Nueva Gaceta  

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Bogotà, novienbre 2003 - febrero 2004 -Nº 7 ISSN 01246704


 

Lecciones del zarpazo colonialista

en Panamá

 

 

 Ponencia del entonces senador del Moir Jorge Santos Núñez, en el Foro: «Para que jamás vuelva a suceder. A los 93 años de la intervención norteamericana en el Istmo de Panamá», convocado por Cedetrabajo en la Sociedad Económica de Amigos del País, SEAP, el 31 de octubre de 1996.

El próximo 2 de noviembre se cumplen 93 años del desembarco de las tropas norteamericanas en Panamá, que desembocaría, al día siguiente, en la separación del Istmo de Colombia. Los acontecimientos que determinaron dicho desenlace están cargados de enseñanzas, que en vez de opacarse con el correr del tiempo, adquieren una mayor vigencia a la luz de las actuales circunstancias internacionales.

Los Estados Unidos, que habían expandido su territorio a costa de sus vecinos, principalmente de México, alcanzaron durante el S. XIX, al amparo de una fuerte política proteccionista, considerable desarrollo industrial. Los poderosos trusts no solo copaban el mercado interno, sino que requerían con urgencia extenderse al mercado exterior. En la producción hullera, de hierro y petróleo, tenían ya la primacía mundial.

En tales condiciones, necesitaban adelantar una política colonial y batallar por el control de las vías marítimas. En el último cuarto del siglo diecinueve se anexionaron a Puerto Rico, las Filipinas, las Islas Guam y las islas Hawai. Intervinieron en Cuba, a la que impusieron la Enmienda Platt, que les permitiría entrometerse en la Isla en cualquier momento, además de ocupar militarmente la base de Guantánamo. Así fueron erigiendo su imperio a costa del declinante reino de España y pasaron a jugar un papel de importancia en el océano Pacífico.

Acometieron también por el control de Centroamérica. En los primeros años de la centuria que corre ocuparon la República Dominicana, Cuba, Nicaragua, Honduras y atacaron a México. Individuos como Teodoro Roo-sevelt, Cabot Lodge y William Taft encarnaron esta actitud imperialista.

La fiebre del oro en California, primero, y luego la guerra hispanoamericana, hicieron más apremiante la necesidad de construir un canal interoceánico, vía que también interesaba a los ingleses.

Los magnates del Norte lograron asentar uno de los primeros puntales para su dominio sobre Panamá con la construcción del ferrocarril por parte de la Panama-Railroad Company. Este fue uno de los cinco primeros ferrocarriles del mundo, que el 28 de enero de 1855 comenzó a cruzar la faja de tierra entre los dos litorales. El ferrocarril de Panamá fue para sus propietarios una veta de oro. El gobierno granadino le dejó mano libre para fijar tarifas. Fue una de las empresas más lucrativas del mundo y repartió casi 38 millones de dólares de utilidades, cuando había costado apenas siete millones.

A los panameños aquel ferrocarril no les dejó sino el espejismo del progreso. Y por el contrario, fue una punta de lanza norteamericana en el raponazo del canal, cumpliendo un papel semejante al de la ITT en el golpe militar fraguado en Chile por la CIA.

En septiembre de 1856, con ocasión de un enfrentamiento ocurrido en abril entre la población panameña y viajeros norteamericanos, los marines ocuparon Panamá. De allí en adelante se sucedieron los desembarcos de los marines, varios de ellos autorizados por el gobierno colombiano.

Los linces de las finanzas gringas vieron con preocupación la firma del convenio Salgar-Bonaparte Wyse, de 1878, que permitió que los franceses, a través de la Compañía Universal del Canal Interoceánico de Panamá, iniciaran trabajos. Por ello anunciaron la construcción de un canal en Nicaragua, reclamaron el derecho a ejercer un protectorado sobre el futuro canal de Panamá y sobre la compañía del ferrocarril, e iniciaron un permanente hostigamiento diplomático contra nuestro país. La Panama-Railroad saboteó de varias formas las obras. Además azuzó a la opinión pública norteamericana contra el proyecto de los franceses. Estos habían puesto al frente de la firma a Fernando Lesseps, quien había causado admiración mundial cuando en 1869 concluyó la proeza de unir los mares Mediterráneo y Rojo, por medio del Canal de Suez.

