Bogotà, Septiembre - Diciembre de 2002 -Nº 5   ISSN 01246704


 

EL EMBELECO DE LA

COMPETITIVIDAD

  Por Higinio Pérez Negrete

 


Paradójicamente, Chile y México, que son considerados “modelos” de competitividad
en América Latina, por parte de los organismos multilaterales, presentan serias dificultades en su comercio exterior. La razón: Chile es el país que más depende de recursos naturales
en la región, mientras que México tiene la industria con más alto componente importado. Colombia, presenta una alta dependencia de recursos naturales y una industria con alto componente importado. ¿A esto se le puede llamar competitividad?


 

El tema de la competitividad se ha constituido en el centro de atención de los organismos multilaterales, universidades prestigiosas y premios Nobel de economía. La producción de libros, documentos y artículos sobre este tema es abundante (BID, 2001; Sachs y Vial, 2002; Katz y Stumpo, 2001; Sachs, 2001b; Vial y Cornelius, 2002; Perry et al., 2002). Para el Fondo Monetario Internacional (FMI), el componente más importante del indicador de competitividad es la estabilidad macroeconómica, entendida como el estricto control de la inflación, equilibrio fiscal y equilibrio en la tasa de cambio real, mientras que para el Banco Mundial (BM) este indicador depende fundamentalmente de la eficiencia en tareas que son directa o indirectamente responsabilidad del Estado, como los trámites para crear empresas o negocios, la prestación de servicios públicos, la orientación del crédito, la administración de justicia, la infraestructura de transporte y portuaria, el orden público, la formación de capital humano, y todas las demás acciones del Estado encaminadas a incentivar la inversión privada, sobre todo la inversión extranjera directa (IED).

Precisamente dicha eficiencia es el tema que analiza el BM en su Informe sobre el desarrollo mundial de 2002, titulado “Instituciones para los mercados”, elaborado con la orientación de Douglass North, premio Nobel de economía de 1993. El FMI y el BM coinciden en que lo más importante es ganar la confianza del inversionista extranjero, ya que este es portador de la ciencia y la tecnología que requieren nuestras economías para competir. Por encargo de estos organismos multilaterales y de la Corporación Andina de Fomento (CAF), el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, dirigido por Jeffrey Sachs, desde 1999 está promoviendo y dirigiendo investigaciones en universidades de la Comunidad Andina de Naciones (Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia) para determinar la competitividad (estabilidad macroeconómica, calidad de las instituciones para el mercado y capacidad tecnológica) de la región. La Universidad de los Andes fue escogida para realizar los estudios sobre competitividad en Colombia, tarea que ha dado como resultado varias publicaciones (Sánchez y Acosta, 2001; Montenegro et al., 2002; Steiner y Salazar, 2001).

La administración Pastrana asumió el compromiso de darle prioridad a este embeleco neoliberal. Con el pretexto de ganar la confianza del inversionista extranjero y aumentar la competitividad para participar en condiciones favorables en el Área de Libre Comercio de las Américas –ALCA (desde el 2005), creó el Plan Estratégico Exportador 1999-2009 y la Política Nacional de Productividad y Competitividad, expidió el Nuevo Estatuto de Inversiones Extranjeras (completa liberación e incentivos a los inversionistas), creó la Dirección de Inversión Extranjera en el Ministerio de Comercio Exterior (decreto 2553 de 1999), hizo aprobar en el Congreso de la República la ley sobre Zonas Económicas Especiales de Exportación (Ley 677 de 2001)(1), continuó la política de bajar la inflación a cero, continuó y profundizó las políticas de liberación comercial, cambiaria y de capitales, de reducción del gasto público, privatizaciones, reducción de los salarios y las prestaciones sociales, y la política de responsabilizar a departamentos y municipios tanto de sus tributos como de sus gastos (autofinanciamiento). También formó parte de esta argucia un paquete de proyectos de ley, entre los que cabe destacar: reforma a la justicia, reforma política, reforma al sistema financiero, reforma a la ley de contratación pública (Ley 80 de 1993), reforma a las regalías, reforma pensional, responsabilidad fiscal. En los tres primeros años del gobierno se aprobó el impuesto a las transacciones financieras, la ampliación de la base del IVA y la reducción de las transferencias a departamentos y municipios.

