Nueva Gaceta  

Regresar al inicio


 

Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704


 

 

 

 

 

VOCES

CONTRA LA GUERRA

 

 


IRAK  IRAK  IRAK  IRAK  IRAK  IRAK  IRAK  IRAK 


 

 

 

 

 

Connotadas voces provenientes de todas las latitudes e ideologías hicieron público su repudio al ataque a Irak. Todos los analistas coincidieron en afirmar dos verdades: Que la guerra tenia por objeto controlar los ricos yacimientos petrolíferos del Golfo Pérsico y que era al pueblo iraquí a quien correspondía, de manera soberana, decidir la suerte del dictador Sadam Hussein.

 

 

A continuación presentamos algunas declaraciones difundidas en las últimas semanas en diarios, revistas y sitios de Internet de cobertura mundial, en las que junto a la condena se hacen aproximaciones al análisis de las causas de la arremetida, y una entrevista realizada en febrero a Clark Kissinger, con motivo de la publicación de la Declaración de Conciencia de la organización No en Nuestro Nombre.

 

 

Confesiones de un terrorista

John Le CarrÉ (1)

 

Estados Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica, pero éste es el peor de cuantos recuerdo: peor que el macartismo, peor que el de Bahía de Cochinos y, a largo plazo, potencialmente más desastroso que la guerra de Vietnam. La reacción al 11 de septiembre ha ido más allá de lo que Osama hubiera esperado en sus sueños más siniestros. Como en la época de McCarthy, los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EU la envidia del mundo, están siendo ero-sionados de forma sistemática.

 

La persecución de residentes extranjeros en EU sigue a buen ritmo. Personas «no permanentes» de sexo masculino y origen norcoreano o de Oriente Próximo desaparecen en cárceles secretas tras acusaciones secretas por la palabra secreta de los jueces. Palestinos que residen en EU, a quienes antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y por tanto no deportables, están siendo entregados a Israel para ser «reasentados» en Gaza y en Cisjordania, lugares que quizá no hayan pisado jamás.

 

¿Estamos jugando al mismo juego aquí en Gran Bretaña? Supongo que sí. Dentro de treinta años dejarán que lo sepamos. La combinación de la complicidad de los medios de comunicación estadounidenses con los intereses creados de las grandes empresas asegura una vez más que un debate que debiera estarse oyendo en las plazas de todos los pueblos se reduce a los artículos más sesudos de la prensa de la Costa Oeste de EU: «Ver columna A de la página 27, si es usted capaz de encontrarla en el periódico, y de entenderla».

 

Ningún gobierno norteamericano ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al pecho. Si los servicios de inteligencia no saben nada, ése será el secreto mejor guardado de todos. Recuerden que se trata de las mismas organizaciones que nos mostraron el mayor fracaso en la historia de la inteligencia: el 11-S. Esta guerra inminente estaba planeada años antes de que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible. Sin Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan peliagudos como la forma en que logró salir elegido; Enron; sus desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio continuado por las resoluciones de la ONU.

 

Pero, oportunamente, Osama barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan de nuevo. Se dice que el 88 por ciento de los norteamericanos apoya la guerra. El presupuesto de Defensa de EU ha aumentado en 60.000 millones de dólares, hasta alcanzar alrededor de los 360.000 millones de dólares. De las fábricas está saliendo una espléndida nueva generación de armas nucleares americanas, preparadas para responder igualmente a las armas nucleares, químicas y biológicas en manos de Estados irresponsables. Así que todos podemos respirar tranquilos.

 

Y EU no sólo decide unilateralmente quién puede y quién no puede poseer estas armas. También se reserva el derecho unilateral de utilizar sin escrúpulos sus propias armas nucleares cuando quiera y donde quiera siempre que considere amenazados sus intereses, los de sus amigos o sus aliados. ¿Quiénes exactamente van a ser estos amigos y aliados en los próximos años? Será, como siempre en política, algo parecido a un acertijo. Uno se hace buenos amigos y aliados, así que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya no son ni amigos ni aliados, así que se les manda una bomba nuclear.

Merece la pena recordar aquí cuántas horas de profunda reflexión empleó el gabinete de EU en decidir si debía atacar Afganistán con armas nucleares en los días siguientes al 11-S. Afortunadamente para todos nosotros, pero particularmente para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas con sólo 25.000 toneladas de las llamadas cortamargaritas convencionales, que, según todos los testimonios, producen, en cualquier caso, tanta destrucción como una bomba nuclear pequeña. Pero la próxima vez será de verdad.

 

Un asunto mucho menos claro es cuál es exactamente la guerra que el 88 por ciento de los norteamericanos piensa que está apoyando. ¿Una guerra que durará cuánto, por favor? ¿A qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A qué precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano? ¿A qué precio (porque la mayor parte de este 88 por ciento es gente profundamente decente y humanitaria) en vidas de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un secreto de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a Irak al menos el doble de las vidas que perdió EU en toda la guerra de Vietnam.

El modo en que Bush y su junta consiguieron desviar la ira de EU contra Osama Bin Laden hacia Sadam Hussein es uno de los grandes trucos de prestidigitación en relaciones públicas de la historia. Pero les salió bien. Una encuesta reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora que Sadam fue responsable del ataque al World Trade Center.

