|
~µn
malestar en la cu£tura~
¿Por qué mueren las orquestas?
Por
Pedro Pablo Rojas Laiton
|
El gobierno que
dice “niño que abraza
un instrumento musical jamás empuñará
un arma”, acaba de clausurar
la orquesta y la banda sinfónicas de Colombia |
Lejos de nuestro
interés tocar siquiera tangencialmente cualquier implicación de los hechos
que vamos a tratar con las categorías psicoanalíticas, como podría sugerir
a algunos lectores la coincidencia de este título con el del famoso libro
de Freud escrito en 1930.
Nos mueve la necesidad
de contribuir a auscultar el fondo de las medidas gubernamentales que
liquidaron de un tajo a la Orquesta Sinfónica de Colombia y a la Banda
Sinfónica Nacional de Colombia (nombres completos de las agrupaciones
musicales en mención), puesto que constituyen el síndrome de un malestar
que amenaza aquejar por entero a nuestra cultura.
No se crea que, en
este caso, la ministra de Cultura, los asesores del gobierno como Rudolf
Hommes, o los lagartos y bufones “que hallan en todas partes acomodo”,
sufran de amusia, es decir, la ausencia de capacidad para sentir o
producir música, tal como les ocurrió en algún aciago día a compositores
como Maurice Ravel o George Gershwin, y que por esta razón hayan tomado y
ensalzado medidas tan drásticas contra la cultura colombiana.
Se trata de algo más
grave, de un malestar que habiendo sido creado por Friedrich August von
Hayek en el “laboratorio” de la Sociedad de Mont Pelerin, en 1947, y
habiendo contado con propagadores como Milton Friedman, Walter Lippman,
Karl Popper o Ludwig von Mises, a partir de la crisis de los setentas ganó
terreno en el mundo y en los ochentas inficcionó buena parte de la
academia colombiana, para llegar desembozadamente al timón del Estado en
el gobierno de César Gaviria, en forma de una banda de tecnócratas,
supuestamente suprapolítica, que la emprendió –a nombre de “nuevos”
preceptos en la moral y en la organización de la sociedad y del Estado–
contra el keynesianismo, la propiedad estatal, la soberanía nacional y los
derechos de los trabajadores (incluyendo los trabajadores de la cultura),
y en pro de la privatización de las empresas públicas y la apertura
comercial... ¡Se trata del neoliberalismo!
No ha habido sector de
las actividades social, económica, política o cultural con un mínimo de
contenido patriótico que no haya recibido los golpes de la guadaña
neoliberal.
El
neoliberalismo desmorona
el suelo nutricio de la cultura
La hecatombe que ha
caído en casi tres lustros de aplicación creciente del modelo neoliberal
sobre los trabajadores materiales del campo y la ciudad y sobre los
empresarios progresistas, también se ha hecho sentir sobre los
trabajadores de la cultura, sobre los trabajadores intelectuales:
profesores de primaria, secundaria y universidad, científicos,
investigadores, periodistas y artistas.
Es que, mientras el
neoliberalismo cooptaba a buena parte de la alta intelectualidad del país,
poniéndola incondicionalmente a su servicio como divulgadora,
propagandista y panegirista del nuevo evangelio, desplegaba la más feroz
ofensiva para neutralizar al resto de los trabajadores intelectuales y
para desintegrar sus organizaciones y aplastar su resistencia, dispuesto a
derrumbar ese baluarte de la nación que es su educación y su cultura.
Recuérdese aquí que la Misión Alesina, en el año 2000 recomendó al
gobierno, como condición para imponer el plan de ajuste en el sector
educativo, “quebrarle el espinazo a Fecode”, sindicato de los educadores
oficiales, el más grande del país.
Si para subastar en el
mercado de las transnacionales a las empresas industriales o comerciales
del Estado, previamente se les conduce (por la vía del desmedro y las
exacciones administrativas) a las puertas de la quiebra, con el fin de
abaratarlas por supuestos nulo o bajo rendimiento...; a las entidades de
los sistemas educativo y cultural se les estrangula reduciéndoles
presupuesto, de tal manera que cuando reducen la prestación de sus
servicios, les sobreviene el desprestigio por “ineficientes”, justificando
así su eliminación o su privatización.
