Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - junio de 2003 -Nº 6   ISSN 01246704


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La persistencia en una política de

 

salvación nacional para Colombia

 


Entrevista a Marcelo Torres


 

Con motivo de la división del MOIR, el país supo de la constitución del Partido del Trabajo de Trabajo de Colombia. NUEVA GACETA decidió participar en una reunión del periódico La Bagatela, órgano de la nueva agrupación, efectuada el pasado 20 de enero, en la que el Secretario General del PTC, Marcelo Torres, respondió una serie de inquietudes que se le formularon sobre aspectos programáticos y políticos. Pese al lapso transcurrido, publicamos lo más destacado de esta entrevista por considerarlo de interés general para nuestros lectores, ya que el PTC orienta a un importante sector de dirigentes políticos, luchadores populares, trabajdores e intelectuales.

Nueva Gaceta: Recientemente usted proclamó la constitución del Partido del Trabajo de Colombia en el proceso de ruptura del MOIR. ¿Cuál es el significado histórico de esa determinación?

Marcelo Torres: Respecto de la pugna  entre las diferentes corrientes en que se dividió el MOIR luego de la muerte de su fundador, Francisco Mosquera, para la mayoritaria, la nuestra, llegamos a un punto en que resulta insoslayable una clarificación inequívoca que evite confusiones y perfile con mayor nitidez ante el país el espíritu revolucionario de lo que históricamente significa el moirismo en Colombia. Hemos resuelto esa necesidad con la constitución del PTC. Cuando el país vive una precariedad en todos los órdenes, inclusive en el relativo al papel de las formaciones políticas, cuando finiquita una tradición bipartidista casi bicentenaria, es un buen momento para anunciar el nacimiento público de la sigla que continúa y desarrolla una corriente, una fuerza que tiene un sello obrero, un carácter proletario, que plantea una salida a la crisis nacional.  

NG: Sin embargo, hay quienes sostienen que la clase obrera decrece y que su papel protagónico es cosa del pasado. ¿Por qué insistir en una filiación proletaria?

Ha habido mucha cháchara seudocientífica sobre la llamada «terciarización» de las economías, entendida como el predominio inevitable de los servicios, especialmente de la informática y las telecomunicaciones, sobre los sectores productivos industriales. Las tendencias objetivas de la revolución científica y tecnológica que está en marcha han sido adecuadas a la necesidad de la oligarquía financiera de los países centrales de contrarrestar la crisis del capitalismo luego de la emergencia de un estancamiento cada vez mayor de la economía norteamericana en la segunda posguerra. Así, la disminución relativa de las filas obreras industriales frente a las de los servicios resulta acentuada en exceso e induce a una visión falsa. Las deducciones de la teoría revolucionaria en ese sentido se están cumpliendo a cabalidad, no es por azar que se esté señalando desde distintos ángulos que de nuevo ronda el espectro de Marx detrás los grandes contingentes de parados, del desempleo, de la protesta, de la descomposición social, de la gran corrupción de las multinacionales, en fin, del caos que es el sello del capitalismo.

NG: Describe usted un gran ciclo de la economía mundial que culmina en el neoliberalismo...

Sí. La burguesía imperialista resucitó a Milton Friedman para reanimar la demanda en Estados Unidos mediante la creación de deuda pública y privada, lo cual le dio un impulso a un incontrolado auge financiero jamás visto, implicó el traslado de ingentes bienes y fondos públicos y cuantiosas rebajas de impuestos a favor del capital monopolista privado, y activó una arremetida sin precedentes contra los salarios y las conquistas históricas de los trabajadores. El modelo se extendió a todo el mundo. A los países atrasados les fue impuesta la apertura de sus mercados, el desmantelamiento del intervencionismo estatal en la economía y del sector público, al tiempo con la prohibición de todo proyecto de industrialización nacional.

NG:  ¿Ello explica la reducción de la clase obrera?

Obviamente. El resultado fue un descenso del ritmo del crecimiento mundial, un incremento de la pobreza y el hambre, un exceso en los países desarrollados de las inversiones en los sectores financiero y de nuevas tecnologías con las consiguientes quiebras y, tanto en el centro como en la periferia, el descenso relativo de la clase obrera. Pero esto no fue producto de una fatalidad; se debió a una estrategia escogida por los centros capitalistas del mundo, de agresiva prevalencia de la especulación financiera sobre la expansión productiva. Lejos de haber sido refutada la concepción del mundo de los obreros, los hechos nos indican que se está abriendo camino de nuevo y que terminará por resonar muy fuerte en todo el planeta.