 

Pero la opinión pública norteamericana no sólo está siendo engañada. Está siendo amenazada, acosada, reprendida y mantenida en un permanente estado de ignorancia y de miedo y, consecuentemente, de dependencia de sus líderes. Esta neurosis cuidadosamente orquestada debería, con un poco de suerte, llevar cómodamente a Bush y a sus compañeros de conspiración hasta las siguientes elecciones. Los que no están con el señor Bush están contra él. O, lo que es peor, están con el enemigo. Cosa rara, porque yo estoy completamente en contra de Bush, pero me encantaría ver la caída de Sadam –sólo que no según los términos de Bush y no según sus métodos–. Y tampoco bajo una bandera de tan escandalosa hipocresía. Un colonialismo de EU al viejo estilo está a punto de extender sus alas de hierro sobre todos nosotros. Hay ahora más americanos impasibles infiltrándose en pueblos que nada sospechan de los que había en el momento más tenso de la Guerra Fría. La gazmoñería religiosa con la que van a enviar a las tropas estadounidenses al frente quizá sea el aspecto más nauseabundo de esta surrealista guerra que se acerca. Bush tiene a Dios agarrado por el cuello.

 

Y Dios tiene opiniones políticas muy particulares.

 

Dios eligió a EU para salvar al mundo de la manera que más convenga a EU. Dios eligió a Israel como nexo de la política norteamericana en Oriente Próximo. Y quien quiera poner en duda esta idea: a) es un antisemita, b) es un antiamericano, c) está con el enemigo y d) es un terrorista. [...]

¿Quieren más datos? George W. Bush. 1978-84: alto ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration, una compañía de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo de la compañía de petróleo Harken. Dick Cheney. 1995-2000: presidente ejecutivo de la compañía de petróleo Halliburton. Condolezza Rice. 1991-2000: alta ejecutiva de la compañía de petróleo Chevron, que bautizó un petrolero con su nombre.

 

Y la lista sigue.

 

Sin embargo, ninguna de estas vinculaciones insignificantes afecta la integridad del trabajo de Dios... En 1993, mientras el ex presidente George Bush hacía una visita de cortesía al siempre democrático reino de Kuwait para que le dieran las gracias por liberar al país, alguien intentó matarlo. La CIA cree que ese «alguien» era Sadam. De ahí que Bush junior exclamara: «Ese hombre intentó matar a mi papá». Pero esta guerra no es personal. Es necesaria. Se trata del trabajo de Dios. Se trata de llevar la libertad y la democracia al pueblo iraquí, pobre y oprimido.

Para ser aceptado como miembro del equipo de Bush parece que también hay que creer en el Bien Absoluto y en el Mal Absoluto, y Bush, con un montón de ayuda de sus amigos, de su familia y de Dios, está ahí para ayudarnos a distinguir lo uno de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por escribir esto, pero tendré que averiguarlo.

 

Lo que Bush no nos dirá es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra. Lo que está en juego no es un eje del mal, sino petróleo, dinero y las vidas de la gente. La tragedia de Sadam es estar sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo más grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las reservas de gas natural más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y quien le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le ayude, no la recibirá.

Si Sadam no tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos. Otros líderes lo hacen todos los días –pensemos en Turquía, en Siria, Egipto, Pakistán, pero éstos son nuestros amigos y aliados–. Sospecho que en realidad Bagdad no representa ningún peligro cercano y real para sus vecinos, y tampoco para EU o Gran Bretaña. Lo que está en juego no es una amenaza militar o terrorista inminente, sino el imperativo económico del crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la necesidad de EU de demostrar su enorme poder militar a Europa y a Rusia y a China y a la pobrecita loca de Corea del Norte, así como a Oriente Próximo; mostrar quién manda dentro de EU y quién debe someterse a EU en el exterior.

[...] En la Gran Bretaña del Partido Único, Tony Blair fue elegido líder supremo con una participación bají-sima, de alrededor de un cuarto del electorado. En caso de darse la misma apatía pública y los lamentables resultados de los partidos de la oposición en las próximas elecciones, Blair o sus sucesores lograrán un poder absoluto similar con una proporción incluso más pequeña de los votos. Resulta absolutamente risible que, en un momento en el que sus propias palabras han puesto a Blair contra las cuerdas, ninguno de los líderes de la oposición británicos sea capaz de toserle. Pero ésa es la tragedia británica, la misma que la de EU: mientras nuestros gobiernos manipulan, mienten y pierden su credibilidad, y las supuestas alternativas parlamentarias se limitan a hacer maniobras para no quedarse fuera de la foto, el electorado simplemente se encoge de hombros y mira hacia otro lado. Los políticos nunca se creen lo poco que consiguen engañarnos. [...]

 

El ataque de los clones

Baltasar Garzón Real(2)

 

Hace unos meses fui con mi hijo a ver la película de George Lucas que titula este artículo; por aquel entonces se comenzaba a hablar de la guerra de Irak, uno de los temidos extremos del eje del mal –se supone que Irán, geográficamente en medio, es el centro y el otro extremo, Corea del Norte–.

En aquel momento pensé que si se llegaba al estado actual de cosas es que la demencia se habría instalado definitivamente en el mundo, y, en esta situación «los Jedi» no podrían contener al lado oscuro de la «Fuerza», representado por el poderoso Lord Canciller (George W. Bush), quien a través de inconfesables alianzas, o por lo menos con desconocidas informaciones altamente secretas, controlaría un Parlamento aún coaccionado por el impacto del terrorismo y sometido al poderoso líder, con unos medios de comunicación –con algunas excepciones– acríticos; y una opinión pública –la estadounidense–, adormecida y aterrorizada, que ya no sabe si Osama Ben Laden es iraquí o talibán, o si fue él o Sadam Hussein quien ordenó el ataque a las Torres Gemelas, y que estaría dispuesta a acabar con el enemigo árabe-islámico-musulmán externo, personificado en la película por la terrible alianza de los separatistas y la Federación de Comercio. Para ello, continuando con el símil cinematográfico, el Lord Canciller Syrius y su estado mayor prepararían un gran ejército de clones dispuestos a morir, por la libertad y la democracia, cuando la realidad es que quien arma a ese ejército con medios altamente sofisticados y lo manda a la guerra estaría trabajando en contra de una y de otra. Sería interesante hacer una encuesta entre los más de 150.000 soldados desplegados en el Golfo Pérsico para averiguar si saben por quién o por qué luchan; estoy seguro de que los resultados serían escandalosos en contra de quienes les mandan.