Supuestamente estas políticas atraen IED y con ella la innovación y transferencia tecnológica, y se presume que por consiguiente garantizan mayor competitividad de la economía colombiana. Guillermo Perry, Economista Jefe para América Latina del BM, destaca la importancia de la IED para elevar la competitividad a partir del aprovechamiento de los recursos naturales: “No importa qué se produce, sino cómo se produce” (Perry et al., capítulo 1). En este sentido, muestra la economía chilena como el modelo a seguir. Otros trabajos (BID, 2001; Sachs y Vial, 2002; Vial, 2001; Vial, 2002; Warner, 2001; Cepal, 2002a) tratan de ir más allá en cuanto a los beneficios de las políticas encaminadas a atraer la IED, resaltando que ésta puede garantizar significativos cambios en la estructura productiva (menor dependencia de los recursos naturales). En este caso el ejemplo a seguir es la economía mexicana y algunos países centroamericanos. Chile ocupa el primer lugar, Costa Rica el segundo y México el tercero en competitividad en América Latina, mientras que Colombia aparece en uno de los últimos lugares (BID, 2002, Apéndice 1.2 – Cuadro 1) . Este tipo de comparaciones ha ganado mucha importancia para los apologistas de la apertura, quienes frente a la política activa de industrialización del modelo sustitutivo de importaciones han contrapuesto una política de exportaciones donde el Estado sólo debe intervenir para abrirle campo, con estabilidad macroeconómica e instituciones para el mercado, al inversionista privado, sobre todo a la IED: “La mejor política industrial es la que no existe” (Villarreal y Ramos, 2002, Introducción). Consideran que a su vez la IED garantiza mayor estabilidad macroeconómica y mejor calidad de las instituciones para el mercado.

En el caso colombiano, las políticas de estabilización macroeconómica, de cambios institucionales para que funcione el mercado y, en general, el presunto modelo exportador, han dado como resultado una caída del ingreso por habitante, de 2.419,3 dólares en 1998 a 2.037,8 en 1999, 1.920,8 en 2000 y 1.891 en 2001 (DNP, 2002), han colocado al país en el primer lugar en tasa de desempleo en América Latina  con un 20% frente al 8,5% que es el promedio de la región, en primer lugar en pobreza (60% de la población colombiana subsiste con menos de 60 dólares mensuales, frente a 35,3% que está en la misma situación en la región) e indigencia (23,4% de la población colombiana subsiste con menos de 30 dólares mensuales, frente al 13,9% que está en la misma situación en la región), y en uno de los primeros lugares en concentración del ingreso (Cepal, 2002b). Este artículo muestra las vulnerabilidades de los países que han sido llevados por los apologistas del neoliberalismo a tomar las exportaciones como la “estrategia” de crecimiento, y las consecuencias para la economía colombiana del embeleco de la competitividad de la administración Pastrana.

Países que son “modelos”

Refiriéndose al importante papel que juegan las instituciones y la capacidad tecnológica como factores de competitividad y crecimiento económico, el BM hace la siguiente reflexión: “En definitiva ¿de qué depende lo que exportemos en el siglo XXI? En la teoría clásica sobre las ventajas comparativas se hace hincapié en el acervo de trabajo, tierra, capital y recursos naturales. En cambio, en la “nueva” teoría del comercio exterior se subraya la importancia no menor de otros “acervos”, tales como la geografía (distancia a los grandes mercados), el conocimiento tecnológico, el capital humano, la infraestructura pública, la calidad de las instituciones” (Perry et al., 2002, Capítulo 1). Según el BM, estos factores de la producción apoyados en un ambiente de estabilidad macroeconómica, han permitido a Chile destacarse como el país más competitivo de América Latina, con una producción altamente intensiva en recursos naturales, con una agroindustria alimentaria y no alimentaria (frutas, vinos, salmones, harina de pescado, celulosa y papel) que le ha ganado participación al cobre: “El caso de mayor éxito, en cuanto a crecimiento de la producción por trabajador y de las exportaciones en el período 1980-1999 en el sector agrario, fue el de Chile. Ello obedeció, en parte, a una adecuada gestión macroeconómica y, en especial, a la competitividad y relativa estabilidad del tipo de cambio real” (Perry et al., 2002, Cap. 1).

Jeffrey Sachs no comparte el entusiasmo del BM y critica la excesiva dependencia de recursos naturales que registran las exportaciones chilenas: “Por muchos años he señalado que Chile no puede enriquecerse exclusivamente mediante productos como cobre, vino y frutas. Me preocupa la falta de evidencia tecnológica del país, que se extiende a las ciencias y la educación superior. Me preocupa la ausencia de un sector de alta tecnología en computación y comunicaciones, y es por eso que se necesita con urgencia cambios en la estructura de las exportaciones. No es coincidencia que en Chile el crecimiento económico sea bajo y lento, es un signo de gran dependencia de una limitada gama de productos” (Sachs, 2002). El 89% de las exportaciones chilenas son recursos naturales (40,3% bienes primarios y 48,7% manufacturas basadas en recursos naturales), 9,4% son manufacturas de tecnología baja y media2 , y 1,6% son productos no clasificados (Cepal, 2002a, cuadro 6.3). Los recursos naturales tienen muy poca dinámica en el comercio internacional (baja elasticidad ingreso de la demanda), lo cual se refleja en una tendencia decreciente de sus precios (Cepal, 2002a, recuadro 2.1). El crecimiento del producto interno bruto (PIB) chileno de los últimos años fue de 3,6% en 1998, -0,1% en 1999, 4,9% en 2000 y 3% en 2001, que es bajo, pero no obstante, con excepción de 1999 estuvo por encima del promedio latinoamericano (Cepal, 2002c, cuadro A1).

