Nueva Gaceta  

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Bogotà, Abril - julio de 2004 -Nº 8   ISSN 01246704


Reino Unido

 

Tony Blair y su papel como

gendarme de Estados Unidos

 

David Raby. Especial Para Nueva Gaceta

 

En la política internacional de la época contemporánea uno de los elementos más constantes ha sido la alianza entre Inglaterra –o para ser más exactos, el Reino Unido– y los Estados Unidos. Tan es así que para muchos parece ser un asunto que no merece análisis: el apoyo mutuo de las dos potencias imperialistas anglosajonas sería casi una ley de la naturaleza, una cuestión de sangre. Pero esta visión ignora las profundas diferencias históricas y culturales y los intereses específicos de los dos países, que distan mucho de ser idénticos.

De potencia hegemónica a lacayo de Washington

Es evidente que la orientación de la política internacional británica se debe fundamentalmente a su condición de ex-potencia hegemónica, de haber sido el centro imperial por excelencia durante el siglo XIX (hasta la Primera Guerra Mundial). Pero en esa época eran frecuentes las tensiones y hasta los conflictos abiertos entre los dos países, desde la Guerra de 1812 (cuando las tropas británicas saquearon Washington) hasta principios del siglo XX, cuando Gran Bretaña cedió a los primos transatlánticos el control de la región caribeña, reconociendo implícitamente la doctrina Monroe. El momento crítico en este aspecto fue la contienda de la deuda venezolana en 1902-03: descontentos con la posición del Presidente Cipriano Castro con relación a la cuestión financiera, los británicos y alemanes impusieron un bloqueo naval de los puertos venezolanos, pero Washington exigió el retiro de los europeos y se hizo responsable de la recolección de la deuda. Por primera vez en más de un siglo, Londres aceptaba la exclusión de sus fuerzas de una zona marítima importante. A las dos guerras mundiales siguió un período de treinta años de gran inestabilidad y de disputa con otras potencias por la hegemonía internacional, pero en 1945 quedó clara la posición de dominación indiscutible de Estados Unidos en el mundo capitalista. En esta situación, la clase dominante británica hizo una opción estratégica que se ha mantenido hasta hoy, de convertirse en el aliado principal de Washington, estableciendo una relación especial que le permitía participar en la gestión del nuevo imperio, o por lo menos mantener la ilusión de participar.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy los límites de la autonomía de las potencias capitalistas secundarias (Reino Unido, Francia, Alemania y Japón) han sido muy evidentes; esto se demostró claramente con el descalabro de la intervención anglo-francesa-israelí en Suez en 1956, contra la voluntad de Estados Unidos. Pero estas potencias siempre mantuvieron una cierta capacidad de actuación independiente, o por lo menos de limitar o retirar el apoyo a las políticas más agresivas o controvertidas de Washington. Así por ejemplo el gobierno laborista de Harold Wilson se negó a mandar tropas británicas a Vietnam, aunque ofrecía apoyo político y logístico a la guerra norteamericana. Hasta Margaret Thatcher expresó su discrepancia con las intervenciones norteamericanas en Granada y Panamá. Pero con Tony Blair y el «nuevo laborismo» («New Labour») parece que hemos llegado al entreguismo total: justo cuando se esperaba un cambio después de dieciocho años de gobiernos conservadores, lo que se ha visto es una subordinación casi completa a Washington, y eso con la administración más agresiva y derechista que se ha visto en EU en casi cien años.

El proyecto de Blair

Para entender este viraje paradójico hay que analizar con cierto cuidado el proyecto blairista en su conjunto. En los años setenta la intensificación de las luchas sociales amenazaba la estabilidad del capitalismo británico, y la izquierda estaba a punto de llevar al Partido Laborista a posiciones abiertamente anticapitalistas; fue en esta situación que la Thatcher surgió como representante de un proyecto intransigente de recuperación de la hegemonía burguesa, estilo «Pinochet light» (y no es casual la amistad de la «dama de hierro» con el dictador chileno). La represión del movimiento sindical, que culminó con la derrota de la segunda huelga de los mineros de carbón en 1984, la privatización y la reducción sistemática de los beneficios sociales marcaron el verdadero viraje de nuestra época en la política británica: la derrota de la ideología del «Welfare State» (Estado de Bienestar) y del consenso que prevalecía desde la Segunda Guerra Mundial o incluso en cierto sentido desde el gobierno Liberal entre 1906 y 1911. El éxito de la «revolución thatcherista» y la victoria conservadora en cuatro elecciones generales seguidas produjo una profunda crisis en el Partido Laborista, y Blair llegó a la dirección del partido con la misión de volverlo de nuevo «elegible». Joven, dinámico y carismático, Tony Blair parecía representar el espíritu de los años noventa, moderno, post-socialista y democrático: prometía acabar con la agresividad y la injusticia del thatcherismo sin volver al dogmatismo conflictivo del viejo laborismo (así por lo menos era la imagen del partido creado por los medios de comunicación).