 

[...] Ésta es la cruda realidad. Frente a una absurda dinámica de prisas y carreras, cual si estuviéramos en periodo de instrucción militar con un sargento de rostro terrible martilleán-donos a gritos al marcar el paso, lo desconocemos absolutamente todo, aunque parece que ya poseyéramos todo el conocimiento, por los miles y miles de párrafos escritos y habla-dos. Sin embargo, sólo el socio privilegiado de Washington, Tony Blair, la otrora esperanza blanca de la izquierda europea y su tercera vía, y ahora convertido en mero comparsa militarista del dios americano, parece saber algo. Y, ello suministrado por unos servicios secretos cuya efectividad deja mucho que desear, con licencia para matar, y, por tanto para mentir; faltaría más.

¿Quién controla la actividad de dichos servicios? ¿Cómo se ha obtenido, y a cambio de qué, la información que está sirviendo de base para desencadenar la guerra final entre dos mundos? Y, si fuera cierta, ¿por qué razón se ha ocultado esta situación durante tanto tiempo a la comunidad internacional? ¿acaso ésta no debería decir algo?

 

[...] Nadie ha pensado, espero que sí, la barbaridad que constituye el hecho de que unos informes de un servicio secreto, que ni siquiera podrían valer como prueba ante la justicia, puedan sin embargo determinar una hecatombe bélica. Dónde está el derecho de defensa del pueblo de Irak. Es curiosa la inversión de la carga de la prueba que aquí se ha producido. La decisión sobre la guerra vendrá acompañada de una supuesta inactividad por parte del régimen iraquí con los inspectores, o de una obstaculización a la labor de los mismos; o dependerá del hallazgo de material prohibido.

 

En uno y otro supuesto, la interpretación claramente sectaria que, desde la parte americana, se hace de la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad, es que, en todo caso, sin necesidad de otros argumentos habrá guerra. Si no aparecen las armas químicas, siempre será porque están escondidas, pero no porque no las haya. Si los servicios secretos dicen que sí las hay, aunque no aparezcan, para el Lord Canciller existirán, pero no se aceptará una equivocación de aquéllos o una información defectuosa; si aparecieran, quedaría confirmada la tesis y se atacaría, y si finalmente nunca existieron, ni se pretendió armarse con ellas, habrá que atacar por prevención.

 

[...] No me siento representado ni por los postulados que inspiran esta atrocidad, ni por las instancias políticas que la autoricen, ni por mi Gobierno, ni por ninguna otra institución que la apoyen. Por ello apostato de quienes dirigen un Estado que no es capaz de contener una locura como la que estamos viviendo; de un Gobierno que, entre surcos de negro vertido, y con una tendencia al reino de la seguridad a secas, sin término para la libertad o las garantías, y que goza de una posición privilegiada en el Consejo de Seguridad de la ONU, es incapaz de alzar la voz, que sin duda encontraría eco, para oponerse a la bota militar que amenaza con pisotearnos y destruirnos como pueblo y como sociedad de valores de pronta democracia y reciente libertad; y lo hago porque está en juego nuestra dignidad como personas y como ciudadanos de un país que durante más de 40 años sufrió una dura dictadura; y lo hago porque soy yo y mis hijos quienes vamos a pagar parte de esta guerra; y lo hago porque la misma ni es legítima, ni justa, y claramente quebranta la legalidad internacional y atenta contra la humanidad; y lo hago porque mi Gobierno no es capaz de exigir a EU que cumplan con la Declaración Universal de Derechos Humanos respecto de los detenidos en Guantánamo, o con los detenidos sin derechos y en prisiones desconocidas, por el simple hecho de su ascendencia étnica o por su estancia irregular en el país. Ésta sería razón suficiente para no prestar apoyo militar a quienes están en esta dinámica perversa, porque indirectamente se contribuye a esa ruptura de la legalidad internacional; y lo hago, por último, porque no han sido capaces de oponerse a las exigencias de la administración Bush, en el ámbito de aplicación de la Corte Penal Internacional, admitiendo de hecho zonas de impunidad que deben avergonzarnos.

 

[...] Nos habrán embarcado en otra guerra para tener ocupadas nuestras frágiles mentes, y para que no recordemos los años del embargo y de miseria del pueblo iraquí, y para que olvidemos que éstos fueron decretados por un Occidente que, una vez más, ha demostrado lo inútil de unas medidas sin sentido, que al final no han sido capaces de acabar con el régimen de Sadam, y han matado de hambre física y cultural a todo un pueblo. Y ahora, 12 años después, vuelven a decirnos que se quiere salvar a éste –siempre se pone al pueblo como excusa para las rebeliones y las revoluciones, pero siempre se le reprime– y simultáneamente se ofrece un exilio dorado y con salvoconducto que garantice la impunidad a la bestia que, teóricamente los ha esclavizado. La historia se repite, antes con países latinoamericanos o africanos, y ahora con clones asiáticos.

 

¿Por qué no se ha constituido un Tribunal Internacional ad hoc para juzgar los supuestos crímenes de Sadam? ¿Por qué no someterse a la decisión de éste? ¿O es que lo que ahora conviene es probar nuevas técnicas militares y armamento sofisticado y conseguir con la victoria una posición geoestratégica idónea en una región tan explosiva, pero a la vez tan rica en oro negro, como la de Oriente Próximo?

