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ALCA
ALCA
Incidencia en Colombia
Por Eduardo Sarmiento Palacio*
Hace 13
años la apertura económica se presentó como la gran panacea. Se decía que
el desmonte de los aranceles, el libre juego de las multinacionales y la
entrada sin restricciones del endeudamiento externo conducirían a la
inserción de las exportaciones en el mercado internacional, a un elevado
crecimiento, a la reducción del desempleo y a la mejoría de los salarios.
Luego de más de una década de ilustración estamos ante un monumental
fiasco. Todo lo que se anticipó sucedió al revés.
La liberación comercial realizada en
1990 y la enorme devaluación de los últimos años no lograron movilizar las
exportaciones. En los últimos trece años, el valor agregado de las
exportaciones creció por debajo del PIB. La pérdida del mercado interno
por las importaciones no tuvo mayor compensación por el lado de las
exportaciones. Se perdió la tercera parte del área agrícola y la cuarta
parte del empleo industrial, el país quedó expuesto a un déficit en cuenta
corriente que llevó a un endeudamiento insostenible, y el PIB dejó de
crecer.
El error se originó al creer que el
mundo está regido por el principio de las ventajas comparativas, según el
cual, el intercambio favorece a todos los países que logran ampliar las
exportaciones y la producción de bienes de menor costo relativo y adquirir
los restantes a menor precio en el planeta. La realidad es muy distinta.
En un mundo con limitaciones de demanda efectiva, las relaciones
comerciales están determinadas más por las ventajas absolutas. La
elaboración de productos a menor costo no garantiza su colocación en el
mercado mundial. Las mayores posibilidades de exportación están en los
productos de mayor complejidad, pues tiene mayor demanda. Así, Colombia
tiene ventaja comparativa en la agricultura tropical, y en la industria
con el ensamble, pero ambos tienen grandes limitaciones en el mercado
externo. Por eso, cuando se dejan libres los mercados se presenta la
importación masiva de bienes complejos que no tiene contraprestación en
las exportaciones de ventaja comparativa. La constante de todas las
aperturas en los países en estado intermedio de desarrollo es la
conformación de un exceso de importaciones sobre exportaciones, financiado
con crédito externo a tasas muy altas. Tal es el caso de América Latina y
la antigua Cortina de Hierro, abocadas a déficit estructural de la balanza
de pagos que redunda en deficiencias de demanda efectiva.
La verdad es que el principio de
ventaja comparativa, que representa la primera lección en las
universidades más importantes del continente americano, no es válido en la
economía colombiana ni en la mayoría de los países de América Latina.
Donde aparece más claro el incumplimiento del principio es en la
agricultura. El desmonte arancelario ocasionó la entrada masiva de
cereales, subsidiados en los países desarrollados. El área de estos
cultivos disminuyó en 800 mil hectáreas y no tuvo mayor compensación por
las actividades de ventaja comparativa. El resultado fue una contracción
del área agrícola del 20% y una reducción del PIB agrícola a la mitad.
Esta historia es igual en todas
partes, y los artífices del neoliberalismo sostienen que la apertura no
tuvo que ver nada con la destrucción de la agricultura. El caso de México
es alarmante. No obstante que goza de defensas especiales, por su vecindad
con EU, el tamaño de mercado y su capacidad de negociación internacional,
le ocurrió lo mismo que a Colombia. Después de ocho años de haber firmado
el TLC, el volumen descendió 10%, los precios relativos bajaron 20% y,
como consecuencia, la participación del sector en términos nominales en el
PIB se redujo a la mitad. Como la población rural es del 25%, es fácil
concluir que el experimento además provocó un aumento monumental de la
pobreza. Los ingresos de los campesinos, que ya representaban el grupo más
atrasado, se desplomaron respecto al resto de la población. A la luz de
esta información incontrastable, ha surgido una fuerte presión sobre el
gobierno para renegociar el tratado en materia agrícola y, en particular,
con respecto a los subsidios.
En un mundo que tiene estos problemas
de demanda efectiva, los aranceles son milagrosos. Gracias a ellos es
posible mantener el mercado interno y compensar las deformaciones del
mercado externo. Sin embargo, los aranceles han sido satanizados, al
señalar que causan distorsiones y enriquecen a los productores. Falso. Son
una forma de ampliar la demanda, y su desmonte en América Latina destruyó
la agricultura, la industria y el empleo. Simplemente, se perdió la
demanda de los productos agrícolas e industriales.
