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Confesión
total de un patiero
Por Jorge García Usta
A comienzos del año 2002 murió en Bogotá Héctor Rojas
Herazo, pintor, poeta, periodista y novelista, nacido en Tolú, Sucre, en
1921 y considerado uno de los pilares del arte moderno en Colombia.
Rojas Herazo comenzó a dibujar a los siete años y
participó en decenas de exposiciones individuales y colectivas dentro y
fuera del país. Publicó sus primeros poemas en 1939, en Barranquilla. A
temprana edad se vinculó al periodismo en las principales publicaciones
nacionales.
Publicó: en poesía, Rostro en la soledad (1951),
Tránsito de Caín (1952), Desde la luz preguntan por nosotros (1956),
Agresión de las formas contra el ángel (1961)
y Las úlceras de Adán (1995); en ensayo, Señales y garabatos del habitante
(1976) y en novela, Respirando el verano (1962), En noviembre llega el
arzobispo (1967)
y Celia se pudre (1987).
Y, para el artista que fue Rojas Herazo, el
periodista que es Jorge García Usta. Sobre todo porque lo conoció y
trasegó con él los afanes de la cultura; porque ha gozado y estudiado su
obra; y porque ha contribuido a instalar esta obra en el sitio que le
corresponde en la historia del arte colombiano.
Vayan estos fragmentos que hacen parte de una
entrevista más amplia, como homenaje póstumo de Nueva Gaceta al maestro
Rojas Herazo.
Infancia, casa y familia
Hablemos de ese período fundamental de su vida y su arte: su infancia en
Tolú, la casa y la familia.
La infancia, la casa y la familia son un todo. Niñez
enduendada, henchida de pálpitos, sufriente y a la espera. Exactamente
como la de cualquier hombre. Fui, por tanto, un niño enteramente normal.
Creo que, de haber alguna diferencia, es la particularísima de toda vida
humana. Y su aprovechamiento posterior. Ese período ha sido para mí un
inagotable venero de recurrencias. No sólo he vuelto a él siempre que he
necesitado elementos para expresarme sino que regreso, vivo en él, la
mayor parte de mi tiempo. Muchas veces al día, por ejemplo.
La pintura como iniciación
Su
primer trabajo artístico fue la pintura. ¿A propósito de qué comenzó a
pintar?
No sé exactamente cuándo comencé a pintar. Fue algo
biológico, como respirar o caminar. Mis primeros recuerdos al respecto son
vagos, con cierta alegría esperanzadora. Intentando, por ejemplo, dibujar
los burritos que pastaban en la plaza, el campanario, a mi hermana Amalia
tratando de alcanzar una estrella, cosas así. También los barcos y los
pájaros. Una caligrafía del asombro.
¿Recuerda los primeros temas?
Esos de que le hablo fueron mis primeros temas. También
deseaba, un poco después, reproducir fielmente algunas estampas de la
historia sagrada: David abatiendo a Goliat, el suicidio de Saúl, Acab
lamido por los perros bajo el balcón de su palacio, el viaje de Tobías
acompañado por el ángel. En fin. Mi primo José Manuel González, hermano de
Pedro Crisólogo, el que vence al demonio en En noviembre llega el
arzobispo, fue mi primer maestro. Admiraba su línea fácil, el fervor con
que miraba las cosas, el innato dominio para encuadrar los elementos
composicionales. Todo entonces, aclaro, se traducía en extasiada
admiración. En franca y desasida felicidad.
Usted
ha dicho que, más que el hombre de un pueblo, usted es el hombre de un
patio. ¿Qué significó el patio en su obra?
Sí, soy un hombre de patio. Un patiero viejo, mejor dicho.
He deambulado mucho, y sigo haciéndolo, en torno a esos mismos árboles
frutales, oyendo el sonido del tiempo entre sus ramajes. Fue en ese patio
donde gocé la amistad de Bandi, el sucesivo perro que nacía, moría y
volvía a nacer, con el mismo retozo y el mismo inalterable ladrido de
amor, en la felicidad de sus descendientes. En ese patio tuve noticia de
los aparecidos, de los muertos que dormían bajo las raíces del mamón, del
guayabo y del níspero. Del mundo del susto y del sonido, de mis sentidos
estrenándose en sus diferentes módulos. En ese patio nací al orbe de la
percepción. En él sigo viviendo. Usted podrá apreciarlo, más
enérgicamente, en la interrelación que, en Celia se pudre, establezco
entre ese patio y el barco abandonado. Por lo tanto, ya para mí no es
simplemente un patio. Es ese lugar del mundo que sigo abonando con mi
recuerdo y que, a su turno, me abona como recuerdo.
En una
entrevista de 1949 sostenía que la pintura colombiana de entonces, con
escasísimas excepciones, era un caramelo pictórico. Después sostuvo
algunas polémicas, entre ellas una con la crítica Marta Traba, de la que
se poseen pocas referencias. ¿Cuál era el estado de la pintura de entonces
y en qué se motivaron esas polémicas?
No puedo fijar con precisión lo que dije entonces. Aquellas
declaraciones debieron ser el resultado de mi estado de combatividad.
Necesitaba, con toda la fiereza de que podía ser capaz, despejar mi
entorno, hacer a un lado marañas y musarañas que entrababan mi camino.
Imagínese que hasta caníbal de la pintura alcanzaron a llamarme. Yo,
lógicamente, respondí, haciendo esta vez una única excepción que era
cierto, que era un auténtico caníbal que quería devorarme, de un solo
tarascazo, toda la pintura. Como verá, era, y sigo siendo, lo he repetido
en varias ocasiones, un primitivo a todo vapor. O sea, un hombre que solo
cree en sus sentidos. Además, por fidelidad a mi propio temperamento,
tenía que combatir la marcada tendencia de la pintura colombiana, que no
sé si ha variado, a un peligroso cosmopolitismo. La meta de ese
cosmopolitismo (lo contrario de universalidad) era alcanzar la más
sofisticada gramática de las formas, sin haber atravesado el purgatorio de
una geografía. O, lo que es lo mismo, amanecer de decadentes (que es esto
lo que se logra cuando asaltamos escuelas de moda con fines imitativos)
sin padecer el compromiso de un verdadero afincamiento. Necesitábamos
descubrir un solar, los rostros que poblaban ese solar, la historia que
los había hecho posibles. Y todo eso corre el peligro de ser olvidado ante
el esnobismo, ante la posibilidad de un éxito fácil. Sabemos de sobra que
el color y la forma no existen por sí mismos. Son estados mentales. Se
tienen muchas interpretaciones del amarillo o del rojo. Lo que media entre
Velásquez y Van Gogh, por ejemplo. Las normas de composición obedecen a
nódulos epocales, al temperamento de cada pintor, nunca son arbitrarias.
