, según
investigación del Centro de Estudios Cafeteros y Empresariales, CRECE, al
precio actual de $28.000 por arroba la mayoría de las fincas cafeteras no
logra el equilibrio entre ingresos y egresos de caja, considerando solo
los costos de producción y sin tener en cuenta los costos financieros16 .
Crisis social y política cafetera
Del cultivo del café derivan su
sustento al menos 560.000 familias colombianas. Una caída del 23% en el
valor de la producción cafetera frente al nivel de 1998 originaría la
pérdida de 257.000 puestos de trabajo. De hecho muchos cultivadores, al
comprobar que los precios no cubren los costos, se verán obligados a
abandonar el negocio. Algunos estiman que la producción se reducirá a 5
millones de sacos, otros opinan que serán 8 millones, pero no es
improbable la desaparición completa de la caficultura nacional, en el
mediano plazo, si no se hace nada al respecto.
La situación social de la zona
cafetera ha venido degradándose a pasos agigantados. Las cifras de
desempleados y empleados informales procedentes del sector agrario van en
aumento, lo mismo que la deserción e inasistencia escolar por la
iniciación de la búsqueda de trabajo de los miembros jóvenes de las
familias. El indicador de indigencia aumentó 22% entre 1996 y 1998 en las
zonas cafeteras y el número de hogares por debajo de línea de indigencia
subió 11% entre 1999 y 200017. El comercio de los municipios cafeteros
está paralizado y los recaudos de impuestos no llegan a la mitad de lo
presupuestado18.
Más grave que la estructura
minifundista tradicional, que se identifica como una de las debilidades
del sector, es el fenómeno de la quiebra generalizada, cuyo freno requiere
una política gubernamental que sostenga el precio interno a niveles
remunerativos para los productores y apoye al caficultor con créditos
baratos e infraestructura pública gratuita. Se requiere, así mismo, que el
gobierno subsidie la renovación de cafetales, fortalezca la investigación
y respalde económicamente al Fondo Nacional del Café, cuyo patrimonio ha
caído de US$1.600 millones en 1989 a solo US$404 millones en la
actualidad. Según Jorge Cárdenas Gutiérrez, gerente saliente de Federecafé,
para seguir atendiendo las necesidades básicas del sector (compra de la
cosecha y asistencia técnica) es necesaria una ayuda del gobierno de
mínimo US$100 millones anuales durante los próximos tres años, ya que los
cafeteros no pueden afrontar por sí mismos esta crisis que no escogieron
ni originaron y no pueden corregir solos19. Con apoyo efectivo del Estado,
«en el campo de las calidades tenemos una tradición que nos permitiría,
seleccionando 400.000 ha de la mejor tierra, aumentar la producción por
hectárea en forma tal que los costos se reducirían hasta quedar por debajo
de los US$0.50 la libra», comenta el expresidente López, otro conocedor
del tema20.
Por otro lado, para los cultivadores
es claro que no habrá esperanza de supervivencia y mejoramiento productivo
a menos que continúen y se fortalezcan las instituciones cafeteras, se
siga garantizando la compra de las cosechas y el apoyo técnico, y se
mantenga tanto la exportación institucional por la Federación como la
promoción internacional del café. Si algo hace falta en este campo no es
la entrega total del mismo a intermediarios privados que se apropian de
las utilidades sin contraprestación social, como lo vienen planteando
voces neoliberales, sino respaldo político del gobierno nacional que, para
empezar y en alianza con otros países productores, exija en serio a los
países compradores controlar las maniobras especulativas de las
multinacionales y propiciar precios equitativos para el café, o mejor aún,
el restablecimiento del pacto cafetero. Al mismo tiempo, se requiere que
el gobierno apoye en lo económico las estrategias para aumentar el valor
agregado y los ingresos nacionales mediante la venta directa del café
soluble en el mercado mundial, en competencia con los tostadores
extranjeros21. Los resultados positivos de los intentos hechos en pequeña
escala en este sentido, demuestran la viabilidad comercial y conveniencia
económica de la venta de café procesado en gran escala, a fin de
aprovechar plenamente no solo la calidad superior de nuestro grano, sino
el excelente posicionamiento internacional que ha logrado la Federación de
la marca «Café de Colombia» y su tradicional imagen publicitaria22.
El café fue, durante la mayor parte
del siglo pasado, fuente casi exclusiva de divisas e instrumento de la
acumulación originaria de capital que permitió el nacimiento de la
industria nacional. La caficultura le ha legado al país, además del
sustento y el progreso social de amplios núcleos de la población, 5.908
acueductos, 16.215 aulas, 13.913 baterías sanitarias, 16.116 kilómetros de
carreteras y 2.947 puentes vehiculares y peatonales, entre otras obras
civiles23, inversiones públicas avaluadas en billones de pesos. Pero
también, en interés de la nación –y en muchos casos obedeciendo a
políticas oficiales– el gremio invirtió enormes recursos en la fundación
de empresas no cafeteras y el desarrollo de sectores estratégicos. Y solo
en los últimos 50 años, el sector cafetero le transfirió directamente al
gobierno central más de US$11.000 millones24. Sin duda es hora de que el
Estado colombiano le retorne a los cafeteros y al país parte de estos
beneficios, mediante una política integral de defensa de este sector
amenazado y reinversión efectiva en su desarrollo.
