Nueva Gaceta  

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Bogotà, novienbre 2003 - febrero 2004 -Nº 7 ISSN 01246704


 


El uso de empresas contratistas, en el marco de los conflictos
de baja intensidad en los Andes y la Amazonia


Verdaderas misiones
de combate

Por Ricardo Soberón Garrido

 

En el ámbito político, esta modalidad tiene gran relevancia pues se trata de un nuevo mecanismo de intromisión militar en la región. Reúne las condiciones de lo que puede ser, desde el 2000, la nueva estrategia de EU para «intervenir» en los escenarios de inseguridad en Colombia y en la región andina. Se trata de un esquema aséptico para los intereses norteamericanos, pues se realiza a través de terceros, sean empresas privadas norteamericanas que reclutan expertos en retiro o las Fuerzas Armadas de los países vecinos. Para efectos de este artículo, dejaremos para otra oportunidad esta segunda modalidad.

Las empresas privadas intervienen con sus aparatos de última generación en todo el mundo, como consecuencia de la finalización de la Guerra Fría: los cielos de China y Corea, ahora el Asia Central, pero también la Cuenca Amazónica. ¿Estamos acaso enfrentando una situación de progresiva privatización de las operaciones militares a cambio de una reducción de las misiones de los ejércitos nacionales? Recordemos que en los países de la región, los ejércitos, menos el colombiano y el chileno, atraviesan por un severo recorte y reconversión institucional, de cara a las nuevas tendencias de sujeción al «poder democrático» y para evitar procesos militares como los del Cono Sur en los 70. Asimismo, debemos anotar la tendencia a las operaciones humanitarias, como la nueva función de las fuerzas armadas locales.

Una primera aproximación legal a este nuevo fenómeno viene del derecho internacional, pues desde el 2001 existe la Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios, aprobada por la Asamblea General de la Naciones Unidas mediante Resolución 4434 de 1989. De allí proviene la calificación de mercenarios, que están condenados y proscritos por la ONU, a partir del caso de Sudáfrica y su injerencia en los asuntos de otros países del África.

¿Cuál es la línea límite entre ejércitos contratistas y mercenarios? El problema estriba en la medida en que aquellos puedan acercarse a la utilización de mercenarios, tal como están definidos por la ONU:

1)         El tema de la remuneración. El pago es fundamental, pues no se trata de servicio militar como obligación con el Estado, sino como una prestación. Este factor está presente en todos los casos consultados y representa un «ahorro político» para quien paga, a pesar de costar más que un soldado regular.

2)         Servicio al ejército de otro país. Este elemento no resulta del todo claro pues no responde propiamente a la cadena de mando del ejército contratante. Se trata de convenios de carácter «técnico», que ni siquiera pasan por la fiscalización de los congresos nacionales. Permiten una gran flexibilidad en el modo de actuar, y tampoco están sometidos a la visibilidad de la opinión pública.

La guerra contra las drogas y el terrorismo

Después del 11 de septiembre y como consecuencia de las intervenciones en Afganistán e Irak, la forma de conducir las acciones militares ha sufrido cambios. La guerra contra las drogas y el terrorismo es ahora un tipo de conflicto global, irregular y permanente. Aquí se mezcla lo policial con lo militar y el uso de la inteligencia y la tecnología para desarrollarse tanto en el Sudeste asiático –el Triángulo de Oro–, como en el Asia Central, o en la frontera Pakistán-Afganistán. Así mismo, está prevista para usarse en las selvas amazónicas. Un ejemplo es la implementación en Bolivia de la Fuerza Expedicionaria de Tareas, unidad extraída del propio ejército boliviano, pero que tiene responsabilidades estrictamente antinar-cóticos en el Valle del Chapare en Cochabamba, y está financiada por EU. Incluso la Defensora del Pueblo de Bolivia ha solicitado una investigación sobre la línea de comando de esta unidad.

En sentido estricto, el uso del vocablo contratista es equívoco, de conformidad con la verdadera misión que cumple. Esconde el verdadero uso que se les da a las empresas y al personal que se involucra. El uso de subcontratistas con personería jurídica y sede en EU, que son mayo-ritariamente exmilitares de las Fuerzas Armadas de ese país, es una práctica cada vez más usada en operaciones de cooperación militar que se asemejan progresivamente a verdaderas misiones de combate: es el caso del departamento de Arauca en Colombia, donde se involucran en acciones de contraguerrilla. Además comienzan a implicarse en la protección de otros intereses estratégicos, como la infraestructura petrolera. Su primer uso data de la Guerra de Vietnam, para ciertas acciones de transporte de personal de élite y operaciones encubiertas en territorio de Laos y Camboya (Air America).

Estas operaciones no son aisladas. Se realizan al lado de operaciones tradicionales de cooperación, como los ejercicios navales Unitas en la Base de Manta en Ecuador (julio 2003), o las operaciones de asistencia cívica realizada por militares (caso Nuevos Horizontes, 2003) en Perú, Ecuador, Panamá y otros países latinoamericanos.

