Bogotà, Septiembre - Diciembre de 2002 -Nº 5   ISSN 01246704


Acuerdo Chile - Unión Europea
 

¿Concesiones de

cuarta generación plus?

Tomado del boletín semanal de Cenda
(Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo, abril de 2002)

Hugo Fazio Rigazzi

La canciller Soledad Alvear ha manifestado, repitiendo la expresión usada por el comisario de comercio de la Unión Europea (UE), Pascal Lamy, que el acuerdo de libre comercio alcanzado entre Chile y la UE -fruto de negociaciones iniciadas en noviembre de 1999- sería de «cuarta generación plus». Con ello se quiere expresar que contiene cláusulas no contempladas en tratados anteriores y es mucho más vasto que la sola liberalización comercial. Para la UE -ha destacado Lamy- se trata del pacto más amplio suscrito.

Sin embargo, la información publicitada se ha concentrado unilateralmente en las ventajas que se obtendrían del acceso preferente a un mercado de 378 millones de personas, al quedar los productos chilenos de exportación desgravados inmediatamente en un 85.4 por ciento –aunque en una serie de rubros con cuotas máximas anuales– y en su totalidad en un plazo máximo de diez años. Desde luego, el ingreso en condiciones más favorables a cualquier mercado, y en especial a uno de tal magnitud, es un acontecimiento importante. Con mayor razón dado que la UE posee un sistema de escalonamiento arancelario que favorece a los productores comunitarios por sobre sus competidores extranjeros.

Con todo, hubo algunos rubros marginados de los beneficios propios de un acuerdo de libre comercio, como la merluza que quedó en una situación más desmedrada que las ventas a realizarse desde Perú, por ejemplo, que no tiene tratados de este tipo con la UE. No se aplicó en este caso el principio de «nación más favorecida».

En cambio, se conocen sólo escasamente las concesiones entregadas por el gobierno chileno. El acuerdo incluye -como señaló el comisario de Política Exterior de la UE, Chris Patten-, además de «la liberalización progresiva de nuestras relaciones económicas mediante la creación de un área de libre comercio para productos industriales y agrícolas; un acuerdo preferencial en servicios; la apertura mutua de los mercados públicos; un acuerdo sobre inversiones, así como el establecimiento de unas reglas sobre la competencia, (y) la propiedad intelectual...» (28/4/02).

Sobre estos otros aspectos la información oficial entregada es muy escasa. Sólo se abrió debate inmediatamente con relación al sector pesquero a partir de las declaraciones críticas entregadas por Sonapesca, la cual subrayó especialmente la liberalización aceptada por Chile de su Ley de Navegación, lo que permitirá a las empresas europeas poder tomar el 100 por ciento  de la propiedad de las compañías locales, mientras que a la fecha sólo pueden optar al 49 por ciento. Es conocido que desde hace años España exige que sus flotas puedan desarrollar actividades en aguas chilenas. Ahora lo obtuvo por la vía del acuerdo suscrito. El diario español El País subrayó que el tratado «abre el sector pesquero chileno a la inversión española» (27/4/02).

Estas concesiones se producen mientras al interior de la UE, el comisario de agricultura y pesca, el austriaco Franz Fischler propuso la reducción del 40 por ciento de la capacidad pesquera de la flota comunitaria con el fin de proteger a las especies. En particular, Fischler planteó aumentar el proceso de desguace de buques españoles, franceses, griegos o portugueses. La propuesta, obviamente, recibió una dura respuesta de las autoridades de las naciones afectadas, especialmente las españolas. Estos hechos explican todavía más claramente la razón por la cual en el acuerdo con Chile se demandó y obtuvo el acceso a las aguas territoriales nacionales.

A juicio del subsecretario de pesca del gobierno de Ricardo Lagos, Felipe Sandoval, de esta manera se «ha dado valor a las empresas chilenas» (30/4/02), nueva manera de denominar la trasnacionalización de la economía. «Hay que adecuar la normativa actual -añadió Sandoval- para que ellos puedan ser dueños de compañías chilenas». En este caso se trata de un acuerdo de «cuarta generación plus» en favor claramente del capital extranjero.

