Bogotá, Febrero - Mayo de 02 -Nº 4   ISSN  01246704


                                             

QUIEBRA

     reflexiones

                                                                                                           CAFETERA 

 

 

Arturo Cancino Cadena

 

Lo peor que nos podría pasar es que la coca y la amapola se convirtieran en las alternativas del café, como durante los últimos 10 años lo han sido del resto de la agricultura tradicional lícita, en especial del algodón y de casi todos los cereales»1. Estas palabras del columnista Carlos G. Cano, no solo sugieren una de las principales causas del crecimiento de los cultivos ilícitos en Colombia, sino que reflejan con exactitud el punto a que ha llegado el drama cafetero. Hoy mucha gente se pregunta cuál será el desenlace, pero, para empezar, ¿cuáles son los orígenes del problema?

A fin de entenderlo, hay que recordar que al hablar del café estamos refiriéndonos al segundo producto básico de mayor importancia en el comercio internacional, después del petróleo. Sus consumidores habituales se estiman en 1.000 millones de personas alrededor del mundo. Por ser un cultivo exclusivo de la zona tropical, 46 países importadores adquieren anualmente, de los cerca de 60 países productores, cantidades por valor aproximado de US$10.600 millones (promedio de los últimos 5 años), en especial EU, Alemania, Japón, Francia e Italia, que concentran el 56% de las importaciones mundiales. Por otro lado, para los cultivadores constituye un producto destinado primordialmente a los mercados internacionales. Hay en el mundo 11 millones de hectáreas sembradas en café y, tanto por las cifras que mueve como por el empleo que genera, ha sido motor de crecimiento económico de numerosos países atrasados.

Se trata, así mismo, de un enorme negocio multinacional, liderado entre los compradores por cinco mega-comercializadores y cinco grandes tostadores, que han llegado a manejar por sí solos cerca de la mitad del negocio cafetero mundial (Cuadro 1)2. Esta es una de las claves de la llamada «respuesta asimétrica» de los precios al consumidor (que suben) frente a los precios al productor (que bajan), lo cual sin duda incide en lo que se califica como baja elasticidad de la demanda mundial respecto del precio pagado a los exportadores. O sea, la casi nula reacción en los volúmenes de compra ante las notables variaciones de los precios de exportación, característica que se atribuye a este mercado cuyo tamaño está creciendo escasamente a razón del 1.4% anual.

Hasta aquí el contexto general. Veamos ahora los hechos de la época actual, que han desembocado en la peor crisis en la historia del café y los precios externos más bajos registrados desde 1821 en términos reales3.

Los precios
y el mercado mundial

A partir de 1989, cuando el gobierno de EU decidió el rompimiento del pacto de cuotas de la Organización Mundial del Café –aplicando la «nueva» doctrina de eliminar los mecanismos reguladores considerados como obstáculos al libre comercio entre los países– los precios internacionales del grano han venido sufriendo un acelerado deterioro. Con muy breves intervalos de precios altos en el 94 y 97, la tendencia declinante en los precios de las variedades «robustas» ha arrastrado hacia abajo los de las «suaves arábigas», como el café colombiano. Los precios de éste han experimentado una caída mayor del 40% en los últimos dos años (Cuadro 2), que ha llegado a situarlos alrededor de los US$0.60 la libra, por debajo de su costo estimado de producción de aproximadamente US$0.80. Peor aún: los ciclos de precios debido a los factores climáticos que afectan las cosechas y compensaban regularmente las malas épocas de precios con «bonanzas» transitorias, parecen haberse ido para siempre. Los precios en el mercado mundial prácticamente no registraron, por ejemplo, las tres últimas heladas de Brasil en el 2000 ni la pérdida del 80% de la cosecha de Paraná4.

¿Qué ha sucedido? Una vez roto el pacto cafetero, Estados Unidos y otros países como Francia, Japón y Alemania, directamente y a través de los organismos financieros multilaterales, inyectaron dinero a Vietnam para sembrar café y han generado una depresión sin precedente de los precios por la superproducción obtenida. Durante la década pasada, cerca de US$2000 millones al año fluyeron hacia ese país desde los centros consumidores, con amplios períodos de gracia e inmejorables condiciones financieras, por cuenta del altruista grupo de países donantes . Gracias a esta maniobra, visiblemente orientada a la manipulación del mercado, Vietnam ha llegado a ser el segundo productor mundial de café con más de 13 millones de sacos anuales a partir de solo 1 millón de sacos que producía en 1990, relegando a Colombia a un tercer lugar con 11 millones de sacos. Buena muestra de lo que en el nuevo orden global se entiende por libre juego de las fuerzas del mercado.