Las picaduras del Aedes aegypti, la resistencia del Cerro de la Culebra y el caudal caprichoso del río Chagres, pero sobre todo los aguijonazos del capital financiero galo y el boicot gringo, incluido el de la Compañía del Ferrocarril, a la que tuvieron que comprar a altísimo precio los franceses, darían al traste con la empresa dirigida por Lesseps. El escándalo suscitado fue de enormes proporciones. Luego de la bancarrota, se constituyó la Compañía Nueva del Canal de Panamá, que no buscaba construir nada, sino vender los activos de la Compañía Universal y hacer leña de los centenares de miles de accionistas que habían arriesgado en la frustrada empresa sus pequeños capitales. En las dolosas operaciones con las que se inauguró la nueva firma fueron burlados de entrada los intereses de Colombia. El maestro de tales solicañas fue el abogado norteamericano William Nelson Cromwell, quien armó sociedades de fachada que fueron adquiriendo a precio de baratillo las acciones de muchos franceses arruinados. Después se pudo establecer que de la compañía de Cromwell, The International Canal Co., eran socios Douglas Robinson, cuñado de Teodoro Roosevelt, y Charles Taft, hermano de quien fuera secretario de Guerra de Roosevelt y luego presidente de los Estados Unidos. También haría parte Bunau-Varilla. Entre ambos arramblaron con la empresa.Una vez salieron de escena los franceses y renunciara Inglaterra a las implicaciones del Tratado Clayton-Bulwer sobre la construcción del canal por el istmo, su construcción quedó en manos de los estadounidenses. Sus apetitos eran insaciables: querían cesión a perpetuidad, derecho a desembarcar tropas en cualquier momento y otro sinnúmero de imposiciones.

Por semejantes «negociaciones» pasaron los ministros de Colombia en Washington, Carlos Martínez Silva, José Vicente Concha y Tomás Herrán. Este firmó el 23 de enero de 1902 el Tratado Herrán-Hay, tan ominoso que el Senado de Colombia lo rechazó.

En todo el proceso, los Estados Unidos promovieron y aprovecharon calculadamente los enfrentamientos entre los colombianos. Pero fue la guerra conocida como la de los Mil Días, la que mayor incidencia tuvo en el asunto que tratamos. Es claro que sin unidad la nación no tenía posibilidad de enfrentar con éxito la amenaza que se cernía sobre ella. Pero más grave aún, los adalides de las fuerzas en pugna procuraron atraerse el apoyo norteamericano, sin medir las graves implicaciones para la soberanía nacional.

Así la Casa Blanca se erigió en árbitro de las luchas intestinas. Durante la Guerra de los Mil Días, ante el avance del general Benjamín Herrera en el Istmo, el propio gobierno de Marroquín corrió a implorar, el 20 de septiembre de 1902, el desembarco de marines. Según lo han revelado conocidos historiadores, este comportamiento fue seguido también por influyentes voceros de la oposición.

De manera que la diplomacia del gran garrote jugaba con los colombianos como gato con dos ratones, y por eso su arrogancia crecía diariamente. Gilberto Silva Herrera, nieto de Benjamín Herrera, afirmó que a este jefe político y militar, los Estados Unidos le ofrecieron 10 millones de dólares y el poder vitalicio, si proclamaba la independencia del Cauca y Panamá. Herrera rechazó tal propuesta.

Después de cercar por más de seis meses en Aguadulce a las fuerzas gubernamentales del general Sala-zar, Herrera tomó la plaza. Tenía bajo su mando en el Istmo a más de ocho mil soldados. Pero no podía marchar sobre Colón ni Panamá, ni adelantarse hasta la línea del ferrocarril. Los marines, acompañados por las fuerzas oficialistas, se lo impedían. Así Herrera se encontró en una sinsalida. El jefe liberal no lo pensó más y el 21 de noviembre de 1902 firmó, mediante los buenos oficios del almirante invasor Silas Casey, el tratado del Winsconsin, celebrado en el acorazado gringo de este nombre, surto en la bahía de Panamá; tratado que puso fin a la Guerra de los Mil Días.

Es de destacar en esta guerra el llamamiento, hecho en 1902 por el general Rafael Uribe Uribe al gobierno de Marroquín, para pactar la paz sobre la base de defender a Panamá de las amenazas de Estados Unidos. Invitación que no fue acogida por el mandatario.

