Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704


 

          El Alca

en la perspectiva latinoamericana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Arturo Cancino C. y Pascual Amézquita Z.


A medida que se aproxima el año 2005, plazo establecido para la iniciación del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), se percibe un aumento en la presión de Estados Unidos sobre los países de América Latina con respecto al avance del proceso de negociación y a la concreción de acuerdos sobre las materias negociadas. Por sí solo, este hecho revela la importancia estratégica que dicho proyecto tiene para la superpotencia. Su interés es muy evidente en decisiones como la prórroga y ampliación de la Ley de Preferencias Andinas (Atpa, por sus siglas en inglés), en la que el país del norte condicionó la “elegibilidad” de los países a la permanencia de estos en las negociaciones del proyecto hemisférico.

Al mismo tiempo, crece en extensión e intensidad el debate en Latinoamérica sobre las eventuales ventajas y probables perjuicios que traerá a la región lo que la publicidad describe como un mercado libre de 800 millones de habitantes y 34 países del continente (con la sola excepción de Cuba), que abarcará el 40 por ciento de la producción y el 20 por ciento del comercio mundial. La discusión ha dado paso a manifestaciones populares de descontento y rechazo en Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador y otros países. Aparte de los gobiernos actuales–con notorias salvedades– y de algunos personajes de la corriente neoliberal, muy pocos aceptan sin reservas la versión oficial del Departamento de Comercio de EU según la cual el convenio se propone garantizar por igual a los países del continente la participación en un inmenso mercado libre, con el fin de multiplicar el comercio hemisférico para beneficio de todos los “socios” y asegurar un mayor crecimiento de las naciones involucradas.

Paradójicamente, la creciente discusión pública se realiza a contrapelo del ambiente secreto que ha rodeado las negociaciones y del hermetismo de los gobiernos. Estos han omitido cualquier consulta plebiscitaria a la población, en un tema que puede determinar sus futuras condiciones de vida. Tampoco se han preocupado realmente por indagar la opinión de los sectores académicos, profesionales, sindicales, ni aún de los empresarios nacionales; e incluso han evadido la discusión parlamentaria, marginando a las corporaciones de representación popular completamente del proceso. Más aún: a pesar de que el Alca se proclamó en 1994 y las negociaciones formales comenzaron en 1998, sólo a partir del 2001, mediante filtraciones sobre su contenido, se consiguió divulgar los elementos centrales sobre los cuales versarán los acuerdos. Este conocimiento ha permitido establecer que estamos ante un proceso mucho más complejo que el supuesto incremento del intercambio comercial interamericano del que hablan sus promotores.

El lado poco conocido de América Latina

Los países de América del Sur, Centroamérica y el Caribe suman cerca de 500 millones de habitantes, el 40 por ciento de los cuales vive por debajo de la línea de pobreza. El PIB de la región es de alrededor de 1.7 billones de dólares al año, que comparados con los casi 10 billones de dólares del norteamericano sugiere un mercado poco significativo.

Sin embargo, hay otros factores no tan conocidos pero no menos importantes. Una porción creciente de las importaciones petroleras de Estados Unidos proviene de la región (más del 35 por ciento, si se incluye México) y las reservas de ésta superan ampliamente las disponibles en el territorio estadounidense, cuyo agotamiento se producirá dentro de los próximos diez años. Sólo por la grave crisis que esto supone y por la relativa seguridad y proximidad del abastecimiento latinoamericano, la zona adquiere ya importancia estratégica para la superpotencia, mucho más ante los azares de la guerra contra Irak.

Por otra parte, cerca del 30 por ciento del agua fresca (cuya futura escasez es previsible) y la cuarta parte del oxígeno del planeta se producen en la región, que posee así mismo la mayor biodiversidad mundial: 40 por ciento de las especies vivas. De esto último se benefician las compañías farmacéuticas norteamericanas, que obtienen de aquí no menos del 25 por ciento de sus materias primas; pero la explotación plena (y exclusiva) de esta riqueza les podría representar utilidades incalculables. Lo anterior sin ahondar en los recursos en el campo de las telecomunicaciones como la órbita geoestacionaria y otras ventajas menos conocidas, de similar importancia estratégica.

Además, aunque el PIB promedio por habitante de América Latina no alcanza al 10 por ciento del de Estados Unidos, en la actualidad de cada dólar que Latinoamérica compra en el exterior 49 centavos se gastan en productos estadounidenses. Las proyecciones dicen que dentro de una década el comercio norteamericano con la región superará al que realice con Europa y Japón juntos. Si a esto le agregamos que los negocios de las multinacionales estadounidenses en Latinoamérica le vienen redituando el doble de la tasa de ganancia obtenida en su país(1), resulta cuestionable la apreciación generalizada sobre el aparente “segundo plano” que dentro de la política exterior norteamericana juega el subcontinente.

En este contexto, ¿cuáles son los objetivos reales de la integración hemisférica? , y ¿qué implican para América Latina las políticas de libre mercado que inspiran el Alca?

Balance de doce años de apertura comercial

Lo primero que salta a la vista es que el Alca no es un proyecto aislado. Sus postulados explícitos sobre la supremacía de la libre circulación de bienes y capitales, la privatización de lo público y la eliminación de las regulaciones nacionales, son por completo coherentes con las políticas emanadas del “Consenso de Washington” (1989)(2). El modelo económico originado en estas políticas ha dominado el panorama latinoamericano desde la década pasada y, más allá de su discutible soporte teórico, arroja unos resultados concretos.