De acuerdo con la firma investigadora especializada LMC International, de Oxford, Inglaterra, mientras la demanda mundial se estima en 107 millones de sacos a junio de 2001, la oferta llega a 116 millones de sacos, a los que hay que sumar 27 millones de inventario en manos de los compradores y 28 millones más en las de los productores5. Es decir, son 9 millones de sacos excedentes, casi la cosecha colombiana, y 55 millones de sacos de inventario asegurado, ¡equivalente al consumo mundial de más de 6 meses! Este verdadero colchón de seguridad impide que los precios reaccionen al alza cuando se presenta cualquiera de las bajas en la producción típicas de la agricultura. Así, las multinacionales compradoras han construido una posición privilegiada en la que los enormes inventarios propios y de los países cafeteros les aseguran estabilidad en los precios ante cualquier baja temporal de la oferta y, al mismo tiempo, la producción mundial sobrante los beneficia con una tendencia depresiva en el precio internacional. Diversos analistas, entre ellos la citada firma inglesa, la FAO, el Banco Mundial y The Economist, coinciden en pronosticar que el equilibrio entre la oferta y la demanda mundial apenas llegará en el año cafetero 2004-2005 y sólo a partir de entonces empezará la recuperación de los precios internacionales. Entre tanto, el ajuste, por la vía de reducción de la oferta, significará la quiebra y la salida del mercado de millones de cultivadores del grano en los países productores.

En lo relativo al mayor ritmo de crecimiento de la oferta mundial, algunos analistas le atribuyen especial importancia al incremento de la producción de Brasil. La verdad es que si bien ésta ha crecido 7.5 millones de sacos anuales en la última década, el consumo interno lo ha hecho en 5.5 millones6. El mercado interno ha absorbido así la mayor parte del crecimiento de la producción y, por tanto, la mayor oferta exportable de ese país no resulta comparable al impacto del crecimiento de la oferta vietnamita en el mercado mundial. La expansión cafetera de Vietnam no puede considerarse marginal, ya que está orientada esencialmente a la exportación y representa más del 10% del consumo mundial. Si la producción de ese país no hubiese sobrepasado los 5 millones de sacos anuales, «el mercado mundial del café se encontraría hoy en equilibrio y los países productores podrían estar recibiendo US$10-11 mil millones anuales, en vez de los US$5-6 mil millones actuales», opina un investigador del tema7. Con seguridad muchos tienen claro que en los mercados de productos básicos con las características del cafetero, los excedentes tienen gran impacto sobre los precios y si se «ofrece un 2-3% adicional, los precios pueden caer más del 15%», puntualiza.

Ante la magnitud de las cifras globales de excedentes e inventarios, de nada han servido los acuerdos de cuotas de retención de ventas entre los países cafeteros líderes para contener la caída de los precios. Hace muy poco el último acuerdo de este tipo fue abandonado, tras la evidencia de su fracaso. Pese a ser nuestro país uno de los principales damnificados, no ha habido reacción apreciable alguna del gobierno colombiano contra los gestores de esta verdadera emboscada económica, pacientemente preparada durante una década.

Ingresos y costos
de los caficultores

En realidad, los excedentes se han generado predominantemente en las variedades «robustas», como las que produce Vietnam, que vienen creciendo al doble del ritmo total de la producción cafetera mundial (Cuadro 3), es decir, cerca del 3% anual8. Pero los tostadores han cambiado los criterios para las mezclas. Mediante nuevas tecnologías de vaporización que eliminan el sabor amargo de las «robustas», han logrado aumentar la proporciones de éstas del 10% de hace unos años al 30 ó 40% en la actualidad, reduciendo así las compras de las «suaves arábigas» de mejor calidad y mayor precio. La participación del café colombiano en el mercado alemán bajó, por este concepto, del 35% a cerca del 16%, por ejemplo9.