NG:  De alguna manera la era del neoliberalismo ha significado también el reflujo prolongado de los movimientos revolucionarios, es más, esa crisis ha acentuado la propaganda imperialista sobre el fracaso de cualquier opción política del proletariado, ¿cómo justificar el inicio de este proyecto partidario en la izquierda colombiana?

Bueno, es cierto que desde un punto de vista histórico la época neoliberal ha sido de reflujo de la revolución en el mundo pero ya pasamos el punto más bajo del mismo; se ha iniciado el ascenso de un movimiento contra la llamada globalización y contra la guerra injusta, imperialista. En América Latina avanza una clara tendencia hacia la izquierda. Protestas tumultuosas en todo el mundo repudian la guerra de agresión contra Irak. Los hechos demuestran que se acerca el fin de esa etapa de reflujo y que comienza una nueva marea de rebelión de los pueblos, y es sabido que este es el clima propicio para la cristalización y consolidación de los partidos revolucionarios. La crisis del país demanda una fuerza orientadora que encabece la salida de la debacle.

NG:  ¿En las condiciones concretas de dominación norteamericana sobre Colombia, acaso es posible vislumbrar lo que usted llama el fin de esa etapa?

Sí. Bajo este esquema de saqueo intensificado de los pueblos, Norteamérica engordó un rato pero al cabo de veintitantos años se desaceleró la economía, resurgieron allí y en los otros países desarrollados el paro forzoso, la protesta social y ambiental con el movimiento antiglobalización y contra la guerra, los escándalos de corrupción de las multinacionales, y en últimas, los rasgos del capitalismo, la lucha y el caos, se recrudecieron. Es el fin del «fin de la historia». El fantasma de Marx cobra nitidez y fuerza. ¿Acaso sus vaticinios no vuelven hoy a resonar como verdades incontestables por todo el planeta?

NG:  Partiendo de ese contexto, ¿qué significación tiene el nombre de Partido del Trabajo de Colombia?

Este es el nombre con el cual se encabeza el Programa y los Estatutos del MOIR, el nombre que el fundador del Partido, Francisco Mosquera, le propuso a la dirección y al pleno constitutivo del mismo en 1969. El nombre está en plena correspondencia con la naturaleza de clase y con las metas de nuestro Partido, en la medida en que expresa que la potencia que debe regir al mundo y a Colombia es el trabajo, para que se realice la sociedad de los trabajadores y desaparezca el reino de la explotación del hombre por el hombre. Ese es el fin último de la transformación en la cual se inspira nuestro programa. En segundo lugar, le repito, no debemos seguir actuando bajo el manto de la confusión; hay otros que utilizan la sigla del MOIR y desarrollan una política extraña a las orientaciones genuinas de su fundador para este período. En aras de que el país distinga claramente nuestra posición y de evitar equívocos completamente indeseables, adoptamos la nueva sigla del PTC. Esta decisión corresponde a la necesidad de preservar y llevar adelante la línea de Francisco Mosquera.

NG:  Además, en la propaganda se mantiene la connotación de moirista.

Así es. Mantenemos la denominación de moirista porque obedece a nuestra historia; en ese sentido enviamos un mensaje claro y fuerte: es en este Partido, el PTC, donde sigue vivo y se desarrolla lo que originalmente fue el MOIR. El Partido del Trabajo no surge de un vacío político, tiene una historia que hunde sus raíces, que adquirió su fisonomía y su jefatura en una corriente política que el país conoció como el MOIR. Aquí, en el PTC, se mantiene en alto esa línea, y aquí están los principales dirigentes históricos del moirismo.

NG: ¿A qué renuncian cuando adoptan la sigla de PTC? ¿a la identificación moirista?