Considera Sachs que aunque Chile presenta la mayor estabilidad macroeconómica y la mejor calidad de las instituciones de la región, aún faltan incentivos tributarios para atraer al inversionista extranjero hacia sectores de la industria manufacturera no dependientes de recursos naturales: “Es muy importante contar con nuevos incentivos para las inversiones extranjeras en sectores de alta tecnología. Soy un convencido de que usar incentivos tributarios es una buena forma de atraer a las empresas tecnológicas hacia el país y no creo que Chile haya explorado esa vía de una manera adecuada” (Sachs, 2002). Sachs ve en México el ejemplo a seguir y pondera sus “logros” en innovación y transferencia tecnológica, reflejados en una estructura productiva y exportadora que no depende de recursos naturales sino de bienes con alto valor agregado (industria electrónica, informática, automotriz), y resalta la importancia de la IED: “En América, la inversión extranjera directa está fuertemente concentrada en México, algunas partes de América Central y el Caribe, es decir, países cercanos a EU Los países sudamericanos, lejanos a la superpotencia, reciben mucho menos inversión de este tipo. Como resultado, México ha crecido velozmente en los últimos años, beneficiándose de un rápido incremento de los ingresos y las exportaciones a EU, mientras Sudamérica ha crecido más lentamente o de hecho ha decrecido” (Sachs, 2001b).

En su apología del modelo neoliberal Sachs no muestra interés en profundizar su análisis sobre la industrialización exportadora de México. Aunque este país presenta, junto con Brasil y Argentina, uno de los más altos valores absolutos de IED en América Latina en los últimos quince años, medida como proporción del PIB, dicha inversión es una de las más bajas de la región (2,8%), y es Chile quien ocupa el primer lugar (11,2%). Lo que sí vale la pena resaltar es que el 68% de la IED en México se encuentra en la industria manufacturera de tecnología media y alta, y un poco en tecnología baja (textiles y confecciones), el resto (32%) en servicios, caso contrario al de Chile donde la IED está concentrada en servicios (63%), producto de las privatizaciones de servicios públicos domiciliarios y del sector financiero, un 27% está en recursos naturales (cobre principalmente) y un 10% en la industria manufacturera de tecnología baja (Vial, 2001, Cuadro 4). Igualmente, el 63,9% de las exportaciones mexicanas son manufacturas de tecnología media y alta, 14,7% son manufacturas de tecnología baja, 17,5% son recursos naturales (11,7% bienes primarios y 5,8% manufacturas basadas en recursos naturales), y 3,9% son productos no clasificados (Cepal, 2002a, cuadro 6.3). Sin embargo, México que es el país de América Latina después de Costa Rica que presenta la más alta capacidad tecnológica –un promedio entre número de patentes por cada millón de habitantes, tasa de escolaridad, y gasto en investigación y desarrollo/PIB– (BID, 2001, Apéndice 1.2, Cuadro 1), ocupa el último lugar en cuanto a encadenamientos (arrastres) industriales.

Esto quiere decir que las industrias de tecnología media y alta en México (electrónica, informática y automotriz) no arrastran a otras industrias porque tienen un componente de insumos importados cercano al 100%: “Como resultado de un modelo de exportación basado en el empleo de mano de obra barata, de cada tres carros que mueve la locomotora exportadora mexicana, dos son de importaciones y sólo uno nacional. Es decir, el desempeño exportador no incide en el fortalecimiento del aparato productivo interno” (Villarreal y Ramos, 2002, Introducción). Ese es el resultado de la llamada industria de la maquila en México. Respecto al crecimiento del ingreso o PIB en México, que según Sachs ha sido rápido, tampoco el economista de la Universidad de Harvard muestra rigor en su análisis, ya que además del crecimiento negativo que le dejó la crisis de 1994 y 1995, creció un poco por encima del promedio latinoamericano en los años siguientes hasta el 2000, pero volvió a entrar en crisis en el 2001 con un crecimiento negativo de 0,7%, mientras que el promedio latinoamericano fue positivo aunque bajo, 0,5% (Cepal, 2002c).