EL ALCA
El Alca es la magnificación de todo
lo que ha ocurrido en la apertura. Así lo anticipa la experiencia de los
últimos diez años. Los ganadores en expansión del comercio fueron los
países del TLC (Estados Unidos, Canadá y México). Ahora, entre los
diferentes bloques, los mejor librados fueron los países de mayor
desarrollo relativo, como EU en el TLC, Colombia en la CAN y Brasil en
Mercosur.
No es un comportamiento extraño. Por
eso, los países más desarrollados propician la liberación comercial y los
que van atrás tratan de detenerla, excepto en América Latina, convertida
en adalid de la liberación comercial.
Si se elimina la protección que quedó
después de las aperturas y los acuerdos de libre comercio, EU
incrementaría sus ventajas en relación con la región y las defensas que
tenía Colombia a través del Pacto Andino se perderían.
Para corroborar lo anterior, a
continuación se examina en más detalle, los efectos de un acuerdo
bilateral con EU o del ingreso al Alca. En el primer caso, Colombia
tendría que retirarse del grupo y renunciar al arancel externo común. Por
su parte, el Alca significaría el debilitamiento de la CAN. Las
negociaciones arrancarían del arancel externo común y los países se
comprometerían a reducirlo hasta llegar a cero. La protección solo
quedaría para el caso de productos que vengan de terceros países, lo que
no representa el 15% del comercio de Colombia.
En ambos casos, Colombia lograría una
reducción de los aranceles en EU que estimularía las exportaciones a ese
país. Al mismo tiempo, se presentaría una baja de aranceles del Pacto
Andino y de Colombia que reducirían las exportaciones a los socios
colombianos y aumentarían nuestras importaciones.
El resultado neto será negativo. Las
exportaciones colombianas a EU están dominadas por los productos
tradicionales, como confecciones, cuero y alimentos, que se producen en el
país en condiciones relativamente competitivas y actualmente entran a EU
con aranceles del 5%. En contraste, las exportaciones a los socios del
Pacto Andino, en particular a Venezuela, y las importaciones colombianas
están representadas en productos metalmecánicos y químicos que han logrado
evolucionar gracias a una protección que varía entre el 10% y el 20% y en
casos como los automotores hasta en el 35%.
Así las cosas, el Alca y el acuerdo
bilateral significarían un aumento de la protección del 5% de las
exportaciones que son altamente competitivas y una reducción de la
protección a otros productos de mayor complejidad tecnológica de más del
15% en promedio. En realidad, los beneficios no irían más allá de los que
se lograron por la vía del Atpa, de desgravar la mayoría de las
exportaciones colombianas sin mayor contraprestación.
Colombia sería una perdedora neta. A
cambio de mejorar los precios de los productos tradicionales cuya demanda
está agotada, el país entregaría el mercado andino y lo que le queda del
mercado interno, que ofrecen las mayores posibilidades de demanda para la
producción industrial de mediana tecnología. Las exportaciones
industriales quedarían sin mercado y la dependencia de productos
tradicionales de baja demanda se acentuaría.
Las peores secuelas se darían en la
agricultura. A la luz de la experiencia de Chile, no hay ninguna
posibilidad de que el Alca se firme con aranceles que compensen los
subsidios a los cereales. Tal como en México, significaría el
desplazamiento masivo de los cultivos transitorios por los cultivos
tropicales.
Curiosamente, el acuerdo de libre
mercado se justifica sobre la base de que Chile ya lo culminó y
Centroamérica inició negociaciones. De ninguna manera son economías
representativas de América Latina; se trata de economías minúsculas que no
enfrentan mayores limitaciones en el mercado mundial y su mercado interno
carece de importancia. Bien puede ocurrir que el comercio le signifique un
aumento mayor en las exportaciones que en las importaciones. Las
condiciones son casi antagónicas a las de los países intermedios que
enfrentan limitaciones en sus exportaciones con ventaja comparativa y
requieren de amplios mercados internos y regionales para avanzar en la
industrialización.
El Alca está basado en el mismo
principio de ventaja comparativa que fracasó. La mayoría de los países no
están en capacidad de especializase en un número reducido de productos y
por esa vía generar volúmenes de exportación que les permita sustentar las
importaciones requeridas para la modernización. En todas partes, la
prioridad exportadora fundamentada en alta tasa de cambio fracasó.