Pero esto se consigue quemando etapas en profundidad. Y quemándolas
individual y colectivamente. Sin la declamación revolucionaria de los
pintores mexicanos que le antecedieron, no hubiera sido posible la
depuración mitográfica de Tamayo. En cuanto a la polémica con Marta Traba,
no existió en absoluto. Considero que al proceso crítico hay que dejarlo
seguir su curso. No hay que responderle nunca. Si una conducta creativa
tiene valor, se impondrá. Si no lo tiene, no hay que preocuparse. Ella
misma es portadora de los gérmenes que han de destruirla.
Por
fin, ahora nombres prominentes, casi ducales, de la pintura colombiana
están siendo señalados por su esterilidad creativa y su evidente obsesión
comercialista. ¿Qué opinión tiene usted del manejo y las expresiones de la
pintura colombiana que ha conocido?
El peligro mayor es el del autoplagio. Cuando un pintor ha
sido festejado en demasía tiene, forzosamente, que bajar la guardia. El
triunfo fácil es anestésico. Deja de combatir contra sí mismo, contra sus
propios dones, que son los más peligrosos. A las constantes expresivas hay
que sangrarlas, someterlas a una disciplina inexorable. Esto, como en
otros frentes expresivos, puede estarle ocurriendo a algunos nombres
capitales de la pintura colombiana. Pero no hay que alarmarse. Después de
todo, muchos de ellos han dado ya su acento culminante, ya están
incorporados a la historia creadora de nuestro país.
¿Fue
la voluntad, la necesidad de arraigo la que lo acercó al muralismo
mexicano en los años 50?
En ese entonces yo no sabía concretamente lo que buscaba.
Anhelaba una fórmula propicia para realizarme, necesitaba «fundarme» en
algún método, encontrar el parentesco temático. El muralismo mexicano fue
para mí un deslumbramiento. Admiraba la tensión y la fuerza (Orozco fue
quien más poderosamente me atrajo, con su mezcla inquietante de
inmovilidad bizantina y turbulencia barroca), que había en tal hemorragia
pictórica correspondiente a una revolución que en los campos de batalla
sacudiera a aquella sociedad. Todo en Orozco es caricatura exaltada,
sinapismo implacable, lujuria testimonial: fue con esa pintura con la que
tuve la invaluable oportunidad de ver en acción, en acción profunda, los
mecanismos contestatarios de una sociedad a través de un pincel, lo cual
me sedujo. Esa admiración se ha enfriado, lógicamente. Pero de ella quedó
una dinámica sedimental, algo que sigue modulando y estimulando nuestro
apetito de búsqueda. Ya, repetimos, no nos obsesiona aquella pintura, que
siempre ha de ser cartelismo plastificado a pesar de su genialidad. Pero
debajo de eso está lo que buscamos actualmente: una conexión nerviosa con
los orígenes. Ahora son más esenciales, más entrañables a nuestro sistema
de formas, los colosos de Pascua y las esculturas de San Agustín, la
potencia (el misterio cifrado) con que, en esa estatuaria, se aúnan el
hambre de espacio y el gigantismo de la masa para expresar el terror
metafísico. Nos fascina, en suma, lo monumental como equilibrio
conjurador.
¿Cuáles considera como sus aportes a la plástica del Caribe colombiano?
Al Caribe lo estamos apenas descubriendo como posible
unidad estética. Primero fue una poética. Los nombres de Palés Matos,
Nicolás Guillén y Jorge Artel están a la vanguardia de ese descubrimiento.
Después la novelística y la pintura. Alejo Carpentier y Wifredo Lam, por
ejemplo. Carpentier despertó en nosotros grandes esperanzas de una
narrativa de arraigo. El reino de este mundo, en principio. Después,
derivó hacia un tipo de novela cultista que evaporó un poco ese buen olor
a miseria y negredumbre, a huesos y sangre trabados en sufriente
mestizaje, a historia ulcerada, que reaparecerá después –suavizada (o
maleada) por un insofrenado cartesianismo– en El siglo de las luces. Hasta
el momento, en poesía y en novela, he tratado de ser fiel a un sabor, a un
estar, a una conducta somática que nos impone el Caribe. Los sentidos allí
están al rojo vivo. La realidad es tan mordiente, tan perentoria, que
resulta irreal. Mientras más verídicos, más oníricos. En eso estamos.
Quiero recordar, como algo que tendrá una larga historia, la pintura
haitiana. Son muchos los duendes trágicos que la habitan y muchos el
hambre y el horror que tiene apelmazados. Es el grito de una esclavitud
que no termina bajo un látigo que sigue flagelando. Es la nación-llaga del
Caribe. Este dolor –que obliga a sus intérpretes a una noción
personalísima del cromatismo elegíaco y el arcaísmo composicional– se
resuelve en un sentido esperpéntico del espacio y del abigarramiento
humano. Todo allí es quejumbre. Su temática es un velorio permanente. Como
en muchas comarcas brasileñas, que sentimentalmente pertenecen a nuestro
Caribe. Allá el vudú, acá la macumba. El afán de exorcización y el
sedimento totémico son los mismos. Al llegar a este punto, es bueno
recordar que nuestros pueblos colombianos del Caribe no tienen nada de
alegres. Son pueblos desolados y tristes, oficialmente olvidados. El drama
de las clases emergentes en la costa colombiana, motivo que ya empieza a
perturbar a algunos narradores, surge de allí. Así mismo, nuestra gran
música popular –la cumbiamba, los cantos de velorio (tan semejantes a los
alabaos chocoanos, que debemos anexar a la línea negra del Caribe), el
vallenato– es elegíaca. Es el doliente atavismo que se torna en finura
melódica (la cumbiamba) en esperanza lastimera (en nuestros plañidos y en
los alabaos), en requisitoria y picardía rapsódicas (en el vallenato).
Este conjunto de formas y sistemas de expresión están allí, vigilantes,
esperando su definitiva incorporación a la novela, al cine, al teatro, a
la plástica en general. No tomados como un simple muestrario (incluso como
otro desventurado aspecto del turismo) sino como entidades nutrientes,
como ademanes del paisaje y el hombre, como resultados de una trabazón
dialéctica entre la carencia y sus instrumentos de superación por el humor
disfrazado de conformismo, por el sufrimiento y por el llanto. Ese podría
ser otro de los frentes de nuestra búsqueda y otra aproximación al tema
del Caribe. Recuerdo también el verbo, tan venerable que ya tiene un tinte
sagrado, de Saint-John Perse, invitando al Caribe, a sus islas sonoras, a
cumplir un destino (previsto en ese himno en que el gran poeta festeja la
naturaleza de su país y de su infancia en un clima deslumbrado por el
vaticinio) incorporable a la épica del mundo. Otra vez el principio y el
final contenidos y signados por el misterio de la palabra.
La fusión de las artes y la crítica
insular
En su
obra parece unir elementos de diversa índole: plásticos, narrativos,
étnicos.
Sí, son algunos de los elementos que he enumerado. Yo
tengo, para ponerle un ejemplo concreto, verdadera obsesión por las
vendedoras. Para mí, son reinas de una altísima comarca. De allí esa
majestad, esa quietud casi amenazadora, esa hipnótica introversión que he
perseguido de ellas. Igual con los jauleros y los músicos comarcanos.