Otro aspecto que ha sido altamente descuidado por el BM, el FMI, Sachs y todos los demás apologistas de la competitividad, es el relacionado con la libre movilidad de capitales y su incidencia en la tasa de cambio real. En los últimos quince años ha habido períodos de entrada masiva de capitales que han ocasionado una disminución del precio de la moneda internacional, y períodos de salida masiva de capitales que han tenido el efecto contrario. Esto ha determinado que la tasa de cambio real (la relación entre el índice de precios internacionales multiplicado por el índice de devaluación interna –índice de variación del precio del dólar– y el índice de precios locales multiplicado por el índice devaluación externa), muestre gran volatilidad, desincentivando las exportaciones y estimulando las importaciones cuando dicha tasa cae (sobrevaluación o revaluación real), y lo contrario cuando sube (devaluación real). Este comportamiento de la tasa de cambio real desvirtúa el argumento de que Chile es un modelo de estabilidad macroeconómica. Precisamente, sobre el caso chileno, Ricardo Ffrench Davis afirma: “La crisis asiática arribó a Chile cuando el tipo de cambio estaba atrasado. La expectativa de una inminente devaluación desencadenó una nueva fuga de capitales y las consiguientes presiones devaluatorias en el mercado. El Banco Central las resistió mediante el expediente de estrechar la banda y elevar las tasas de interés, hasta que en septiembre de 1999 decidió dejar que el tipo de cambio flotara libremente. Este cambio de régimen facilitó la corrección del tipo de cambio real hasta ese momento excesivamente sobrevaluado, pero introdujo desde entonces una mayor volatilidad” (Ffrench Davis, 2002). En 2001 Chile eliminó el encaje sobre entrada de capitales de corto plazo, lo cual agravó la situación.

La completa pérdida de soberanía en el manejo de la tasa de cambio (flotación libre) y en el movimiento de capitales (libre movilidad), al traducirse en mayor volatilidad de la tasa de cambio real, aumentó la incertidumbre entre los inversionistas y, por consiguiente, generó pérdida de competitividad. De esta manera, el modelo neoliberal produjo el peor de los mundos. En efecto, la política de bajar la inflación a un dígito y cerca de cero, estrechó el mercado interno de los países latinoamericanos, porque redujo los renglones del gasto público que generan demanda (inversión y pagos a trabajadores de planta, entre otros), aumentó el desempleo, incrementó la concentración del ingreso y no consiguió lo que aparentemente perseguían los apologistas de la competitividad, la ampliación del mercado externo, sino todo lo contrario: el deterioro de las exportaciones netas de bienes y servicios. Los países supuestamente más competitivos de América Latina presentan saldos negativos en dicha cuenta. Para los años 2000 y 2001, el saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos de Chile fue respectivamente
(-988 y -1.200 millones de dólares), para Costa Rica (-751 y -943 millones de dólares) y para México
(-17.690 y -17.196 millones de dólares, Cepal, 2002c, Cuadro A2).

El caso colombiano

La IED en Colombia durante el proceso de apertura económica presenta notables semejanzas con Chile, ya que llegó fundamentalmente a tomar la propiedad de empresas de servicios públicos domiciliarios y del sector financiero, y a contratar la construcción de obras de infraestructura, aunque una parte ha sido orientada a la industria de la maquila al estilo mexicano. El auge de la IED tuvo lugar desde mediados de los años noventa hasta 1999, cuando se llevó a cabo un importante proceso de privatizaciones de empresas de energía eléctrica, acueducto, gas natural, bancos y otras entidades financieras, además de que el capital extranjero compró la propiedad de grupos económicos nacionales en este sector, entró a controlar empresas de telefonía celular, contrató con el Estado colombiano la construcción de obras de infraestructura vial y la administración de aeropuertos. En el sector minero y de hidrocarburos hubo nuevas inversiones y compras de propiedad por parte del capital extranjero. También invirtió en el sector comercio. El 59,5% de la IED llegó a servicios públicos domiciliarios, sector financiero, telefonía celular, comercio, contrataciones en infraestructura vial y aeropuertos, 24% a recursos naturales (petróleo, minería, agroindustria alimentaria y no alimentaria) y 16,5% a la industria manufacturera de tecnología media –productos químicos, industria automotriz, y en menor medida, producción de maquinaria– (Vial, 2001, cuadro 4). El Ministerio de Comercio Exterior resaltó el espectacular aumento que registró la IED en los años noventa en comparación con los decenios anteriores: “En la década de los 70 los flujos de IED alcanzaron en promedio US$60,5 millones. Dicho promedio se incrementó a US$231 millones en los 80 y a US$1.614 millones en los 90” (página del Mincomex en Internet).

