Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704


~µn malestar en la cu£tura~

 


¿Por qué mueren las orquestas?


Por Pedro Pablo Rojas Laiton

El gobierno que dice “niño que abraza
un instrumento musical jamás empuñará
un arma”, acaba de clausurar
la orquesta y la banda sinfónicas de Colombia

Lejos de nuestro interés tocar siquiera tangencialmente cualquier implicación de los hechos que vamos a tratar con las categorías psicoanalíticas, como podría sugerir a algunos lectores la coincidencia de este título con el del famoso libro de Freud escrito en 1930.

Nos mueve la necesidad de contribuir a auscultar el fondo de las medidas gubernamentales que liquidaron de un tajo a la Orquesta Sinfónica de Colombia y a la Banda Sinfónica Nacional de Colombia (nombres completos de las agrupaciones musicales en mención), puesto que constituyen el síndrome de un malestar que amenaza aquejar por entero a nuestra cultura.

No se crea que, en este caso, la ministra de Cultura, los asesores del gobierno como Rudolf Hommes, o los lagartos y bufones “que hallan en todas partes acomodo”, sufran de amusia, es decir, la ausencia de capacidad para sentir o producir música, tal como les ocurrió en algún aciago día a compositores como Maurice Ravel o George Gershwin, y que por esta razón hayan tomado y ensalzado medidas tan drásticas contra la cultura colombiana.

Se trata de algo más grave, de un malestar que habiendo sido creado por Friedrich August von Hayek en el “laboratorio” de la Sociedad de Mont Pelerin, en 1947, y habiendo contado con propagadores como Milton Friedman, Walter Lippman, Karl Popper o Ludwig von Mises, a partir de la crisis de los setentas ganó terreno en el mundo y en los ochentas inficcionó buena parte de la academia colombiana, para llegar desembozadamente al timón del Estado en el gobierno de César Gaviria, en forma de una banda de tecnócratas, supuestamente suprapolítica, que la emprendió –a nombre de “nuevos” preceptos en la moral y en la organización de la sociedad y del Estado– contra el keynesianismo, la propiedad estatal, la soberanía nacional y los derechos de los trabajadores (incluyendo los trabajadores de la cultura), y en pro de la privatización de las empresas públicas y la apertura comercial... ¡Se trata del neoliberalismo!

No ha habido sector de las actividades social, económica, política o cultural con un mínimo de contenido patriótico que no haya recibido los golpes de la guadaña neoliberal.

El neoliberalismo desmorona
el suelo nutricio de la cultura

La hecatombe que ha caído en casi tres lustros de aplicación creciente del modelo neoliberal sobre los trabajadores materiales del campo y la ciudad y sobre los empresarios progresistas, también se ha hecho sentir sobre los trabajadores de la cultura, sobre los trabajadores intelectuales: profesores de primaria, secundaria y universidad, científicos, investigadores, periodistas y artistas.

Es que, mientras el neoliberalismo cooptaba a buena parte de la alta intelectualidad del país, poniéndola incondicionalmente a su servicio como divulgadora, propagandista y panegirista del nuevo evangelio, desplegaba la más feroz ofensiva para neutralizar al resto de los trabajadores intelectuales y para desintegrar sus organizaciones y aplastar su resistencia, dispuesto a derrumbar ese baluarte de la nación que es su educación y su cultura. Recuérdese aquí que la Misión Alesina, en el año 2000 recomendó al gobierno, como condición para imponer el plan de ajuste en el sector educativo, “quebrarle el espinazo a Fecode”, sindicato de los educadores oficiales, el más grande del país.

Si para subastar en el mercado de las transnacionales a las empresas industriales o comerciales del Estado, previamente se les conduce (por la vía del desmedro y las exacciones administrativas) a las puertas de la quiebra, con el fin de abaratarlas por supuestos nulo o bajo rendimiento...; a las entidades de los sistemas educativo y cultural se les estrangula reduciéndoles presupuesto, de tal manera que cuando reducen la prestación de sus servicios, les sobreviene el desprestigio por “ineficientes”, justificando así su eliminación o su privatización.

