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Una clave
para entender las condiciones laborales
en el período
neoliberal
La teoría
marxista de la plusvalía absoluta
Consuelo
Ahumada Beltrán
_______________
Presentamos a continuación una versión resumida de la ponencia con la cual
la directora
de la revista formalizó su ingreso como miembro de número a la Academia
Colombiana
de Ciencias Económicas, el 10 de diciembre de 2003. Los comentarios fueron
realizados
por el doctor Diego Roldán.

Eduardo Sarmiento, Consuelo Ahumada, Manuel
Ramírez, presidente de la academia colombiana de ciencias
Económicas, Raúl Alameda, secretario
perpetuo de la misma y Diego Roldán, comentarista de la ponencia.
En el
curso de los dos últimos decenios, las condiciones laborales y sociales de
los trabajadores se han deteriorado de manera constante, como resultado de
la puesta en práctica de las políticas derivadas de los planteamientos
neoliberales. Los programas de ajuste fiscal, que se aplican por doquier
en América Latina como eje de los acuerdos con el Fondo Monetario
Internacional, han afectado negativamente la situación de los sectores
laborales. Aunque este deterioro ha sido más claro en los países
subdesarrollados, también se ha presentado en las economías más
industrializadas del mundo y ha sido uno de los rasgos más notorios del
proceso conocido en términos generales como la globalización.
En el
presente trabajo se analizará la teoría marxista de la plusvalía, con el
objeto de contribuir a la explicación de las condiciones laborales en el
mundo actual. Se parte de la tesis de que en el período neoliberal, el
capitalismo recurre fundamentalmente al alargamiento de la jornada de
trabajo, es decir, al incremento de la plusvalía absoluta, con el objeto
de contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Por
ello, el desarrollo tecnológico sin precedentes que se ha dado en los
últimos tiempos no ha contribuido al mejoramiento de las condiciones
laborales y sociales de la mayor parte de la población, sino que ha ido
aparejado de un deterioro, también sin precedentes, de dichas condiciones.
La superexplotación de los trabajadores y su sometimiento a condiciones de
vida y de trabajo equiparables a las de la época de la revolución
industrial, son el resultado del modelo vigente de acumulación, que
beneficia exclusivamente a las empresas multinacionales y al capital
financiero, al servicio de los intereses de los países más poderosos del
orbe.
El
trabajo consta de tres partes. En la primera, se desarrollan los
principales elementos de la teoría marxista de la plusvalía; en la
segunda, se examina la ley de la tendencia decreciente de la cuota de
ganancia, formulada por Marx, y la tercera parte se centra en el análisis
de los principales argumentos teóricos neoliberales y de las políticas
derivadas de dichos argumentos, tendientes a modificar las condiciones
laborales.
1. La teoría
marxista de la plusvalía
Para
entender el concepto de plusvalía, es necesario partir de un breve
análisis de las condiciones de la producción capitalista y de la teoría
del valor.
a) El capitalismo y la teoría del valor
En la
visión marxista, las relaciones sociales de producción de una sociedad
dada constituyen la base de su estructura de clases. La propiedad privada
de los medios de producción es entendida como la causa fundamental de
desigualdad dentro de la sociedad capitalista. Por ello, la desigualdad es
inherente al capitalismo mismo y la contradicción entre producción social
y apropiación privada es la principal en la sociedad capitalista. En
abierta crítica a la concepción liberal de la sociedad y del Estado, Marx
afirma,
Decir que los intereses del
capital y los intereses de los obreros son los mismos equivale simplemente
a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos aspectos de una
misma relación. El uno se halla condicionado por el otro, como el usurero
por el derrochador y viceversa (...) Incluso la situación más favorable
para la clase obrera, el incremento más rápido posible del capital, por
mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo
entre sus intereses y los intereses del burgués, los intereses del
capitalista. Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo mismo
que antes, en razón inversa(2).
En el
primer tomo de El Capital, Marx aclara que, a diferencia de las sociedades
anteriores, en la producción capitalista, tanto los medios de producción
como el producto son propiedad del burgués y no del productor directo, es
decir, del obrero. Por eso, desde el instante en que entra al taller del
capitalista, el valor de uso de su fuerza de trabajo, y por tanto su uso,
o sea, el trabajo, le pertenece a éste. Cuando compra la fuerza de
trabajo, “el capitalista incorpora el trabajo del obrero, como fermento
vivo, a los elementos muertos de creación del producto, propiedad suya
también” (T I, 147).
Mediante
el proceso de la producción, el capitalista persigue dos objetivos: el
primero, producir un valor de uso que tenga un valor de cambio, lo que
significa producir una mercancía. En segundo lugar, señala textualmente
Marx, “producir una mercancía cuyo valor cubra y rebase la suma de valores
de las mercancías invertidas en su producción, es decir, de los medios de
producción y de la fuerza de trabajo. No le basta con producir un valor de
uso, sino necesita un valor mayor” (T I, 148). Si el obrero requiriera de
todo su tiempo para producir los medios de vida que son necesarios para su
sostenimiento, no le quedaría ningún tiempo libre para trabajar
gratuitamente al servicio de otro, sin lo cual no habría plusvalía ni
existirían los capitalistas.
En la
sección tercera del primer tomo de El Capital, Marx recoge el concepto de
la teoría del valor planteado por primera vez por los economistas clásicos
y señala que el valor de una mercancía se determina por la cantidad de
trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo
socialmente necesario para su producción. Para medirlo, se parte de las
condiciones normales, es decir, las condiciones sociales medias de
producción. Por ello, el valor de una mercancía no es el resultado de la
acción del mercado, con su ley de la oferta y la demanda, sino del proceso
productivo, que se genera dentro de unas relaciones sociales de producción
específicas.
Pero el
factor decisivo es el valor de uso específico de esta mercancía, que le
permite ser fuente de valor, y de más valor que el que ella misma tiene,
apunta Marx, diferenciando su teoría de la de sus antecesores. Este mayor
valor que adquiere una mercancía en el proceso de producción capitalista
es lo que constituye la plusvalía. En términos más precisos, es el tiempo
de trabajo excedente del obrero después de producir el valor de su fuerza
de trabajo. En palabras de Marx, es la materialización del tiempo de
trabajo excedente, o el trabajo excedente materializado. La cuota de
plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de
la fuerza de trabajo por el capital o del obrero por el capitalista (T I,
175-176).
b) La jornada de trabajo
La suma
del trabajo necesario y del trabajo excedente o, en otros términos, del
período de tiempo en el cual el obrero repone el valor de su fuerza de
trabajo y de aquel en el cual produce la plusvalía, constituye la magnitud
absoluta de su tiempo de trabajo, o sea la jornada de trabajo, que es una
cantidad variable (T.I, 187-188).