A nada. Nosotros jamás renunciaremos a la teoría y a la historia del MOIR; al contrario, es por preservar esa posición, especialmente la planteada en la última etapa con el advenimiento de la era neoliberal, formulada por Mosquera en sus últimos escritos, que nos vimos obligados, luego de su muerte, a abrir un debate de fondo en las filas moiristas que desembocó en una ruptura con sus tergiversadores. Es por esta misma razón que hoy, dadas las circunstancias políticas concretas en las cuales se ha venido desarrollando esta pugna, adoptamos la nueva sigla del PTC.

NG:  ¿Acaso no se estaría reeditando la eterna división y subdivisión típica de algunos movimientos del infantilismo de izquierda?

No, no es así. Nos vimos obligados  a deshacernos precisamente del lastre de extrema izquierda, encarnado en la facción contraria a la nuestra, con cuyas equivocaciones garrafales no podemos cargar: la de ampliar el blanco de ataque principal, al  punto de incluir en dicho blanco a sectores susceptibles de movilizarse contra este, y la de reducir el amplísimo frente que debe conformarse para luchar, circunscribiéndolo a la izquierda.

NG:  ¿Podemos afirmar que esta es la explicación concluyente de esa ruptura?

Así es. Repito, si el blanco de ataque de las fuerzas de la nación no se reduce a la dominación de Estados Unidos sobre el país y a sus agentes neoliberales, como debe ser, sino que también se amplía a otros sectores de la nación, por el hecho de que tales sectores no son siempre consecuentes en la lucha y vacilan y tienden a la conciliación e incluso a la capitulación, entonces tenemos una diferencia que no es de poca monta sino una equivocación muy grave, producto de un radicalismo y un extremismo tan infantil como nocivo.

NG:  ¿Una posición «radical» en este aspecto no contribuye a la lucha general contra la dominación extranjera?

Lo grave del asunto es que esto conduce a una política de enfrentamiento antagónico con sectores que no son de ninguna manera, por lo menos en principio, los enemigos principales del país. Si además de eso se practica una política que en los hechos excluye de un amplio frente en contra de Estados Unidos a sectores que, no obstante sus vacilaciones y sus intereses de clase, tienen contradicciones objetivas con la dominación gringa, y se circunscribe este frente a la mera unidad con sectores de izquierda, como vienen haciéndolo los tergiversadores de la línea del MOIR, los que revisaron a Mosquera, entonces la cosa pasa de castaño a oscuro. Tal posición no es sólo sectaria sino obtusa. La unidad no es sólo entre la izquierda sino con toda la nación. Esto fue lo que ocasionó el debate y la ruptura con quienes se empecinan en ese camino erróneo que obstruye y sabotea la unidad nacional. Unidad que es la clave para alcanzar el triunfo contra el dominio extranjero.

NG: ¿En cierto sentido, al caracterizar esas diferencias, está usted definiendo la concepción estratégica del PTC?

MT: Sí. Para el Partido del Trabajo de Colombia, la estrategia consiste en que el país logre su independencia política y económica para desarrollarse, en un mundo en que se impuso la ley de hierro de Estados Unidos para anexar a su órbita económica a los países atrasados y especialmente a los de América Latina. Para ello se requiere de la independencia. Esa es la estrategia, conseguir que el país, en una situación mundial de cerco y sometimiento imperial, se pueda desarrollar como nación.

NG:  ¿Y la táctica?

La táctica general estriba en practicar una política que contribuya eficazmente a que el país, el pueblo, la nación, identifiquen y enfrenten al enemigo principal, que es, por supuesto, el dominio de Estados Unidos sobre Colombia, junto con la capa que le sirve de base social en el país: ese estamento de tecnócratas que constituye la corriente neoliberal y dirige el Estado, capa a la que Mosquera llamaba, por referencia al centro ideológico universitario de donde se expandió en Colombia, la panda de los Andes.

NG: Y en cuanto a lo que usted llama la unidad de la nación...

El otro aspecto de la táctica consiste en que se requiere una gran alianza, una gran coalición para cumplir la estrategia, para derrotar al enemigo, coalición que consiste en la unidad de la nación, en la unidad de todas las clases, de todas las capas, contra el sojuzgamiento gringo, en la cual jueguen un papel de orientación y de dirección los trabajadores, es decir, una política de frente único de salvación de la nación. En esto se resume la estrategia y la táctica.

NG:  ¿Estos lineamientos generales cómo permiten caracterizar la situación concreta del país?