El Plan de Apertura Educativa 1991-1994, la Ley 30 de 1992 y la Ley 115 de 1994, en sus líneas gruesas señalaron el derrotero de la privatización y el recorte de los derechos democráticos en el sector educativo. El Acto Legislativo 01 y la Ley 715 con sus decretos reglamentarios y el Decreto 2912 (los tres del año 2001) profundizaron los ordenamientos del FMI respecto del ajuste fiscal indispensable para asegurar el servicio de la deuda externa, todo lo cual se manifiesta en recorte presupuestal, “racionalización” de los recursos económicos y humanos en función del cálculo económico, en desmantelamiento de los derechos docentes, en estancamiento de la investigación científica y en atropello olímpico al fuero pedagógico.

¿Qué destino le espera a la producción cultural-artística en un escenario donde su suelo nutricio, la educación, con la anunciada “revolución educativa” (entiéndase “regresión educativa”), se desmorona por la privatización, el resquebrajamiento de la calidad y la reducción de la cobertura, y con un estamento docente menoscabado en su dignidad profesional debido a la mengua de sus condiciones de vida y de trabajo, al horadamiento premeditado de su condición ante la comunidad y a su incertidumbre ante el futuro?

El golpe propinado a la cultura con la liquidación de la Orquesta y la Banda, se inscribe dentro de esta serie de atentados del neoliberalismo a los baluartes históricos, económicos, políticos y culturales de la nación.

De lo trágico a lo grotesco

En una mirada retrospectiva, en el terreno específico del arte, podemos observar que la tragedia del sector, tratado tradicionalmente como cenicienta, se repitió como farsa en los varios atropellos sufridos durante la existencia de Colcultura, y, por enésima vez, se presenta actualmente, como expresión de lo grotesco.

Recordemos, entre otros episodios, las medidas del director de Colcultura Carlos Valencia Goelkel, quien en 1987 acabó el coro profesional y la compañía de ópera, con el argumento de que quien quisiera ver ópera viajara a Nueva York, y la posición de la ministra Consuelo Araujo, en el año 2000, que puso a los colombianos a escoger entre la música de Bach y el vallenato, acompañando con sofismas parroquialistas el magro presupuesto del Mincultura.

¿Ya olvidamos el caso de Manuel Elkim Patarroyo cuyo proyecto de investigación (vacuna sintética contra la malaria) estuvo a punto de sucumbir y que, de todas maneras, sufrió sensibles recortes presupuestales, agregándose este percance al agobio por la presión de las transnacionales farmacéuticas? ¿Olvidamos el conato gubernamental de cambiar la orientación y los objetivos del Instituto Caro y Cuervo, que tantas glorias ha dado a Colombia, al pretender convertirlo en universidad en cumplimiento de la regresión educativa uribista?

De ahí que el grotesco novelón de suspenso montado por el gobierno alrededor de la liquidación de la Orquesta y de la Banda de la nación, desde cuando era apenas un rumor y desde cuando Rudolf Hommes en calidad de asesor oficioso, a fines de noviembre, soltó la chiva; hasta cuando la viceministra Adriana Mejía, a comienzos de diciembre, “rechazó los rumores acerca del cierre de la Orquesta Sinfónica” afirmando que el ministerio estaba realizando un diagnóstico con el fin de “modernizarla”, hasta la expedición del Decreto 3210 del 30 de diciembre de 2002 que formalizó la liquidación de las dos agrupaciones; constituyó la “crónica de una muerte anunciada”.

Otra cosa es que algunos músicos afectados y ciertos sectores de opinión no lo creyeran y tardaran en darse por aludidos, comportamiento muy común en personas que consideran su sector social o profesional inmune a las asechanzas del neoliberalismo, bien porque comparten su ideología, bien porque no alcanzan a percibir sus alcances en un momento determinado.

Asesores, ministras y “mosqueteros”:
todos a una contra la cultura

La ignorancia de Rudolf Hommes, quien confesó no saber la diferencia entre una Sinfónica y una Filarmónica (El Colombiano, 24 de noviembre de 2002), la ignorancia no confesada de la viceministra y de la ministra María Consuelo Araujo sobre estos y otros tópicos y la miopía cómplice de algunos comentaristas, cierran filas para proponer, ejecutar y defender tamaño desaguisado, porque solo escuchan, en el caso de los altos funcionarios y asesores, las órdenes del FMI, y en el caso de los periodistas, la voz de los altos funcionarios y asesores. En ningún momento han tenido en cuenta el interés musical del país, la situación de las agrupaciones musicales y de los músicos, ni han consultado la opinión de los voceros de éstos.