De otra parte, se suscribe un tratado de libre comercio con un bloque que mantiene su política de subsidios a sus productos agrícolas, lo cual entra en contradicción con principios básicos de un intercambio comercial en igualdad, a lo menos formal, de condiciones. No puede olvidarse que los procesos de libre comercio en definitiva conducen a políticas de apertura en ambas direcciones.

El comisario Pascal Lamy destacó que por primera vez la UE suscribe un tratado que incluye la liberalización de los flujos de capitales y servicios (27/4/02). El libre flujo de capitales es un punto central para los grupos financieros europeos. En un documento reservado dado a conocer en Gran Bretaña por el periódico The Guardian, que contiene un apartado de 34 páginas sobre nuestro país, titulado «Demandas de la CE (Comisión Europea) y sus miembros a Chile», afirma que esta estrategia es el fruto de años de presión por parte del sector financiero europeo, que tiene puestas todas sus esperanzas en expandirse en América Latina y Asia, lo cual ahora logra imponer en las negociaciones con Chile.

Se trata de una exigencia permanente del capital financiero mundial, reivindicado igualmente en las negociaciones de libre comercio con la UE, que impide aplicar políticas de un contenido nacional en estos terrenos. No se tuvo en cuenta al aceptarlo los desequilibrios que produce el movimiento de capitales, como lo muestran las sucesivas crisis financieras registradas en diferentes países en desarrollo durante las últimas décadas.

En el documento de The Guardian se adelantaba que en las negociaciones realizadas se solicitaría una mayor liberalización en el sector servicios, así como la generación de mejores condiciones para que empresas extranjeras participasen de forma más activa en los negocios locales. Dentro de las áreas que requieren de una mayor apertura, el documento nombra específicamente los rubros de energía, telecomunicaciones, construcción, financiero, turismo y transporte en varios de los cuales ya existe en Chile una posición dominante de consorcios europeos.

Según The Guardian, la intención de la UE sería despejar el camino para que sus compañías puedan competir en igualdad de condiciones con las empresas locales, para lo cual requieren que sus socios eliminen las barreras a la competencia y a la propiedad foránea en áreas clave de sus economías. Así aconteció en el sector pesquero. La mencionada «igualdad de oportunidades» es una ficción si se considera la diferente dimensión y capacidad financiera de las empresas europeas y chilenas.

Tampoco se ha especificado qué contiene el tratado en materia de inversión. Es preciso recordar que ya en el convenio suscrito con Canadá, así como en el que se negocia con la UE, se establecen protecciones supranacionales, prácticamente a todo evento, que las dejan absolutamente al margen de futuras determinaciones nacionales. De ser así constituiría una nueva entrega de soberanía, particularmente grave si se considera que consorcios europeos tienen una inversión materializada en Chile por muchos miles de millones de dólares. Entre los sectores de la economía nacional con mayor presencia europea se encuentran energía, bancos, telecomunicaciones, minería y sanitarias. ¿En la negociación con la UE se estableció un articulado diferente al suscrito con Canadá?

El convenio sobre propiedad intelectual ya había sido concordado hace algunos meses, según informó en su momento el negociador alterno chileno Mario Matus, acordándose protegerla con «altos estándares», (10/2/02), demanda permanente también de los países más avanzados científica y tecnológicamente. De esta manera, se coloca en una situación preferente a los consorcios dueños de las patentes, los cuales –como lo ha probado profusamente la experiencia del sector farmacéutico– terminan imponiendo precios de monopolio.

Para la UE el acuerdo con Chile tiene una gran importancia, ya que les ayuda a establecer sus criterios en futuros tratados que se suscriban con el Mercosur –cuyas negociaciones también se iniciaron en noviembre de 1999– u otras naciones latinoamericanas, a la vez que se avanza en su objetivo de no dejar la región bajo la hegemonía absoluta norteamericana. «El acuerdo con Chile –subrayó el comisario de Política Exterior de la UE, Chris Patten– despeja el camino hacia otro objetivo más ambicioso, que es el acuerdo con el Mercosur que actualmente estamos negociando». Una importancia similar asigna la UE a un tratado con Chile.