 

Su Santidad Juan Pablo II se ha mostrado claramente opuesto a la guerra y decía que Irak era tierra de profetas, pero, más que de profetas es tierra de personas inocentes, de víctimas que nunca entenderán por qué mueren en la miseria desde hace años, o por qué no se declara la guerra a la pobreza, a la marginación y a la corrupción; o por qué países como los denominados democráticos occidentales no somos capaces de utilizar la diplomacia, la cooperación, la aproximación entre pueblos para acabar con un tirano; y por qué sólo aprovechamos el recurso a una guerra que lo es también, y esencialmente, contra Occidente, contra nuestra historia y contra muchos valores esenciales para todos.

[...] Frente a una catástrofe de efectos imprevisibles, el silencio no es una opción.

 

«Con Irak, estamos inaugurando el imperio mundial americano»

 

 

Se está hablando mucho de Irak

Norman Mailer (3)

 

No soy partidario de la guerra. Siempre pensé que tenía que haber algo por debajo en la inquina de la administración Bush hacia Irak. Hace algún tiempo se decía que Irak constituía una amenaza nuclear. Ahora se dice que ya no lo es. Después, la gente de Bush comenzó a proclamar el enorme peligro de un ataque bioquímico contra nosotros, pero no consiguió demostrar que Irak esté dispuesto a realizar esta terrible posibilidad. Y por último, han lanzado otra acusación: Irak es la cueva de los terroristas. Si yo fuese Sadam, las últimas personas a las que querría en mi país sería a los terroristas de otros países.

 

Me ha sorprendido un artículo que subrayaba que todo el mundo se pregunta por qué no hay un plan sobre lo que se hará en Irak después de ganar la guerra. Y el autor sostenía que ese plan existe. Ocupar Irak durante mucho tiempo. Todo comienza a tener sentido. Porque eso significa que estamos inaugurando el imperio mundial americano. Eso es lo que hay debajo. Y tenga en cuenta que le está hablando un conservador de izquierda.

 

 

[...] ¿Qué habrían hecho los constructores del imperio sin el 11 de septiembre?

No habrían procedido de esta forma. Sin el 11 de septiembre no se habría planteado una guerra contra Irak. Pienso que la Administración Bush estaría pasando apuros. La atención de los medios estaba centrada en los problemas económicos, en el aumento del desempleo, en los escándalos de la Iglesia y de las empresas, en los asesinos en serie de los colegios y en la droga. [...]

 

¿Qué tal?

Carlos Fuentes(4)

 

¿Qué tal si el Gobierno de Ronald Reagan no arma a Sadam Hussein para fortalecer a Irak en contra de los ayatolá iraníes, percibidos en ese momento como los enemigos mortales de los EU en la región? ¿Qué tal si el Gobierno de George Bush padre no arma a Osama ben Laden y al Talibán para luchar en Afganistán contra la presencia del enemigo soviético? ¿Qué tal si los sucesivos gobiernos de los EU le dan un ultimátum al Gobierno de Israel para que devuelva los territorios ocupados, cese la política de asentamientos en territorios palestinos y obedezca las resoluciones 194 y 242 del Consejo de Seguridad de la ONU? ¿Qué tal si los EU defienden desde el primer momento el derecho del pueblo palestino a contar con un Estado propio? ¿Qué tal si un Estado palestino normal, con fronteras seguras y autoridades debidamente elegidas, se convierte en la mejor garantía de paz y seguridad para el Estado de Israel? ¿Qué tal si las agencias de seguridad norteamericanas –FBI y CIA– hacen caso de la información y las advertencias oportunas de sus propios funcionarios menores para evitar la tragedia del 11 de septiembre? ... ¿Qué tal si no existe prueba alguna de conexión entre Al Qaeda y Bagdad? ¿Qué tal si el verdadero refugio de Al Qaeda está en Pakistán, intocable gracias a su oportunista alianza con Washington? ¿Qué tal si no se encuentra prueba en Irak de otras armas que las originalmente otorgadas por los Gobiernos de EU a Sadam Hussein y de las cuales Donald Rumsfeld lleva puntual cuenta? ¿Qué tal si los EU se impacientan con los planes impuestos por la inspección de armas en Irak e inician la guerra contra Sa-dam, con o sin una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU? ¿Qué tal si el Consejo de Seguridad avala el ataque contra Irak y renuncia a toda autoridad futura frente a la hegemonía unipolar de los EU? ¿Qué tal si la opinión pública occidental opuesta en mayorías de hasta el 80 por ciento a la aventura iraquí de Bush, se voltea contra sus propios gobiernos por seguir dócilmente la política bélica de Washington? ¿Qué tal si el «choque de civilizaciones» popularizado por Huntington se desplaza de la oposición Occidente-Islam a la oposición Occidente Europeo-Occidente Norteamericano?

 

[...] ¿Cómo respondería Turquía, país aliado de la OTAN, al súbito desencadenamiento del problema kurdo en sus fronteras con Irak? ¿Cómo responderían los gobiernos de la periferia islámica, desde Argelia hasta Egipto y desde Siria hasta Arabia Saudita, a la implantación de la ocupación militar en Mesopotamia? ¿Y cómo responderían las poblaciones islámicas de la misma región a la percibida subyugación de un país de la fe musulmana a los EU?

 

¿Qué tal si las potencias nucleares menores, desde la India hasta Corea del Norte, aprovechan la distracción norteamericana en Irak para implementar sus propios arsenales? ... ¿Qué tal si Afganistán, desamparado y a medio cocinar, se sigue deteriorando? ¿Qué tal si la guerra norteamericana contra naciones –el famoso «eje» Bagdad-Teherán-Pyongyang–, le abre un frente mundial desprotegido al terrorismo que actúa sin bandera y sin frontera? ¿Qué tal si Rusia y China se sienten amenazados en sus intereses nacionales por un cerco norteamericano? ¿Qué tal si el mundo entero acaba por percibir la acción de Bush en Irak como una petroguerra diseñada para acaparar hasta el 75 por ciento de las reservas de oro negro del mundo? ¿Qué tal si la propia ciudadanía de EU termina por identificar a la actual administración norteamericana como un simple «petropoder» más interesado en proteger los intereses económicos de las compañías representadas, de facto, por Bush y Cheney? ... ¿Qué tal si Sadam Hussein tiene armas de destrucción masiva y no las usa a menos que sea atacado, sabiendo que si las usa será, masivamente, atacado? ¿Qué tal si estamos en el umbral de la Tercera –y última– Guerra Mundial? [...]

