Nueva Gaceta  

Regresar al inicio


 

Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704


La cooptación de los intelectuales disidentes en Colombia,

1982-2002


Miguel Ángel Urrego


A partir de los años ochenta del siglo XX se inició en Colombia una transformación de las relaciones de los intelectuales con el Estado y, para emplear los términos de Pierre Bourdieu, una variación en la relación entre capital cultural y capital económico que se manifestó en un giro a la derecha, es decir, una desestructuración del campo intelectual, un mayor control por parte del Estado y un escaso nivel de crítica ante las reformas neoliberales(1). Es, en cierta medida, una derrota histórica de la generación de los sesenta, aunque el proceso se generaliza e incluye a buena parte de los intelectuales que vienen actuando desde entonces. Queremos en este artículo hacer una breve síntesis de las dinámicas que en las dos últimas décadas han conducido a lo que denominamos el giro a la derecha de los intelectuales colombianos.

Internacionalmente se produjo, a partir de los ochenta, un movimiento de derechización de la política, la economía y la ideología. Esta década fue la del ascenso conservador en Estados Unidos e Inglaterra; la popularidad de la Escuela de Chicago y de Milton Friedman, que se materializó, por un lado, en el auge de reformas monetaristas y de defensa de la libertad del mercado y, por la otra, del postmodernismo, ideología que se corresponde con los cambios políticos y económicos de la globalización neoliberal.

El hundimiento de la URSS, la transformación de Europa Oriental, la derrota sandinista y los cambios en el mundo del trabajo, que algunos denominan la derrota histórica de la clase obrera, condujeron a muchos intelectuales a iniciar un tránsito a la moda postmodernista, al pragmatismo y, en general, al abandono de todo aquello que estuviera ligado con el pensamiento crítico: un sistema filosófico, el papel de conciencia crítica y la adscripción a proyectos utópicos.

En Colombia, además del impacto de los cambios ya mencionados, los sucesos que definieron el giro de los intelectuales a la derecha fueron: el tratamiento que dio Belisario Betancur al conflicto armado, el protagonismo de los medios de comunicación masiva, la crisis de la intelectualidad debido al predominio en sectores de la izquierda de concepciones guerreristas, la reacción a las prácticas incorrectas del movimiento armado como el secuestro y el terrorismo, y el debilitamiento del debate académico e ideológico en las universidades.

La administración Betancur logró dos rupturas significativas en la relación entre el campo político y el campo cultural, aunque evidentemente no entendió el papel jugado en aquel entonces por la Unión Soviética en América Latina. En primer lugar, inició la superación de la consideración del conflicto colombiano como un hecho ajeno a la nación -el mito de la conspiración externa- y su aceptación como un hecho político e incluso, en algunos momentos, como un fenómeno estructural(2), que requiere ser estudiado por especialistas(3).

La segunda ruptura fue la reconfiguración de los posibles nexos entre la política, como construcción de hegemonía, y la cultura, como fuente de legitimación. Betancur se mostró como un presidente culto, que concebía la cultura desde una perspectiva más realista, comprometida con las necesidades del Estado y la nación(4). En el contexto de la política de paz, Betancur reincorporó a los intelectuales a la nómina oficial. Si en la década anterior existió una enorme desconfianza con los científicos sociales, especialmente generados por la universidad pública, y estos rechazaban ser funcionarios de gobierno, Betancur logró invertir estos dos hechos. En primer lugar, porque se requería una legitimación de su propuesta de paz, lo cual solo se podía realizar en la academia, debido a la oposición de fuerzas armadas, partidos y gremios. En segundo lugar, el crecimiento de la población con educación superior había sido significativo en las dos décadas anteriores y los nuevos profesionales encontraban en el Estado una buena posibilidad para vincularse al mundo laboral. Finalmente, por la búsqueda de protagonismo de algunos intelectuales y el inicio de la crisis de la izquierda surgida en los sesenta.

Otro elemento que contribuyó a la cooptación de los intelectuales fue el protagonismo que adquirieron los medios de comunicación. El periodista, tanto de la televisión como de los periódicos, tuvo cierta notoriedad en los años ochenta. Lo particular de este proceso fue que apareció encarnando una de las funciones del intelectual moderno: la de explicar la sociedad por su conocimiento de la realidad. Los comunicadores se presentan ante la sociedad civil como testigos de excepción de toda credibilidad. Sustituyen a los politólogos en los análisis de coyuntura y se consolidan, momentáneamente, con la fuerza de sus entrevistas exclusivas, aunque el efecto ha sido la banalización de la política.

