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Globalización,
comercio y
salud
Entrevista con Ronald Labonte
Por Helena Restrepo, para
Nueva Gaceta
El profesor canadiense
Ronald Labonte es uno de los más prestigiosos sociólogos expertos en salud
pública y promoción de la salud, con amplia experiencia en participación
social y desarrollo comunitario. En la actualidad dirige la Unidad de
Salud de la Población y de Investigación Evaluativa de Saskatchewan,
Canadá (Saskatchewan Population Health and Evaluation Research Unit). En
los últimos años ha estado dedicado a estudiar y analizar el tema de la
globalización, el comercio y la salud y es autor de numerosos artículos y
documentos sobre este tema.
Aprovechando su
presencia en la III Conferencia Regional para América Latina de Promoción
y Educación para la Salud en Sao Pablo, Brasil, (noviembre 10-13 de 2002)
se hizo la entrevista que se resume a continuación y que versó sobre la
conferencia que dictó en dicho certamen.
Helena Restrepo: Su expresión de que en lugar de tener
hoy una «aldea global» tenemos un «mercado global» es muy pertinente, qué
puede comentarnos al respecto?
Ronald Labonte: Una
aldea global era con lo que soñábamos cuando se empezó a hablar de
globalización. Desafortunadamente, para frustración de todos se ha
convertido en un mercado global, donde los dictados del capital y del
interés económico han convertido nuestros discursos de dignidad y justicia
en algo obsceno o arcaico. No obstante, no debemos oponernos a la
globalización como proceso provechoso para la humanidad, inclusive porque
eso lo aprovecharían especialmente los medios para atacar al movimiento en
contra de los aspectos perniciosos de la globalización; lo que hay que
hacer es prestar atención especial a los tratados de comercio y a su
efecto potencial sobre la capacidad regulatoria de las naciones para crear
condiciones de vida, de trabajo y ambientales saludables. Por eso hablo de
«desempacar» los vínculos que tiene la globalización con los riesgos altos
para la salud.
HR: ¿Desde su Informe sobre
Globalización, Comercio y Salud preparado para la Unión Internacional de
Promoción de la Salud en 1999, qué cambios observa?
RL: Creo que el cambio
más dramático es la elección de Bush en Estados Unidos. Es cada día más
claro que la administración Bush peleará para que los demás países no
logren ningún beneficio frente a las políticas neoliberales y para que
Estados Unidos unilateralmente haga lo que quiera; pero no hará lo que las
reglas digan si no lo que le conviene con respecto a los mercados. La
intención en Davos fue eliminar el tiempo extra de los trabajadores y
subsidiar los productos agrícolas de exportación de los países ricos como
Estados Unidos, Canadá y Japón. Lo que se vio es que inmediatamente
después de las negociaciones en Davos, supuestamente para favorecer a los
países pobres, Estados Unidos dio enormes subsidios a sus productos
domésticos. La Unión Europea es igual a Estados Unidos en cuanto a los
subsidios a sus productos, pero por lo menos está intentando reducirlos.
Recientemente Chirac y Blair han tenido diferencias serias al respecto
porque el Reino Unido está más dispuesto a reducir subsidios que Francia.
HR: ¿Se vislumbra algún punto
favorable para los países pobres?
RL: Una cosa buena es
que los países en desarrollo se están fortaleciendo en el uso de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) para parar las posiciones no
saludables de los países ricos. Desde Davos hay una tremenda argumentación
entre pobres y ricos en lo que se llama el «tratamiento especial
diferencial» para que los primeros sean capaces de obtener exenciones en
algunos de los tratados de comercio. En Davos plantearon la discusión de
cómo debe seguir la liberalización y globalización en los menos
desarrollados. Pero a esta posición se oponen Estados Unidos, Canadá y
Japón que alegan que las mismas reglas deben aplicarse igualmente a todos.
Por ejemplo, China, Corea y Asia en general subsidiaban a sus agricultores
y ahora no podrán hacerlo. Los países pobres se ven abrumados por la ola
de importaciones baratas, a menudo procedente de países ricos que
subsidian sus productos domésticos y sus productos de exportación.
HR: ¿Qué hay de nuevo en el tema de la
salud?
RL: Las economías
débiles con escasa protección doméstica porque ha sido removida a través
de las políticas de préstamos del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario
Internacional (FMI), se han vuelto más pobres bajo la liberalización, en
forma notable en África y América Latina. En estos países aumenta la
pobreza y, por supuesto, se empobrece la salud también. La pobreza es el
mayor determinante de la salud. Esto debería ser una preocupación muy
importante para las políticas de salud, puesto que el grado de desigualdad
en América Latina es de los más altos del mundo. La brecha entre pobres y
ricos es muy grande por ejemplo en Brasil. Por lo tanto, las implicaciones
para la salud son tema fundamental; los acuerdos y tratados no son justos
para los países en desarrollo; las oportunidades que se les dan no son
equitativas, lo cual debe revertirse, pero esto no es un asunto que
inquiete a la OMC. Yo tengo la impresión, sin embargo, de que los países
menos desarrollados están siendo más exitosos en presentar sus problemas.