Por eso coinciden en la justificación del desafuero con argumentos poco convincentes y flagrantes tergiversaciones como el exceso de gasto que representa sostener las dos agrupaciones, según la ministra el 30 por ciento del presupuesto del ministerio; lo innecesario de la Orquesta Sinfónica, ya que Bogotá tiene la Orquesta Filarmónica; la inflexibilidad del régimen convencional de los músicos que contempla altos salarios, cortas jornadas de trabajo y otros privilegios; la falta de compromiso con las tareas educativas y regionales; el divorcio con la academia; la baja calidad musical... Y por eso coinciden en la propuesta de liquidarlas y “crear un nuevo ente regido por el derecho privado, más eficiente en la parte gerencial... la Asociación Sinfónica Nacional”.

Según el violinista César Iván Ávila y la periodista María Beatriz Moreno, voceros de la Orquesta, y según la fagotista Zulma Bautista, la percusionista Diana Melo y el clarinetista José Luis Torres, voceros de la Banda, el valor alrededor del cual gira el salario actual de los músicos es apenas de $1.800.000 para los 76 despedidos de la Orquesta y de $1.000.000 para los 66 despedidos de la Banda.

Solo en la cabeza de la ministra cabe el porcentaje del 30 por ciento del presupuesto del Mincultura para la Orquesta y la Banda como argumento para la clausura de éstas. Suponiendo que dicho porcentaje fuese cierto, lo reprochable no es que se gasten 3.000, 5.000 o más millones de pesos en la música sinfónica, sino que el presupuesto que se destina en Colombia a la cultura sea tan exiguo!

Es mentiroso afirmar, como lo hace Rudolf Hommes, que Bogotá tiene dos orquestas, cuando en realidad solo tiene la Filarmónica, puesto que tanto la Orquesta como la Banda son de cobertura nacional. A diferencia de lo que sostiene el ex ministro, la capital del país, con más de siete millones de habitantes, sí necesita más de una orquesta sinfónica.

En cuanto a la supuesta inflexibilidad contractual, es la cantilena que no falta en todo proceso de privatización o de “achicamiento del Estado”. Los músicos siempre estuvieron dispuestos a negociar y a llegar a acuerdos con el ministerio. “La ministra se negó en todo momento a hablar con el sindicato y apostrofó a los líderes de guerrilleros”, nos cuenta María Beatriz Moreno.

Respecto del trabajo regional y educativo, las dos agrupaciones lo han realizado dentro de una programación anual, como puede verse en los programas de cada una y en los informes enviados al ministerio. “Con gran desprendimiento –dice el violinista César Iván Ávila– llegamos a concesiones importantes, por ejemplo en cuanto al monto de nuestros viáticos, facilitando así la movilidad de la Orquesta. Si no se pudo hacer más fue por falta de tiempo y de recursos”. Por otra parte, en las dos agrupaciones hacen presencia intérpretes de muchas regiones, por ejemplo, los integrantes de la Banda proceden de 22 ciudades del país.

¿Qué decir de la relación con la academia? Todos los miembros de la Orquesta y de la Banda han sido escogidos luego de un proceso exigente de concurso y proceden de las más importantes universidades, escuelas y conservatorios. La Orquesta recientemente se renovó en un 30 por ciento y la Banda en un 35 por ciento. Además, el 75 por ciento de los músicos está vinculado a las labores docentes. No hay uno solo de estos con menos de diez años de su vida dedicada al estudio intenso de la música, y entre ellos se encuentra un alto porcentaje de intérpretes con títulos de pregrado, maestría y doctorado.

La evaluación de la calidad artística es tal vez el aspecto más abierto a la mirada de la opinión, puesto que es el oído de melómanos y críticos el que las colocan a la altura de las mejores sinfónicas del continente. Sin embargo, el argumento de la calidad lo esgrimen con suspicacia para sembrar dudas. D´Artagnan, por ejemplo, dice: “Seguramente habrá músicos que por su rezago profesional no se presenten a la convocatoria...”.