Los menores costos pagados a los productores mejoran aún más el margen de utilidad de las transnacionales involucradas en el negocio cafetero, que se estima obtienen ya más del 80% del total de los ingresos. Según Daniel Giavanucci, funcionario del Banco Mundial, en la década del 80 los países consumidores gastaban al año US$30.000 millones en café y a los productores les llegaban US$9.000 millones. Hoy el gasto de los consumidores es de US$55.000 millones pero los productores solo reciben US$7.000 millones10. Los cálculos de los ingresos dejados de percibir por los caficultores del mundo, solo en la última década, arrojan la exorbitante suma de US$20.000 millones, sustraídos a las decenas de millones de familias que viven del café en más de 50 países de Asia, África y América Latina.

Esta masiva transferencia de riqueza por la vía de los precios bajos, ha golpeado con especial dureza a los productores más débiles y menos industrializados como los países centroamericanos. El Salvador, por ejemplo, obtiene de la producción cafetera cerca de 132.000 empleos directos (sin contar el empleo temporal, el transporte y la exportación), 19.6% del PIB agropecuario y una porción aún significativa de sus divisas. Entre el año pasado y el actual ha habido allí una reducción en el empleo del 57% y el abandono de muchos cultivos porque los precios no alcanzan ni para pagar los salarios. Junto con la caída de la producción y el aumento de la pobreza, el abandono de los cultivos implica que ese país se está viendo obligado a permitir el grave deterioro del sector que causa la libre proliferación de plagas y malezas. Con todo, instituciones como el Consejo Salvadoreño del Café advierten que este producto, no solo es clave en lo interno por su gran capacidad de generación de empleo, sino que «continúa siendo una actividad de importancia estratégica para la sostenibilidad de la economía y (aún) del medio ambiente»11.

En cuanto a Colombia, se sabe que mientras el consumidor norteamericano paga en promedio US$3 por libra de café soluble (usualmente una mezcla de diversas calidades), nuestro café suave, conocido como el mejor del mundo, lo pagan las firmas compradoras por estos días a cerca de US$0.60 la libra. Pero la crisis tiene antecedentes y en su agravamiento participan también otros factores. Para los cafeteros colombianos la revaluación del peso, resultante de la apertura cambiaria y vigente durante la mayor parte de la década pasada, significó pérdidas del orden de US$4.000 millones, valor equivalente a la cosecha nacional de dos años. Del Fondo Nacional del Café salió, en este período, más de un billón de pesos para obras públicas y servicios a la comunidad, responsabilidad que el gobierno nacional descargó sobre el gremio cafetero. Y, al mismo tiempo, varios de los principales activos de la Federación, como la Flota Mercante y el Banco Cafetero, fueron llevados a la quiebra o enajenados, víctimas del modelo neoliberal impuesto al país. 

A las pérdidas colectivas se añaden las individuales de los cultivadores. Encima de los malos precios, los cafeteros tuvieron que soportar los intereses de usura propiciados deliberadamente por el Emisor con el fin de manejar el déficit comercial que ocasionó la apertura, los mismos que quebraron a los deudores hipotecarios y precipitaron la recesión industrial. Como en los casos citados, las deudas contraídas por los cultivadores, varias veces refinanciadas, resultan impagables y los costos financieros derivados de cualquier amortización, por amplia que parezca, hacen económicamente imposible la subsistencia de los cultivos como unidades productivas. «Deudas que antes eran de $15 millones, con los procesos de refinanciación y la crisis económica, han ascendido a $25 millones o se han doblado», registra un analista del sector12. La alternativa real a la expropiación de los bienes y las tierras de los deudores por las entidades financieras, es la condonación completa de la deuda por intermedio del Estado, fórmula que el gobierno considera impensable. Sin embargo su carácter inevitable lo demuestra la escalada de la cartera morosa de los bancos acreedores. Según la misma fuente, abundan ejemplos como el de la sucursal de Bancafé del Líbano, Tolima, que «en 1995 entregó a cobro jurídico 26 procesos por $64.8 millones. En 1997, éstos aumentaron a 90 por $267 millones; y en 1999 a 129, por $439 millones»13 Se calcula que las deudas totales de los cafeteros ascienden a $250.000 millones.