El gobierno ha señalado que se propone dar una amplia divulgación a lo acordado. Es muy importante que se proporcione una información completa, sobre todos los aspectos, de manera que pueda iniciarse una discusión con pleno conocimiento y no sea únicamente sobre los niveles de apertura obtenidos por el país, informándose sobre los compromisos asumidos en diferentes planos altamente trascendentes. Sólo así podrá verse claramente qué significado le dan el gobierno y la UE a la afirmación que se trata de un convenio de «cuarta generación plus».

a canciller Soledad Alvear ha manifestado, repitiendo la expresión usada por el comisario de comercio de la Unión Europea (UE), Pascal Lamy, que el acuerdo de libre comercio alcanzado entre Chile y la UE -fruto de negociaciones iniciadas en noviembre de 1999- sería de «cuarta generación plus». Con ello se quiere expresar que contiene cláusulas no contempladas en tratados anteriores y es mucho más vasto que la sola liberalización comercial. Para la UE -ha destacado Lamy- se trata del pacto más amplio suscrito.

Sin embargo, la información publicitada se ha concentrado unilateralmente en las ventajas que se obtendrían del acceso preferente a un mercado de 378 millones de personas, al quedar los productos chilenos de exportación desgravados inmediatamente en un 85.4 por ciento –aunque en una serie de rubros con cuotas máximas anuales– y en su totalidad en un plazo máximo de diez años. Desde luego, el ingreso en condiciones más favorables a cualquier mercado, y en especial a uno de tal magnitud, es un acontecimiento importante. Con mayor razón dado que la UE posee un sistema de escalonamiento arancelario que favorece a los productores comunitarios por sobre sus competidores extranjeros.

Con todo, hubo algunos rubros marginados de los beneficios propios de un acuerdo de libre comercio, como la merluza que quedó en una situación más desmedrada que las ventas a realizarse desde Perú, por ejemplo, que no tiene tratados de este tipo con la UE. No se aplicó en este caso el principio de «nación más favorecida».

En cambio, se conocen sólo escasamente las concesiones entregadas por el gobierno chileno. El acuerdo incluye -como señaló el comisario de Política Exterior de la UE, Chris Patten-, además de «la liberalización progresiva de nuestras relaciones económicas mediante la creación de un área de libre comercio para productos industriales y agrícolas; un acuerdo preferencial en servicios; la apertura mutua de los mercados públicos; un acuerdo sobre inversiones, así como el establecimiento de unas reglas sobre la competencia, (y) la propiedad intelectual...» (28/4/02).

Sobre estos otros aspectos la información oficial entregada es muy escasa. Sólo se abrió debate inmediatamente con relación al sector pesquero a partir de las declaraciones críticas entregadas por Sonapesca, la cual subrayó especialmente la liberalización aceptada por Chile de su Ley de Navegación, lo que permitirá a las empresas europeas poder tomar el 100 por ciento  de la propiedad de las compañías locales, mientras que a la fecha sólo pueden optar al 49 por ciento. Es conocido que desde hace años España exige que sus flotas puedan desarrollar actividades en aguas chilenas. Ahora lo obtuvo por la vía del acuerdo suscrito. El diario español El País subrayó que el tratado «abre el sector pesquero chileno a la inversión española» (27/4/02).

Estas concesiones se producen mientras al interior de la UE, el comisario de agricultura y pesca, el austriaco Franz Fischler propuso la reducción del 40 por ciento de la capacidad pesquera de la flota comunitaria con el fin de proteger a las especies. En particular, Fischler planteó aumentar el proceso de desguace de buques españoles, franceses, griegos o portugueses. La propuesta, obviamente, recibió una dura respuesta de las autoridades de las naciones afectadas, especialmente las españolas. Estos hechos explican todavía más claramente la razón por la cual en el acuerdo con Chile se demandó y obtuvo el acceso a las aguas territoriales nacionales.

A juicio del subsecretario de pesca del gobierno de Ricardo Lagos, Felipe Sandoval, de esta manera se «ha dado valor a las empresas chilenas» (30/4/02), nueva manera de denominar la trasnacionalización de la economía. «Hay que adecuar la normativa actual -añadió Sandoval- para que ellos puedan ser dueños de compañías chilenas». En este caso se trata de un acuerdo de «cuarta generación plus» en favor claramente del capital extranjero.

De otra parte, se suscribe un tratado de libre comercio con un bloque que mantiene su política de subsidios a sus productos agrícolas, lo cual entra en contradicción con principios básicos de un intercambio comercial en igualdad, a lo menos formal, de condiciones. No puede olvidarse que los procesos de libre comercio en definitiva conducen a políticas de apertura en ambas direcciones.

