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LuLa
y el espejo
argentino
Por Atilio A. Boron
Brasil se enfrenta a
una coyuntura crítica de su historia: un partido de izquierda llega al
gobierno con una amplia legitimidad popular y cristalizando las esperanzas
de las grandes mayorías nacionales que anhelan un giro radical en las
políticas implementadas en los últimos años. Dichas políticas tuvieron
como consecuencia la postración económica, la profundización de la
dependencia externa y la pauperización y exclusión social de grandes
sectores de la sociedad brasileña. Pese a las enormes expectativas que el
gobierno Lula levantó, no sólo en Brasil sino en toda América Latina, ese
cambio todavía no se ha producido. Por el contrario, lo que se observa es
una profundización de la orientación que había sido impuesta por los
gobiernos que le precedieron; inclusive se exageran algunos de sus rasgos
más característicos como, por ejemplo, la política de las altas tasas de
interés. Las viejas políticas continúan con renovados bríos, mientras que
las nuevas, como la del «hambre cero», todavía no alcanzan a nacer. En su
campaña electoral Lula insistió en que la esperanza debía vencer al miedo.
Lamentablemente, hasta
ahora al menos, el absurdo temor a las eventuales represalias del mercado
ha vencido a la esperanza encarnada en la figura del presidente obrero.
Como argentino,
latinoamericano y, muy especialmente, como un irreductible «brasileñófilo»
quisiera dar a conocer unas pocas reflexiones que podrían ser de alguna
utilidad en la discusión sobre el futuro económico y social de Brasil.
Creo que es de la
mayor importancia que el debate sobre las políticas más apropiadas para
honrar las promesas electorales formuladas por Lula y el PT tomen nota de
algunas enseñanzas que nos deja la historia reciente de la Argentina. Las
diferencias existentes entre nuestros países no son tan grandes como para
pensar que nada puede aprender uno del otro. Y en una coyuntura como la
actual, pienso que los brasileños deberían mirarse con atención en el
espejo de la Argentina. Hace muchos años que, por ejemplo, parece haber
una «compulsión a la repetición» por parte de las autoridades económicas
del Brasil que pareciera llevarlas inexorablemente a emular cuanta
tontería se ensaye de este lado del Río de la Plata. Esto ocurrió cuando
nosotros adoptamos el Plan Austral, poco después imitado en Brasil bajo el
nombre de Plan Cruzado; volvió a ocurrir cuando Domingo F. Cavallo inventó
la convertibilidad y estableció una demencial paridad de uno a uno entre
el peso y el dólar, sólo para encontrarse con imitadores aún más alienados
en el Brasil que fijaron un tipo de cambio de 0,80 centavos de real por
dólar; algo que, al igual que lo que acontecía en la Argentina, era mucho
más cercano a la alucinación que a un razonamiento económico serio.
Como la Argentina no
podía sostener esa paridad absurda, Cavallo y sus sucesores debieron
recurrir a tasas de interés cada vez más exorbitantes para atraer los
capitales externos necesarios para mantener el hechizo. Finalmente se
produjo lo inevitable: el derrumbe del sistema financiero, el «corralito»,
y la más profunda y prolongada crisis económica de la historia argentina.
De paso, el gobierno que había llevado estas políticas al paroxismo pagó
un precio muy caro por su temeridad: las grandes movilizaciones del 19 y
20 de diciembre del 2001 acabaron con De la Rúa, Cavallo y el gobierno de
la Alianza. Vistas las cosas desde Argentina, las políticas que está
siguiendo ahora Brasil, con tasas de interés fenomenalmente elevadas en un
mundo en donde se está prestando dinero a menos del tres por ciento anual,
parecen inspirarse en las mismas ocurrencias –puesto que no eran ideas
serias– que ocasionaron el colapso económico y financiero de Argentina.
Ojalá que en Brasil reaccionen a tiempo y eviten la repetición del
desenlace argentino.
Pero aparte de estos
inquietantes paralelos, hay otras cosas que me preocupan todavía más.