En el
proceso de producción capitalista, señala Marx, el límite mínimo de la
jornada de trabajo es la parte del día que el obrero tiene forzosamente
que trabajar para obtener su salario. Pero por supuesto que su límite
jamás puede reducirse a ese mínimo. El límite máximo está determinado por
dos factores: el primero, la limitación física de la fuerza de trabajo, y
el segundo, lo que él denomina “ciertas fronteras de carácter moral”: el
obrero necesita una parte del tiempo para satisfacer necesidades
espirituales y sociales. Se trata, entonces, de límites físicos y
sociales, que dentro del capitalismo “tienen un carácter muy elástico y
dejan el más amplio margen” (T I, 189).
El
desarrollo de la moderna industria trae un alargamiento de la jornada
laboral. En efecto, mientras las máquinas permanezcan inactivas, el
capitalista está perdiendo, por cuanto durante ese tiempo éstas no
representan más que un desembolso ocioso de ese capital. Sin embargo,
“prolongando la jornada de trabajo por encima de los límites del día
natural, hasta invadir la noche, no se consigue más que un paliativo, sólo
se logra apagar un poco la sed vampiresa de sangre de trabajo vivo que
siente el capital”, destaca Marx (T.I, 213).
Entonces,
para vencer el obstáculo físico que representan los límites naturales de
la fuerza de trabajo, al capitalista no le queda otra salida que relevar
las fuerzas de trabajo recurriendo a diferentes métodos, como por ejemplo,
estableciendo un régimen de turnos, de día y de noche, para lograr que los
procesos de producción sean de 24 horas diarias. Marx nos deja ver que el
propietario de la fábrica no se pregunta por el límite de vida de la
fuerza de trabajo, por cuanto lo único que a él le interesa es movilizar y
activar el máximo de fuerza de trabajo durante una jornada. Y para
conseguir este rendimiento, “no tiene inconveniente en abreviar la vida de
la fuerza de trabajo”, agrega (T I, 222).
Pero al
alargar la jornada de trabajo, el capitalista no sólo empobrece la fuerza
humana de trabajo, despojada de sus condiciones normales de desarrollo,
sino que “produce, además, la extenuación y la muerte prematuras de la
misma fuerza de trabajo. Alarga el tiempo de producción del obrero durante
cierto plazo, a costa de acortar la duración de la vida” (íbid). También
en su obra Salario, precio y ganancia Marx se refiere a la degradación a
la que la explotación capitalista lleva a los obreros:
El hombre
que no dispone de ningún tiempo libre, cuya vida, prescindiendo de las
interrupciones puramente físicas del sueño, las comidas, etc., está toda
ella absorbida por su trabajo para el capitalista, es menos todavía que
una bestia de carga. Físicamente destrozado y espiritualmente embrutecido,
es una simple máquina para producir riqueza ajena3.
Pero el
progreso de la gran industria permite además emplear obreros sin fuerza
muscular o sin un desarrollo físico completo, que posean, en cambio, una
gran flexibilidad de movimiento. Recordemos que el trabajo incorpora a
mujeres y a niños de ambos sexos. Tal como lo expresa gráficamente Marx,
Los
trabajos forzados al servicio del capitalista vinieron a invadir y a
usurpar, no sólo el lugar reservado a los juegos infantiles, sino también
el puesto del trabajo libre dentro de la esfera doméstica y, a romper con
las barreras morales, invadiendo la órbita reservada incluso al mismo
hogar (T.I, 347).
El
desarrollo de la maquinaria produjo la degeneración física de los niños y
los jóvenes, así como una enorme mortalidad de niños obreros en edad
temprana. En su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels
documenta ampliamente esta situación. Refiriéndose a un informe de una
comisión fabril de una ciudad de Inglaterra, presentado en 1833, señala lo
siguiente:
El informe
de la comisión central relata que los fabricantes comenzaban a ocupar
niños rara vez a los cinco años, a menudo a los seis, con suma frecuencia
a los siete, y mayormente a los ocho o nueve años, que el tiempo de labor
ascendía a menudo de 14 a 16 horas diarias (sin contar las horas libres
para las comidas), que los fabricantes permitían que los capataces
golpeasen y maltratasen a los niños y a menudo hasta ellos mismos se
ocupaban de castigarlos (...) Pero ni siquiera este tiempo de trabajo tan
prolongado satisfacía la codicia de los capitalistas. Se trataba de volver
rentable por todos los medios posibles el capital invertido en edificios y
máquinas, de hacerlo trabajar con la mayor intensidad posible(4).
En las
condiciones de miseria impuestas por el nuevo régimen de producción, el
trabajo de las madres fuera de casa produjo el consiguiente abandono y
descuido de los niños, su alimentación inadecuada e incluso una elevada
mortandad de niños pequeños por esta situación:
A
menudo
las mujeres retornan a la fábrica apenas tres o cuatro días después del
alumbramiento y, como es natural, dejan en sus casas a su lactante; en sus
horas libres deben correr de prisa a sus hogares para amamantar al niño y
de paso comer algo ellas mismas(5).
También
Engels se refiere a la depauperación moral y a la degeneración intelectual
de los niños, convertidos en simples instrumentos para la fabricación de
plusvalía. Entre otros muchos abusos, se cometía el de expedir
certificados escolares a niños a los que no se les suministraba ninguna
enseñanza, infringiéndose así la ley fabril. Más aún, en los inicios de la
producción industrial, los capitalistas se robaban los niños en los asilos
y orfelinatos para ponerlos a trabajar.
En lo que
respecta a las condiciones laborales de los niños, en el primero tomo de
El Capital Marx también hace un extenso recuento de diversos autores de la
época que documentan a fondo el problema. Pero no se queda sólo con
narraciones de segunda mano, sino que introduce directamente en su relato
a los diversos actores del proceso productivo en la moderna industria
fabril: burgueses, inspectores, médicos y, por supuesto, obreros. Como lo
señala el marxista norteamericano contemporáneo Marshall Berman, en un
reciente trabajo denominado “La gente en El Capital”,
Muchas
(de las voces de El Capital) pertenecen a trabajadores industriales y
agrícolas, algunos de apenas diez años de edad, que se atreven a pararse
ante las Comisiones de la Fábrica, frecuentemente asumiendo un alto riesgo
personal, para hacer relatos sobre su trabajo y sus vidas. La mayor parte
de estos obreros no se expresan en el lenguaje de la militancia o siquiera
de la indignación moral; su postura general parece ser la de una
resistencia estoica. No corresponden a la fórmula del Manifiesto
Comunista, pero Marx los escucha con atención y deja que nos hablen
extensamente. Sus voces nos recuerdan las fortalezas humanas: su rechazo
al engaño y la intimidación, su determinación de mirar las cosas de frente
y de decir la verdad. Nos impresiona también su inteligencia austera, la
forma como instintivamente captan las tecnologías complejas, los procesos
industriales, la división del trabajo y las organizaciones en las cuales
se mueven y
viven(6).