Además del abrumador costo del capital de trabajo, la localización de la mayoría de los cafetales en empinadas laderas, propias de los suelos volcánicos en los que se produce el café suave, hace imposible la mecanización de las labores. No es aplicable, por tanto, la comparación de costos con otros países y otras variedades sembradas generalmente en terrenos menos abruptos, que vendidas a solo US$0.35 por libra dejan utilidades. En especial si se tiene en cuenta que cerca del 90% de las fincas cafeteras en Colombia tienen menos de 5 ha y, por los escasos volúmenes de producción, los cultivadores requieren un mayor apoyo de recursos y subsidios para la renovación de cafetales, suministro barato de insumos y plaguicidas, servicios públicos eficientes y económicos, además de educación y salud, condiciones de las cuales disponen con mayor abundancia muchos de los caficultores de otros países. Las carencias y difíciles condiciones actuales dan como resultado una productividad comparativamente baja, ya que en 800.000 ha sembradas en Colombia se producen solo 11 millones de sacos, mientras en la misma área en el estado de Minas Gerais, Brasil, se pueden producir 20 millones y en 500.000 ha en Vietnam se producen más de 13 millones. Lo anterior, a pesar del crecimiento sostenido de la productividad nacional, que pasó de un rendimiento de 12 sacos por hectárea, hacia 1980, a 18 en la actualidad. Así se explica que aunque el área sembrada ha disminuido 20% desde 1981, la producción promedio durante los 90 fue de 11.8 millones de sacos anuales contra 10.2 en la década anterior. Solo que por este volumen de producción se recibieron entonces en promedio US$3.110 millones por año y en la década pasada apenas US$1.889, o sea, 48% menos por unidad.

La destacada labor de investigación agrícola realizada en Colombia ha desarrollado ya la tecnología para lograr una productividad promedio de 24 sacos por hectárea, que permitiría hoy costos de entre US$0.55 y US$0.60 por libra. Pero no hay incentivos suficientes para la tecnificación y renovación de cafetales. Se calcula que se deberían adecuar entre 150.000 y 200.000 hectáreas mediante renovación y densificación, adicionales a las 200.000 renovadas durante la década pasada14. No obstante, por falta de financiación adecuada y de la garantía mínima de un precio interno de sustentación de $300.000 por carga, muchos de los cultivadores siguen sin adoptar el programa tecnológico recomendado por Cenicafé, concebido para alcanzar este nuevo nivel de eficiencia y evitar el rezago productivo del país.

Además, al igual que en el resto de la agricultura colombiana, los altos precios de plaguicidas, herbicidas, fertilizantes, etc., elevan desmedidamente los costos de producción, y los impuestos que estos insumos soportan, contribuyen a encarecerlos. La Andi denuncia que «uno de los factores que más ha influido en los mayores costos de los insumos (agrícolas) lo constituyó la Ley 488 de 1998, en la cual quedaron gravadas con tarifa general del IVA las materias primas para la fabricación de estos productos»15. En el mismo sentido se pronunció la SAC, que pide al gobierno la eliminación o reducción del IVA aplicado a dichas materias primas, ya que los agroquímicos representan por lo menos el 20% de los costos de producción agrícolas. Como resultado neto, según investigación del Centro de Estudios Cafeteros y Empresariales, CRECE, al precio actual de $28.000 por arroba la mayoría de las fincas cafeteras no logra el equilibrio entre ingresos y egresos de caja, considerando solo los costos de producción y sin tener en cuenta los costos financieros16 .

Crisis social y política cafetera

Del cultivo del café derivan su sustento al menos 560.000 familias colombianas. Una caída del 23% en el valor de la producción cafetera frente al nivel de 1998 originaría la pérdida de 257.000 puestos de trabajo. De hecho muchos cultivadores, al comprobar que los precios no cubren los costos, se verán obligados a abandonar el negocio. Algunos estiman que la producción se reducirá a 5 millones de sacos, otros opinan que serán 8 millones, pero no es improbable la desaparición completa de la caficultura nacional, en el mediano plazo, si no se hace nada al respecto.

La situación social de la zona cafetera ha venido degradándose a pasos agigantados. Las cifras de desempleados y empleados informales procedentes del sector agrario van en aumento, lo mismo que la deserción e inasistencia escolar por la iniciación de la búsqueda de trabajo de los miembros jóvenes de las familias. El indicador de indigencia aumentó 22% entre 1996 y 1998 en las zonas cafeteras y el número de hogares por debajo de línea de indigencia subió 11% entre 1999 y 200017. El comercio de los municipios cafeteros está paralizado y los recaudos de impuestos no llegan a la mitad de lo presupuestado18. 