Una evaluación de dichos resultados puede empezar precisamente con el comercio. Hasta 1992 la balanza comercial con Estados Unidos fue favorable a América Latina sin incluir México; pero a partir de este año -que coincide con la aplicación generalizada de la liberalización comercial y financiera por la región- la situación se invirtió a favor de EU (gráfico 1), generándole un superávit que le ayudó a compensar parcialmente su crónico déficit comercial con el resto del mundo, que en el 2002 alcanzó la descomunal suma de US $44.900 millones según el Dpto. de Comercio (Portafolio 03/13/03. Lo cierto es que la economía estadounidense disfrutó en los 90 del decenio más próspero después de la década de la posguerra, con un crecimiento del producto nacional de entre el 5 y el 6 por ciento anual a partir del año 92.

Al mismo tiempo, para los países de la región el desequilibrio prolongado en la cuenta corriente de la balanza de pagos a raíz del déficit comercial ocasionó un incremento acelerado del endeudamiento externo con el que se atendió su financiación. Y la acumulación explosiva de la deuda, por encima del 60 por ciento del PIB, terminó llevando a la crisis y a la cesación de pagos a Argentina y tiene al borde de la misma a Brasil, Uruguay, Ecuador y Colombia, entre otros. El saldo total de la deuda externa latinoamericana saltó en la década pasada de US $460 mil millones a US $760 mil millones, y las tasas de interés de un promedio del 3 por ciento a más del 10 por ciento anual. Más grave aún, los niveles de crecimiento económico –luego de un repunte fugaz hasta el 97– han caído en los últimos años hasta configurar lo que ya se califica como otra “media década perdida”(3), adicional al decenio perdido de los 80.. De hecho, en 2002 se produjo un decrecimiento económico cercano al 1 por ciento, el peor resultado en 20 años, con el consiguiente retroceso del PIB por habitante. En estas condiciones, el pesado fardo de la deuda se convierte en un obstáculo insalvable para poner en marcha políticas públicas de recuperación económica, que de todas formas tropiezan con la oposición de la ortodoxia neoliberal.

Gráfico 1

Fuente: Cepal.

Aunque en los últimos años las importaciones de la región han caído por el agotamiento de sus economías, y por tanto la balanza comercial de algunos países ha recuperado el equilibrio o se ha tornado positiva, la cuenta corriente de la balanza de pagos de la mayoría de los mismos continúa en rojo debido a la transferencia al exterior de utilidades y regalías de las multinacionales, así como al creciente monto del servicio de la deuda que desangra las finanzas públicas y privadas de los deudores. Aún para México, que se puede considerar un caso especial por tratarse del destino fronterizo de la industria “maquiladora” de EU y por el superávit comercial que le significan las reexportaciones a territorio estadounidense, el resultado de su balanza de pagos mostraba en 2001 un saldo negativo de US $17.196 millones. El déficit en cuenta corriente de toda la región ascendió ese año a US $50 mil millones.

¿Cuál es la causa de este balance favorable para EU y negativo para América Latina? Sin duda, parte de la respuesta es la apertura comercial que, junto con la supresión de los controles administrativos a las importaciones, consistió en una disminución casi instantánea en los aranceles, desde un nivel promedio cercano al 50 por ciento al aproximado 12 por ciento actual(4). Esto provocó una avalancha de importaciones de bienes industriales y de alimentos que arruinaron muchas industrias y gran parte de los cultivos de cereales y oleaginosas, originando en el caso colombiano la caída del área sembrada en cerca de un millón de hectáreas y de la participación de este sector en el PIB de 18 por ciento a 11 por ciento(5). Pero además, la estructura arancelaria que se adoptó (en general, 10 por ciento para materias primas, 15 por ciento para bienes intermedios y 20 por ciento para productos finales), estimula la importación de insumos y productos intermedios, lo que reorientó la estructura productiva hacia el ensamblaje y produjo el desplazamiento de la producción nacional de bienes intermedios por las importaciones de éstos. Asimismo, propició la sustitución de las exportaciones de alto valor agregado, representadas en el caso colombiano por textiles, calzado, alimentos procesados, etc., por la de industrias exportadoras de bajo valor agregado nacional y alto componente importado, como papel, productos químicos y automóviles, cuya balanza comercial es negativa para el país(6). Uno de los resultados notorios en toda la región ha sido el desplome en el empleo industrial y agrícola y el aumento general de los índices de desempleo y subempleo, junto con la caída en un 27 por ciento del ingreso real de los trabajadores.

La otra parte de la respuesta, menos estudiada, es el proteccionismo real que practica Estados Unidos en sus relaciones comerciales con los países atrasados, en contradicción con su aperturismo verbal(7). En efecto, ese país emplea el más variado arsenal de barreras y mecanismos proteccionistas diferentes a los aranceles. Desde las cuotas de importación para sus industrias “sensibles” (textiles, calzado, azúcar, etc.) y los subsidios a sectores productivos considerados estratégicos (US $86 millones diarios a sus agricultores); pasando por normas fitosanitarias, de aplicación discrecional para carnes, frutas y vegetales, hasta las salvaguardas y derechos antidumping, como el sobrearancel del 30 por ciento dispuesto para el acero importado (que afecta drásticamente las exportaciones de Brasil, Argentina y Venezuela) o el del 50 por ciento aplicado al jugo de naranja, destinado principalmente a las exportaciones brasileñas.

En particular, el recurso de la legislación antidumping le permite a los productores norteamericanos bloquear el acceso de la competencia externa al mercado de su país, con la sola solicitud a sus autoridades de gravar las mercancías extranjeras, sin más pruebas que la acusación unilateral de que el precio de estas es inferior a su costo de producción (!). Pero además, gracias a la enmienda Byrd, los demandantes se benefician directamente de las cargas impuestas a la competencia extranjera que termina tributándoles un subsidio forzoso(8), caso único en el planeta.

Así, Estados Unidos se presenta como una de las economías con más bajos aranceles promedio del mundo (1.6 por ciento) y se puede dar el lujo, como lo viene haciendo en las negociaciones del Alca, de ofrecer para algunos productos una desgravación arancelaria aún mayor, porque sus barreras al comercio son disimuladas y selectivas y, por lo mismo, más eficaces en la protección de su mercado y letales para los productores extranjeros(9).

