|
*
La
persistencia en una política de
salvación
nacional para Colombia |
Entrevista a Marcelo Torres
|
Con motivo de la
división del MOIR, el país supo de la constitución del Partido del
Trabajo de Trabajo de Colombia. NUEVA GACETA decidió participar en una
reunión del periódico La Bagatela, órgano de la nueva agrupación,
efectuada el pasado 20 de enero, en la que el Secretario General del
PTC, Marcelo Torres, respondió una serie de inquietudes que se le
formularon sobre aspectos programáticos y políticos. Pese al lapso
transcurrido, publicamos lo más destacado de esta entrevista por
considerarlo de interés general para nuestros lectores, ya que el PTC
orienta a un importante sector de dirigentes políticos, luchadores
populares, trabajdores e intelectuales.
|
Nueva Gaceta: Recientemente usted proclamó la
constitución del Partido del Trabajo de Colombia en el proceso de ruptura
del MOIR. ¿Cuál es el significado histórico de esa determinación?
Marcelo Torres: Respecto de la pugna entre las diferentes
corrientes en que se dividió el MOIR luego de la muerte de su fundador,
Francisco Mosquera, para la mayoritaria, la nuestra, llegamos a un punto
en que resulta insoslayable una clarificación inequívoca que evite
confusiones y perfile con mayor nitidez ante el país el espíritu
revolucionario de lo que históricamente significa el moirismo en Colombia.
Hemos resuelto esa necesidad con la constitución del PTC. Cuando el país
vive una precariedad en todos los órdenes, inclusive en el relativo al
papel de las formaciones políticas, cuando finiquita una tradición
bipartidista casi bicentenaria, es un buen momento para anunciar el
nacimiento público de la sigla que continúa y desarrolla una corriente,
una fuerza que tiene un sello obrero, un carácter proletario, que plantea
una salida a la crisis nacional.
NG: Sin embargo, hay
quienes sostienen que la clase obrera decrece y que su papel protagónico
es cosa del pasado. ¿Por qué insistir en una filiación proletaria?
Ha habido mucha
cháchara seudocientífica sobre la llamada «terciarización» de las
economías, entendida como el predominio inevitable de los servicios,
especialmente de la informática y las telecomunicaciones, sobre los
sectores productivos industriales. Las tendencias objetivas de la
revolución científica y tecnológica que está en marcha han sido adecuadas
a la necesidad de la oligarquía financiera de los países centrales de
contrarrestar la crisis del capitalismo luego de la emergencia de un
estancamiento cada vez mayor de la economía norteamericana en la segunda
posguerra. Así, la disminución relativa de las filas obreras industriales
frente a las de los servicios resulta acentuada en exceso e induce a una
visión falsa. Las deducciones de la teoría revolucionaria en ese sentido
se están cumpliendo a cabalidad, no es por azar que se esté señalando
desde distintos ángulos que de nuevo ronda el espectro de Marx detrás los
grandes contingentes de parados, del desempleo, de la protesta, de la
descomposición social, de la gran corrupción de las multinacionales, en
fin, del caos que es el sello del capitalismo.
NG: Describe
usted un gran ciclo de la economía mundial que culmina en el
neoliberalismo...
Sí. La burguesía
imperialista resucitó a Milton Friedman para reanimar la demanda en
Estados Unidos mediante la creación de deuda pública y privada, lo cual le
dio un impulso a un incontrolado auge financiero jamás visto, implicó el
traslado de ingentes bienes y fondos públicos y cuantiosas rebajas de
impuestos a favor del capital monopolista privado, y activó una arremetida
sin precedentes contra los salarios y las conquistas históricas de los
trabajadores. El modelo se extendió a todo el mundo. A los países
atrasados les fue impuesta la apertura de sus mercados, el
desmantelamiento del intervencionismo estatal en la economía y del sector
público, al tiempo con la prohibición de todo proyecto de
industrialización nacional.
NG: ¿Ello explica la
reducción de la clase obrera?
Obviamente. El
resultado fue un descenso del ritmo del crecimiento mundial, un incremento
de la pobreza y el hambre, un exceso en los países desarrollados de las
inversiones en los sectores financiero y de nuevas tecnologías con las
consiguientes quiebras y, tanto en el centro como en la periferia, el
descenso relativo de la clase obrera. Pero esto no fue producto de una
fatalidad; se debió a una estrategia escogida por los centros capitalistas
del mundo, de agresiva prevalencia de la especulación financiera sobre la
expansión productiva. Lejos de haber sido refutada la concepción del mundo
de los obreros, los hechos nos indican que se está abriendo camino de
nuevo y que terminará por resonar muy fuerte en todo el planeta.