El Plan de Apertura
Educativa 1991-1994, la Ley 30 de 1992 y la Ley 115 de 1994, en sus líneas
gruesas señalaron el derrotero de la privatización y el recorte de los
derechos democráticos en el sector educativo. El Acto Legislativo 01 y la
Ley 715 con sus decretos reglamentarios y el Decreto 2912 (los tres del
año 2001) profundizaron los ordenamientos del FMI respecto del ajuste
fiscal indispensable para asegurar el servicio de la deuda externa, todo
lo cual se manifiesta en recorte presupuestal, “racionalización” de los
recursos económicos y humanos en función del cálculo económico, en
desmantelamiento de los derechos docentes, en estancamiento de la
investigación científica y en atropello olímpico al fuero pedagógico.
¿Qué destino le espera
a la producción cultural-artística en un escenario donde su suelo
nutricio, la educación, con la anunciada “revolución educativa”
(entiéndase “regresión educativa”), se desmorona por la privatización, el
resquebrajamiento de la calidad y la reducción de la cobertura, y con un
estamento docente menoscabado en su dignidad profesional debido a la
mengua de sus condiciones de vida y de trabajo, al horadamiento
premeditado de su condición ante la comunidad y a su incertidumbre ante el
futuro?
El golpe propinado a
la cultura con la liquidación de la Orquesta y la Banda, se inscribe
dentro de esta serie de atentados del neoliberalismo a los baluartes
históricos, económicos, políticos y culturales de la nación.
De lo trágico
a lo grotesco
En una mirada
retrospectiva, en el terreno específico del arte, podemos observar que la
tragedia del sector, tratado tradicionalmente como cenicienta, se repitió
como farsa en los varios atropellos sufridos durante la existencia de
Colcultura, y, por enésima vez, se presenta actualmente, como expresión de
lo grotesco.
Recordemos, entre
otros episodios, las medidas del director de Colcultura Carlos Valencia
Goelkel, quien en 1987 acabó el coro profesional y la compañía de ópera,
con el argumento de que quien quisiera ver ópera viajara a Nueva York, y
la posición de la ministra Consuelo Araujo, en el año 2000, que puso a los
colombianos a escoger entre la música de Bach y el vallenato, acompañando
con sofismas parroquialistas el magro presupuesto del Mincultura.
¿Ya olvidamos el caso
de Manuel Elkim Patarroyo cuyo proyecto de investigación (vacuna sintética
contra la malaria) estuvo a punto de sucumbir y que, de todas maneras,
sufrió sensibles recortes presupuestales, agregándose este percance al
agobio por la presión de las transnacionales farmacéuticas? ¿Olvidamos el
conato gubernamental de cambiar la orientación y los objetivos del
Instituto Caro y Cuervo, que tantas glorias ha dado a Colombia, al
pretender convertirlo en universidad en cumplimiento de la regresión
educativa uribista?
De ahí que el grotesco
novelón de suspenso montado por el gobierno alrededor de la liquidación de
la Orquesta y de la Banda de la nación, desde cuando era apenas un rumor y
desde cuando Rudolf Hommes en calidad de asesor oficioso, a fines de
noviembre, soltó la chiva; hasta cuando la viceministra Adriana Mejía, a
comienzos de diciembre, “rechazó los rumores acerca del cierre de la
Orquesta Sinfónica” afirmando que el ministerio estaba realizando un
diagnóstico con el fin de “modernizarla”, hasta la expedición del Decreto
3210 del 30 de diciembre de 2002 que formalizó la liquidación de las dos
agrupaciones; constituyó la “crónica de una muerte anunciada”.
Otra cosa es que
algunos músicos afectados y ciertos sectores de opinión no lo creyeran y
tardaran en darse por aludidos, comportamiento muy común en personas que
consideran su sector social o profesional inmune a las asechanzas del
neoliberalismo, bien porque comparten su ideología, bien porque no
alcanzan a percibir sus alcances en un momento determinado.
Asesores,
ministras y “mosqueteros”:
todos a una contra la cultura
La ignorancia de
Rudolf Hommes, quien confesó no saber la diferencia entre una Sinfónica y
una Filarmónica (El Colombiano, 24 de noviembre de 2002), la ignorancia no
confesada de la viceministra y de la ministra María Consuelo Araujo sobre
estos y otros tópicos y la miopía cómplice de algunos comentaristas,
cierran filas para proponer, ejecutar y defender tamaño desaguisado,
porque solo escuchan, en el caso de los altos funcionarios y asesores, las
órdenes del FMI, y en el caso de los periodistas, la voz de los altos
funcionarios y asesores. En ningún momento han tenido en cuenta el interés
musical del país, la situación de las agrupaciones musicales y de los
músicos, ni han consultado la opinión de los voceros de éstos.