 

EU va a la guerra por el petróleo

Jeffrey D. Sachs (5)

 

En el mundo entero, la gente se pregunta cuál es el verdadero motivo detrás de la amenaza de guerra lanzada por el gobierno de George W. Bush contra Irak. ¿Restringir las armas de destrucción masiva? ¿Defender a Israel? ¿Rehacer un Medio Oriente más democrático, tal como insisten en afirmar muchos voceros destacados de la Casa Blanca? ¿Es algo más personal: la venganza de un hijo contra el hombre que intentó asesinar a su padre? ¿O, como algunos sospechan, es echar la zarpa al petróleo iraquí?

 

El gobierno de Bush ha propuesto diversas justificaciones para sus planes, aunque poniendo énfasis, de manera bastante uniforme, en las armas de destrucción masiva. El subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, habla de convertir a Irak en «la primera democracia árabe». Numerosos funcionarios sostienen que las políticas agresivas hacia Irak podrían acabar derrocando a los gobiernos autocráticos del Medio Oriente, del mismo modo en que, supuestamente, el gobierno de Ronald Reagan echó por tierra al «malvado» imperio soviético. [...]

 

[...] En vista de la documentación histórica, cuesta creer que EU vaya a dar al Medio Oriente una nueva estructura democrática. La actual es obra de EU y Europa. Sus déspotas y monarcas deben sus puestos a las maquinaciones y connivencias de Occidente. Aun cuando EU marchase a la guerra enarbolando la bandera de la democracia, probablemente los resultados serán menos gloriosos: terminará siendo una guerra por el petróleo iraquí.

 

A lo largo del siglo XX, el petróleo se antepuso a la autodeterminación, la democracia y la reforma económica entre los pueblos árabes. Cuando los ingleses sedujeron a sus caudillos para que combatieran por el Imperio Británico en la Primera Guerra Mundial, a su término no los recompensaron concediéndoles la soberanía, sino imponiéndoles su mandato y el de Francia.

 

Cada vez que una democracia genuina amenazó el control norteamericano sobre las reservas de petróleo de Medio Oriente, Washington la arrojó por la borda. Tomemos por caso el golpe (respaldado por la CIA) contra Mossadegh, el popular primer ministro iraní. En 1951, Mossadegh nacionalizó la industria petrolera iraní. Con ello, provocó el boicot británico al año siguiente y, en 1953, la intervención, apoyada por EU, que lo derrocó y lo envió a prisión.

 

[...] La conducta norteamericana en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central no es menos gráfica. Muchos miembros del gobierno de Bush señalan lo que hicieron en esta región a modo de ejemplo de cómo remodelarán el Medio Oriente. Sin embargo, la democracia nada tiene que ver con la política norteamericana en Asia Central, donde las compañías petroleras y los diplomáticos norteamericanos tropiezan unos con otros en su afán por promover sus negocios en Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán, tres países con regímenes despóticos.

 

Algunos documentos clave, escritos por y para el gobierno de Bush antes del 11 de septiembre de 2001, cuando el análisis del Medio Oriente estaba mucho menos marcado por los temores actuales, abren una buena ventana hacia la política norteamericana de posguerra en Irak. El más interesante es, quizás, un estudio titulado «Desafíos del siglo XXI a la política estratégica en materia de energía», elaborado en forma conjunta por el Instituto James Baker III de Política Pública, de la Universidad Rice, en Texas, y el Consejo de Relaciones Exteriores. El estudio deja en claro dos puntos. Primero: Irak es vital para el flujo de petróleo desde el Medio Oriente, porque se asienta sobre la segunda reserva del mundo (en volumen). Los autores del estudio se angustian porque, de hecho, EU necesita el petróleo iraquí por razones de seguridad económica, pero no puede permitir que Sadam Hussein lo explote por razones de seguridad militar. La inferencia parece obvia: EU necesita un cambio de régimen en Irak por motivos de seguridad energética. En todo el estudio, no figura ni una sola vez la palabra «democracia». [...]

 

¿Sabrá tony cómo son las moscas cuando

devoran cadáveres?

Robert Fisk (6)

 

En el camino a Basora, la televisora ITV filmaba perros salvajes que destrozaban cadáveres de iraquíes. A cada rato, una de estas bestias hambrientas arrancaba delante de nosotros un brazo en estado de descomposición y se echaba a correr con él por el desierto: los dedos muertos dejaban surcos en la arena, los restos de una manga quemada ondeaban al aire.

«Sólo para documentarlo», me dijo el camarógrafo. Claro. Porque ITV jamás mostraría tales imágenes. Las cosas que veíamos –la inmundicia y obscenidad de los cadáveres– no pueden mostrarse. En primer lugar, porque no sería «apropiado» enseñar esta realidad por televisión a la hora del desayuno. En segundo lugar, porque si la televisión la mostrara nadie volvería jamás a respaldar la guerra.

 

Esto ocurrió en 1991. La «carretera de la muerte», llamaban entonces a ese camino. Pero había otra vía paralela que era una «carretera de la muerte» mucho peor, unos kilómetros al este, y que fue cortesía de la fuerza aérea estadounidense, pero nadie la filmó. La única imagen que hubo de estos horrores fue la fotografía de un iraquí carbonizado dentro de su camión. Cuando finalmente se publicó esa fotografía, se volvió una especie de icono, pues representaba exactamente lo que habíamos visto.

