Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - julio de 2004 -Nº 8   ISSN 01246704


La Amazonia

Entre el mito de la biodiversidad
y el extravío estatal

Carlos G. Zárate Botía

 

 La actual política del Estado colombiano de erradicación de cultivos ilícitos, en el marco de la aplicación del llamado Plan Colombia, que tiene a la Amazonia como su principal escenario, se puede convertir en uno más de los infames episodios que desde hace varias centurias han ensombrecido a la región y a sus pobladores nativos. Para entender el porqué de esta situación basta con hacer una somera revisión de los profundos equívocos que históricamente han cometido, primero los imperios coloniales y luego las modernas naciones, en su intento por convertir a la Amazonia en otro espacio dónde realizar sus sueños de explotación, enriquecimiento o “civilización”.

Para comenzar, no debemos olvidar que la vecina nación brasileña debe su nombre original a la abundante cantidad de pao brasil con que los conquistadores portugueses se toparon en su gesta de descubrimiento. Como cuentan muchos relatos(1), venían en búsqueda del Dorado y en su lugar “solo” encontraron madera. Esta expectativa frustrada fue en buena medida la responsable de que el Brasil y la Amazonia no despertaran mayor interés entre los conquistadores portugueses durante el primer siglo de descubrimiento y conquista. No obstante, portugueses y españoles terminaron por establecer un régimen colonial en la Amazonia, bajo la premisa de desconocer y destruir este ignoto nuevo mundo de relaciones humanas y naturales y de tratar de imponer, por la fuerza combinada de la cruz y de la espada, el suyo propio. El balance del periodo: la despoblación de la selva(2) como resultado de la transmisión generalizada de enfermedades de origen europeo; la esclavización de gran parte de las poblaciones ribereñas; el desplazamiento y la relocalización forzada de buena parte de la población nativa, así como el inicio de una creciente presión sobre la fauna y la flora regionales a través del establecimiento de la llamadas economías extractivas, que comenzaban a satisfacer la demanda de las metrópolis de la época de productos tropicales.

Con el fin del periodo colonial, la transformación y la destrucción de la Amazonia no se detuvo, por el contrario, adquirió nuevos contornos ante los ciclos de presencia-ausencia de los Estados nacionales emergentes, propiciando la multiplicación de los equívocos y de los vectores de presión sobre el medio y sobre la gente, esta vez a partir de sus estrategias de dominio y expansión territorial, de la difusión de las nuevas identidades nacionales y del intento de implantación generalizada del capitalismo occidental. La definición de las fronteras de nuestro país en la Amazonia en las primeras décadas del siglo XX, así como la de nuestros vecinos Brasil y Perú, sin olvidar a Ecuador y a Bolivia o incluso Venezuela, vino de la mano del exterminio casi total de etnias como la Uitoto, que habían logrado sobrevivir al régimen colonial, esta vez a cargo de comerciantes caucheros que, al margen de toda normatividad legal o humanitaria, practicaron las más variadas formas de expoliación de la mano de obra indígena. Con ellos arribaron otros elementos que se han venido a considerar propios de la “civilización” y el “progreso”, como la navegación a vapor, la difusión del uso de las armas de fuego y la introducción de bienes de consumo, muchos de ellos superfluos, a cambio de los productos naturales exportados y a los cuales pronto se habituaron los colonos recién llegados y los pobladores nativos. El precio ambiental de este “progreso” no tardó en hacerse evidente a juzgar por la desaparición de buena parte de los quinales y cauchales silvestres(3), el aumento de la deforestación de las orillas de los grandes ríos amazónicos, para satisfacer la insaciable demanda de leña de los vapores, el crecimiento de la caza indiscriminada de los mamíferos de la selva o la extinción, entre otras especies, de la otrora numerosa población de tortugas del río Amazonas.