Según la lógica de los sepultureros de la Orquesta y de la Banda, que no es otra que la lógica del ajuste fondomonetarista, a tan grandes males, grandes remedios: ¡Muerte a las sinfónicas! Porque así lo niegue D´Artagnan, la “solución” ha sido la muerte de las dos instituciones musicales. En el colmo de una aparente candidez escribe: “... el mensaje que han registrado los medios ha sido uno: ‘mataron la Sinfónica´, la verdad es otra: Mincultura suprimió los 142 cargos de la Orquesta Sinfónica de Colombia y la Banda Sinfónica Nacional para dar vida a la Asociación Sinfónica de Colombia” (Lecturas Dominicales de El Tiempo, 23 de febrero de 2003)

¿Acaso no asoma aquí el cinismo? ¿Será que la Orquesta y la Banda están conformadas tan solo por sus nombres? ¿O, acaso por los instrumentos nomás? Por si el mosquetero no lo sabe, la mayoría de los instrumentos utilizados son propiedad de los músicos.

La entidad creada, según la ministra (El Tiempo, 28 de diciembre de 2002), se encargará de organizar la nueva orquesta sinfónica y brindará “apoyo financiero a agrupaciones musicales sinfónicas de toda Colombia, asociadas a procesos de formación y capacitación”. Para la conformación de la nueva orquesta convocará un jurado internacional, el cual escogerá su director y sus integrantes, quienes se someterán anualmente a un examen de competencias como condición para la renovación del contrato.

Con estas medidas, según la ministra, la orquesta sinfónica será viable y productiva, tendrá conexión con la academia y con las regiones; su nómina será barata y los contratos de trabajo serán flexibles sobre la base del salario integral. Así se nutrirá “de lo mejor del talento colombiano...”, tendrá “carácter nacional” e “impacto social”, también “recibirá aportes del sector privado” y estará acorde “con el lineamiento nacional de acabar con los regímenes especiales”. Ni más ni menos que la aplicación de las recomendaciones de Rudolf Hommes quien, además de afirmar desde la concepción de una cultura de pobres para pobres, que Bogotá no tiene suficiente público siquiera para una orquesta, califica a la Orquesta Sinfónica de “vetusto sindicato de músicos” y de “cadáver viviente”, recomienda crear “una orquesta sinfónica virtual con el patrocinio del Ministerio de Cultura –una especie de Selección Colombia de la música clásica- conformada por una selección de los mejores músicos de las agrupaciones regionales y universitarias, que toque y ensaye con un director excepcional...”.

La resistencia cultural

Por fortuna, esta comedia, devenida espectáculo grotesco, que ha contado con el asentimiento de los áulicos neoliberales, también ha levantado una verdadera ola de rechazo por parte de variados círculos y notables personalidades de la cultura nacional.

Para Manuel Drezner, crítico musical, “es claro que la Orquesta podría mejorar, pero es evidente también que esta no es la manera para lograrlo. Una orquesta no se improvisa... Empezar de ceros es más difícil que mejorar lo que existe” (El Tiempo, 28 de diciembre de 2002)

Leopoldo Villar Borda, en su columna de El Tiempo (4 de enero de 2003), como introducción a su inventario de los espectáculos musicales diarios que ofrece la ciudad de Berlín, advierte: “No alcanzan los dedos de diez manos para contar los espectáculos musicales que puede disfrutar un berlinés en un solo día”, y reconviene, después de aludir a la “propuesta de Rudolf Hommes... acogida por Mincultura”: “Tal vez alguien argumente que no es justo comparar este panorama con el colombiano,... Con otro criterio se puede preguntar cuándo nos acercaremos a las sociedades avanzadas, si algún día no empezamos a imitar lo mejor de ellas.”

Ellie Anne Duque, musicóloga y profesora de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, con el ánimo de calibrar las verdaderas dimensiones de la liquidación de la Orquesta y la Banda, escribió así en UN Periódico en su edición del 19 de enero: “acabar con una de ellas es equivalente a acabar con el 50 por ciento de las orquestas del país, cifra que por sí sola invita a toda suerte de cavilaciones. (...) Si desaparece la Orquesta Sinfónica desaparece un trozo de historia viviente del país, una memoria en acción que día a día se regenera. Desaparece una fuente de saber para quedarnos con la música ligera, fácil, la que es noticia, la que apela al fenómeno de masas regido por el gusto del mínimo de requisitos musicales”.