NG: De alguna manera la
era del neoliberalismo ha significado también el reflujo prolongado de los
movimientos revolucionarios, es más, esa crisis ha acentuado la propaganda
imperialista sobre el fracaso de cualquier opción política del
proletariado, ¿cómo justificar el inicio de este proyecto partidario en la
izquierda colombiana?
Bueno, es cierto que
desde un punto de vista histórico la época neoliberal ha sido de reflujo
de la revolución en el mundo pero ya pasamos el punto más bajo del mismo;
se ha iniciado el ascenso de un movimiento contra la llamada globalización
y contra la guerra injusta, imperialista. En América Latina avanza una
clara tendencia hacia la izquierda. Protestas tumultuosas en todo el mundo
repudian la guerra de agresión contra Irak. Los hechos demuestran que se
acerca el fin de esa etapa de reflujo y que comienza una nueva marea de
rebelión de los pueblos, y es sabido que este es el clima propicio para la
cristalización y consolidación de los partidos revolucionarios. La crisis
del país demanda una fuerza orientadora que encabece la salida de la
debacle.
NG: ¿En las condiciones
concretas de dominación norteamericana sobre Colombia, acaso es posible
vislumbrar lo que usted llama el fin de esa etapa?
Sí. Bajo este esquema
de saqueo intensificado de los pueblos, Norteamérica engordó un rato pero
al cabo de veintitantos años se desaceleró la economía, resurgieron allí y
en los otros países desarrollados el paro forzoso, la protesta social y
ambiental con el movimiento antiglobalización y contra la guerra, los
escándalos de corrupción de las multinacionales, y en últimas, los rasgos
del capitalismo, la lucha y el caos, se recrudecieron. Es el fin del «fin
de la historia». El fantasma de Marx cobra nitidez y fuerza. ¿Acaso sus
vaticinios no vuelven hoy a resonar como verdades incontestables por todo
el planeta?
NG: Partiendo de ese
contexto, ¿qué significación tiene el nombre de Partido del Trabajo de
Colombia?
Este es el nombre con
el cual se encabeza el Programa y los Estatutos del MOIR, el nombre que el
fundador del Partido, Francisco Mosquera, le propuso a la dirección y al
pleno constitutivo del mismo en 1969. El nombre está en plena
correspondencia con la naturaleza de clase y con las metas de nuestro
Partido, en la medida en que expresa que la potencia que debe regir al
mundo y a Colombia es el trabajo, para que se realice la sociedad de los
trabajadores y desaparezca el reino de la explotación del hombre por el
hombre. Ese es el fin último de la transformación en la cual se inspira
nuestro programa. En segundo lugar, le repito, no debemos seguir actuando
bajo el manto de la confusión; hay otros que utilizan la sigla del MOIR y
desarrollan una política extraña a las orientaciones genuinas de su
fundador para este período. En aras de que el país distinga claramente
nuestra posición y de evitar equívocos completamente indeseables,
adoptamos la nueva sigla del PTC. Esta decisión corresponde a la necesidad
de preservar y llevar adelante la línea de Francisco Mosquera.
NG: Además, en la
propaganda se mantiene la connotación de moirista.
Así es. Mantenemos la
denominación de moirista porque obedece a nuestra historia; en ese sentido
enviamos un mensaje claro y fuerte: es en este Partido, el PTC, donde
sigue vivo y se desarrolla lo que originalmente fue el MOIR. El Partido
del Trabajo no surge de un vacío político, tiene una historia que hunde
sus raíces, que adquirió su fisonomía y su jefatura en una corriente
política que el país conoció como el MOIR. Aquí, en el PTC, se mantiene en
alto esa línea, y aquí están los principales dirigentes históricos del
moirismo.
NG: ¿A qué renuncian cuando
adoptan la sigla de PTC? ¿a la identificación moirista?
A nada. Nosotros jamás
renunciaremos a la teoría y a la historia del MOIR; al contrario, es por
preservar esa posición, especialmente la planteada en la última etapa con
el advenimiento de la era neoliberal, formulada por Mosquera en sus
últimos escritos, que nos vimos obligados, luego de su muerte, a abrir un
debate de fondo en las filas moiristas que desembocó en una ruptura con
sus tergiversadores. Es por esta misma razón que hoy, dadas las
circunstancias políticas concretas en las cuales se ha venido
desarrollando esta pugna, adoptamos la nueva sigla del PTC.
