|
La cooptación
de los intelectuales
disidentes en
Colombia,
1982-2002
Miguel Ángel Urrego
A partir de los años
ochenta del siglo XX se inició en Colombia una transformación de las
relaciones de los intelectuales con el Estado y, para emplear los términos
de Pierre Bourdieu, una variación en la relación entre capital cultural y
capital económico que se manifestó en un giro a la derecha, es decir, una
desestructuración del campo intelectual, un mayor control por parte del
Estado y un escaso nivel de crítica ante las reformas neoliberales(1).
Es, en cierta medida, una derrota histórica de la generación de los
sesenta, aunque el proceso se generaliza e incluye a buena parte de los
intelectuales que vienen actuando desde entonces. Queremos en este
artículo hacer una breve síntesis de las dinámicas que en las dos últimas
décadas han conducido a lo que denominamos el giro a la derecha de los
intelectuales colombianos.
Internacionalmente se
produjo, a partir de los ochenta, un movimiento de derechización de la
política, la economía y la ideología. Esta década fue la del ascenso
conservador en Estados Unidos e Inglaterra; la popularidad de la Escuela
de Chicago y de Milton Friedman, que se materializó, por un lado, en el
auge de reformas monetaristas y de defensa de la libertad del mercado y,
por la otra, del postmodernismo, ideología que se corresponde con los
cambios políticos y económicos de la globalización neoliberal.
El hundimiento de la
URSS, la transformación de Europa Oriental, la derrota sandinista y los
cambios en el mundo del trabajo, que algunos denominan la derrota
histórica de la clase obrera, condujeron a muchos intelectuales a iniciar
un tránsito a la moda postmodernista, al pragmatismo y, en general, al
abandono de todo aquello que estuviera ligado con el pensamiento crítico:
un sistema filosófico, el papel de conciencia crítica y la adscripción a
proyectos utópicos.
En Colombia, además
del impacto de los cambios ya mencionados, los sucesos que definieron el
giro de los intelectuales a la derecha fueron: el tratamiento que dio
Belisario Betancur al conflicto armado, el protagonismo de los medios de
comunicación masiva, la crisis de la intelectualidad debido al predominio
en sectores de la izquierda de concepciones guerreristas, la reacción a
las prácticas incorrectas del movimiento armado como el secuestro y el
terrorismo, y el debilitamiento del debate académico e ideológico en las
universidades.
La administración
Betancur logró dos rupturas significativas en la relación entre el campo
político y el campo cultural, aunque evidentemente no entendió el papel
jugado en aquel entonces por la Unión Soviética en América Latina. En
primer lugar, inició la superación de la consideración del conflicto
colombiano como un hecho ajeno a la nación -el mito de la conspiración
externa- y su aceptación como un hecho político e incluso, en algunos
momentos, como un fenómeno estructural(2),
que requiere ser estudiado por especialistas(3).
La segunda ruptura fue
la reconfiguración de los posibles nexos entre la política, como
construcción de hegemonía, y la cultura, como fuente de legitimación.
Betancur se mostró como un presidente culto, que concebía la cultura desde
una perspectiva más realista, comprometida con las necesidades del Estado
y la nación(4). En el contexto de la política
de paz, Betancur reincorporó a los intelectuales a la nómina oficial. Si
en la década anterior existió una enorme desconfianza con los científicos
sociales, especialmente generados por la universidad pública, y estos
rechazaban ser funcionarios de gobierno, Betancur logró invertir estos dos
hechos. En primer lugar, porque se requería una legitimación de su
propuesta de paz, lo cual solo se podía realizar en la academia, debido a
la oposición de fuerzas armadas, partidos y gremios. En segundo lugar, el
crecimiento de la población con educación superior había sido
significativo en las dos décadas anteriores y los nuevos profesionales
encontraban en el Estado una buena posibilidad para vincularse al mundo
laboral. Finalmente, por la búsqueda de protagonismo de algunos
intelectuales y el inicio de la crisis de la izquierda surgida en los
sesenta.
Otro elemento que
contribuyó a la cooptación de los intelectuales fue el protagonismo que
adquirieron los medios de comunicación. El periodista, tanto de la
televisión como de los periódicos, tuvo cierta notoriedad en los años
ochenta. Lo particular de este proceso fue que apareció encarnando una de
las funciones del intelectual moderno: la de explicar la sociedad por su
conocimiento de la realidad. Los comunicadores se presentan ante la
sociedad civil como testigos de excepción de toda credibilidad. Sustituyen
a los politólogos en los análisis de coyuntura y se consolidan,
momentáneamente, con la fuerza de sus entrevistas exclusivas, aunque el
efecto ha sido la banalización de la política.
