Nueva Gaceta  

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Bogotà, novienbre 2003 - febrero 2004 -Nº 7 ISSN 01246704


 

 


Cancún


La trampa
que no funcionó

Por Arturo cancino c.

La llamada «Ronda del Desarrollo» de la Organización Mundial de Comercio (OMC), iniciada en Doha (Qatar) hace dos años, sufrió un estruendoso fracaso en la reunión ministerial de Cancún tras una muestra fehaciente del proteccionismo y la avaricia de los países desarrollados. De nuevo quedó en evidencia la hipocresía del discurso del libre comercio denunciada, entre otros, por el Nobel de economía, Joseph Stiglitz, al referirse a su principal promotor, Estados Unidos.

La posición concertada entre ese país y la Unión Europea respecto a no comprometerse a eliminar sus descomunales subsidios agrícolas (US$1.000 millones diarios), puso al descubierto que el propósito real de las negociaciones de comercio para las potencias industriales no es otro que el de obligar a los países en desarrollo a aceptar sus reglas monopolísticas sobre inversiones, propiedad intelectual, compras gubernamentales, desmonte de la protección arancelaria y apertura de los mercados de servicios. Se trataba de ofrecer como señuelo sólo vagas promesas alrededor del acceso a sus restrictivos mercados, protegidos por densas alambradas de obstáculos normativos.

Las mayorías se organizan

Veintiún países encabezados por Brasil, India, China, Sudáfrica y Argentina se negaron a discutir cualquier otro tema antes de obtener de los países ricos una respuesta positiva sobre su propuesta de desmontar las cuantiosas subvenciones gubernamentales al agro. Mediante ellas los países desarrollados dominan el comercio agrícola mundial y practican abiertamente una competencia desleal que arruina a los agricultores de los países pobres. Desnudaron así ante los delegados de los demás países africanos, asiáticos y latinoamericanos, el engaño detrás de la estrategia preparada por los potentados para manipular esta cumbre: habían prometido que la reunión se ocuparía de los temas del desarrollo y, en su lugar, quisieron usarla para «anteponer sus intereses», como lo denunció el delegado de Uganda al retirarse del evento(1).

En el recinto donde se realizaban las conversaciones, pero especialmente fuera de él, en las calles de Cancún, se hizo sentir la protesta enérgica de numerosos voceros de la sociedad civil excluida y damnificada por las políticas neoliberales. Las manifestaciones denunciaban el intento de apuntalar el inequitativo orden económico internacional implantado por las potencias. Representantes de diversas organizaciones que conforman el amplio movimiento antigloba-lizador, señalaron a la OMC como un instrumento de las multinacionales y el capital financiero para imponerle a los pueblos unas normas que favorecen la mayor concentración de la riqueza en manos de unos pocos a costa del empobrecimiento de la inmensa mayoría de la población mundial y la degradación del medio ambiente.

Fue notable la participación del movimiento campesino en defensa de la soberanía alimentaria de las naciones, con masiva presencia de los agricultores mexicanos, víctimas del intercambio desigual con Estados Unidos en el marco del Tlcan(2) (Nafta, por sus siglas en inglés). Pero sólo el dramático suicidio del líder surcoreano, Lee Kyung Hae, logró romper brevemente la parquedad informativa de los medios sobre la protesta social.

Culpar a las víctimas

Sin duda, la presión externa ejercida por los manifestantes contribuyó, como años antes en Seattle, a fortalecer el bloque de países opositores al plan preparado por Estados Unidos y los europeos conocido como «los temas de Singapur», que se procuraba convertir en el eje de la reunión. Dichos países no pudieron repetir la hazaña de la Ronda de Uruguay en el 94, cuando con diversas maniobras consiguieron atomizar la oposición a su agenda. En esa ocasión, comprometieron a los países pobres con la adhesión a normas que privilegian los intereses de los monopolios sobre los derechos de los pueblos a defender y mejorar sus condiciones de vida en áreas tan críticas como la salud pública, la autosuficiencia alimentaria y el empleo. Como se recuerda, los convenios de la Ronda Uruguay completaron también la tarea iniciada por el FMI y los gobiernos neoliberales de abrir los mercados de los países en desarrollo a la arrasadora avalancha de excedentes de los países ricos. Hoy es claro que así se destruyó en los últimos años una parte importante de la capacidad productiva de las naciones y se multiplicó el desempleo y la pobreza en el Tercer Mundo.

Esta vez en Cancún tampoco les funcionó el soborno: se supo que a Brasil le ofrecieron la entrada al club de los países desarrollados, con todas sus prerrogativas, a cambio de su deserción. A falta de argumentos y sin poder ocultar su enojo, el representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Zoellick, descalificó como «retórico» el planteamiento del bloque opositor al que no logró someter ni dividir. Y el comisario europeo, Pascal Lamy, declaró que «lo que ocurrió aquí fue un grave golpe para la OMC y al mismo tiempo una oportunidad perdida para todos», y tildó, paradójicamente, a la OMC de ser una «organización medieval»(3). Pero es inocultable que el disgusto que reflejan estas expresiones tiene como único motivo que el G-21 –interpretando los intereses de dos tercios de los 148 países miembros de la OMC conformados por los países en desarrollo–, impidió que Estados Unidos, Europa y Japón se saltaran otra vez olímpicamente el tema de su proteccionismo agrícola, para imponerle a la mayoría los temas de su interés relacionados con las prerrogativas del capital(4). Los países en desarrollo son "culpables" de haber actuado en defensa propia. Consiguieron evitar que se concretara un acuerdo sobre la base de aumentar los desequilibrios a favor de las multinacionales de los países industriales y del incremento de los privilegios del capital financiero internacional.