NG: ¿Acaso no se estaría
reeditando la eterna división y subdivisión típica de algunos movimientos
del infantilismo de izquierda?
No, no es así. Nos
vimos obligados a deshacernos precisamente del lastre de extrema
izquierda, encarnado en la facción contraria a la nuestra, con cuyas
equivocaciones garrafales no podemos cargar: la de ampliar el blanco de
ataque principal, al punto de incluir en dicho blanco a sectores
susceptibles de movilizarse contra este, y la de reducir el amplísimo
frente que debe conformarse para luchar, circunscribiéndolo a la
izquierda.
NG: ¿Podemos afirmar que
esta es la explicación concluyente de esa ruptura?
Así es. Repito, si el
blanco de ataque de las fuerzas de la nación no se reduce a la dominación
de Estados Unidos sobre el país y a sus agentes neoliberales, como debe
ser, sino que también se amplía a otros sectores de la nación, por el
hecho de que tales sectores no son siempre consecuentes en la lucha y
vacilan y tienden a la conciliación e incluso a la capitulación, entonces
tenemos una diferencia que no es de poca monta sino una equivocación muy
grave, producto de un radicalismo y un extremismo tan infantil como
nocivo.
NG: ¿Una posición
«radical» en este aspecto no contribuye a la lucha general contra la
dominación extranjera?
Lo grave del asunto es
que esto conduce a una política de enfrentamiento antagónico con sectores
que no son de ninguna manera, por lo menos en principio, los enemigos
principales del país. Si además de eso se practica una política que en los
hechos excluye de un amplio frente en contra de Estados Unidos a sectores
que, no obstante sus vacilaciones y sus intereses de clase, tienen
contradicciones objetivas con la dominación gringa, y se circunscribe este
frente a la mera unidad con sectores de izquierda, como vienen haciéndolo
los tergiversadores de la línea del MOIR, los que revisaron a Mosquera,
entonces la cosa pasa de castaño a oscuro. Tal posición no es sólo
sectaria sino obtusa. La unidad no es sólo entre la izquierda sino con
toda la nación. Esto fue lo que ocasionó el debate y la ruptura con
quienes se empecinan en ese camino erróneo que obstruye y sabotea la
unidad nacional. Unidad que es la clave para alcanzar el triunfo contra el
dominio extranjero.
NG: ¿En cierto sentido, al
caracterizar esas diferencias, está usted definiendo la concepción
estratégica del PTC?
MT: Sí. Para el
Partido del Trabajo de Colombia, la estrategia consiste en que el país
logre su independencia política y económica para desarrollarse, en un
mundo en que se impuso la ley de hierro de Estados Unidos para anexar a su
órbita económica a los países atrasados y especialmente a los de América
Latina. Para ello se requiere de la independencia. Esa es la estrategia,
conseguir que el país, en una situación mundial de cerco y sometimiento
imperial, se pueda desarrollar como nación.
NG: ¿Y la táctica?
La táctica general
estriba en practicar una política que contribuya eficazmente a que el
país, el pueblo, la nación, identifiquen y enfrenten al enemigo principal,
que es, por supuesto, el dominio de Estados Unidos sobre Colombia, junto
con la capa que le sirve de base social en el país: ese estamento de
tecnócratas que constituye la corriente neoliberal y dirige el Estado,
capa a la que Mosquera llamaba, por referencia al centro ideológico
universitario de donde se expandió en Colombia, la panda de los Andes.
NG: Y en cuanto a lo que usted
llama la unidad de la nación...
El otro aspecto de la
táctica consiste en que se requiere una gran alianza, una gran coalición
para cumplir la estrategia, para derrotar al enemigo, coalición que
consiste en la unidad de la nación, en la unidad de todas las clases, de
todas las capas, contra el sojuzgamiento gringo, en la cual jueguen un
papel de orientación y de dirección los trabajadores, es decir, una
política de frente único de salvación de la nación. En esto se resume la
estrategia y la táctica.
NG: ¿Estos lineamientos
generales cómo permiten caracterizar la situación concreta del país?