La corrupción, arma tan característica de los capitalistas, operaba con todo su poder en las altas esferas mientras se maquinaba el zarpazo para desmembrar el país. La preocupación que obsesionaba a quienes tenían a su cargo la guarda de los intereses de la república era el dinero. Estando en juego asuntos de tanta monta en el tratado canalero en discusión, como el de la soberanía nacional, las instrucciones telegráficas de Marroquín al embajador colombiano en Washington eran de este tenor: «Herrán, delegación Colombia, Washington: El gobierno de Colombia confiérele plenos poderes para adelantar la negociación del canal de Panamá. Haga lo posible por obtener 10 millones de contado y 600.000 de renta anual y todas las ventajas posibles de acuerdo con instrucciones anteriores». Marroquín-Paúl (11 de diciembre de 1902).

El gobierno marroquinesco le dio un inesperado impulso a la separación cuando el 30 de agosto de 1903 nombró a José Domingo de Obaldía como gobernador de Panamá. De Obaldía, que era senador, se había retirado del recinto cuando se iba a votar el Tratado Herrán-Hay. Ante los requerimientos de sus colegas, afirmó ser partidario de la secesión. En un banquete, luego de su posesión, dijo: «Considero que los intereses universales reclaman la construcción de una vía marítima y que concesiones cuyo objeto sea servir a estos intereses, aun cuando impliquen algún sacrificio de soberanía, no serán juzgadas indecorosas».

El embajador norteamericano en Bogotá estaba al tanto de todo. El 31 de agosto avisó al Secretario de Estado Mr. Hay, que De Obaldía había expresado a Marroquín que en caso de levantamiento, él estaría con Panamá.

Por ello hay quienes afirman que las torpezas del gobierno no se explican solamente por la flaca sobremanera previsión del señor vicepresidente. En varias investigaciones históricas se afirma que Lorenzo Marroquín, hijo del gobernante, fue sobornado por la compañía del ferrocarril y del canal con una suma de 40.000 dólares.

En el proceso por el control del Istmo la Panama-Railroad se convirtió en el centro de operaciones de la conspiración, orquestada por Roosevelt, Mr. Hay, el abogado William Nelson Cromwell y Bunau-Varilla. Cromwell, desde Nueva York, estaba al corriente de todo lo que sucedía en Bogotá. Lo sabía por el embajador Beaupré y por el director de protocolo de la cancillería colombiana, Luis Halberstedt, quien daba copia al embajador norteamericano de cuanto oficio pasaba por aquel despacho.

De lo que ocurría en el Istmo se enteraba el embajador por la eficiente red de los funcionarios del ferrocarril. Así resultaron como títeres en sus manos Manuel Amador Guerrero, médico de la compañía y presidente de Panamá, y José Agustín Arango, «agente espacial en Panamá». Contaban, como ya se dijo, con el gobernador De Obaldía, con el alcalde de Panamá Francisco de la Ossa y con el comandante del ejército Esteban Huertas. Amador viajó a Nueva York, adonde llegó el 1 de septiembre, y se entrevistó con Cromwell en las oficinas de la Panamá-Railroad. La trama final de la historia ya había sido anunciada en un reportaje concedido por Cromwell al periódico The Worlds, en el cual anticipó que la revolución en el Istmo estallaría el 3 de noviembre. Esta declaración la dio al salir de una prolongada conferencia con Teodoro Roosevelt, según investigación realizada por el historiador Oscar Terán.

Cromwell le hizo a Amador Guerrero la promesa formal de costear la revolución. Luego simuló que rompía y dejó el asunto en manos de Bunau-Varilla, que en vez de la generosa financiación del motín ofreció prestarle a la aún no nacida república medio millón de dólares, a condición de que se le asegurara nombrarlo a él ministro plenipotenciario en Washington.

Las cosas sucedieron, pues, como la conspiración las planeó. El Nash-ville, con los marines, llegó a Colón el 2 de noviembre de 1903; las fuerzas enviadas desde Colombia, encabezadas por el general Tobar, fueron divididas absurdamente por él, accediendo a la imposición de la Panama-Railroad de que el Estado Mayor viajara por aparte a Panamá, donde sería reducido a prisión. Mientras tanto, el grueso de la tropa se quedaba en Colón esperando ingenuamente que la ferroviaria se decidiera a transportarlos.

Fueron la presencia de las tropas norteamericanas y la débil e históricamente repudiada actitud de Ma-rroquín, las que decidieron la jornada. El día 3 de noviembre Huertas armó a la población, se nombró la junta provisional de gobierno y se enviaron delegados a Washington para negociar el tratado del canal. Cuando arribaron a la capital norteamericana, ya Mr. Hay lo había suscrito con Bunau-Varilla. Es decir, los gringos firmaron con ellos mismos, en menos de 24 horas. El 6 de noviembre, el coloso del Norte reconoció a la nueva república aun antes de que se conociera la noticia de la separación en Bogotá.