Releyendo los diarios de la época de Menem, en los años noventa, uno se
encuentra con el mismo tipo de elogios y alabanzas que hoy se le prodigan
a Lula. Los aduladores son los mismos: el «establishment» financiero
mundial, el Director Gerente del FMI, el Presidente del Banco Mundial, el
Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, la Casa Blanca, los líderes
del G-7, la prensa financiera internacional, los grandes especuladores
financieros, los CEO de los conglomerados monopólicos, etcétera. Lo que
hoy dicen de Lula es lo mismo que decían de Menem: que era un gobernante
valeroso, que había abandonado sus ideas trasnochadas signadas por el
populismo y el intervencionismo estatal, que demostraba prudencia y
sensatez en el manejo del presupuesto público, que había aprendido a leer
correctamente las señales de los mercados, que había superado el
irracional temor populista a la globalización. También elogiaban su celo
«reformista» en materias previsionales, en la apertura de los mercados, en
la desregulación financiera, y en la privatización de las empresas
públicas. Sus llamamientos a «modernizar» el sindicalismo y a «desideologizar»
las negociaciones obrero-patronales fueron recibidos por un coro de
aplausos, así como sus iniciativas, felizmente frustradas, de ponerle
aranceles a la universidad pública. En resumen: la misma gente y los
mismos argumentos de ayer, dirigidos a Lula y el gobierno del PT. Esa
gente y su inmenso aparato propagandístico repetían a diario que Argentina
iba por el buen camino, que era un modelo por imitar, que su futuro estaba
asegurado y muchas otras mentiras por el estilo. Cuando se produjo la
debacle, todos estos personajes se callaron y culpabilizaron a los
argentinos por el desastre. Sería bueno que en Brasil tomaran nota de esta
lección.
Las alabanzas de los
pilares del actual desorden internacional no suelen dar buenos consejos a
los gobiernos consagrados por el voto popular.
Si quiere ser fiel no
sólo a sus promesas electorales, sino también a algo mucho más importante,
su identidad histórica, el PT en el gobierno tiene que abandonar
definitivamente las políticas neoliberales que, lamentablemente, inspiran
su gestión gubernativa. Entre muchas otras razones, sobre las cuales la
literatura en la materia aporta una batería impresionante de
argumentaciones y evidencias empíricas, porque dichas políticas no sirven
para crecer ni mucho menos para redistribuir. Con ellas Brasil jamás va a
progresar, y seguirá siendo uno de los países más injustos del planeta. No
es sólo mi opinión. Es también la de la mayoría de los más grandes
economistas de Brasil y del mundo, y es inconcebible suponer que todos
ellos estén equivocados, mientras que algunos pocos que se sientan en los
despachos oficiales de Brasilia tienen toda la razón. Según el Premio
Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, las recetas del FMI no funcionan, y la
evidencia internacional que proporciona en su último libro es abrumadora.
En ninguna parte del mundo estas políticas permitieron salir de la crisis
y encaminar a los países por la senda del crecimiento económico y la
justicia distributiva. ¿Se producirá un milagro en Brasil? En Argentina de
hace unos años se decía que «Dios es argentino». Espero que en Brasil
nadie diga la misma tontería.
Cuando uno pregunta a
los amigos en el gobierno ¿por qué Brasil no ensaya otra política? La
respuesta parece calcada de los manuales de las escuelas de negocios de
los Estados Unidos: necesitamos ganarnos la confianza de los
inversionistas internacionales, precisamos que vengan capitales externos,
y tenemos que respetar una muy estricta disciplina fiscal, porque de lo
contrario, el «riesgo país» se ira a las nubes y nadie invertiría un dólar
en este país. No hacen falta demasiados esfuerzos para demostrar la
insanable fragilidad de esta argumentación. Si hay un país que tiene todas
las condiciones para ensayar exitosamente una política postneoliberal en
el mundo, ese país es Brasil. Si Brasil no puede, ¿quién podría? ¿El
Ecuador de Lucio Gutiérrez? ¿Un eventual gobierno del Frente Amplio en el
Uruguay? ¿Un posible gobierno de Evo Morales en Bolivia? Argentina, lo
dudo, salvo que hubiera condiciones internacionales sumamente favorables.
Brasil, en cambio, lo tiene todo: un inmenso territorio, toda clase de
recursos naturales, una gran población, una estructura industrial de las
más importantes del mundo, una sociedad flagelada por la pobreza, pero con
un elevado grado de integración social y cultural, una elite intelectual y
científica de primer nivel mundial y una cultura exuberante y plural.
Además, Brasil tiene capitales suficientes y una base tributaria potencial
de extraordinaria magnitud, pero que aún permanece inexplorada debido a la
fortaleza de los dueños del dinero que han vetado cualquier iniciativa al
respecto.