Los efectos reales de la inversión extranjera

El otro aspecto clave del modelo económico es el de la inversión extranjera directa (IED). No hay que olvidar que mientras el valor total del comercio internacional (US$6 billones al año) equivale al 20 por ciento del producto bruto mundial, los movimientos de capitales representan más de diez veces el valor de éste último.

La IED se disparó en la región desde US $5.700 millones en 1990 a US $77.047 en 1999. Su aumento se explica por las políticas aplicadas por los gobiernos latinoamericanos de eliminar las regulaciones al movimiento de capitales y ofrecer mayores ventajas y rendimientos a los inversionistas foráneos, en sintonía con las directrices del Consenso de Washington y bajo la presión mal disimulada de organismos multilaterales como el FMI, el BM y la OMC.

Para establecer su impacto real sobre las economías, es necesario revisar dos aspectos: destinación prioritaria y grado de permanencia. En cuanto al primero, la composición de la IED en Colombia es un espejo de lo ocurrido en Argentina, Chile, Brasil y prácticamente toda América del Sur. Sesenta por ciento se orientó al sector de servicios, 24 por ciento a la explotación de bienes primarios y sólo 16 por ciento a la industria manufacturera, al revés de lo sucedido en México y Centroamérica, donde la maquila absorbió la mayor parte de la IED(10).

En lugar de las industrias exportadoras con alta tecnología que traería el capital extranjero a estos países, la inversión foránea se concentró en la adquisición de negocios ya establecidos, con rentas aseguradas en el mercado interno y poca o nula exposición a la competencia internacional. Como ya se explicó, estos negocios se ubican en particular en el denominado sector de servicios, al que accedieron principalmente a través de la privatización de activos del Estado, como las empresas de servicios públicos domiciliarios y de telecomunicaciones, compañías de seguros y entidades financieras. Alrededor de 4.000 activos públicos en la región fueron enajenados al capital extranjero durante la década pasada, muchas veces a menosprecio.

Aparte de no generar divisas para el país por dedicarse a productos no transables, la intervención del capital extranjero en la compra de empresas no sólo dejó de producir el empleo que la creación de toda nueva empresa conlleva, sino que, por el contrario, contribuyó a la destrucción de mucho empleo bien remunerado, aprovechando las reestructuraciones derivadas del cambio en la propiedad.

Un caso bastante representativo de la orientación rentista de esta clase de IED han sido las adquisiciones en el sector financiero latinoamericano (cuadro 1), donde la banca extranjera ha adquirido un peso decisivo, particularmente si se tiene en cuenta el papel parasitario que este sector ha venido jugando en las economías de la región, en calidad de manipulador de papeles de deuda pública de alto rendimiento antes que como apoyo al productor nacional(11).

Cuadro 1
Control extranjero de la banca Latinoamericana

Fuente: Bureau of economic analysis, The Wall Street Journal.

Contrario a lo pronosticado, la competencia de la banca extranjera tampoco se ha visto reflejada en una mayor eficiencia a través de tasas de intermediación más bajas que llevarían al abaratamiento del crédito. En cambio, sus remesas de utilidades y otras operaciones internacionales han contribuido al proceso de drenaje de capitales (en Colombia se estima en US $30.000 millones los capitales fugados en los últimos diez años), con connotaciones devastadoras en países como Argentina.

En lo que se refiere al grado de permanencia de la inversión extranjera, al igual que en todas las llamadas regiones emergentes del mundo, una parte considerable del capital entrante se caracteriza por una gran volatilidad en sus flujos (gráfico 2), con graves consecuencias sobre la estabilidad financiera de los países. El origen de este problema es el mismo para América Latina, Asia sur oriental o Europa Oriental: la desregulación financiera promovida e impuesta por el FMI y el Departamento del Tesoro de EU, en interés del capital especulativo internacional. Las reformas en esta dirección significaron la eliminación de los controles monetarios y cambiarios con el objeto de garantizar la libre movilidad de los capitales, lo cual permite la inundación de los países por inversiones de corto plazo o capitales “golondrina”. Estos ingresan en busca de rápidas ganancias cuando hay expansión económica, sobrevaluando las monedas y perjudicando la producción, y se retiran masivamente tan pronto la economía decae, acelerando su desplome. Por eso se catalogan como procíclicos y nocivos para la estabilidad económica y el crecimiento sostenido. Ni que decir que con base en ellos no se puede construir empresas. A su efecto perverso se atribuye, entre otras, la crisis asiática del 97 y sus coletazos sobre Rusia y América Latina(12).

Gráfico 2

Fuente: Banco Mundial.

Las economías más grandes de Latinoamérica han sido víctimas en años recientes de este flagelo, entre ellas México (1995), Brasil (1998) y Argentina (2000). Pero incluso Chile en 1997 y Colombia en el 2003 –país donde se especula contra el peso en los últimos meses– lo han sido en menor escala. Estudios recientes parecen demostrar que la volatilidad de los flujos de capital explicaría hoy más del 50 por ciento de las caídas del PIB, a diferencia de los años 80 cuando su efecto era sólo del 20 por ciento(13).

Desangre económico y fracaso social

Como resultado de todo lo anterior, entre las utilidades de las multinacionales norteamericanas y los intereses de la deuda se ha producido un descomunal traslado de capitales desde la región hacia Estados Unidos, que alcanzó la suma de US $603.900 millones entre 1991 y el 2001. Esto sin contar las fugas subrepticias de capitales y los resultados del intercambio desigual, sobre cuyos montos no hay precisión pero podrían elevar la cifra de la riqueza sustraída a América Latina por su vecino del norte, en este lapso, al orden del billón de dólares(14).