Era tal la importancia estratégica de las tierras en disputa, que Washington envió una flota de buques de guerra norteamericanos.

Dejemos que sea el propio separatista Esteban Huertas el que nos diga cuál vino a ser la situación del pueblo panameño: «De dueños pasamos a arrendatarios; de libres, al servilismo, y después de deshacernos de Colombia, llegamos a ser los siervos de los sajones y seremos parias en nuestra propia tierra».

Los acontecimientos de 1903 tendrían un largo desarrollo posterior. La cúpula gobernante colombiana impidió que la batalla por la reconquista del Istmo se librara. Las tropas expedicionarias colombianas, conformadas ante la exigencia popular, fueron abandonadas en la frontera con Panamá; su comandante, el general Daniel Ortiz, se vio desautorizado por el general Reyes cuando exigió la salida de aguas colombianas del buque estadounidense Atlanta y, finalmente, los soldados fueron desmovilizados por orden del gobierno nacional.

La intervención yanqui en Panamá trajo pérdidas multi-millonarias para Colombia. Un canal construido con una contratación favorable para el país hubiera sido una gigantesca palanca de desarrollo para la nación.

Qué útil es rememorar los insucesos de 1903. A comienzos del siglo, los Estados Unidos eran un imperio, hoy son el imperio. Su arrogancia es mayor y sus bravatas amenazan a todos los pueblos. Predican la supuesta obsolescencia de la soberanía y nos exigen que se la cedamos, como sucedió en Panamá, en aras de un fementido progreso universal que hoy llaman globalización.

Al igual que en 1903, acechan hoy para sacar tajada de las reyertas intestinas y alardean de moralizadores del orbe. Y, como si hubiésemos olvidado las tropelías de la Panamá-Railroad, nos imponen la entrega al capital extranjero de todos nuestros haberes pero, principalmente, de aquellos esenciales a la soberanía de un pueblo como son los transportes, las comunicaciones, el petróleo y demás recursos energéticos y naturales. En resumen, hoy en el Norte hay muchos Roosevelts y Tafts, y en Colombia abundan los Marroquines, los De Obaldía y los Amador Guerrero; pero los colombianos, aprendiendo de la historia patria, pondrán fin a los desafueros de los norteamericanos.

Quiero finalizar esta intervención trayendo palabras de Teodoro Roosevelt y del general Reyes, quien por su papel en la entrega de Panamá sería apoyado por Estados Unidos en su lograda aspiración presidencial.

Roosevelt, el 1 de junio de 1903, diría: «Indíquele a Beaupré que sea duro con esas despreciables criaturas de Bogotá, deben comprender de qué modo están comprometiendo su porvenir». Y en otra ocasión afirmó: «Hablar de Colombia como una potencia responsable... es un paso absurdo. La analogía es con un grupo de bandidos sicilianos o calabreses». Lenguaje sobre el que debo tomar nota, pues se repite en los momentos de álgido interés intervencionista.

También Roosevelt, en aleccionadoras palabras sobre los métodos de Estados Unidos, diría en 1911, en una conferencia en la Universidad de California, en San Francisco: «Sí, estoy interesado en el Canal de Panamá, porque yo lo empecé a construir. Si hubiera seguido los métodos convencionales y conservadores, yo hubiera sometido a la consideración del Congreso un solemne documento de Estado sobre el cual se estaría aún discutiendo; pero yo me apoderé de la zona del Canal (I took the canal zone), y dejé que el Congreso discutiera, ya no sobre el canal, sino sobre mí, de modo que mientras la discusión avanzaba, el canal también seguía hacia adelante».

Para quienes tengan ilusiones sobre la civilización norteamericana, allí tienen el vivo ejemplo de cómo procede Estados Unidos, despreciando toda legalidad y toda democracia.

La otra cita, aberrante cita, es la del general Rafael Reyes quien, según el periódico La Opinión, el 30 de noviembre de 1901, dijo en la Conferencia de México: «Los norteamericanos han contribuido a disipar, no solo en nuestro territorio, las tinieblas. No hay por lo mismo que temerles como conquistadores ni como expoliadores. Ellos son la Humanidad seleccionada».