El fortalecimiento de
la opción militarista en la izquierda a raíz del surgimiento del M19, la
reactivación del ELN y el fortalecimiento de las FARC generaron dos
procesos muy importantes en el campo de los intelectuales disidentes. Por
un lado, el movimiento armado cerró toda opción a las posturas distintas a
las militaristas con lo cual condenó a los académicos al ostracismo y en
el caso de los movimientos sociales, incluida la Unión Patriótica (UP), a
la desaparición. Se plantea así el inicio de la valoración crítica de la
política insurgente por parte de la academia y los demócratas(5).
En segundo lugar, el genocidio en Tacueyó –el demencial ajusticiamiento de
más de un centenar de guerrilleros por sus propios jefes bajo la acusación
de ser infiltrados–, la toma del Palacio de Justicia, los actos
injustificables del movimiento armado (secuestro, extorsión y vinculación
con el narcotráfico) y, finalmente, la corresponsabilidad de la guerrilla
en el surgimiento del paramilitarismo, llevaron a una lenta pero
inexorable oposición de la casi totalidad de los intelectuales con la
guerrilla(6).
El movimiento
estudiantil universitario, fuente de creación de nuevas generaciones de
intelectuales, asistió a un proceso de retorno, en los ochentas, al modelo
de mediados de la década del sesenta. En efecto, a partir de esta década
la presencia de los grupos insurgentes al interior del movimiento
estudiantil se manifestó en el abandono de los procesos de organización
gremial y el debate ideológico y la supremacía de acciones de hecho. Como
en los sesenta, de lo que se trataba era de que la universidad aportara
combatientes a los grupos armados. Esto abrió las puertas a la presencia
de grupos dudosamente radicales, activistas dispuestos al tropel
inmediato, cuyos efectos sobre el avance de los procesos de organización,
la defensa de la universidad y, en general, de la actividad política
democrática, incluso revolucionaria, y académica han sido supremamente
nocivos.
De manera que lo que
encontramos en la izquierda y en la universidad es el fortalecimiento de
los sectores militares, la desbandada de los gestores de la disidencia
política y académica y el debilitamiento de aquellos que no estaban con el
movimiento insurgente. Con contadas excepciones, se producen polémicas
académicas y políticas de trascendencia. Los intelectuales quedaron a
merced de las acciones punitivas, bajo la amenaza de perder su espacio
natural de trabajo y viendo cómo se cerraban las posibilidades para la
circulación libre de las ideas.
Los intelectuales bajo
la globalización neoliberal
La globalización
neoliberal se hizo dominante en los noventas. Esta se define a sí misma
como un proyecto civilizatorio –aparentemente ajeno a la ideología, aunque
el postmodernismo es una de sus ideologías– único destino posible para la
humanidad(7). El neoliberalismo concibe que
todo aquello que está ligado a la nación
–cultura, instituciones, territorio y riquezas– debe desaparecer para
facilitar la acumulación de capital. Por ello, este proyecto requiere el
debilitamiento de los diversos tipos de intelectuales, la creación de una
nueva clase política y la supremacía del economista como tipo de
intelectual dominante(8).
La debilidad de las
instituciones y organizaciones de carácter nacional, el Congreso y los
partidos de oposición, por ejemplo, o de intelectuales críticos, facilita
la aplicación de las reformas económicas, políticas y sociales. Un
Congreso, unas instituciones judiciales, unos partidos o un ejército
sometidos o temerosos, unos intelectuales sin espacio académico, fuentes
de financiación ni medios para difundir sus ideas, permiten la adecuación
del Estado a las exigencias de la globalización neoliberal y la entrega de
los mercados locales al gran capital, sin considerable oposición.
Para realizar sus
reformas, los neoliberales asumen como una de sus tareas la renovación de
la clase política, en razón de que requieren un nuevo perfil del político
y en especial del funcionario estatal. Las vías para hacerlo son varias y
están ligadas estrechamente a la transformación de los intelectuales y al
nuevo tipo de intelectual dominante. La primera materialización de este
propósito fue la incorporación de jóvenes talentos egresados de carreras
que tienen una marcada orientación neoliberal –como las de economía o
administración–, tradicionales –como el derecho– y abiertamente
técnico-científicas como las ingenierías. Esta alternativa incorpora al
Estado y a la empresa privada aquellos talentos que se han formado gracias
a los esfuerzos de sus familias, como resultado de aptitudes especiales o
de becas en el exterior(9).
El proyecto económico
neoliberal, sin embargo, demandó la supremacía del economista, quien por
su formación, aparece con el aura del científico riguroso y, dada la
coyuntura histórica de la supuesta muerte de ideologías y desaparición de
los intelectuales, como fuente de legitimización(10).