¿Cómo se ha reflejado esta realidad en la población? La respuesta escueta la dan los indicadores sociales: 226 millones de personas en la pobreza, 26 millones más que en 1990, el 40 por ciento del total de habitantes de la región, la mitad de ellos reducidos a condiciones de miseria. Aumento del desempleo a más del 9 por ciento promedio (el peor índice en 22 años, según la OIT), 17 millones de trabajadores en el área urbana sin ocupación. Disminución del ingreso por habitante en un 2 por ciento con respecto al de 1997. 54 millones de habitantes víctimas de la desnutrición y un mayor aumento en la desigualdad en una región que ostenta el récord mundial de la misma.

Según algunos comentaristas estadounidenses como Matt Moffett, del The Wall Street Journal, frente a la evidencia del fracaso económico, Washington se quedó sin respuestas luego de haber empujado a Latinoamérica hacia las reformas de libre mercado a lo largo de más de diez años(15). Sin embargo, en las esferas gubernamentales de Estados Unidos no parece haber cabida para estas reflexiones. Robert Zoellick, el actual representante del Departamento de Comercio, concibe los acuerdos comerciales como el mejor instrumento para seguir impulsando dichas reformas. “A diferencia del FMI, que tiene ese mismo estilo del G7 de decirle a los países a los que presta dinero lo que tienen que hacer, el comercio es un camino de doble dirección”, algo que los países encuentran menos ofensivo, observa(16) .

La cuestión para EU es entonces mejorar el estilo, no la política. Y la vía del comercio, a través de proyectos de liberalización de los mercados como el Alca, constituye la estrategia más eficaz para asegurar las reformas neoliberales en los países atrasados, sin importar las desastrosas consecuencias para estos.

Los designios de Washington para la región

Para Estados Unidos el Alca constituye un desarrollo más avanzado de la política que anunció en junio de 1990 bajo el nombre de “Iniciativa para las Américas”, y que luego fue concretando individualmente con cada país, para en 1994 dar el gran salto que representó el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá (Tlcan).

Se trata ahora de extender dicho convenio al resto de América Latina, a fin ampliar su mercado regional y recibir especialmente el aporte de las economías del sur del continente para revitalizar la propia, que viene mostrando señales inequívocas de debilidad(17). El área de libre comercio le representa además la exclusión de sus rivales europeos y asiáticos de lo que considera su zona de influencia y la conformación de un bloque o retaguardia económica para afrontar con mayores ventajas la aguda contienda comercial con los mismos. Estas ventajas se derivan del dominio que ejercerían sus inversiones, libres de los obstáculos que todavía suponen algunas regulaciones nacionales y con menos exposición a la competencia que representan las otras potencias. Además, tendrá a su entera disposición una fuente casi inagotable de materias primas y mano de obra 80 por ciento más barata que la propia.

Tal filosofía es patente en el llamado Fast track o TPA (Trade Promotion Authority), ley que autoriza al gobierno para adelantar las negociaciones comerciales del Alca y otras bilaterales o multilaterales, enmarcadas en el mismo propósito. Según reza en uno de sus apartes la exposición de motivos del TPA,

            El comercio exterior es un elemento crítico para el crecimiento económico, el poderío y liderazgo de los Estados Unidos... los acuerdos comerciales deben maximizar las oportunidades de los sectores más importantes de la economía.

            Ver: http//:ppc.state.gov/documents/organization.

La misma ley reafirma el mantenimiento de la legislación antidumping y de las cuotas y subsidios agrícolas, de lo que dio fe el reciente tratado de libre comercio con Chile.

Por otra parte, dada la asimetría entre las enormes transnacionales norteamericanas y las industrias locales(18), para América Latina la integración comercial con Estados Unidos en las condiciones de libre competencia previstas implica la hegemonía de este último hasta el punto de la anexión económica del sur del continente. Sin protección arancelaria (cuyo desmonte a partir del 2005 se espera concluir en diez años), la base industrial propia será reemplazada por la maquila o eliminada, exceptuando un puñado de empresas bajo el control norteamericano; y las importaciones de bienes agrícolas estadounidenses, cuyos precios subsidiados hoy se sitúan más de un 20 por ciento promedio por debajo de su costo(19), arrasarán la producción agraria de alimentos para reemplazarla por los cultivos tropicales. Con la pérdida de la industria y la agricultura comercial se consolidará la dependencia de las importaciones y la especialización de las economías en la explotación de recursos naturales y cultivos como el café, el banano o la palma africana, que no forman parte de la dieta básica humana y –al igual que los demás bienes primarios– adolecen de una escasa demanda interna, exceso de oferta en el mercado mundial y bajos precios(20).

Una visión aproximada del futuro se puede observar en el caso mexicano. A los ocho años de firmado el Tlcan, la mayor parte de su agricultura está arruinada por la competencia desleal del agro estadounidense y el país depende cada vez más de la importación de cereales, es decir, está perdiendo su seguridad alimentaria. Diez millones de trabajadores agrarios se han quedado sin trabajo y ocho millones de familias han caído en la pobreza, a pesar del crecimiento de las exportaciones y de las tasas positivas (aunque no extraordinarias) de crecimiento del PIB. Lejos de disminuir, la desigualdad ha aumentado en estos años. El salario mínimo ha perdido más de la mitad de su valor real desde 1994 y 28.000 empresas nacionales medianas y pequeñas cerraron después de firmado el Tlcan. La economía opera en función del mercado estadounidense y depende del mismo: 80 por ciento de las exportaciones están dirigidas al mercado de EU. Cuando este se contrae, como en el 2001, la economía mexicana entra en crisis. En las zonas de las maquilas las condiciones laborales y de salubridad siguen siendo lamentables. Más de un millón de trabajadoras ganan menos del salario mínimo, las jornadas laborales se extienden a más de 12 horas, aumenta el trabajo infantil, la protección legal es precaria, los derechos de asociación están restringidos, los casos de hepatitis y defectos de nacimiento han aumentado por el crecimiento de la polución y los desechos tóxicos. Con todo, las maquilas, que responden por la mitad de las exportaciones a Estados Unidos, ahora están emigrando a China en busca de salarios más bajos y, desde octubre del 2000, en año y medio se perdieron 287.000 puestos de trabajo por este motivo(21).