 

Las frases de la ignominia

 Por Miguel Ángel Rico Caldas

 

 O el zarpazo a Colombia cometido hace cien años por los Estados Unidos, fue uno más del expansionismo imperialista que, hoy por hoy, se extiende amenazante sobre los pueblos del mundo. Lo de Panamá, fue uno más de una serie inconclusa. La felonía contra Colombia en el istmo, quedó marcada por las citas que a continuación enumeramos.


«Engrandecida dicha potencia (Estados Unidos)… sus primeras miras se dirigirán a la posesión entera de las Floridas para dominar el seno mexicano.
Dado este paso, no sólo nos interrumpirá el comercio con el reino de México, siempre que quiera, sino que aspirará a la conquista de aquel vasto imperio».

Ministro Conde de Arana al rey Carlos III,
1783. (Selser, p. 25)


«Nuestra confederación debe ser vista como
el nido desde el cual toda la América, norte y sur, se debe poblar…Esos países no pueden estar en mejores manos. Mi temor es que los españoles estén demasiado débiles para mantenerlos hasta que nuestra población esté lo suficientemente avanzada para apoderarnos de ellos pieza por pieza».

Thomas Jefferson
26 de enero de 1786. (Selser, p. 25)


«La política de los Estados Unidos es un canal bajo la autoridad de los Estados Unidos…
Nosotros no podemos consentir que dicha autoridad y dirección vayan a parar a manos
de una potencia europea».

Rutherfor Bizchard Hayes
Mensaje del presidente al Congreso, refiriéndose al convenio Salgar-Wyse,
8 de marzo de 1880. (Selser, p. 105)


«El derecho y el deber de los Estados Unidoses el de afirmar y mantener tal supervisión
y control sobre cualquier canal interoceánico a través del istmo»

James Abram Garfield,
Presidente de EU, discurso de posesión 1881. (Selser, p. 109)


«Deseo que nuestros republicanos anexen Hawaii y construyan un canal oceánico»

Theodore Roosevelt,
octubre de 1894. (Selser, p. 115)


«…autorizase al presidente para… que se determine la vía más realizable y practicable para un canal a través del mencionado Istmo, junto con el costo de construcción de él y para que quede bajoel dominio, administración y propiedadde los Estados Unidos»

Congreso de los Estados Unidos,
3 de marzo de 1899. (Selser, p. 116)


«Si Colombia rechaza hoy el tratado (Herrán-Hay) e indebidamente retarda su ratificación, las relaciones entre los dos países quedarán tan seriamente comprometidas, que nuestro Congreso
en el próximo invierno tendría que adoptar pasosque todo amigo de Colombia sentiría con pena».

Beaupré
Ministro de EU al ministro de Relaciones Exteriores de Colombia,
13 de junio de 1903. (Selser, p. 154)


«Pienso que sería más provechoso considerarsi no sería mejor advertir a estas liebres del monte que por más grande que haya sido nuestrapaciencia, puede acabarse»

Theodore Roosevelt
al senador Hanna, 1903. (Selser, p.155)


«Hágale saber usted tan fuertemente comole sea posible… que debe mostrar a esas
despreciables criaturillas de Bogotá hasta dónde están comprometiendo las cosas y estorbando nuestro futuro».

Theodore Roosevelt, ordena a Hay que transmita a Beaupré,
1903. (Selser, p. 155)


«El tratado pendiente deberá ratificarse exactamente en la forma actual, sin modificación alguna. Digo esto porque estoy profundamente convencido de que mi gobierno no aceptará modificaciones en ningún caso».

Ministro Beaupré al gobierno colombiano,
5 de agosto de 1903. (Selser, p. 159)


«…Se dice que las fuerzas del gobierno [colombiano] se aproximan al Istmo en buques. Impida su desembarco si, en su concepto, ello precipitaría un conflicto…»

Nashville, Dixie y Boston,
Telegrama a los acorazados americanos
2 de noviembre 1903. (Selser, p. 189)


«Sostengo y tengo pruebas que un puñado de hombres, que serían más tarde los beneficiados por la revolución, la concibieron, y no había una persona de cien habitantes en el Istmo que tuviera conocimiento de una revuelta política, hasta queun oficial americano, que vestía el uniformedel Ejército de los Estados Unidos, enarboló el pabellón de la nueva República».

