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VOCES
CONTRA LA GUERRA
IRAK IRAK
IRAK IRAK IRAK
IRAK IRAK IRAK
Connotadas voces
provenientes de todas las latitudes e ideologías hicieron público su
repudio al ataque a Irak. Todos los analistas coincidieron en afirmar dos
verdades: Que la guerra tenia por objeto controlar los ricos yacimientos
petrolíferos del Golfo Pérsico y que era al pueblo iraquí a quien
correspondía, de manera soberana, decidir la suerte del dictador Sadam
Hussein.
A continuación presentamos algunas
declaraciones difundidas en las últimas semanas en diarios, revistas y
sitios de Internet de cobertura mundial, en las que junto a la condena se
hacen aproximaciones al análisis de las causas de la arremetida, y una
entrevista realizada en febrero a Clark Kissinger, con motivo de la
publicación de la Declaración de Conciencia de la organización No en
Nuestro Nombre.
Confesiones
de un terrorista
John Le
CarrÉ (1)
Estados
Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica, pero éste es
el peor de cuantos recuerdo: peor que el macartismo, peor que el de Bahía
de Cochinos y, a largo plazo, potencialmente más desastroso que la guerra
de Vietnam. La reacción al 11 de septiembre ha ido más allá de lo que
Osama hubiera esperado en sus sueños más siniestros. Como en la época de
McCarthy, los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EU la
envidia del mundo, están siendo ero-sionados de forma sistemática.
La
persecución de residentes extranjeros en EU sigue a buen ritmo. Personas
«no permanentes» de sexo masculino y origen norcoreano o de Oriente
Próximo desaparecen en cárceles secretas tras acusaciones secretas por la
palabra secreta de los jueces. Palestinos que residen en EU, a quienes
antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y por tanto no deportables,
están siendo entregados a Israel para ser «reasentados» en Gaza y en
Cisjordania, lugares que quizá no hayan pisado jamás.
¿Estamos
jugando al mismo juego aquí en Gran Bretaña? Supongo que sí. Dentro de
treinta años dejarán que lo sepamos. La combinación de la complicidad de
los medios de comunicación estadounidenses con los intereses creados de
las grandes empresas asegura una vez más que un debate que debiera estarse
oyendo en las plazas de todos los pueblos se reduce a los artículos más
sesudos de la prensa de la Costa Oeste de EU: «Ver columna A de la página
27, si es usted capaz de encontrarla en el periódico, y de entenderla».
Ningún
gobierno norteamericano ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al
pecho. Si los servicios de inteligencia no saben nada, ése será el secreto
mejor guardado de todos. Recuerden que se trata de las mismas
organizaciones que nos mostraron el mayor fracaso en la historia de la
inteligencia: el 11-S. Esta guerra inminente estaba planeada años antes de
que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible. Sin
Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan
peliagudos como la forma en que logró salir elegido; Enron; sus
desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio
irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un
sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá
también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio
continuado por las resoluciones de la ONU.
Pero,
oportunamente, Osama barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan
de nuevo. Se dice que el 88 por ciento de los norteamericanos apoya la
guerra. El presupuesto de Defensa de EU ha aumentado en 60.000 millones de
dólares, hasta alcanzar alrededor de los 360.000 millones de dólares. De
las fábricas está saliendo una espléndida nueva generación de armas
nucleares americanas, preparadas para responder igualmente a las armas
nucleares, químicas y biológicas en manos de Estados irresponsables. Así
que todos podemos respirar tranquilos.
Y EU no sólo
decide unilateralmente quién puede y quién no puede poseer estas armas.
También se reserva el derecho unilateral de utilizar sin escrúpulos sus
propias armas nucleares cuando quiera y donde quiera siempre que considere
amenazados sus intereses, los de sus amigos o sus aliados. ¿Quiénes
exactamente van a ser estos amigos y aliados en los próximos años? Será,
como siempre en política, algo parecido a un acertijo. Uno se hace buenos
amigos y aliados, así que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya
no son ni amigos ni aliados, así que se les manda una bomba nuclear.
Merece la
pena recordar aquí cuántas horas de profunda reflexión empleó el gabinete
de EU en decidir si debía atacar Afganistán con armas nucleares en los
días siguientes al 11-S. Afortunadamente para todos nosotros, pero
particularmente para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho
menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas con sólo 25.000
toneladas de las llamadas cortamargaritas convencionales, que, según todos
los testimonios, producen, en cualquier caso, tanta destrucción como una
bomba nuclear pequeña. Pero la próxima vez será de verdad.
Un asunto
mucho menos claro es cuál es exactamente la guerra que el 88 por ciento de
los norteamericanos piensa que está apoyando. ¿Una guerra que durará
cuánto, por favor? ¿A qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A qué
precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano? ¿A qué precio
(porque la mayor parte de este 88 por ciento es gente profundamente
decente y humanitaria) en vidas de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un
secreto de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a Irak al menos el
doble de las vidas que perdió EU en toda la guerra de Vietnam.
El modo en
que Bush y su junta consiguieron desviar la ira de EU contra Osama Bin
Laden hacia Sadam Hussein es uno de los grandes trucos de prestidigitación
en relaciones públicas de la historia. Pero les salió bien. Una encuesta
reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora que Sadam fue
responsable del ataque al World Trade Center.
Pero la
opinión pública norteamericana no sólo está siendo engañada. Está siendo
amenazada, acosada, reprendida y mantenida en un permanente estado de
ignorancia y de miedo y, consecuentemente, de dependencia de sus líderes.
Esta neurosis cuidadosamente orquestada debería, con un poco de suerte,
llevar cómodamente a Bush y a sus compañeros de conspiración hasta las
siguientes elecciones. Los que no están con el señor Bush están contra él.