En Colombia, la presión de los sectores interesados en seguir el ejemplo de Chile en busca de un tratado bilateral de libre comercio con EU ha creado una disyuntiva que permite evaluar por anticipado los efectos comerciales de ingresar con aranceles menores de los actuales al convenio hemisférico. En un estudio bastante conservador, la Universidad de los Andes calcula que a cambio de los US $50 millones adicionales por mes que se ganarán con la reducción de aranceles hacia EU, se perderán US $144 millones por el abandono del AEC (arancel externo común) de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en las exportaciones a los países andinos, es decir que el saldo negativo del trueque será de US $94 millones(22). En realidad el efecto negativo será muchísimo mayor, ya que este análisis pasa por alto que la reducción del arancel será reciproca con EU y por tanto se perderá también el mercado interno para los productores nacionales, pérdida que no se ha cuantificado. Agreguemos además que mientras en el caso de las exportaciones al mercado estadounidense –sin contar los bienes primarios como el petróleo, las flores y el café– estamos hablando de productos de poca complejidad como las manufacturas de cuero y las confecciones, en el caso de la CAN, gracias la protección arancelaria del AEC, se trata de maquinaria eléctrica, productos plásticos, metalmecánicos, etc. con mayor grado de elaboración y tecnología y que por tanto suponen más valor agregado, con mayores encadenamientos industriales. Adicionalmente, exportamos a los países andinos productos agroindustriales como el azúcar y otros asociados a la agricultura comercial.

Lo grave de esta “audaz” estrategia es que un tratado bilateral con Estados Unidos puede significar en la práctica el retiro colombiano de la CAN, como ocurrió con la apertura unilateral en Chile bajo Pinochet. En nuestro caso resultaría en un sacrificio de la industria y el agro colombiano por partida doble (pérdida de ventas externas e internas), sin contraprestación real para el país debido a la precaria oferta exportable al mercado estadounidense.

Los derechos de los inversionistas
y los derechos de los pueblos

Posiblemente de mayor significado que el tema de los aranceles y el acceso a los mercados, que reciben la atención exclusiva de los medios, es lo relativo al tratamiento de la inversión extranjera. Algunos incluso opinan que más que un convenio sobre comercio, el Alca es un tratado sobre inversión(23).

Hay una clara identidad entre el Capítulo 11 del Tlcan, el abortado proyecto del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), los elementos incorporados en las negociaciones de la OMC bajo el nombre de Trims, y el esquema sobre “derechos de los inversionistas” que se viene discutiendo en el Alca.

Los mecanismos diseñados para la solución de controversias excluyen a los tribunales nacionales y desconocen la legislación de cada país, entregando a árbitros internacionales secretos la solución de los conflictos que se presenten entre los inversionistas y los Estados. Los conflictos pueden provenir tanto de la expropiación real de activos de los inversionistas extranjeros por los países, como de la simple revocatoria de un derecho concedido previamente, como la cancelación de una licencia de operación o de un contrato de servicios. Esto por cuanto la definición de inversión incluye toda clase de activos adquiridos, tangibles e intangibles y se extiende aún a las llamadas inversiones “de portafolio”, marcadamente especulativas.

Pero, además, basta con que cualquier disposición oficial –del tipo de regulaciones sanitarias, o de protección laboral o ambiental– interfiera con las ganancias esperadas por el inversionista para que éste pueda asimilarla a una expropiación, dando origen a cuantiosas demandas contra el Estado, como las que ya se han presentado por empresas estadounidenses contra localidades mexicanas y contra el Estado canadiense dentro del Tlcan. Y sobre estas demandas en el Alca no decidirán las instituciones de los países de acuerdo con el derecho comercial establecido por la legislación de cada nación, sino los burócratas que integren los tribunales privados externos, de acuerdo con un código normativo supranacional, semejante al de la OMC, que invalida las leyes y reglamentos nacionales que le sean contrarios, y cuyos fallos se hacen efectivos bajo la amenaza de onerosas multas y sanciones comerciales. De esta manera, los países pierden lo que les queda de su soberanía para actuar en favor del interés nacional, al tiempo que las transnacionales adquieren atribuciones por encima de los Estados y los pueblos, pudiendo enjuiciar a los gobiernos por decisiones soberanas adversas a sus intereses.

Este criterio se refuerza en el punto sobre las “prohibiciones”: se proscribe la imposición por los países al capital extranjero de los llamados “requisitos de desempeño” y se establece la eliminación de todos los controles al movimiento de capitales. Respecto a lo primero, se trata de quitarles a los países herramientas usadas para lograr metas de crecimiento económico o desarrollo social con la contribución del capital extranjero. Dentro de esta categoría caen las condiciones mínimas fijadas al inversionista sobre empleo, compras nacionales, transferencia de tecnología o valor agregado local; normas sobre proporción de las importaciones con respecto a las exportaciones, destinadas a defender la balanza comercial; o lo contrario, obligaciones sobre el abastecimiento local a expensas de la exportaciones cuando lo exige el interés nacional (por ejemplo, en el caso del petróleo o el gas natural).

Sobre la desregulación del movimiento de capitales, se pretende elevar a nivel de legislación internacional el interés del capital financiero respecto a la movilidad sin restricción de las inversiones, por encima del derecho de los países a procurar el equilibrio de sus finanzas y defenderse contra los estragos que ocasiona la volatilidad de los dineros especulativos, por ejemplo a través de mecanismos como el encaje, el control de divisas o los períodos mínimos de inversión. Para ello, se desecha la evidencia histórica de las últimas crisis y las recomendaciones de muchos expertos, incluyendo algunos reservados conceptos de funcionarios del FMI.