Repercusiones en el Alca
y el tratado bilateral

Si en la OMC no se pudieron dirimir las diferencias sustanciales entre los intereses del norte desarrollado y el sur atrasado, ¿podrán las conversaciones del Alca reducir la enorme brecha existente a escala continental?

Teniendo en cuenta la desproporción entre el tamaño de las economías de Estados Unidos y los países de América Latina, así como la negativa estadounidense a discutir su legislación proteccionista (los subsidios, las cuotas, las leyes antidumping, etc), no parece probable que se produzca alguna concesión importante a los países latinoamericanos. En el Alca estos son temas que Estados Unidos ha preferido remitir a la OMC. Ahora que en Cancún no se decidió nada al respecto, posiblemente seguirá insistiendo en que su legislación comercial es una «cuestión interna». En cambio, no considera como tal, la renuncia a la soberanía nacional que pretende de los otros países del hemisferio en materia de controversias con los inversionistas foráneos, ni la inhabilitación del Estado para proteger los intereses del país en la agricultura, los servicios y las compras gubernamentales, o la exclusividad otorgada a las multinacionales para explotar la propiedad intelectual. Dentro de este enfoque unilateral, tales cuestiones nada tendrían que ver con los más básicos intereses «internos» de estos países, aún si implican la subordinación de su legislación a las nuevas reglas externas.

Esta lógica será la que impere en grado superlativo en los tratados bilaterales, el plan B al que Estados Unidos dará un renovado impulso tras los resultados de Cancún. Por tanto, las negociaciones que con la mayor diligencia gestiona el gobierno colombiano –contra la opinión de amplios sectores del país y pese al concepto adverso de diversos estudios académicos– no tiene otra perspectiva que la entrega incondicional de nuestro mercado interno y del contenido nacional de su producción industrial y agrícola, a cambio de la posibilidad de exportar a esquivos «nichos» del mercado norteamericano algunos bienes primarios, cultivos exóticos y manufacturas de bajo valor agregado y precario contenido tecnológico. Se trata simplemente de «caminar disciplinadamente sobre la cuerda tendida por Washington», como gráficamente lo describió un analista(5), para marchar hacia la total dependencia importadora y el irrelevante papel de fuente de productos básicos que la nueva división internacional de trabajo le reserva a los países atrasados. Adicionalmente, se sacrificarán nuestras exportaciones industriales a los países andinos patrocinando la disolución de la CAN a través de la perforación del arancel externo común.

No otra cosa se puede esperar de la actitud claudicante mostrada por los promotores del acuerdo, encabezados por el ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero. Por eso no sorprende que este último, en lo que se podría interpretar como retractación pública sobre la participación colombiana en el grupo de los 21 en Cancún, declarara: «Mi país está convencido de las bondades del libre comercio y de la utilidad de la OMC para regularlo y facilitar su crecimiento. Por tal razón, lamento profundamente el fracaso de la reunión de Cancún, que ocurre por la inflexibilidad mostrada por ciertos países menos desarrollados en la discusión de temas tales como transparencia en las compras estatales y el funcionamiento predecible y eficiente de las aduanas, de cuya conexidad con los temas de comercio internacional, nadie puede dudar» (cursiva nuestra)(6).

Contra quienes como Rudolf Hommes, asesor de cabecera del presidente Uribe, opinan que Colombia debe mantenerse a la sombra de Estados Unidos y alejarse de lo que despectivamente denomina «aventuras tercermundistas»(7), hechos como los de Cancún vienen demostrando que le conviene más al país reconocer su condición latinoamericana, estrechar sus lazos con los vecinos andinos, aproximarse a Mercosur y apoyar la unión suramericana que promueve Brasil. Sin embargo, sólo la fuerza de un amplio movimiento de opinión pública opuesto a la subordinación incondicional del país a la política norteamericana logrará cambiar el rumbo impuesto por este gobierno, empeñado en entregar, a toda costa, la estructura productiva nacional y la suerte de los colombianos al capital extranjero.

El reciente retiro de Colombia del G-21 por orden de Washington, es un indicio claro de lo que le espera al país al cabo de las anunciadas negociaciones bilaterales de un TLC con EU.

      Notas

1 «Fracasó cumbre de la OMC». El Tiempo, Bogotá, septiembre 15 de 2003.

2  Rubio, Blanca, «Las enseñanzas de Cancún». La Jornada, México, septiembre 17 de 2003.

3 González A., Roberto y Vargas, Rosa Elvira. «Se hundió la reunión de la OMC». La Jornada, México, septiembre 15 de 2003.

4  Ibídem.

5 González Muñoz, César. «Caminando sobre la cuerda». Portafolio, Bogotá, septiembre 17 de 2003.

6  Ibídem.

7  Hommes, Rudolf. «Dilemas de la política internacional». Portafolio, Bogotá, septiembre 23 de 2003.

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