O, lo que es peor, están con el enemigo. Cosa rara, porque yo estoy
completamente en contra de Bush, pero me encantaría ver la caída de Sadam
–sólo que no según los términos de Bush y no según sus métodos–. Y tampoco
bajo una bandera de tan escandalosa hipocresía. Un colonialismo de EU al
viejo estilo está a punto de extender sus alas de hierro sobre todos
nosotros. Hay ahora más americanos impasibles infiltrándose en pueblos que
nada sospechan de los que había en el momento más tenso de la Guerra Fría.
La gazmoñería religiosa con la que van a enviar a las tropas
estadounidenses al frente quizá sea el aspecto más nauseabundo de esta
surrealista guerra que se acerca. Bush tiene a Dios agarrado por el
cuello.
Y Dios tiene
opiniones políticas muy particulares.
Dios eligió a
EU para salvar al mundo de la manera que más convenga a EU. Dios eligió a
Israel como nexo de la política norteamericana en Oriente Próximo. Y quien
quiera poner en duda esta idea: a) es un antisemita, b) es un
antiamericano, c) está con el enemigo y d) es un terrorista. [...]
¿Quieren más
datos? George W. Bush. 1978-84: alto ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration,
una compañía de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo de la compañía de
petróleo Harken. Dick Cheney. 1995-2000: presidente ejecutivo de la
compañía de petróleo Halliburton. Condolezza Rice. 1991-2000: alta
ejecutiva de la compañía de petróleo Chevron, que bautizó un petrolero con
su nombre.
Y la lista
sigue.
Sin embargo,
ninguna de estas vinculaciones insignificantes afecta la integridad del
trabajo de Dios... En 1993, mientras el ex presidente George Bush hacía
una visita de cortesía al siempre democrático reino de Kuwait para que le
dieran las gracias por liberar al país, alguien intentó matarlo. La CIA
cree que ese «alguien» era Sadam. De ahí que Bush junior exclamara: «Ese
hombre intentó matar a mi papá». Pero esta guerra no es personal. Es
necesaria. Se trata del trabajo de Dios. Se trata de llevar la libertad y
la democracia al pueblo iraquí, pobre y oprimido.
Para ser
aceptado como miembro del equipo de Bush parece que también hay que creer
en el Bien Absoluto y en el Mal Absoluto, y Bush, con un montón de ayuda
de sus amigos, de su familia y de Dios, está ahí para ayudarnos a
distinguir lo uno de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por escribir
esto, pero tendré que averiguarlo.
Lo que Bush
no nos dirá es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra. Lo que está
en juego no es un eje del mal, sino petróleo, dinero y las vidas de la
gente. La tragedia de Sadam es estar sentado sobre el segundo yacimiento
de petróleo más grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las
reservas de gas natural más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y quien
le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le
ayude, no la recibirá.
Si Sadam no
tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos.
Otros líderes lo hacen todos los días –pensemos en Turquía, en Siria,
Egipto, Pakistán, pero éstos son nuestros amigos y aliados–. Sospecho que
en realidad Bagdad no representa ningún peligro cercano y real para sus
vecinos, y tampoco para EU o Gran Bretaña. Lo que está en juego no es una
amenaza militar o terrorista inminente, sino el imperativo económico del
crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la necesidad de EU de
demostrar su enorme poder militar a Europa y a Rusia y a China y a la
pobrecita loca de Corea del Norte, así como a Oriente Próximo; mostrar
quién manda dentro de EU y quién debe someterse a EU en el exterior.
[...] En la
Gran Bretaña del Partido Único, Tony Blair fue elegido líder supremo con
una participación bají-sima, de alrededor de un cuarto del electorado. En
caso de darse la misma apatía pública y los lamentables resultados de los
partidos de la oposición en las próximas elecciones, Blair o sus sucesores
lograrán un poder absoluto similar con una proporción incluso más pequeña
de los votos. Resulta absolutamente risible que, en un momento en el que
sus propias palabras han puesto a Blair contra las cuerdas, ninguno de los
líderes de la oposición británicos sea capaz de toserle. Pero ésa es la
tragedia británica, la misma que la de EU: mientras nuestros gobiernos
manipulan, mienten y pierden su credibilidad, y las supuestas alternativas
parlamentarias se limitan a hacer maniobras para no quedarse fuera de la
foto, el electorado simplemente se encoge de hombros y mira hacia otro
lado. Los políticos nunca se creen lo poco que consiguen engañarnos. [...]
El ataque de
los clones
Baltasar
Garzón Real(2)
Hace unos
meses fui con mi hijo a ver la película de George Lucas que titula este
artículo; por aquel entonces se comenzaba a hablar de la guerra de Irak,
uno de los temidos extremos del eje del mal –se supone que Irán,
geográficamente en medio, es el centro y el otro extremo, Corea del
Norte–.
En aquel
momento pensé que si se llegaba al estado actual de cosas es que la
demencia se habría instalado definitivamente en el mundo, y, en esta
situación «los Jedi» no podrían contener al lado oscuro de la «Fuerza»,
representado por el poderoso Lord Canciller (George W. Bush), quien a
través de inconfesables alianzas, o por lo menos con desconocidas
informaciones altamente secretas, controlaría un Parlamento aún
coaccionado por el impacto del terrorismo y sometido al poderoso líder,
con unos medios de comunicación –con algunas excepciones– acríticos; y una
opinión pública –la estadounidense–, adormecida y aterrorizada, que ya no
sabe si Osama Ben Laden es iraquí o talibán, o si fue él o Sadam Hussein
quien ordenó el ataque a las Torres Gemelas, y que estaría dispuesta a
acabar con el enemigo árabe-islámico-musulmán externo, personificado en la
película por la terrible alianza de los separatistas y la Federación de
Comercio. Para ello, continuando con el símil cinematográfico, el Lord
Canciller Syrius y su estado mayor prepararían un gran ejército de clones
dispuestos a morir, por la libertad y la democracia, cuando la realidad es
que quien arma a ese ejército con medios altamente sofisticados y lo manda
a la guerra estaría trabajando en contra de una y de otra. Sería
interesante hacer una encuesta entre los más de 150.000 soldados
desplegados en el Golfo Pérsico para averiguar si saben por quién o por
qué luchan; estoy seguro de que los resultados serían escandalosos en
contra de quienes les mandan.