Por eso coinciden en
la justificación del desafuero con argumentos poco convincentes y
flagrantes tergiversaciones como el exceso de gasto que representa
sostener las dos agrupaciones, según la ministra el 30 por ciento del
presupuesto del ministerio; lo innecesario de la Orquesta Sinfónica, ya
que Bogotá tiene la Orquesta Filarmónica; la inflexibilidad del régimen
convencional de los músicos que contempla altos salarios, cortas jornadas
de trabajo y otros privilegios; la falta de compromiso con las tareas
educativas y regionales; el divorcio con la academia; la baja calidad
musical... Y por eso coinciden en la propuesta de liquidarlas y “crear un
nuevo ente regido por el derecho privado, más eficiente en la parte
gerencial... la Asociación Sinfónica Nacional”.
Según el violinista
César Iván Ávila y la periodista María Beatriz Moreno, voceros de la
Orquesta, y según la fagotista Zulma Bautista, la percusionista Diana Melo
y el clarinetista José Luis Torres, voceros de la Banda, el valor
alrededor del cual gira el salario actual de los músicos es apenas de
$1.800.000 para los 76 despedidos de la Orquesta y de $1.000.000 para los
66 despedidos de la Banda.
Solo en la cabeza de
la ministra cabe el porcentaje del 30 por ciento del presupuesto del
Mincultura para la Orquesta y la Banda como argumento para la clausura de
éstas. Suponiendo que dicho porcentaje fuese cierto, lo reprochable no es
que se gasten 3.000, 5.000 o más millones de pesos en la música sinfónica,
sino que el presupuesto que se destina en Colombia a la cultura sea tan
exiguo!
Es mentiroso afirmar,
como lo hace Rudolf Hommes, que Bogotá tiene dos orquestas, cuando en
realidad solo tiene la Filarmónica, puesto que tanto la Orquesta como la
Banda son de cobertura nacional. A diferencia de lo que sostiene el ex
ministro, la capital del país, con más de siete millones de habitantes, sí
necesita más de una orquesta sinfónica.
En cuanto a la
supuesta inflexibilidad contractual, es la cantilena que no falta en todo
proceso de privatización o de “achicamiento del Estado”. Los músicos
siempre estuvieron dispuestos a negociar y a llegar a acuerdos con el
ministerio. “La ministra se negó en todo momento a hablar con el sindicato
y apostrofó a los líderes de guerrilleros”, nos cuenta María Beatriz
Moreno.
Respecto del trabajo
regional y educativo, las dos agrupaciones lo han realizado dentro de una
programación anual, como puede verse en los programas de cada una y en los
informes enviados al ministerio. “Con gran desprendimiento –dice el
violinista César Iván Ávila– llegamos a concesiones importantes, por
ejemplo en cuanto al monto de nuestros viáticos, facilitando así la
movilidad de la Orquesta. Si no se pudo hacer más fue por falta de tiempo
y de recursos”. Por otra parte, en las dos agrupaciones hacen presencia
intérpretes de muchas regiones, por ejemplo, los integrantes de la Banda
proceden de 22 ciudades del país.
¿Qué decir de la
relación con la academia? Todos los miembros de la Orquesta y de la Banda
han sido escogidos luego de un proceso exigente de concurso y proceden de
las más importantes universidades, escuelas y conservatorios. La Orquesta
recientemente se renovó en un 30 por ciento y la Banda en un 35 por
ciento. Además, el 75 por ciento de los músicos está vinculado a las
labores docentes. No hay uno solo de estos con menos de diez años de su
vida dedicada al estudio intenso de la música, y entre ellos se encuentra
un alto porcentaje de intérpretes con títulos de pregrado, maestría y
doctorado.
La evaluación de la
calidad artística es tal vez el aspecto más abierto a la mirada de la
opinión, puesto que es el oído de melómanos y críticos el que las colocan
a la altura de las mejores sinfónicas del continente. Sin embargo, el
argumento de la calidad lo esgrimen con suspicacia para sembrar dudas.
D´Artagnan, por ejemplo, dice: “Seguramente habrá músicos que por su
rezago profesional no se presenten a la convocatoria...”.