Du Bois
Ministro de EU en Colombia, (Freehoff, p. 81)


«El 6 de noviembre, a las 6:45 p.m. terminó, pues la revolución, de conformidad
con el programa preciso que yo le había dado a Amador y que él había llevado
del cuarto 1162 del Waldorf Astoria a las 9:30de la mañana del 20 de octubre…»

Philippe Bunau-Varilla.
 Memorias. (Serrano, p.66)


«¡El mundo está asombrado por nuestro heroísmo! Ayer éramos esclavos de Colombia; hoy somos libres. El presidente Roosevelt ha cumplido… ¡Hijos libres de Panamá, os saludo! ¡Viva la república de Panamá! ¡Viva el presidente Roosevelt! ¡Viva el gobierno americano!»

Presidente Manuel Amador,
en la mañana del 4 de noviembre de 1903. (Selser, p. 192)


«Al extender su ala protectora sobre el territorio de nuestra república, el Águila norteamericana lo ha santificado…»

Philippe Bunau-Varilla
Telegrama al Departamento de Estado informando
su designación como ministro plenipotenciario, 7 de noviembre de 1903. (Selser, p. 215)


«Envié por Varilla, revisé el tratado con él, le expliqué los cambios, dio su conformidad y a las 7 de la tarde firmamos el trascendental documento, en el saloncito azul, con el tintero de Abraham Lincoln y la plumade Cromwell. Varilla no tenía sello y usó el mío».

Secretario de Estado, John Hay,
18 de noviembre de 1903. (Selser, p. 234)


«La República de Panamá está desde hoy bajo la protección de los Estados Unidos.
Acabo de firmar el Tratado del Canal».

Philippe Bunau

-Varilla a Manuel Amado y Federico Boyd al recibirlos en Washington,
18 de noviembre de 1903. (Selser, p. 234)


«En consecuencia, yo tomé el Istmo (I took Panama), empecé el canal y entonces puse al Congreso, no a discutir el canal, sino a discutir sobre mí».

Theodore Roosevelt,
discurso pronunciado en la Universidad de California,
23 de marzo de 1911. (Selser, p. 301)


«El hotel Waldorf Astoria merece ser considerado como la cuna de la República de Panamá».

 Philippe Bunau Varilla.
Memorias, 1913. (Selser, p. 184)


       Bibliografía

Arrocha Graell, C. Historia de la independencia de Panamá. Panamá: The Star & Herald Co., 1938.

Freehoff, Josepeh C. América y el título del canal. Bogotá: Imprenta Nacional, 1916.

Pividal, Francisco. Bolívar: Pensamiento precursor del antimperialismo. Caracas: Editorial Ateneo de Caracas, 1983.

Selser, Gregorio. El rapto de Panamá. San José. Artes gráficas de Centroamérica. S. A., 1982.

Serrano Gómez, Gustavo. Panamá la república que nosotros perdimos. Bucaramanga: Impresores colombianos, 1975.

 

Poesía combate
zarpazo sobre Panamá

Por Pedro Pablo Rojas Laiton

Ayer como hoy los dramas de la patria conmueven y exaltan la actitud y la creación artística de los hombres y mujeres que abrevan en su geografía y en su historia, en su esfuerzo y en su progreso, en las luchas y en los dolores de su gente.

Debemos difundir la producción artística de las generaciones contemporáneas que en Colombia han sido tocadas por los sueños y las derrotas, por los conflictos actuales del mundo y del país y por los proyectos de una nueva sociedad. Debemos difundir la obra en que los artistas de ayer nos legaron la expresión de los conflictos y los horizontes de su tiempo. Es el caso de la creación literaria, específicamente la poética, que encarnó la impotencia, el rechazo, la protesta y las ansias de venganza e independencia de la nación colombiana, desmembrada por el zarpazo sobre Panamá ejecutado por Estados Unidos, bajo la presidencia de Theodoro Roosevelt, hace cien años.

Las investigaciones, no muy numerosas y poco consultadas, acerca de la reacción de los artistas frente a la «toma» de Panamá, nos arrojan un panorama satisfactorio y ejemplar, representado por la actitud patriótica de un buen número de «hombres de letras» que empuñaron la pluma, y algunos de ellos hasta estuvieron dispuestos a empuñar las armas, para limpiar la afrenta de que se hacía víctima a Colombia. Pero también nos alerta sobre los artistas de prestigio de la época, mudos ante los fatídicos acontecimientos y en actitud cortesana.