Pero lo que Blair representaba en el fondo no era tanto una renovación del Partido Laborista, sino el proyecto de capturarlo para el neoliberalismo: un golpe de Estado con la finalidad de acabar con todo lo que alguna vez tenía de socialismo y de vínculos orgánicos con la clase obrera(1). Se eliminó la famosa Cláusula 4 de la constitución del partido, que proclamaba la meta de «nacionalización de los medios de producción, distribución e intercambio»; se expulsó a los trotskistas infiltrados en el partido y se impuso una disciplina centralista sin precedentes que daba a la dirección un control casi total sobre la formulación de políticas y la selección de candidatos. Los congresos laboristas, antes notoriamente conflictivos pero también creativos y relativamente democráticos, se convirtieron en tristes exhibiciones de unanimismo al peor estilo estaliniano. Se adoptó como modelo obligatorio para todos los servicios públicos la «parcería público-privada» que implica en la práctica la subordinación de todo el sector público al principio de lucro privado. Aunque por primera vez en la historia del país (!) se introdujo un salario mínimo, se mantuvieron las leyes thatcheristas antisindicales que ilegalizan cualquier huelga sin votación formal previa y prohíben las huelgas de solidaridad.

La cuestión europea

En política internacional, uno de los grandes problemas del país desde los años cincuenta era la posición que debía tomarse frente a la construcción europea. Toda la tradición británica era antieuropea, anticontinental: el imperio se había construido primero contra España, luego contra Francia y finalmente se había defendido contra Alemania. Pero en la nueva situación de hegemonía norteamericana, la unidad europea era no solamente un ideal pacifista sino una solución práctica a la debilidad y el aislamiento de los países individuales. Por eso en 1973, 17 años después del Tratado de Roma, el gobierno del conservador moderado Edward Heath llevó al Reino Unido a entrar en el Mercado Común (hoy Unión Europea); pero muy pronto se hizo evidente que el papel del nuevo socio iba a ser el de participar con reservas, a regañadientes y el de levantar siempre obstáculos a una mayor integración, e incluso a veces el de actuar como Caballo de Troya de los Estados Unidos dentro de la Unión Europea.

Cuando el «New Labour» llegó al poder mucha gente esperaba que en este aspecto por lo menos se fuera a producir un cambio radical. El mismo Blair había proclamado frecuentemente sus simpatías europeas y la convicción de que el país tenía que participar de manera constructiva en la Unión; decía que el Reino Unido debería adoptar el euro y prometía llevar el asunto a un referendo popular. Fue grande la decepción de los europeístas, por lo tanto, cuando el gobierno empezó a postergar sistemáticamente el referendo y a tomar una posición cada vez más ambigüa al respecto. Con la guerra de Irak las diferencias de Blair con los socios europeos se volvieron abiertas y radicales, y está por verse hasta qué punto se pueden sanar las heridas.

América Latina en la política británica

La guerra y la ocupación de Irak son el punto neurálgico de la política externa de Blair, pero con muy pocas excepciones, la fidelidad a Washington ha sido la regla de este gobierno (la principal excepción es en materia ecológica donde, por ejemplo, el Reino Unido apoya el Protocolo de Kyoto). El gobierno defiende el neoliberalismo en general y por lo tanto el Alca, aunque puede haber algunas aristas en la medida en que este acuerdo implica privilegios exclusivos para el capital norteamericano. También defiende el Plan Colombia y, junto con España, el Reino Unido ha tomado la delantera en cambiar la posición de la Unión Europea en relación con el conflicto colombiano; donde hace tres o cuatro años la UE facilitaba los diálogos de paz y tenía una posición claramente independiente, ahora se ha convertido en aliada del gobierno de Uribe en nombre de la «guerra contra el terrorismo».