Según la lógica de los
sepultureros de la Orquesta y de la Banda, que no es otra que la lógica
del ajuste fondomonetarista, a tan grandes males, grandes remedios:
¡Muerte a las sinfónicas! Porque así lo niegue D´Artagnan, la “solución”
ha sido la muerte de las dos instituciones musicales. En el colmo de una
aparente candidez escribe: “... el mensaje que han registrado los medios
ha sido uno: ‘mataron la Sinfónica´, la verdad es otra: Mincultura
suprimió los 142 cargos de la Orquesta Sinfónica de Colombia y la Banda
Sinfónica Nacional para dar vida a la Asociación Sinfónica de Colombia”
(Lecturas Dominicales de El Tiempo, 23 de febrero de 2003)
¿Acaso no asoma aquí
el cinismo? ¿Será que la Orquesta y la Banda están conformadas tan solo
por sus nombres? ¿O, acaso por los instrumentos nomás? Por si el
mosquetero no lo sabe, la mayoría de los instrumentos utilizados son
propiedad de los músicos.
La entidad creada,
según la ministra (El Tiempo, 28 de diciembre de 2002), se encargará de
organizar la nueva orquesta sinfónica y brindará “apoyo financiero a
agrupaciones musicales sinfónicas de toda Colombia, asociadas a procesos
de formación y capacitación”. Para la conformación de la nueva orquesta
convocará un jurado internacional, el cual escogerá su director y sus
integrantes, quienes se someterán anualmente a un examen de competencias
como condición para la renovación del contrato.
Con estas medidas,
según la ministra, la orquesta sinfónica será viable y productiva, tendrá
conexión con la academia y con las regiones; su nómina será barata y los
contratos de trabajo serán flexibles sobre la base del salario integral.
Así se nutrirá “de lo mejor del talento colombiano...”, tendrá “carácter
nacional” e “impacto social”, también “recibirá aportes del sector
privado” y estará acorde “con el lineamiento nacional de acabar con los
regímenes especiales”. Ni más ni menos que la aplicación de las
recomendaciones de Rudolf Hommes quien, además de afirmar desde la
concepción de una cultura de pobres para pobres, que Bogotá no tiene
suficiente público siquiera para una orquesta, califica a la Orquesta
Sinfónica de “vetusto sindicato de músicos” y de “cadáver viviente”,
recomienda crear “una orquesta sinfónica virtual con el patrocinio del
Ministerio de Cultura –una especie de Selección Colombia de la música
clásica- conformada por una selección de los mejores músicos de las
agrupaciones regionales y universitarias, que toque y ensaye con un
director excepcional...”.
La resistencia
cultural
Por fortuna, esta
comedia, devenida espectáculo grotesco, que ha contado con el asentimiento
de los áulicos neoliberales, también ha levantado una verdadera ola de
rechazo por parte de variados círculos y notables personalidades de la
cultura nacional.
Para Manuel Drezner,
crítico musical, “es claro que la Orquesta podría mejorar, pero es
evidente también que esta no es la manera para lograrlo. Una orquesta no
se improvisa... Empezar de ceros es más difícil que mejorar lo que existe”
(El Tiempo, 28 de diciembre de 2002)
Leopoldo Villar Borda,
en su columna de El Tiempo (4 de enero de 2003), como introducción a su
inventario de los espectáculos musicales diarios que ofrece la ciudad de
Berlín, advierte: “No alcanzan los dedos de diez manos para contar los
espectáculos musicales que puede disfrutar un berlinés en un solo día”, y
reconviene, después de aludir a la “propuesta de Rudolf Hommes... acogida
por Mincultura”: “Tal vez alguien argumente que no es justo comparar este
panorama con el colombiano,... Con otro criterio se puede preguntar cuándo
nos acercaremos a las sociedades avanzadas, si algún día no empezamos a
imitar lo mejor de ellas.”
Ellie Anne Duque,
musicóloga y profesora de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional,
con el ánimo de calibrar las verdaderas dimensiones de la liquidación de
la Orquesta y la Banda, escribió así en UN Periódico en su edición del 19
de enero: “acabar con una de ellas es equivalente a acabar con el 50 por
ciento de las orquestas del país, cifra que por sí sola invita a toda
suerte de cavilaciones. (...) Si desaparece la Orquesta Sinfónica
desaparece un trozo de historia viviente del país, una memoria en acción
que día a día se regenera. Desaparece una fuente de saber para quedarnos
con la música ligera, fácil, la que es noticia, la que apela al fenómeno
de masas regido por el gusto del mínimo de requisitos musicales”.