Fundamentalmente por
el punto crítico a que llega la crisis en Colombia. El país padece una
doble aflicción o una doble tragedia: los estragos económico-sociales
producidos en el período neoliberal, y la perturbación cada vez mayor por
una violencia desbordada que amenaza a la nación con la invasión militar
extranjera y la desintegración territorial. La salida no puede ser la
profundización del modelo neoliberal ni los llamados a Estados Unidos,
como a la ONU y a la OEA, para que invadan militarmente al país, tal como
lo quiere el gobierno de Uribe Vélez. Tampoco lo es el colaboracionismo de
un liberalismo agónico con este gobierno. Lo que demanda el momento es la
actuación de una fuerza orientadora capaz, no sólo de apreciar
correctamente la complejidad de la situación y de trazar un rumbo hacia su
solución sino de marchar a la cabeza de tal proceso de cambio y
transformaciones.
NG: Ahora que ha
mencionado específicamente al gobierno de Álvaro Uribe, ¿podrá el país
derrotar el embeleco fiscalista y antidemocrático que significa el
Referendo?
A ese respecto,
permítanme ustedes leerles una pequeña parte de lo que será el editorial
del próximo número de La Bagatela, ya aprobado por el Comité Ejecutivo y
que resume nuestra posición: «Al Referendo le salió al paso su propio
fantasma, la abstención. No cabe duda de que se está abriendo camino y
configura en las actuales circunstancias un fenómeno político excepcional.
Algo muy distinto de esa rutinaria abstención que gravita como un lastre
sobre el desarrollo de la conciencia nuestro pueblo, cuyos rasgos
sobresalientes son la abulia política y el atraso ideológico y el
resultado es la ineficacia total del abstencionismo en las luchas sociales
y políticas. La abstención surgida frente al Referendo del gobierno de
Uribe no tiene parangón en el más de medio siglo último de la historia del
país. En Colombia no sucedía nada igual desde que los liberales
perseguidos a sangre y fuego por el gobierno de Ospina Pérez, dieron en
adoptar la decisión de abstenerse frente a aquellas singularísimas
elecciones presidenciales en las cuales no hubo sino un candidato,
Laureano Gómez, el obvio ganador... Como fuere, puede anticiparse que
cualquiera que sea el sinuoso curso de la prueba plebiscitaria habrá un
pulso del fondo. Y éste no será entre el Sí y el No sino entre el esfuerzo
de la administración Uribe por ungir su período con los sacros óleos de la
reelección, que es de lo que se trata, y la brava marejada abstencionista,
principal músculo del descontento obrero y popular... La tendencia a la
abstención, de origen fundamentalmente económico social, cuenta con una
base natural que es el movimiento obrero, el único sector organizado que
hasta ahora cala crecientemente la naturaleza antipopular y antinacional
de la administración Uribe. Al impulso inicial de los trabajadores se
suman, en buena hora, las posiciones que de las filas de la democracia o
ángulos distintos y aun opuestos al movimiento obrero, también abrazan la
abstención. Es decir, que, entre las opciones posibles, desde la orilla
del interés nacional y popular, la más justa, y la única cuya terrenalidad
viene demostrándose, es la abstención».
NG: Regresando a los
aspectos estratégicos, ¿podría precisar en qué consiste lo que usted llama
unidad nacional contra el sojuzgamiento gringo?
Para sacudirse las
ataduras que impiden su desarrollo y superar el atraso, Colombia requiere
un acuerdo, un gran acuerdo, un compromiso nacional entre todas las
clases, es decir, entre las clases trabajadoras, la clase obrera, las
demás clases productivas, los campesinos, los pequeños productores, las
capas medias, los intelectuales, los artistas, los sectores de la pequeña
burguesía, con lo que se puede llamar las clases propietarias, a saber,
con la burguesía nacional, la gran burguesía, y los grandes propietarios
de tierras. Nosotros estamos seguros de que los trabajadores, porque así
lo reclaman sus intereses, están por una política de compromiso con todos
los sectores de la burguesía, la grande y la pequeña, que tienda a
defender el mercado colombiano y el desarrollo de nuestra propia
industria. Sobre la base, por supuesto, de que los empresarios dejen de
ilusionarse, como se ilusionaron al comienzo de la apertura económica y de
la implantación del modelo, con la panacea de que es con el descenso de
los salarios y la reducción de los costos laborales como se resuelve la
crisis.
NG: ¿A ese grado de
compromiso está dispuesto a llegar el PTC con tal de defender el mercado
interno?