El corolario del
«posibilismo conservador» es el inmovilismo: nada se puede cambiar, ni
siquiera en un país de las condiciones de Brasil. Sino
–aseguran algunos funcionarios de Brasilia– las penalizaciones que
sufriríamos por abandonar el consenso económico dominante serían
terribles, y liquidarían al gobierno Lula. Nuevamente, una atenta mirada a
la historia económica reciente de Argentina puede ser aleccionadora.
Argentina cultivó el «posibilismo» intensamente, desde los días de
Alfonsín hasta los momentos de la hecatombe final. Luego del derrumbe, el
presidente Duhalde perdió más de un año en estériles e inconducentes
negociaciones con el FMI, que de nada sirvieron, pero que revelaban la
pertinaz presencia del «posibilismo» en la Casa Rosada. Ese fantasma
todavía se agita en la política argentina, y si bien hay algunos signos
alentadores como, por ejemplo, las nuevas regulaciones que limitan los
movimientos de los capitales especulativos, los peligros de una
recurrencia a esa suicida política son demasiado grandes como para pasar
desapercibidos. El falso realismo del «posibilismo» condujo a Argentina a
la peor crisis de su historia, al encadenar la política y el Estado a los
caprichos y la codicia de los mercados. Por otro lado, cuando no tuvo otra
opción que declarar un «default» desprolijo y atropellado, las cosas no
por ello empeoraron. Antes no venían capitales, ahora tampoco. Pero el
ensayo tímidamente heterodoxo puesto en marcha a partir del «default»,
sobre todo en los últimos meses, tuvo como consecuencia una módica
reactivación de la economía y la demostración práctica de que, aún un país
más débil y vulnerable que Brasil puede volver a crecer si hace oídos
sordos, cualesquiera que sean los motivos, a los (malos) consejos que el
FMI le ha prodigado durante décadas y del tan mentado apoyo de la
«comunidad financiera internacional». ¿Por qué debería Brasil seguir las
políticas que le dictan los principales promotores de la interminable
sucesión de crisis y recesiones que afectan a las economías de casi todo
el mundo? ¿Qué economista serio –y hablo de economistas, no de voceros de
los lobbies empresariales disfrazados de economistas– puede creer que es
posible crecer y desarrollarse induciendo la recesión mediante tasas de
interés exorbitantes y reduciendo el gasto público, contrayendo el mercado
interno, aumentando la desocupación, frenando la expansión del consumo,
facilitando la operación de los capitales golondrinas, abrumando con
impuestos indirectos a los más pobres mientras se subsidia a los más
fuertes y se consagra el derecho a veto tributario de los grandes
monopolios?
Es posible que muchos
de mis amigos en Brasilia me den la razón pero digan que, por ahora, no se
puede hacer otra cosa. Que ahora es necesaria la estabilización, y que el
tiempo de las reformas llegará después. Gravísimo error. El presidente
Lula no tiene por delante tres años y medio. Tiene, como máximo, ocho o
nueve meses de gobierno efectivo. Concretamente, hasta que finalicen los
carnavales del 2004. Luego de eso no podrá tomar ninguna iniciativa seria,
y mucho menos de naturaleza genuinamente reformista. La permanente labor
de desgaste a que se habrá visto sometido le impedirá siquiera comenzar a
transitar por el camino de las transformaciones estructurales que la
sociedad brasileña reclama desde hace tanto tiempo. La derecha,
envalentonada por sus vacilaciones y sus concesiones, dispondrá de una
correlación de fuerzas mucho más favorable que ahora. Sus poderosos
lobbies, sus organizaciones empresariales, sus medios de comunicación de
masas y sus conexiones internacionales con los «perros guardianes» del
capital financiero internacional opondrán una barrera formidable contra
cualquier crepuscular tentativa de promover una política progresista. Si
hasta ahora la derecha se ha contentado con utilizar, exitosamente por
cierto, las tácticas del «halago y la seducción» para domesticar al
gobierno de Lula, nada indica que si cambian las circunstancias –por
ejemplo, si Brasilia decidiera adoptar otras políticas–, sus mentores
vayan a abstenerse de apelar a sus métodos favoritos del «apriete y la
extorsión» como los que le aplican a Chávez y como los que produjeron el
colapso de la economía chilena durante el gobierno de Salvador Allende. En
tal caso, Lula no sólo tendría que lidiar con una oposición mucho más
fuerte. Su poder relativo se habrá reducido debido a la desmoralización de
su propio partido y a la desilusión de los millones de brasileños que
confiaron en sus promesas electorales y que, al cabo de un tiempo, se
encuentran con las manos vacías. Cuando llegue el momento de luchar contra
los causantes de esa gigantesca frustración que es hoy Brasil, uno de los
capitalismos más injustos del mundo, su propia coalición estará
irreparablemente dañada por la desconfianza y la frustración. Si las
fuerzas conservadoras saben muy bien los privilegios que necesitan
defender y cómo hacerlo, y no vacilan en llevarlo a la práctica, las
grandes masas populares tienen frente a sí un panorama mucho más confuso.