[...] Ésta es
la cruda realidad. Frente a una absurda dinámica de prisas y carreras,
cual si estuviéramos en periodo de instrucción militar con un sargento de
rostro terrible martilleán-donos a gritos al marcar el paso, lo
desconocemos absolutamente todo, aunque parece que ya poseyéramos todo el
conocimiento, por los miles y miles de párrafos escritos y habla-dos. Sin
embargo, sólo el socio privilegiado de Washington, Tony Blair, la otrora
esperanza blanca de la izquierda europea y su tercera vía, y ahora
convertido en mero comparsa militarista del dios americano, parece saber
algo. Y, ello suministrado por unos servicios secretos cuya efectividad
deja mucho que desear, con licencia para matar, y, por tanto para mentir;
faltaría más.
¿Quién
controla la actividad de dichos servicios? ¿Cómo se ha obtenido, y a
cambio de qué, la información que está sirviendo de base para desencadenar
la guerra final entre dos mundos? Y, si fuera cierta, ¿por qué razón se ha
ocultado esta situación durante tanto tiempo a la comunidad internacional?
¿acaso ésta no debería decir algo?
[...] Nadie
ha pensado, espero que sí, la barbaridad que constituye el hecho de que
unos informes de un servicio secreto, que ni siquiera podrían valer como
prueba ante la justicia, puedan sin embargo determinar una hecatombe
bélica. Dónde está el derecho de defensa del pueblo de Irak. Es curiosa la
inversión de la carga de la prueba que aquí se ha producido. La decisión
sobre la guerra vendrá acompañada de una supuesta inactividad por parte
del régimen iraquí con los inspectores, o de una obstaculización a la
labor de los mismos; o dependerá del hallazgo de material prohibido.
En uno y otro
supuesto, la interpretación claramente sectaria que, desde la parte
americana, se hace de la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad, es que,
en todo caso, sin necesidad de otros argumentos habrá guerra. Si no
aparecen las armas químicas, siempre será porque están escondidas, pero no
porque no las haya. Si los servicios secretos dicen que sí las hay, aunque
no aparezcan, para el Lord Canciller existirán, pero no se aceptará una
equivocación de aquéllos o una información defectuosa; si aparecieran,
quedaría confirmada la tesis y se atacaría, y si finalmente nunca
existieron, ni se pretendió armarse con ellas, habrá que atacar por
prevención.
[...] No me
siento representado ni por los postulados que inspiran esta atrocidad, ni
por las instancias políticas que la autoricen, ni por mi Gobierno, ni por
ninguna otra institución que la apoyen. Por ello apostato de quienes
dirigen un Estado que no es capaz de contener una locura como la que
estamos viviendo; de un Gobierno que, entre surcos de negro vertido, y con
una tendencia al reino de la seguridad a secas, sin término para la
libertad o las garantías, y que goza de una posición privilegiada en el
Consejo de Seguridad de la ONU, es incapaz de alzar la voz, que sin duda
encontraría eco, para oponerse a la bota militar que amenaza con
pisotearnos y destruirnos como pueblo y como sociedad de valores de pronta
democracia y reciente libertad; y lo hago porque está en juego nuestra
dignidad como personas y como ciudadanos de un país que durante más de 40
años sufrió una dura dictadura; y lo hago porque soy yo y mis hijos
quienes vamos a pagar parte de esta guerra; y lo hago porque la misma ni
es legítima, ni justa, y claramente quebranta la legalidad internacional y
atenta contra la humanidad; y lo hago porque mi Gobierno no es capaz de
exigir a EU que cumplan con la Declaración Universal de Derechos Humanos
respecto de los detenidos en Guantánamo, o con los detenidos sin derechos
y en prisiones desconocidas, por el simple hecho de su ascendencia étnica
o por su estancia irregular en el país. Ésta sería razón suficiente para
no prestar apoyo militar a quienes están en esta dinámica perversa, porque
indirectamente se contribuye a esa ruptura de la legalidad internacional;
y lo hago, por último, porque no han sido capaces de oponerse a las
exigencias de la administración Bush, en el ámbito de aplicación de la
Corte Penal Internacional, admitiendo de hecho zonas de impunidad que
deben avergonzarnos.
[...] Nos
habrán embarcado en otra guerra para tener ocupadas nuestras frágiles
mentes, y para que no recordemos los años del embargo y de miseria del
pueblo iraquí, y para que olvidemos que éstos fueron decretados por un
Occidente que, una vez más, ha demostrado lo inútil de unas medidas sin
sentido, que al final no han sido capaces de acabar con el régimen de
Sadam, y han matado de hambre física y cultural a todo un pueblo. Y ahora,
12 años después, vuelven a decirnos que se quiere salvar a éste –siempre
se pone al pueblo como excusa para las rebeliones y las revoluciones, pero
siempre se le reprime– y simultáneamente se ofrece un exilio dorado y con
salvoconducto que garantice la impunidad a la bestia que, teóricamente los
ha esclavizado. La historia se repite, antes con países latinoamericanos o
africanos, y ahora con clones asiáticos.
¿Por qué no
se ha constituido un Tribunal Internacional ad hoc para juzgar los
supuestos crímenes de Sadam? ¿Por qué no someterse a la decisión de éste?
¿O es que lo que ahora conviene es probar nuevas técnicas militares y
armamento sofisticado y conseguir con la victoria una posición
geoestratégica idónea en una región tan explosiva, pero a la vez tan rica
en oro negro, como la de Oriente Próximo?