Para Rubén Darío Reina
Cuervo, violinista colombiano de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión
Española, “la desaparición de la Sinfónica de Colombia y de la Banda
Nacional supone un retraso de casi cien años en nuestra historia musical”
(El Tiempo, 11 de febrero de 2003).
Egberto Bermúdez,
musicólogo y profesor de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional,
rematando su defensa del papel histórico cumplido por la Banda Sinfónica
Nacional, expresa:
Una
orquesta o una banda no pueden desaparecer y luego ser creadas de un día
para otro. Sus idiosincracias laborales, así como su alto costo de
funcionamiento, han sido siempre un reto para los esquemas
administrativos rígidos y, hasta ahora, han salido triunfantes gracias al
consenso sobre el alto valor cultural que les ha sido asignado. Los
argumentos económicos y salariales, cuando no son consultados y discutidos
en el medio musical, generalmente se vuelven en contra de los supuestos
“reorganizadores”. Es mucho más costoso desmontar y conformar de nuevo una
banda u orquesta que mejorarla (por mala y mediocre que sea) mientras
sigue ensayando y tocando (UN Periódico, 16 de febrero de 2003).
La contundencia de lo
evidente no puede velar el hecho de que “con la muerte de la Orquesta y de
la Banda se está atacando un símbolo de la cultura colombiana y a la misma
profesión musical”, como lo precisa el violinista César Iván Ávila.
Además, tanto en lo
ejecutado como en lo proyectado por la ministra de Cultura, es evidente el
objetivo de “quebrarle el espinazo” a la única organización gremial de ese
ministerio y minar la resistencia cultural al modelo neoliberal, y de paso
hacer demagogia, así para ello haya tenido que pisotear la dignidad de los
músicos y del director titular, el maestro Irwin Hoffman, y lo más grave,
la dignidad nacional. No otra es la percepción de personajes de la talla
del clavecinista Rafael Puyana, más allá de su uribismo confeso, una de
las glorias vivas de la música nacional:
Si
buscan escatimar los recursos hasta ahora destinados a la Sinfónica que
hacen desaparecer, para reforzar orquestas de otras ciudades, terminará
Colombia con varias, incluyendo la nueva asociación, todas mediocres.
Suponiendo que se trate solamente de borrar el nombre de la Orquesta
Sinfónica de Colombia y sustituirlo por el de la nueva Asociación
Sinfónica de Colombia, constituye una maniobra para reformar la
administración. Le permite encontrar soluciones jurídicas para poder
cancelar los contratos de los músicos, facilitando el “revolcón” al eludir
así problemas laborales (Lecturas Dominicales de El Tiempo, 2 de febrero
de 2003).
Solo ciertos
“mosqueteros” se niegan a reconocer el derecho de las cosas. En efecto,
D´Artagnan optó por emplear sus armas en defender, a la manera de los
caballeros medievales, a las “señoras” ministras de Cultura, anteponiendo
los discursos palaciegos unilaterales a la objetividad de la situación y
el interés de los motivos neoliberales al interés cultural de los
colombianos. Su contumacia en exculpar de burocratismo y mediocridad a la
actual ministra le impide ver lo que denuncian los voceros de la Orquesta:
que sí hay una nómina paralela de asesores con elevados sueldos y que, por
ejemplo, el Director de la División Nacional de Música obtiene primas como
coordinador de grupo, coordinando un grupo conformado únicamente por él, o
el caso de la viceministra (de Cultura) que tiene a un odontólogo como
asesor, en una de las más altas categorías, la número 13... Sería bueno
que lo averiguara... Esto en cuanto a la “burocracia inoperante”. En lo
referente a la mediocridad, “por sus obras las conoceréis...”.
¿Buenas
intenciones... del gobierno?
No obstante lo visible
de la tramoya, aún quedan algunos cándidos, inconscientes o fingidos, que
creen a pie juntillas en las “buenas intenciones” del gobierno y sus
consejeros. Uno de ellos, el director asociado de la Orquesta, Alejandro
Posada, en tono no exento de disculpa dice: “yo no soy quien para decidir
jurídicamente si se debe cambiar de patrón... Pero quiero creer en la
buena voluntad de la ministra... Ahora podemos sacar algo bueno si las
cosas se hacen bien” (El Colombiano, 5 de enero de 2003)
¿Será que este tono se
debe a su “doble discurso” –como afirman algunos músicos de la Orquesta-,
ya que él allanó el camino hacia la actual situación, al propiciar la
introducción del llamado “modelo español” que no es otra cosa que la
estructuración de orquestas de eventos integradas por pasantes y con
músicos a destajo, algo así como la “orquesta virtual” de que hablara
Hommes?