Por si estos motivos no fueran
argumentos suficientes para defender la actividad cafetera, «en un
ambiente de desaceleración económica como el que se está viviendo, el
gasto público más eficaz es aquel que se traduce en mayor consumo de las
familias más pobres», señala un analista económico. Y dedicar recursos a
apoyar a estos cultivadores «es la mejor alternativa social y política
para impulsar la reactivación de la demanda interna»25. Desde esta óptica,
el paquete de alivio para las deudas de los cafeteros, anunciado a
regañadientes por el gobierno de Pastrana, resulta del todo insuficiente
tanto en valor como en destinación26. Al punto que, recientemente, a
través del Conpes, decidió adicionarlo en $40.000 millones, para poder
elevar el auxilio al caficultor de 15 mil a 30 mil pesos por carga, lo que
enseguida utilizó para autoproclamarse como el gobierno que más ha hecho
por los cafeteros en toda la historia. Días antes el ministro de
agricultura, al protocolizar la refinanciación de las deudas de 117.000
pequeños cultivadores, había declarado como gran cosa que «los
beneficiados serán sujetos de créditos nuevos»27, destacando de paso el
eje del plan al que se destinará la parte prioritaria de los recursos: la
normalización del flujo financiero y el mejoramiento de los balances de
algunos bancos.
Si bien lo aprobado por el gobierno
llega más bien tarde (cuando la carga ha bajado hasta $260.000) y está
lejos del nivel que se requiere para afrontar la peor crisis histórica del
café, en cambio, con dicho pretexto y el conocido discurso de la
«modernización», éste ha dejado ver su codicia burocrática de los altos
cargos de la Federación, orquestando el asalto de las instituciones
cafeteras por quienes tienen intereses creados en que los cafeteros «se
conviertan en unos productores inermes, sujetos a los vaivenes y caprichos
de las multinacionales del grano»28. A estas alturas, con el concurso de
algunos miembros del Comité Nacional partidarios de que Federecafé
entregue su dirección a cambio del auxilio oficial29, el gobierno de
Pastrana ha conseguido ya el retiro de su gerente general, el colombiano
más respetado en el ámbito cafetero mundial, que dirigió la institución
durante más de 18 años. Y la inefable comisión de estudio nombrada por el
gobierno, ya empezó a emitir conclusiones de tono liquidacionista. Como se
ve, más que verdadera ayuda el paquete pastranista constituye, además de
un típico gesto publicitario destinado principalmente a resolver un
problema del sector financiero y conjurar el creciente descontento de los
cultivadores, un nada sutil caballo de troya utilizado oportunistamente
–aprovechando la gravedad de la crisis– para intentar el abordaje
neoliberal de otra de las instituciones del país..
Notas
1 «Las alternativas del
café». El Espectador, septiembre 23 de 2001.
2 Diego Pizano, El café en la encrucijada: evolución y
perspectivas. Edit. Alfaomega, agosto de 2001.
3 Ibídem.
4 «Café: la última gota». Revista Dinero, No. 137, julio
2001.
5 «Café: la última gota», Revista Dinero, No. 137, julio
2001.
6 Diego Pizano, «El Café en la encrucijada: evolución y
perspectivas». Edit. Alfaomega, agosto de 2001.
7 Ibídem.
8 «Informe al LIX Congreso Nal. Cafetero-2000», anexos
estadísticos.
9 «Café: la última gota», Revista Dinero No. 137, julio de
2001.
10 «A sacarle jugo a Juan Valdez», El Tiempo, octubre 8 de
2001.
11 El efecto ambiental se explica porque en ese país los
bosques representan solo el 2% del territorio y los cafetales bajo árboles
de sombra constituyen un bosque alternativo que abarca el 8% de la
superficie, previniendo la erosión y conservando las fuentes de agua...
«Café hunde a El Salvador». El Tiempo, octubre
12 «Ya no es tiempo de cosecha...» John Jairo Rincón,
UN Periódico, No. 26 , sept. 16 de 2001.
13 Ibídem.
14 Diego pizano. El café en la encrucijada: evolución y
perspectivas. Edit. Alfaomega, agosto de 2001.
15 «IVA encarece precios de insumos agrícolas».
Portafolio, octubre 1 de 2001.
16 «Café: la última gota». Revista Dinero, No. 137, julio
de 2001.
17 Ibídem.
18 «El ocaso de los patriarcas del café». El Tiempo,
septiembre 9 de 2001.
19 «La crisis no es un invento», El Tiempo, agosto 20 de
2001.
20 «Fe en Colombia», El Tiempo, octubre 7 de 2001.
21 «A sacarle jugo a Juan Valdez», El Tiempo, octubre 8
de 2001.
