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Cancún
La trampa
que no funcionó
Por Arturo cancino c.
La llamada «Ronda del Desarrollo» de
la Organización Mundial de Comercio (OMC), iniciada en Doha (Qatar) hace
dos años, sufrió un estruendoso fracaso en la reunión ministerial de
Cancún tras una muestra fehaciente del proteccionismo y la avaricia de los
países desarrollados. De nuevo quedó en evidencia la hipocresía del
discurso del libre comercio denunciada, entre otros, por el Nobel de
economía, Joseph Stiglitz, al referirse a su principal promotor, Estados
Unidos.
La posición concertada entre ese país
y la Unión Europea respecto a no comprometerse a eliminar sus descomunales
subsidios agrícolas (US$1.000 millones diarios), puso al descubierto que
el propósito real de las negociaciones de comercio para las potencias
industriales no es otro que el de obligar a los países en desarrollo a
aceptar sus reglas monopolísticas sobre inversiones, propiedad
intelectual, compras gubernamentales, desmonte de la protección
arancelaria y apertura de los mercados de servicios. Se trataba de ofrecer
como señuelo sólo vagas promesas alrededor del acceso a sus restrictivos
mercados, protegidos por densas alambradas de obstáculos normativos.
Las mayorías se organizan
Veintiún países encabezados por
Brasil, India, China, Sudáfrica y Argentina se negaron a discutir
cualquier otro tema antes de obtener de los países ricos una respuesta
positiva sobre su propuesta de desmontar las cuantiosas subvenciones
gubernamentales al agro. Mediante ellas los países desarrollados dominan
el comercio agrícola mundial y practican abiertamente una competencia
desleal que arruina a los agricultores de los países pobres. Desnudaron
así ante los delegados de los demás países africanos, asiáticos y
latinoamericanos, el engaño detrás de la estrategia preparada por los
potentados para manipular esta cumbre: habían prometido que la reunión se
ocuparía de los temas del desarrollo y, en su lugar, quisieron usarla para
«anteponer sus intereses», como lo denunció el delegado de Uganda al
retirarse del evento(1).
En el recinto donde se realizaban las
conversaciones, pero especialmente fuera de él, en las calles de Cancún,
se hizo sentir la protesta enérgica de numerosos voceros de la sociedad
civil excluida y damnificada por las políticas neoliberales. Las
manifestaciones denunciaban el intento de apuntalar el inequitativo orden
económico internacional implantado por las potencias. Representantes de
diversas organizaciones que conforman el amplio movimiento
antigloba-lizador, señalaron a la OMC como un instrumento de las
multinacionales y el capital financiero para imponerle a los pueblos unas
normas que favorecen la mayor concentración de la riqueza en manos de unos
pocos a costa del empobrecimiento de la inmensa mayoría de la población
mundial y la degradación del medio ambiente.
Fue notable la participación del
movimiento campesino en defensa de la soberanía alimentaria de las
naciones, con masiva presencia de los agricultores mexicanos, víctimas del
intercambio desigual con Estados Unidos en el marco del Tlcan(2) (Nafta, por
sus siglas en inglés). Pero sólo el dramático suicidio del líder
surcoreano, Lee Kyung Hae, logró romper brevemente la parquedad
informativa de los medios sobre la protesta social.
Culpar a las víctimas
Sin duda, la presión externa ejercida
por los manifestantes contribuyó, como años antes en Seattle, a fortalecer
el bloque de países opositores al plan preparado por Estados Unidos y los
europeos conocido como «los temas de Singapur», que se procuraba convertir
en el eje de la reunión. Dichos países no pudieron repetir la hazaña de la
Ronda de Uruguay en el 94, cuando con diversas maniobras consiguieron
atomizar la oposición a su agenda. En esa ocasión, comprometieron a los
países pobres con la adhesión a normas que privilegian los intereses de
los monopolios sobre los derechos de los pueblos a defender y mejorar sus
condiciones de vida en áreas tan críticas como la salud pública, la
autosuficiencia alimentaria y el empleo. Como se recuerda, los convenios
de la Ronda Uruguay completaron también la tarea iniciada por el FMI y los
gobiernos neoliberales de abrir los mercados de los países en desarrollo a
la arrasadora avalancha de excedentes de los países ricos. Hoy es claro
que así se destruyó en los últimos años una parte importante de la
capacidad productiva de las naciones y se multiplicó el desempleo y la
pobreza en el Tercer Mundo.
Esta vez en Cancún tampoco les
funcionó el soborno: se supo que a Brasil le ofrecieron la entrada al club
de los países desarrollados, con todas sus prerrogativas, a cambio de su
deserción. A falta de argumentos y sin poder ocultar su enojo, el
representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Zoellick, descalificó
como «retórico» el planteamiento del bloque opositor al que no logró
someter ni dividir. Y el comisario europeo, Pascal Lamy, declaró que «lo
que ocurrió aquí fue un grave golpe para la OMC y al mismo tiempo una
oportunidad perdida para todos», y tildó, paradójicamente, a la OMC de ser
una «organización medieval»(3). Pero es inocultable que el disgusto que
reflejan estas expresiones tiene como único motivo que el G-21
–interpretando los intereses de dos tercios de los 148 países miembros de
la OMC conformados por los países en desarrollo–, impidió que Estados
Unidos, Europa y Japón se saltaran otra vez olímpicamente el tema de su
proteccionismo agrícola, para imponerle a la mayoría los temas de su
interés relacionados con las prerrogativas del capital(4). Los países en
desarrollo son "culpables" de haber actuado en defensa propia.