Aquí entran en juego los intereses específicos del capital británico: la BP en el petróleo, la Anglo-Gold y BHP Billiton en la minería. Gran Bretaña se ha convertido en el segundo país con mayores inversiones en Colombia (después de Estados Unidos)(2), y lógicamente apoya los esfuerzos del principal gendarme del planeta por mantener el control del país. No debe sorprender que haya acusaciones de complicidad de la BP con los paramilitares, o que haya participación británica en el entrenamiento de la policía y operaciones (nunca oficialmente reconocidas) de las Special Air Services (tropas especiales británicas).

Aunque no es extraño que en términos generales Blair se haya mantenido fiel a la relación especial con Washington, es cierto que hace dos años nadie esperaba que diera un apoyo a ultranza a la «guerra contra el terrorismo» y la agresión a Irak cuando ésta suscitaba una oposición tan fuerte en el mundo entero. Aquí sí hay algo nuevo, y es la opción de Blair de amarrar el país a la alianza americana en la nueva situación post-11 de septiembre, justo cuando la política agresiva de la administración Bush en defensa de la hegemonía unipolar empezaba a provocar oposición. Esta opción de Blair no era inevitable y todavía puede traer consecuencias muy graves para el país y fatales para su carrera política.

El movimiento contra la guerra
y la crisis del blairismo

Si la opción guerrerista de Blair fue una sorpresa, otra sorpresa mayor fue el movimiento contra la guerra que alcanzó dimensiones nunca antes vistas y estaba a punto de tumbar el gobierno en febrero-marzo del año pasado. Fue solo empeñando todo su capital político y toda su terquedad personal que el Primer Ministro logró limitar la revuelta en las filas laboristas en el voto crucial del Parlamento. Y no era para menos: un gobierno que había llegado al poder con promesas de reformas sociales y políticas y que ahora sacrificaba todo a una guerra injusta, impopular y peligrosa. La Coalición Contra la Guerra (Stop the War Coalition) amenazaba producir un cambio político radical, y todavía puede llegar a crear un nuevo movimiento político de largo alcance.

Es aquí donde se encuentra lo más interesante del escenario político británico en este momento: aunque por ahora Blair mantiene el control del gobierno y del Partido Laborista, su prestigio personal y el del partido han sufrido daños posiblemente irreparables. La Coalición Contra la Guerra se ha convertido en la mayor fuerza política extra-parlamentaria que se haya visto en muchos años, movilizando a muchos sectores supuestamente despolitizados: jóvenes, mujeres, musulmanes y otras minorías étnicas, desempleados. Las manifestaciones, que culminaron el 15 de febrero del 2003 con la gran marcha de dos millones de personas, no solamente alcanzaron dimensiones históricas sino que radicalizaron a mucha gente que antes era aparentemente conformista: se asistió repetidamente al espectáculo de señoras bien vestidas de la clase media provincial bloqueando las calles de Londres y otras ciudades y dando la mano a punks y musulmanes. Muchas figuras importantes del establecimiento, desde políticos de todos los partidos a obispos y militares retirados, se pronunciaron contra la guerra, a veces de manera radical. El movimiento empezó a formar una conciencia claramente anti-imperialista: con la consigna «¡No War for Oil!» (¡Ninguna Guerra por el petróleo!) y contra el intervencionismo, había una gran receptividad a las denuncias del Plan Colombia y del golpe venezolano de abril de 2002.

Evidentemente existe el peligro, como en cualquier movimiento espontáneo y limitado a una cuestión específica, de desmovilización y dispersión. Pero es interesante que meses después del fin oficial de la guerra, se consiguiera hacer otra manifestación bastante grande contra la ocupación de Irak (a finales de septiembre), y en noviembre las manifestaciones contra la visita de Bush a Londres alcanzaron dimensiones y niveles de militancia impresionantes, a pesar de las medidas oficiales preventivas. Aquí se nota una vez más la radicalización de un sector del establecimiento: el alcalde de Londres, Ken Livingstone (laborista independiente, expulsado del partido por su oposición a Blair), proclamó su solidaridad con los manifestantes y declaró que para él, «Ese señor [Bush] es el mayor peligro que existe para el futuro del planeta». Otros laboristas disidentes, como el diputado escocés George Galloway -orador carismático que se ha distinguido en la solidaridad con la causa árabe- también han tenido que enfrentar medidas represivas de parte del gobierno: a Galloway lo acaban de expulsar del partido. Es en estas circunstancias que varias figuras como Galloway, el cineasta Ken Loach, el ambientalista George Monbiot y algunos dirigentes de la comunidad musulmana acaban de anunciar el lanzamiento de un nuevo movimiento político contra el neoliberalismo y la guerra y a favor de la unidad popular.