La razón del extravío estatal

Ausencia del Estado es la frase, por demás de poca o ninguna utilidad, que se usa comúnmente para caracterizar y describir la poca o ninguna acción por parte de quienes, desde su acceso al poder político, han tenido la opción de incidir en el destino de grandes porciones del territorio de nuestro país, entre ellas de la Amazonia, en relación ya sea con sus posibilidades de desenvolvimiento relativamente autónomo y/o de integración coherente al resto de la nación. Si se quiere hacer justicia al respecto, la acción del Estado en la Amazonia, así como en otras áreas antes denominadas territorios nacionales y hoy consideradas simplemente como marginales (término que tiende a denotar la continuidad de la ignorancia con respecto a ellas), más que por su ausencia, puede caracterizarse por otros muchos calificativos que denotan su presencia errática. Vale decir entre otros, por su incoherencia, atomización e intermitencia.

La perplejidad de nuestras elites con respecto a la Amazonia y a sus habitantes, junto con la obsesión de imponer políticas públicas basadas en modelos inadecuados de integración, pasando por alto su verdadera magnitud espacio-temporal así como sus condiciones específicas, han sido la causa y el resultado de una visión que les ha impedido ver la importancia histórica y estratégica de una región, que junto con la Orinoquia representan mas de la mitad del territorio nacional y casi el 80 por ciento de sus fronteras terrestres, en la conformación del espacio y la sociedad nacionales.

 Hasta la definición jurídica de los linderos amazónicos de nuestra nación, a comienzos del siglo XX, la débil acción estatal de Colombia en la región, contrastó con la febril actividad comercial y política ejercida por Brasil y Perú a lo largo y ancho de lo que ellos consideraron su espacio amazónico. Mientras estos países trabajaban por articular efectivamente su Amazonia al resto de la economía y la sociedad nacionales en la segunda mitad del siglo XIX, el nuestro reducía su acción casi exclusivamente a la reivindicación de una cartografía oficial decimonónica, que cómodamente le asignaba un dominio amazónico que se extendía hasta la desembocadura del Caquetá (Japura en Brasil) en el Amazonas. Además, el Estado colombiano, a diferencia de sus dos vecinos atrás mencionados, aún pugnaba por superar sus disensiones internas y por constituir un mando unitario, lo cual finalmente hubo de lograrse bajo el autoritarismo conservador.

Con posterioridad y por lo menos hasta la mitad del siglo XX, la construcción de nación en la Amazonia estuvo principalmente a cargo de la Iglesia y de las fuerzas armadas. Así, las instituciones militar y eclesiástica, al igual que en el pasado colonial, continuaron teniendo un peso muy grande como instituciones de frontera. Desde entonces y hasta ahora, nuestra frontera amazónica se sigue entendiendo desde una concepción obsoleta de seguridad y soberanía, simplemente como unos cuantos puntos de una línea que hay que defender mediante presencia militar. La diferencia, con respecto al periodo colonial es que, en los tiempos del Estado-nación estas dos instituciones debieron asumir, de manera inadecuada y con todas sus grandes limitaciones, una desproporcionada misión, consistente en generar y encaminar los procesos de producción de legitimidad, integración, soberanía e identidad, en estos extensos espacios del territorio nacional. Aún hacen falta juiciosos análisis que expliquen cómo la Iglesia y específicamente las órdenes misioneras, formadas casi exclusivamente por curas extranjeros, a partir del control confesional de la educación, encararon la esencial tarea de difundir y generar una identidad específicamente nacional en las áreas de frontera.

Con estos antecedentes, durante la segunda parte del siglo XX la Amazonia debió soportar, también sin mayor mediación estatal, los fenómenos que habrían de marcar su actual sino: una colonización desbocada hija de la violencia y la expropiación campesina en las zonas andinas; el arribo del espejismo, primero del oro negro en el Putumayo, y finalmente del oro blanco en áreas aún más extensas de toda la vertiente oriental. Los resultados de estos nuevos ciclos extractivos legales e ilegales, que tuvieron en los sucesivos gobiernos a un mudo espectador, no podían ser diferentes a la difusión de la violencia a la región amazónica, la deforestación de millones de hectáreas de bosque primario por la generalización de la ganadería extensiva y la ampliación de la llamada frontera agrícola y, en fin de cuentas, la transformación radical del paisaje andino-amazónico y por tanto, la pérdida irreparable de buena parte de los ecosistemas del piedemonte oriental.