Aparte de
tan negativos efectos físicos y morales en los niños, convertidos por
fuerza en obreros, la gran industria trajo el abaratamiento de la fuerza
laboral del individuo. Ahora su valor no se determina ya por el tiempo de
trabajo necesario para el sustento del obrero adulto, sino por el tiempo
de trabajo necesario para el sostenimiento de la familia obrera,
distribuyendo entre todos sus miembros el valor de la fuerza de trabajo de
su jefe y, por tanto, depreciando el valor de la fuerza de trabajo. Así,
“la maquinaria amplía, desde el primer momento, no sólo el material humano
de explotación, la verdadera cantera del capital, sino también su grado de
explotación (T.I, 347).
El
alargamiento de la jornada de trabajo responde a la necesidad de
contrarrestar el desgaste de la máquina, el cual tiene una doble causa: su
uso y su inacción. Pero además del desgaste material, toda máquina está
sujeta al llamado desgaste moral. Las máquinas pierden en valor de cambio
en la medida en que aparecen otras máquinas que tienen un precio más bajo
o que se construyen otras mejores (T I, 356). Lo cierto es que, entre más
larga sea la jornada de trabajo, más corto será el período durante el cual
la máquina reproduzca su valor total, y por lo tanto, menor será su riesgo
de desgaste moral.
c) Relación entre plusvalía absoluta y plusvalía
relativa
¿Cómo
hace el capitalista para incrementar la producción de plusvalía sin
extender la jornada de trabajo? Mediante la reducción del tiempo de
trabajo necesario para producir el salario. Esto quiere decir que una
parte del tiempo que el obrero venía empleando para sí mismo se convierte
en tiempo de trabajo invertido para el capitalista. Así, “lo que varía no
es la longitud de la jornada de trabajo, sino su división en trabajo
necesario y trabajo excedente” (T.I, 269). Esto corresponde a la plusvalía
relativa, que Marx diferencia de la plusvalía absoluta de la siguiente
manera:
La
plusvalía producida mediante la prolongación de la jornada de trabajo es
la que yo llamo plusvalía absoluta; por el contrario, a la que se logra
reduciendo el tiempo de trabajo necesario, con el consiguiente cambio en
cuanto a la proporción de magnitudes entre ambas partes de la jornada de
trabajo, la designo con el nombre de plusvalía relativa (T.I, 271).
Sin
embargo, agrega, esta identidad desaparece cuando se trata de reforzar,
por todos los medios posibles, la cuota de plusvalía, que sólo se podrá
aumentar prolongando de un modo absoluto la jornada de trabajo. La
plusvalía relativa guarda entonces relación directa con la fuerza
productiva del trabajo; se incrementa cuando ésta aumenta y disminuye
cuando ella se reduce. Ello explica el afán y la tendencia constantes del
capitalista a reforzar la productividad del trabajo, para de ese modo
abaratar las mercancías y por consiguiente, el costo de la mano de obra.
De
acuerdo con Marx, en la producción capitalista, la economía del trabajo
mediante el desarrollo de su fuerza productiva no persigue como finalidad
acortar la jornada de trabajo. Se trata simplemente de reducir el tiempo
de trabajo necesario para la producción de una determinada cantidad de
mercancías (T.I, 276). Por ello, en el capitalismo, los inventos mecánicos
no son más que un medio para incrementar la plusvalía.
d) El salario
Del
análisis anterior se deduce que, por muy favorables que sean para el
obrero las condiciones en que venda su fuerza de trabajo, dichas
condiciones llevan siempre consigo dos constantes: la necesidad de volver
a vender dicha fuerza y la reproducción ampliada del capital. Como vemos,
el salario supone siempre la entrega por parte del obrero de una cierta
cantidad de trabajo no retribuido. Por eso, el aumento del salario solo
representa, en el mejor de los casos, la reducción de la cantidad de
trabajo no retribuido que el obrero está obligado a entregar. Pero, como
señala el autor, esta reducción no puede jamás rebasar ni alcanzar
siquiera el límite a partir del cual supondría una amenaza para el sistema
capitalista (T.I, 563).
El
capitalismo puede mantener bajos los salarios gracias a la llamada
superpoblación obrera o ejército industrial de reserva, una de las
condiciones que le son inherentes a ese régimen de producción. David
Ricardo se refirió a este fenómeno como “redundant population”
El
descenso relativo del capital variable con respecto al capital constante,
paralelo al desarrollo de las fuerzas productivas, lleva al incremento de
la población obrera. La paralización de la producción dejará ociosa a una
parte de ella y, de esa forma, empeorarán las condiciones del sector que
trabaja, en la medida en que no tendrá más remedio que aceptar una baja de
salarios, incluso por debajo del nivel medio. De ahí la importancia
decisiva que tiene el desempleo dentro de la sociedad capitalista como
factor que mantiene bajos los salarios e incrementa la ganancia.
2. Ley de la tendencia decreciente de la cuota de
ganancia(7)
Esta ley
formulada por Marx es esencial para entender el funcionamiento del
capitalismo y el desarrollo de sus contradicciones. En la presente
sección, nos referiremos en primer término a la relación entre capital
constante y capital variable y a las causas que contrarrestan dicha ley.
Seguidamente, analizaremos los rasgos generales del imperialismo, con base
en los planteamientos de Lenin, con el objeto de entender cómo opera dicha
ley bajo las condiciones del capital monopolista.
a) Relación entre capital constante y capital
variable
En el
proceso de producción, Marx distingue dos tipos de capital: constante y
variable. La parte de capital que se invierte en medios de producción, es
decir, en materias primas e instrumentos de trabajo, no altera su valor en
el proceso productivo y es la parte constante del capital o capital
constante. El valor de los medios de producción se conserva al
transferirse al producto, por lo que estos no pueden jamás añadir más
valor que el que ellos mismos poseen, “independientemente del proceso de
trabajo al que sirven” (T.I, 165). Por el contrario, tal como se vio en la
primera sección cuando nos referimos a la teoría del valor, la parte de
capital que se invierte en fuerza de trabajo sí cambia de valor en el
proceso productivo mediante la generación de un remanente, la plusvalía. A
ésta parte se le llama parte variable del capital o capital variable (T.III,
168).