Trato de alcanzar ese centro hierático que hace posible su rigurosa
gestualidad. Igual con las frutas y los peces. Todos ellos son facciones
que conforman un rostro: el rostro de nuestra geografía. Al buscar la
índole de su naturaleza estoy buscando la naturaleza de un entorno. Lo que
ellos encierran de trascendente localismo. Estoy, pues, a la búsqueda de
una mitografía.
En sus
comienzos usted pinta algunos personajes de cierta significación histórica
comunal, pero también se introduce en el mundo del “tuerto” López a
pesquisar con la pintura ese universo literario. ¿Cómo han sido las
evoluciones de sus principales preocupaciones en pintura?
A través de esos personajes, le repito, buscaba lo más
profundo de mí, al tiempo que buscaba el desvelamiento de un enigma
geográfico. El “tuerto” López fue entonces un hallazgo y un remedio. Me
atrajeron su aparente desdén y su buidez impiadosa. Imagínese usted el
asunto. Entre tanto poeta fregándole la paciencia al crepúsculo, aparece
este desmitificador sin contemplaciones. Nos enseña a ver y a querer de
veras. Pero a su personalísima manera, poniendo en acción una recia
ternura. Eso fue el “tuerto” López. Me dediqué, con todo el ahínco de la
juventud, a asaltarlo y desmenuzarlo por muchos lados a la vez. Me
interesaba agotarlo como lección. Mientras lo gozaba como crítico del
adormilamiento burgués, trataba de descifrarlo como tolerancia reflexiva.
Recuerdo de entonces una serie de cartones realizados en guachas y tintas.
Me fascinaban sus beatas madrugadoras, amontonándose a la salida de misa
en grupitos chismoseadores. Y esos personajes, densos, rigurosamente
municipales –el boticario, el juez, el cura, el alcalde, el barbero–, que
por primera vez aparecían en su verdadero sitio, delineados sin ninguna
clase de afeites. Eran lo nuestro, lo que veíamos diariamente, ascendido
al mundo de la palabra, cargados de sorpresa. Descubrí a mucho andar, a
mucho aplicarle quereres y entendederas a su labor, que Luis Carlos López
era un costumbrista. El más ilustre, sintético y travieso de nuestros
costumbristas. Pero que no era un poeta, en el sentido riguroso de la
palabra. Esto, le repito, fue al cabo de muchos años de saturada y
combativa amistad con su obra. Algunas de esas experiencias conforman mi
Boceto para una interpretación de Luis Carlos López, que usted conoce.
Claro que la labor de López, y así lo reitero en ese artículo, fue
definitiva para la toma de conciencia tipológica en que andábamos
empeñados. Para nosotros en nuestro país y para muchos exploradores en
otras comarcas del idioma. Esa conducta sinapística de López no nos pudo
llegar más a tiempo.
¿Cree
que en Colombia ha existido en alguna época la crítica de la pintura como
una actividad seria, honesta?
Casi existió pero fue insular. Es el caso de Marta Traba.
Algunos pudimos no estar de acuerdo con sus objetivos. Pero es necesario
reconocer que fue un temperamento honesto y una notable escritora. Era
alguien que tenía algo que decir y que lo dijo con el mejor idioma
posible. Ya esto, de por sí, es más que valioso, casi exótico en el
ambiente latinoamericano. Lástima que no tuviese contrincantes en el
estricto terreno en que logró desempeñarse. Desde este punto de vista,
ejerció una verdadera dictadura entre nosotros. Existían, para poner un
ejemplo escalofriante, adquirientes potenciales de la obra de un
determinado pintor que esperaban, para decidirse de verdad, a lo que Marta
Traba conceptuara sobre su obra. Incluso hubo una conocida exposición en
que las tarjetas fueron retiradas de los cuadros por el ensañamiento con
que fue tratada esa obra. Y esto fue, por lo menos, penoso. De haber
existido una contracrítica, su labor incluso habría alcanzado más
profundidad y rigor. Su labor, en conjunto, fue excesivamente apasionada.
El peligro, insistimos, radicó en haber alcanzado el poder único. Y, ya lo
sabemos de sobra, el poder absoluto desequilibra absolutamente a quien lo
ejerce. No solo es necesaria la cautela en el juicio. Es incluso
saludable. Sobre todo en un país tan inerme en estos asuntos como era la
Colombia de entonces. Usted puede apreciar que en Europa, concretamente en
España, país tan temperamental, conviven estilos y escuelas. La sangre
nunca llega al río. Figurativos y abstractos se reparten los favores. Al
igual que los neoimpresionistas con los de la más ingenua filiación
primitivista. Y esto se debe a que la sociedad está madura no sólo para
aceptar sino para estimular esa convivencia. La crítica es mesurada, casi
didáctica. No se trata de destruir esta o aquella tendencia. Se trata de
explicar los diferentes matices de comunidades vivas, incluso frescas y
juveniles a pesar de sus muchas centurias, por cuya internidad sigue
fluyendo la tradición. Por eso creo que la verdadera influencia de Marta
Traba se hizo más efectiva en el terreno literario –en el cual debemos
incluir algunos de sus espléndidos ensayos (espléndidos por la amorosa
generosidad y la tersura conceptual que los anima) sobre figuras del arte
y las letras de América– que en el de la simple crítica pictórica. En
éste, y a pesar de su impronta, su labor fue circunstancial. No olvidemos
que puede ser más perdurable su tarea como poetisa y escritora en general.
Ella tenía una respiración más ambiciosa, más vasta.
¿Cómo
definiría su pintura?
Como una mezcla de alegría y angustia, de sufriente
fantasía y de amor a lo sorpresivo. Es otra de las formas de enfrentarme
al terror; de embarrarme con mis orígenes; de gozar-padecer con el
esplendor, las limitaciones y las úlceras de mi inocencia. Es aquí donde
adquiero, conscientemente, el regocijo de ser un primitivo; de saberme
materia pudriente que se sumerge, con erótico frenesí, en otra materia
pudriente. De ese combate, estricta y descaradamente sexual, puede salir
un cuadro. Por eso mi obra, toda mi obra, es una fusión de tiritante
escalofrío y de semen, de sensualidad candorosa y de perplejidad ante el
embiste de lo desconocido. Jamás me he sentido tan desarmado, tan a
expensas de la desigualdad, como cuando pinto. Es el momento en que
cualquier soplo o empujoncito enemigo pueden destruirme. Muchas de mis
pesadillas pictóricas tienen la huella de una dentadura terrible.
¿Cómo
conviven en su trabajo la pintura y la literatura? ¿Cómo se armonizan?
¿Qué las separa?