Para Rubén Darío Reina Cuervo, violinista colombiano de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española, “la desaparición de la Sinfónica de Colombia y de la Banda Nacional supone un retraso de casi cien años en nuestra historia musical” (El Tiempo, 11 de febrero de 2003).

Egberto Bermúdez, musicólogo y profesor de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, rematando su defensa del papel histórico cumplido por la Banda Sinfónica Nacional, expresa:

            Una orquesta o una banda no pueden desaparecer y luego ser creadas de un día para otro. Sus  idiosincracias laborales, así como su alto costo de funcionamiento, han sido siempre un reto para los  esquemas administrativos rígidos y, hasta ahora, han salido triunfantes gracias al consenso sobre el alto valor cultural que les ha sido asignado. Los argumentos económicos y salariales, cuando no son consultados y discutidos en el medio musical, generalmente se vuelven en contra de los supuestos  “reorganizadores”. Es mucho más costoso desmontar y conformar de nuevo una banda u orquesta que mejorarla (por mala y mediocre que sea) mientras sigue ensayando y tocando (UN Periódico, 16 de  febrero de 2003).

La contundencia de lo evidente no puede velar el hecho de que “con la muerte de la Orquesta y de la Banda se está atacando un símbolo de la cultura colombiana y a la misma profesión musical”, como lo precisa el violinista César Iván Ávila.

Además, tanto en lo ejecutado como en lo proyectado por la ministra de Cultura, es evidente el objetivo de “quebrarle el espinazo” a la única organización gremial de ese ministerio y minar la resistencia cultural al modelo neoliberal, y de paso hacer demagogia, así para ello haya tenido que pisotear la dignidad de los músicos y del director titular, el maestro Irwin Hoffman, y lo más grave, la dignidad nacional. No otra es la percepción de personajes de la talla del clavecinista Rafael Puyana, más allá de su uribismo confeso, una de las glorias vivas de la música nacional:

            Si buscan escatimar los recursos hasta ahora destinados a la Sinfónica que hacen desaparecer, para reforzar orquestas de otras ciudades, terminará Colombia con varias, incluyendo la nueva asociación, todas mediocres. Suponiendo que se trate solamente de borrar el nombre de la Orquesta Sinfónica de Colombia y sustituirlo por el de la nueva Asociación Sinfónica de Colombia, constituye una maniobra para reformar la administración. Le permite encontrar soluciones jurídicas para poder cancelar los contratos de los músicos, facilitando el “revolcón” al eludir así problemas laborales (Lecturas Dominicales de El Tiempo, 2 de febrero de 2003).

Solo ciertos “mosqueteros” se niegan a reconocer el derecho de las cosas. En efecto, D´Artagnan optó por emplear sus armas en defender, a la manera de los caballeros medievales, a las “señoras” ministras de Cultura, anteponiendo los discursos palaciegos unilaterales a la objetividad de la situación y el interés de los motivos neoliberales al interés cultural de los colombianos. Su contumacia en exculpar de burocratismo y mediocridad a la actual ministra le impide ver lo que denuncian los voceros de la Orquesta: que sí hay una nómina paralela de asesores con elevados sueldos y que, por ejemplo, el Director de la División Nacional de Música obtiene primas como coordinador de grupo, coordinando un grupo conformado únicamente por él, o el caso de la viceministra (de Cultura) que tiene a un odontólogo como asesor, en una de las más altas categorías, la número 13... Sería bueno que lo averiguara... Esto en cuanto a la “burocracia inoperante”. En lo referente a la mediocridad, “por sus obras las conoceréis...”.

¿Buenas intenciones... del gobierno?

No obstante lo visible de la tramoya, aún quedan algunos cándidos, inconscientes o fingidos, que creen a pie juntillas en las “buenas intenciones” del gobierno y sus consejeros. Uno de ellos, el director asociado de la Orquesta, Alejandro Posada, en tono no exento de disculpa dice: “yo no soy quien para decidir jurídicamente si se debe cambiar de patrón... Pero quiero creer en la buena voluntad de la ministra... Ahora podemos sacar algo bueno si las cosas se hacen bien” (El Colombiano, 5 de enero de 2003)

¿Será que este tono se debe a su “doble discurso” –como afirman algunos músicos de la Orquesta-, ya que él allanó el camino hacia la actual situación, al propiciar la introducción del llamado “modelo español” que no es otra cosa que la estructuración de orquestas de eventos integradas por pasantes y con músicos a destajo, algo así como la “orquesta virtual” de que hablara Hommes?