Este es el punto
esencial para acumular la fuerza necesaria que demanda la independencia de
este país, incluso la existencia misma de Colombia como nación. Para poner
un ejemplo concreto, analice usted lo que se avecina con la imposición del
ALCA, estamos ad portas de que se complete la anexión económica de
nuestros países a la economía norteamericana. El desarrollo económico
requiere de la firme defensa del mercado interno, esta es la madre de todo
desarrollo nacional; el respaldo resuelto del Estado a la producción, la
búsqueda de la elevación sustancial de la producción de alimentos y la
meta de la industrialización propia. Por lo tanto, no es una consigna sin
fundamento la de que se necesita unificar a la nación, que los empresarios
abandonen el camino de descargar la crisis sobre los hombros de los
trabajadores y entiendan que la salvación de Colombia requiere de un
esfuerzo conjunto de todas las clases, y que se asuma consecuentemente,
realmente, la defensa de los fundamentos de nuestra nacionalidad, que no
son otros que nuestra industria, nuestra agricultura y nuestro trabajo
nacional.
NG: Ese «acuerdo
nacional» fue planteado anteriormente durante diversos procesos de
liberación nacional, caracteriza la política de Frente Único y,
particularmente en China, fue la base de la concepción de la revolución de
Nueva Democracia. Pero, en este nuevo siglo y en las condiciones concretas
de Colombia, ¿no parece un tanto ilusorio un planteamiento que parte de un
acuerdo entre las diversas clases sociales para arreglar el país?
Mire, en la práctica
puede suceder que unas clases o algunos sectores de clase atiendan una
política de unidad nacional mientras que otras no. Eso se define en los
hechos y un partido de los trabajadores guía su acción por una teoría
revolucionaria pero sobre la base de los hechos. Esto se definirá a su
debido tiempo. Pero lo que debemos resaltar es que ahora, hoy, existen
fundamentos reales, realidades concretas que pueden darle piso objetivo,
no ilusorio, a una acción común del conjunto de las clases sociales, a una
gran coalición nacional contra el enemigo extranjero. Ese fundamento está
dado por la nueva época de neoliberalismo y de hegemonía unipolar de
Estados Unidos en el mundo. La explotación norteamericana de esta época es
más intensa, más profunda y más extendida en nuestro país y los países
como el nuestro. A tal punto que no sólo afecta los intereses de la
población trabajadora y productora sino también a los principales grupos
económicos, pese a que ciertos aspectos de la privatización y el
neoliberalismo pueden favorecer intereses de la alta burguesía. Al
respecto, Francisco Mosquera, el autor de esta tesis rotundamente
corroborada por los hechos, en época tan temprana como el inicio de los
noventa, llamó la atención sobre cómo American Air Lines podía sacar del
ring al grupo Santodomingo y por qué en ese pleito la posición nacional
era pararle los pies al pulpo gringo. Por la misma razón, afirmó, los
reclamos de los estratos altos caben en la retorta de las reivindicaciones
de la nación. Otra cosa es que a la hora de la verdad dichos estratos no
quieran sumarse a los intereses nacionales; de ocurrir así, la nación,
entonces, tendrá derecho a decidir su actitud frente a ellos. Pero
mientras los hechos consolidan las tendencias ¿por qué no proponer una
acción común con todo el mundo contra el principal enemigo de la nación?
NG: ¿Cómo se llegaría a
materializar ese gran acuerdo nacional?
Una democracia del
pueblo implica que los trabajadores estén en el comando del Estado, al
lado de los demás sectores productivos, de la representación de todas las
clases sociales, con muchos partidos y organizaciones en un gobierno de
coalición. El pilar de esta democracia son unas fuerzas armadas que
guarden la soberanía y defiendan el territorio patrio y un régimen
político que realice toda la democracia para las masas trabajadoras, donde
el sector estatal de la economía dirija y prevalezca sobre el conjunto de
las formas mixtas, capitalistas y otras modalidades privadas de propiedad.
Estratégicamente, se trata de que la ley del trabajo impere en la nación;
de alcanzar, en el largo plazo, una sociedad con un alto nivel de
civilización y de mejorar significativamente, en el mediano y corto plazo,
la vida material del pueblo.