Con el
avance del capitalismo, se presenta una utilización creciente de
maquinaria y de diversas formas de capital fijo, por lo que el mismo
número de obreros puede convertir en productos en el mismo tiempo, una
cantidad cada vez mayor de materias primas, lo que trae consigo el
abaratamiento progresivo de los productos. Cada uno de estos, considerado
de manera individual, contiene ahora una suma menor de trabajo que en
otras etapas anteriores de la producción, en que el capital invertido en
trabajo representaba una proporción mucho mayor con respecto al capital
invertido en medios de producción (T.III, 234). Esta tendencia se expresa
en la reducción de la cuota general de ganancia, aunque incluso aumente el
grado de explotación del trabajo, es decir, de la plusvalía. De esta
forma, la cuota de ganancia disminuye, no porque el obrero sea menos
explotado, sino porque se emplea menos trabajo como proporción del capital
invertido.
Sin
embargo, es necesario tener en cuenta que la baja de la cuota de ganancia
no representa un descenso absoluto, sino puramente relativo de la parte
variable del capital total, es decir, su descenso comparado con el del
capital constante (T.III, 239). Se trata de una tendencia contradictoria,
tal como lo destaca Marx. Demuestra que no existe una relación de
causalidad entre el incremento de los salarios y el descenso de la cuota
de ganancia, y refuta este supuesto. A este respecto, señala que en el
caso de países con diverso grado de desarrollo capitalista y, por lo
tanto, con una composición orgánica de capital diferente, la cuota de
plusvalía, uno de los factores determinantes de la cuota de ganancia,
puede ser más alta en un país en el que la jornada normal de trabajo sea
más corta que en otro en el que sea más larga, en la medida en que en el
primero de los dos la productividad sea mayor (T.III, 237-238).
Al
estudiar el funcionamiento interno del régimen capitalista de producción,
Marx concluye que no es un régimen absoluto, sino un régimen puramente
histórico, un sistema de producción que corresponde a una cierta época
limitada del desarrollo de las condiciones materiales de producción (T.III,
282).
Sin
embargo, Marx deja en claro que la ley de la tendencia decreciente de la
cuota de ganancia es apenas una tendencia que el capitalista logra
contrarrestar y neutralizar recurriendo a las siguientes causas: 1) el
aumento en el grado de explotación del trabajo; 2) la reducción del
salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo; 3) el abaratamiento
de los elementos del capital constante; 4) la superpoblación relativa; 5)
el comercio exterior y, 6) el aumento del capital por acciones.
A
continuación, examinaremos brevemente cuáles son los rasgos centrales de
la etapa del imperialismo o capital monopólico, cómo opera allí la
tendencia decreciente de la cuota de ganancia y cómo se contrarresta.
b) El
imperialismo
Marx no
alcanzó a vivir el período del capital monopólico, característico del
imperialismo. Sin embargo, sí vislumbró el predominio del capital
financiero y, mediante su análisis teórico e histórico del capitalismo,
demostró que la libre concurrencia engendra el proceso de acumulación y
concentración acelerada de la producción.
Igualmente, después de observar las transformaciones económicas de finales
del siglo XIX, pudo darse cuenta de que una parte del capital era empleada
solamente como “capital productivo de interés”, o como capitales que sólo
arrojaban grandes o pequeños intereses, los llamados dividendos (T.III,
262). Es por ello que, en su análisis, destaca el papel primordial que
desempeña el comercio exterior para contrarrestar la tendencia decreciente
de la cuota de ganancia y se refiere a algunos de los efectos de la
expansión comercial, entre los cuales está la ampliación de la escala de
la producción, que permite abaratar los elementos del capital constante y
los medios de subsistencia de primera necesidad en que invierten los
obreros su salario. Mediante estos efectos, aumenta la cuota de ganancia,
al elevarse la cuota de la plusvalía y reducirse el valor del capital
constante.
Por otra
parte, agrega Marx, los capitales invertidos en las colonias pueden
arrojar cuotas más altas de ganancia, debido al bajo nivel de desarrollo
de estos países y en relación con el grado de explotación del trabajo que
se obtiene allí mediante el empleo de esclavos, entre otras formas de
explotación. Sin embargo, como él lo dice, no se trata de que el capital
no encuentre en términos absolutos ocupación dentro del país de origen,
sino de que en el extranjero puede invertirse con una cuota más alta de
ganancia.
En los
comienzos del siglo XX, Lenin analizó a fondo el imperialismo como etapa
monopólica del capitalismo, y señaló que éste surgió como desarrollo y
continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en
general. Caracterizó al imperialismo con cinco rasgos principales: 1) la
concentración de la producción y del capital hasta un grado tan elevado
del desarrollo, que se generan los monopolios, los cuales desempeñan un
papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con
el industrial para constituir el capital financiero, y la creación de la
oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales como rasgo
fundamental, a diferencia de la exportación de mercancías, característica
del capitalismo de libre concurrencia; 4) la formación de asociaciones
internacionales monopólicas de capitalistas, que se reparten el mundo y,
5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias
capitalistas más importantes(8).
Lenin
demostró que en el contexto del imperialismo, el exceso de capital no se
dedica a la elevación del nivel de vida de las masas en un país
determinado, pues ello significaría la disminución de las ganancias de los
capitalistas, sino al acentuamiento de tales beneficios mediante la
exportación de capital al extranjero, a los países atrasados. En estos
países, “el beneficio es ordinariamente elevado, pues los capitales son
escasos, el precio de la tierra relativamente poco considerable, los
salarios bajos, las materias primas baratas”, destacó(9).
La necesidad de la exportación de capitales se debe al hecho de que en
algunos países el capitalismo ha “madurado excesivamente” y, en las
condiciones creadas por un insuficiente desarrollo de la agricultura y por
la miseria de las masas, no dispone de un terreno para colocar el capital
de manera “lucrativa”(10).
Se recurre a países en los cuales la composición orgánica de capital es
menor y por lo tanto, la ganancia mayor.
3. La
ideología neoliberal y la justificación
del deterioro de las condiciones laborales
a) Elementos teóricos
Al
análisis científico del desarrollo del capitalismo y de sus
contradicciones inherentes que hace el marxismo, se opone el pensamiento
neoliberal en sus diversas expresiones(11). Uno de sus rasgos centrales es
el subjetivismo, que sostiene que la experiencia privada del individuo es
el único fundamento para conocer el mundo. En el campo de la economía,
este enfoque fue recogido por primera vez en la teoría marginalista del
valor desarrollada por Jevons, Menger y Walras en los años setentas del
siglo XIX. Ellos sostuvieron que el valor de los bienes y servicios no
podía ser calculado objetivamente porque dependía de las necesidades e
intereses de los individuos particulares, quienes adoptan sus decisiones
económicas de manera subjetiva. Resulta por lo menos paradójico que
quienes se proclaman como herederos de los principios planteados por los
economistas clásicos, rechacen la teoría del valor formulada inicialmente
por éstos.