Por su parte,
Francisco Iragorri, violinista de la Orquesta y profesor de violín de la
Universidad Javeriana, es decir, uno de los despedidos, también en tono
“esperanzado”, implora: “ojalá esta situación propicie una oportunidad de
cambio y crecimiento para la Orquesta...” (El Tiempo, 18 de enero de 2003)
También, desde la
orilla de quienes no ven más allá de las “buenas intenciones” del
gobierno, se encuentra don Álvaro Castaño Castillo, director de la Emisora
HJCK, cuando dice: “Habrá que creerle a la ministra quien dice que se
trabajará sobre la base de la actual Orquesta. Ojalá sea cierto porque la
Orquesta tiene que continuar”.
¿Olvidan estos
personajes el adagio popular de que “el camino del infierno está empedrado
de buenas intenciones”? ¡Ellos convierten en salvador al victimario y
hacen de su pócima letal la panacea!
El
crescendo de la resistencia cultural
Frente al oscuro
panorama que provoca la política oficial en la cultura, los trabajadores
del sector, particularmente los artistas de las diversas expresiones,
deberán comprender que lo sucedido con las sinfónicas nacionales antes que
la ocurrencia de un designio fortuito, obedece al cumplimiento inexorable
del destino trazado por el modelo neoliberal, inexorable hasta tanto la
mayoría de los colombianos no entienda que la defensa de la economía, de
la soberanía y de las formas democráticas de convivencia no descansa
únicamente en los hombros de los obreros, de los campesinos o de los
maestros, sino del 90 por ciento de la población, al lado de los
industriales, los comerciantes, los intelectuales y los artistas.
Todo aquel que aún
conserve un mínimo de sentido nacional y de patria, y especialmente todo
intelectual y artista, debe sentirse agredido cuando, como en este caso,
se corta de tajo un patrimonio sensible de los colombianos. El no sentirlo
así, ya es sintomático de un agravamiento del malestar que acongoja
nuestra cultura.
Por fortuna, en el
mundo entero hoy toma cuerpo un movimiento de resistencia a la
globalización neoliberal y al terrorismo del imperio, con la presencia
decisiva de intelectuales y artistas como Susan Sontag, José Saramago,
Noam Chomsky, Francois Houtart, Susan Sarandon, Oliver Stone o Pedro
Almodóvar y confiamos en que su benéfica influencia acrecentará la
resistencia motivada por los avatares de la cultura en nuestro suelo. ¡Los
acordes de las orquestas hoy silenciadas armonizarán in crescendo la gran
melodía de intelectuales y de artistas y del resto del pueblo por la
defensa de la cultura colombiana!
|
Al oído de Hommes
Diferencia entre una filarmónica y
una sinfónica
“La Orquesta Sinfónica es una formación de gran formato, en la cual
figuran todas las categorías de instrumentos musicales e integrada
exclusivamente por una agrupación de músicos profesionales empleados
de manera permanente, que forman parte de la orquesta de manera
unificada y se reunen pudiendo tocar todas las gamas del repertorio
llamado sinfónico.
A
una filarmónica se le da ese nombre cuando se trata de una asociación
musical que puede ser integrada por aficionados o profesionales (o una
mezcla de las dos categorías). No necesariamente tiene que funcionar
con un plantel fijo, puede ser más limitada en su formato que la
Sinfónica y aunque su finalidad también es dar conciertos, los da con
una actitud motivada por la afición a la música, pudiendo tocar como
conjunto de gran formato, si el repertorio ejecutado exige su
ampliación para una obra u ocasión especial, o ser constituida por una
agrupación musical más pequeña que la Orquesta Sinfónica. El nombre de
Filarmónica se acostumbra a dársele también a ciertas sociedades de
amantes de la música seria, así como a asociaciones que promueven la
divulgación de la misma”.