Fundamentalmente por el punto crítico a que llega la crisis en Colombia. El país padece una doble aflicción o una doble tragedia: los estragos económico-sociales producidos en el período neoliberal, y la perturbación cada vez mayor por una violencia desbordada que amenaza a la nación con la invasión militar extranjera y la desintegración territorial. La salida no puede ser la profundización del modelo neoliberal ni los llamados a Estados Unidos, como a la ONU y a la OEA, para que invadan militarmente al país, tal como lo quiere el gobierno de Uribe Vélez. Tampoco lo es el colaboracionismo de un liberalismo agónico con este gobierno. Lo que demanda el momento es la actuación de una fuerza orientadora capaz, no sólo de apreciar correctamente la complejidad de la situación y de trazar un rumbo hacia su solución sino de marchar a la cabeza de tal proceso de cambio y transformaciones.

NG:  Ahora que ha mencionado específicamente al gobierno de Álvaro Uribe, ¿podrá el país derrotar el embeleco fiscalista y antidemocrático que significa el Referendo?

A ese respecto, permítanme ustedes leerles una pequeña parte de lo que será el editorial del próximo número de La Bagatela, ya aprobado por el Comité Ejecutivo y que resume nuestra posición: «Al Referendo le salió al paso su propio fantasma, la abstención. No cabe duda de que se está abriendo camino y configura en las actuales circunstancias un fenómeno político excepcional. Algo muy distinto de esa rutinaria abstención que gravita como un lastre sobre el desarrollo de la conciencia nuestro pueblo, cuyos rasgos sobresalientes son la abulia política y el atraso ideológico y el resultado es la ineficacia total del abstencionismo en las luchas sociales y políticas. La abstención surgida frente al Referendo del gobierno de Uribe no tiene parangón en el más de medio siglo último de la historia del país. En Colombia no sucedía nada igual desde que los liberales perseguidos a sangre y fuego por el gobierno de Ospina Pérez, dieron en adoptar la decisión de abstenerse frente a aquellas singularísimas elecciones presidenciales en las cuales no hubo sino un candidato, Laureano Gómez, el obvio ganador... Como fuere, puede anticiparse que cualquiera que sea el sinuoso curso de la prueba plebiscitaria habrá un pulso del fondo. Y éste no será entre el Sí y el No sino entre el esfuerzo de la administración Uribe por ungir su período con los sacros óleos de la reelección, que es de lo que se trata, y la brava marejada abstencionista, principal músculo del descontento obrero y popular... La tendencia a la abstención, de origen fundamentalmente económico social, cuenta con una base natural que es el movimiento obrero, el único sector organizado que hasta ahora cala crecientemente la naturaleza antipopular y antinacional de la administración Uribe. Al impulso inicial de los trabajadores se suman, en buena hora, las posiciones que de las filas de la democracia o ángulos distintos y aun opuestos al movimiento obrero, también abrazan la abstención. Es decir, que, entre las opciones posibles, desde la orilla del interés nacional y popular, la más justa, y la única cuya terrenalidad viene demostrándose, es la abstención».

NG:  Regresando a los aspectos estratégicos, ¿podría precisar en qué consiste lo que usted llama unidad nacional contra el sojuzgamiento gringo?

Para sacudirse las ataduras que impiden su desarrollo y superar el atraso, Colombia requiere un acuerdo, un gran acuerdo, un compromiso nacional entre todas las clases, es decir, entre las clases trabajadoras, la clase obrera, las demás clases productivas, los campesinos, los pequeños productores, las capas medias, los intelectuales, los artistas, los sectores de la pequeña burguesía, con lo que se puede llamar las clases propietarias, a saber, con la burguesía nacional, la gran burguesía, y los grandes propietarios de tierras. Nosotros estamos seguros de que los trabajadores, porque así lo reclaman sus intereses, están por una política de compromiso con todos los sectores de la burguesía, la grande y la pequeña, que tienda a defender el mercado colombiano y el desarrollo de nuestra propia industria. Sobre la base, por supuesto, de que los empresarios dejen de ilusionarse, como se ilusionaron al comienzo de la apertura económica y de la implantación del modelo, con la panacea de que es con el descenso de los salarios y la reducción de los costos laborales como se resuelve la crisis.

NG:  ¿A ese grado de compromiso está dispuesto a llegar el PTC con tal de defender el mercado interno?