Con relación a la
protección de patentes, hay algunos cambios. Antes Estados Unidos podía
tomar patentes de cualquier país, europeo u otro, y las podía copiar y
desarrollar; esto mismo podían hacer los países asiáticos en los 70 y 80,
pero ahora no; y ello es un mal acuerdo para los países pobres. Solo con
relación a los medicamentos contra el Sida y Vih ha habido mejoría y
aunque es importante lo que logró Brasil para producirlos, es todavía algo
muy pequeño en el tema de patentes en el que el proteccionismo continúa.
Los acuerdos Trips (Trade-Related Intellectual Property Rights, Acuerdos
sobre Comercio Relacionado con Derechos de Propiedad Intelectual) cierran
las fronteras y lo que se necesita es que se abran para otros productos y
no solo para medicamentos. En Davos se aprobó que los países pobres podían
producir drogas genéricas en el caso de declarar emergencias por
enfermedades graves, pero los países que pueden hacerlo son muy pocos:
Brasil, Tailandia, Cuba; la gran mayoría no tiene forma de producir
genéricos. La Unión Europea es más progresista en este aspecto, pues deja
usar las patentes siempre y cuando los productos no ingresen a los países
del norte sino a los pobres. Un efecto muy claro es que los Trips han
hecho aumentar agudamente los costos de las drogas en la mayoría de los
países. Esto tiene un costo directo sobre los fondos públicos disponibles
para atención primaria o cualquier otro programa de salud pública,
incluyendo protección del ambiente. Y es peor en los países más pobres
porque al fin y al cabo, en los ricos los seguros médicos cubren el 75% de
las prescripciones de medicamentos. En resumen, continúa la angustia en
este asunto para los menos desarrollados. Se necesita una renegociación
total, no parcial.
Otro aspecto
relacionado con la salud es el de la liberalización y el ambiente: Los
efectos del creciente agotamiento de recursos naturales y la polución por
el aumento de emisiones de gasolina fósil. Esto es muy raramente
considerado en los modelos económicos. Si todos los países se
desarrollaran con los mismos patrones de consumo de Estados Unidos,
necesitaríamos cuatro planetas más para explotar. Existen muchos ejemplos
del impacto negativo asociado a la liberalización. Uno de ellos es
Argentina donde la liberalización del comercio y la promoción de las
exportaciones de pescado condujeron a un crecimiento de cinco veces la
cantidad de pesca. Las compañías pesqueras ganaron un estimado de 1.6
billones de dólares, pero el agotamiento de las fuentes de peces y la
degradación ambiental tuvo un costo neto de 500 millones de dólares.
La globalización y los
acuerdos comerciales tienen efectos identificables en los servicios de
promoción de la salud. Hay una ruta clara. Por ejemplo, veamos el problema
de la privatización del agua que es impulsada por las políticas de ajuste,
aún cuando los costos no puedan ser alcanzados por la mayoría de las
familias. Tales programas en Mauritania, por ejemplo, condujeron al
consumo de más de un quinto del presupuesto promedio de familias de bajos
ingresos, según un informe del Banco Mundial del 2001. Así mismo afecta
los servicios de atención médica.
HR: Quisiera que comentara un poco
sobre la privatización de la atención médica en el contexto de la
globalización y del mercado entre países del norte y del sur.
RL: Es necesario
reconocer que la privatización de los cuidados médicos no es propiamente
producida por la globalización. Las razones para ello son dos: la primera
son los programas de ajuste estructural que se utilizan como excusa para
las privatizaciones y, obviamente, no son necesarias; la segunda es que
muchos gobiernos están dominados por el modelo neoliberal sin que en ello
influyan los tratados de comercio internacional. Lo peligroso de la
apertura del mercado y la privatización en salud es que pueden cubrir
muchas cosas y llegar a la comercialización de servicios, desde
profesionales, laboratorios, tecnologías diagnósticas, telemedicina, etc.
Puede suceder que vayan de un país a otro, consuman servicios de salud y
perjudiquen los servicios propios. De hecho, ya hay países que están
sufriendo esta modalidad.
Hay que distinguir
entre el financiamiento público con provisión de servicios por parte de la
empresa privada (lo cual muchos países tienen en mayor o menor grado y
puede hacerse progresivo dependiendo de las regulaciones existentes para
proveedores privados) y el financiamiento privado con provisión privada;
eso sí es regresivo y excluyente para todos, menos para los ricos. Este
último tipo es el que favorecen tanto el BM como el BID. Hay un atractivo
muy grande hacia el mercado de servicios de salud latinoamericano; al
respecto, en la revista The Economist, citaron las palabras del presidente
de la Asociación Americana de Planes de Salud: «450 millones de
latinoamericanos constituyen un mercado de cuidados de salud de 120
billones de dólares al año, de los cuales sólo el 15% se gasta en seguros
privados».
HR: Hablemos de Cuba ¿qué diferencias
hay en su modelo de intercambio de servicios de salud con el del mercado
descrito arriba?