Pero en
lo que respecta al papel preponderante que desempeña el subjetivismo en la
actividad económica y social, los pensadores de la Escuela de Austria van
incluso más lejos que los economistas de la Escuela de Chicago. En efecto,
Milton Friedman sostiene que no es necesario verificar los supuestos
iniciales de los que se parte en el análisis, en la medida en que las
deducciones que se desprenden de ellos puedan ser demostradas
satisfactoriamente. Von Mises descarta por completo la verificación
empírica de dichos supuestos, señalando que sólo mediante la razón puede
saberse si son correctos o no.
Frederick
Hayek presenta el mercado como un sistema de información sin paralelo, en
el cual los precios, los salarios y los beneficios son mecanismos que
distribuyen entre los agentes económicos, información que de otra manera
no pueden conocer, por cuanto la mente humana no puede abarcar la
totalidad de los hechos que son significativos desde un punto de vista
económico. La intervención estatal es nociva porque hace que la red de
información del sistema de precios emita señales engañosas.
A la
mejor usanza neoliberal, estos pensadores ponen mucho énfasis en la
armonía de intereses, resultantes de las economías de mercado. Las dos
partes, en ambos lados del intercambio, se benefician mutuamente. Las
personas ganan de acuerdo a lo que valen en el mercado y su valor depende
en primera instancia de lo que cada uno haya invertido en sí mismo. Los
pobres han escogido, de manera libre, invertir relativamente poco en su
propia capacitación, y por eso merecen lo que ganan y ganan lo que
merecen.
En
estrecha conexión con la concepción neoliberal y con el auge del
posmodernismo como corriente que cuestiona los postulados y discursos
teóricos que sustentan la modernidad, empezó a desarrollarse desde hace
algunas décadas la noción de la llamada sociedad postindustrial. Según
esta visión, el capitalismo de finales del siglo XX pasó de la producción
de bienes a la producción de servicios y el mundo desarrollado se
encuentra en una etapa de transición de una economía basada en la
producción industrial a otra en la cual la información y la investigación
teórica sistemática entran a desempeñar un papel crucial y se convierten
en motor del crecimiento, tal como lo señala el escritor inglés Alex
Callinicos(12). Se trata de una “sociedad del conocimiento”, dominada por
una élite con un alto nivel de formación académica y profesional. En esta
sociedad, supuestamente los conflictos de clase se han vuelto obsoletos,
en la medida en que las clases mismas han dejado de existir.
En esa
línea de análisis, autores como Manuel Castells se refieren al
advenimiento de la economía informacional, que se refleja en varios
rasgos: primero, las principales fuentes de productividad, y por ello de
crecimiento económico, dependen cada vez más de la ciencia y la
tecnología, lo mismo que de la calidad de la información y de la gerencia
de los procesos de producción, distribución, comercio y consumo. Segundo,
el cambio de la producción material a las actividades de procesamiento de
información, tanto en términos de la proporción del PIB como del número de
personas empleadas en tales actividades(13).
En consecuencia con tales planteamientos, desde la óptica neoliberal se
afirma que las naciones menos desarrolladas deben especializarse en la
producción de manufacturas para el mercado mundial, aprovechando sus bajos
costos laborales, mientras que los países industrializados se dedican a la
investigación científica y a la innovación tecnológica.
Aparte de
la legitimación de dicha división internacional del trabajo, los
planteamientos del posindustrialismo tienen claras connotaciones
políticas. De un lado, el supuesto de que la producción material y el
interés en la ganancia han pasado a un segundo plano pretende ocultar la
tendencia hacia la concentración y monopolización de los procesos
productivos que se ha acentuado de manera notoria en el mundo entero, en
todas las esferas, durante las dos últimas décadas. Igualmente, se trata
de minimizar la feroz contienda económica que libran los países
industrializados por el control de las materias primas, los mercados e
incluso los territorios. Pero de otro lado, al desconocerse la importancia
de la producción industrial en el mundo actual, se busca descalificar y
desmotivar por completo la lucha de la clase obrera y de los trabajadores
en contra de las políticas neoliberales.
En su
libro Contra el postmodernismo. Una crítica marxista, Callinicos hace un
cuestionamiento de fondo de los supuestos en los que se basan los autores
que plantean la idea de una sociedad postindustrial. Señala que si bien es
cierto que a partir de la década del setenta se da un proceso de “desindustrialización”,
se trató de un cambio relativo, por cuanto decreció la participación
laboral en la industria, pero no el número absoluto de empleados del
sector. De acuerdo con él, este paso sectorial de la manufactura a los
servicios puede explicarse por el aumento creciente de la productividad
del trabajo en la industria manufacturera, lo que significa que una
proporción menor de la fuerza laboral puede producir una cantidad mayor de
bienes. Pero ello no modifica en manera alguna el hecho de que la sociedad
no puede sobrevivir sin dichos bienes(14).
Para
Callinicos, el empleo en el sector de servicios propiamente dicho no
corresponde para nada a la élite de la sociedad del conocimiento, descrita
por los defensores del postindustrialismo. Lo cierto es que en los Estados
Unidos, el país de mayor desarrollo económico, el sector de los servicios
es tan amplio, que incluye desde la programación de computadores y el
procesamiento de datos hasta los oficios más variados, tales como los
empleos en los establecimientos de comidas rápidas, en los cuales el
salario es comparativamente muy bajo. Para ilustrar esta tendencia, el
autor se refiere al caso de California, que a continuación transcribimos
por considerarlo muy importante en lo que respecta a la tesis que hemos
planteado en este trabajo con respecto predominio de la plusvalía
absoluta, en la era neoliberal:
La “desindustrialización”,
por lo demás, ha sido un doloroso proceso de resultados socialmente
regresivos. En ningún lugar del mundo se ilustra esto mejor que en
California, la paradigmática “sociedad postindustrial”, ubicada
estratégicamente en el extremo este de la dinámica económica del Pacífico
que, en 1985, tenía el 70 por ciento de su fuerza laboral empleada en el
sector de servicios y que está idealmente conformada, gracias a Hollywood
y a Silicon Valley, para suministrar al mercado mundial recreación,
información y entretenimiento.
Resulta
claro que, en todo caso, el proceso de desindustrialización relativa que
han experimentado los países más desarrollados no ha traído los positivos
resultados sociales y económicos que pronosticaron los teóricos del
postindustrialismo. El deterioro constante de las condiciones laborales y
sociales de importantes sectores de los inmigrantes y de la población
nativa en los Estados Unidos y los países europeos, ha sido estudiado a
fondo y documentado por diversos autores(15).