El fortalecimiento de la opción militarista en la izquierda a raíz del surgimiento del M19, la reactivación del ELN y el fortalecimiento de las FARC generaron dos procesos muy importantes en el campo de los intelectuales disidentes. Por un lado, el movimiento armado cerró toda opción a las posturas distintas a las militaristas con lo cual condenó a los académicos al ostracismo y en el caso de los movimientos sociales, incluida la Unión Patriótica (UP), a la desaparición. Se plantea así el inicio de la valoración crítica de la política insurgente por parte de la academia y los demócratas(5). En segundo lugar, el genocidio en Tacueyó –el demencial ajusticiamiento de más de un centenar de guerrilleros por sus propios jefes bajo la acusación de ser infiltrados–, la toma del Palacio de Justicia, los actos injustificables del movimiento armado (secuestro, extorsión y vinculación con el narcotráfico) y, finalmente, la corresponsabilidad de la guerrilla en el surgimiento del paramilitarismo, llevaron a una lenta pero inexorable oposición de la casi totalidad de los intelectuales con la guerrilla(6).

El movimiento estudiantil universitario, fuente de creación de nuevas generaciones de intelectuales, asistió a un proceso de retorno, en los ochentas, al modelo de mediados de la década del sesenta. En efecto, a partir de esta década la presencia de los grupos insurgentes al interior del movimiento estudiantil se manifestó en el abandono de los procesos de organización gremial y el debate ideológico y la supremacía de acciones de hecho. Como en los sesenta, de lo que se trataba era de que la universidad aportara combatientes a los grupos armados. Esto abrió las puertas a la presencia de grupos dudosamente radicales, activistas dispuestos al tropel inmediato, cuyos efectos sobre el avance de los procesos de organización, la defensa de la universidad y, en general, de la actividad política democrática, incluso revolucionaria, y académica han sido supremamente nocivos.

De manera que lo que encontramos en la izquierda y en la universidad es el fortalecimiento de los sectores militares, la desbandada de los gestores de la disidencia política y académica y el debilitamiento de aquellos que no estaban con el movimiento insurgente. Con contadas excepciones, se producen polémicas académicas y políticas de trascendencia. Los intelectuales quedaron a merced de las acciones punitivas, bajo la amenaza de perder su espacio natural de trabajo y viendo cómo se cerraban las posibilidades para la circulación libre de las ideas.

Los intelectuales bajo
la globalización neoliberal

La globalización neoliberal se hizo dominante en los noventas. Esta se define a sí misma como un proyecto civilizatorio –aparentemente ajeno a la ideología, aunque el postmodernismo es una de sus ideologías– único destino posible para la humanidad(7). El neoliberalismo concibe que todo aquello que está ligado a la nación
–cultura, instituciones, territorio y riquezas– debe desaparecer para facilitar la acumulación de capital. Por ello, este proyecto requiere el debilitamiento de los diversos tipos de intelectuales, la creación de una nueva clase política y la supremacía del economista como tipo de intelectual dominante(8).

La debilidad de las instituciones y organizaciones de carácter nacional, el Congreso y los partidos de oposición, por ejemplo, o de intelectuales críticos, facilita la aplicación de las reformas económicas, políticas y sociales. Un Congreso, unas instituciones judiciales, unos partidos o un ejército sometidos o temerosos, unos intelectuales sin espacio académico, fuentes de financiación ni medios para difundir sus ideas, permiten la adecuación del Estado a las exigencias de la globalización neoliberal y la entrega de los mercados locales al gran capital, sin considerable oposición.

Para realizar sus reformas, los neoliberales asumen como una de sus tareas la renovación de la clase política, en razón de que requieren un nuevo perfil del político y en especial del funcionario estatal. Las vías para hacerlo son varias y están ligadas estrechamente a la transformación de los intelectuales y al nuevo tipo de intelectual dominante. La primera materialización de este propósito fue la incorporación de jóvenes talentos egresados de carreras que tienen una marcada orientación neoliberal –como las de economía o administración–, tradicionales –como el derecho– y abiertamente técnico-científicas como las ingenierías. Esta alternativa incorpora al Estado y a la empresa privada aquellos talentos que se han formado gracias a los esfuerzos de sus familias, como resultado de aptitudes especiales o de becas en el exterior(9).