Explica Marco Palacios que, debido a su formación, los economistas se
vuelven “indispensables para los políticos que dirigen el Estado, para los
grupos de poder económico, y en los procesos de formación de leyes en el
Congreso. Eventualmente, pueden ser decisivos para moldear el segmento
cartesiano de la opinión pública”(11).
Por otra parte, la
supremacía de este tipo de intelectual refuerza la tradicional
distribución del capital cultural y las relaciones existentes en Colombia
entre el capital cultural y el capital político. En efecto, en el artículo
de Palacios sobre los economistas se destaca el estrecho vínculo existente
entre los egresados de la Universidad de los Andes, el desempeño de
funciones en las instituciones que orientan la política económica y la
formación doctoral fuera del país, especialmente en Estados Unidos.
Concluye Palacios que “de unos 29.000 economistas graduados en Colombia,
han realizado estudios de doctorado unos 164, la mayoría en Estados
Unidos, y de éstos, 80 egresaron de la Universidad de los Andes”(12).
El resultado no puede
ser otro que la formación de una élite intelectual que concentra los
mayores niveles de formación académica, los altos cargos laborales, las
mejores remuneraciones y que tiene como rasgo común la orientación de la
política económica. Ello demuestra la plena vigencia de los análisis de
Weber y Gramsci sobre el concepto y la función de los intelectuales.
La segunda forma de
incorporación de los intelectuales al Estado fue el reclutamiento de
directores y dirigentes de movimientos cívicos, ONG y nuevos partidos.
Esta dinámica formó funcionarios que reemplazaron a quienes se oponían a
las reformas o quienes constituían un estorbo político(13).
Finalmente, están
aquellos intelectuales que aparecían en el pasado como críticos, sin ser
radicales, poseían un capital cultural importante y una visión de conjunto
de la sociedad y se desempeñaban como profesores universitarios o
directores o miembros de una ONG. Lo particular en este caso es que muchos
de los nuevos funcionarios provenían de la izquierda.
Este giro a la derecha
de los intelectuales disidentes no quiere decir que el movimiento carezca
de contradicciones ni que el cambio haya sido obligatorio para todos los
académicos. Por el contrario, existe una corriente plural de pensamiento
crítico que ha señalado con anticipación los peligros del neoliberalismo,
entre ellos Francisco Mosquera y Eduardo Sarmiento. Otros se han opuesto a
sus medidas, incluso desde el Congreso, y han defendido las instituciones,
como algunos rectores de universidad pública, entre ellos Víctor Manuel
Moncayo. En otros campos del saber de las ciencias sociales también
existen ejemplos de intelectuales que han cuestionado el neoliberalismo y
el postmodernismo.
Comentarios finales
No se trata de
condenar a la hoguera a todos aquellos intelectuales que han sido
funcionarios del Estado o que han ocupado u ocupan cargos burocráticos en
algunas instituciones. La historia de los intelectuales en el mundo
evidencia que no todo el que trabaja para el Estado defiende el orden
político, económico y social, así como tampoco el que no hace parte de la
nómina oficial se opone al orden establecido. Nos interesa resaltar la
tendencia en la relación entre intelectuales y Estado, entre campo
cultural y campo político. Tampoco se pretende erigir un muro que distinga
a los “puros” de los “impuros”, entre otras cosas porque finalmente la
intelectualidad, en países como el nuestro, está generalmente cumpliendo
funciones de Estado y porque las coyunturas históricas pueden hacer
cambiar a los intelectuales(14).
Es necesario señalar
que la participación de los intelectuales en el proceso de legitimación de
proyectos, gobiernos y medidas políticas no está exenta de
contradicciones. Por el contrario, se pueden generar roces y conflictos
con el gobierno central, con los partidos tradicionales, con funcionarios
de alto nivel o con la política económica.
En los años ochenta el
Estado pasó de objetivo para una transformación social a nicho de
realización personal. Por ello, para este tipo de intelectuales, no se
debe persistir en la inviabilidad de una ideología sino asumir el
principio de la época: el pragmatismo. Se trata, entonces, de aceptar que
sacar ventaja es superior al efecto de la utopía. El transformismo de los
intelectuales da para participar en gobiernos de corte neoliberal al mismo
tiempo que se persiste en una supuesta búsqueda de humanización del modelo
económico, humanización que no implica rectificación sino garantizar la
presencia de un funcionario con un pasado marcado por el humanismo.
Esta reincorporación
de los intelectuales al Estado a partir de la política de paz de Betancur,
que se consolidó con el auge del neoliberalismo, lleva a un giro a la
derecha de los intelectuales. Lo más grave del caso es que la
globalización neoliberal no encuentra el suficiente número de críticos.