Por otro lado, hay un grupo de temas que se refieren directamente al papel del Estado. Entre ellos el llamado “trato nacional” y las normas sobre competencia, que inhiben al Estado para apoyar a sectores de la producción nacional, aún estratégicos, e impide la financiación de las empresas públicas. Con la prohibición de todo trato preferencial, si se destinan fondos públicos a cualquier empresa del Estado tendrían que ser compartidos con los inversionistas privados, lo mismo que cualquier tipo de exención o ayuda. Dentro de tales reglas, las empresas públicas no podrían tener como objeto principal el servicio a sus comunidades porque, dado que quedarían privadas de cualquier esquema compensatorio por parte del Estado, se verían obligadas a competir con las multinacionales bajo el criterio de rentabilidad económica. No es difícil concluir que esto llevará a la completa privatización de la educación, la seguridad social, la salud, los servicios domiciliarios y toda clase de servicios públicos, y a la absoluta exclusión de la cada día más numerosa población pobre que no tiene cómo pagarlos.

De hecho, la apertura del comercio de servicios a la competencia de las empresas extranjeras con fines de lucro tiene una prioridad especial en el Alca. Con el argumento de la eliminación de los “monopolios públicos”, el convenio se propone lograr el acceso de la inversión extranjera a todos los sectores de servicios prestados por el Estado y asegurar la aplicación de esta política a todos los niveles del gobierno, nacional o subnacional, aunque esto suponga la modificación de las leyes nacionales. En este, como en los demás aspectos, cualquier disposición o conducta contraria a los códigos del Alca podría ser objeto de demanda por los inversionistas foráneos ante las instancias externas, que tendrán atribuciones para investigar a los países y revisar la legislación nacional a fin de asegurar los nuevos derechos del capital extranjero. En cambio, en las nueve comisiones de negociación ha quedado por completo excluido todo lo relativo a los derechos sociales, la movilidad laboral y aún el tema del desarrollo sostenible, vinculado a la preservación del medio ambiente. Este último, tras ser proclamado en 1994 fue abandonado antes de 1998(24).

Igualmente, en las compras gubernamentales no puede haber preferencia alguna hacia la industria nacional, pues esto traería una “distorsión de los mercados”. Lo anterior significa, en la práctica, nada menos que una concesión de exclusividad a las poderosas multinacionales, que con sus economías de escala y precios depredadores desterrarían de las adquisiciones públicas a proveedores, contratistas y profesionales nacionales. Cosa similar a lo que se pretende hacer con los derechos de propiedad intelectual, que eliminarán la posibilidad de la producción nacional de muchos medicamentos y agroquímicos genéricos, a bajo costo. Podrán además apropiarse sin retribución alguna de nuestra biodiversidad, con base en una nueva interpretación del régimen de patentes que extiende la propiedad intelectual más allá de las verdaderas innovaciones y permite patentar especies animales, vegetales y semillas.

Las vicisitudes y opciones
de la integración latinoamericana

Los procesos de integración regional de los sesenta, tipo Pacto Andino, no fueron promovidos por las burguesías de los países latinoamericanos sino por los monopolios, en particular norteamericanos, buscando economías de escala. En uno de los países del Pacto se establecía una factoría que, gracias a la integración, podía exportar al resto de países de la subregión. Además, no puede perderse de vista que los procesos de integración de los sesenta –inducidos por el Informe Rockefeller (1967)–, estaban enmarcados en un modelo keynesiano que se tradujo en un factor positivo para el crecimiento de estos países, la conformación de un capitalismo de Estado, potente palanca para el desarrollo.

El fracaso total o parcial de los procesos de integración vividos en los años 90 en Latinoamérica tiene dos fuentes: el modelo de desarrollo y la soterrada oposición de EU (en particular frente a la potencia regional, Brasil). En efecto, en la última década del siglo hay una condición nueva, la globalización bajo el modelo neoliberal, con lo cual se pretende constituir grandes áreas económicas, que no son compatibles con procesos de integración regional, pues estos crean obstáculos a la circulación de capitales y mercancías, por cuanto usualmente los países no miembros de los acuerdos regionales no gozan de las preferencias arancelarias. Por la misma razón, potencias regionales como Brasil han tenido que librar intensas luchas contra la disolución de su principal acuerdo de integración, Mercosur.

Además, los procesos de integración en Latinoamérica no han dado resultados por causas diferentes al mismo proceso. De modo manifiesto, subsiste el problema básico entre los países asociados: no hay acumulación de capital. El que se produce sale para pagar deuda o ganancias de filiales de monopolios. De esta manera, los beneficios que eventualmente puedan resultar no son capitalizados por las economías regionales. Bajo cualquier esquema que haya convertido a los países latinoamericanos en exportadores de capital, no hay modelo de desarrollo ni de integración que arroje frutos.

La idea de un bloque latinoamericano que se oponga a las pretensiones de Washington tropieza con la estrategia de éste de asegurar mayorías a través de convenios bilaterales como el que suscribió con Chile y el que negocia actualmente con Centroamérica. Esta política está orientada a bloquear cualquier oposición efectiva a su hegemonía, y dentro de la CAN cuenta con la adhesión abierta del gobierno colombiano, como se deduce de sus actos y declaraciones. La renuncia obsequiosa de la defensa de los intereses del agro colombiano en las negociaciones del Alca ya le ha generado una agria discusión con los agricultores al ministro de Comercio, Jorge H. Botero.