El proyecto económico neoliberal, sin embargo, demandó la supremacía del economista, quien por su formación, aparece con el aura del científico riguroso y, dada la coyuntura histórica de la supuesta muerte de ideologías y desaparición de los intelectuales, como fuente de legitimización(10). Explica Marco Palacios que, debido a su formación, los economistas se vuelven “indispensables para los políticos que dirigen el Estado, para los grupos de poder económico, y en los procesos de formación de leyes en el Congreso. Eventualmente, pueden ser decisivos para moldear el segmento cartesiano de la opinión pública”(11).

Por otra parte, la supremacía de este tipo de intelectual refuerza la tradicional distribución del capital cultural y las relaciones existentes en Colombia entre el capital cultural y el capital político. En efecto, en el artículo de Palacios sobre los economistas se destaca el estrecho vínculo existente entre los egresados de la Universidad de los Andes, el desempeño de funciones en las instituciones que orientan la política económica y la formación doctoral fuera del país, especialmente en Estados Unidos. Concluye Palacios que “de unos 29.000 economistas graduados en Colombia, han realizado estudios de doctorado unos 164, la mayoría en Estados Unidos, y de éstos, 80 egresaron de la Universidad de los Andes”(12).

El resultado no puede ser otro que la formación de una élite intelectual que concentra los mayores niveles de formación académica, los altos cargos laborales, las mejores remuneraciones y que tiene como rasgo común la orientación de la política económica. Ello demuestra la plena vigencia de los análisis de Weber y Gramsci sobre el concepto y la función de los intelectuales.

La segunda forma de incorporación de los intelectuales al Estado fue el reclutamiento de directores y dirigentes de movimientos cívicos, ONG y nuevos partidos. Esta dinámica formó funcionarios que reemplazaron a quienes se oponían a las reformas o quienes constituían un estorbo político(13).

Finalmente, están aquellos intelectuales que aparecían en el pasado como críticos, sin ser radicales, poseían un capital cultural importante y una visión de conjunto de la sociedad y se desempeñaban como profesores universitarios o directores o miembros de una ONG. Lo particular en este caso es que muchos de los nuevos funcionarios provenían de la izquierda.

Este giro a la derecha de los intelectuales disidentes no quiere decir que el movimiento carezca de contradicciones ni que el cambio haya sido obligatorio para todos los académicos. Por el contrario, existe una corriente plural de pensamiento crítico que ha señalado con anticipación los peligros del neoliberalismo, entre ellos Francisco Mosquera y Eduardo Sarmiento. Otros se han opuesto a sus medidas, incluso desde el Congreso, y han defendido las instituciones, como algunos rectores de universidad pública, entre ellos Víctor Manuel Moncayo. En otros campos del saber de las ciencias sociales también existen ejemplos de intelectuales que han cuestionado el neoliberalismo y el postmodernismo.

Comentarios finales

No se trata de condenar a la hoguera a todos aquellos intelectuales que han sido funcionarios del Estado o que han ocupado u ocupan cargos burocráticos en algunas instituciones. La historia de los intelectuales en el mundo evidencia que no todo el que trabaja para el Estado defiende el orden político, económico y social, así como tampoco el que no hace parte de la nómina oficial se opone al orden establecido. Nos interesa resaltar la tendencia en la relación entre intelectuales y Estado, entre campo cultural y campo político. Tampoco se pretende erigir un muro que distinga a los “puros” de los “impuros”, entre otras cosas porque finalmente la intelectualidad, en países como el nuestro, está generalmente cumpliendo funciones de Estado y porque las coyunturas históricas pueden hacer cambiar a los intelectuales(14).

Es necesario señalar que la participación de los intelectuales en el proceso de legitimación de proyectos, gobiernos y medidas políticas no está exenta de contradicciones. Por el contrario, se pueden generar roces y conflictos con el gobierno central, con los partidos tradicionales, con funcionarios de alto nivel o con la política económica.

En los años ochenta el Estado pasó de objetivo para una transformación social a nicho de realización personal. Por ello, para este tipo de intelectuales, no se debe persistir en la inviabilidad de una ideología sino asumir el principio de la época: el pragmatismo. Se trata, entonces, de aceptar que sacar ventaja es superior al efecto de la utopía. El transformismo de los intelectuales da para participar en gobiernos de corte neoliberal al mismo tiempo que se persiste en una supuesta búsqueda de humanización del modelo económico, humanización que no implica rectificación sino garantizar la presencia de un funcionario con un pasado marcado por el humanismo.