Con el sofisma de la competitividad, la administración Pastrana vendió al capital extranjero la participación estatal en Carbocol y en Isagen, inició el proceso de privatización del Banco Cafetero, decidió a favor del inversionista extranjero una descapitalización de la Empresa de Energía de Bogotá (EEB) y sus dos filiales, Emgesa y Codensa y contrató con firmas foráneas la construcción de vías e infraestructura aeroportuaria. Las ventajas concedidas al inversionista extranjero fueron tan amplias que hasta el FMI en su revista Finanzas & Desarrollo debió pronunciarse frente a las “debilidades” del Estado colombiano: “En muchos proyectos de infraestructura privados, el Estado ha asumido riesgos que debían asumir los inversionistas. En el reciente proyecto de construcción de la carretera de peaje El Cortijo–El Vino, en Colombia, el Estado se comprometió a otorgar una subvención al concesionario si el tránsito era inferior al 90% de determinado nivel. Asimismo, garantizó un ingreso mínimo en la adjudicación del contrato de construcción, operación y transferencia de una nueva pista del aeropuerto El Dorado de Santafé de Bogotá” (Thobani, 1999).

Llama la atención que la administración Pastrana, que sacrificó la economía y al pueblo colombiano por atender las pretensiones del FMI de favorecer al capital financiero internacional (acuerdo que rige desde diciembre de 1999 y que fue ratificado por el Presidente Álvaro Uribe), no atendió las observaciones de dicho organismo y amplió las ventajas del inversionista extranjero en nuevos contratos de concesión vial, donde el Estado asumió el riesgo cambiario, o sea se comprometió a reconocerle al inversionista todo costo ocasionado por la devaluación del peso frente al dólar. Sobre este aspecto el FMI había advertido: “Existen varias razones por las que los inversionistas deben asumir los riesgos cambiarios y de tasas de interés. Primero, las garantías del Estado podrían incitar a los inversionistas a asumir grandes riesgos cambiarios y de tasas de interés. Si la moneda se deprecia posteriormente, éstos podrían culpar al Estado de sus pérdidas en vez de reconocer los peligros de una deuda excesiva en moneda extranjera. Segundo, las garantías cambiarias podrían ejercer una influencia negativa sobre la conducta del gobierno. Por ejemplo, podrían desalentar al gobierno con respecto a la posibilidad de permitir una depreciación necesaria de la moneda nacional tras una evolución desfavorable de la relación de intercambio” (Thobani, 1999), (claro que este segundo argumento supone que existe soberanía estatal en el manejo cambiario, lo cual no es cierto para nuestros países bajo el modelo neoliberal).

Respecto a las ventajas obtenidas por el inversionista extranjero, cabe destacar el caso de la descapitalización de la EEB y sus dos filiales, ya que el consorcio chileno-español Endesa creó barreras de entrada a otros inversionistas (uno de ellos Empresas Públicas de Medellín) mediante el ofrecimiento de pago de un “alto” precio por acción, con lo que “adquirió el 11% de la matriz EEB y el 48,4% de Emgesa y Codensa” (Castro, 1999), pero a condición de que posteriormente se le devolviera un 25% del capital invertido, o sea que se le hiciera una importante rebaja del precio. Mediante la figura de la descapitalización el inversionista extranjero terminó pagando un precio por acción muy inferior al acordado inicialmente. Para que las cosas ocurrieran de esta manera se necesitó de la participación del ministro de Minas y Energía de la administración Pastrana, Luis Carlos Valenzuela, quien también sacó provecho de esta transacción (Castro, 1999). Este fue apenas el comienzo de una innumerable serie de hechos de corrupción de la administración Pastrana (Ahumada, 2002).

Otro hecho que es producto del engaño de la competitividad, pero que se remonta a gobiernos anteriores, es el de los contratos de joint venture (riesgo compartido) de Telecom, donde supuestamente Nortel de Canadá, Siemens de Alemania, Ericsson de Suecia, Nec de Japón, y otras dos empresas, Alcatel e Itochu, aportarían capital y tecnología para darle ventajas competitivas a la empresa estatal. Las firmas extranjeras se comprometieron a instalar un determinado número de líneas telefónicas en todo el país, recibiendo la facturación durante unos años y luego las líneas pasarían a ser facturadas completamente por Telecom. Comenzaron a vencerse los contratos en 2002 y las firmas extranjeras alegan que Telecom debe cubrir los costos de instalación de 418.000 líneas que no fueron vendidas, pero lo que establecen los contratos es que la empresa estatal no garantiza la demanda por líneas instaladas, o sea que no asume costos por líneas instaladas no vendidas. Frente a esta situación, la administración Pastrana manifestó el propósito de liquidar la empresa y pagarle a las firmas extranjeras lo que exigen. El servilismo ante el capital extranjero y contra los intereses nacionales volvió a aparecer.