 

Para que las bajas iraquíes aparecieran en televisión durante esa guerra del Golfo, ya que hubo otro conflicto entre 1980 y 1988, era necesario que hubieran muerto cuidando caer románticamente de espaldas, con una mano cubriendo el rostro destruido. Como en esas pinturas de la Primera Guerra Mundial de los británicos muertos en el campo de batalla, los iraquíes debían morir de forma benigna y sin heridas evidentes, sin ningún tipo de miseria, sin rastro de mierda, moco o sangre coagulada, si querían aparecer en los noticiarios.

 

Siento rabia hacia esta artimaña. En Qaa, en 1996, cuando los israelíes bombardearon durante 17 minutos a refugiados que estaban dentro de un complejo de la ONU, y mataron a 106 personas, más de la mitad niños, me topé con una joven que abrazaba a un hombre de mediana edad. Estaba muerto. «Mi padre, mi padre», lloraba abrazando su cara. No tenía uno de los brazos ni una pierna...

 

Pero cuando esta escena llegó a las pantallas de televisión europeas y estadounidenses la cámara hizo un acercamiento sobre la cara de la muchacha y del muerto. Las amputaciones no fueron mostradas. La causa de la muerte fue borrada en aras del buen gusto. Era como si el hombre hubiera muerto de cansancio; con la cabeza apoyada sobre el hombro de su hija para morir en paz.

Hoy, cuando escucho las amenazas de George W. Bush contra Irak y las estridentes advertencias moralistas de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de esta terrible realidad? ¿Acaso George, quien declinó servir a su país en Vietnam, tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres? ¿Tiene Tony alguna pálida noción de cómo son las moscas, esos insectos grandes y azules que se alimentan de los muertos en el Medio Oriente, y que se te paran en la cara o en la libreta?

 

Los soldados sí lo saben. Recuerdo a un militar que pidió prestado el teléfono de la BBC tras la liberación de Kuwait, en 1991. Le habló a su familia en Inglaterra mientras yo lo observaba detenidamente. «He visto cosas horribles», dijo, y después tuvo un colapso nervioso; lloraba y temblaba, soltó el teléfono, que se quedó colgando de su mano. ¿Tendría su familia idea de lo que decía? No lo habrían entendido viendo la televisión.

 

[...] Nuestra gloriosa y patriótica población –aunque sólo cerca de 20 por ciento respalde la actual locura iraquí– ha estado siempre protegida de la realidad de las muertes violentas. Pero yo estoy muy sorprendido por el número de cartas que recibo de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, hombres y mujeres, todos opuestos a esta nueva guerra iraquí, y que comparten conmigo sus inalienables recuerdos de miembros destrozados y sufrimientos.

 

Recuerdo a un iraní herido, con un trozo de hierro incrustado en la frente, que aullaba como animal –que desde luego, eso es lo que todos somos– antes de morir; a un niño palestino que simplemente se derrumbó delante de mí cuando un soldado israelí le disparó a matar –deliberada y fríamente, con intención asesina- porque arrojó una piedra.

 

Y recuerdo a una israelí con la pata de una mesa clavada en el abdomen afuera de una pizzería de Jerusalén, después de que un atacante palestino decidió ejecutar a los que allí comían... La pestilencia de esos cadáveres invadió nuestro helicóptero hasta que vomitamos. Y también recuerdo, en Argelia, al joven que me mostró el rastro negro y grueso que dejó la sangre de su hija cuando «islamitas» armados la degollaron.

 

Pero George W. Bush, Tony Blair, Dick Cheney, Jack Straw y todos los demás guerreritos no tienen que pensar en estas viles imágenes. Para ellos todo es «bombardeos quirúrgicos», «daños colaterales» y todos los demás ejemplos de la mendacidad lingüística propia de la guerra.

 

Vamos a tener una guerra justa, vamos a liberar al pueblo de Irak –obviamente también mataremos a parte de él– y vamos a darle democracia y a proteger su riqueza petrolera. Fingiremos que hay juicios por crímenes de guerra y vamos a ser siempre muy morales; veremos por televisión a nuestros «expertos» en defensa en sus trincheras sin sangre y escucharemos sus asombrosos conocimientos sobre armas que arrancan cabezas.

 

Recuerdo también la cabeza de un refugiado albano, rebanada limpiamente por los estadounidenses cuando bombardearon –por accidente, claro está– un convoy de refugiados en Kosovo, en 1999. Pensaron que se trataba de una unidad militar serbia. La cabeza barbada yacía en el pasto crecido, con los ojos abiertos; parecía haber sido cortada por un verdugo de los Tudor.

 

La OTAN, por supuesto, no le pidió perdón a la familia del hombre ni tampoco a la muchacha. Nadie pide perdón después de una guerra. Nadie admite la verdad. Nadie muestra lo que nosotros vemos. Por eso nuestros líderes y superiores pueden todavía convencernos de que vayamos a la guerra.

 

 

Guerra y mercadotecnia

Juan Goytisolo (7)

 

Lo leemos y escuchamos a diario desde hace meses, en todas las variantes y registros posibles: «la llamada de la historia» y «del Dios bondadoso de Quien emanan la vida y la historia» exige a EU, una nación «fuerte y poderosa», que se sacrifique por «la libertad de los extranjeros» y «libere al bravo y oprimido pueblo iraquí de la tiranía», porque «un futuro vivido a merced de terribles amenazas, no es paz... Si se nos impone la guerra, combatiremos por una causa justa, y con medios justos, respetando, en lo posible, a los inocentes».