Hacia una tipología de las empresas
participantes

Según las fuentes revisadas(1), desde 1995 se tiene conocimiento de la participación de empresas contratistas en Colombia, particularmente alrededor del Plan Colombia. Pero a partir del 2000, se incrementa el número de empresas, personal y fondos disponibles.

El primer caso, es el de Military Profesional Resources Incorporated (Mpri), fundada en 1988. Otro es el caso de la DynCorp(2), formada en 1946 por pilotos norteamericanos, con sede en Reston, Virginia: 20.000 empleados, 550 clientes e ingresos por US$1.400 millones anuales. Una firma importante es California Mycrowave Systems (a su vez adquirida en 1999 por la Northrop Grumman Corporation), especializada en imágenes, comunicaciones e inteligencia electrónica(3).

Otras empresas relacionadas son Aviation Development Corporation y Arinc Inc(4), las mismas que desarrollan diversos campos de especialidad y tienen jugosos contratos con el Departamento de Defensa. TRW, Matcom, Cambridge Communications, Virginia Electronic Systems, Air Park Sales and Service Inc, Integrated Aerosystems Inc, Arinc Engineering Services LLC, Alion LLC(5), ACS Defense(6), INS(7), Science Aplications International Corp(8), ManTech(9), son otros ejemplos de empresas privadas debidamente acreditadas ante el Departamento de Defensa y que están viendo enormes posibilidades de actuación en el mundo, no solamente en el caso del conflicto armado colombiano. Luego, el caso de un monstruo como la Lockeed Martin(10), que incluso ha tenido participación en otros conflictos armados, como Bosnia, Irak y Afganistán. Finalmente, está el Grupo Rendón, especialista en estrategias de comunicaciones para las delegaciones diplomáticas norteamericanas en el exterior.

¿Cuáles son los beneficios de esta nueva
modalidad?

Son muchos. En primer lugar, la Casa Blanca amplía su margen de maniobra en operaciones cuasi-militares en cualquier parte del mundo sin las restricciones diplomáticas o de seguridad que puedan tener las fuerzas armadas formales. En segundo lugar, las empresas –muchas veces integradas por ex altos oficiales de las fuerzas armadas norteamericanas –adquieren jugosos contratos en el exterior. En tercer lugar, se beneficia el Congreso de ese país, si se tiene en cuenta el gran presupuesto de defensa, aunque recientemente se ha lanzado una iniciativa para comenzar una investigación sobre los fondos, su destino, los resultados y los peligros que representa.

En cuarto lugar, se trata de gente con experiencia en asuntos militares: inteligencia electrónica, reconocimiento, vuelo de aeronaves (Black Hawk, aviones espía), manejo de equipos sofisticados (radares, sistema electrónico FLIR). Se trata de una segunda etapa de aplicación de los conocimientos adquiridos durante la vida propiamente militar. Aunque se excluyen operaciones directas de combate, los riesgos están siempre presentes. Así se cumplan formalmente las restricciones dispuestas por el Congreso sobre el reclutamiento de personal militar norteamericano, la situación se torna difusa y complicada, particularmente en los casos de Colombia y Filipinas, las «áreas grises» más reconocidas de la actual conflictividad mundial.

Otra ventaja tiene que ver con asuntos presupuestales y económicos. Esto implica que los recursos del presupuesto federal van a parar a manos de empresas norteamericanas que van a tributar en EU, lo cual completa el círculo del movimiento de dinero público, que regresa a la economía de EU: se adquieren equipos norteamericanos (caso de Tucanos brasileños solicitados por Colombia o de SU-25 rusos solicitados por Perú, que finalmente no fueron considerados).

Además, por estar sometidas al régimen privado, se pierde la línea de «accountability» (rendición de cuentas) pública que debe tener el Congreso norteamericano sobre las operaciones que realizan tales empresas en el exterior. Esta modalidad –se pensaba– no afecta primordialmente la política exterior norteamericana. Como podemos observar, dicha presunción puede empezar a cambiar.

De otra parte, los efectivos de esas empresas no cuentan al fijar el número de militares norteamericanos que pueden estar asignados a determinadas misiones en lugares de riesgo, como Colombia. La pérdida de alguno de sus miembros, a pesar de ser ciudadanos norteamericanos, no tiene el impacto político que tendría la de un efectivo de las Fuerzas Armadas. Es el caso de los tres ciudadanos que permanecen secuestrados por las Farc.

Otro asunto tiene que ver con la inmunidad diplomática. No debieran caer en el ámbito de las convenciones internacionales que regulan las relaciones diplomáticas y consulares entre los Estados. ¿Será que incluso a este tipo de contratistas se les dará inmunidad diplomática frente a la Corte Penal Internacional?