Buen número de poetas, principalmente de provincia, hoy olvidados, y unos pocos famosos entonces y algo recordados en nuestros días, nos dejaron el testimonio de su carácter y de su creación, en obras que fustigan al predador imperialista y a los traidores a la patria. Entre los más recordados, José María Vargas Vila, que como dijo Rubén Darío «juntándolo todo, fue único e inconfundible poeta, quizá contra su propia voluntad y autoconocimiento», entre otras obras con su libro Ante los Bárbaros, escrito entre 1893 y 1923, y Aurelio Martínez Mutis, bumangués, con su poema La epopeya del Cóndor, ganador del concurso de poesía organizado en 1913 por la revista Mundial de París, dirigida por Rubén Darío. Y, entre los menos conocidos, Alejandro Hurtado, sonsoneño, con su soneto El zarpazo, escrito en noviembre de 1903; Melitón Martín, cucuteño, con su soneto Al yankee, publicado el 14 de noviembre de 1903; J. R. Chávez, colaborador de La gruta simbólica, con su poema Realidades, publicado el 14 de noviembre de 1903...

Esta muestra –lejos de ser antológica– es una invitación a la memoria de nuestra cultura y a la creación intelectual de cara a la realidad social e histórica de Colombia.

El Zarpazo

Alejandro Hurtado

 

Ya el zarpazo se dio; ya el lobo hambriento

Que acechaba la oveja desvalida

Cayó sobre ella en hora maldecida

Y se engulle el hallazgo suculento.

Odio eterno a ese mísero avariento

De alma soez, mezquina, envilecida,

En cuya panza enorme, sin medida

Encontrarán los débiles tormento.

Díme Colombia, aduar de combatientes:

Tú que inmolas con fiera bizarría

Tus pobre hijos en altar profano

No tendrás un puñado de valientes

En esta hora trágica y sombría

Que señalen las carnes del villano?

 

Al Yankee

Melitón Martín

 

Salve, gran mercader: Tu Dios, tu gloria,

tu fe y tu ciencia sintetiza el oro,

y puesto el corazón en tu tesoro

has invadido el templo de la historia.

Si algo te brinda utilidad notoria

elevas a Monroe himno sonoro,

mas si peligra el mercantil decoro

olvidas su doctrina y su memoria.

¡Ojalá logres pronto cuanto ansías!

pues de la vida los traidores lazos

deparan más reveses que alegrías.

¡Abarca el universo con tus brazos

antes que llegue para ti el Mesías

que te arroje del templo a latigazos

 

Realidades

J. R. Chávez

 

Hoy la Patria afligida necesita,

no quién cante sus íntimos pesares.

En vez de bardos necesita héroes.

Y en vez de estrofas necesita sables:

Soltad la lira y empuñad la espada.

No se lava la afrenta de la madre

con la dulzura del pulido verso,

sino de los tiranos con la sangre.

Que enmudezca la estrofa, y fragoroso

cante el cañón sus himnos inmortales;

que haya sonetos de catorce tiros

y silvas de machetes y puñales.

Arrojemos al yanqui de la patria

que nos legaron nuestros dignos padres,

pero no al son de la sentida endecha

sino al fragor terrible del combate.

Y en lugar de exhalar amargas quejas

levantémonos hoy cual siempre grandes

para vencer al déspota del Norte

y castigar al vendedor infame.

 

Ante los Bárbaros

(Fragmentos)

José María Vargas Vila

 

Es esta hora trágica y sin ejemplo, la que escojo para la publicación de este libro...

el, sintetiza y, condena, veinticinco años de batallas verbales, al pie de un mismo Ideal...

veinticinco años de profetización estéril, sobre esas murallas, ya medio derruidas y, en parte ocupadas... por los bárbaros;

inútil, estéril, como todo Verbo de Profeta, que anuncia el castigo y no lo evita...

relámpago que alumbra la boca del Abismo y, no impide al ciego caer en él...

inútiles fueron mis palabras, ante los pueblos ciegos, que no supieron sino insultarlas...

en plena guerra, hispano-yanki, yo dije la inutilidad del sacrificio, y anuncié que de la bella isla disputada, no se haría nunca una nacionalidad independiente...

y, la Isla Heróica, no hizo sino cambiar de Amo...

la fatal Elena, cambió de lecho...

no dejando a sus defensores, sino el triste derecho de cambiar de idioma...

el sacrifico de Martí, estéril fue, y, no tuvo el Héroe Soñador, otro triunfo, que la suprema derrota de verse convertido en piedra...

y, dicen que en las noches, su estatua llora, sobre la tierra esclava...

yo, anuncié la separación de Panamá, cuando la inútil crueldad de José Manuel Marroquín, asesinando a Victoriano Lorenzo, estranguló en lo alto de la horca, la paciencia de aquel pueblo...

un puñado de colombianos, arrancó después a Colombia esa estrella de su escudo...

y, esa estrella ha sido atraída fatalmente, hacia el sistema de las constelaciones del Norte...