Esto lo han entendido Brasil y
Argentina. Luego de las crisis han advertido que no pueden continuar con
un modelo que finca todas las esperanzas en el intercambio comercial de un
número reducido de productos. Encuentran que es necesario acudir a un
modelo de industrialización que permita absorber la mano de obra y avanzar
en actividades de mayor complejidad tecnológica. Por eso se entiende que
la integración latinoamericana no puede ser un simple mecanismo de
desgravación que le da un tratamiento similar a todos los países. Más
bien, la perciben como parte de un modelo orientado a ampliar el mercado
interno y regional y propiciar la industrialización.
En mi libro El modelo propio se
muestra que los acuerdos de libre comercio solo se justifican entre países
con modelos y características similares; de otra manera, la nación más
avanzada se lleva todas las ganancias. El acuerdo de libre comercio sería
tan desacertado con Brasil como con EU. Lo que se plantea es una
integración por bloques formados por países con características similares
y donde se tengan en cuenta las diferencias regionales.
Un Alca para la industrialización
Ante todo, es necesario reconocer que
el país no va a progresar especializándose en productos tropicales y en la
maquila e intercambiándolos en el mercado mundial por bienes complejos.
Hay que entrar en razón y aceptar que el desarrollo lo tenemos que
realizar con nuestras propias empresas y trabajadores. No se trata de
volver a la vieja industrialización fundamentada exclusivamente en la
protección, que se torna insostenible. Se plantea, más bien, una
industrialización basada en grandes inversiones en áreas críticas, la
copia tecnológica y la calificación de la mano de obra. El desarrollo, en
lugar de provenir del intercambio de bienes dictado por la dotación de los
factores, resulta de la provisión de capital físico y humano. En virtud de
las complementariedades entre la industria, la inversión se inicia en
actividades elementales, y posteriormente, a través del aprendizaje en el
oficio, pasa a otras más complejas, cubriendo así la totalidad de la
cadena industrial.
Basta una mirada para advertir que,
luego de los 200 años de Revolución Industrial, el modelo liderado por la
industria constituye el mejor camino de progreso. En América Latina y
Colombia el desarrollo industrial inducido por la sustitución de
importaciones y las exportaciones de manufacturas significó, entre
1950-1980 un progreso, en términos del ingreso per cápita, similar al de
dos siglos. La rápida industrialización de los Tigres Asiáticos les
permitió avanzar en 40 años lo mismo que Europa en 200. Por el mismo
camino, China registra una tasa de crecimiento del ingreso per capita de
7%, que le permitirá duplicar el nivel de bienestar cada 10 años.
El modelo de desarrollo liderado por
la industria requiere integración apoyada en la ampliación de los mercados
y no en el comercio. Nada de esto es nuevo. La Unión Europea es una
integración para ampliar el mercado dentro de un marco de compensaciones
que tiene en cuenta a los países de menor desarrollo. En la actualidad el
comercio dentro de la Unión esta representado por productos elaborados por
los socios en un porcentaje que duplica su participación en el producto
nacional.
Mi planteamiento está orientado a
fortalecer la unión entre países similares como serían el Pacto Andino, el
Mercosur y si es el caso el TLC, y luego a realizar convenios entre
bloques teniendo en cuenta las características especiales. Este esquema de
integración sacaría a la región del marasmo neoliberal y del
estancamiento, y daría las bases para entrar a una industrialización.
Conclusiones
El Alca o el acuerdo del libre
comercio, como está planteado por EU, sería un paso más en la liberación
comercial. Se acentuaría la pérdida del mercado interno con relación a las
exportaciones. El proceso de desmantelamiento de la industria, la
agricultura y el empleo se amplificaría, el déficit en cuenta corriente
aumentaría y la dependencia en el endeudamiento externo se magnificaría.
Lo más grave es que el país perdería toda posibilidad de avanzar en un
desarrollo industrial fundamentado en actividades de mayor complejidad y
en el uso de la mano de obra. Seguiríamos en la espera de que la
especialización en productos tropicales y maquila se transforme en
modernización, estabilidad de la balanza de pagos y desarrollo en virtud
del intercambio comercial.
La alternativa no es renunciar a las
uniones comerciales. Lo que se plantea es un modelo de desarrollo liderado
por la industria y complementado por la integración por bloques. Las
prioridades tendrían que orientarse a formular una política industrial
fundamentada en altas inversiones en los sectores líderes y en la
imitación tecnológica, fortalecer el Pacto Andino e iniciar la negociación
en bloque con Mercosor y otras áreas, dentro de un marco que tenga en
cuenta las diferencias relativas de los países.
Ponencia presentada en el foro
ALCLy TLC. el espejismo del libre comercio". Bogotá DC, 13 y 14 de juni de
2003. cedida a NUEVA GACETA por el autor
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