Su Santidad
Juan Pablo II se ha mostrado claramente opuesto a la guerra y decía que
Irak era tierra de profetas, pero, más que de profetas es tierra de
personas inocentes, de víctimas que nunca entenderán por qué mueren en la
miseria desde hace años, o por qué no se declara la guerra a la pobreza, a
la marginación y a la corrupción; o por qué países como los denominados
democráticos occidentales no somos capaces de utilizar la diplomacia, la
cooperación, la aproximación entre pueblos para acabar con un tirano; y
por qué sólo aprovechamos el recurso a una guerra que lo es también, y
esencialmente, contra Occidente, contra nuestra historia y contra muchos
valores esenciales para todos.
[...] Frente
a una catástrofe de efectos imprevisibles, el silencio no es una opción.
«Con Irak,
estamos inaugurando el imperio mundial americano»
Se está
hablando mucho de Irak
Norman
Mailer (3)
No soy
partidario de la guerra. Siempre pensé que tenía que haber algo por debajo
en la inquina de la administración Bush hacia Irak. Hace algún tiempo se
decía que Irak constituía una amenaza nuclear. Ahora se dice que ya no lo
es. Después, la gente de Bush comenzó a proclamar el enorme peligro de un
ataque bioquímico contra nosotros, pero no consiguió demostrar que Irak
esté dispuesto a realizar esta terrible posibilidad. Y por último, han
lanzado otra acusación: Irak es la cueva de los terroristas. Si yo fuese
Sadam, las últimas personas a las que querría en mi país sería a los
terroristas de otros países.
Me ha
sorprendido un artículo que subrayaba que todo el mundo se pregunta por
qué no hay un plan sobre lo que se hará en Irak después de ganar la
guerra. Y el autor sostenía que ese plan existe. Ocupar Irak durante mucho
tiempo. Todo comienza a tener sentido. Porque eso significa que estamos
inaugurando el imperio mundial americano. Eso es lo que hay debajo. Y
tenga en cuenta que le está hablando un conservador de izquierda.
[...] ¿Qué
habrían hecho los constructores del imperio sin el 11 de septiembre?
No habrían
procedido de esta forma. Sin el 11 de septiembre no se habría planteado
una guerra contra Irak. Pienso que la Administración Bush estaría pasando
apuros. La atención de los medios estaba centrada en los problemas
económicos, en el aumento del desempleo, en los escándalos de la Iglesia y
de las empresas, en los asesinos en serie de los colegios y en la droga.
[...]
¿Qué tal?
Carlos
Fuentes(4)
¿Qué tal si
el Gobierno de Ronald Reagan no arma a Sadam Hussein para fortalecer a
Irak en contra de los ayatolá iraníes, percibidos en ese momento como los
enemigos mortales de los EU en la región? ¿Qué tal si el Gobierno de
George Bush padre no arma a Osama ben Laden y al Talibán para luchar en
Afganistán contra la presencia del enemigo soviético? ¿Qué tal si los
sucesivos gobiernos de los EU le dan un ultimátum al Gobierno de Israel
para que devuelva los territorios ocupados, cese la política de
asentamientos en territorios palestinos y obedezca las resoluciones 194 y
242 del Consejo de Seguridad de la ONU? ¿Qué tal si los EU defienden desde
el primer momento el derecho del pueblo palestino a contar con un Estado
propio? ¿Qué tal si un Estado palestino normal, con fronteras seguras y
autoridades debidamente elegidas, se convierte en la mejor garantía de paz
y seguridad para el Estado de Israel? ¿Qué tal si las agencias de
seguridad norteamericanas –FBI y CIA– hacen caso de la información y las
advertencias oportunas de sus propios funcionarios menores para evitar la
tragedia del 11 de septiembre? ... ¿Qué tal si no existe prueba alguna de
conexión entre Al Qaeda y Bagdad? ¿Qué tal si el verdadero refugio de Al
Qaeda está en Pakistán, intocable gracias a su oportunista alianza con
Washington? ¿Qué tal si no se encuentra prueba en Irak de otras armas que
las originalmente otorgadas por los Gobiernos de EU a Sadam Hussein y de
las cuales Donald Rumsfeld lleva puntual cuenta? ¿Qué tal si los EU se
impacientan con los planes impuestos por la inspección de armas en Irak e
inician la guerra contra Sa-dam, con o sin una resolución del Consejo de
Seguridad de la ONU? ¿Qué tal si el Consejo de Seguridad avala el ataque
contra Irak y renuncia a toda autoridad futura frente a la hegemonía
unipolar de los EU? ¿Qué tal si la opinión pública occidental opuesta en
mayorías de hasta el 80 por ciento a la aventura iraquí de Bush, se voltea
contra sus propios gobiernos por seguir dócilmente la política bélica de
Washington? ¿Qué tal si el «choque de civilizaciones» popularizado por
Huntington se desplaza de la oposición Occidente-Islam a la oposición
Occidente Europeo-Occidente Norteamericano?
[...] ¿Cómo
respondería Turquía, país aliado de la OTAN, al súbito desencadenamiento
del problema kurdo en sus fronteras con Irak? ¿Cómo responderían los
gobiernos de la periferia islámica, desde Argelia hasta Egipto y desde
Siria hasta Arabia Saudita, a la implantación de la ocupación militar en
Mesopotamia? ¿Y cómo responderían las poblaciones islámicas de la misma
región a la percibida subyugación de un país de la fe musulmana a los EU?
¿Qué tal si
las potencias nucleares menores, desde la India hasta Corea del Norte,
aprovechan la distracción norteamericana en Irak para implementar sus
propios arsenales? ... ¿Qué tal si Afganistán, desamparado y a medio
cocinar, se sigue deteriorando? ¿Qué tal si la guerra norteamericana
contra naciones –el famoso «eje» Bagdad-Teherán-Pyongyang–, le abre un
frente mundial desprotegido al terrorismo que actúa sin bandera y sin
frontera? ¿Qué tal si Rusia y China se sienten amenazados en sus intereses
nacionales por un cerco norteamericano? ¿Qué tal si el mundo entero acaba
por percibir la acción de Bush en Irak como una petroguerra diseñada para
acaparar hasta el 75 por ciento de las reservas de oro negro del mundo?