A nivel de los gobiernos, la única posibilidad de una oposición plurinacional, principalmente suramericana, reside en las conversaciones de Mercosur y la CAN lideradas por Brasil y con el apoyo del gobierno venezolano. No se sabe si el alcance de éstas se limite a propiciar una posición unificada en las negociaciones hemisféricas. Como fuere, lo cierto es que un proceso alternativo de integración de los países del subcontinente representaría una opción mejor que el desastre anunciado del Alca, y una oportunidad de afrontar –protegidos con un arancel externo común con respecto a terceros países y con un mercado ampliado– la guerra comercial entre los bloques económicos, presentando un solo frente en diversos aspectos como la protección de la producción nacional, el tratamiento a la inversión extranjera, la transferencia de tecnología, el alcance de las patentes o la defensa del interés público. Pero para que dicha integración beneficie a fondo a estos países, se requiere fortalecer con el apoyo del Estado el desarrollo de las economías nacionales y los mercados locales y procurar el mejoramiento del nivel de vida de la población. Implica además poner en práctica un tratamiento selectivo que tenga en cuenta el diferente grado de desarrollo de los países, como lo hizo la Unión Europea en los casos de Irlanda, Grecia y Portugal. Y sobre todo, en palabras de Oscar Azócar, director del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz de Chile, se necesita “romper con el modelo y las políticas neoliberales” para reemplazarlas por políticas que configuren “un proyecto nacional de desarrollo que reindustrialice a nuestros países, desarrolle la investigación científica y tecnológica, incorporando sus resultados en la producción, garantice la seguridad alimentaria y amplíe el papel del Estado”(25).

Reflexiones y apreciaciones finales

1. Respecto al Alca, vale la pena hacer las siguientes consideraciones:

•          No implicará sustancial aumento de las inversiones extranjeras sino ante todo mayor eficiencia de las ya existentes, es decir, analizándolo desde el punto de vista de la economía política, habrá mayor explotación del trabajo y de los recursos de los países latinoamericanos.

•          Aminorará el comercio inter-subcontinental pues el grueso del mismo será entre cada país latinoamericano y Estados Unidos. Por lo demás, los catastróficos efectos del modelo en los ingresos de la población contribuirán a constreñir aun más los volúmenes y precios del comercio.

•          Aunque en ningún texto oficial se ha hecho mención, un efecto inminente –y más aún, una condición necesaria– de la creación del Alca será la dolarización de las economías latinoamericanas. Es obvio que una condición de eficiencia del comercio y de las inversiones es la estabilidad cambiaria, la cual se logra a la perfección con la existencia de una moneda única.

•          Es evidente que la casi nula capacidad de competencia que tienen las economías subdesarrolladas frente a las desarrolladas se traducirá en la virtual desindustrialización de los países atrasados. Día por día las economías de estos países se parecen más a lo que fue el denominador común bajo el colonialismo español y portugués: exportadores de materias primas e importadores de productos industriales.

•          Caso especial es el ahondamiento en la pérdida de la seguridad alimentaria en los países del Sur. Como es sabido, en el mercado mundial de los productos agrícolas no solo tiene importancia clave el gran desarrollo de las correspondientes técnicas –en lo cual los países de la periferia están muy atrás– sino los irresistibles subsidios que reciben los productores de los países desarrollados.

A lo que estamos asistiendo en cuanto a modelo de comercio es, ni más ni menos, que a un neomercantilismo, el cual tiene entre otras las siguientes expresiones:

•          Las élites comerciantes son a la vez condición y resultado del proceso. La poca burguesía industrial que subsiste en estos países cada vez estará en peores condiciones, mientras que al mando de la economía estarán quienes realizan su ganancia a través de la compra-venta. El resultado político será catastrófico, pues no solo para nada les interesa el desarrollo industrial de los países sino que todo aquello relacionado con el mercado interno les tendrá sin cuidado, como un ingreso adecuado para los asalariados.

•          La cinco veces centenaria tendencia a la división del planeta en centro y periferia se verá reforzada, con todo y su negativo impacto en la desacumulación de capital y en el empeoramiento de las condiciones de vida de la población de la periferia.

•          Lo que está en marcha, además, es un proceso de anexión total de los países atrasados por los industrializados. El señuelo de la visa o de la nacionalidad de la opulenta metrópoli está jugando como carnada, tal como ocurrió con Roma imperial y la España del siglo XVIII respecto de sus colonias.

Ante este panorama, no debe perderse de vista que hoy la iniciativa está a favor de las fuerzas que se oponen a la globalización neoliberal, como lo demuestran las cada vez más importantes marchas, foros, declaraciones y organización de esas expresiones. Para hacer más eficiente la lucha, es bueno tener presente lo siguiente:

•          Hay que insistir en políticas económicas que propendan la industrialización y seguridad alimentaria de los países atrasados, sobre la base del mercado interno. Ninguna economía capitalista se ha desarrollado y consolidado a partir del mercado mundial y, es más, hoy los países centrales dedican muy alta proporción de su producción a su propio mercado.

•          Hay dos clases sociales que jalonan la oposición a la globalización neoliberal, la obrera y la burguesía nacional de cada uno de los países. Corresponde a los líderes democráticos y patriotas conformar un frente en el cual estas dos expresiones tengan cabida y puedan trabajar hombro a hombro por el desarrollo nacional.

•          Es indispensable reconstruir el papel económico del Estado democrático burgués, particularmente su capacidad intervencionista, teniendo en cuenta el grado de desarrollo de cada nación.

 

Notas

1          Como la región más atractiva para la inversión extranjera fue catalogada América Latina en una encuesta realizada  por Arthur Andersen en el 2000 entre 87 empresas instaladas en la misma. Ese año, 15 de las 16 empresas inversionistas incorporadas en el promedio industrial Dow Jones reportaron ganancias en la región por encima de lo esperado. Datos de The Wall Street Journal Americas, citados por Consuelo Ahumada en Cuatro años a bordo de sí mismo, El Áncora Editores, 2002, p. 99-100.

         Sobre el origen del llamado “Consenso de Washington”, dice Carlos Rodado Noriega que no sólo no fue producto de ninguna concertación internacional, sino que “surgió como consecuencia del interés económico de los bancos, que se impuso y acabó traduciéndose en directrices que debían seguir los países de América Latina si querían contar con el ‘visto bueno... (para) acceder al crédito internacional”. Portafolio, diciembre 6 de 2002.