Más grave que la estructura minifundista tradicional, que se identifica como una de las debilidades del sector, es el fenómeno de la quiebra generalizada, cuyo freno requiere una política gubernamental que sostenga el precio interno a niveles remunerativos para los productores y apoye al caficultor con créditos baratos e infraestructura pública gratuita. Se requiere, así mismo, que el gobierno subsidie la renovación de cafetales, fortalezca la investigación y respalde económicamente al Fondo Nacional del Café, cuyo patrimonio ha caído de US$1.600 millones en 1989 a solo US$404 millones en la actualidad. Según Jorge Cárdenas Gutiérrez, gerente saliente de Federecafé, para seguir atendiendo las necesidades básicas del sector (compra de la cosecha y asistencia técnica) es necesaria una ayuda del gobierno de mínimo US$100 millones anuales durante los próximos tres años, ya que los cafeteros no pueden afrontar por sí mismos esta crisis que no escogieron ni originaron y no pueden corregir solos19. Con apoyo efectivo del Estado, «en el campo de las calidades tenemos una tradición que nos permitiría, seleccionando 400.000 ha de la mejor tierra, aumentar la producción por hectárea en forma tal que los costos se reducirían hasta quedar por debajo de los US$0.50 la libra», comenta el expresidente López, otro conocedor del tema20.

Por otro lado, para los cultivadores es claro que no habrá esperanza de supervivencia y mejoramiento productivo a menos que continúen y se fortalezcan las instituciones cafeteras, se siga garantizando la compra de las cosechas y el apoyo técnico, y se mantenga tanto la exportación institucional por la Federación como la promoción internacional del café. Si algo hace falta en este campo no es la entrega total del mismo a intermediarios privados que se apropian de las utilidades sin contraprestación social, como lo vienen planteando voces neoliberales, sino respaldo político del gobierno nacional que, para empezar y en alianza con otros países productores, exija en serio a los países compradores controlar las maniobras especulativas de las multinacionales y propiciar precios equitativos para el café, o mejor aún, el restablecimiento del pacto cafetero. Al mismo tiempo, se requiere que el gobierno apoye en lo económico las estrategias para aumentar el valor agregado y los ingresos nacionales mediante la venta directa del café soluble en el mercado mundial, en competencia con los tostadores extranjeros21. Los resultados positivos de los intentos hechos en pequeña escala en este sentido, demuestran la viabilidad comercial y conveniencia económica de la venta de café procesado en gran escala, a fin de aprovechar plenamente no solo la calidad superior de nuestro grano, sino el excelente posicionamiento internacional que ha logrado la Federación de la marca «Café de Colombia» y su tradicional imagen publicitaria22.

El café fue, durante la mayor parte del siglo pasado, fuente casi exclusiva de divisas e instrumento de la acumulación originaria de capital que permitió el nacimiento de la industria nacional. La caficultura le ha legado al país, además del sustento y el progreso social de amplios núcleos de la población, 5.908 acueductos, 16.215 aulas, 13.913 baterías sanitarias, 16.116 kilómetros de carreteras y 2.947 puentes vehiculares y peatonales, entre otras obras civiles23, inversiones públicas avaluadas en billones de pesos. Pero también, en interés de la nación –y en muchos casos obedeciendo a políticas oficiales– el gremio invirtió enormes recursos en la fundación de empresas no cafeteras y el desarrollo de sectores estratégicos. Y solo en los últimos 50 años, el sector cafetero le transfirió directamente al gobierno central más de US$11.000 millones24. Sin duda es hora de que el Estado colombiano le retorne a los cafeteros y al país parte de estos beneficios, mediante una política integral de defensa de este sector amenazado y reinversión efectiva en su desarrollo.

Por si estos motivos no fueran argumentos suficientes para defender la actividad cafetera, «en un ambiente de desaceleración económica como el que se está viviendo, el gasto público más eficaz es aquel que se traduce en mayor consumo de las familias más pobres», señala un analista económico. Y dedicar recursos a apoyar a estos cultivadores «es la mejor alternativa social y política para impulsar la reactivación de la demanda interna»25. Desde esta óptica, el paquete de alivio para las deudas de los cafeteros, anunciado a regañadientes por el gobierno de Pastrana, resulta del todo insuficiente tanto en valor como en destinación26. Al punto que, recientemente, a través del Conpes, decidió adicionarlo en $40.000 millones, para poder elevar el auxilio al caficultor de 15 mil a 30 mil pesos por carga, lo que enseguida utilizó para autoproclamarse como el gobierno que más ha hecho por los cafeteros en toda la historia. Días antes el ministro de agricultura, al protocolizar la refinanciación de las deudas de 117.000 pequeños cultivadores, había declarado como gran cosa que «los beneficiados serán sujetos de créditos nuevos»27, destacando de paso el eje del plan al que se destinará la parte prioritaria de los recursos: la normalización del flujo financiero y el mejoramiento de los balances de algunos bancos.