RL: Cuba no hace
mercadeo; en primer lugar, ellos producen más médicos de los que necesitan
y otros países pobres no lo pueden hacer; entonces el envío de
profesionales es más una ayuda; no lo hacen con fines comerciales. También
puede decirse lo mismo de los programas de turismo de salud de Cuba; en
realidad los fines son diferentes, además los servicios de Cuba son
públicos no son servicios privados. Cuba es un país extraplanetario.
HR: Pasemos ahora al tema del Gatt,
(General Agreements on Tariff and Trade, Acuerdos Generales de Tarifas y
Comercio) ¿cómo afecta ese acuerdo a los países pobres?
RL: El problema con el
Gatt es que una vez un país hace un compromiso, por ejemplo en relación
con los servicios de salud, si las condiciones cambian en el país pobre,
digamos que cambia el sistema privado por uno público, no puede salirse
del compromiso sin pagar una compensación monetaria al otro país. Las
compañías del país dominante pueden solicitar a su país que presente una
queja de violación al Gatt, lo cual conlleva una penalidad para el país
que rompió el acuerdo, generalmente, por un monto muy grande de dinero.
Esto hará muy difícil para los países pobres establecer programas propios
en los diversos campos, sea educación, salud, etc. Lo que hay que hacer es
alianzas, acuerdos de intercambios pero nunca acuerdos comerciales. No hay
que caer en la idea de los que argumentan que los acuerdos comerciales son
benéficos y que no ofrecen peligros. Se puede establecer intercambios para
mejorar la tecnología de un país pero nunca negociarlos en forma
comercial.
Lo que está pasando en
la globalización y el Gatt es que el 60% de la inversión extranjera se
está yendo para la compra de corporaciones y servicios que antes eran
públicos y no para inversión de actividades de desarrollo económico. Los
tratados de comercio, cuyas intenciones son promover intereses privados,
no negocian regulaciones internacionales para salud, atención médica y
otros bienes comunes esenciales.
HR: En su conferencia en Sao Paulo, usted
se refirió al tema de cómo hacer una globalización saludable. Me gustaría
que resumiera un poco su posición al respecto.
RL: Creo que estamos
viviendo quizás el momento histórico más importante de nuestra especie.
Hay una excesiva afluencia y excesiva pobreza; los conflictos y las
enfermedades están afectando la salud y la seguridad globales, lo cual
está demandando con angustia algún sistema de gobierno global orientado al
bien común.
Yo creo que hay que
luchar por las exenciones en los tratados comerciales para los países en
desarrollo. Si nuestra meta es movernos hacia la igualdad de resultados,
la norma justa debe ser más consistente con la promoción de la salud
pública, y para ello debe ser menos igualitaria entre países ricos con el
fin de superar las inequidades históricas de poder de los más débiles. La
protección de patentes en forma indefinida debe cuestionarse por los
países en desarrollo y menos desarrollados, como lo están haciendo algunos
de ellos y por algunas organizaciones no-gubernamentales y agencias de
Naciones Unidas. Hay que establecer multas ligadas a la producción
doméstica en lugar de sanciones tipo penalidades a su comercio, que
invariablemente afectan a los países pobres más que a los ricos, y parte
de estas multas deben ir a un fondo global para la educación, la salud y
el desarrollo social en aquellos países que van muy atrás en alcanzar las
metas de desarrollo establecidas internacionalmente con relación a la
infancia, salud de las madres, empoderamiento de género y educación
universal. En la misma línea estaría la de imponer un impuesto Tobin para
el intercambio de moneda, lo cual golpearía duramente la especulación y
que, con base en datos de 1995, podría acumular cerca de 150 billones de
dolares al año. Este puede dividirse de tal manera que un tercio vaya a
cada gobierno nacional cuyas monedas han sido cambiadas y el resto a un
fondo internacional para el desarrollo.
Asimismo, es necesario
permitir que los países más pobres sean eximidos de los requerimientos de
liberalización en agricultura, fortalecer su capacidad de imponer tarifas
de importación y restringir la inversión extranjera para proteger los
mercados domésticos y la seguridad alimentaria. Finalmente, negociar e
impulsar una regla que tenga efecto cuando haya conflictos para que los
acuerdos multilaterales en el campo del ambiente y de los derechos
humanos, incluyendo el derecho a la salud, puedan triunfar sobre los
acuerdos comerciales.
Pienso que estamos
viviendo una situación similar a la que tuvo lugar en el siglo XIX cuando
las primeras leyes del sistema de regulación sirvieron a la clase
capitalista para su propio beneficio a expensas de los trabajadores, las
mujeres, los pobres y el ambiente, pero tales leyes fueron la plataforma
para que la lucha social progresista creara responsabilidades recíprocas
para los Estados y para el mercado, lo cual desencadenó la creación de un
Estado de bienestar en el siglo XX. Algo similar debe pasar ahora: los
tratados para el mercado y comercio deben volverse el foco para los
movimientos globales sociales progresistas que demanden derechos humanos y
una mejor distribución de los bienes. Digamos como Gramsci «dejemos que el
optimismo de la voluntad triunfe sobre el pesimismo del intelecto».
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