¿Qué tal si la propia ciudadanía de EU termina por identificar a la actual
administración norteamericana como un simple «petropoder» más interesado
en proteger los intereses económicos de las compañías representadas, de
facto, por Bush y Cheney? ... ¿Qué tal si Sadam Hussein tiene armas de
destrucción masiva y no las usa a menos que sea atacado, sabiendo que si
las usa será, masivamente, atacado? ¿Qué tal si estamos en el umbral de la
Tercera –y última– Guerra Mundial? [...]
EU va a la guerra por
el petróleo
Jeffrey D.
Sachs (5)
En el mundo
entero, la gente se pregunta cuál es el verdadero motivo detrás de la
amenaza de guerra lanzada por el gobierno de George W. Bush contra Irak.
¿Restringir las armas de destrucción masiva? ¿Defender a Israel? ¿Rehacer
un Medio Oriente más democrático, tal como insisten en afirmar muchos
voceros destacados de la Casa Blanca? ¿Es algo más personal: la venganza
de un hijo contra el hombre que intentó asesinar a su padre? ¿O, como
algunos sospechan, es echar la zarpa al petróleo iraquí?
El gobierno
de Bush ha propuesto diversas justificaciones para sus planes, aunque
poniendo énfasis, de manera bastante uniforme, en las armas de destrucción
masiva. El subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, habla de convertir a
Irak en «la primera democracia árabe». Numerosos funcionarios sostienen
que las políticas agresivas hacia Irak podrían acabar derrocando a los
gobiernos autocráticos del Medio Oriente, del mismo modo en que,
supuestamente, el gobierno de Ronald Reagan echó por tierra al «malvado»
imperio soviético. [...]
[...] En
vista de la documentación histórica, cuesta creer que EU vaya a dar al
Medio Oriente una nueva estructura democrática. La actual es obra de EU y
Europa. Sus déspotas y monarcas deben sus puestos a las maquinaciones y
connivencias de Occidente. Aun cuando EU marchase a la guerra enarbolando
la bandera de la democracia, probablemente los resultados serán menos
gloriosos: terminará siendo una guerra por el petróleo iraquí.
A lo largo
del siglo XX, el petróleo se antepuso a la autodeterminación, la
democracia y la reforma económica entre los pueblos árabes. Cuando los
ingleses sedujeron a sus caudillos para que combatieran por el Imperio
Británico en la Primera Guerra Mundial, a su término no los recompensaron
concediéndoles la soberanía, sino imponiéndoles su mandato y el de
Francia.
Cada vez que
una democracia genuina amenazó el control norteamericano sobre las
reservas de petróleo de Medio Oriente, Washington la arrojó por la borda.
Tomemos por caso el golpe (respaldado por la CIA) contra Mossadegh, el
popular primer ministro iraní. En 1951, Mossadegh nacionalizó la industria
petrolera iraní. Con ello, provocó el boicot británico al año siguiente y,
en 1953, la intervención, apoyada por EU, que lo derrocó y lo envió a
prisión.
[...] La
conducta norteamericana en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia
Central no es menos gráfica. Muchos miembros del gobierno de Bush señalan
lo que hicieron en esta región a modo de ejemplo de cómo remodelarán el
Medio Oriente. Sin embargo, la democracia nada tiene que ver con la
política norteamericana en Asia Central, donde las compañías petroleras y
los diplomáticos norteamericanos tropiezan unos con otros en su afán por
promover sus negocios en Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán, tres países
con regímenes despóticos.
Algunos
documentos clave, escritos por y para el gobierno de Bush antes del 11 de
septiembre de 2001, cuando el análisis del Medio Oriente estaba mucho
menos marcado por los temores actuales, abren una buena ventana hacia la
política norteamericana de posguerra en Irak. El más interesante es,
quizás, un estudio titulado «Desafíos del siglo XXI a la política
estratégica en materia de energía», elaborado en forma conjunta por el
Instituto James Baker III de Política Pública, de la Universidad Rice, en
Texas, y el Consejo de Relaciones Exteriores. El estudio deja en claro dos
puntos. Primero: Irak es vital para el flujo de petróleo desde el Medio
Oriente, porque se asienta sobre la segunda reserva del mundo (en
volumen). Los autores del estudio se angustian porque, de hecho, EU
necesita el petróleo iraquí por razones de seguridad económica, pero no
puede permitir que Sadam Hussein lo explote por razones de seguridad
militar. La inferencia parece obvia: EU necesita un cambio de régimen en
Irak por motivos de seguridad energética. En todo el estudio, no figura ni
una sola vez la palabra «democracia». [...]
¿Sabrá tony
cómo son las moscas cuando
devoran cadáveres?
Robert Fisk (6)
En el camino
a Basora, la televisora ITV filmaba perros salvajes que destrozaban
cadáveres de iraquíes. A cada rato, una de estas bestias hambrientas
arrancaba delante de nosotros un brazo en estado de descomposición y se
echaba a correr con él por el desierto: los dedos muertos dejaban surcos
en la arena, los restos de una manga quemada ondeaban al aire.
«Sólo para
documentarlo», me dijo el camarógrafo. Claro. Porque ITV jamás mostraría
tales imágenes. Las cosas que veíamos –la inmundicia y obscenidad de los
cadáveres– no pueden mostrarse. En primer lugar, porque no sería
«apropiado» enseñar esta realidad por televisión a la hora del desayuno.
En segundo lugar, porque si la televisión la mostrara nadie volvería jamás
a respaldar la guerra.
Esto ocurrió
en 1991. La «carretera de la muerte», llamaban entonces a ese camino. Pero
había otra vía paralela que era una «carretera de la muerte» mucho peor,
unos kilómetros al este, y que fue cortesía de la fuerza aérea
estadounidense, pero nadie la filmó. La única imagen que hubo de estos
horrores fue la fotografía de un iraquí carbonizado dentro de su camión.