La promulgación de la Constitución de 1991 y la elevación de los antiguos territorios nacionales a departamentos, a pesar de los augurios de reorientación en la acción del Estado y de las promesas de redención de estos inmensos territorios, han mostrado finalmente su inocuidad. La anunciada organización territorial, el desarrollo de las funciones públicas, la descentralización, la autonomía y el fortalecimiento municipales en la Amazonia o el progreso económico, como en otras partes del país, hoy han pasado a enriquecer la retórica histórica que nos ha consagrado como nación de leguleyos.

Lo anterior explica por qué la actual debilidad del Estado-nación en su región oriental amazónica y por consiguiente en sus áreas fronterizas, tal vez con la aparente excepción de Leticia(4), tiene también hondas raíces históricas. Veinte años antes de la tan rememorada gesta de 1932 de devolución de Leticia por parte del gobierno peruano, el Estado colombiano ya había fracasado en su misión de defender las fronteras amazónicas. Cierta amnesia intencional nos impide recordar el vergonzoso papel de nuestro gobierno durante la primera guerra fronteriza con el Perú en 1911, cuando la toma del puesto de la Pedrera, como la inercia estatal en su tarea de defender a miles de indígenas y cientos de colonos en el Putumayo, del exterminio o de su traslado al Amazonas peruano, propiciados por la Casa Arana. Luego de la Guerra con el Perú y a pesar de una serie de intentos parciales e inconexos del Estado, incluidos algunos experimentos de colonización militar, la situación precaria de la población indígena y de colonos de la región, tal vez con la excepción del reconocimiento de territorios indígenas a través de los resguardos, continua sin mayor variación. Como se reconoció en un reciente estudio periodístico “quienes, en las oficinas ministeriales en Bogotá, discuten de soberanía, están en mora de prestar atención a esos habitantes de los confines de Colombia, los más olvidados entre los olvidados del país”(5).

Hoy, como hace un siglo, la región amazónica continua siendo escenario de guerra, una guerra interna, con consecuencias externas, propiciada en parte por la inacción y en parte por la acción equívoca de un Estado que, ante su incapacidad para ponerse al frente de un proceso de integración de largo aliento, se ha convertido en un actor más de generación de violencia contra la población y de destrucción del medio ambiente amazónico.

En este contexto, no se puede menos que dudar de la autenticidad y de los alcances del inesperado redescubrimiento de nuestras zonas fronterizas, por parte de quienes están al frente de entidades como la Cancillería. Más por presiones externas de quienes financian el Plan Colombia(6) o atendiendo a la justificada preocupación de nuestros vecinos amazónicos, que por una convicción propia enmarcada en una estrategia de consolidación de región y de nación, se ha anunciado con notas altisonantes, que las fronteras son importantes y que habrá inversión social en ellas. Sin embargo, no hay nada que permita pensar que esta vez la distancia entre el discurso y los hechos, para no ir muy atrás, será menor que cuando se promulgó hace ya casi una década la llamada Ley de Fronteras. 

Una política ambiental contra natura

La política ambiental del Estado colombiano con respecto a la Amazonia tampoco ha estado exenta de ambigüedades y equívocos. Para no ir muy lejos, la decisión del Ejecutivo de continuar con las fumigaciones de cultivos ilícitos a través del funesto método de la aspersión aérea y la de extender esta ahora a los parques nacionales naturales, vuelven a poner al joven Ministerio del Medio Ambiente entre la espada y la pared. De hecho los orígenes de esta institución no fueron los más propicios si tenemos en cuenta los arreglos políticos que constriñeron su accionar inicial y los que han determinado que, por ejemplo, las llamadas Corporaciones Autónomas Regionales no hayan podido sustraerse a los dictados de la tradicional politiquería regional y local. Lo más paradójico del asunto es que ahora, el Ejecutivo y las autoridades encargadas de implementar la llamada política de lucha contra el narcotráfico muestran una inusual militancia a favor de los ecosistemas amazónicos, por los daños ambientales ocasionados en el establecimiento de cultivos ilícitos, mientras que al Ministerio del Medio Ambiente le asignan la triste tarea de legitimar acciones que, desde el punto de vista ambiental, ocasionan más perjuicios que los que pretenden evitar. Son los síntomas del llamado frenazo ambiental del actual presidente(7) y por tanto del lánguido fin de una entidad que se esta viendo abocada a una muerte prematura, gracias a su reciente reestructuración, al creciente estrangulamiento presupuestal, pero sobre todo a la desnaturalización de su misión.