Cuando la Nación está a punto de desaparecer debido al impacto del
neoliberalismo y de la guerra, se hace indispensable una corriente crítica
que construya parámetros para una refundación de la nación, tarea en la
cual los intelectuales deben participar desde su especificidad social.
Notas
1 En el
análisis de los problemas de la cultura, Pierre Bourdieu emplea los
conceptos de capital cultural y económico para resaltar las distintas
dinámicas de las relaciones entre estos dos niveles y para llamar la
atención de que un campo cultural autónomo existe solo cuando el capital
cultural domina sobre el económico. Véase Pierre Bordieu, Razones
prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 1999 y Las
reglas del arte. Barcelona, Anagrama, 1999.
2 Del
desprecio absoluto por parte de los grandes empresarios llegamos a un
momento en el cual aceptan “meterse la mano al bolsillo” para financiar
los proceso de pacificación y no dudamos que algunos paguen el impuesto
fijado por las FARC. Igual cosa ha sucedido con sectores de las fuerzas
armadas, al menos así lo han expresado algunos generales en retiro en
diversos reportajes.
3 Una
debilidad del informe de los violentólogos (Colombia, violencia y
democracia. Comisión de estudios sobre la violencia. Bogotá, IEPRI,
Universidad Nacional de Colombia, 1995) fue precisamente la banalización
del conflicto interno al diluir el peso de la guerra en un mar de
infinidad de múltiples violencias. Según los investigadores, el conflicto
interno colocaba menos muertos que otro tipo de violencias.
4 Las
propuestas de Belisario Betancur en: El homo sapiens se extravió en
América Latina. Bogotá, El Navegante, Tercer Mundo Editores, 1990, pp. 24
y ss, 48,51, 58.
5 Bernardo
Jaramillo Ossa, vocero de la UP, se pronunció contra el secuestro y el
boleteo y otras prácticas de financiación de los grupos insurgentes, véase
«Intervención de Bernardo Jaramillo Ossa en la sesión de instalación del
Encuentro por la Paz en Ibagué» en Presidencia de la República. El camino
de la paz. Historia de un proceso. Consejería para la Reconciliación,
Normalización y Rehabilitación. Bogotá, Imprenta Nacional, 1989, Volumen
II, pp. 141-146.
6 La crítica
que sintetiza el rechazo de los intelectuales a la guerrilla la realizó
Gonzalo Sánchez en “El repliegue histórico de las FARC” en El Tiempo,
Bogotá, febrero 8 de 2002.
7 Para
entender la noción de la globalización neoliberal como un proyecto civilizatorio, ver Edgardo Lander “Ciencias sociales: saberes coloniales y
eurocéntricos”, Edgardo Lander (Comp.). La colo-nialidad del saber:
eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos
Aires, Clacso, 1993.
8 Para
analizar la relación entre autoritarismo y neoliberalismo, ver Consuelo
Ahumada, El modelo neoliberal y su impacto en la sociedad colombiana.
Bogotá, El Áncora, 1996.
9 Es el
resultado de una creciente clase media; el mejor ejemplo sería el alcalde
populista y neoliberal Antanas Mockus.
10 La
supremacía de los economistas en la sociedad y al interior del campo
intelectual no ha sido exclusiva de esta época. Señala Feuer que luego de
la primera postguerra, y especialmente a raíz de la crisis de 1929, el
economista fue llamado en Estados Unidos “brain trust” y tuvo un
importante protagonismo por la creencia en la planificación económica y la
intervención del Estado en la economía. Véase Lewis S. Feuer. “GAT is an
Intellectual?” en Alexander Gella (Editor). The Intelligentsia ante
Intellectuals. Theory, Method and Case Study. Beverly Hills, Sage
Publications Inc., 1976, p. 52.
11 Marco
Palacios. “Saber es poder: el caso de los economistas colombianos” en
Marco Palacios, De populistas, mandarines y violencias. Luchas por el
poder. Bogotá, Editorial Planeta Colombiana, 2001, p. 99.
12 Véase Ibíd.,
especialmente tablas 5-6.1, 8 y apéndice 9,
13 Algunos de
estos movimientos tienen una vida corta, el mejor ejemplo es el movimiento
de la séptima papeleta en 1990-1991.
14 Igual cosa
aconteció con los “ministros obreros”. Lo que buscaron los sectores
dominantes con la participación de sindicalistas en el gobierno fue la
división de la clase obrera y el debilitamiento de la oposición, pues al
mismo tiempo que se «reconoce» la importancia del movimiento sindical se
aplican medidas neoliberales.
Regresar |