No saben a dónde quiere llevarlas el gobierno ni hasta qué punto éste
estará dispuesto a librar una batalla para construir el nuevo Brasil que
ellas anhelan. Por eso es un error fatal suponer que queda mucho tiempo
por delante. El tiempo juega en contra de los adormecidos reformistas de
Brasilia y a favor de sus adversarios, porque «el partido del orden»
acrecienta su fuerza cada día que pasa, mientras que las fuerzas sociales
emergentes se debilitan a medida que transcurre el tiempo y nada cambia.
Los primeros se fortalecen ideológica, anímica y organizativamente; los
segundos se confunden, desmoralizan y desorganizan. Es fácil predecir el
resultado de una lucha en la que los contendores se presentan tan
desigualmente equipados.
Sucesivos presidentes
argentinos optaron por gobernar tranquilizando a los mercados y
satisfaciendo puntualmente cada uno de sus reclamos. Las voces de los
grandes capitales y del FMI resonaban atronadoramente en Buenos Aires, y
el gobierno no perdía un minuto en responder a sus mandatos. Los
resultados están a la vista. Es cierto que no hay parangón alguno entre
una figura tan entrañable como Lula y un personaje del sub-mundo de la
política como Menem o un inepto como De la Rúa. Tampoco hay paralelismo
alguno entre el Partido Justicialista o la Alianza (esa insípida mezcla de
diletantismo radical y oportunismo frepasista) y el PT, una de las
construcciones políticas más importantes en el mundo. Pero ni un liderazgo
respetable, ni un gran partido de masas garantizan el rumbo correcto de
una experiencia de gobierno. Durante el apogeo del estalinismo se decía
que el líder y el partido eran infalibles. Hoy, por suerte, ya nadie cree
en eso. Y un análisis concreto de la situación concreta, como se decía en
otros tiempos, nos deja sumamente preocupados acerca del futuro del
Brasil. Nos duele decirlo, pero estamos convencidos de que Lula y el
gobierno del PT están avanzando por el camino equivocado al final del cual
no se encuentra una nueva sociedad más justa y democrática, sino una
estructura capitalista más injusta y menos democrática que la anterior y,
por añadidura, mucho más violenta. Un país en donde, al final de este
proceso, la dictadura del capital, revestida con un etéreo ropaje pseudo
democrático, será más férrea que antes, y demostrará que George Soros
tenía razón cuando le aconsejaba al pueblo brasileño no molestarse en
elegir a Lula porque, de todos modos, gobernarían los mercados. Y, ya se
sabe, los mercados no gobiernan democráticamente ni se preocupan por la
justicia social. Sería conveniente pues, ahorrarle a Brasil los horrores
que el «posibilismo» y la política de «apaciguamiento de los mercados»
produjo en la Argentina contemporánea. Mis amigos en Brasilia deberían
estudiar cuidadosamente lo ocurrido en mi país y, sobre todo, dejar
definitivamente atrás ese viejo hábito de copiar nuestros fracasos.
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Vergonzoso
retiro de Colombia del G-21 |
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Entre el 13 y 14
de junio pasado, se llevó a cabo en la sede de la Biblioteca Luis
Ángel Arango en Bogotá, el Foro Internacional Alca y TLC, "El
espejismo del libre comercio". A él asistieron más de 1.500 personas
provenientes de distintas regiones del país y contó con la
participación de varios expertos internacionales.