De los hechos reseñados se deduce que dos grandes atractivos para el inversionista extranjero en el caso colombiano han sido la ausencia de capacidad de negociación y la falta de transparencia estatal. Estos atractivos se evidencian igualmente en las privatizaciones realizadas por gobiernos anteriores. Los problemas de orden público también constituyen un gran atractivo para los inversionistas extranjeros, ya que con el argumento de que existe un alto riesgo han podido bajar el precio de compra de las empresas privatizadas, además de que le exigen al Estado que autorice aumentos en las tarifas de los servicios muy superiores a los requeridos para compensar costos por atentados terroristas (el caso de las empresas de energía eléctrica). A comienzos de 2002 la administración Pastrana ordenó un aumento de tarifas del 17%, que es el triple de la inflación proyectada para este año. En años anteriores también ordenó extraordinarios aumentos de tarifas que afectaron sobre todo a los estratos más bajos de la población: “Entre 1998 y 2001, el precio de la energía para los tres primeros estratos subió un 40%, mientras la inflación lo hizo un 28%” (Ossa, 2002).

Además del desproporcionado aumento de las tarifas de servicios públicos domiciliarios, la administración de la “competitividad” estableció el impuesto del dos por mil sobre las transacciones financieras en 1998, el cual fue aumentado al tres por mil en enero de 2001, incrementó el IVA a un numero mayor de productos, aumentó el desempleo, la pobreza, la indigencia, la concentración del ingreso, generando la mayor reducción del mercado interno que se recuerde en la historia colombiana. Bonificó a los grupos financieros nacionales y extranjeros mediante la ampliación de la diferencia entre la tasa de interés reconocida a los ahorradores y la cobrada a los usuarios del crédito, lo que se llama el margen de intermediación financiera, que subió del 13% en 1998 al 16% en 2002 (Información de la Superintendencia Bancaria, División de estadísticas, abril de 2002); esto significó una extracción de ingresos a sus clientes: “La entrada de nuevos actores extranjeros (Banco Bilbao Vizcaya-BBV y Santander) no se tradujo en menores márgenes de intermediación, se limitó a la introducción de nuevos productos (diferenciación de productos) para captar mayores recursos y colocarlos, con los márgenes existentes en el mercado del crédito” (Misas, 2002, Pág. 155).

Además los grupos financieros pudieron establecer cobros de “nuevos” servicios y aumentar tarifas de los antiguos sin control alguno, lo que constituye un atraco silencioso a los ahorradores: “Algunas cuentas de ahorro pagan cinco por ciento, otras tres por ciento. Pero después de restar los cobros por talonarios, existencia o manejo de tarjetas, uso de cajeros, consultas telefónicas, trámites varios, etc., las tasas de interés fácilmente pueden resultar negativas (por ejemplo, si ahorra $100 le devuelven $95), lo que es peor que guardar la plata debajo del colchón” (Montenegro, 2002). El deterioro de los ingresos de la población por parte de la administración Pastrana, también se llevó a cabo en forma directa a través del salario, y el resultado fue una mayor disminución de la demanda interna: “La política gubernamental, en el año 2000, de congelar los salarios de los funcionarios públicos a los niveles vigentes en 1999 e incitar al sector privado para negociar incrementos salariales por debajo de la inflación observada, cuando simultáneamente se han incrementado por encima de la inflación las tarifas de los servicios públicos, el transporte y otros servicios como la educación y la salud, ha dado lugar a una reducción en la demanda agregada por bienes manufacturados en amplias capas de la población” (Misas, 2002, pág. 178) .

Contrario a la retórica neoliberal en el sentido de que el futuro de nuestra economía está en el mercado externo (y no en el interno), y que la IED será el motor de las exportaciones, en los últimos años la cuenta corriente de la balanza de pagos (exportaciones menos importaciones de bienes y servicios), ha sido crecientemente deficitaria: –US$350 millones en 2000, –US$2.060 millones en 2001 y se proyecta un déficit de US$2.316 millones en 2002 (Cepal, 2002c, cuadro A2). El 72,6% de las exportaciones son recursos naturales (59,4% bienes primarios y 13,2% manufacturas basadas en recursos naturales), 20,8% son manufacturas de tecnología baja y media, y 6,6% son productos no clasificados (Cepal, 2002a, cuadro 6.3). Las mayores exportaciones no tradicionales (diferentes a hidrocarburos, minería y café) han sido en textiles, confecciones, productos químicos y maquinaria, que son bienes con un componente importado alto. Las empresas productoras de estos bienes estaban integradas verticalmente (producían sus propios insumos) y con la apertura han desarrollado la estrategia de importar insumos: “Los sectores que a lo largo del año 2000 aumentaron más sus exportaciones (textiles, confecciones, productos químicos y otros), se caracterizan principalmente por haber sustituido valor agregado interno por valor agregado externo” (Misas, 2002, pág. 177). Gran parte de estas exportaciones son de empresas 100% capital extranjero como Pavco S.A., con más del 20% de capital extranjero como Petroquímica Colombiana S.A. y Distral S.A. (productora de máquinas), y el resto son empresas textileras y confeccionistas nacionales (Misas, 1998).

