Nueva Gaceta  

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Bogotà, novienbre 2003 - febrero 2004 -Nº 7 ISSN 01246704


Una mirada retrospectiva
sobre Camilo

Entrevista a François Houtart
por Javier Sánchez, de la redacción de
Nueva Gaceta

En el último año, François Houtart ha visitado en dos oportunidades nuestro país para debatir en distintos escenarios los problemas políticos, económicos y sociales que aquejan a Colombia, América Latina y el mundo en general. Houtart, sacerdote y sociólogo belga, es miembro del Consejo Directivo del Foro Social Mundial, director del Centro Tricontinental (Cetri) en la Universidad Católica de Lovaina y uno de los más destacados representantes del movimiento antiglobalización. Cuatro décadas atrás, Houtart fue  profesor y amigo personal de Camilo Torres. Nadie más autorizado que él para hacer un repaso al ambiente y las ideas que bullían en la mente de Camilo y para analizar las posibilidades de transformación social en la región. Por ello, aprovechando la participación del profesor Houtart en el Seminario Internacional Mitos y Realidades de la globalización, organizado por la Universidad Nacional de Colombia, Nueva Gaceta quiso conocer su opinión sobre algunos aspectos del ideario de Camilo. A continuación ofrecemos los apartes más importantes de la entrevista que él nos concediera.

Nueva Gaceta: ¿Cómo fue su relación con Camilo Torres?

François Houtart: El primer contacto con Camilo fue en 1954. Camilo había organizado un círculo social con los seminaristas que más se interesaban en los problemas sociales y una noche me invitó a sostener una discusión con ellos. Naturalmente, en ese tiempo la perspectiva dominante era la de la Doctrina Social de la Iglesia, consistente en ver y analizar las situaciones sociales con una idea relativamente contestataria, en la línea de la Juventud Obrera Católica, JOC. Era una perspectiva cristiana relativamente clásica, pero que en el contexto de la Iglesia en Colombia aparecía como una perspectiva bastante progresista. En esa ocasión yo invité a Camilo a estudiar ciencias sociales en Lovaina. Él obtuvo el permiso de su obispo y algunos meses después llegó a Lovaina donde permaneció por cuatro años.

NG: ¿Cómo era el tipo de enseñanza que había en Lovaina?

FH: Era una enseñanza bastante abierta, pero también bastante clásica. Abierta en el sentido de aceptar la existencia de problemas.  Pero el discurso era un poco como el de la democracia cristiana que veía la sociedad como un conjunto de individuos estratificados, pero no veía estructuras de clases sociales con toda la lógica de la contradicción que existe entre intereses de clase social. Por esa razón, la acción social de los cristianos y de la iglesia en particular tendía a orientarse a agrupar a todo el mundo para construir en conjunto el bien común, sin tocar para nada la estructura económica. Era una visión de la realidad basada en el convencimiento de que era posible transformar la sociedad a partir de la buena voluntad de todas las personas.

NG: ¿De qué manera pudo influir dicho ambiente en la formación de Camilo?

FH: Lo que más pudo Camilo aprender y desarrollar en Lovaina fue el rigor metodológico. Allí estábamos en un periodo de transición entre la sociología europea clásica de Durkheim y otros, y la introducción paulatina de una tradición sociológica norteamericana más empírica, que insistía en una metodología cuantitativa. Se dio una especie de mezcla de las dos orientaciones, aunque todavía con predominio de la sociología europea. Dentro de estos cursos, había uno sobre las grandes ideologías del mundo moderno como el fascismo, y otro sobre marxismo impartido por un canónigo, que sin ser marxista, era muy conocedor del pensamiento de Marx y muy honesto en la transmisión del conocimiento.

Pero más allá del ámbito académico, lo interesante en Camilo fue su deseo de unir a los colombianos radicados en Lovaina y en Europa para tratar de analizar la situación colombiana con los instrumentos conceptuales que se aprendían en París, Londres o Lovaina, con la idea de que al regreso, estos estudiantes pudieran ser los actores de la transformación de la sociedad colombiana.

Por mi parte, yo me interesaba mucho en la sociología urbana porque me preocupaban los problemas religiosos en las grandes ciudades y había hecho estudios comparativos entre las ciudades europeas, norteamericanas y latinoamericanas, pero también estudios complementarios en urbanismo. Camilo se entusiasmó con los problemas urbanos y por eso eligió hacer su tesis de licenciatura sobre  Bogotá, tratando de encontrar las diferencias entre la situación social de los países del norte y del sur. Cuando él regresó a Colombia, traía, desde el punto de vista sociológico, dos orientaciones fundamentales: la necesidad de la investigación sociológica para la transformación de la sociedad y la importancia de un conocimiento empírico sobre la base del análisis social. Poco a poco, él había descubierto  la necesidad de analizar las sociedades de manera distinta a como lo hacía la doctrina social de la Iglesia y se daba cuenta igualmente de que era necesario ayudarse de un instrumento más elaborado desde el punto de vista sociológico. A su regreso, Camilo tenía ya una visión más desarrollada de una sociedad de clases, aunque todavía pensaba que era posible, esa es mi lectura, cambiar la sociedad mediante la concientización de las bases y también de las élites.

NG: ¿Cómo se expresaba esa mezcla de orientaciones en el pensamiento de Camilo?