Es bueno recordar que la alinderación de las artes no deja
de ser arbitraria. En el fondo no pasa de ser un recurso didáctico. Las
artes están más saturadas de lo que imaginamos. Hay momentos en que la
arquitectura es música y la pintura es arquitectura. Además la poesía,
como siempre, lo rige todo. Cualquier acto creativo tiene que ser regido,
íntimamente controlado, por la poesía. Es su condición fundamental. Ella,
la poesía, es el enlace secreto de todas las artes. ¿Podemos imaginar una
catedral, una sinfonía o una escultura sin la esencia vatídica? Sería
imposible. Prácticamente nacería muerta. Partiendo de esta base, no he
encontrado ninguna dificultad en suturar mis elementos expresivos. A la
hora de la verdad, obedecen a un mismo ritmo, se influyen mutuamente al
intercomunicarse. La pintura, para aclararme un poco, me ha dado una
conciencia artesanal que procuro llevar a sus últimas consecuencias. Y me
ha enseñado la humildad, la buena humildad. La que nos obliga a atenernos
a la maceración y al pulimento de nuestras facultades. La artesanía
–entendida como constancia familiar con la materia, como oportunidad
física de laborar con los propios enigmas– es un punto de partida que
nunca te defrauda. Podrás extenuarte o fracasar en uno o varios intentos.
Pero de todo ello te ha de quedar una experiencia siempre rica. Nunca se
fracasa, después de todo. Por eso hay que analizar, con igual severidad,
indiscutibles derrotas y discutibles victorias. Cada una atesora una
lección. Lo que interesa es acercarnos, lúcida, metódicamente, al lugar en
que brota nuestro deseo comunicante. La verdadera alegría, la que queremos
compartir con el resto de los hombres, radica en ser fieles a ese llamado.
En la ejecución de la tarea, en su indeficiente ejecución, es donde nos
realizamos. Lo otro, son metas más o menos alcanzadas, más o menos
decepcionantes. Alguien dijo que, sabiéndonos lejos de la perfección, no
nos preocupemos, pues no la alcanzaremos jamás.
El período Cartagena
¿Qué
ha sido Cartagena para usted, para su obra?
Cartagena, me refiero a su parte histórica, me ha hechizado
siempre. Le dedico en Celia se pudre un sector de gran protagonismo. Fue
el orgullo de un imperio y eso no se borra. Queda allí, en sus balcones y
sus muros, en su habitante. Es también una ciudad que navega. Muchas veces
al día el mar la embiste y zarandea. Huele a cangrejo y heliotropo. Su
apasionada inmóvil-movilidad es igual a la de la pantera replegada para
saltar y destruir. En su encogimiento se encierra toda la elasticidad y el
peligro del salto. Sus muros sudan con la pasión y la dulzura de las
rosas. Está viva y nos contempla (nos perdona) con la arrogancia de quien,
siendo moldeado por la muerte, ha convertido su decrepitud en victoria
sobre la muerte. Por eso, desafortunadamente, es también la presa más
apetecida del turismo.
Allí
en Cartagena se inicia, en notas de prensa, el desembrujamiento de la
realidad costeña, de su esencia. Notas sobre las guerras civiles, el
tedio, la muerte, los mitos. En fin, un periodismo visionario y en mi
opinión sin igual en mucho tiempo.
Buscábamos las claves de nuestra realidad. Yo recuerdo
algunas notas sobre veteranos de la guerra civil de los mil días que hice
entonces. Mi infancia estuvo llena de caballos y batallas. Mi tío Eneas
fue el responsable. Había hecho, como capitán, la campaña de la Costa
Atlántica con Uribe. Este general era el mito hogareño. Su retrato estaba
allí, en la parte más visible de la sala. También el de Gaitán Obeso. Los
relatos de esas experiencias de mi tío, que entonces era un joven de 19
años, me hicieron descubrir una parte de esa realidad: que yo,
herencialmente, era el nieto de ese tema y que la guerra civil condensaba
una serie de cosas: el lujoso pero endémico desgaste de la energía
nacional; la búsqueda de un sosiego comunal, hasta entonces inalcanzable
por la vía parlamentaria y oposicionista; el oleaje de varias generaciones
sacrificadas como secuela de la guerra independentista, de la guerra
grande. A través de las evocaciones del tío Eneas sentía bullir el país,
su profunda desesperanza, la angustia por no haber encontrado, ni tenerlos
a la vista, sus rumbos definitivos. Cuando tuve oportunidad me dispuse a
hacer una especie de periodismo intemporal. Algo en que toda aquella
desazón tuviese cabida, al tiempo que me ofrecía la oportunidad de ponerme
en contacto, de compartir esos temas, con posibles lectores. Me
interesaba, como le dije antes, entender la historia como un contacto
somático con lo real. Con lo real de mi geografía. Saber, por ejemplo,
cómo olía una alacena nuestra bajo un techo de palma y entre unas paredes
de boñiga de vaca. Cómo todo el trópico se confabulaba para acelerar la
madurez de una fruta o endurecer un pedazo de bollo limpio en el rincón de
esa alacena. Quería desentrañar esa forma veloz, inmisericorde, en que el
trópico muerde y destruye en un mismo instante. Después, en Europa, he
descubierto otro tipo de olor. Es el olor de las estaciones acumuladas, de
lo que envejece en una penumbra de piedra, de lo que cuenta con mucha
ternura y complicidad del tiempo para alcanzar su añejamiento. Ese
periodismo que intentaba hacer estaba, pues, urgido por angustiosos
interrogantes. De la forma en que se deshace el fruto pasaría a la forma
en que el sudor deshace un rostro frente a nosotros. Era la forma más
certera de explicarme un entorno.
Ustedes
recibieron a Dámaso Alonso en Cartagena...
Dámaso Alonso llegó de pronto, precedido de su gran fama,
como un embajador literario de España. Estaban frescos su rescate de
Góngora y sus conferencias y lecciones sobre el siglo de oro. Pero a
nosotros lo que realmente nos interesaba era su último libro de poesía,
Oscura noticia, que entonces abanderaba el sector más penitente de la
poesía española. También la riqueza de sus charlas. Pero su trato personal
fue superior a todo. Zabala fue quien nos puso en contacto. Dámaso y su
mujer conformaban una pareja de primer orden. Recuerdo que nos pidió una
muestra de lo que hacíamos. Le llevamos los cuentos de Gabriel. Quedó
impresionado por la concisión y la maestría de que ya era poseedor.
La
relación con García Márquez fue tan profunda, hubo tal comunidad de
intenciones, que usted escribe una columna sobre el poeta César Guerra
Valdés, invención suya, y García Márquez la firma. ¿Cómo hicieron con ese
poeta que nunca vino?
Era un juego, aparentemente. Necesitábamos un personaje
que, al mismo tiempo que fuera un valor humano de primer orden, estuviera
insuflado de cosmopolitismo. Una especie de aleación de Barba Jacob,
Neruda y César Vallejo. Fue algo más que una travesura. Era la necesidad
de fundir la adivinación y la síntesis. Algo en que estuviese prefigurado
el futuro poético de nuestro idioma. César Guerra Valdés no tuvo, pues,
necesidad de llegar. Ya se había instalado en el deseo de nuestra
generación.
El periodismo: pureza y despojo
Sus
telones de fondo son el inicio y la madurez de una verdadera revolución en
el periodismo colombiano, aunque apenas comience a estudiarse. ¿Qué ha
sido para usted el periodismo?