Desde que se inició en 1988 la guerra contra las drogas ha habido muchas experiencias adversas: el caso del funcionario de la DEA acreditado en Bolivia, que hirió a un civil y no pudo ser sometido a la justicia boliviana, pese a que el delito se cometió allí. En 1991, el encuentro entre personal de la DEA y la embajada en Perú con miembros de Sendero Luminoso en la base Santa Lucía. Definitivamente, no se trata de personal que ejerza misiones diplomáticas en terceros países, ni en representación de su Estado.

Algunos problemas

Sin embargo, todas las ventajas mencionadas se han venido al suelo con los hechos ocurridos en febrero de 2003 en Florencia (Caquetá) y la pérdida de una avioneta de reconocimiento con personal norteamericano y colombiano: dos muertos y tres secuestrados han provocado una operación de rescate sin precedente que involucra a fuerzas especiales colombianas y norteamericanas. En marzo, otra avioneta que iba en operación de rescate se perdió con su tripulación.

Hoy, cuando las fuerzas de ocupación en Irak reportan un creciente número de muertos y heridos de las fuerzas convencionales –después de haberse suspendido las operaciones militares–, los hechos en Colombia podrían pasar desapercibidos. A pesar de tratarse de empleados particulares, la fragilidad y los riesgos de esta nueva forma de involucrarse también comienzan a ser visibles en el escenario norteamericano.

De todos modos, la caída, secuestro y asesinato de una persona que no está al servicio del Estado norteamericano es un riesgo muy grande que puede generar enfrentamientos directos con la guerrilla. Este es un nuevo elemento que no estaba en la mente de quienes diseñaron operaciones quirúrgicas en las que son los terceros quiene ponen los muertos.

A manera de conclusión

A propósito del Plan Colombia, de la Iniciativa Regional Andina y de otros planes hemisféricos, nos estamos enfrentando a una nueva participación de la empresa militar privada en el campo de la seguridad y la defensa, en relación con la guerra contra las drogas y el terror. Esta nueva práctica representa ventajas al aparato político y a los intereses del conservadurismo norteamericano. Lamentablemente, Colombia está siendo «privilegiada» en esta modalidad que, como hemos podido observar, tiene demasiadas similitudes con una práctica que ha sido aborrecida y proscrita por el derecho internacional y la ONU, la de los mercenarios.

 

          Notas

1   Flórez, Sandra Bibiana. «Mercenarios en Colombia. Una Guerra Ajena». Proceso. 13 septiembre 2001. Otra, es «Mercenarios made in Brazil». Istoe, No 1568 del 20 de octubre de 1999.

2 Proporciona personal: pilotos, personal técnico para la Brigada Antinarcóticos del Ejército y el programa de erradicación de cultivos de la Policía (US$ 79'200,000); entrenamiento a pilotos en el uso de visores nocturnos (US$ 1'292,000); apoyo logístico al programa antinarcóticos de la Policía, el Ejército, el Inpec. (US$ 4'875,000).

3   Es una de las siete empresas que trabajan actualmente en Colombia.

4  En el 2002 tuvo contratos por US$ 17.1 millones, 30 empleados en Colombia y en Perú, con participación en interdicción aérea. Sólo en Colombia, mantenimiento y apoyo logístico para avión C 26 de la policía (US$ 1'146.000), operación de intercepción de vuelos del narcotráfico (US$ 3'557.000), construcción de sistemas de aprovisionamiento de gasolina de 6 pistas de aterrizaje de la policía (US$ 1'549.000).

5    Mejoran la capacidad del Estado colombiano para recolectar y procesar información de inteligencia
(US$ 20.000).

  Apoyo a un funcionario de alto nivel del gobierno de EU, dedicado al Plan Colombia (US$ 237.000).

  Apoyo logístico y asesoría del personal de la Embajada (US$ 196.000).

8   Seguridad de la Embajada en Bogotá. Análisis de imágenes de inteligencia (US$ 255.000).

9   Manejo de bases de información de diferentes agencias en el marco del Plan Colombia. Interceptación de comunicaciones y recolección de imágenes (DEA).
US$ 2'146.000.

10  De acuerdo con un informe de El Tiempo, esta empresa tiene un total de 8 contratos: Apoyo logístico para aviones de transporte de tropa (US$ 4'216.000); mantenimiento de Black Hawk (US$ 2'128.000); mantenimiento de aviones de la Policía (US$ 3'133.000); obtención de instructores para entrenamiento de pilotos de helicóptero (US$ 813.000), de pilotos Huey (US$ 3'600.000); entrenamiento de equipo de asistencia técnica para monitoreo de programa de entrenamiento de pilotos de helicópteros (US$1'700.000); instalación y mantenimiento de simuladores de vuelo para Hueys (US$ 7'500.000); instalación de sistemas para la protección de fuerzas (US$ 3'525.000). Un total de US$ 26.5 millones.

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