22 Por su posicionamiento entre los consumidores,
comparable al de marcas como Quaker o Volkswagen, el conocido logotipo ya
ha sido objeto de ofertas de las multinacionales e incluso se ha
convertido en un caso de estudio sobre técnicas publicitarias en los
programas académicos de la Universidad de Harvard.
23 «El ocaso de los patriarcas del café», El Tiempo,
septiembre 9 de 2001.
24 «Moliendo al Café», Gabriel Silva Luján, El
Tiempo, octubre 30 de 2001
25 Ibídem.
26 Se asignarían en los próximos dos años $350.000
millones para el sector... los cultivadores recibirán un subsidio de
$15.000 por carga cuando el precio interno sea menor de
$300.000/carga...se dispondría de hasta $90.000 millones para
refinanciación con Bancafé a los cultivadores que estén al día con sus
obligaciones. Portafolio, octubre 1 de 2001, «Llega el paquete cafetero».
27 «Refinancian deudas a 117.000 cafeteros», El Tiempo,
noviembre 14 de 2001.
28 «Moliendo al Café», El Tiempo, octubre 30 de 2001.
29 «El empujón a Cárdenas», El Espectador, diciembre 2 de
2001.
XXIII Congreso
de la Asociación Latinoamericana de Sociología
«Entre la globalización del subdesarrollo y los desafíos
del pensamiento crítico latinoamericano»
Álvaro Moreno Durán
«Las repercusiones de la globalización en América Latina
han sido funestas; amplios sectores de nuestras sociedades sufren las
consecuencias de un proceso que los ha obligado a hacerle frente a un
mundo que los desnaturaliza y los condena a vivir en la miseria, ¿existen
alternativas a este dantesco panorama? ¿Podrán los pueblos de América
Latina superar las crisis a las que han sido empujados –de nuevo– por los
tradicionales centros de poder?».
Con estas reflexiones e interrogantes, la Asociación
Latinoamericana de Sociología, ALAS, en sus cincuenta años de existencia,
convocó a los sociólogos y demás académicos del continente a su XXIll
congreso el pasado mes de octubre de 2001 en la ciudad de Antigua,
Guatemala, en el cual participaron más de mil quinientos estudiosos de la
región. La sede central del congreso fue el viejo claustro de la
Universidad de San Carlos, uno de los primeros de América Latina.
El congreso se inauguró con el discurso del sociólogo
brasilero Octavio Ianni sobre «El futuro de la sociología desde la
perspectiva de América Latina», que sirvió de prólogo a las reflexiones,
preguntas y denuncias, con las cuales se pudo tomar el pulso al
pensamiento y sentimiento de los intelectuales latinoamericanos, frente a
los estragos que viene causando en todos los países la aplicación del
formulismo neoliberal.
El evento se organizó en veintisiete comisiones de trabajo
cuyas temáticas abarcaron desde las teorías sociológicas y su papel en el
análisis de los fenómenos sociales del continente, hasta sus asuntos
cruciales, en el contexto del llamado Nuevo Orden Mundial. Problemas como
el de la deuda externa de la región, las políticas neoliberales de ajuste
fiscal, privatización y apertura económica impuestas por el FMI, fueron el
núcleo del debate en las distintas comisiones de trabajo, mesas redondas y
exposiciones centrales del congreso.
El análisis y la discusión en torno a los temas anteriores
permitieron corroborar al menos dos hechos: el primero, que el impacto
negativo de dichas políticas se ha manifestado en todos los países sin
distinción, agravando las secuelas del subdesarrollo en el continente,
expresadas en el incremento del desempleo y la pobreza, la concentración
del ingreso, la violencia y el desbarajuste de los sistemas públicos de
salud y educación. Todo ello se refleja en la inestabilidad de los
gobiernos y en las crisis políticas recurrentes, como en el caso de
Argentina en los últimos meses.
El segundo hecho que se corrobora en el congreso es el
resurgimiento del espíritu crítico en el análisis social de América
Latina, que supera tanto el nihilismo como al pragmatismo tecnocrático,
que se encuentran tan afianzados en el pensamiento social latinoamericano
durante las últimas dos décadas. Este espíritu crítico retoma las teorías
clásicas como el marxismo, cuya vigencia histórica para interpretar la
situación de nuestros países en el contexto actual se destaca como
prioritaria.
A manera de conclusión, se puede decir que las
exposiciones, reflexiones y debates de este congreso alientan la promoción
del pensamiento crítico ante los acontecimientos históricos del continente
por parte de los académicos e intelectuales y los llama a involucrarse con
las distintas organizaciones políticas y sociales en la búsqueda de un
frente común para confrontar a la globalización neoliberal y sus gestores.
El Centro de Estudios Nueva Gaceta, algunos de cuyos
miembros participamos en las mesas redondas y en la coordinación de
comisiones de trabajo de este congreso, saluda con entusiasmo el resurgir
del pensamiento crítico latinoamericano en los medios académicos e
intelectuales y reitera su compromiso de seguir trabajando por el
fortalecimiento de esta corriente.
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