Cuando finalmente se publicó esa fotografía, se volvió una especie de
icono, pues representaba exactamente lo que habíamos visto.
Para que las
bajas iraquíes aparecieran en televisión durante esa guerra del Golfo, ya
que hubo otro conflicto entre 1980 y 1988, era necesario que hubieran
muerto cuidando caer románticamente de espaldas, con una mano cubriendo el
rostro destruido. Como en esas pinturas de la Primera Guerra Mundial de
los británicos muertos en el campo de batalla, los iraquíes debían morir
de forma benigna y sin heridas evidentes, sin ningún tipo de miseria, sin
rastro de mierda, moco o sangre coagulada, si querían aparecer en los
noticiarios.
Siento rabia
hacia esta artimaña. En Qaa, en 1996, cuando los israelíes bombardearon
durante 17 minutos a refugiados que estaban dentro de un complejo de la
ONU, y mataron a 106 personas, más de la mitad niños, me topé con una
joven que abrazaba a un hombre de mediana edad. Estaba muerto. «Mi padre,
mi padre», lloraba abrazando su cara. No tenía uno de los brazos ni una
pierna...
Pero cuando
esta escena llegó a las pantallas de televisión europeas y estadounidenses
la cámara hizo un acercamiento sobre la cara de la muchacha y del muerto.
Las amputaciones no fueron mostradas. La causa de la muerte fue borrada en
aras del buen gusto. Era como si el hombre hubiera muerto de cansancio;
con la cabeza apoyada sobre el hombro de su hija para morir en paz.
Hoy, cuando
escucho las amenazas de George W. Bush contra Irak y las estridentes
advertencias moralistas de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de esta
terrible realidad? ¿Acaso George, quien declinó servir a su país en
Vietnam, tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres? ¿Tiene Tony
alguna pálida noción de cómo son las moscas, esos insectos grandes y
azules que se alimentan de los muertos en el Medio Oriente, y que se te
paran en la cara o en la libreta?
Los soldados
sí lo saben. Recuerdo a un militar que pidió prestado el teléfono de la
BBC tras la liberación de Kuwait, en 1991. Le habló a su familia en
Inglaterra mientras yo lo observaba detenidamente. «He visto cosas
horribles», dijo, y después tuvo un colapso nervioso; lloraba y temblaba,
soltó el teléfono, que se quedó colgando de su mano. ¿Tendría su familia
idea de lo que decía? No lo habrían entendido viendo la televisión.
[...] Nuestra
gloriosa y patriótica población –aunque sólo cerca de 20 por ciento
respalde la actual locura iraquí– ha estado siempre protegida de la
realidad de las muertes violentas. Pero yo estoy muy sorprendido por el
número de cartas que recibo de veteranos de la Segunda Guerra Mundial,
hombres y mujeres, todos opuestos a esta nueva guerra iraquí, y que
comparten conmigo sus inalienables recuerdos de miembros destrozados y
sufrimientos.
Recuerdo a un
iraní herido, con un trozo de hierro incrustado en la frente, que aullaba
como animal –que desde luego, eso es lo que todos somos– antes de morir; a
un niño palestino que simplemente se derrumbó delante de mí cuando un
soldado israelí le disparó a matar –deliberada y fríamente, con intención
asesina- porque arrojó una piedra.
Y recuerdo a
una israelí con la pata de una mesa clavada en el abdomen afuera de una
pizzería de Jerusalén, después de que un atacante palestino decidió
ejecutar a los que allí comían... La pestilencia de esos cadáveres invadió
nuestro helicóptero hasta que vomitamos. Y también recuerdo, en Argelia,
al joven que me mostró el rastro negro y grueso que dejó la sangre de su
hija cuando «islamitas» armados la degollaron.
Pero George
W. Bush, Tony Blair, Dick Cheney, Jack Straw y todos los demás guerreritos
no tienen que pensar en estas viles imágenes. Para ellos todo es
«bombardeos quirúrgicos», «daños colaterales» y todos los demás ejemplos
de la mendacidad lingüística propia de la guerra.
Vamos a tener
una guerra justa, vamos a liberar al pueblo de Irak –obviamente también
mataremos a parte de él– y vamos a darle democracia y a proteger su
riqueza petrolera. Fingiremos que hay juicios por crímenes de guerra y
vamos a ser siempre muy morales; veremos por televisión a nuestros
«expertos» en defensa en sus trincheras sin sangre y escucharemos sus
asombrosos conocimientos sobre armas que arrancan cabezas.
Recuerdo
también la cabeza de un refugiado albano, rebanada limpiamente por los
estadounidenses cuando bombardearon –por accidente, claro está– un convoy
de refugiados en Kosovo, en 1999. Pensaron que se trataba de una unidad
militar serbia. La cabeza barbada yacía en el pasto crecido, con los ojos
abiertos; parecía haber sido cortada por un verdugo de los Tudor.
La OTAN, por
supuesto, no le pidió perdón a la familia del hombre ni tampoco a la
muchacha. Nadie pide perdón después de una guerra. Nadie admite la verdad.
Nadie muestra lo que nosotros vemos. Por eso nuestros líderes y superiores
pueden todavía convencernos de que vayamos a la guerra.
Guerra y
mercadotecnia
Juan
Goytisolo (7)
Lo leemos y
escuchamos a diario desde hace meses, en todas las variantes y registros
posibles: «la llamada de la historia» y «del Dios bondadoso de Quien
emanan la vida y la historia» exige a EU, una nación «fuerte y poderosa»,
que se sacrifique por «la libertad de los extranjeros» y «libere al bravo
y oprimido pueblo iraquí de la tiranía», porque «un futuro vivido a merced
de terribles amenazas, no es paz... Si se nos impone la guerra,
combatiremos por una causa justa, y con medios justos, respetando, en lo
posible, a los inocentes».
