Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704



La lección de Bolivia:
Rechazar el ajuste del FMI

 


Artículo publicado en Carta Económica, Cenda, 16 de febrero de 2003 y cedido por el autor a Nueva Gaceta


Hugo Fazio Rigazzi

El pueblo boliviano rechazó la política de ajuste fiscal acordada por el gobierno con el FMI, obligando al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada a retirar del Congreso el paquete de medidas incorporadas con este fin en el proyecto de presupuesto y que establecía un gravamen a las remuneraciones de los trabajadores del sector privado de 12.5 por ciento y una disminución en igual porcentaje en los salarios de los funcionarios del sector público. En la región, las políticas del Fondo nuevamente fueron rechazadas, lo cual ha tenido lugar ya en varias oportunidades, bien sea mediante jornadas electorales o grandes movilizaciones ciudadanas.

Se rechazó el mismo esquema de ajuste fiscal impuesto en diferentes países suramericanos, entre otros en Brasil, Argentina, Ecuador y Uruguay, que se trató de establecer en Bolivia de una forma particularmente extrema, con el propósito de reducir el déficit presupuestario de un 8.5 por ciento a un 5 por ciento del PIB. El intento de recortar los salarios reales hizo recordar la disminución del 13 por ciento en las remuneraciones de los funcionarios públicos que impuso en Argentina el gobierno de De la Rúa y que se transformó en uno de los factores impulsores del estallido social que finalmente terminó con su administración.

Una vez más, las propuestas del Fondo se caracterizaron por su carácter regresivo. La ley de presupuesto pretendía obtener más de un 40 por ciento del ahorro fiscal con cargo al bolsillo de los trabajadores, US $ 100 millones en un paquete de US $ 240 millones. Se buscó presentar esta política como un camino hacia la reactivación del aparato productivo. La experiencia regional muestra fehacientemente el impacto negativo de ajustes fiscales de este tipo sobre la actividad económica, los cuales frecuentemente terminan reproduciendo o incrementando también el déficit presupuestal que se busca eliminar. Los ingresos fiscales tienen una relación directa con la actividad económica, en consecuencia políticas contractivas no permiten en muchos casos la superación de los saldos presupuestarios negativos. Con el agravante de que se insistía en estas políticas en un país que vive su crisis económica más severa desde 1985.

Se trató de imponer el recorte salarial en una nación con un 80 por ciento de la población, unos ocho millones de personas, en situación de pobreza, en la cual el ingreso per cápita en los cuatro años anteriores a la elección presidencial de 2002 cayó en 11.8 por ciento y el consumo privado en los tres años previos al acto electoral en un 3 por ciento. Por su parte, el desempleo abierto en ese mismo lapso aumentó del 4 al 12 por ciento. La movilización adquirió un carácter muy generalizado al contar con el apoyo de la empresa privada, que reclamaba porque durante sus seis primeros meses el gobierno de Sánchez de Lozada no puso en marcha medida alguna para reactivar el endeudado aparato productivo y, en vez de ello, anunció un plan que reducía aún más el mercado interno.

En Bolivia, la movilización en contra del ajuste fiscal tuvo la particularidad de incorporar a las organizaciones gremiales de policías (un cuerpo de 20.000 efectivos), los cuales rechazaron igualmente el gravamen a sus remuneraciones que afectaba en su caso a aquellos que ganan más de 880 pesos bolivianos (unos US $130), exigiendo en cambio un incremento en sus salarios del 40 por ciento. La demanda se fundamentó, como señaló el suboficial David Cahuana, representante de la Asociación Nacional de Suboficiales y Clases de la Policía, en que «la institución es la peor pagada del país» (13/2/03). No es la primera vez que en la historia boliviana la policía actúa junto al movimiento social. Ya aconteció hace medio siglo, en la revolución de 1952, cuando se levantaron junto a trabajadores y mineros en contra del gobierno de Enrique Hertzog. Esta incorporación produce un quiebre en el tradicional monopolio de la fuerza al lado de los gobiernos de turno.

La jornada de protesta de los días 12 y 13 de febrero arrojó un saldo de 33 muertos y más de un centenar de heridos. Los mayores enfrentamientos se produjeron en las ciudades de La Paz, El Alto, Cochabamba, Santa Cruz y Oruro. Tal como aconteció en Argentina y Uruguay, se expresó también con el saqueo de establecimientos comerciales. Como escribió el sociólogo boliviano Fernando Mayorga, en el diario La Razón, estas acciones revelan «aquel rostro de la sociedad civil que nos negamos a reconocer y que expresa la quiebra de los lazos de pertenencia comunitaria que, en el pasado, eran reforzados por la existencia de objetivos y valores comunes, como la idea democrática» (15/2/03). Tiene relación, en definitiva, con la magnitud de la exclusión social y la pobreza de masas.