Este es el punto esencial para acumular la fuerza necesaria que demanda la independencia de este país, incluso la existencia misma de Colombia como nación. Para poner un ejemplo concreto, analice usted lo que se avecina con la imposición del ALCA, estamos ad portas de que se complete la anexión económica de nuestros países a la economía norteamericana. El desarrollo económico requiere de la firme defensa del mercado interno, esta es la madre de todo desarrollo nacional; el respaldo resuelto del Estado a la producción, la búsqueda de la elevación sustancial de la producción de alimentos y la meta de la industrialización propia. Por lo tanto, no es una consigna sin fundamento la de que se necesita unificar a la nación, que los empresarios abandonen el camino de descargar la crisis sobre los hombros de los trabajadores y entiendan que la salvación de Colombia requiere de un esfuerzo conjunto de todas las clases, y que se asuma consecuentemente, realmente, la defensa de los fundamentos de nuestra nacionalidad, que no son otros que nuestra industria, nuestra agricultura y nuestro trabajo nacional.

NG:  Ese «acuerdo nacional» fue planteado anteriormente durante diversos procesos de liberación nacional, caracteriza la política de Frente Único y, particularmente en China, fue la base de la concepción de la revolución de Nueva Democracia. Pero, en este nuevo siglo y en las condiciones concretas de Colombia, ¿no parece un tanto ilusorio un planteamiento que parte de un acuerdo entre las diversas clases sociales para arreglar el país?

Mire, en la práctica puede suceder que unas clases o algunos sectores de clase atiendan una política de unidad nacional mientras que otras no. Eso se define en los hechos y un partido de los trabajadores guía su acción por una teoría revolucionaria pero sobre la base de los hechos. Esto se definirá a su debido tiempo. Pero lo que debemos resaltar es que ahora, hoy, existen fundamentos reales, realidades concretas que pueden darle piso objetivo, no ilusorio, a una acción común del conjunto de las clases sociales, a una gran coalición nacional contra el enemigo extranjero. Ese fundamento está dado por la nueva época de neoliberalismo y de hegemonía unipolar de Estados Unidos en el mundo. La explotación norteamericana de esta época es más intensa, más profunda y más extendida en nuestro país y los países como el nuestro. A tal punto que no sólo afecta los intereses de la población trabajadora y productora sino también a los principales grupos económicos, pese a que ciertos aspectos de la privatización y el neoliberalismo pueden favorecer intereses de la alta burguesía. Al respecto, Francisco Mosquera, el autor de esta tesis rotundamente corroborada por los hechos, en época tan temprana como el inicio de los noventa, llamó la atención sobre cómo American Air Lines podía sacar del ring al grupo Santodomingo y por qué en ese pleito la posición nacional era pararle los pies al pulpo gringo. Por la misma razón, afirmó, los reclamos de los estratos altos caben en la retorta de las reivindicaciones de la nación. Otra cosa es que a la hora de la verdad dichos estratos no quieran sumarse a los intereses nacionales; de ocurrir así, la nación, entonces, tendrá derecho a decidir su actitud frente a ellos. Pero mientras los hechos consolidan las tendencias ¿por qué no proponer una acción común con todo el mundo contra el principal enemigo de la nación?

NG:  ¿Cómo se llegaría a materializar ese gran acuerdo nacional?

Una democracia del pueblo implica que los trabajadores estén en el comando del Estado, al lado de los demás sectores productivos, de la representación de todas las clases sociales, con muchos partidos y organizaciones en un gobierno de coalición. El pilar de esta democracia son unas fuerzas armadas que guarden la soberanía y defiendan el territorio patrio y un régimen político que realice toda la democracia para las masas trabajadoras, donde el sector estatal de la economía dirija y prevalezca sobre el conjunto de las formas mixtas, capitalistas y otras modalidades privadas de propiedad. Estratégicamente, se trata de que la ley del trabajo impere en la nación; de alcanzar, en el largo plazo, una sociedad con un alto nivel de civilización y de mejorar significativamente, en el mediano y corto plazo, la vida material del pueblo.