(...)

se anunciaron como los hijos de Washington, y fueron los filibusteros de Walker;

cayeron sobre esos pueblos como el pie de un paquidermo, y aplastaron su corazón;

así agoniza entre sus brazos la República Cubana, la República Dominicana, la República Nicaragüense y la República de Panamá; así murió ahogada en sangre la República Filipina; así estranguladas por la mano amiga de los republicanos del Norte...

(...)

¿qué no seríamos, qué no haríamos nosotros, mucho más fuertes, más numerosos, más aguerridos a la lucha?

la unión será nuestra vida;

paz y unión, he ahí el muro;

unión, he ahí el lema;

¿ideología? Sea, pero generoso;

¿ensueño? Sea, pero luminoso;

nadie puede obligarnos a pensar vil, ni a soñar ruin...

¿qué es imposible?

¿qué esos pueblos anarquizados, divididos, rotos como las legiones de Perseo, sienten penetrar en ellos la muerte?

¿qué están abiertos a la Derrota, a la Invasión y a la Conquista?

que el caudillaje los ahoga, los debilita y los entrega;

que allí no hay lugar para las grandes ideas, espacio para los grandes pensamientos;

que allí, no hay calor sino para la polémica local, ruidosa y estéril en su ruindad inconsolable;

que entre las recriminaciones del pasado, y las querellas del presente, nadie piensa en los peligros del lejano porvenir;

que en aquellos climas abrumadores, todo se arrastra y nada vuela;

que los cóndores emblemáticos han muerto;

que nuestro Símbolo de Victoria ha sucumbido;

que no hay el alma latina en América...

¡mentira! ¡mentira! Sofisma vil...;

no lo digamos, no lo pensemos siquiera, bajo las miradas del águila que otea;

aunque así fuera, deberíamos ocultarlo y recordar a la América su alma salvaje, para que escapara por el suicidio, del horror de la cadena;

(...)

¿Cuál es el peligro de la América Latina?

EL PELIGRO YANKI;

(...)

y, he ahí cerca de seis lustros, que vengo anunciándole a los pueblos de la América EL PELIGRO YANKI;

y, con sus oídos, sordos por el rumor de sus vociferaciones, ellos no oyeron;

y, con sus ojos turbios por brumas de esclavitud, ellos no lo vieron;

desde la soledad de mis dolores, y, de mi ostracismo, sobre las playas del infortunio y, del destierro, por todos los climas donde la tempestad empujó mi barca, mi grito anunciador, y, denunciador no se ha callado...

donde quiera que he puesto el pie, he hecho tribuna de las tablas de mi barca, rota por los naufragios, y, desde ella he anunciado a la América Hispana, la llegada de los bárbaros...

y, ella no me oyó;

y, los bárbaros llegaron;

ellos han quitado los más hermosos florones de la corona secular de la latinidad vencida y, dispersa en las selvas del trópico;

ellos han invadido a México, aprisionado a Cuba, a Haití, a Santo Domingo, conquistado a Puerto Rico, y despedazado a Colombia, y, cometido el robo audaz de Panamá...

(...)

¡pobres pueblos vendidos, no vencidos!

¡tristes fragmentos de patrias despedazadas, y, repartidas en pública almoneda!

de las aves sagradas

que poniendo las lanzas y rodelas

en manos de la itálica cohorte,

avisó a los dormidos centinelas

que llegaban los bárbaros del Norte.

(...)

La Raza está de pies.

Como un vigía

que vela en los graníticos bastiones,

el Momotombo enciende sus fanales;

y como los tupidos escuadrones

de un ejercito en marcha, que triunfales

pendones lleva y al combate guía,

se enfilan en la turbia lejanía

los Andes con sus cumbres inmortales.

Viene de la llanura

la fragancia otoñal que da la siembra

en la sazón ya. La tierra es una hembra

que ha dado a luz. Como la hostia santa,

incendiando los cielos se levanta

el sol del Porvenir. El azul pleno

canta: es el mismo luminar sereno

que alboreaba en el pálido infinito

cuando, desde las velas españolas,

se alzó el potente grito

de Rodrigo de Triana

¡ y anunció la epopeya americana

entre el salvaje estruendo de las olas!

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