NG: Es obvio que ese
planteamiento general se traduce en una acción política concreta, tal como
ocurrió durante las pasadas elecciones presidenciales. En ese momento la
corriente moirista que usted dirige apoyó a Horacio Serpa con el propósito
de intentar contrarrestar el avance de Álvaro Uribe, el candidato que le
venía «como anillo al dedo» a la política imperial de Bush, pero Serpa
terminó de embajador de Uribe ante la OEA. ¿No pone esto en tela de juicio
la viabilidad de un frente amplio con sectores burgueses o de los partidos
tradicionales?
No. Que en una
situación concreta fallen personajes y sectores, no invalida la política
de frente único, que es una necesidad del país. Simplemente, lo que se
revela por los hechos es que Serpa no estuvo a la altura de las
expectativas que había generado en muchas fuerzas democráticas. La
defección del ex candidato liberal no significa que la política de frente
único fracasó; fracasó él como posibilidad de constituirse en líder de un
frente de tales dimensiones. Esto, por supuesto, es un traspié que
repercute sobre la nación entera, que facilita el liderazgo derechista de
Uribe y sus planes contra el país y el pueblo, pero una nación tiene
muchos traspiés y no por eso debe abandonarse el esfuerzo de lograr la
unidad como condición para alcanzar la independencia. Serpa representa el
final de un ciclo en el cual esa corriente política que él personifica
tuvo grandes posibilidades, desafortunadamente malgastadas y ahora
prácticamente abandonadas. Hay que condenar la claudicación y persistir en
la necesidad del frente. Lo que el país necesita es una corriente
consecuente con la necesidad de la unidad de la nación; corrientes que
tengan una base social, política e ideológica distinta, que puedan
encabezar el esfuerzo de unir el país, porque lo que estamos registrando
es que las vertientes de los partidos tradicionales no fueron capaces de
hacerlo o por lo menos no han tenido la consecuencia para llevar adelante
esta empresa histórica.
NG: ¿Estados Unidos y los
países desarrollados permitirían, hoy en día, la realización de las
transformaciones que usted plantea?
Los rasgos
prevalecientes en el medio ambiente internacional, impuestos desde el
Consenso de Washington, no son ciertamente favorables a una evolución de
esta naturaleza, sino muy hostiles a ella. Sobre todo en los tiempos de
Bush y de su doctrina de ataques bélicos «preventivos». Pero un país
atrasado que logre su independencia, si su pueblo logra unirse
sólidamente, aprecia bien la situación, no procede con temeridad ni comete
errores graves y defiende con resolución su derecho a decidir su propio
destino, puede mantenerse erguido mientras soplan mejores vientos sobre el
planeta. Esto no tiene que significar una política de aislamiento
nacional, al contrario, tendría que proclamarse una política de relaciones
de comercio y de intercambio de capitales con todos los países del mundo
sobre la base de unas relaciones de igualdad y de beneficio recíproco.
NG: ¿Pero esa dinámica
hegemónica de Estados Unidos no conduciría a que el país atrasado que ose
rebelarse quede cercado y aislado?
Al hegemonismo de
Estados Unidos ya se le perfilan rivales de no poca monta en la «vieja
Europa». No debería negarse la negociación de empréstitos externos pero
sin permitir jamás el condicionamiento esclavizador que conllevan. El
Estado tendría una política encaminada a obtener precios internacionales
que no signifiquen una desventaja para nuestro trabajo nacional, el
ingreso a la OPEP, la unidad y defensa de la producción cafetera mundial
y, en cuanto a la inversión extranjera, la negociación de términos con
ventajas y ganancias recíprocas, que sirvan a nuestras industrias
nacionales, con una adecuada participación al Estado colombiano, en el
marco de una estricta regulación de los movimientos de capital, sin la
absurda y anárquica libertad que se les ha otorgado, lo que ha
desmantelado las economías y conducido a hecatombes económicas. El PTC
plantea y está dispuesto a transitar por una política de esta naturaleza y
con estos objetivos.
NG: Para culminar esta
parte, ¿cómo sintetizar las características distintivas de la política del
PTC?
Podemos reducirlas a
tres. La primera, ubicamos el enemigo principal en un plano internacional,
no dentro sino fuera de la nación: el sojuzgamiento de Estados Unidos
sobre Colombia, y por extensión, como su apéndice, los agentes que hacen
posible su política en el país, vale decir, los gobiernos neoliberales.