Las invocaciones mesiánicas o apocalípticas a una guerra que traerá la paz, a la defensa preventiva mediante un dispositivo bélico que, se nos dice, ablandará al agresor con una lluvia de 3.000 bombas inteligentes y repetirá la hazaña de hace doce años con un poder destructivo diez veces superior, se justifican, según Bush, por la existencia de un terrorífico arsenal que los inspectores enviados por el Consejo de Seguridad de la ONU no alcanzaran a localizar. Y con razón: «Una probeta, un tubo, un contenedor clandestinamente introducidos bastarían para provocar una jornada de horror», advierte el presidente. Pero, ¿cómo encontrar estas probetas, tubos y contenedores de armas prohibidas en fábricas y laboratorios ruinosos y semiabandonados, «cuando miles de agentes de seguridad iraquíes trabajan ocultando documentos y materiales a los inspectores»? Las pruebas ultrasecretas de la superpotecia, proclaman, no pueden revelarse. Sólo las conoce el Dios bondadoso padrino de Norteamérica y se exhibirán a posteriori, cuando la bandera de la libertad y la democracia ondee en Bagdad y, a «cambio de chicles o chocolates a niños que hayan visto movimientos extraños», éstos revelarán el lugar exacto de los arsenales. (Eso no es cuento mío: lo he leído en este periódico en boca de un alto responsable de la operación redentora).

Embadurnada de la marea negra informativa, la opinión pública europea asiste estupefacta a la matanza anunciada de las víctimas de un déspota que no eligió. Como en 1991, no habrá imágenes reales de lo que acaezca, sino una videoguerra filmada en estudio y con efectos especiales. Se mencionarán de pasada los «daños colaterales» de la cruzada, omitiendo no obstante, como entonces, sus «detalles» más crudos: los centenares de soldados iraquíes enterrados vivos por las apisonadoras, como acaeció en los días de la ofensiva final de Bush padre y lo ocurrido dos días después de firmarse el armisticio en la carretera de Kuwait a Basora. Sobre todo, se escamotearán las palabras esenciales de esta muy peculiar guerra santa contra la cabeza visible del eje del mal: petróleo y sangre. [...]

 

La guerra

Eduardo Galeano (8)

 

Seré curioso. A mediados del año pasado, mientras esta guerra se estaba incubando, George W. Bush declaró que «debemos estar listos para atacar en cualquier oscuro rincón del mundo». Irak es, pues, un oscuro rincón del mundo. ¿Creerá Bush que la civilización nació en Texas y que sus compatriotas inventaron la escritura? ¿Nunca escuchó hablar de la biblioteca de Nínive, ni de la torre de Babel, ni de los jardines colgantes de Babilonia? ¿No escuchó ni uno solo de los cuentos de Las Miil y una Noches de Bagdad?

 

¿Quién lo eligió presidente del planeta? A mí, nadie me llamó a votar en esas elecciones. ¿Y a ustedes?

 

¿Elegiríamos a un presidente sordo? ¿A un hombre incapaz de escuchar nada más que los ecos de su voz? ¿Sordo ante el trueno incesante de millones y millones de voces que en las calles del mundo están declarando la paz a la guerra?

 

Ni siquiera ha sido capaz de escuchar el cariñoso consejo de Günter Grass.

El escritor alemán, comprendiendo que Bush tenía necesidad de demostrar algo muy importante ante su padre, le recomendó que consultara a un sicoanalista en lugar de bombardear Irak.

 

En 1898, el presidente William McKinley declaró que Dios le había dado la orden de quedarse con las islas Filipinas, para civilizar y cristianizar a sus habitantes. McKinley dijo que habló con Dios mientras caminaba, a medianoche, por los corredores de la Casa Blanca. Más de un siglo después, el presidente Bush asegura que Dios está de su lado en la conquista de Irak.

 

¿A qué hora y en qué lugar recibió la palabra divina?

 

¿Y por qué Dios habrá dado órdenes tan contradictorias a Bush y al Papa de Roma?

 

Se declara la guerra en nombre de la comunidad internacional, que está harta de guerras. Y, como de costumbre, se declara la guerra en nombre de la paz.

No es por el petróleo, dicen. Pero si Irak produjera rabanitos en lugar de petróleo, ¿a quién se le ocurriría invadir ese país?

 

Bush, Dick Cheney y la dulce Condoleezza Rice, ¿habrán renunciado realmente a sus altos empleos en la industria petrolera? ¿Por qué esta manía de Tony Blair contra el dictador iraquí? ¿No será porque hace 30 años Saddam Hussein nacionalizó la británica Irak Petroleum Company? ¿Cuántos pozos espera recibir José María Aznar en el próximo reparto?

 

La sociedad de consumo, borracha de petróleo, tiene pánico al síndrome de abstinencia. En Irak, el elixir negro es el menos costoso y, quizá, el más cuantioso.

 

En una manifestación pacifista, en Nueva York, un cartel pregunta: «¿Por qué el petróleo nuestro está bajo las arenas de ellos?»

 

Estados Unidos ha anunciado una larga ocupación militar, después de la victoria. Sus generales se harán cargo de establecer la democracia en Irak.

¿Será una democracia igual a la que regalaron a Haití, República Dominicana o Nicaragua? Ocuparon Haití durante 19 años y fundaron un poder militar que desembocó en la dictadura de Francoise Duvalier. Ocuparon República Dominicana durante nueve años y fundaron la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

 

Ocuparon Nicaragua durante 21 años y fundaron la dictadura de la familia Somoza.

 

La dinastía de los Somoza, que los marines habían puesto en el trono, duró medio siglo, hasta que en 1979 fue barrida por la furia popular. Entonces, el presidente Ronald Reagan montó a caballo y se lanzó a salvar a su país amenazado por la revolución sandinista. Nicaragua, pobre entre los pobres, tenía, en total, cinco ascensores y una escalera mecánica, que no funcionaba. Pero Reagan denunció que Nicaragua era un peligro; y mientras él hablaba, la televisión mostraba un mapa de Estados Unidos tiñéndose de rojo desde el sur, para ilustrar la invasión inminente. El presidente Bush, ¿le copia los discursos que siembran el pánico? ¿Bush dice Irak donde Reagan decía Nicaragua?