NG:  Es obvio que ese planteamiento general se traduce en una acción política concreta, tal como ocurrió durante las pasadas elecciones presidenciales. En ese momento la corriente moirista que usted dirige apoyó a Horacio Serpa con el propósito de intentar contrarrestar el avance de Álvaro Uribe, el candidato que le venía «como anillo al dedo» a la política imperial de Bush, pero Serpa terminó de embajador de Uribe ante la OEA. ¿No pone esto en tela de juicio la viabilidad de un frente amplio con sectores burgueses o de los partidos tradicionales?

No. Que en una situación concreta fallen personajes y sectores, no invalida la política de frente único, que es una necesidad del país. Simplemente, lo que se revela por los hechos es que Serpa no estuvo a la altura de las expectativas que había generado en muchas fuerzas democráticas. La defección del ex candidato liberal no significa que la política de frente único fracasó; fracasó él como posibilidad de constituirse en líder de un frente de tales dimensiones. Esto, por supuesto, es un traspié que repercute sobre la nación entera, que facilita el liderazgo derechista de Uribe y sus planes contra el país y el pueblo, pero una nación tiene muchos traspiés y no por eso debe abandonarse el esfuerzo de lograr la unidad como condición para alcanzar la independencia. Serpa representa el final de un ciclo en el cual esa corriente política que él personifica tuvo grandes posibilidades, desafortunadamente malgastadas y ahora prácticamente abandonadas. Hay que condenar la claudicación y persistir en la necesidad del frente. Lo que el país necesita es una corriente consecuente con la necesidad de la unidad de la nación; corrientes que tengan una base social, política e ideológica distinta, que puedan encabezar el esfuerzo de unir el país, porque lo que estamos registrando es que las vertientes de los partidos tradicionales no fueron capaces de hacerlo o por lo menos no han tenido la consecuencia para llevar adelante esta empresa histórica.

NG: ¿Estados Unidos y los países desarrollados permitirían, hoy en día, la realización de las transformaciones que usted plantea?

Los rasgos prevalecientes en el medio ambiente internacional, impuestos desde el Consenso de Washington, no son ciertamente favorables a una evolución de esta naturaleza, sino muy hostiles a ella. Sobre todo en los tiempos de Bush y de su doctrina de ataques bélicos «preventivos». Pero un país atrasado que logre su independencia, si su pueblo logra unirse sólidamente, aprecia bien la situación, no procede con temeridad ni comete errores graves y defiende con resolución su derecho a decidir su propio destino, puede mantenerse erguido mientras soplan mejores vientos sobre el planeta. Esto no tiene que significar una política de aislamiento nacional, al contrario, tendría que proclamarse una política de relaciones de comercio y de intercambio de capitales con todos los países del mundo sobre la base de unas relaciones de igualdad y de beneficio recíproco.

NG:  ¿Pero esa dinámica hegemónica de Estados Unidos no conduciría a que el país atrasado que ose rebelarse quede cercado y aislado?

Al hegemonismo de Estados Unidos ya se le perfilan rivales de no poca monta en la «vieja Europa». No debería negarse la negociación de empréstitos externos pero sin permitir jamás el condicionamiento esclavizador que conllevan. El Estado tendría una política encaminada a obtener precios internacionales que no signifiquen una desventaja para nuestro trabajo nacional, el ingreso a la OPEP, la unidad y defensa de la producción cafetera mundial y, en cuanto a la inversión extranjera, la negociación de términos con ventajas y ganancias recíprocas, que sirvan a nuestras industrias nacionales, con una adecuada participación al Estado colombiano, en el marco de una estricta regulación de los movimientos de capital, sin la absurda y anárquica libertad que se les ha otorgado, lo que ha desmantelado las economías y conducido a hecatombes económicas. El PTC plantea y está dispuesto a transitar por una política de esta naturaleza y con estos objetivos.

NG:  Para culminar esta parte, ¿cómo sintetizar las características distintivas de la política del PTC?