El impacto de la movilización popular también se nota dentro del sistema político tradicional. Una franja grande del electorado laborista o potencialmente laborista se siente completamente defraudada con motivo de la guerra, pero el descontento no se está canalizando principalmente al Partido Conservador, frente al cual muchos electores mantienen el rechazo que sentían contra la Thatcher. El gran problema es el sistema electoral de circunscripciones uninominales de mayoría sencilla, que favorece fuertemente el bipartidismo y hace muy difícil que un tercer partido consiga representación importante en el Parlamento. Pero incluso así ha habido una subida importante del Partido Liberal-Demócrata, que tiene más de 20 por ciento del voto popular y 8 por ciento de los diputados. Lo interesante de este partido es, primero, que fue el único partido importante en oponerse a la guerra; segundo, que es claramente pro-europeo; y tercero, que defiende una reforma electoral para establecer la representación proporcional (es decir, que cada partido tenga el número de diputados correspondiente al porcentaje del voto popular). Si en las próximas elecciones generales este partido consigue el balance del poder, puede obligar al laborismo a formar un gobierno de coalición e imponer la reforma del sistema electoral, lo que permitiría una diversificación importante de las fuerzas políticas representadas en el Parlamento y haría mucho más difícil en el futuro la imposición por el gobierno de una política tan impopular como la invasión a Irak. Ya en noviembre del año pasado, en una elección parcial en una circunscripción de Londres de fuerte mayoría laborista, el candidato liberal-demócrata (una mujer joven) ganó la elección, derrotando a laboristas y conservadores, y muchos electores citaban la guerra como motivo de este cambio de actitud.

A mediano plazo, el Reino Unido bien puede enfrentar una crisis política de grandes dimensiones. Aunque de momento la economía va bien, la estabilidad se ha conseguido con base en le desindustrialización y el trabajo precario. El gobierno de Blair ha impuesto la «asociación público-privada» (public-private partnership) en todos los servicios públicos –educación, salud, correos, pensiones, ferrocarriles– con la consecuencia lógica del fin del principio de la universalidad y la exclusión de mucha gente pobre de los beneficios, según el clásico modelo yanqui(3). Siguiendo la línea de Margaret Thatcher, este gobierno «laborista» ha mantenido la política de «flexibilidad» laboral, y el website del Ministerio de Comercio se ufana de que «Los costos laborales totales en el Reino Unido están entre los más bajos de Europa... La ley británica no obliga a los empleadores a ofrecer un contrato escrito [a los trabajadores]... El Reino Unido tiene la tasa de impuestos más baja de cualquier país industrializado importante para las corporaciones...»(4) El país tiene el horario de trabajo más largo de la Unión Europea, y las prestaciones sociales, los transportes y otros servicios públicos son claramente inferiores en relación con Francia, Alemania u otros países continentales. Aunque los medios de comunicación han creado una opinión anti-europea y pro-yanqui, hay un sector cada vez mayor que resiente la dominación cultural norteamericana y el triste papel británico de lacayo de Washington, y que entiende que la única alternativa a la participación constructiva en la Unión Europea es la subordinación cada vez mayor al gigante americano, el papel de 51 Estado.

 

         Notas

1 Por supuesto, el Partido Laborista nunca fue revolucionario, pero como formación reformista y socialdemócrata sí tenía fuertes raíces en la clase obrera británica e ideología socialista.

2 Grace Livingstone, Inside Colombia: Drugs, Democracy and War (Londres, 2003, Latin America Bureau), pp 107-108, 120-122. La BP es la multinacional con mayores inversiones en Colombia.

3  Allyson Pollock, «Selling off by stealth is here to stay», The Guardian, 11/2/04, p 26.

4 Citado en Polly Toynbee, «The real reason why we should fear immigration», The Guardian, 11/2/04, p 26.

 

 

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