Los productos químicos y la maquinaria son industria manufacturera de tecnología media, mientras que los textiles y confecciones son de tecnología baja. Como se puede apreciar, el capital extranjero ha aportado transferencia tecnológica, pero al estilo de México estas industrias no arrastran a otras industrias nacionales, sino por el contrario contribuyen a deteriorar viejas industrias como Acerías Paz del Río, productora de láminas de acero que hoy son importadas por Distral. En otros casos las empresas extranjeras se han convertido en comercializadoras, pasando de productoras a simples distribuidoras de productos importados: “Particularmente importante y exitoso ha sido el proceso emprendido por las empresas transnacionales en este sentido. Aprovechando las nuevas condiciones (apertura, reducción arancelaria y revaluación de la moneda) y sus redes de distribución se han convertido en los principales importadores del país” (Misas, 2002, pág. 186).

La suerte de los grandes grupos

Los grandes grupos económicos nacionales también se han trasladado de la producción a la comercialización de bienes importados: “Las filiales de las empresas transnacionales y las empresas correspondientes a conglomerados económicos nacionales han sido líderes en este proceso de redefinir la canasta de bienes producidos y aumentar la oferta de bienes mediante la importación, lo cual ha significado, en no pocos casos, el marchitamiento de parte apreciable de las actividades productivas de dichas empresas” (Misas, 2002, pág. 187). Sobre los bienes que antes eran producidos en el país y ahora son importados y comercializados en el mercado interno, y las industrias en que está ocurriendo este fenómeno, Misas plantea lo siguiente: “La industria automotriz ha sido un ejemplo claro de este proceso. Fenómenos similares se han presentado en la industria productiva de electrodomésticos, materiales de construcción, maquinaria eléctrica, calzado y alimentos” (Misas, 2002, pág. 187).

Es de resaltar que los grandes grupos económicos nacionales confiaron en que con elevados montos de endeudamiento externo podrían asegurarse un excelente futuro comprando derechos de propiedad en empresas estatales de servicios públicos domiciliarios, creando empresas de telefonía celular y otras empresas de bienes no transables. Pero también ellos han sido víctimas del modelo en marcha. La política de libre movilidad de capitales que aparentemente benefició a los grupos hasta 1997, porque les permitió endeudarse masivamente en el exterior (la deuda externa privada aumentó de US$ 2.747 millones en 1990 a US$ 15.080 millones en 1997) a partir de 1998 los llevó a la peor crisis de su historia. La salida masiva de capitales que comenzó en 1998, originada en las dificultades económicas del país y el gran temor de los inversionistas por el impacto de la crisis asiática y de Rusia, generó una extraordinaria devaluación del peso frente al dólar. Entre 1997 y el 2001 el precio del dólar pasó de $1.140 a $2.300, lo que significa que en cuatro años la deuda externa de dichos grupos más que se duplicó sólo por concepto de la devaluación.

La consecuencia de tan nefasta situación fue la entrega de activos por parte de los grupos a los acreedores internacionales, o la venta de los mismos para cancelar deudas: “Muchos de los deudores en moneda extranjera tuvieron que transferir parte de sus derechos de propiedad (Ardila, Luis Carlos Sarmiento, Santo Domingo y otros), a favor de sus acreedores” (Misas, 2002, pág. 220). Ejemplos de esta situación los encontramos en la venta por parte de Santo Domingo y Sarmiento Angulo, de sus propiedades en telefonía celular (Celumóvil y Cocelco, respectivamente) a Bell South, la venta de Colseguros y Conalvidrios de Santo Domingo al grupo Allianz de Alemania y otro inversionista extranjero, la venta de un apreciable paquete de acciones de Inversura (Compañía de Seguros) y Protección (Fondo de pensiones y Cesantías) del Grupo Económico Antioqueño a la empresa alemana Munich Re y a la Corporación Financiera Internacional, filial del BM, respectivamente. En estos ejemplos es difícil saber con precisión si lo que hubo fue realmente venta o entrega de activos en dación de pago, pero de todas maneras es evidente la crisis de los grupos.

Tratando de ocultar su debilidad económica y el sometimiento del que han sido objeto por parte del capital extranjero, los grandes grupos económicos nacionales le han llamado al proceso de venta o entrega en dación de pago de sus activos, “alianzas estratégicas”. Pero las cifras sobre pérdida patrimonial no admiten duda de que los que antes podían hacer alarde de fortaleza hoy asisten a la peor crisis de su historia. En el listado de los hombres más ricos del mundo (con más de mil millones de dólares de patrimonio) de la revista Forbes de 1998 aparecieron Ardila Lulle, Santo Domingo y Sarmiento Angulo, mientras que en la misma clasificación del 2001 y del 2002, solamente se incluyó al último, pero su patrimonio había disminuido de 2.500 millones de dólares en 1998 a 1.500 millones en 2001 y 1.100 millones de dólares en 2002. En lugar de dar directrices estatales hacia una política activa de industrialización que comprometa seriamente el gasto público en ciencia y tecnología, capital humano y modernización tecnológica, y una política de encadenamientos industriales (valor agregado interno), lo cual exige el regreso a mayores niveles de protección y por tanto, el desmantelamiento del modelo neoliberal en marcha, los grandes grupos económicos nacionales se unieron al coro de los apologistas de tan nefasto modelo: “Los voceros gremiales del sector manufacturero se han limitado a demandar un manejo macroeconómico adecuado en torno a gasto público, tasas de interés, tasa de cambio o niveles impositivos, y en ningún momento han demandado la necesidad de explicitar una política industrial” (Misas, 2002, pág. 257).