Si bien lo aprobado por el gobierno llega más bien tarde (cuando la carga ha bajado hasta $260.000) y está lejos del nivel que se requiere para afrontar la peor crisis histórica del café, en cambio, con dicho pretexto y el conocido discurso de la «modernización», éste ha dejado ver su codicia burocrática de los altos cargos de la Federación, orquestando el asalto de las instituciones cafeteras por quienes tienen intereses creados en que los cafeteros «se conviertan en unos productores inermes, sujetos a los vaivenes y caprichos de las multinacionales del grano»28. A estas alturas, con el concurso de algunos miembros del Comité Nacional partidarios de que Federecafé entregue su dirección a cambio del auxilio oficial29, el gobierno de Pastrana ha conseguido ya el retiro de su gerente general, el colombiano más respetado en el ámbito cafetero mundial, que dirigió la institución durante más de 18 años. Y la inefable comisión de estudio nombrada por el gobierno, ya empezó a emitir conclusiones de tono liquidacionista. Como se ve, más que verdadera ayuda el paquete pastranista constituye, además de un típico gesto publicitario destinado principalmente a resolver un problema del sector financiero y conjurar el creciente descontento de los cultivadores, un nada sutil caballo de troya utilizado oportunistamente –aprovechando la gravedad de la crisis– para intentar el abordaje neoliberal de otra de las instituciones del país..

 

 

 

Notas

1  «Las alternativas del café». El Espectador, septiembre 23 de 2001.

2  Diego Pizano, El café en la encrucijada: evolución y perspectivas. Edit. Alfaomega, agosto de 2001.

3   Ibídem.

4  «Café: la última gota». Revista Dinero, No. 137, julio 2001.

5  «Café: la última gota», Revista Dinero, No. 137, julio 2001.

6  Diego Pizano, «El Café en la encrucijada: evolución y perspectivas».  Edit. Alfaomega, agosto de 2001.

7  Ibídem.

8  «Informe al LIX Congreso Nal. Cafetero-2000», anexos estadísticos.

9  «Café: la última gota», Revista Dinero No. 137, julio de 2001.

10  «A sacarle jugo a Juan Valdez», El Tiempo, octubre 8 de 2001.

11 El efecto ambiental se explica porque en ese país los bosques representan solo el 2% del territorio y los cafetales bajo árboles de sombra constituyen un bosque alternativo que abarca el 8% de la superficie, previniendo la erosión y conservando las fuentes de agua... «Café hunde a El Salvador». El Tiempo, octubre

12  «Ya no es tiempo de cosecha...» John Jairo Rincón, UN Periódico, No. 26 , sept. 16 de 2001.

13  Ibídem.

14  Diego pizano. El café en la encrucijada: evolución y perspectivas. Edit. Alfaomega, agosto de 2001.

15  «IVA encarece precios de insumos agrícolas». Portafolio, octubre 1 de 2001.

16  «Café: la última gota». Revista Dinero, No. 137, julio de 2001.

17  Ibídem.

18   «El ocaso de los patriarcas del café». El Tiempo, septiembre 9 de 2001.

19   «La crisis no es un invento»,  El Tiempo, agosto 20 de 2001.

20   «Fe en Colombia», El Tiempo, octubre 7 de 2001.

21   «A sacarle jugo a Juan Valdez», El Tiempo, octubre 8 de 2001.

22  Por su posicionamiento entre los consumidores, comparable al de marcas como Quaker o Volkswagen, el conocido logotipo ya ha sido objeto de ofertas de las multinacionales e incluso se ha convertido en un caso de estudio sobre técnicas publicitarias en los programas académicos de la Universidad de Harvard.

23  «El ocaso de los patriarcas del café», El Tiempo, septiembre 9 de 2001.