La justificación del actual gobierno para continuar con sus políticas de interdicción, seguridad “democrática” y ceguera ambiental en la Amazonia, contra cualquier argumento de su propia legalidad y desconociendo las numerosas denuncias de perjuicios y arbitrariedades contra la población de la región, resulta muy clara. Sacrificar una región de poca importancia económica actual, con un potencial que a ciencia cierta se desconoce, habitada por colonos e indígenas que conviven con la ilegalidad, parece no ser un precio muy alto si se quieren mostrar resultados, así sea coyunturales y puntuales, en la llamada lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. No serán consideraciones de tipo social o ambiental en una región como la amazónica, marginal y deleznable en la estrecha mente nacional de nuestros tecnócratas neoliberales, las que pongan freno a la ilimitada obsecuencia que ha mostrado el actual Ejecutivo con respecto a los intereses estratégicos globales de los Estados Unidos.

Gracias a esto, muchas comunidades que apenas conocían la acción lejana del Estado, bajo el estigma de ser conniventes con la ilegalidad o bajo cualquier otro pretexto, hoy sufren el cambio de un actor armado ilegal por otro con insignias oficiales, viendo cómo la promesa de futuro, basada en una inclusión verdaderamente democrática de su población y en el goce de la biodiversidad, de la cual históricamente se han lucrado muchos, menos sus dueños, se convierte en uno más de los mitos que han hecho de la Amazonia una región afamada aunque para muchos aún ininteligible. Ninguna cantidad de dólares, ni millares de soldados estacionados en algunos puntos de la selva o de la frontera, podrán suplir mediante generación espontánea y, en uno o dos años, la larga ausencia de una verdadera política de integración de la Amazonia a la nación colombiana.

 

           Notas

1 Ver por ejemplo el libro de John Hemming: Red Gold. The Conquest of the Brazilian Indians 1500-1760. Cambridge: Harvard University Press, 1978 pp. 8 y ss.

2 Esta despoblación ha dado sustento a otro de los numerosos mitos que se han establecido sobre la Amazonia: el mito del espacio vacío. Ver: Comisión Amazónica de Desarrollo y Medio Ambiente. Amazonia sin mitos.

3 Según C. Domínguez, a fines del siglo XIX en una franja de 200 kilómetros “se destruyeron los árboles de caucho negro y blanco desde el río Ariari hasta el Ecuador” cfr. C. Domínguez y Augusto Gómez. La economía extractiva en la Amazonia colombiana 1850-1930. Bogotá: Corporación Araracuara, 1990.

4 En Leticia tienen asiento desde hace años, más de cincuenta entidades del orden nacional y no obstante esta abultada “presencia” institucional, la acción del Estado se ha caracterizado por su atomización, incoherencia, falta de continuidad y reducida incidencia regional.

5 El Tiempo. Especial Fronteras. Agosto 8 de 2003.

6 Bill Clinton, por ejemplo, en los comienzos de la implementación del Plan Colombia, estaba muy bien advertido del papel de los países limítrofes en la producción y tráfico de drogas. Ver el artículo de W. Mendel “Colombia’s treaths to regional security”. Military Review. (Vol. 81) Mayo-junio de 2001. pp. 2-15.

7 Ver la entrevista con los ex ministros del ambiente aparecida en Lecturas Dominicales, El Tiempo, 14 de diciembre de 2

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