Podemos reducirlas a tres. La primera, ubicamos el enemigo principal en un plano internacional, no dentro sino fuera de la nación: el sojuzgamiento de Estados Unidos sobre Colombia, y por extensión, como su apéndice, los agentes que hacen posible su política en el país, vale decir, los gobiernos neoliberales. Esto se traduce en que la lucha principal no es en el seno de la nación, no es en el interior de la sociedad colombiana, sino que el enfrentamiento principal debe ser entre la nación como unidad, contra un enemigo externo, el dominio gringo y sus agentes. La segunda, que las transformaciones revolucionarias que requiere el país son de carácter democrático para abrir el camino hacia un sociedad gobernada por el trabajo: la independencia nacional y la superación del atraso mediante la realización de una serie de cambios que hagan posible el crecimiento económico, el desarrollo del agro, la industrialización propia y la elevación del nivel de vida del pueblo. Y la tercera, que, en las circunstancias actuales de Colombia, no vemos la insurrección armada como una opción viable que exprese la lucha del pueblo, ni somos partidarios del empleo de métodos tales como el atentado personal, el terrorismo, los secuestros, y la extorsión. Hay que impulsar un tipo de lucha acorde con el desarrollo de la conciencia y la fuerza de los sectores de las clases más revolucionarias, de fortalecimiento del movimiento obrero y de los sectores patrióticos y populares, es decir, la lucha de carácter político, a través de los medios que esta supone, con la movilización de las masas y a través del parlamento y de los instrumentos legales. Se trata de la resistencia civil, política, masiva, a la política neoliberal del actual gobierno y a la intromisión militar norteamericana en el conflicto interno colombiano.

NG: Estos serían otros temas que consideramos de interés para nuestros lectores. ¿Cómo aprecia el PTC el papel actual de los jóvenes?

La juventud es el termómetro de la revolución; cuando ésta está en alza, los jóvenes van a la cabeza del movimiento de masas y cuando ésta entra en reflujo, la juventud pierde su norte. En la vida del MOIR, del cual proviene el PTC, la juventud ha jugado un papel vital; debe recordarse que fue como consecuencia de una grandiosa batalla de la juventud, el movimiento estudiantil de 1971, que el Partido pudo contar con una verdadera legión de jóvenes que hicieron posible o, por lo menos, que realizaron un aporte definitivo a la expansión de la corriente moirista a escala nacional. Sin esta hornada de cuadros jóvenes el MOIR nunca habría sido la corriente que el país conoce. En este nuevo arranque que está dándose, hay razones muy fundadas para esperar que la juventud desempeñe un papel de primera línea. Desde hace lustros no se veía la agitación, la tendencia a la movilización y a la protesta que empieza a bullir de nuevo en los colegios, universidades, y barriadas de los centros urbanos. Los efectivos juveniles que provinieron de las recientes luchas contra el recorte constitucional a las transferencias para salud y educación son un augurio de los nuevos tiempos, allí se anticipa el porvenir de la revolución.

NG: ¿En las actuales circunstancias en que pareciera que los vientos favorables comienzan a soplar, cuál es la actitud del PTC frente a los movimientos y partidos que en América Latina y en el resto del mundo luchan contra el neoliberalismo, la guerra imperialista y levantan una serie de reivindicaciones sociales, económicas, culturales, étnicas o de género?

Es indudable que hay un nuevo ascenso en la lucha y, como los hechos parecen indicar, reverdecerán las corrientes revolucionarias en todas partes, por consiguiente se multiplicarán y se robustecerán las relaciones entre los partidos que las constituyen. Nuestro Partido ha sostenido en el pasado relaciones con muchas de estas organizaciones en América y en el resto del mundo y es de esperar que así tendrá que suceder de nuevo, esto es como una vuelta a empezar sobre una base de complejidad mucho mayor en un momento en que los problemas son más extendidos, más uniformes, más entrelazados, tendremos que trabajar en esa dirección, establecer lazos con organizaciones revolucionarias de carácter proletario y asimismo con organizaciones que se unan a la resistencia, que es el sello de la época, que marca la táctica en la época, la resistencia contra Estados Unidos, en la cual hay movimientos patrióticos, progresistas, democráticos de diversa índole como los movimientos ecologistas, los movimientos indigenistas, los movimientos en defensa de la mujer, en fin, la más variada gama de ese amplísimo espectro que está aunando en la práctica, aún sin programas muy claros y sin direcciones muy definidas, la protesta que se ha puesto en movimiento como consecuencia de los estragos que el esquema neoliberal ha perpetrado en todas las latitudes.

NG: ¿Este nuevo Partido, el PTC, cómo está compuesto, cómo funciona y qué se requiere para pertenecer a él?