Creo que esto se debió a que ya entendía el periodismo, el
comentario periodístico, como la oportunidad de convertir el suceso, de
cualquier índole, en una avanzada de la mejor literatura. También
estábamos conscientes de su peligro. De estarlo alimentando con vivencias
sanguíneas, con trozos irrescatables. Por eso es un ejercicio de gran
pureza y despojo. Y altamente peligroso, repito.
Temas,
preocupaciones y búsquedas formales salen del periodismo y se cuelan en su
poesía o en su pintura, y viceversa. ¿Cómo ha sido la relación del
periodismo con estos dos frentes de creación?
Todo es poesía. Todo es periodismo. Sentir y comunicar es
una misma acción tanto para un poeta como para un periodista. Es la
profunda necesidad de compartir de que ambos están urgidos. Muchos de mis
poemas –El habitante destruido, Walt Whitman enciende las lámparas en el
comedor de nuestra casa o Preludios a la Babel derrotada, por ejemplo– son
documentos periodísticos. Y muchos de mis comentarios periodísticos, –como
Cartel para pegar en una esquina, Un resplandor en los retratos o Los
mapas están vivos– son poemas. O por lo menos así los concebí. Con mi
pintura también estoy dando datos, noticias urgentes sobre cualquier
ángulo de nuestra realidad interior o exterior.
En
1954 dijo que «los grandes escritores contemporáneos, en especial los
novelistas, no son otra cosa que maestros del reportaje» ¿De qué manera,
en su caso, periodismo y novela se han ayudado o enfrentado?
Sí, todo escritor notable es en el fondo un gran reportero.
Siempre estará dando noticias de ese gran suceso que es la vida. Por eso
también es un notable chismoso. Desmonta la anécdota en forma tal que no
deja intersticio sin indagar, sin exponer a la plena curiosidad. Y eso es
chisme, pero chisme del mejor rango. Del que le abre los ojos al hombre,
lo sacude y compromete con la intensidad de su contorno o de contornos más
remotos. Pero también hay que anotar que esto es así desde que existe la
novela. Los dos más grandes reportajes que se han escrito sobre el mar y
sobre la sangre en el mar son La odisea y Moby Dick. Y mire el tiempo que
los separa para unirlos. Mire también qué jugosos reportajes sobre la
España picaresca encontramos en Guzmán de Alfarache y en El buscón. O ese
suntuoso periodismo con que Tolstoi nos informa sobre la Rusia zarista.
Del Quijote ni se diga. Es pura cámara en movimiento. Dostoyevski es uno
de los más sobrecogedores evangelistas del periodismo. El único con garra
para haber asistido, y sacado de él conclusiones imprevisibles para la
compasión, del duelo amoroso de Judas con Cristo, por ejemplo. Y no
hablemos de Thomas Wolfe o de Erskine Caldwell, con sus tremendos
documentos sobre las llagas del poder, la miseria y el dinero en la
sociedad norteamericana. Todo eso es periodismo de primera mano,
periodismo de alcurnia.
¿Por
qué no ha escrito cuentos?
Volvemos a caer en lo del alinderamiento de los géneros. La
novela puede ser la suma de muchos cuentos. Un cuento puede ser una
novela. El relato, una condensación de ambas. Para mí, La muerte de Iván
Ilich
–que, según los archiveros de la crítica o de la historia literaria, puede
ser un cuento largo o una novela corta– es, así, lisa y llanamente, uno de
los dos o tres grandes momentos del relato en todos los tiempos. Lo mismo
que ocurre con Una rosa para Emily. A lo mejor, un buen día amanezco
alinderado en cualquiera de estos géneros. Quién quita.
Muchas notas de su periodismo son relatos. Pueden, incluso,
ser publicados como tales. ¿Va a seguir publicando relatos?
Como decimos los campesinos, esa pregunta es a mi abono,
pues con ella usted confirma lo que he venido diciendo. Lo que sí es
seguro es que seguiré insistiendo en eso. Es la forma de purificar mis
herramientas de expresión.
La poesía, la gran partera
¿Cuándo comenzó a escribir poesía?
Desde que empecé a leer a Julio Verne y a Salgari. Dumas,
con sus espadachines petimetres y sus marquesas intrigantes también, por
carambola, tuvo su parte en el enredo. Trataba, desde entonces, de
codificar mis sentimientos. Pero, claro, uno empieza a tomar la cosa en
serio, a descararse de verdad, a partir de los dieciocho o veinte años.
¿Qué
poesía se escribía entonces en Colombia, en América?
Empezábamos a despegar de la influencia modernista, pues
Darío señoreaba todavía un buen sector de la sensibilidad española.
Tuvimos noticia de Barba Jacob, García Lorca y Neruda casi al mismo
tiempo. Después Antonio Machado, Miguel Hernández y Vallejo. La antología
Laurel, recopilada por el poeta mexicano Xavier Villaurrutia fue de suma
importancia. Jorge Guillén, Cernuda y Aleixandre nos llegaron poco tiempo
después. No llegaban a nosotros por razón de su edad o de su posición
antológica. Llegaban con alguna intermitencia, en revistas o suplementos
literarios de otros países, que conseguíamos en redacciones de periódicos
o a través de algunos amigos viajeros. El piedracielismo tuvo haberes muy
positivos para romper la inmovilidad. Nos comunicó una nueva estrategia
para atacar la metáfora, mayor libertad y frescura para manejar la
palabra. También el conocimiento de Whitman y Eluard. O la poética de
Stephen Vincent Benet, Edgard Lee Masters, Claudel. Esa era la atmósfera.
Su
primer libro de poesía, Rostro en la soledad, señala precursoramente el
que sería un tema primordial de la literatura latinoamericana. Sin
embargo, usted ha dicho que Tránsito de Caín, el segundo libro, es más
importante. ¿Qué lo hace más importante?
Tal vez lo que dije –y quiero aprovechar esta ocasión para
aclararlo– es que el poema Cuatro estancias a la rosa, de los dos que
conforman ese libro, me parecía mejor logrado que algunos poemas de Rostro
en la soledad. Pero la conducta de ese primer libro me dejó una impronta
definitiva. Todo lo que he hecho hasta ahora, incluyendo la obra
narrativa, tiene allí su centro. En Rostro en la soledad echaba anclas en
lo real, en lo cotidiano inmediato, en lo que solicita directamente
nuestros sentidos. Era una poesía ávida de explicarse, con los mismos
vocablos con que nos desenvolvemos conversacionalmente, la cabellera de la
amante o la suscitación fugaz, el ceño del amigo, los casi audibles
quejidos del animal humano entre la hostilidad de las cosas, entre el
abandono (por esencial inconexión) con sus semejantes. Era una poética
interesada en los olores, colores y sabores de lo real. Batallando en la
pura línea de candela de lo cotidiano. Una especie de testimonio del
hombre como centinela de lo inmediato, de su aquí, de su ahora. Por eso me
parece el más unitario de mis libros. Un escritor, lo he repetido siempre,
no puede contar sino con una familia de obsesiones.