Rafael Puyana
(Lecturas Dominicales de El Tiempo, 2 de febrero de 2003) |
|
Trayectoria
Orquesta Sinfónica de Colombia
El
año pasado se cumplieron 50 años del último acto administrativo, el
Decreto Extraordinario 2916 del 24 de noviembre de 1952, que consolidó
la existencia de la Orquesta Sinfónica de Colombia. No obstante, sus
antecedentes son más que centenarios.
En
efecto, su lejana germinación se remonta al año de 1846, cuando Henry
Price y José María Caicedo Rojas organizaron la Sociedad Filarmónica
de Conciertos que tuvo una existencia de once años. Su continuidad
solo se logra en 1882, cuando por iniciativa de Jorge Price, hijo de
Henry Price, se funda la Academia Nacional de Música, la cual se
entrega a la tarea de organizar una orquesta. En 1910, bajo la
dirección del maestro Guillermo Uribe Holguín, la Academia se
convierte en Conservatorio y la orquesta se transforma en Orquesta
Sinfónica del Conservatorio. En 1920 es reorganizada con el nombre de
Sociedad de Conciertos del Conservatorio, nombre que conserva hasta
1936 cuando, ya independiente, empieza a llamarse Orquesta Sinfónica
Nacional.
Bajo la dependencia del Ministerio de Educación, en 1952 empieza a
llamarse Orquesta Sinfónica de Colombia. En 1968 es adscrita a la
Subdirección de Bellas Artes de Colcultura y a partir del 31 de
diciembre de 1997 entra a formar parte del Ministerio de Cultura.
Apuntando al impulso profundo en la creación artístico musical que
desempeñó la Orquesta, Ellie Anne Duque recuerda cómo “en los años
treinta y cuarenta los colombianos generaron en torno a la Orquesta
Sinfónica un repertorio nacionalista que todavía es hito en el devenir
musical del país... Sin el medio sonoro, no hay aliciente para el
trabajo creativo. Los mismos concursos de obra sinfónica citados por
el Ministerio de Cultura tienen como base la existencia de una
orquesta que pueda interpretarlas”
En
documento público, los profesores de la Orquesta dicen: “La existencia
de una Orquesta Sinfónica Nacional y de otras instituciones de este
tipo, da la oportunidad de conectarse al flujo de tendencias globales
en el campo artístico musical. Esto es posible porque la orquesta
sinfónica moderna es un ente universal con un lenguaje universal”. |
|
Trayectoria
Banda Sinfónica Nacional
Fue creada el 17 de marzo de 1913, es decir, hace noventa años,
gracias a la gestión de los maestros Guillermo Uribe Holguín, entonces
director del Conservatorio, y Manuel Conti, su primer director, y
quien había sido contratado por el gobierno nacional para hacer una
inspección general de todas las bandas del país y restaurar a las dos
bandas de regimientos militares acantonadas en Bogotá. Precisamente,
la fusión de estas dos bandas mediante el decreto 272 es lo que da
origen a la Banda de Bogotá, hoy Banda Sinfónica Nacional, que nace
adscrita el Ministerio de Instrucción Pública, hoy Ministerio de
Educación. En 1968 se convierte en dependencia de Colcultura y en 1997
del Ministerio de Cultura.
Sus antecedentes inmediatos se encuentran en el fomento que el
gobierno del general Rafael Reyes dio a las bandas militares, en el
marco histórico de una tradición que se remonta a la segunda mitad del
siglo XIX.
Una figura emblemática de la Banda fue el maestro José Rozo Contreras,
quien la dirigió de 1933 a 1973 y le dio carácter sinfónico al
aumentar su planta de músicos de 62, número con el cual había iniciado
labores, a 72 integrantes, con el objetivo de abocar obras de mayor
envergadura. Por sus atriles han pasado músicos colombianos de
renombre –algunos de ellos como directores–, entre otros Francisco
Cristancho, Jerónimo Velasco, Blas Emilio Atehortúa, Roberto Pineda
Duque y Eduardo Carri-zosa Navarro.
Según sus integrantes, la Banda ha sido “pionera en el ámbito nacional
a nivel sinfónico, una de las entidades musicales de mayor trayectoria
y reconocimiento en el país... Se trata de una agrupación flexible en
el sentido de la diversidad de públicos y escenarios de proyección...
Su trabajo a lo largo de los años reafirma su importante labor como
una institución comprometida en la difusión del repertorio musical
nacional en arreglos de banda y sinfónicos internacionales, teniendo
como función primordial el fomento del patrimonio musical colombiano y
la contribución al desarrollo cultural del país”. |
Regresar |