El Partido funciona sobre la base de la dirección colectiva y la responsabilidad individual, planifica de manera detenida y rigurosa la acción política, y sopesa seriamente las posibilidades y los eventuales desenlaces de esa acción. Para pertenecer a nuestras filas se requiere estar de acuerdo con el programa, con el esquema organizativo que está en sus estatutos y desempeñar la actividad política a través de una de sus organizaciones. Por supuesto, también se puede contribuir con el PTC sin ser militante, en una condición de amigo, de simpatizante, participando en sus numerosas tareas políticas, culturales y de investigación de la realidad nacional e internacional.

NG: En las últimas elecciones parlamentarias, la corriente moirista dirigida por usted, en coalición con otras fuerzas democráticas, eligieron senador a Jesús Bernal. Posteriormente, por motivos que ustedes dieron a conocer en momento, el senador fue expulsado, ¿cómo cree usted que pueda repercutir esa decisión en la construcción del PTC?

Bernal incurrió en una conducta insuficiente e insatisfactoriamente explicada:  la venta de un bien inmueble del sindicato de trabajadores de la Caja Agraria, efectuada por él en su condición de representante legal del mismo, en condiciones que aún deben aclararse ante el país. La revista Cambio hizo al respecto una serie de gravísimas aseveraciones que él no ha respondido hasta la fecha, como le correspondía en su calidad de senador y de dirigente sindical, cosa que sí hizo la dirección central de nuestro Partido, no para exculparlo sino para deslindar la responsabilidad de nuestra organización partidaria con cualquier manejo turbio que hubiese podido tener lugar en la venta de marras. La revista dijo –y efectivamente así consta en la escritura pública respectiva– que la venta fue efectuada por 3.000 millones de pesos; lo que aún debe esclarecerse es si la totalidad de esa suma ingresó al sindicato. Desde el punto de vista partidario hubo una muy grave violación disciplinaria: él adelantó dicha transacción comercial en cuestión por su cuenta,  sin que la dirección del Partido tuviese conocimiento de los términos de la misma. Por esto, y porque las explicaciones de Bernal nunca nos parecieron satisfactorias, decidimos su expulsión. Esta experiencia nos enseña que las conveniencias inmediatas por apreciables que sean, en este caso la importancia de tener un senador para una organización como la nuestra, tienen que subordinarse a los intereses mediatos y a largo plazo. Al  no tener responsabilidad alguna en la conducta, puesta en tela de juicio, de un dirigente público al que se relacionaba con nosotros, debíamos actuar con presteza y con una posición diáfana. Eso fue lo que hicimos. Cualquier otra cosa habría suscitado suspicacias y equívocos. Para nosotros vale más la confianza del movimiento obrero y del público en una trayectoria moirista de lustros que  contar con un senador cuestionado por sus manejos.

NG: Por último, una pregunta obvia, después de escucharlo en esta conversación, ¿por qué continuará insistiendo el PTC en reivindicar el nombre y el aporte de Francisco Mosquera?

Mosquera es la figura revolucionaria más importante de nuestro país en el siglo XX. Fundó una corriente que deslindó campos con la influencia infantil de izquierda y defendió la necesidad de constituir un partido basado en el movimiento obrero. Este solo hecho bastaría para que su memoria tuviese asegurado un lugar en la posteridad, pero su contribución va mucho más allá. Mosquera encabezó la construcción del Partido a partir del viejo MOEC que había fundado Antonio Larrota en 1959 y allí le dio origen a una corriente revolucionaria, antiimperialista y propulsora de una revolución democrática de nuevo cuño, de la cual provenimos. Pero con la imposición del modelo neoliberal y la apertura económica, su mayor aporte fue haber avizorado el vuelco que daba el mundo y diseñar una táctica para ese período en que se adentró la humanidad y en el cual aún permanecemos. Señaló que mientras el blanco de ataque, el enemigo del progreso de Colombia, se ha reducido a Estados Unidos y a la pequeña capa que le sirve de apéndice de sus grandes negocios internacionales, el frente de resistencia se ampliaba como nunca antes. Esta consideración, aparentemente simple, fue su gran acierto y tiene una vigencia continental. Los acontecimientos, lejos de desmentir estas geniales apreciaciones de Mosquera, las corroboran de manera abrumadora y rotunda.

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