FH: Una manifestación de esta concepción se encuentra en su trabajo con la Acción Comunal. Él creía que la Acción Comunal podía ser un instrumento para una transformación más  profunda y que existía la posibilidad de transformar las mentalidades en las clases sociales más altas o los grupos dominantes de la economía y política colombianas sobre bases éticas. Pensaba que si estas clases tenían un mejor conocimiento de la realidad campesina, era posible hacerlos reaccionar de manera moral y ética para que aceptaran temas como la reforma agraria.

Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de que la Acción Comunal estaba muy ligada a los poderes centrales y que los estudiantes podrían ser una fuerza importante, pero en ningún caso el grupo social llamado a cambiar la sociedad.

En 1960 volví a Colombia para hacer la síntesis de un trabajo sobre la situación socio-religiosa de América Latina. Yo le había pedido a Camilo hacer el estudio sociológico de evaluación de las escuelas radiofónicas de Radio Sutatenza, que al principio veíamos como una iniciativa muy progresista de alfabetización en las zonas rurales, pero que luego descubrimos que era una manera de controlar la ideología del campesino. Camilo hizo un pequeño documento en el que incluía un análisis empírico y una cierta reflexión sociológica sobre lo que significaba este tipo de acción.

Con el tiempo, el pensamiento crítico de Camilo empezó a ir mucho más allá de las enseñanzas de  Lovaina. Poco a poco fue adoptando el análisis marxista, pues su acción y su experiencia le mostraron que el análisis implícito que traía, impregnado de la doctrina social de la Iglesia, no correspondía a la realidad colombiana y que ésta era mucho más compleja, que había una estructura social de clases construida sobre intereses divergentes y antagónicos y que la posibilidad de transformar el conjunto de la sociedad no dependía de la buena o mala voluntad de los actores sociales. En su deseo de encontrarse con la realidad, finalmente descubrió que el análisis más adecuado para entender los procesos de la sociedad colombiana era un enfoque metodológico de tipo marxista. Como se  ve, hubo toda una evolución en el pensamiento de Camilo.

NG: Pareciera entonces que esta contrastación de las ideas con la realidad colombiana fue determinante en la posterior etapa de la vida de Camilo.

FH: Sí. Me parece que a partir de este tipo de análisis, él llegó a la convicción de que la única manera de forzar eficazmente la transformación de la sociedad existente, era  mediante la construcción de otra relación de fuerza, empezando por el campo político. Como la  colombiana era una sociedad extremadamamente diversificada y segmentada y no había, en su opinión, ninguna organización política que pudiera representar esta perspectiva, la única forma era tratar de unir varias fuerzas en un frente que pudiera, poco a poco, ser suficiente para imponer pasos de transformación.

No obstante, él era muy ingenuo desde el punto de vista político. No tenía experiencia política y tenía un corazón tan grande que creía en la bondad de la gente y en  la posibilidad de poder unir a todo el mundo, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana y hasta los sindicatos, para un fin común. El trabajo le permitió descubrir que la realidad era  más compleja y que algunas de las  fuerzas políticas  eran muy ambiguas.  Me parece que eso explica un poco sus últimos escritos sobre la situación colombiana y sus últimos pasos desde un punto de vista político.

En ese momento yo le propuse que regresara a Lovaina para hacer su doctorado y para que tomara cierta distancia que le ayudara a reflexionar y reconstruir después otra propuesta. Camilo siempre rechazó esta idea porque consideraba que salir del país significaría abandonar al pueblo, a la gente que confiaba en él.  Por ello, él no vio otra solución distinta a la lucha armada, que en ese tiempo era una opción creíble. Sin embargo, como sabemos, a pesar de su generosa entrega, fracasó en su intento.

NG: Después de este fracasado intento, ¿cómo aprecia la viabilidad de la lucha armada hoy en América Latina?

FH: Yo no creo que en la coyuntura actual, la lucha armada pueda ser la solución. Por varias razones. El adversario tiene hoy muchas más fuerzas y más sofisticadas que hace unos años, pero especialmente por el peligro de  enfocar todo en el aspecto armado y terminar  institucionalizando una lógica militar que es exactamente la misma del adversario. No excluyo que en ciertas coyunturas la lucha armada sea legítima. De hecho, yo participé en la resistencia armada en Bélgica durante la Segunda Guerra Mundial y nadie jamás podrá  discutir la legitimidad de nuestra lucha. No se puede caer en una acción puramente pacifista, pero tampoco en un fundamentalismo de la lucha armada.

Desde esta perspectiva, no creo que en la situación actual de Colombia la lucha armada en sí misma pueda representar la solución. La única solución es la organización del pueblo, poco a poco, y la construcción de fuerzas sociales. Y finalmente, porque el aspecto armado vela el carácter fundamental de la lucha social en cualquier tipo de sociedad, que es un problema de estructura social y Colombia no es la excepción.

NG: Una de las ideas de Camilo era  la de conformar un frente unido. ¿Conserva hoy día alguna vigencia esa propuesta?

FH: Yo pienso que sí. La globalización del neoliberalismo golpea a todas las sociedades del mundo y vemos que cada vez más personas son afectadas por este proceso, lo cual hace posible que efectivamente se puedan realizar alianzas entre diversos grupos sociales para  tratar de luchar contra el neoliberalismo. Por esa razón, yo veo muchas convergencias.  Pero no a cualquier precio. La meta debe ser reunir fuerzas que luchan contra el neoliberalismo, contra la dominación del capital y en la búsqueda de alternativas a este sistema económico, político, social y cultural. Por ello, me parece absolutamente necesario crear una convergencia no solamente de partidos políticos, sino principalmente de fuerzas sociales. Y en este sentido, la idea de un Frente Unido es realmente valiosa para el momento.

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