Esto se traduce en que la lucha principal no es en el seno de la nación,
no es en el interior de la sociedad colombiana, sino que el enfrentamiento
principal debe ser entre la nación como unidad, contra un enemigo externo,
el dominio gringo y sus agentes. La segunda, que las transformaciones
revolucionarias que requiere el país son de carácter democrático para
abrir el camino hacia un sociedad gobernada por el trabajo: la
independencia nacional y la superación del atraso mediante la realización
de una serie de cambios que hagan posible el crecimiento económico, el
desarrollo del agro, la industrialización propia y la elevación del nivel
de vida del pueblo. Y la tercera, que, en las circunstancias actuales de
Colombia, no vemos la insurrección armada como una opción viable que
exprese la lucha del pueblo, ni somos partidarios del empleo de métodos
tales como el atentado personal, el terrorismo, los secuestros, y la
extorsión. Hay que impulsar un tipo de lucha acorde con el desarrollo de
la conciencia y la fuerza de los sectores de las clases más
revolucionarias, de fortalecimiento del movimiento obrero y de los
sectores patrióticos y populares, es decir, la lucha de carácter político,
a través de los medios que esta supone, con la movilización de las masas y
a través del parlamento y de los instrumentos legales. Se trata de la
resistencia civil, política, masiva, a la política neoliberal del actual
gobierno y a la intromisión militar norteamericana en el conflicto interno
colombiano.
NG: Estos serían otros temas que
consideramos de interés para nuestros lectores. ¿Cómo aprecia el PTC el
papel actual de los jóvenes?
La juventud es el
termómetro de la revolución; cuando ésta está en alza, los jóvenes van a
la cabeza del movimiento de masas y cuando ésta entra en reflujo, la
juventud pierde su norte. En la vida del MOIR, del cual proviene el PTC,
la juventud ha jugado un papel vital; debe recordarse que fue como
consecuencia de una grandiosa batalla de la juventud, el movimiento
estudiantil de 1971, que el Partido pudo contar con una verdadera legión
de jóvenes que hicieron posible o, por lo menos, que realizaron un aporte
definitivo a la expansión de la corriente moirista a escala nacional. Sin
esta hornada de cuadros jóvenes el MOIR nunca habría sido la corriente que
el país conoce. En este nuevo arranque que está dándose, hay razones muy
fundadas para esperar que la juventud desempeñe un papel de primera línea.
Desde hace lustros no se veía la agitación, la tendencia a la movilización
y a la protesta que empieza a bullir de nuevo en los colegios,
universidades, y barriadas de los centros urbanos. Los efectivos juveniles
que provinieron de las recientes luchas contra el recorte constitucional a
las transferencias para salud y educación son un augurio de los nuevos
tiempos, allí se anticipa el porvenir de la revolución.
NG: ¿En las actuales circunstancias en
que pareciera que los vientos favorables comienzan a soplar, cuál es la
actitud del PTC frente a los movimientos y partidos que en América Latina
y en el resto del mundo luchan contra el neoliberalismo, la guerra
imperialista y levantan una serie de reivindicaciones sociales,
económicas, culturales, étnicas o de género?
Es indudable que hay
un nuevo ascenso en la lucha y, como los hechos parecen indicar,
reverdecerán las corrientes revolucionarias en todas partes, por
consiguiente se multiplicarán y se robustecerán las relaciones entre los
partidos que las constituyen. Nuestro Partido ha sostenido en el pasado
relaciones con muchas de estas organizaciones en América y en el resto del
mundo y es de esperar que así tendrá que suceder de nuevo, esto es como
una vuelta a empezar sobre una base de complejidad mucho mayor en un
momento en que los problemas son más extendidos, más uniformes, más
entrelazados, tendremos que trabajar en esa dirección, establecer lazos
con organizaciones revolucionarias de carácter proletario y asimismo con
organizaciones que se unan a la resistencia, que es el sello de la época,
que marca la táctica en la época, la resistencia contra Estados Unidos, en
la cual hay movimientos patrióticos, progresistas, democráticos de diversa
índole como los movimientos ecologistas, los movimientos indigenistas, los
movimientos en defensa de la mujer, en fin, la más variada gama de ese
amplísimo espectro que está aunando en la práctica, aún sin programas muy
claros y sin direcciones muy definidas, la protesta que se ha puesto en
movimiento como consecuencia de los estragos que el esquema neoliberal ha
perpetrado en todas las latitudes.
NG: ¿Este nuevo Partido, el PTC, cómo
está compuesto, cómo funciona y qué se requiere para pertenecer a él?