Las
invocaciones mesiánicas o apocalípticas a una guerra que traerá la paz, a
la defensa preventiva mediante un dispositivo bélico que, se nos dice,
ablandará al agresor con una lluvia de 3.000 bombas inteligentes y
repetirá la hazaña de hace doce años con un poder destructivo diez veces
superior, se justifican, según Bush, por la existencia de un terrorífico
arsenal que los inspectores enviados por el Consejo de Seguridad de la ONU
no alcanzaran a localizar. Y con razón: «Una probeta, un tubo, un
contenedor clandestinamente introducidos bastarían para provocar una
jornada de horror», advierte el presidente. Pero, ¿cómo encontrar estas
probetas, tubos y contenedores de armas prohibidas en fábricas y
laboratorios ruinosos y semiabandonados, «cuando miles de agentes de
seguridad iraquíes trabajan ocultando documentos y materiales a los
inspectores»? Las pruebas ultrasecretas de la superpotecia, proclaman, no
pueden revelarse. Sólo las conoce el Dios bondadoso padrino de
Norteamérica y se exhibirán a posteriori, cuando la bandera de la libertad
y la democracia ondee en Bagdad y, a «cambio de chicles o chocolates a
niños que hayan visto movimientos extraños», éstos revelarán el lugar
exacto de los arsenales. (Eso no es cuento mío: lo he leído en este
periódico en boca de un alto responsable de la operación redentora).
Embadurnada
de la marea negra informativa, la opinión pública europea asiste
estupefacta a la matanza anunciada de las víctimas de un déspota que no
eligió. Como en 1991, no habrá imágenes reales de lo que acaezca, sino una
videoguerra filmada en estudio y con efectos especiales. Se mencionarán de
pasada los «daños colaterales» de la cruzada, omitiendo no obstante, como
entonces, sus «detalles» más crudos: los centenares de soldados iraquíes
enterrados vivos por las apisonadoras, como acaeció en los días de la
ofensiva final de Bush padre y lo ocurrido dos días después de firmarse el
armisticio en la carretera de Kuwait a Basora. Sobre todo, se escamotearán
las palabras esenciales de esta muy peculiar guerra santa contra la cabeza
visible del eje del mal: petróleo y sangre. [...]
La guerra
Eduardo Galeano (8)
Seré curioso.
A mediados del año pasado, mientras esta guerra se estaba incubando,
George W. Bush declaró que «debemos estar listos para atacar en cualquier
oscuro rincón del mundo». Irak es, pues, un oscuro rincón del mundo.
¿Creerá Bush que la civilización nació en Texas y que sus compatriotas
inventaron la escritura? ¿Nunca escuchó hablar de la biblioteca de Nínive,
ni de la torre de Babel, ni de los jardines colgantes de Babilonia? ¿No
escuchó ni uno solo de los cuentos de Las Miil y una Noches de Bagdad?
¿Quién lo
eligió presidente del planeta? A mí, nadie me llamó a votar en esas
elecciones. ¿Y a ustedes?
¿Elegiríamos
a un presidente sordo? ¿A un hombre incapaz de escuchar nada más que los
ecos de su voz? ¿Sordo ante el trueno incesante de millones y millones de
voces que en las calles del mundo están declarando la paz a la guerra?
Ni siquiera
ha sido capaz de escuchar el cariñoso consejo de Günter Grass.
El escritor
alemán, comprendiendo que Bush tenía necesidad de demostrar algo muy
importante ante su padre, le recomendó que consultara a un sicoanalista en
lugar de bombardear Irak.
En 1898, el
presidente William McKinley declaró que Dios le había dado la orden de
quedarse con las islas Filipinas, para civilizar y cristianizar a sus
habitantes. McKinley dijo que habló con Dios mientras caminaba, a
medianoche, por los corredores de la Casa Blanca. Más de un siglo después,
el presidente Bush asegura que Dios está de su lado en la conquista de
Irak.
¿A qué hora y
en qué lugar recibió la palabra divina?
¿Y por qué
Dios habrá dado órdenes tan contradictorias a Bush y al Papa de Roma?
Se declara la
guerra en nombre de la comunidad internacional, que está harta de guerras.
Y, como de costumbre, se declara la guerra en nombre de la paz.
No es por el
petróleo, dicen. Pero si Irak produjera rabanitos en lugar de petróleo, ¿a
quién se le ocurriría invadir ese país?
Bush, Dick
Cheney y la dulce Condoleezza Rice, ¿habrán renunciado realmente a sus
altos empleos en la industria petrolera? ¿Por qué esta manía de Tony Blair
contra el dictador iraquí? ¿No será porque hace 30 años Saddam Hussein
nacionalizó la británica Irak Petroleum Company? ¿Cuántos pozos espera
recibir José María Aznar en el próximo reparto?
La sociedad
de consumo, borracha de petróleo, tiene pánico al síndrome de abstinencia.
En Irak, el elixir negro es el menos costoso y, quizá, el más cuantioso.
En una
manifestación pacifista, en Nueva York, un cartel pregunta: «¿Por qué el
petróleo nuestro está bajo las arenas de ellos?»
Estados
Unidos ha anunciado una larga ocupación militar, después de la victoria.
Sus generales se harán cargo de establecer la democracia en Irak.
¿Será una
democracia igual a la que regalaron a Haití, República Dominicana o
Nicaragua? Ocuparon Haití durante 19 años y fundaron un poder militar que
desembocó en la dictadura de Francoise Duvalier. Ocuparon República
Dominicana durante nueve años y fundaron la dictadura de Rafael Leónidas
Trujillo.
Ocuparon
Nicaragua durante 21 años y fundaron la dictadura de la familia Somoza.