Como resultado del mismo, pocos días después se constituyó la Red
Colombiana de Acción frente al Libre Comercio y el Alca, Recalca1, de
la cual hacen parte diversas organizaciones sociales, gremiales,
sindicales y centros de estudio, entre ellos, el Centro de Estudios
Nueva Gaceta. La siguiente es la declaración que Recalca expidiera con
motivo del retiro de Colombia del grupo de 21 países de Asia, África y
América Latina, que en la pasada reunión ministerial de la OMC en
Cancún actuaron de manera conjunta con el objeto de presionar el
recorte de los subsidios agrícolas por parte de los países
desarrollados. |
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El
gobierno colombiano acaba de retirarse del grupo de los 21 ante la
presión norteamericana, debilitando aún más la capacidad negociadora
del país y revelando que su única estrategia en las negociaciones de
libre comercio es la sumisión ante las exigencias norteamericanas.
Como resultado de la reciente visita de Álvaro Uribe a Washington y
aceptando nuevamente la presión norteamericana el gobierno colombiano
retiró al país del grupo de los 21, integrado en la pasada reunión de
la OMC en Cancún para exigir a los países desarrollados la eliminación
de subsidios a su agricultura. La presión fue tan clara y explícita
que el presidente de Asocaña, Luis Carlos Villaveces, señaló en el XV
Congreso Nacional de Exportadores, realizado el 3 de octubre que «Zoellick
o Bush nos dijeron que nos saliéramos del G-21 y eso hicimos». Esta
conducta del gobierno no es nueva. En octubre del año pasado a raíz de
la notificación de los aranceles base para la negociación, en un
episodio que se llamó «el reversazo», el gobierno, acatando la presión
norteamericana, modificó la propuesta inicialmente acordada con la CAN
y notificó los aranceles efectivamente aplicados, más bajos y no los
consolidados ante la OMC como base para las negociaciones del Alca.
En
octubre del año pasado Estados Unidos, para provocar el «reversazo»
acudió al chantaje de no aprobar las preferencias comerciales del
ATPDEA(2)
y en el reciente episodio acudió a la amenaza de no iniciar
conversaciones para la firma de un tratado bilateral de libre comercio
como lo revelaron las declaraciones del 16 de septiembre de Chuck
Grassley, presidente de la Comisión de Finanzas del Senado
estadounidense cuando afirmó que por la participación en el G-21,
Colombia «no merece un acceso especial a los mercados de Estados
Unidos». Ya la salida del G-21 había sido anticipada por el ministro
Jorge Humberto Botero cuando después de la reunión de Cancún señaló:
«No estamos dispuestos a participar en un grupo que tenga ánimo de
confrontación con los países con los que tenemos relaciones
comerciales» y afirmó que si esto fuera así «Ya habría retirado a
Colombia del Grupo».
Más allá del retiro del G-21, el significado de esta decisión es
preocupante pues acaba de culminar la reunión de Viceministros del
Alca en Trinidad y Tobago, en la cual Estados Unidos declaró que no
estaba dispuesto a negociar en el marco del Alca las ayudas internas a
la agricultura y la política antidumping, con lo cual el tema agrícola
se sustrajo de las negociaciones del Alca y la política norteamericana
antidumping que es uno de los principales obstáculos para el acceso de
la producción de otros países al mercado norteamericano también será
innegociable. Con esta política antidumping, los productores y el
gobierno norteamericano obstaculizan el ingreso de productos de otros
países acusándolos de vender productos por debajo de los costos de
producción y sometiéndolos a dispendiosos procesos legales.
La
conducta del gobierno colombiano es inaceptable pues al tiempo que
endurece las discrepancias con otros países en desarrollo y con la
Comunidad Andina que requieren acuerdos mínimos y un frente común en
las negociaciones internacionales, acata sumisamente las presiones
norteamericanas. Esta conducta ha deteriorado completamente la
capacidad negociadora del gobierno y ha revelado que su única
estrategia en las negociaciones es el acatamiento incondicional de
cualquier exigencia norteamericana en contra de los intereses de los
productores nacionales.
Se
sigue profundizando una situación en la cual mientras que Estados
Unidos protege su mercado agrícola con los subsidios y ayudas
internas, su industria con la legislación antidumping exige que países
como Colombia abran sus mercados a los productos y los capitales
norteamericanos.
Bogotá, octubre 8 de 2003.
1 Para más información se puede
consultar la página www.recalca.org.co
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