Por su parte, Francisco Iragorri, violinista de la Orquesta y profesor de violín de la Universidad Javeriana, es decir, uno de los despedidos, también en tono “esperanzado”, implora: “ojalá esta situación propicie una oportunidad de cambio y crecimiento para la Orquesta...” (El Tiempo, 18 de enero de 2003)

También, desde la orilla de quienes no ven más allá de las “buenas intenciones” del gobierno, se encuentra don Álvaro Castaño Castillo, director de la Emisora HJCK, cuando dice: “Habrá que creerle a la ministra quien dice que se trabajará sobre la base de la actual Orquesta. Ojalá sea cierto porque la Orquesta tiene que continuar”.

¿Olvidan estos personajes el adagio popular de que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”? ¡Ellos convierten en salvador al victimario y hacen de su pócima letal la panacea!

El crescendo de la resistencia cultural

Frente al oscuro panorama que provoca la política oficial en la cultura, los trabajadores del sector, particularmente los artistas de las diversas expresiones, deberán comprender que lo sucedido con las sinfónicas nacionales antes que la ocurrencia de un designio fortuito, obedece al cumplimiento inexorable del destino trazado por el modelo neoliberal, inexorable hasta tanto la mayoría de los colombianos no entienda que la defensa de la economía, de la soberanía y de las formas democráticas de convivencia no descansa únicamente en los hombros de los obreros, de los campesinos o de los maestros, sino del 90 por ciento de la población, al lado de los industriales, los comerciantes, los intelectuales y los artistas.

Todo aquel que aún conserve un mínimo de sentido nacional y de patria, y especialmente todo intelectual y artista, debe sentirse agredido cuando, como en este caso, se corta de tajo un patrimonio sensible de los colombianos. El no sentirlo así, ya es sintomático de un agravamiento del malestar que acongoja nuestra cultura.

Por fortuna, en el mundo entero hoy toma cuerpo un movimiento de resistencia a la globalización neoliberal y al terrorismo del imperio, con la presencia decisiva de intelectuales y artistas como Susan Sontag, José Saramago, Noam Chomsky, Francois Houtart, Susan Sarandon, Oliver Stone o Pedro Almodóvar y confiamos en que su benéfica influencia acrecentará la resistencia motivada por los avatares de la cultura en nuestro suelo. ¡Los acordes de las orquestas hoy silenciadas armonizarán in crescendo la gran melodía de intelectuales y de artistas y del resto del pueblo por la defensa de la cultura colombiana!

Al oído de Hommes


Diferencia entre una filarmónica y una sinfónica

“La Orquesta Sinfónica es una formación de gran formato, en la cual figuran todas las categorías de instrumentos musicales e integrada exclusivamente por una agrupación de músicos profesionales empleados de manera permanente, que forman parte de la orquesta de manera unificada y se reunen pudiendo tocar todas las gamas del repertorio llamado sinfónico.

A una filarmónica se le da ese nombre cuando se trata de una asociación musical que puede ser integrada por aficionados o profesionales (o una mezcla de las dos categorías). No necesariamente tiene que funcionar con un plantel fijo, puede ser más limitada en su formato que la Sinfónica y aunque su finalidad también es dar conciertos, los da con una actitud motivada por la afición a la música, pudiendo tocar como conjunto de gran formato, si el repertorio ejecutado exige su ampliación para una obra u ocasión especial, o ser constituida por una agrupación musical más pequeña que la Orquesta Sinfónica. El nombre de Filarmónica se acostumbra a dársele también a ciertas sociedades de amantes de la música seria, así como a asociaciones que promueven la divulgación de la misma”.