La dinastía
de los Somoza, que los marines habían puesto en el trono, duró medio
siglo, hasta que en 1979 fue barrida por la furia popular. Entonces, el
presidente Ronald Reagan montó a caballo y se lanzó a salvar a su país
amenazado por la revolución sandinista. Nicaragua, pobre entre los pobres,
tenía, en total, cinco ascensores y una escalera mecánica, que no
funcionaba. Pero Reagan denunció que Nicaragua era un peligro; y mientras
él hablaba, la televisión mostraba un mapa de Estados Unidos tiñéndose de
rojo desde el sur, para ilustrar la invasión inminente. El presidente Bush,
¿le copia los discursos que siembran el pánico? ¿Bush dice Irak donde
Reagan decía Nicaragua?
Títulos de
los diarios, en los días previos a la guerra: «Estados Unidos está pronto
a resistir el ataque».
Récord de
ventas de cintas aislantes, máscaras antigás, píldoras antirradiaciones...
¿Por qué tiene más miedo el verdugo que la víctima?
¿Sólo por
este clima de histeria colectiva? ¿O tiembla porque presiente las
consecuencias de sus actos? ¿Y si el petróleo iraquí incendiara el mundo?
¿No será esta
guerra la mejor vitamina que el terrorismo internacional está necesitando?
Nos dicen que
Sadam Hussein alimenta a los fanáticos de Al Qaeda. ¿Un criadero de
cuervos para que le arranquen los ojos? Los fundamentalistas islámicos lo
odian. Es satánico un país donde se ven películas de Hollywood, muchos
colegios enseñan inglés, la mayoría musulmana no impide que los cristianos
anden con la cruz al pecho y no es muy raro ver mujeres con pantalones y
blusas audaces.
No hubo
ningún iraquí entre los terroristas que volaron las torres de Nueva York.
Casi todos eran de Arabia Saudita, el mejor cliente de Estados Unidos en
el mundo. También es saudita Bin Laden, ese villano que los satélites
persiguen mientras huye a caballo por el desierto, y que dice presente
cada vez que Bush necesita sus servicios de ogro profesional.
¿Sabía usted
que el presidente Dwight D. Eisenhower dijo, en 1953, que la «guerra
preventiva» era un invento de Adolfo Hitler? Afirmó: «Francamente, yo no
me tomaría en serio a nadie que me viniera a proponer una cosa semejante».
Estados
Unidos es el país que más armas fabrica y vende en el mundo. Es,también,
la única nación que ha arrojado bombas atómicas contra la población civil.
Y siempre está, por tradición, en guerra contra alguien.
¿Quién
amenaza la paz universal? ¿Irak?
¿Irak no
respeta las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU)? ¿Las
respeta Bush, que acaba de propinar la más espectacular patada a la
legalidad internacional? ¿Las respeta Israel, país especializado en
ignorarlas?
Irak ha
desconocido 17 resoluciones de la ONU. Israel, 64. ¿Bombardeará Bush a su
más fiel aliado?
Irak fue
arrasado, en 1991, por la guerra de Bush padre, y hambreado por el bloqueo
posterior. ¿Qué armas de destrucción masiva puede esconder este país
masivamente destruido?
Israel, que
desde 1967 usurpa tierras palestinas, cuenta con un arsenal de bombas
atómicas que le garantizan la impunidad. Y Pakistán, otro fiel aliado que
además es un notorio nido de terroristas, exhibe sus propias ojivas
nucleares. Pero el enemigo es Irak, porque «podría tener» esas armas. Si
las tuviera, como Corea del Norte proclama que las tiene, ¿se animarían a
atacarlo?
¿Y las armas
químicas y biológicas? ¿Quién vendió a Saddam Hussein las cepas para
fabricar los gases venenosos que asfixiaron a los kurdos, y los
helicópteros para arrojar esos gases? ¿Por qué Bush no muestra los
recibos?
En aquellos
años, guerra contra Irán, guerra contra los kurdos, ¿era Sa-dam menos
dictador de lo que es ahora? Hasta Donald Rumsfeld lo visitaba en misión
de amistad. ¿Por qué los kurdos son conmovedores ahora, y antes no?
¿Y por qué
sólo son conmovedores los kurdos de Irak, y no los kurdos mucho más
numerosos que sacrificó Turquía?
Rumsfeld,
actual Secretario de Defensa, anuncia que su país usará «gases no letales»
contra Irak. ¿Serán gases tan poco letales como esos que Vladimir Putin
usó, el año pasado, en el teatro de Moscú, y que mataron a más de cien
rehenes?
Durante unos
cuantos días, Naciones Unidas cubrió con una cortina el Guernica de
Picasso, para que esa desagradable escenografía no perturbara los toques
de clarín de Colin Powell.
¿De qué
tamaño será la cortina que esconderá la carnicería de Irak, según la
censura total que el Pentágono ha impuesto a los corresponsales de guerra?
¿A dónde irán
las almas de las víctimas iraquíes? Según el reverendo Billy Graham,
asesor religioso del presidente Bush y agrimensor celestial, el paraíso es
más bien chico: mide nada más que mil 500 millas cuadradas. Pocos serán
los elegidos. Adivinanza: ¿Cuál será el país que ha comprado casi todas
las entradas?
Y una
pregunta final, que pido prestada a John Le Carré:
–¿Van a matar
a mucha gente, papá? –-Nadie que conozcas, querido. Sólo extranjeros.
Notas
1 Escritor
británico. El País, Madrid, 20 de enero de 2003.
2 Magistrado español. El País, 27 de enero de 2003.
3 Considerado por muchos como el novelista vivo más carismático de EU. Ha
recibido dos premios Pulitzer y en su extensa obra se encuentran títulos
como Los desnudos y los muertos, Los ejércitos de la noche y la más
reciente El evangelio según el Hijo. Entrevista concedida a Taki
Theodoracopoulos del Corriere della Sera el 27 de enero de 2003.
4 El
País, 3 de febrero de 2003.
5 La
Nación. Profesor titular de Economía y director de Earth Institute, en la
Universidad de Columbia.
6 Periodista irlandés del diario The Independent.
7 Escritor. El País, 12 de febrero de 2003.
8 La
Jornada, México,19 de marzo de 2003.
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