Después de todo, no escribimos más que
un libro
Es
evidente que su poesía, como lo señalaba García Márquez en 1951, trae de
regreso los conflictos del hombre a la poesía colombiana. Se provoca
«pánico en casa» y hasta críticos tan celebrados como Hernando Téllez
parecen no entender lo que sucede.
Era lógico que el estímulo viniera de Gabriel. Andábamos en
lo mismo, recorriendo el mismo camino. Para él no había dudas sobre cómo y
dónde se estaba fraguando el asunto. El pánico que se produjo –si podemos
llamar pánico a algunos enjuiciamientos entre presurosos, divertidos y
señoreramente escandalizados– era, más que otra cosa, el secreto temor a
encontrarse, de súbito, con nuestra dura e insoslayable realidad. Siendo
lo que de veras somos desde nuestro oscuro principio: animales ateridos,
inexplicados para los demás y para nosotros mismos, zarandeados por el
absurdo. En esos poemas husmeábamos las cabeceras de un miedo ancestral,
pretendíamos conectar con los fundamentos de nuestro suplicio. Esta
inocencia, así, de frente, tuvo, como era lógico, que producir reacciones
diferentes. Ahora, a casi cuarenta años de distancia, me lo explico
perfectamente. Nosotros aparecimos en una sociedad aparentemente joven
pero ya moliciosamente abonada por el retoricismo. Nuestras arterias
creativas estaban obturadas por la reiteración imitativa. El país se
glorificaba a sí mismo, a su tautológica mentira, en sus gramáticos, en
sus payasos, operáticos, grandílocuos, en los ceremoniosos testaferros de
una tradición que no nos perteneció nunca. En las tertulias capitalinas se
pavoneaba un elitismo de pacotilla con sus miembros interdisfrazados de lo
que más conviniese: de bardos griegos o románticos, de esteticistas de
similor o de ensayistas de ni me acuerdo. Era el nuestro un país manejado
por cagatintas envanecidos de ser los aduaneros de las buenas formas en la
literatura y en la vida. Caballeros que se saludaban en latín mientras
pisaban la tribulación, el grito a duras penas silenciado de problemas que
estaban a punto de estallar.
El 9 de abril, por ejemplo, nos sorprendió en estos
pavoneos. Imagínese usted, hágame el favor. Y ante ellos, de repente, como
quien dice en el verano, se les aparece una especie de troglodita
recordándoles cosas tan simples, tan candorosas, como el deber que tenemos
contraído con la carga de tripas y huesos que soportamos. Un hombre que
les recordaba que el sexo, a más de hambre del instinto, es búsqueda o
necesidad de reinventar a Dios como la reflexión; que escuchar el mugido
de la soledad en nuestro esqueleto es más hondo y certero que escuchar el
deliquio de una musa entre columnas de cartón piedra. En fin, que lo que
produjo el malestar a que usted se refiere fue la inocencia a secas, la
carga somática de nuestros vocablos.
El mundo de la novela
¿Hay
algún punto de arranque en sus novelas: una imagen, una historia, una
idea?
Creyendo saber lo que quiero o intento decir, me encuentro
con masas difusas, con aproximaciones, con antiquísimos llamados y
sentires que se van clarificando a medida que avanzo. En esto se opera un
proceso biológico. El tema es como una célula. De ella, al avanzar el
proceso, van brotando cerebro, entrañas, extremidades. Al final es un todo
orgánico, una criatura con capacidad de crecer y vivir.
Cuánto
tiempo tardó en escribir Respirando el verano? ¿Dónde la escribió? ¿Y En
noviembre llega el arzobispo?
Tardé tres meses y unos días. Eso en cuanto a su redacción,
pues era un tema que venia meditando, trabajando sin saberlo, desde hacía
más de veinte años. Trataba de conquistar un premio literario para hacer
frente a necesidades acumuladas. Usted sabe cuál es la urgencia económica
de un hombre en esas condiciones, en mi país o en cualquier otro. Con En
noviembre llega el arzobispo ocurrió algo distinto. Pude dedicarle casi
cinco años. Esta última desata una gigantesca polémica que logra revelar
la crítica de principiantes atontados, producir un fenómeno editorial sin
precedentes en el país y darle qué jalón a la narrativa colombiana. ¿Qué
fue lo más significativo de todo aquello? Que muchas cosas quedaran en
claro para mí. Entre ellas la de saber que no andaba descaminado, que ese
era mi rumbo y que debía seguirlo sin titubeos.
¿Qué
es hoy la novela? ¿Qué pretende?
Pues, hombre, sopésele usted mismo el calibre a su
pregunta. Así, de buenas a primeras y sin anestesia, ponerme a definir lo
indefinible. A la novela, en algunos embistes en que más que explicarla he
tratado de explicármela, la he llamado furia (por las limitaciones que
atenazan y arredran a su ejecutante), vehículo intercomunicante de las
múltiples soledades humanas y herramienta de la compasión. Muchas,
muchísimas cosas. Por eso la encuentro indefinible. El destino de la
novela está indisolublemente ligado al destino de la poesía. No del poema
sino de la poesía. Ahora mismo, la novela es todo. La conforman todos los
elementos. Y, en su pretensión comunicante, anhela transformar al hombre.
Es una nueva propuesta religiosa. Quiere que el hombre alcance la
redención de todos los errores con que, en connivencia con el absurdo, se
ha obstaculizado a sí mismo. Por eso es, hoy por hoy, el género más
ambicioso y candente. Y el más liberador.
¿Cómo
trabajó en Celia se pudre?
Con mucha cautela, tomándome todo mi tiempo. En ella empleé
lo que, en apariencia, pueden ser diez años concretos. Sobre el tiempo, y
especialmente en este tipo de actividad, nada sabemos. Me dispuse, en la
medida de lo posible, a vigilarlo todo. Llegó un momento en que tenía una
visión bien definida del conjunto de Celia. Sabía, con exactitud, hasta lo
más nimio: en qué cláusula había que cambiar o poner determinados
adjetivos, dónde sobraba una coma, cómo ubicar un sitio o un paraje o
dónde empastar más sólidamente a un personaje. Recuerdo que, en su momento
más febril, llegó a tener más de mil quinientas páginas. Después vino,
tomándome también todo mi tiempo, la otra vuelta de tuerca. La apretura
extrema para deshidratar y envarillar. Para mí ha sido un ejercicio
inolvidable de manejo artesanal y sentimental del idioma, de oportunidad
para controlar íntimamente las posibilidades de conexión entre los
diferentes centros nerviosos de un libro, de posibilidad de
deslumbramiento ante las múltiples, inquietantes, evasiones, artimañas y
rodeos de la palabra. También para asistir a ese maridaje, secreto, casi
abstracto, que mantienen entre sí los diferentes sectores de un idioma,
aún los más aparentemente distantes. La sola experiencia sería de un valor
inestimable.
La
particular estructura de Celia parece reposar en el orden del recuerdo.