El
análisis anterior corrobora la validez de los planteamientos que hiciera
Marx con más de un siglo de anterioridad, en torno a la naturaleza del
proceso de producción y explotación capitalista. Su minucioso estudio
demostró que la ganancia provenía principalmente de la explotación del
trabajo asalariado y del incremento de la plusvalía, absoluta o relativa,
y no del desarrollo tecnológico por sí sólo, tal como lo sostienen los
defensores del postindustrialismo.
b) Las reformas neoliberales y la condición de los
trabajadores
Entre
finales de los ochentas y comienzos de los noventas, poco después de la
crisis de la deuda externa, los países latinoamericanos adoptaron el
modelo neoliberal, por imposición de los organismos financieros
internacionales. Uno a uno fueron introduciendo reformas tendientes a
consolidar la apertura a los mercados y al capital extranjero, reducir la
función económica y social del Estado a favor del sector privado, recortar
el gasto público y eliminar los subsidios sociales, y establecer las
condiciones más propicias para la inversión extranjera.
Como
resultado de la aplicación del nuevo modelo, los países latinoamericanos
entraron en una crisis económica y social sin precedentes al finalizar el
siglo. El derrumbe de los sectores productivos se reflejó en un incremento
notorio del desempleo, del subempleo y de los niveles de pobreza en toda
la región. Entre tanto, Estados Unidos resultó muy favorecido con todas
estás políticas, que repercutieron en un crecimiento notorio de su
economía durante la década pasada. La inversión extranjera en estos países
se vio enormemente recompensada en los últimos años. En 1997 el capital
privado internacional, fundamentalmente de ese país, invirtió 50.000
millones de dólares en toda América Latina, en tres sectores principales:
el petróleo y la minería, los servicios, en especial los financieros, y
las telecomunicaciones. En ese mismo año las operaciones de las compañías
estadounidenses en la región generaron 20.000 millones de dólares de
ganancias netas, lo que equivale a un 19.9 por ciento del total de
ganancias netas obtenidas por las filiales en el extranjero de las
compañías de los Estados Unidos, según cifras de la Oficina de Análisis
Económico del Departamento de Comercio de ese país(16).
Para
analizar la incidencia de las reformas neoliberales en la condiciones de
vida y de trabajo de los sectores laborales, nos referiremos, a
continuación, a dos temas centrales, relacionados con la imposición del
modelo neoliberal. El primero, los cambios en el proceso productivo y en
las condiciones de trabajo, impuestos por los países capitalistas más
desarrollados, con el objeto de contrarrestar el descenso de la tasa de
ganancia, y el segundo, la especulación financiera y el incremento del
endeudamiento externo y sus consecuencias para las condiciones laborales y
sociales de los países subdesarrollados.
1) La tendencia decreciente de la cuota de ganancia
y los cambios
en el proceso productivo y en las condiciones
laborales
El
llamado proceso de reestructuración económica global, expresado en el
desplazamiento de operaciones manufactureras desde los países más
industrializados hacia los menos desarrollados, que emprendieron las
grandes multinacionales a partir de la década del setenta, encuentra su
explicación en la teoría marxista. Frente a la caída de la tasa de
ganancia, los capitalistas recurrieron a una mayor exportación de capital
hacia los países en los cuales aquella es mayor, debido a su menor
composición orgánica de capital y a que los inversionistas disponen allí
de una mano de obra abundante y barata.
La teoría
de la nueva división internacional del trabajo, desarrollada por los
alemanes Froebel, Heinrichs y Kreye(17)
dentro de la tradición marxista a comienzos de los ochentas, argumenta que
los desplazamientos hacia estos países fueron motivados por la búsqueda de
unas mejores condiciones de inversión, en una época en que en los países
industrializados las ganancias se encontraban en declive y los costos
laborales en ascenso. Esta reducción en las utilidades, expresión clara de
la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, tuvo como
antecedente el surgimiento de una fuerte competencia internacional, como
resultado de la recuperación económica de los países de Europa Occidental
y de Japón después de la Segunda Guerra Mundial y del creciente avance
tecnológico que se registró en el mundo capitalista. En estas condiciones,
el predominio económico de los Estados Unidos, incuestionable en las
décadas precedentes, se vio ahora amenazado y sus multinacionales
empezaron a perder competitividad frente a las de sus rivales económicos.
Señala la
teoría de la nueva división internacional del trabajo que el proceso de
trasladar operaciones manufactureras a los países subdesarrollados
requirió de tres condiciones previas: primero, la existencia de unas
reservas prácticamente inagotables de mano de obra barata en estos países;
segundo, la división y subdivisión del proceso productivo, el cual llegó a
un punto tal que la mayor parte de las operaciones fragmentarias puede
efectuarse con niveles mínimos de habilidad; y tercero, el desarrollo del
transporte y de las telecomunicaciones, lo que permite la producción total
o parcial de los bienes en cualquier lugar del mundo. Estos factores
explican la generalización de la zonas de producción para la exportación y
de las maquilas a lo largo y ancho del Tercer Mundo, que se basan en la
superexplotación de la fuerza laboral.
De
conformidad con la nueva división internacional del trabajo y con los
postulados que la sustentan en el contexto de la llamada globalización, a
los países del Tercer Mundo les ha correspondido convertirse en
plataformas exportadoras de productos semielaborados de poco valor
agregado. Para ello, cada vez más se les exige que establezcan las
condiciones más propicias con el fin de atraer el capital extranjero. La
flexibilización de las condiciones laborales y de las normas ambientales,
por lo tanto, busca ante todo que las multinacionales abaraten costos e
incrementen sus ganancias, en un período de ardua competencia
internacional.
Estas
zonas de exportación o de libre comercio fueron instauradas por primera
vez en el decenio de 1970, como una manera de atraer inversión extranjera
a los países subdesarrollados. Se caracterizan por tener regulaciones
sociales, laborales y ambientales muy laxas, una mano de obra muy barata e
incentivos fiscales y financieros, que incluyen el otorgamiento de
terrenos de manera gratuita o con un arriendo bajo, paraísos fiscales y
eliminación de controles de cambio.
La
estrategia exportadora, impuesta a nuestras naciones por los países
poderosos a través de organizaciones como el FMI y la OMC, busca ante todo
perpetuar la dominación económica que éstos ejercen sobre aquellas a nivel
global. Al mismo tiempo, incrementa el grado de vulnerabilidad de las
economías de los países rezagados, al ponerlos a depender del comercio
internacional, y a proseguir por una senda que va en sentido contrario a
la recorrida por los países industrializados. Mientras el desarrollo de
estos se forjó sobre la base de la protección del mercado interno por
parte de los Estados nacionales, en los primeros la aplicación de las
políticas neoliberales llevó a la destrucción de ese mismo mercado.