 

Títulos de los diarios, en los días previos a la guerra: «Estados Unidos está pronto a resistir el ataque».

 

Récord de ventas de cintas aislantes, máscaras antigás, píldoras antirradiaciones... ¿Por qué tiene más miedo el verdugo que la víctima?

 

¿Sólo por este clima de histeria colectiva? ¿O tiembla porque presiente las consecuencias de sus actos? ¿Y si el petróleo iraquí incendiara el mundo?

 

¿No será esta guerra la mejor vitamina que el terrorismo internacional está necesitando?

 

Nos dicen que Sadam Hussein alimenta a los fanáticos de Al Qaeda. ¿Un criadero de cuervos para que le arranquen los ojos? Los fundamentalistas islámicos lo odian. Es satánico un país donde se ven películas de Hollywood, muchos colegios enseñan inglés, la mayoría musulmana no impide que los cristianos anden con la cruz al pecho y no es muy raro ver mujeres con pantalones y blusas audaces.

 

No hubo ningún iraquí entre los terroristas que volaron las torres de Nueva York. Casi todos eran de Arabia Saudita, el mejor cliente de Estados Unidos en el mundo. También es saudita Bin Laden, ese villano que los satélites persiguen mientras huye a caballo por el desierto, y que dice presente cada vez que Bush necesita sus servicios de ogro profesional.

 

¿Sabía usted que el presidente Dwight D. Eisenhower dijo, en 1953, que la «guerra preventiva» era un invento de Adolfo Hitler? Afirmó: «Francamente, yo no me tomaría en serio a nadie que me viniera a proponer una cosa semejante».

Estados Unidos es el país que más armas fabrica y vende en el mundo. Es,también, la única nación que ha arrojado bombas atómicas contra la población civil. Y siempre está, por tradición, en guerra contra alguien.

¿Quién amenaza la paz universal? ¿Irak?

 

¿Irak no respeta las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU)? ¿Las respeta Bush, que acaba de propinar la más espectacular patada a la legalidad internacional? ¿Las respeta Israel, país especializado en ignorarlas?

Irak ha desconocido 17 resoluciones de la ONU. Israel, 64. ¿Bombardeará Bush a su más fiel aliado?

 

Irak fue arrasado, en 1991, por la guerra de Bush padre, y hambreado por el bloqueo posterior. ¿Qué armas de destrucción masiva puede esconder este país masivamente destruido?

 

Israel, que desde 1967 usurpa tierras palestinas, cuenta con un arsenal de bombas atómicas que le garantizan la impunidad. Y Pakistán, otro fiel aliado que además es un notorio nido de terroristas, exhibe sus propias ojivas nucleares. Pero el enemigo es Irak, porque «podría tener» esas armas. Si las tuviera, como Corea del Norte proclama que las tiene, ¿se animarían a atacarlo?

 

¿Y las armas químicas y biológicas? ¿Quién vendió a Saddam Hussein las cepas para fabricar los gases venenosos que asfixiaron a los kurdos, y los helicópteros para arrojar esos gases? ¿Por qué Bush no muestra los recibos?

 

En aquellos años, guerra contra Irán, guerra contra los kurdos, ¿era Sa-dam menos dictador de lo que es ahora? Hasta Donald Rumsfeld lo visitaba en misión de amistad. ¿Por qué los kurdos son conmovedores ahora, y antes no?

¿Y por qué sólo son conmovedores los kurdos de Irak, y no los kurdos mucho más numerosos que sacrificó Turquía?

 

Rumsfeld, actual Secretario de Defensa, anuncia que su país usará «gases no letales» contra Irak. ¿Serán gases tan poco letales como esos que Vladimir Putin usó, el año pasado, en el teatro de Moscú, y que mataron a más de cien rehenes?

 

Durante unos cuantos días, Naciones Unidas cubrió con una cortina el Guernica de Picasso, para que esa desagradable escenografía no perturbara los toques de clarín de Colin Powell.

 

¿De qué tamaño será la cortina que esconderá la carnicería de Irak, según la censura total que el Pentágono ha impuesto a los corresponsales de guerra?

 

¿A dónde irán las almas de las víctimas iraquíes? Según el reverendo Billy Graham, asesor religioso del presidente Bush y agrimensor celestial, el paraíso es más bien chico: mide nada más que mil 500 millas cuadradas. Pocos serán los elegidos. Adivinanza: ¿Cuál será el país que ha comprado casi todas las entradas?

 

Y una pregunta final, que pido prestada a John Le Carré:

 

–¿Van a matar a mucha gente, papá? –-Nadie que conozcas, querido. Sólo extranjeros.

 

           Notas

 

 Escritor británico. El País, Madrid,  20 de enero de 2003.

 

2   Magistrado español. El País, 27 de enero de 2003.

 

3  Considerado por muchos como el novelista vivo más carismático de EU. Ha recibido dos premios Pulitzer y en su extensa obra se encuentran títulos como Los desnudos y los muertos, Los ejércitos de la noche y la más reciente El evangelio según el Hijo. Entrevista concedida a Taki Theodoracopoulos del Corriere della Sera el 27 de enero de 2003.

 

4  El País, 3 de febrero de 2003.

 

5 La Nación. Profesor titular de Economía y director de Earth Institute, en la Universidad de Columbia.

 

 

6  Periodista irlandés del diario The Independent.

 

7  Escritor. El País, 12 de febrero de 2003.

 

8  La Jornada, México,19 de marzo de 2003.

 

 

 

 

Regresar