Consiguieron evitar que se concretara un acuerdo sobre la base de aumentar
los desequilibrios a favor de las multinacionales de los países
industriales y del incremento de los privilegios del capital financiero
internacional.
Repercusiones en el Alca
y el tratado bilateral
Si en la OMC no se pudieron dirimir
las diferencias sustanciales entre los intereses del norte desarrollado y
el sur atrasado, ¿podrán las conversaciones del Alca reducir la enorme
brecha existente a escala continental?
Teniendo en cuenta la desproporción
entre el tamaño de las economías de Estados Unidos y los países de América
Latina, así como la negativa estadounidense a discutir su legislación
proteccionista (los subsidios, las cuotas, las leyes antidumping, etc), no
parece probable que se produzca alguna concesión importante a los países
latinoamericanos. En el Alca estos son temas que Estados Unidos ha
preferido remitir a la OMC. Ahora que en Cancún no se decidió nada al
respecto, posiblemente seguirá insistiendo en que su legislación comercial
es una «cuestión interna». En cambio, no considera como tal, la renuncia a
la soberanía nacional que pretende de los otros países del hemisferio en
materia de controversias con los inversionistas foráneos, ni la
inhabilitación del Estado para proteger los intereses del país en la
agricultura, los servicios y las compras gubernamentales, o la
exclusividad otorgada a las multinacionales para explotar la propiedad
intelectual. Dentro de este enfoque unilateral, tales cuestiones nada
tendrían que ver con los más básicos intereses «internos» de estos países,
aún si implican la subordinación de su legislación a las nuevas reglas
externas.
Esta lógica será la que impere en
grado superlativo en los tratados bilaterales, el plan B al que Estados
Unidos dará un renovado impulso tras los resultados de Cancún. Por tanto,
las negociaciones que con la mayor diligencia gestiona el gobierno
colombiano –contra la opinión de amplios sectores del país y pese al
concepto adverso de diversos estudios académicos– no tiene otra
perspectiva que la entrega incondicional de nuestro mercado interno y del
contenido nacional de su producción industrial y agrícola, a cambio de la
posibilidad de exportar a esquivos «nichos» del mercado norteamericano
algunos bienes primarios, cultivos exóticos y manufacturas de bajo valor
agregado y precario contenido tecnológico. Se trata simplemente de
«caminar disciplinadamente sobre la cuerda tendida por Washington», como
gráficamente lo describió un analista(5), para marchar hacia la total
dependencia importadora y el irrelevante papel de fuente de productos
básicos que la nueva división internacional de trabajo le reserva a los
países atrasados. Adicionalmente, se sacrificarán nuestras exportaciones
industriales a los países andinos patrocinando la disolución de la CAN a
través de la perforación del arancel externo común.
No otra cosa se puede esperar de la
actitud claudicante mostrada por los promotores del acuerdo, encabezados
por el ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero. Por eso no sorprende
que este último, en lo que se podría interpretar como retractación pública
sobre la participación colombiana en el grupo de los 21 en Cancún,
declarara: «Mi país está convencido de las bondades del libre comercio y
de la utilidad de la OMC para regularlo y facilitar su crecimiento. Por
tal razón, lamento profundamente el fracaso de la reunión de Cancún, que
ocurre por la inflexibilidad mostrada por ciertos países menos
desarrollados en la discusión de temas tales como transparencia en las
compras estatales y el funcionamiento predecible y eficiente de las
aduanas, de cuya conexidad con los temas de comercio internacional, nadie
puede dudar» (cursiva nuestra)(6).
Contra quienes como Rudolf Hommes,
asesor de cabecera del presidente Uribe, opinan que Colombia debe
mantenerse a la sombra de Estados Unidos y alejarse de lo que
despectivamente denomina «aventuras tercermundistas»(7), hechos como los de
Cancún vienen demostrando que le conviene más al país reconocer su
condición latinoamericana, estrechar sus lazos con los vecinos andinos,
aproximarse a Mercosur y apoyar la unión suramericana que promueve Brasil.
Sin embargo, sólo la fuerza de un amplio movimiento de opinión pública
opuesto a la subordinación incondicional del país a la política
norteamericana logrará cambiar el rumbo impuesto por este gobierno,
empeñado en entregar, a toda costa, la estructura productiva nacional y la
suerte de los colombianos al capital extranjero.
El reciente retiro de Colombia del
G-21 por orden de Washington, es un indicio claro de lo que le espera al
país al cabo de las anunciadas negociaciones bilaterales de un TLC con EU.
Notas
1 «Fracasó cumbre de la OMC». El Tiempo, Bogotá, septiembre 15 de 2003.
2 Rubio, Blanca, «Las
enseñanzas de Cancún». La Jornada, México, septiembre 17 de 2003.
3 González A., Roberto y
Vargas, Rosa Elvira. «Se hundió la reunión de la OMC». La Jornada, México,
septiembre 15 de 2003.
4 Ibídem.
5 González Muñoz, César.
«Caminando sobre la cuerda». Portafolio, Bogotá, septiembre 17 de 2003.
6 Ibídem.
7 Hommes, Rudolf. «Dilemas
de la política internacional». Portafolio, Bogotá, septiembre 23 de 2003.
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