Dentro de
este marco general, puede entenderse la razón por la cual la estrategia
exportadora se convierte en la preferida por los gobiernos neoliberales en
América Latina. Para el caso de Colombia, señalemos que, con el objeto de
reducir los costos laborales, el gobierno de Pastrana creó las Zonas
Económicas Especiales de Exportación (ZEEE), concebidas exclusivamente
para los empresarios nacionales y extranjeros, cuyos proyectos de
inversión asciendan a por lo menos dos millones de dólares. La inversión
debe ser nueva; no se admite relocalización de la industria nacional, y el
inversionista deberá adquirir el compromiso de que al menos el 80 por
ciento de sus ventas o de sus servicios se destinará a la exportación. En
contraprestación, las ZEEEs, les ofrecen una serie de beneficios
laborales, tributarios, crediticios y cambiarios, entre los cuales está
una legislación laboral especial; las empresas de estas zonas podrán
celebrar contratos de trabajo por jornadas limitadas, con un salario que
compense la totalidad de los recargos, prestaciones y beneficios. Entre
los beneficios tributarios se encuentra la exención del pago del impuesto
de renta y complementarios sobre los ingresos obtenidos por ventas al
exterior, la exención del impuesto de renta y remesas para los pagos y
transferencias efectuados al exterior por concepto de intereses y
servicios técnicos, y la exención de todos los derechos de importación
para los bienes extranjeros(18).
2) Especulación financiera, deuda externa y ajuste
fiscal
La
exportación de capitales, señalado por Lenin como uno de los rasgos
distintivos del imperialismo, llegó a su mayor auge en la era neoliberal.
A manera de ejemplo, en 1998 sólo un 2.5 por ciento de las transacciones
del comercio mundial eran reales, en tanto que los flujos financieros
puros representaban un 97.5 por ciento del total de las transacciones(19).
Con la generalización de las políticas neoliberales, se intensificó la
presión sobre los países del Tercer Mundo para que abrieran sus economías
a los flujos internacionales de capitales. El FMI, con el respaldo del
Departamento del Tesoro de Estados Unidos, ha dirigido este esfuerzo,
obligando a los gobiernos a que liberalicen las regulaciones en cuanto a
la inversión extranjera directa y otros flujos de capital.
A partir
de la segunda mitad de la década del noventa, una vez que la banca
internacional superó la crisis de la deuda externa latinoamericana
mediante los procesos de renegociación y de reforma que tanto favorecieron
a los acreedores, los empréstitos se redujeron de manera notoria para los
países de la región y fueron reemplazados por financiación privada, que se
desarrolla fundamentalmente mediante la llamada inversión de portafolio y
se expresa por medio de bonos en el mercados de valores, más que de
préstamos bancarios(20).
En medio
del auge de la especulación financiera, la deuda externa de los países
latinoamericanos ascendía a 800.000 millones de dólares a mediados del
2003. A pesar de los procesos de reestructuración, un buen número de estas
naciones tiene pasivos públicos que superan el 50 por ciento de su
Producto Interno Bruto y el 170 por ciento de sus exportaciones(21).
Con la
inversión de portafolio, en América Latina se incrementó de manera notoria
la llamada Inversión Extranjera Directa (IED), realizada por las
multinacionales en el marco de las políticas de privatización que se
generalizaron en la década pasada. En la terminología de las instituciones
financieras, esta modalidad incluye, por definición, la compra de empresas
ya existentes, sin que se genere ninguna inversión productiva ni se creen
bienes nuevos, como ha sucedido en la gran mayoría de tales procesos en
nuestros países. Así se adelantó la privatización de la empresas
estratégicas del Estado en toda la región.
Los
países de América Latina introdujeron medidas de liberalización de la
cuenta de capitales durante la última década, las cuales, en combinación
con otras políticas como la privatización de las empresas estatales,
contribuyeron a crear un boom en los flujos de capital. Asimismo, se
presionó a los gobiernos para que liberalizaran las regulaciones en cuanto
a otros flujos de capital, tales como los mercados de acciones y bonos,
así como los préstamos, tanto para el gobierno como para el sector
privado. Con mucha frecuencia, estas medidas han sido incluidas en los
paquetes de ajuste estructural impuestos a los países. Solo en
Latinoamérica, los ingresos por emisión de bonos se incrementaron de 7.2
billones de dólares en 1991 a 54.4 billones en 1997(22).
No
podrían dejar de mencionarse de manera explícita los acuerdos con el FMI,
suscritos por la mayor parte de los países de la región durante los
últimos años. El objetivo central de tales acuerdos no es otro que
profundizar las medidas de liberalización económica y comercial y
adelantar un ajuste fiscal severo. Con la reducción del déficit fiscal,
tendiente al logro del equilibrio de las finanzas del Estado, el Fondo
busca ante todo garantizar y aumentar el flujo de capitales desde las
naciones latinoamericanas a los países industrializados, en especial a los
Estados Unidos.
Sin duda,
una estrategia fundamental para profundizar las políticas de ajuste fiscal
ha sido la disminución del ingreso de los trabajadores y por ello buena
parte de las llamadas reformas de “segunda generación” se orientan en ese
sentido. Así, por ejemplo, por concepto de incrementos salariales por
debajo de la inflación esperada, el gobierno colombiano pudo ahorrar cerca
de un billón de pesos en el año 2000(23).
Al
justificar la flexibilización laboral y las reformas que la promovieron en
Colombia, el Banco Interamericano de Desarrollo insistió en argumentos
como el de que los índices de rigidez del empleo eran muy altos, lo que
según esta entidad convertía al país en uno de los de la región en donde
resultaba más costoso contratar y despedir trabajadores. Se llegó a
afirmar que la rigidez del trabajo era varias veces mayor que la de los
Estados Unidos y los países europeos. Por ello, desde la óptica neoliberal
se ha planteado que la solución al problema del desempleo está en reducir
los costos de la mano de obra(24).
Conclusión
En su
análisis del modo de producción capitalista, Marx explica el origen de la
ganancia y la naturaleza misma de este régimen, recurriendo a la teoría de
la plusvalía. La define como el tiempo de trabajo excedente del obrero
después de producir el valor de su fuerza de trabajo. La cuota de
plusvalía es, por tanto, la expresión exacta del grado de explotación de
la fuerza de trabajo por el capital. La plusvalía producida mediante la
prolongación de la jornada de trabajo es la plusvalía absoluta, mientras
que la que se logra reduciendo el tiempo de trabajo necesario, con el
incremento de la productividad, es la plusvalía relativa.
Sin
embargo, la introducción de la maquinaria y de la tecnología trae en sí
una paradoja. A pesar de ser el instrumento más formidable que existe para
intensificar la productividad del trabajo y para acortar la jornada
laboral, se convierte también en el medio más útil para prolongar esta
jornada, haciéndola rebasar todos los límites naturales. El desarrollo del
capitalismo lleva al incremento del capital constante con relación al
capital variable y, por tanto, al incremento de la composición orgánica
del capital. No obstante, la contradicción está en que la ganancia
proviene del capital variable y no del capital constante. De esta forma,
se materializa la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia.