Sí, el recuerdo es el tema central. Es, como le decía hace
un momento, la célula madre de la que han de brotar las extremidades.
Después de todo, el recuerdo es lo único que poseemos. Pero su drama
radica en no poder alterarlo. Podemos purificarlo o desvirtuarlo pero no
alterarlo. Es por eso, también, la herramienta de tortura más implacable
con que nos destroza el absurdo. De allí también, como reconoce la misma
Celia, que nunca nos arrepintamos de lo que hicimos sino de lo que no
hicimos.
Las
guerras civiles son una constante en su novela; generalmente militares
rígidos, sin sueños, brutales y próximos a cualquier forma de la demencia.
Lo que me apasiona de nuestras guerras civiles es lo que
tienen de trágico candor, de energía y de sueños evaporados, de trópico
quemado, de cólera impelida por el sacrificio. Fue allí (y nunca en
nuestra desventurada poética de entonces) donde alcanzamos el verdadero
romanticismo. Me refiero a lo que esta conducta del alma tiene de desdén
ante la vida, de arrebato existencial, de empecinamiento para insistir en
la elección de las causas perdidas. No en vano tuvimos ya una legión
británica en la independencia, que fue nuestra primera gran contienda
civil. Y Byron, el poeta romántico por excelencia, pidió, y le fue
denegado por su defecto físico, su inclusión en ella. ¿Puede haber algo
más conmovedor que el retrato de un grupo de donceles bigotudos que nos
contemplan un instante antes de desaparecer? Son los fantasmas de un
momento fantasmal. Ellos conocieron el horror de las heridas sin hospital,
de las marchas a través de los veranos insaciables, de la derrota que los
esperaba, que ya los tenía marcados antes de partir. Todo eso está allí,
apretado en los rostros de esos jovenzuelos que pronto serán inmolados. En
sus ojos demenciales, en sus mostachos incongruentes, en su altiva
flacura. Nos miran, nos mirarán para siempre. Fueron nuestros abuelos y
nuestros padres. Y sus dos o tres ideas –sobre el hombre, sobre la
libertad que debe asistir a ese hombre para merecer la tierra, sobre la
tierra de esa nación en que asientan sus botas– les fueron herradas en los
sesos con exaltados panfletos. Con ellas, con esas ideas adentro,
caminaron y masticaron frutas y preñaron a una mujer. Por eso en mis
novelas se desprenden de sus retratos –tiesos, aparentemente monocordes y
no próximos a la demencia sino ya instalados en ella como en su clima
natural–. Pero quiero recordarle que tuvieron sueños y que, si usted los
mira y escucha de cerca, como al coronel Cortés, por ejemplo, los
encontrará poéticos, entrañables, urgidos por una honestidad cercana a la
inspiración.
La
ciudad que vemos en su obra es una mezcla de brutalidad y ternura; símbolo
de una lenta alienación, de la destrucción o el acecho de los centros del
hombre. Así estaba señalado en su poema Preludios a la Babel derrotada. En
Celia se pudre la ciudad es eso y también otra cosa: la pérdida del
paraíso de asombro de la infancia y de sus terrores.
Llega un momento en que todo lo que hemos padecido en
profundidad se transfigura en símbolo. Esa vastitud inhóspita de la
ciudad, tomemos por caso. Toda ella es horror (y terrible dulzura) de lo
confabulado. De la arrasadora alianza del hombre y de las cosas contra el
hombre. En ningún sitio, como en la ciudad, el hombre ha estado «más
abandonado y hambriento, más ebrio de amargura, más solitario entre los
hombres», así lo atestiguo en Preludios a la Babel derrotada. Ese mismo
sentimiento es el que desarrollo en las páginas ciudadanas del burócrata
de Celia. Pero también están, en ese poema y en la novela, la plegaria y
algunos matices del sosiego casi ferozmente conquistados. Tal vez en Celia
eso haya desembocado en algo que nos hace comprobar, en forma visual,
tangible (las formas orgiásticas de la basura en las alcantarillas como un
asumimiento expiatorio) la pérdida de un paraíso que jamás ha existido y
cuya hermosura, y suprema razón de nostalgia, estriba precisamente en no
poder alcanzarlo nunca. Llega un momento en que el paraíso se confunde con
el ensueño de una ciudad cuya esencia y cuya naturaleza se transforma en
doliente ventura. También la ciudad aparece allí como un acoso mitológico
–con sus endriagos, sus gigantes, sus bestias y sus parcas– como otra de
las tantas formas de lo abisal y monstruoso que milita contra ese niño,
tiritante, doblegado por el terror, que se esconde en la armadura de cada
hombre.
Celia
se pudre es también la búsqueda del más hambriento amor: el de los
orígenes, el consuelo de los orígenes.
Sí, creo que a la postre eso puede ser Celia se pudre. La
matriarca, el relato de su sufrimiento y su despojo, podría ser un intento
de consolarse, reabasteciéndose, con el retorno a la tierra del origen.
Otra vez Anteo.
La
novela respira un humor que va de la ternura al sarcasmo. Inclusive a
formas extremas de la ternura y a formas despiadadas del sarcasmo.
Esos extremos son absolutamente necesarios. Por lo menos en
lo que persigo relatísticamente. El humor es un punto de reposo. Y una
cortesía de la piedad. Tenemos compasión de alguien y de nosotros a través
de él, pues compadecer es una forma profunda de comprometerse con lo que
suscita esa compasión, de compartirla a fondo, y sólo el humor o el
sarcasmo, que es su forma más agresiva, atenúan y hasta explican,
aislándola, el contenido de una situación determinada. Es un paliativo, en
todo caso, y nos obliga a seguir siendo fieles a la alegría o a la
travesura. Nada es totalmente serio ni nada es totalmente risible.
Entre
las cosas más deslumbrantes de la novela hay una mezcla que no aparece,
por lo menos con esta voluntad, en las otras novelas suyas: formas de
contar primarias, casi brotadas de la pura fuente, y una maestría moderna,
inclusive jalonada con búsquedas experimentales plenas.
A la búsqueda hambreada de los orígenes me he encontrado,
lógicamente, con la magia en estado puro y con estados físicos y
concienciales que parecen brotar en una linde anterior a la historia,
anterior a la palabra. Mugidos y estertores en vez de vocablos, sudores
que ofuscan y mojan la razón, alteraciones de la conciencia en grados tan
embrionarios que se vuelven lodo sensorial, en el cual chapoteamos sin
rumbo. El hombre no ha salido de sus antros oscuros. Sigue en el infierno.
Y, como nos recuerda Sade, «en este infierno todo es paraíso». Tal vez sea
esta la definición más certera de la tierra. Allí, en tan primarios
estados, demoran muchas de nuestras claves como individuos y como pueblos.
Hay que husmear y avanzar en ellos con toda la lucidez de que seamos
capaces, hacer que nos vayan entregando lo que demora en su amenazante
letargo. Todo eso es energía que funciona subterráneamente. Es necesario
traducirlos en vivencias expresivas. Lo cual, lógicamente, nos obliga a
formas experimentales con la palabra. Recuerde que toda novedad es
arcaísmo. Además, el desarrollo zoológico del libro exige estas instancias
explorativas. Es su naturaleza misma.