El Partido funciona
sobre la base de la dirección colectiva y la responsabilidad individual,
planifica de manera detenida y rigurosa la acción política, y sopesa
seriamente las posibilidades y los eventuales desenlaces de esa acción.
Para pertenecer a nuestras filas se requiere estar de acuerdo con el
programa, con el esquema organizativo que está en sus estatutos y
desempeñar la actividad política a través de una de sus organizaciones.
Por supuesto, también se puede contribuir con el PTC sin ser militante, en
una condición de amigo, de simpatizante, participando en sus numerosas
tareas políticas, culturales y de investigación de la realidad nacional e
internacional.
NG: En las últimas elecciones
parlamentarias, la corriente moirista dirigida por usted, en coalición con
otras fuerzas democráticas, eligieron senador a Jesús Bernal.
Posteriormente, por motivos que ustedes dieron a conocer en momento, el
senador fue expulsado, ¿cómo cree usted que pueda repercutir esa decisión
en la construcción del PTC?
Bernal incurrió en una
conducta insuficiente e insatisfactoriamente explicada: la venta de un
bien inmueble del sindicato de trabajadores de la Caja Agraria, efectuada
por él en su condición de representante legal del mismo, en condiciones
que aún deben aclararse ante el país. La revista Cambio hizo al respecto
una serie de gravísimas aseveraciones que él no ha respondido hasta la
fecha, como le correspondía en su calidad de senador y de dirigente
sindical, cosa que sí hizo la dirección central de nuestro Partido, no
para exculparlo sino para deslindar la responsabilidad de nuestra
organización partidaria con cualquier manejo turbio que hubiese podido
tener lugar en la venta de marras. La revista dijo –y efectivamente así
consta en la escritura pública respectiva– que la venta fue efectuada por
3.000 millones de pesos; lo que aún debe esclarecerse es si la totalidad
de esa suma ingresó al sindicato. Desde el punto de vista partidario hubo
una muy grave violación disciplinaria: él adelantó dicha transacción
comercial en cuestión por su cuenta, sin que la dirección del Partido
tuviese conocimiento de los términos de la misma. Por esto, y porque las
explicaciones de Bernal nunca nos parecieron satisfactorias, decidimos su
expulsión. Esta experiencia nos enseña que las conveniencias inmediatas
por apreciables que sean, en este caso la importancia de tener un senador
para una organización como la nuestra, tienen que subordinarse a los
intereses mediatos y a largo plazo. Al no tener responsabilidad alguna en
la conducta, puesta en tela de juicio, de un dirigente público al que se
relacionaba con nosotros, debíamos actuar con presteza y con una posición
diáfana. Eso fue lo que hicimos. Cualquier otra cosa habría suscitado
suspicacias y equívocos. Para nosotros vale más la confianza del
movimiento obrero y del público en una trayectoria moirista de lustros
que contar con un senador cuestionado por sus manejos.
NG: Por último, una pregunta obvia,
después de escucharlo en esta conversación, ¿por qué continuará
insistiendo el PTC en reivindicar el nombre y el aporte de Francisco
Mosquera?
Mosquera es la figura
revolucionaria más importante de nuestro país en el siglo XX. Fundó una
corriente que deslindó campos con la influencia infantil de izquierda y
defendió la necesidad de constituir un partido basado en el movimiento
obrero. Este solo hecho bastaría para que su memoria tuviese asegurado un
lugar en la posteridad, pero su contribución va mucho más allá. Mosquera
encabezó la construcción del Partido a partir del viejo MOEC que había
fundado Antonio Larrota en 1959 y allí le dio origen a una corriente
revolucionaria, antiimperialista y propulsora de una revolución
democrática de nuevo cuño, de la cual provenimos. Pero con la imposición
del modelo neoliberal y la apertura económica, su mayor aporte fue haber
avizorado el vuelco que daba el mundo y diseñar una táctica para ese
período en que se adentró la humanidad y en el cual aún permanecemos.
Señaló que mientras el blanco de ataque, el enemigo del progreso de
Colombia, se ha reducido a Estados Unidos y a la pequeña capa que le sirve
de apéndice de sus grandes negocios internacionales, el frente de
resistencia se ampliaba como nunca antes. Esta consideración,
aparentemente simple, fue su gran acierto y tiene una vigencia
continental. Los acontecimientos, lejos de desmentir estas geniales
apreciaciones de Mosquera, las corroboran de manera abrumadora y rotunda.
Regresar |