Esta reincorporación de los intelectuales al Estado a partir de la política de paz de Betancur, que se consolidó con el auge del neoliberalismo, lleva a un giro a la derecha de los intelectuales. Lo más grave del caso es que la globalización neoliberal no encuentra el suficiente número de críticos. Cuando la Nación está a punto de desaparecer debido al impacto del neoliberalismo y de la guerra, se hace indispensable una corriente crítica que construya parámetros para una refundación de la nación, tarea en la cual los intelectuales deben participar desde su especificidad social.

           Notas

1 En el análisis de los problemas de la cultura, Pierre Bourdieu emplea los conceptos de capital cultural y económico para resaltar las distintas dinámicas de las relaciones entre estos dos niveles y para llamar la atención de que un campo cultural autónomo existe solo cuando el capital cultural domina sobre el económico. Véase Pierre Bordieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Anagrama, 1999 y Las reglas del arte. Barcelona, Anagrama, 1999.

2 Del desprecio absoluto por parte de los grandes empresarios llegamos a un momento en el cual aceptan “meterse la mano al bolsillo” para financiar los proceso de pacificación y no dudamos que algunos paguen  el impuesto fijado por las FARC. Igual cosa ha sucedido con sectores de las fuerzas armadas, al menos así lo han expresado algunos generales en retiro en diversos reportajes.

3 Una debilidad del informe de los violentólogos (Colombia, violencia y democracia. Comisión de estudios sobre la violencia. Bogotá, IEPRI, Universidad Nacional de Colombia, 1995) fue precisamente la banalización del conflicto interno al diluir el peso de la guerra en un mar de infinidad de múltiples violencias. Según los investigadores, el conflicto interno colocaba menos muertos que otro tipo de violencias.

4  Las propuestas de Belisario Betancur en: El homo sapiens se extravió en América Latina. Bogotá, El Navegante, Tercer Mundo Editores, 1990, pp. 24 y ss, 48,51, 58.

5  Bernardo Jaramillo Ossa, vocero de la UP, se pronunció contra el secuestro y el boleteo y otras prácticas de financiación de los grupos insurgentes, véase «Intervención de Bernardo Jaramillo Ossa en la sesión de instalación del Encuentro por la Paz en Ibagué» en Presidencia de la República. El camino de la paz. Historia de un proceso. Consejería para la Reconciliación, Normalización y Rehabilitación. Bogotá, Imprenta Nacional, 1989, Volumen II, pp. 141-146.

6  La crítica que sintetiza el rechazo de los intelectuales a la guerrilla la realizó Gonzalo Sánchez en “El repliegue histórico de las FARC” en El Tiempo, Bogotá, febrero 8 de 2002.

7  Para entender la noción de la globalización neoliberal como un proyecto civilizatorio, ver Edgardo Lander “Ciencias sociales: saberes coloniales y eurocéntricos”, Edgardo Lander (Comp.). La colo-nialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Clacso, 1993.

8 Para analizar la relación entre autoritarismo y neoliberalismo, ver  Consuelo Ahumada, El modelo neoliberal y su impacto en la sociedad colombiana. Bogotá, El Áncora, 1996.

  Es el resultado de una creciente clase media; el mejor ejemplo sería el alcalde populista y neoliberal Antanas Mockus.

10 La supremacía de los economistas en la sociedad y al interior del campo intelectual no ha sido exclusiva de esta época. Señala Feuer que luego de la primera postguerra, y especialmente a raíz de la crisis de 1929, el economista fue llamado en Estados Unidos “brain trust” y tuvo un importante protagonismo por la creencia en la planificación económica y la intervención del Estado en la economía. Véase Lewis S. Feuer. “GAT is an Intellectual?” en Alexander Gella (Editor). The Intelligentsia ante Intellectuals. Theory, Method and Case Study. Beverly Hills, Sage Publications Inc., 1976, p. 52.

11  Marco Palacios. “Saber es poder: el caso de los economistas colombianos” en Marco Palacios, De populistas, mandarines y violencias. Luchas por el poder. Bogotá, Editorial Planeta Colombiana, 2001, p. 99.

12  Véase Ibíd., especialmente tablas 5-6.1, 8 y apéndice 9,

13   Algunos de estos movimientos tienen una vida corta, el mejor ejemplo es el movimiento de la séptima papeleta en 1990-1991.

14   Igual cosa aconteció con los “ministros obreros”. Lo que buscaron los sectores dominantes con la participación de sindicalistas en el gobierno fue la división de la clase obrera y el debilitamiento de la oposición, pues al mismo tiempo que se «reconoce» la importancia del movimiento sindical se aplican medidas neoliberales.

 

Regresar