Desde que asumió el 6 de agosto de 2002, luego de lograr la mayoría parlamentaria gracias al apoyo recibido del ex presidente Jaime Paz Zamora y de derrotar estrechamente en las urnas a Evo Morales, candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), Sánchez de Lozada ha enfrentado fuertes convulsiones sociales. La movilización del 12 de febrero no fue la primera. En enero se desarrolló un movimiento de trece días de duración de los campesinos de El Chapare exigiendo la suspensión de la erradicación de los cultivos de hojas de coca. La erradicación es respaldada por el gobierno estadounidense, principal cooperante del plan antidrogas boliviano, como reafirmó en la presentación de sus cartas credenciales, el embajador de la Casa Blanca, David Greenlee (22/1/03).

El Chapare es una zona altamente militarizada, con más de 7.000 efectivos apostados permanentemente, que cuenta con el financiamiento y asesoramiento de la Drug Enforcement Agency (DEA) y otras entidades estadounidenses. Su campesinado posee una elevada conciencia social. Un porcentaje de ellos proviene del proletariado minero despedido de sus fuentes de trabajo a consecuencia de la ofensiva privatizadora y de la liquidación de la estatal Corporación Minera de Bolivia. Los mineros desplazados se radicaron en El Chapare en la década de los ochenta en busca de una fuente de subsistencia, dedicándose a sembrar coca por constituir el ingreso más seguro.

El MAS nace también de las confederaciones campesinas de El Chapare y de toda la región de Cochabamba. En El Chapare surge igualmente la figura de Evo Morales, encabezando las acciones contra los intentos estimulados por EU de erradicar los cultivos de coca, hasta transformarse en un líder nacional. No hay cifras exactas –se escribe en Le Monde Diplomatique (8/02)–, pero se estima que en los últimos quince años en esa región han muerto más de 250 campesinos defendiendo su derecho a sembrar coca.

En enero pasado, la resistencia a la erradicación se expresó a través de bloqueos de rutas, que dieron lugar a numerosos enfrentamientos armados, que también produjeron más de una veintena de muertos y centenares de heridos. En el curso del movimiento se constituyó un «Estado mayor del pueblo», encabezado por la Central Obrera Boliviana (COB) que, además de las reivindicaciones de los cocaleros y otras demandas sectoriales, se pronunció en contra de la exportación de gas por territorio chileno y expresó su rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas. El movimiento cesó al suscribirse una carta de pacificación, que llevó a la constitución numerosas mesas de trabajo, incluyendo las referidas a la exportación de gas y al ALCA.

Yo quiero decir –destacó Evo Morales– que gracias a la fuerza del pueblo boliviano, por primera vez en la historia (del país), se han conformado mesas de trabajo con el tema del gas y los hidrocarburos, donde el gobierno, mediante un acta de entendimiento, aceptó que se consulte al pueblo. Nosotros vamos mucho más allá –agregó Morales–, a que el pueblo tenga derecho a decidir sobre el gas y sobre los hidrocarburos. Por tanto, el movimiento tuvo el mérito de expresarse no sólo frente a temas sectoriales sino que asumió reivindicaciones nacionales.

Bolivia posee la mayor reserva probada de gas natural en Suramérica: 52.3 trillones de pies cúbicos. Los yacimientos se encuentran emplazados en los contrafuertes de la cordillera de los Andes, en el sur del país, y tienen por concesionarios a poderosas empresas petroleras españolas, inglesas, francesas, estadounidenses, brasileñas y argentinas. Su futuro constituye, por ende, un tema nacional de la primera importancia.

La derrota en Bolivia de los planes de ajuste del FMI constituye un acontecimiento trascendental. Es un nuevo hito en las multifáceticas acciones de rechazo a las políticas del Fondo desarrolladas en los últimos años en América Latina. Sigue pendiente, eso sí, que estas grandes acciones de rechazo a un modelo fracasado y que agudiza las contradicciones, den paso a la construcción de políticas alternativas que incorporen a vastos sectores de la población de cada uno de nuestros países a proyectos nacionales, que expresen los intereses de las grandes mayorías.

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