24  «Moliendo al Café», Gabriel Silva Luján, El Tiempo, octubre 30 de 2001

25  Ibídem.

26  Se asignarían en los próximos dos años $350.000 millones para el sector... los cultivadores recibirán un subsidio de $15.000 por carga cuando el precio interno sea menor de $300.000/carga...se dispondría de hasta $90.000 millones para refinanciación con Bancafé a los cultivadores que estén al día con sus obligaciones. Portafolio, octubre 1 de 2001, «Llega el paquete cafetero».

27  «Refinancian deudas a 117.000 cafeteros», El Tiempo, noviembre 14 de 2001.

28  «Moliendo al Café», El Tiempo, octubre 30 de 2001.

29  «El empujón a Cárdenas», El Espectador, diciembre 2 de 2001.

XXIII Congreso
de la Asociación Latinoamericana de Sociología

«Entre la globalización del subdesarrollo y los desafíos del pensamiento crítico latinoamericano»

Álvaro Moreno Durán

«Las repercusiones de la globalización en América Latina han sido funestas; amplios sectores de nuestras sociedades sufren las consecuencias de un proceso que los ha obligado a hacerle frente a un mundo que los desnaturaliza y los condena a vivir en la miseria, ¿existen alternativas a este dantesco panorama? ¿Podrán los pueblos de América Latina superar las crisis a las que han sido empujados –de nuevo– por los tradicionales centros de poder?».

Con estas reflexiones e interrogantes, la Asociación Latinoamericana de Sociología, ALAS, en sus cincuenta años de existencia, convocó a los sociólogos y demás académicos del continente a su XXIll congreso el pasado mes de octubre de 2001 en la ciudad de Antigua, Guatemala, en el cual participaron más de mil quinientos estudiosos de la región. La sede central del congreso fue el viejo claustro de la Universidad de San Carlos, uno de los primeros de América Latina.

El congreso se inauguró con el discurso del sociólogo brasilero Octavio Ianni sobre «El futuro de la sociología desde la perspectiva de América Latina», que sirvió de prólogo a las reflexiones, preguntas y denuncias, con las cuales se pudo tomar el pulso al pensamiento y sentimiento de los intelectuales latinoamericanos, frente a los estragos que viene causando en todos los países la aplicación del formulismo neoliberal.

El evento se organizó en veintisiete comisiones de trabajo cuyas temáticas abarcaron desde las teorías sociológicas y su papel en el análisis de los fenómenos sociales del continente, hasta sus asuntos cruciales, en el contexto del llamado Nuevo Orden Mundial. Problemas como el de la deuda externa de la región, las políticas neoliberales de ajuste fiscal, privatización y apertura económica impuestas por el FMI, fueron el núcleo del debate en las distintas comisiones de trabajo, mesas redondas y exposiciones centrales del congreso.

El análisis y la discusión en torno a los temas anteriores permitieron corroborar al menos dos hechos: el primero, que el impacto negativo de dichas políticas se ha manifestado en todos los países sin distinción, agravando las secuelas del subdesarrollo en el continente, expresadas en el incremento del desempleo y la pobreza, la concentración del ingreso, la violencia y el desbarajuste de los sistemas públicos de salud y educación. Todo ello se refleja en la inestabilidad de los gobiernos y en las crisis políticas recurrentes, como en el caso de Argentina en los últimos meses.

El segundo hecho que se corrobora en el congreso es el resurgimiento del espíritu crítico en el análisis social de América Latina, que supera tanto el nihilismo como al pragmatismo tecnocrático, que se encuentran tan afianzados en el pensamiento social latinoamericano durante las últimas dos décadas. Este espíritu crítico retoma las teorías clásicas como el marxismo, cuya vigencia histórica para interpretar la situación de nuestros países en el contexto actual se destaca como prioritaria.

A manera de conclusión, se puede decir que las exposiciones, reflexiones y debates de este congreso alientan la promoción del pensamiento crítico ante los acontecimientos históricos del continente por parte de los académicos e intelectuales y los llama a involucrarse con las distintas organizaciones políticas y sociales en la búsqueda de un frente común para confrontar a la globalización neoliberal y sus gestores.

El Centro de Estudios Nueva Gaceta, algunos de cuyos miembros participamos en las mesas redondas y en la coordinación de comisiones de trabajo de este congreso, saluda con entusiasmo el resurgir del pensamiento crítico latinoamericano en los medios académicos e intelectuales y reitera su compromiso de seguir trabajando por el fortalecimiento de esta corriente.

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