Para contrarrestarla, el capitalista recurre a unas estrategias, que
tienen que ver fundamentalmente con la reducción de los costos laborales y
la búsqueda de mejores condiciones de inversión.
La
generalización de las políticas neoliberales en el mundo entero,
correspondiente a la época de la globalización, es el resultado de esta
tendencia decreciente de la tasa de ganancia y de la crisis que se
manifestó en la recesión de la década del setenta. Los capitalistas de hoy
en día, al frente de las grandes empresas que se reparten el mercado
mundial y en poder del gran capital internacional, recurren
fundamentalmente al alargamiento de la jornada de trabajo, es decir, al
incremento de la plusvalía absoluta, con el objeto de contrarrestar el
descenso en la tasa de ganancia. Así se explica la generalización de las
zonas de exportación en todos los confines terrestres.
Por ello,
el desarrollo tecnológico sin precedentes que se ha dado en los últimos
tiempos, lejos de contribuir al mejoramiento de las condiciones laborales
y sociales de la mayor parte de la población, tal como lo pregonan los
defensores de la globalización, ha ido aparejado de un deterioro de dichas
condiciones en el mundo entero. La superexplotación de los trabajadores y
su sometimiento a condiciones de trabajo cada vez más inhumanas, similares
a las de los albores de la era industrial, y el incremento de la pobreza y
la miseria en todo el orbe, son el resultado de un modelo de acumulación
que beneficia exclusivamente a las empresas multinacionales y al capital
financiero de los países más poderosos.
La
prolongación de la jornada de trabajo, como rasgo distintivo de las
condiciones laborales en el siglo XXI, muestra la tendencia regresiva del
sistema de explotación del capitalismo y de su expresión actual, el
neoliberalismo.
Como
consecuencia de las políticas adoptadas y de las reformas emprendidas
durante las dos últimas décadas, los países latinoamericanos experimentan
una crisis económica y social sin precedentes. Ello corresponde a un
proceso de recolonización por parte de los Estados Unidos, que se expresa
en la intensificación de su injerencia y control sobre nuestras naciones,
con el objeto de obtener ventajas que le permitan competir en mejores
condiciones con los otros países más industrializados del mundo. La
búsqueda de recursos, mercados y territorios se inscribe en esa
competencia a muerte por la supremacía económica global y el Alca es una
expresión clara de esa estrategia de recolonización frente a América
Latina.
Sin
embargo, como señala Marx, el capitalismo no es un régimen absoluto, sino
un régimen puramente histórico, transitorio, un sistema de producción que
corresponde a una cierta época limitada del desarrollo de las condiciones
materiales de producción. Lo mismo puede decirse del modelo neoliberal
que, pese a la fuerza con la que irrumpió y se instaló en el mundo entero,
ya evidencia muestras claras de declive.
Por
último, la explicación marxista de las leyes inherentes al capitalismo, y
de las contradicciones que lo llevan a sus crisis recurrentes, demuestra
la vigencia de esta corriente científica para el análisis del
neoliberalismo en los inicios del siglo XXI. Pero, lo que es más
importante, pone de presente también la vigencia de su poder transformador
de la realidad.
Bibliografía
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Torres, Marcelo, “Un balance sumario de la década
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Notas
1. Este análisis está basado fundamentalmente en Carlos Marx, El
Capital, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 1980, tomos I y
III. La mayor parte de las referencias corresponde a estos dos textos.
2. Trabajo asalariado y capital, en
C. Marx y F. Engels, Obras Escogidas,
Moscú, Editorial Progreso, 1972, p.81-86.
3. K. Marx, Salario, precio y ganancia, en K. Marx y F. Engels, Obras
Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, p. 225.
4.
Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra,
Crítica, Grupo Editorial Grijalbo, Barcelona, Buenos Aries, México DF,
1978, p 404-405.
5. Ibid., p.197.
6. Marshall Berman, “The People in Capital”, en Adventures in Marxism,
Verso, Londres-Nueva York, 1999, p.83.
7.
El Capital, Tomo III, Sección tercera.
8.
Ibid., p.113.
9.
Ibid., p.77.
10. Ibid., p.78.
11. Para un análisis detallado de la ideología neoliberal, ver Consuelo
Ahumada, El modelo neoliberal y su impacto en la sociedad colombiana,
capítulo 3, El Áncora Editores, Bogotá, 1996.
12. Alex Callinicos, Contra el postmodernismo. Una crítica marxista, El
Áncora Editores, Bogotá, 1993, p.22.
13. Manuel Castells, “The Informational Economy and the New International
Division of Labor”, en The New Economy in the Information Age, Penn State:
The Pennsylvania State University, 1993, p.15-17.
14. Ibid., p.234.
15. Ver por ejemplo, Bennet Harrison y Berry Bluestone, The Great U-Turn:
Corporate Restructuring and the Polarizing of America, Nueva York: Basic
Books, 1988; Patricia Fernández Kelly y Saskia Sassen, “A Collaborative
Study of Hispanic Women in the Garment and Electronic Industries”, Nueva
York: Center for Latin American and Caribbean Studies, New York University,
1991; Vivian Forrester, El horror económico.
16. “The Wall Street Journal Americas”, El Tiempo, julio 16 de 1998, p.3B.
17. Froebel, Folker, Jürgen Heinrichs y Otto Kreye, The New International
Division of Labor, Cambridge, Cambridge International Press, 1980.
18. “Lluvia de estímulos en zonas de
exportación”, El Tiempo, febrero 25 de 2000, p.1B-6B.
19. Duncan Green, “The failings of the International Financial
Architecture”, Nacla Report on the Americas, Vol. XXXIII, No.1,
julio-agosto, de 1999, p.31.
20. Doug Henwood, “The Americanization of Global Finance”, Nacla Report
on the Americas, Vol. XXXIII, No.1, julio-agosto de 1999, p.13-23.
21. Datos de la CEPAL, citados en
“La deuda ahorca la región”, Portafolio, agosto 3 de 2000, p.32.
22 . Duncan Green, “The failings of the International Financial
Architecture”, Nacla Report on the Americas, Vol. XXXIII, No. 1,
julio-agosto de 1999.
23
“Diez años de reformas tributarias: tapando huecos”, documento de la
Asociación Bancaria y las entidades financieras, La República, junio 18 de
2000, p.8
24. Intervenciones de Gustavo
Márquez, representante del BID, y de Juan Luis Londoño, en el Seminario
sobre empleo y políticas laborales, organizado por Fedesarrollo y el Banco de la República en Bogotá, el 9 de
julio de 1999; “Se abren las apuestas por un nuevo salario mínimo”,
Portafolio, julio 6 de 2000, p.12.
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