Usted
ha señalado que la narrativa americana actual no solo fue informada por la
novela norteamericana sino por los abuelos españoles.
Y es evidente. El cantar de gesta y el sabroso vitalismo
del Arcipreste, por tomar dos ejemplos, están en el fundamento de la
narrativa contemporánea en Latinoamérica. Tan nuevos como la Woolf y
Faulkner. Y tan necesarios como ellos. Sin la frescura de los romances
primitivos no podríamos moldear nuestro decir actual. Todas las
influencias foráneas, al pasar a nuestro idioma, se contagian de su
esencial primitivismo, se contaminan de su barro placentario. En esto
consiste el verdadero trueque. Lo otro sería un deporte de simples
aficionados literarios. No sería ese estadio jadeante, de agresiva
necesidad, que es el proceso de toda creación colectiva. Se batalla en los
centros intestinales del idioma. Buscando la interfecundación. No
olvidemos, al respecto, que algo le sucedió al lenguaje de Bradbury al ser
traducidas sus Crónicas marcianas por Borges. Estos acontecimientos nunca
son gratuitos. Por eso no me cansaré de repetir que todo arte
verdaderamente primitivo –y lo más primitivo, por la orgía y extensión de
su apetito, ha vuelto a ser la novela– es siempre feo, pues viene
embarrado de substancias fetales. Todo recién nacido es feo.
Construir un país
Usted
realizó una intensa tarea crítica en sus notas de prensa, tan viril y
lúcida que sigue siendo sorprendente. Eso, sumado a su trabajo, son las
razones que muchos vemos como la explicación de que se le pretendiera
quitar espacio a la grandeza de su tarea.
Me propuse decir lo que veía y sentía. Partiendo de la base
de que todo periodismo bien intencionado es siempre pedagogía social,
quise poner el acento sobre algunas verdades. Creo que fue esto lo que le
dio algún contenido a mi tarea. Pero es bueno recalcar que ese trabajo lo
hacía casi en total soledad. Llegué a creer, sinceramente, que el
escritor, a menos que se afiliase a determinadas camarillas, no tenía
ninguna significación en nuestro país, que cualquier desvelo era
innecesario. Sin embargo, tenía mis hinchas. Algunas personas se acercaban
a darme ánimos. Algo tan reducido, tan precario y reducido, tan familiar,
que resultaba conmovedor. Una de esas personas alcanzó a decirme, de acera
a acera: «Todos los días recibo y leo tus cartas». Esto me animaba
parcialmente. Mi posición, en términos generales, no ha variado. Creo que
el escritor requiere un terreno abonado por muchas generaciones para
subsistir y justificarse. Además, la sociedad necesita estar urgida por
determinadas reclamaciones, haber alcanzado su madurez reflexiva, para
sentirse interpretada por el escritor, para dinamizar las tensiones que
éste le propone. La sociedad y el escritor se necesitan. Lo otro es
teclear en el vacío. Recuerdo, al respecto, la combativa frase de Ortega
cuando, con relación a la España de su tiempo, afirmó en su Revista de
Occidente: «Debemos colocar grandes carteles en nuestras fronteras para
alertar a todos, a nacionales y extranjeros: ‘Aquí se pretende construir
un país».
Desde
la muerte de Gaitán, que le hace escribir aquella elegía vertical, usted
parece no interesarse en lo que se llama política en Colombia. Un amigo
suyo ha señalado que usted es un escéptico de ese tráfico de ilusiones.
Tengo que apoyarme en la vieja verdad de que tanto como se
aprecia y se necesita la política se detesta la politiquería. Sabemos en
qué consiste la diferencia. La política (y sigo insistiendo en viejísimas
verdades) es la primera actividad del hombre. Es la faena de la polis por
excelencia. Política, por tanto, pasaría a ser la forma más civilizada y
eminente del convivir. Consciente o inconscientemente, siempre estamos
haciendo política. El solo hecho de vivir es ya una función pública.
Tenemos, como ciudadanos, deberes ineludibles. Y vivir, y sobre todo vivir
en comunidad, es un sostenido acto de imaginación. Para tener una conducta
pública debemos previamente imaginar y planificar esa conducta. La
imaginación nos hace posibles como cifras, de una sociedad. Cualquier
concepto, cualquier gesto, aun la simple abstención, son ya políticos. Nos
comprometen en totalidad. Por eso admiro profundamente a los hombres
públicos. Admiro su tozudez por avanzar en una vocación tan colmada de
incertidumbres. Y admiro su persistencia en modelar situaciones con la
arcilla más aleatoria y menos consistente de todas: el ser humano, las
muchedumbres. Todo a la búsqueda de un dibujo estatal, de una saludable
(arrogante) fisonomía del Estado. Todo esto como síntesis modélica del
hombre público. Pero cuando la política deja de ser la gloria del Estado y
se convierte en un ajetreo de mercachifles, debemos curarnos en salud. El
escepticismo es entonces una forma de la higiene.
Sin
embargo, todo su arte respira el mejor de los sentidos políticos:
exaltación de la vida, compañía al hombre en el terror, resistencia a la
muerte, defensa de la inocencia.
Sí, es mi forma de entender la política. Yo hago mucho más
por el hombre, por su nuda esencialidad, trabajando una página o un lienzo
que buscando un acomodo partidista. Sé muy bien que mi tarea carece de
oropel. Y que esa carencia ha sido buscada e incluso mimada por mí.
Después de todo, la vida no le concede a cada hombre sino lo que ese
hombre le ha exigido profundamente a la vida. Pero esa página o ese lienzo
pueden alguna vez ser posibles por una constante necesidad de
transfiguración. Se pretende acompañar al hombre, luchar contra los
terrores que lo aniquilan. Y hacerlo a partir de uno, a partir de los
terrores que nos aniquilan a nosotros. Y eso, lógicamente, es una obra
pública, una tarea política. Aspirar a que la sociedad sea permeable a la
palabra o a cualquier otra forma de comunicación es casi trágico por lo
conmovedor, por lo que requiere de feroz esperanza. Se defiende la
inocencia como tuétano de la vida (ante los crímenes sin explicación, ante
los ferales genocidios, ante el brutal y permanente espectáculo del hombre
acosado, negado y destrozado por el hombre) porque se espera alcanzar
alguna vez un tan alto grado de lucidez que la convivencia, la verdadera
convivencia, quede replanteada. Por eso, la máxima aspiración de la
inteligencia creadora es destruir un estado de cosas (la histórica y
endémica equivocación) fraguado y anquilosado por la enemistad a la vida.
Por eso el escritor, quiero repetirlo, es un agitador y un dinamitero. Es,
a un tiempo mismo, quien maneja el voltaje comunicante, el vaticinio y la
tea. Aspira, nada menos, que a renovar la vida, la vida subjetiva y la
vida pública, desde sus puros cimientos. Es el político por excelencia.
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