Conclusión

Atendiendo los requerimientos del FMI y el BM, la administración Pastrana adelantó una política de “competitividad”, la cual supuestamente le daría grandes ventajas al país en comercio exterior. Para “mejorar” nuestra competitividad, el gobierno redujo la inversión pública, el número de empleados y los salarios del sector público, las transferencias a las regiones, y otras medidas para reducir el gasto público, envió al Congreso de la República proyectos de ley para facilitar el funcionamiento del mercado, privatizó y capitalizó empresas, ofreció ventajas al sector privado en la contratación de obras, y estableció todo tipo de atractivos a la IED. Los resultados de dicha política no pueden ser peores, por cuanto llevaron a Colombia a ocupar los primeros lugares en América Latina en pobreza, indigencia, desempleo, concentración del ingreso, caída del PIB por habitante. El gran ganador es el capital extranjero, no sólo los prestamistas sino también (lo que ha sido el tema de este artículo) la IED, que encontró grandes atractivos en la incapacidad de negociación estatal, en la falta de transparencia estatal (corrupción) y en los problemas de orden público.

Contrario al embeleco de los tecnócratas, en el sentido de que la penetración exitosa de nuestra economía en el mercado internacional sólo será posible con la profundización de las políticas para bajar la inflación a cero, profundización de la liberación comercial, libre movilidad de capitales, liberación de la tasa de cambio, reducción de salarios, incentivos tributarios al inversionista extranjero y todas las políticas que han reducido la demanda interna con el pretexto de incentivar la oferta, el resultado es que nos hemos quedado sin mercado interno y sin mercado externo. El capital extranjero, en lugar de exportar valor agregado nacional, ha aplicado estrategias de negocio contra la economía colombiana, convirtiendo a sus filiales en grandes importadoras y comercializadoras, en importadoras para ensamblar y exportar (maquila), en grandes buscadoras de renta que compran empresas de servicios públicos a muy bajo precio, que logran desproporcionados aumentos de tarifas de servicios públicos domiciliarios, que atracan a los ahorradores con tarifas de los servicios financieros superiores a la tasa de interés de los depósitos, que mantienen excesivos márgenes de intermediación financiera y que logran que el Estado colombiano asuma todos los riesgos en la contratación de obras de infraestructura vial y de aeropuertos.

Tras apoyar todas las políticas del arrasador modelo, los grandes grupos económicos nacionales creyeron encontrar la estrategia salvadora comprando activos estatales en la producción de bienes no transables (sin competidores externos), y para ello acudieron al endeudamiento externo masivo. La extraordinaria devaluación del peso frente al dólar en los años de la administración Pastrana, los obligó a entregar gran parte de sus activos al capital extranjero. Además, la crisis de sus empresas de producción de bienes transables internacionalmente, los llevó a convertirlas en comercializadoras de bienes importados. Con el eufemismo de “alianzas estratégicas” aparentan buscar socios extranjeros para fortalecer su poder, pero la crisis que los azota demuestra lo contrario: su debilidad frente al inversionista extranjero.

 

 

           Notas

1. Para cinco zonas (San Andrés, Buenaventura, Ipiales, Valledupar y Cúcuta) esta ley estableció: Jornada laboral de 9 horas, eliminación de recargo por trabajo nocturno, dominical o en días festivos, salario integral a partir de tres salarios mínimos mensuales, entre otras medidas.

2.  Algunos ejemplos de los tipos de bienes son: bienes primarios (petróleo, cobre, carbón, ferroníquel, gas, café, banano y toda la agricultura); manufacturas basadas en recursos naturales (alimentos procesados, bebidas, madera, celulosa, papel, cartón, cemento, derivados del petróleo); manufacturas de tecnología baja (textiles, confecciones, calzado, productos de cuero en general, vajillas, muebles); manufacturas de tecnología media (vehículos, motores, maquinaria, fibra sintética, productos químicos y pinturas); manufacturas de tecnología alta (computadores, televisores, equipos de telecomunicaciones, aeronaves, instrumentos ópticos o de medición, industria farmacéutica).

 

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