Rafael Puyana
(Lecturas Dominicales de El Tiempo, 2 de febrero de 2003)

 

Trayectoria

 


Orquesta Sinfónica de Colombia

El año pasado se cumplieron 50 años del último acto administrativo, el Decreto Extraordinario 2916 del 24 de noviembre de 1952, que consolidó la existencia de la Orquesta Sinfónica de Colombia. No obstante, sus antecedentes son más que centenarios.

En efecto, su lejana germinación se remonta al año de 1846, cuando Henry Price y José María Caicedo Rojas organizaron la Sociedad Filarmónica de Conciertos que tuvo una existencia de once años. Su continuidad solo se logra en 1882, cuando por iniciativa de Jorge Price, hijo de Henry Price, se funda la Academia Nacional de Música, la cual se entrega a la tarea de organizar una orquesta. En 1910, bajo la dirección del maestro Guillermo Uribe Holguín, la Academia se convierte en Conservatorio y la orquesta se transforma en Orquesta Sinfónica del Conservatorio. En 1920 es reorganizada con el nombre de Sociedad de Conciertos del Conservatorio, nombre que conserva hasta 1936 cuando, ya independiente, empieza a llamarse Orquesta Sinfónica Nacional.

Bajo la dependencia del Ministerio de Educación, en 1952 empieza a llamarse Orquesta Sinfónica de Colombia. En 1968 es adscrita a la Subdirección de Bellas Artes de Colcultura y a partir del 31 de diciembre de 1997 entra a formar parte del Ministerio de Cultura.

Apuntando al impulso profundo en la creación artístico musical que desempeñó la Orquesta, Ellie Anne Duque recuerda cómo “en los años treinta y cuarenta los colombianos generaron en torno a la Orquesta Sinfónica un repertorio nacionalista que todavía es hito en el devenir musical del país... Sin el medio sonoro, no hay aliciente para el trabajo creativo. Los mismos concursos de obra sinfónica citados por el Ministerio de Cultura tienen como base la existencia de una orquesta que pueda interpretarlas”

En documento público, los profesores de la Orquesta dicen: “La existencia de una Orquesta Sinfónica Nacional y de otras instituciones de este tipo, da la oportunidad de conectarse al flujo de tendencias globales en el campo artístico musical. Esto es posible porque la orquesta sinfónica moderna es un ente universal con un lenguaje universal”.

 

 

Trayectoria


Banda Sinfónica Nacional

Fue creada el 17 de marzo de 1913, es decir, hace noventa años, gracias a la gestión de los maestros Guillermo Uribe Holguín, entonces director del Conservatorio, y Manuel Conti, su primer director, y quien había sido contratado por el gobierno nacional para hacer una inspección general de todas las bandas del país y restaurar a las dos bandas de regimientos militares acantonadas en Bogotá. Precisamente, la fusión de estas dos bandas mediante el decreto 272 es lo que da origen a la Banda de Bogotá, hoy Banda Sinfónica Nacional, que nace adscrita el Ministerio de Instrucción Pública, hoy Ministerio de Educación. En 1968 se convierte en dependencia de Colcultura y en 1997 del Ministerio de Cultura.

Sus antecedentes inmediatos se encuentran en el fomento que el gobierno del general Rafael Reyes dio a las bandas militares, en el marco histórico de una tradición que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX.

Una figura emblemática de la Banda fue el maestro José Rozo Contreras, quien la dirigió de 1933 a 1973 y le dio carácter sinfónico al aumentar su planta de músicos de 62, número con el cual había iniciado labores, a 72 integrantes, con el objetivo de abocar obras de mayor envergadura. Por sus atriles han pasado músicos colombianos de renombre –algunos de ellos como directores–, entre otros Francisco Cristancho, Jerónimo Velasco, Blas Emilio Atehortúa, Roberto Pineda Duque y Eduardo Carri-zosa Navarro.

Según sus integrantes, la Banda ha sido “pionera en el ámbito nacional a nivel sinfónico, una de las entidades musicales de mayor trayectoria y reconocimiento en el país... Se trata de una agrupación flexible en el sentido de la diversidad de públicos y escenarios de proyección... Su trabajo a lo largo de los años reafirma su importante labor como una institución comprometida en la difusión del repertorio musical nacional en arreglos de banda y sinfónicos internacionales, teniendo como función primordial el fomento del patrimonio musical colombiano y la contribución al desarrollo cultural del país”.

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