El comisario Pascal Lamy destacó que por primera vez la UE suscribe un tratado que incluye la liberalización de los flujos de capitales y servicios (27/4/02). El libre flujo de capitales es un punto central para los grupos financieros europeos. En un documento reservado dado a conocer en Gran Bretaña por el periódico The Guardian, que contiene un apartado de 34 páginas sobre nuestro país, titulado «Demandas de la CE (Comisión Europea) y sus miembros a Chile», afirma que esta estrategia es el fruto de años de presión por parte del sector financiero europeo, que tiene puestas todas sus esperanzas en expandirse en América Latina y Asia, lo cual ahora logra imponer en las negociaciones con Chile.

Se trata de una exigencia permanente del capital financiero mundial, reivindicado igualmente en las negociaciones de libre comercio con la UE, que impide aplicar políticas de un contenido nacional en estos terrenos. No se tuvo en cuenta al aceptarlo los desequilibrios que produce el movimiento de capitales, como lo muestran las sucesivas crisis financieras registradas en diferentes países en desarrollo durante las últimas décadas.

En el documento de The Guardian se adelantaba que en las negociaciones realizadas se solicitaría una mayor liberalización en el sector servicios, así como la generación de mejores condiciones para que empresas extranjeras participasen de forma más activa en los negocios locales. Dentro de las áreas que requieren de una mayor apertura, el documento nombra específicamente los rubros de energía, telecomunicaciones, construcción, financiero, turismo y transporte en varios de los cuales ya existe en Chile una posición dominante de consorcios europeos.

Según The Guardian, la intención de la UE sería despejar el camino para que sus compañías puedan competir en igualdad de condiciones con las empresas locales, para lo cual requieren que sus socios eliminen las barreras a la competencia y a la propiedad foránea en áreas clave de sus economías. Así aconteció en el sector pesquero. La mencionada «igualdad de oportunidades» es una ficción si se considera la diferente dimensión y capacidad financiera de las empresas europeas y chilenas.

Tampoco se ha especificado qué contiene el tratado en materia de inversión. Es preciso recordar que ya en el convenio suscrito con Canadá, así como en el que se negocia con la UE, se establecen protecciones supranacionales, prácticamente a todo evento, que las dejan absolutamente al margen de futuras determinaciones nacionales. De ser así constituiría una nueva entrega de soberanía, particularmente grave si se considera que consorcios europeos tienen una inversión materializada en Chile por muchos miles de millones de dólares. Entre los sectores de la economía nacional con mayor presencia europea se encuentran energía, bancos, telecomunicaciones, minería y sanitarias. ¿En la negociación con la UE se estableció un articulado diferente al suscrito con Canadá?

El convenio sobre propiedad intelectual ya había sido concordado hace algunos meses, según informó en su momento el negociador alterno chileno Mario Matus, acordándose protegerla con «altos estándares», (10/2/02), demanda permanente también de los países más avanzados científica y tecnológicamente. De esta manera, se coloca en una situación preferente a los consorcios dueños de las patentes, los cuales –como lo ha probado profusamente la experiencia del sector farmacéutico– terminan imponiendo precios de monopolio.

Para la UE el acuerdo con Chile tiene una gran importancia, ya que les ayuda a establecer sus criterios en futuros tratados que se suscriban con el Mercosur –cuyas negociaciones también se iniciaron en noviembre de 1999– u otras naciones latinoamericanas, a la vez que se avanza en su objetivo de no dejar la región bajo la hegemonía absoluta norteamericana. «El acuerdo con Chile –subrayó el comisario de Política Exterior de la UE, Chris Patten– despeja el camino hacia otro objetivo más ambicioso, que es el acuerdo con el Mercosur que actualmente estamos negociando». Una importancia similar asigna la UE a un tratado con Chile.

El gobierno ha señalado que se propone dar una amplia divulgación a lo acordado. Es muy importante que se proporcione una información completa, sobre todos los aspectos, de manera que pueda iniciarse una discusión con pleno conocimiento y no sea únicamente sobre los niveles de apertura obtenidos por el país, informándose sobre los compromisos asumidos en diferentes planos altamente trascendentes. Sólo así podrá verse claramente qué significado le dan el gobierno y la UE a la afirmación que se trata de un convenio de «cuarta generación plus».

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