3          Concepto emitido por José Antonio Ocampo, al referirse al comportamiento reciente de las economías latinoamericanas. “Hay recesión en América Latina: Cepal”. El Tiempo, agosto 2 de 2002.

4          Como ejemplo, se puede citar el caso colombiano. Entre marzo de 1990 y junio de 1991, los impuestos sobre las importaciones bajaron en promedio del 43.7 por ciento al 11.4 por ciento. Asimismo, se liberó de controles administrativos la casi totalidad de las posiciones arancelarias: de un 38.8 por ciento en libre importación se pasó al 98 por ciento. Luis Hernando Rodríguez, “Las paradojas de la apertura”,  Deslinde N° 16, dic-94.

         Sarmiento Palacio, Eduardo, “Apertura y devastación agrícola”. El Espectador, diciembre 8 de 2002.

         El saldo negativo de la balanza comercial industrial alcanzó en Colombia los US $2.973 millones en el 2000. “Bancoldex prestará a los importadores”. El Tiempo, mayo 21 de 2001.

7          En palabras de Joseph Stiglitz, “Estados Unidos aplaude el libre comercio, pero con mucha frecuencia cuando un país encuentra una mercancía que puede exportar a EU, ello galvaniza los proteccionistas intereses estadounidenses... (y) recurre a numerosas leyes comerciales... para construir alambradas de espinos contra las importaciones”. El malestar de la globalización, Taurus, 2002.

         Según Neil King Jr. en The Wall Street Journal de diciembre 5 de 2002, “los aranceles pagados por fabricantes brasileños de barras de acero inoxidable permitieron a sus competidores estadounidenses embolsarse unos US $400.000. A su vez, las cementeras mexicanas pagaron US $3.2 millones el año pasado, que fueron a parar al bolsillo de un competidor estadounidense”. El valor entregado por el Departamento del Tesoro a empresas estadounidenses en el último año alcanzaba los US $320 millones.

         En torno a la iniciativa estadounidense sobre una rápida reducción de aranceles en el marco de las negociaciones de la OMC, Rubén Ricupero, secretario general de la Unctad y ex director general del Gatt, señaló que “los aranceles aduaneros no son el principal instrumento del proteccionismo” sino otros mecanismos que utilizan los países desarrollados como las salvaguardas, las medidas antidumping, los acuerdos regionales preferenciales y los subsidios a la agricultura, que catalogó como “las principales herramientas de las estrategias proteccionistas”, “Rechazo a propuesta arancelaria de EU”. Portafolio, diciembre 4 de 2002.

10        Pérez Negrete, Higinio, “El embeleco de la competitividad”. Nueva Gaceta, N° 5, sept. 2002.

11        De hecho, según Malloch Brown, director del PNUD, exceptuando China la inversión extranjera en el mundo viene contribuyendo con menos del 15 por ciento en la formación bruta de capital en los países, lo que indica que cerca del 85 por ciento corresponde a la acumulación nacional. Herald Tribune, noviembre 12 de 2002.

12        Stiglitz, Joseph, Op. Cit.

13        Bernier González, Francisco, “El fracaso después de las reformas”. Portafolio, febrero 7 de 2002.

14        Martínez, Oswaldo “El convite de la Roma Americana”, Conferencia inaugural del II Encuentro hemisférico de lucha contra el Alca, La Habana, noviembre 25 de 2002.

15        “¿Qué hacer con América Latina?”. The Wall Street Journal, julio 25 de 2002.

16        “El comercio como instrumento de reforma”. The Wall Street Journal, septiembre 23 de 2002.

17        Desde la explosión de la burbuja financiera en el 2000, el mercado de valores ha perdido US $2.5 billones y, lejos de amainar, la crisis de Wall Street se ha acentuado con las quiebras fraudulentas de los gigantes Enron, Worldcom, Global Crossing, etc. Por otra parte, la inversión privada en la producción no se recupera y el crecimiento de la economía ha vuelto a decaer luego de una breve recuperación en el 2001.

18        Brasil, la economía más grande de América Latina no llega a la décima parte del tamaño del producto de Estados Unidos. El 70 por ciento de las 25 corporaciones más grandes del mundo son norteamericanas y, de las 500 mayores empresas, 244 son estadounidenses, ninguna latinoamericana.

19        El Instituto para la Agricultura y la Política Comercial (IATP) de EU revela que el dumping en las exportaciones agrícolas norteamericanas va del 20 por ciento en el arroz al 57 por ciento en algodón, pasando por 30 por ciento en la  soja y 40 por ciento en el trigo. Portafolio,  marzo 13 de 2003.

20        La evolución de los términos de intercambio ha resultado sumamente desventajosa para los países atrasados por la disminución de los precios reales de los bienes primarios y el aumento correlativo de los bienes industriales. Los precios agrícolas, por ejemplo, han caído a la tercera parte desde 1948 y a menos de la mitad desde 1980. Véase Estructura económica colombiana, Gilberto Arango Londoño.  Editorial McGraw Hill.

21        Cárdenas, Manuel José, “Chile y México”, Portafolio, enero 21 de 2003.

22        “Alca, detrás de todo”. El Tiempo, enero 26 de 2003.

23        En su documento “Vendiendo a futuro”, la Conferencia Episcopal de Canadá advierte que el principal peligro del Alca es que reivindica para las inversiones una protección indiscriminada, despojando a los Estados de su capacidad de intervenir en defensa de los intereses públicos y del medio ambiente.

24        Barlow, Maude, Área de Libre Comercio de la Américas y la amenaza para los programas sociales, la sostenibilidad del medio ambiente y la justicia social en las Américas. Fica, Bogotá, 2002.

25        “Chile: el TLC con Estados Unidos, ganadores y perdedores”. Rebelión, diciembre 26 de 20.

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